312 | Teresa

Conversar en estos días con Teresa Valero equivale a viajar a México con una guía cultural bajo el brazo. «Las tradiciones decembrinas de mi país son muy bonitas y singulares», explica ella, que preside la asociación México-Euskadi desde noviembre, aunque cambió el D.F. por Bilbao hace dos años. «Cuando uno llega a un país nuevo, se siente solo. Es fácil añorar las cosas que se han dejado. Por eso me he centrado en desarrollar actividades que me permitan integrarme con las costumbres y personas de aquí, pero también en compartir las de mi tierra. En ese sentido, la asociación desempeña un papel fundamental».

Hace quince días, el colectivo organizó un taller de piñatas para que los niños -también los adultos- disfrutaran y conocieran más de cerca esta tradición. «No se trata solo de recordar, sino de compartir», explica. «Nuestra asociación es un poco peculiar, porque no está integrada solo por mexicanos. Hay muchos vascos. El día de las piñatas, por ejemplo, vino una señora de aquí con su hijo. Habían vivido dos años en mi país, se sabían todas las canciones típicas y las cantaban».

Entre las peculiaridades del colectivo mexicano, Teresa señala que un elevado porcentaje está solo de paso. «Buena parte de la gente viene a estudiar, de modo que son muchos los que están por poco tiempo. Por otro lado, el vínculo cultural y familiar es muy estrecho. Además de que las tradiciones de allí resultan llamativas y gustan, hay muchos vascos que vivieron en México. También hay muchas parejas mixtas, como la mía», indica a modo de ejemplo.

«En mi caso, me mudé a Bilbao porque mi pareja es de aquí. Él es periodista y estuvo trabajando en mi país, donde nos conocimos. Los dos teníamos buenos empleos allí, pero él no acababa de adaptarse; sobre todo, por la inseguridad», relata Teresa, que trabajaba en el Ministerio de Salud. «Había muchos secuestros ‘exprés’, por dinero. Les pasó a tres compañeros míos. Bajar a la calle a fumar un cigarrillo o salir más tarde de lo habitual era un problema. De hecho, en el ministerio habían implementado unos servicios especiales para acompañarte hasta el metro».

Pasar de la precaución permanente a la apacibilidad fue un gran cambio para ella, aunque reconoce que no fue sencillo. «Siempre he sido muy de ciudad y he vivido acostumbrada al ritmo vertiginoso que te marca un lugar como el D.F. Venir aquí cambió por completo mi manera de vivir. Pasé de trabajar a no hacerlo y se modificó el aspecto profesional y familiar, si bien la familia de mi pareja me ha recibido estupendamente. Al principio me costó, aunque ahora lo veo de otro modo. En la ciudad se te va la vida, no tienes tiempo para pensar ni para apreciar los paisajes, ni disfrutar con algo simple, como ver mudar las hojas de los árboles».

Regenerar las tradiciones

Desde esa perspectiva, está contenta con el cambio, si bien señala que en su país la gente sabe ser feliz a pesar de los contratiempos. «Los mexicanos tenemos una forma de vivir la vida muy simple, somos alegres. La sociedad mexicana es una de las más felices, a pesar de la situación de inseguridad. Tenemos tendencia a ver siempre el lado amable de las cosas. Además, las tradiciones se van regenerando, no se quedan obsoletas, no se mueren con las personas mayores, sino que los jóvenes las mantienen vivas». Lo hacen, incluso, fuera de su tierra.

La semana pasada, la asociación celebró las posadas mexicanas, una fiesta popular y religiosa ligada a la Navidad. «En esa fiesta se representa el peregrinar de José y María, buscando posada porque el niño Jesús está a punto de nacer. Comenzamos el 16 de diciembre, que es el día de la Virgen de Guadalupe, y seguimos durante nueve días, cada vez en una casa diferente. En México, los vecinos de una calle se ponen de acuerdo para organizarse. Y todos los días hay piñata, comida, canto especial para pedir posada y entrar», relata.

«Otras fiestas típicas son las pastorelas. Representan la peregrinación de los pastores a Belén e incluyen a varias figuras o personajes, desde el pastorcito perezoso, el cotilla o el glotón hasta diablos y ángeles, que dificultan el camino o lo hacen más llevadero. Este año no lo celebramos en Bilbao, pero en 2012 sí. Y fue muy divertido, porque el chico que hacía de diablo era alemán y hablaba como nosotros, pero con su acento. Imagínatelo diciendo ‘son un montón de pastorsitos’», recuerda Teresa, antes de señalar que estas fiestas, en su país, se extienden «del 16 de diciembre al 6 de enero. Por eso las llamamos la ‘maratón Guadalupe-Reyes’. Hay que aguantar hasta el final y es largo».

