Migrantes portugueses ahogados en el Bidasoa: 14 datos poco conocidos

Entre 1957 y 1974, cientos de portugueses murieron ahogados tratando de cruzar el río Bidasoa, frontera natural entre España y Francia. Estos migrantes huían del régimen dictatorial de Salazar y de la guerra de descolonización que Portugal acometía en África. Aquellos hombres y mujeres salieron de su país de forma clandestina y se jugaron la vida para convertirse en mano de obra barata y explotada en Francia. Entre medias, su dinero sirvió para que una red de pasadores que hubo en Irun y Hendaya se enriqueciera a su costa.

Por Ana Galdós

01 | Portugal, un país de emigración. Entre finales de los años 50 y principios de los 70, emigraron de Portugal alrededor de 1,5 millones de personas. Es decir: un 18 % de la población total del país y un 47 % de su población activa. Los conocidos como «ahogados del Bidasoa» formaron parte de un gran contingente de migrantes que partió rumbo a Francia. Estos llegaron a razón de unos 80.000 por año, así que en poco tiempo la portuguesa se convirtió en la comunidad extranjera más importante del país galo. Dado que este se encontraba en plena expansión económica, les abrió sus puertas por ser una mano de obra blanca y católica. Les dio trabajo y, con ello, papeles. A cambio, eso sí, los portugueses tuvieron que vivir en condiciones de miseria y hacinamiento.

02 | La dictadura y la guerra como fuerzas expulsoras. A principios de la década del 60, el régimen dictatorial de Salazar había entrado en guerra con sus provincias coloniales en África. Por tanto, todos los jóvenes en edad de hacer el servicio militar estaban obligados a combatir en Angola, Mozambique o Guinea Bisáu. Entre los ahogados en el Bidasoa, no solo hubo jóvenes que escapaban del servicio militar, sino africanos que huían también de la guerra con Portugal. Su situación recordaba a la de aquellos jóvenes españoles que emigraron a América a principios del siglo XX para evitar ser llamados a filas para la guerra del Rif.

03 | Datos inciertos sobre muertes… ciertas. No existen datos reales sobre el número total de muertos. Pero, según la prensa de la época, fueron cientos; de hecho, en 1973, el ABC publicó un breve artículo donde cifraba en 130 el número de personas ahogadas en el Bidasoa —80 portugueses y 50 africanos— el año anterior. Eran migrantes sin documentación que utilizaron los pasos clandestinos para cruzar la frontera. Conocían las dificultades y los riesgos, pero no tenían otra elección para escapar de la pobreza y de la guerra.

04 | Lo llamaban hacer el salto. Los migrantes portugueses podían salir de su país y atravesar España de forma legal, pero para ello necesitaban el pasaporte. Ahora bien, para obtenerlo, se les exigía mostrar el diploma de Educación Primaria y debían esperar más de 6 meses para que se lo entregasen. Estas dos condiciones abocaban a la mayoría a convertirse en clandestinos: muchos carecían de estudios —y, por tanto, de diploma— y casi todos iban a Francia porque allí tenían apalabrado un trabajo donde debían incorporarse inmediatamente, es decir, no podían esperar 6 meses. Al paso desde Portugal a España y de aquí a Francia lo llamaban «hacer el salto».

05 | Casi 800.000 portugueses en 10 años. Según el Ministerio de Interior francés, durante el periodo de mayor intensidad migratoria (1963-1973), cada año entraban en el país galo una media de 78.500 portugueses. Aunque es difícil estimar el número, se considera que el 55 % lo hizo de forma clandestina. Los migrantes viajaban escondidos en falsos fondos de camiones, en maleteros de coches o en trenes de mercancías. Descansaban en casas de particulares, que les acogían previo pago de una cantidad de dinero. Si las autoridades los interceptaban, no solo eran devueltos a su país, sino que podían ser encarcelados. En esos años, Portugal consideraba la migración clandestina como un crimen.


06 | Una historia tipo.
Adilia Moreira es una de esas migrantes que saltó a lo desconocido en busca de una vida mejor. Ella vivía en el norte de Portugal —la región más castigada por la pobreza— y, pese a estar embarazada de 6 meses y llevar consigo a su hija de 2 años, metió sus pertenencias en una maleta y se encaminó hacia la frontera con España. Allí, con la ayuda de unos pasadores, atravesó el país de forma irregular. Adilia recuerda el cansancio, el frío y, sobre todo, el miedo que les acompañó en aquel viaje de más de 600 kilómetros.

07 | Un viaje caro e inseguro. El pasador y el migrante acordaban un precio que, por lo general, equivalía a 6 meses o 1 año de su sueldo en Francia. En general, los migrantes no disponían de esa cantidad, así que se veían obligados a vender su patrimonio, a pedir préstamos a particulares o a hipotecar parte del sueldo que iban a cobrar en Francia. El primer pago se efectuaba en Portugal, en el momento de la salida. Después pagaban a los pasadores que les habían conducido hasta Gipuzkoa o Navarra para cruzar la frontera. Cuando llegaban a Francia, pagaban el resto. Sin embargo, hubo pasadores que no cumplieron su acuerdo y abandonaron a los migrantes en mitad del camino, como a los ahogados en el río Bidasoa.