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2013 América del Norte Ellas

311 | Rosalva

Es temprano y Rosalva ya ha organizado todo el día. «Ahora me voy a estudiar. Al mediodía entro en mi primer trabajo y por la tarde, en el segundo. Pero, espera. Dame dos segundos que me ato los zapatos, así ya salimos y de camino te cuento», dice mientras se prepara en su casa. Afuera llueve bastante. Las calles de Vitoria han despertado mojadas y frías. La conversación se reanuda en la acera.

«Estoy contenta, entusiasmada, feliz», describe ella, paraguas en mano. «Nunca pensé que volvería a estudiar, que podría formarme, aprender algo. Con tres hijos y tantas horas de trabajo al día es difícil, pero ya ves que no es imposible». Por el contrario, sostiene que es necesario. «Entre otras cosas -argumenta-, es un ejemplo para mis hijos mayores, que tienen 15 y 17 años. En lugar de insistir para que estudien lo hago yo también y les muestro que se puede, con hechos».
Hay más razones. «Hace diez años que me marché de Bolivia y vine aquí. Fue una década muy dura, de mucho sacrificio. Desde entonces hasta hoy he trabajado siempre en lo mismo: cuidando niños y ancianos. El tiempo va pasando, te centras en resolver el día a día, en salir adelante y mantener a tu familia… Hasta que un día te paras a pensar y te das cuenta de que no has hecho otras cosas para ti misma, para cultivarte y mejorar, para darte oportunidades». Este fue el razonamiento que siguió hace poco, mientras hablaba con una amiga.

«Fue ella quien me incentivó. También es extranjera, lleva aquí el mismo tiempo que yo, y un día me preguntó: ‘¿Qué te parece si nos ponemos a estudiar algo?’. Insistió mucho en que debíamos ponernos las pilas y, la verdad, me alegro de haberle hecho caso», señala Rosalva, que escogió aprender peluquería. «Lo elegí porque me gusta mucho la estética, estar guapa, arreglarme y compartir eso con otras mujeres. Además, es un curso de dos años, un oficio, una nueva herramienta para salir adelante», comenta. «Yo creo que siempre hay que esforzarse por avanzar y conseguir algo mejor», reflexiona ahora, años después de haber hecho el movimiento más grande de su vida: salir de Guayaramerin, su pueblo, para venir a trabajar a Vitoria.

«Nuestra situación allí era muy mala. El país no atravesaba un buen momento. Mi hija, la que hoy tiene quince años, era pequeña entonces y tenía asma, así que cada dos semanas estábamos en el hospital. Cada vez que íbamos para que la atendieran, nos tocaba pagar mucho dinero, así que vendíamos la televisión, o la bicicleta, o alguna joya para cubrir los gastos. Y claro… llegó un punto en el que ya no teníamos nada más para vender».

La llamada que cambió todo

En ese momento, la hermana mayor de Rosalva -que llevaba un par de años viviendo en Euskadi- la llamó para decirle que viniera. «Le contesté que sí sin pensarlo, sin consultarlo con nadie ni meditarlo. Fue impulsivo. Tomé la decisión porque no veía otra salida. Ella me envió el dinero y yo salí de mi pueblo». Llegó hasta la ciudad y allí se derrumbó. «No me vi con fuerzas para marcharme del país y dejar a mi familia -confiesa-. Tan solo me había ido del pueblo… No podía ni imaginarme lo que sería estar tan lejos, en otro continente». Rosalva se arrepintió y regresó al pueblo, confiando en que encontraría una solución. Pero no fue así. «Pronto me di cuenta de que tenía que salir de allí, por mucho que me costara y por mucho que me doliera separarme de mi familia. Mi hermana me dio otra oportunidad y, esta vez sí, junté valor y me vine. En lo único que pensé fue en mi marido y mis hijos».

Tres meses después de llegar a Vitoria y empezar a trabajar, llegó el esposo de Rosalva. «Fue poco el tiempo que estuvimos separados, por suerte. Y tampoco tardamos mucho en traer a los pequeños. Para nosotros era demasiado duro estar tan lejos de ellos. Recuerdo que algunos días salíamos a caminar y, cuando pasábamos frente a algún parque y veíamos a otros padres con sus hijos, se nos caía el alma a los pies». Una década después, con sus hijos ya mayores y la pequeña terminando la escuela, Rosalva mira hacia atrás y siente que todo aquello ha valido la pena. «No he vuelto a Bolivia en todos estos años. Quizá en algún momento lo haga, pero de vacaciones. Aquí hemos encontrado un hogar, mi marido y yo hemos salido adelante poco a poco, y estamos contentos. Me encanta Vitoria y no tenemos planes de irnos».

2013 América del Sur Ellas

310 | Gabriela

Tomó la decisión en 2004, al ver que se agotaban los recursos. El molino de harina, el puesto en el mercado e incluso las horas del día dejaron de ser suficientes. «Yo tenía un molino para hacer harina de maíz. Me levantaba a las cinco de la mañana, lo trabajaba y vendía lo que producía. A veces no volvía a casa hasta las once de la noche. Era agotador», recuerda Gabriela, que es contable de profesión aunque en Rumanía, su país, trabajaba en el sector comercial. «Tenía un puesto en el mercado», precisa.

Los frutos de sus esfuerzos dejaron de alcanzar cuando su marido fue operado del páncreas. «Quedé sola para sacar adelante a la familia. Teníamos un niño y el dinero se acababa. Sólo el tratamiento de mi esposo costaba 250 dólares al mes». Para entender mejor esta cifra -unos 200 euros- sirva un dato: el salario mínimo en Rumanía no llega a los 160 euros al mes, uno de los más bajos de la Unión Europea, según las cifras más recientes de la Oficina Estadística Comunitaria (Eurostat).

Ante este panorama tan complicado, emigrar dejó de ser algo inimaginable para convertirse en una buena idea. «La hija de la señora que atendía el puesto de al lado, en el mercado, iba a venir para aquí. Así fue que empecé a pensar en el asunto e informarme. Dos días antes de marcharme se lo dije a mi familia y mis amigos, y todo el mundo me decía lo mismo, que estaba loca. Pero yo lo tenía muy claro: tenía que salir adelante y trabajar para los míos. Saqué el pasaporte, monté en un autobús y vine para aquí, a trabajar de interna en una casa de Barrika».

Aquello fue solo el principio. Pero muy duro. «Engordé ocho kilos en los dos primeros meses. Sólo comía chocolate y croissants porque no conocía la comida de aquí y no hablaba ni una palabra de castellano», explica. Sin embargo, nada de eso fue impedimento para avanzar, «paso a paso. Yo sabía lo que quería, lo tenía muy presente, y me puse ese objetivo como meta. Si me iba bien, traería a mi marido y a mi hijo aquí. Y, aunque tardara en conseguirlo, no iba a dedicar toda mi vida a las labores domésticas».

Tras seis meses empleada como interna, empezó a trabajar por su cuenta. «Limpiaba casas por horas. Legué a atender once a la vez. Estaba como un robot, pero no me importaba. Alquilé una habitación en un piso compartido, luego vino mi marido y, cuando ya pudimos alquilar una vivienda solo para nosotros, entonces traje a mi hijo, que tenía 17 años», relata Gabriela. Vive en el mismo lugar desde entonces. «Hay muchos prejuicios sobre los rumanos y me parece importante matizar varias cosas, porque no es de justicia meter a todo el mundo en el mismo saco», señala.

«No me vi limpiando casas»

«Yo no me imaginaba limpiando casas toda la vida, así que me puse a estudiar otra vez. Hice estética, aprendí a hacer masajes terapéuticos y trabajé en un centro de aquí. Hace dos años y medio abrí mi propio local, y puedo decir orgullosa que lo hice con mis ahorros, con mi esfuerzo y el de toda mi familia. Mi marido, que es electricista, hizo toda la reforma, ahorramos hasta el último céntimo y no cogimos vacaciones en cinco años para que el proyecto fuera una realidad».

No lo comenta para jactarse ni «echarse flores», sino «para rebatir las ideas tan negativas que predominan sobre los rumanos. Me gustaría que nos conocieran y nos vieran de otro modo, que no nos catalogaran tan deprisa ni nos metieran a todos en la misma olla, porque hay gente de todo tipo en todas partes», reflexiona. «A mí me han llegado a decir a la cara cosas como ‘odio a todos los rumanos’ y eso es muy duro».