08 | Irun y Hendaya: los puntos calientes. El río Bidasoa es la frontera natural que separa por el oeste Francia de España. Eso hace que la frontera oficial entre ambos países estuviese en los puentes que lo cruzaban. Ante la imposibilidad de cruzar los puentes y el desconocimiento del terreno, los migrantes se veían obligados a depender de los pasadores y a utilizar pasos clandestinos. De ahí que en Irun —la orilla vasca— y en Hendaya —la orilla francesa— existiese una red de personas que cobraban por esconder y pasar a los migrantes. Esa red incluía puntos de acogida, taxis y gabarras.

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El río Bidasoa, desde la costa de Hondarribia. Al fondo: Hendaya. Foto: L.Caorsi.

09 | El modus operandi. Cuando los migrantes llegaban a Irun, el pasador les llevaba a un lugar seguro que, por lo general, era una casa en el monte (baserri) o un hostal cerca de la estación de tren. Allí aguardaban hasta que el pasador consideraba que era seguro cruzar la frontera. Las posibilidades solían ser dos: cruzar el río a nado o en una pequeña embarcación denominada gabarra. Una tercera alternativa era que un taxista se apostara con el coche cerca de la frontera y, utilizando un código de luces con los faros del coche, señalase si la vía estaba libre o no para cruzar por el puente.

10 | La última etapa: después de la frontera. Al otro lado del río, ya en Francia, a los migrantes solían esperarlos taxis o camionetas que los llevaban hasta la estación de tren de Hendaya y de Bayona, donde un comité de compatriotas les recibía y les entregaba un billete de tren. Por lo general, se dirigían a una ciudad donde ya tenían a un familiar o alguna amistad. Sin embargo, cuando llegaban a su destino, se veían obligados a vivir en barracas y muchos no encontraron el trabajo prometido. La decepción y el desamparo eran enormes. Esta situación quedó bien reflejada en una película francesa de 1967 titulada O salto: le voyage du silence.

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Fotograma de la película O Salto: le voyage du silence, de Christian de Chanlonge.

11 | La versión vasca de lo sucedido. Rosa Arburua ha publicado un estudio que recoge la experiencia de algunos pasadores del Bidasoa. A través de testimonios orales, esta historiadora vasca muestra la forma de proceder de los pasadores y da cuenta de la —buena— imagen que ellos tenían de sí mismos. Entre otras historias, Arburua explica la de Otilia Taboada, quien hizo del contrabando su forma de vida. Esta mujer empezó con productos comestibles e industriales y amplió su negocio al paso de portugueses. Ella los recogía, los escondía y les ayudaba a cruzar la frontera atravesando el río o caminando por los montes que separan Navarra de Francia. El estudio de Arburua menciona también la participación de los taxistas en la red, así como la existencia del Hostal Tranche, un lugar de referencia adonde acudían los portugueses porque su dueño hacía también de pasador.

12 | Lazos de hermandad francolusa. Fruto de aquella década de migraciones, hoy, solo en la región de Aquitania, residen unos 40.000 portugueses. En la actualidad son muchos los municipios que tienen lazos con poblaciones lusitanas a través de hermanamientos. Hendaya es una de ellas, hermanada desde 1994 con Viana do Castello, localidad del norte de Portugal con la que desarrolla proyectos culturales y actividades deportivas conjuntas.

13 | Cine, literatura y algo de fútbol para recordar el salto. Conscientes y orgullosos del esfuerzo que hicieron sus madres y sus padres, algunos descendientes de aquellos migrantes quieren que la memoria colectiva siga recordando las situaciones infames y de peligro que estos soportaron. El escritor y traductor Carlos Batista es uno de ellos; en su novela Le Poulailler, narra la historia de su padre, quien con 19 años escapó de Portugal y cruzó de forma clandestina la frontera con Francia. El cineasta José Vieria, también hijo de migrantes, a través de su documental Gens du salto, describe la experiencia de estas personas que lucharon por tener un futuro mejor. El conocido futbolista Robert Pires tampoco olvida sus orígenes: en más de una ocasión, ha contado que su padre huyó con 17 años de Portugal para evitar participar en la guerra con Angola; él, nacido en Reims, fue campeón del mundo en 1998 con la selección francesa.

14 | El recuerdo de José Saramago. El escritor portugués remarcaba en un texto llamado «Historias de la emigración» la importancia de recordar las dificultades y el camino recorrido por sus compatriotas. «Que tire la primera piedra quien nunca haya tenido manchas de emigración ensuciándole el árbol genealógico…», empezaba diciendo ese texto. Y es que todos hemos tenido en nuestro árbol genealógico algún familiar que salió de su país de origen en busca del pan que su tierra le negaba. Aquellos cientos de portugueses —y africanos— que murieron ahogados en el Bidasoa escapaban de la miseria y de la guerra igual que hoy lo hacen esas miles de personas que, como ya señalaba Saramago entonces, se ahogan «en ese otro Bidasoa más ancho y más hondo que es el Mediterráneo».

5 comentarios en “Migrantes portugueses ahogados en el Bidasoa: 14 datos poco conocidos

  1. Soy de Irun,y es cierto lo que aqui se describe,de todos los iruneses de la epoca. sabemos el afan de lucro a cuenta de estas personas desamparadas y perdidas se encontraban con un rio infranqueable,donde algunos taxistas los pasaban en los maleteros y otros. bajo engaños y por dinero los dejaban en el monte San Marcial o en las peñas de Aia,diciendol@ que ya estaban en Francia

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