«Del mismo modo -prosigue-, muchas veces me preguntan que cuándo me voy a ir. Y yo siempre digo que cuando me jubile, porque tengo mi vida hecha aquí, pago mis impuestos como todo el mundo, me sacrifico como cualquiera y espero jubilarme algún día como un trabajador más. Sin embargo, esa parte no se ve».

«Lo primero que piensa mucha gente es que has recibido ayudas para todo, incluso para montar tu negocio. Y cuando les dices que no, que no te las concedieron porque ya eras autónoma desde hacía mucho tiempo, entonces piensan que tu marido es de aquí y por eso has conseguido hacer algo. Eso duele y es injusto para quienes hemos luchado mucho desde el primer momento. En última instancia, ¿qué más da? ¿Qué importa con quién te hayas casado o dónde hayas nacido, si vives aquí, aprecias esta tierra y tú y tu familia trabajan en ella?».

2013 Ellas Europa

309 | Lucía

Lucía Valencia es una mujer emprendedora que, después de muchos años y no pocos sacrificios, ha conseguido poner en marcha su propia empresa: un taller de marcaje y vestimenta laboral donde ofrece ropa de trabajo, etiquetados y bordados a la carta. “Hacemos cosas en textil, pero también en otros materiales, como plástico o madera. Mis clientes principales son trabajadores autónomos porque la idea de mi negocio es que una empresa cualquiera, aunque sea pequeñita, pueda lucir su propia marca a un precio razonable”, explica con un entusiasmo evidente.

Lo siente y lo cuenta como si hoy fuera el primer día, si bien hace dos años que abrió las puertas de su taller. Es comprensible. El éxito sabe más dulce cuando el camino para alcanzarlo ha tenido tragos amargos. “¡Buf! -resopla- Es que mi vida es perfecta para montar un culebrón, uno de esos bien enrevesados, que tan poco me gustan -dice-. Podría pasarme horas contándote mi historia, pero te la voy a resumir”. Si algo conserva de su profesión esta ingeniera industrial colombiana es la capacidad de ser muy práctica.

“Mi vida en Colombia podría ser ‘aburrida’ a ojos de muchos: todo lo que hacía era estudiar y trabajar. Cuando terminé la carrera de Ingeniería, me especialicé en artes gráficas. Conseguí empleo como supervisora de control de calidad en una empresa y poco a poco noté que las condiciones del puesto esclavizaban: mucha carga de trabajo y muchas horas. El horario era de seis a seis. Y rotaba: unas veces trabajaba todo el día y otras, toda la noche. Como no lo podía dejar, ya que tenía una niña pequeña y la economía familiar dependía de mí, empecé a pensar en alternativas”, relata.

La mejor que se le ocurrió, y que puso en práctica contra viento y marea, fue estudiar una segunda carrera: Pedagogía Social. “Era un proyecto ambicioso y muy, muy sacrificado. Pero mi pensamiento entonces estaba claro. ‘Si tengo una segunda profesión, tendré dos frentes por dónde tirar. Duplicaré mis posibilidades’, razonaba yo”. Pero el plan se desbarató cuando su entonces marido le habló de salir del país. “’El futuro está allá’, me decía, ‘¿por qué no nos vamos?”.

Lucía reconoce que, en aquel momento, no tenía referencias. “Para mí, España era algo abstracto, una señora con vestido de volantes, toreo y muchas palmas. Ni se me pasaba por la cabeza emigrar. Sin embargo, mi ex esposo fue muy insistente. ‘Te vas tú primero y encuentras un lugar para vivir que te parezca adecuado, que yo en quince días viajo con la niña’, decía él. Ese era el plan: yo primero, él después, y entre medias un conocido suyo que me recogería en el aeropuerto de Barajas para orientarme”.

El día del desencanto

De todo el proyecto, lo único que se realizó fue el viaje de Lucía, en 2001. “Ni él vino, ni mandó a mi hija, tampoco fue nadie a recogerme y, además, me robaron en el aeropuerto. Yo traía dinero para poder empezar, para estar segura, y lo perdí todo. Me acuerdo de ese día como uno de los peores de mi vida, aunque no fue el peor, no. El día más duro fue unos meses después, cuando supe que él no vendría nunca porque había metido a otra mujer en mi casa. Como persona, como mujer, me sentí completamente abandonada y desprotegida”, recuerda ahora.

Sin embargo, no regresó. “Mucha gente cree que debería haber vuelto enseguida, pero en ese momento me costaba hasta razonar. Me hundí y, si no toqué fondo fue porque creo en Dios. Viví en varios pueblos de Madrid, trabajé como costurera, y me mudé luego a Mallorca, donde me ofrecieron un trabajo como interna. En esos primeros años tuve claro que aquí existía calidad de vida, acceso a la educación, seguridad en la calle… Y lo único que pensé fue ‘quiero esto para mi hija, que tenga acceso a estas oportunidades’”.

La vida de Lucía volvió a ser ‘aburrida’: trabajaba y leía mucho. “Como no tenía amigos, me refugiaba en los libros”, explica. Cuando viajó a Colombia para divorciarse y traer a su pequeña, el padre no firmó la autorización para que saliera del país. Volvió con las manos vacías, pero también con la determinación de salir adelante y construir ese futuro para su hija. “Trabajé mucho y muy bien en Mallorca, me reciclé en informática y alcancé cierto éxito profesional allí, porque trabajé de lo mío en una empresa grande”, resume. Así conoció a su actual marido, que es vasco, y es la razón por la que ella se trasladó a Euskadi. “Llegué a Bilbao en 2007. Y fue una apuesta muy seria. La familia de Luis Ángel me recibió muy bien y yo estoy encantada con el carácter de los vascos. Me gusta la seriedad, la cultura del trabajo que tienen. Me siento más de aquí que de cualquier otro sitio”, reconoce antes de añadir que sigue esperando a su hija con los brazos abiertos.

2013 América del Sur Ellas

308 | Jair

«Ha valido la pena». Con esas cuatro palabras, Jair Correa resume una aventura que ha durado siete años. «Muchas veces me dijeron que estaba loco, que era imposible, que desistiera. Me lo dijeron en Brasil cuando me fui; en Portugal, cuando me quedé; y aquí en Bilbao cuando quise abrir mi propio negocio en una lonja que llevaba muchísimo tiempo cerrada. ¡La de veces que me dijeron que era un error, que me estaba equivocando!», recuerda.

«Pero yo no desistí. Desde pequeño siempre fui muy constante cuando me marcaba un objetivo. Creo que con buen trabajo, esfuerzo y sinceridad uno puede salir adelante en la vida, a pesar de las dificultades. También creo que hay que hacer la prueba… Y si las cosas no salen como tú quieres, puedes decirte a ti mismo ‘al menos, lo intenté’. La actitud es muy importante», reflexiona Jair en su gimnasio, donde imparte clases de jiu jitsu brasileño. «También se enseñan otras disciplinas, porque es un club deportivo de lucha», aclara antes de puntualizar que la suya es «la primera escuela de jiu jitsu brasileño en Bilbao».

Está orgulloso de lo que ha logrado. Satisfecho. Y comparte la alegría del acierto. «Cuando descubrí esta lonja, llevaba cerrada doce años. Estaba en muy mal estado. Abandonada, te diría. Mis amigos opinaban que era imposible arreglarla, que iba a perder muchísimo dinero con las reformas, que no valía la pena. Pero yo había trabajado en la construcción, así que me decidí a dar el paso. Cogí la lonja y empecé a arreglarla yo mismo. Me costó mucho esfuerzo, claro, pero aquí está, como nueva. Tengo hasta las fotos del antes y el después», relata entusiasmado.

En el gimnasio se enseñan varias técnicas de lucha, aunque hay algunas que sólo pueden transmitirse a través de la palabra. Por ejemplo, la que ha traído a Jair y su familia hasta aquí. «No fue fácil -recuerda-. «Me marché de Río de Janeiro en 2006 y mi primer destino fue Portugal. Lo elegí porque había demanda de trabajo y tenía la ventaja del idioma. Vine con un amigo que, nada más llegar, me dejó tirado en el Aeropuerto de Lisboa. Imagínate la sensación… Yo había dejado en Brasil a mi mujer y a mis hijos, que eran muy pequeñitos, porque estaba convencido de que eso iba a ser positivo».

Lejos de desanimarse, Jair espabiló rápido y empezó a buscarse la vida. Así supo que «en Pamplona necesitaban mucha gente para la construcción» y, sin pensárselo dos veces, viajó a Navarra. «Trabajé en la obra y empecé a dar clases de jiu jitsu en un gimnasio. Las cosas iban bien, así que volví a Brasil para hacer los papeles, tener todo en regla y traer a mi familia», explica. La espera en su país tardó un año. En ese tiempo, cambió el director del gimnasio, y el nuevo ya no tenía interés. Sin embargo, «me llamaron en 2008 para volver. Y volví… pero me encontré con la crisis. Las obras estaban paradas, sobraba gente…».

Volver a empezar

En ese momento, un amigo de Jair le comentó que en Bizkaia sí había demanda de profesores de jiu jitsu. «Vine aquí y empecé poco a poco. Trabajaba en un bar, recogía los vasos. Y luego daba clases en distintos gimnasios: Ortuella, Santutxu, Santurtzi…». Su periplo y su esfuerzo dieron frutos allí, en Santurtzi. «El dueño del gimnasio, Luis Prado, me ofreció un contrato de trabajo, me hizo todos los papeles. Y lo menciono con nombre y apellido porque le estoy muy agradecido. Es una persona estupenda que se portó muy bien conmigo», subraya.

Jair estaba «cómodo y a gusto», pero quería montar una escuela específica de su disciplina. Con los ahorros que tenía, abrió un primer gimnasio en San Inazio que, a los pocos meses, se le quedó pequeño. «Entonces fue cuando di el paso para coger esta otra lonja y reformarla», explica. «La verdad es que estoy muy contento. Mi familia ya está conmigo, mi mujer ha podido mantener su trabajo en Brasil, ya que es analista de soporte, se dedica al mundo del software y puede trabajar a distancia», añade.

También destaca que «Bilbao es un lugar estupendo para las familias con hijos pequeños. Quizá los jóvenes prefieran otra cosa, pero para nosotros resulta ideal. Hay muchas opciones de ocio y muchas iniciativas para los peques. Valoro la tranquilidad, la seguridad y la educación. Mis hijos van a la escuela pública y estamos encantados. Lo más divertido es que entre ellos hablan en euskera y yo no me entero de nada», confiesa entre risas.

2013 América del Sur Ellos

307 | Radu

Con casi 14.500 personas, la comunidad rumana es una de las más numerosas en Euskadi, según reflejan las cifras del Instituto Nacional de Estadística. Pero también es una de las que soporta los estereotipos más negativos de cuantos existen en materia de inmigración, pues los rumanos, como colectivo, cargan con varios prejuicios. Antes se piensa en delincuencia que en trabajo y difícilmente se les asocia con la elevada preparación académica que muchos de ellos poseen. «No se habla de las miles de personas honradas que trabajan aquí y que se han integrado en esta sociedad, sino de las pocas que hacen las cosas mal», resume Radu Ursu, el arcipreste rumano ortodoxo de Vitoria.

Joven, trabajador y padre de familia, Radu encaja en ese perfil del que menos se habla: en su país estudió Teología y Derecho y aquí está haciendo un doctorado, en la Universidad de Navarra. «He presentado la mitad de la tesis, me queda la otra mitad… Por suerte, mi mujer me ayuda muchísimo», subraya. Su esposa, Daniela, compagina su trabajo como intérprete de rumano ante las instituciones públicas con las horas que pasa junto a él delante del ordenador. Licenciada en Matemáticas, con un máster en Estadística y ex profesora de la Universidad de Transilvania, ella también forma parte de ese perfil invisible.

«Daniela ha trabajado en distintos sitios, no solo como traductora», dice él, que además de dedicarse al sacerdocio, a sus estudios y a su familia, ha tenido diversos empleos aquí. «Yo trabajé en la fundición, en una empresa de limpieza y fui conductor de una compañía de mensajería. Ese empleo era particularmente duro porque, durante muchos meses, fui y vine a diario entre Vitoria y Madrid. Conducía por las noches y, cuando llegaba aquí, me ponía con mis labores en la iglesia. Si había algún bautismo, lo oficiaba aunque no hubiera dormido todavía», recuerda.

Y es que Radu ha tenido que buscarse la vida para salir adelante y mantener a su familia. Tuvo que pasar un duro examen para venir hasta aquí, donde ha asumido «grandes responsabilidades». «Me presenté a un examen ante el Patriarcado Ortodoxo de Rumanía. Gracias al resultado, pude elegir cualquier lugar del mundo para viajar como misionero. Viajar así implica que los gastos corren por tu cuenta. Tienes una misión religiosa, sí, pero eres responsable de tu manutención y la de tu familia», detalla Radu. «Escogí Euskadi porque mi hermano vivía en San Sebastián, aunque él acabó regresando a nuestro país poco después de que nosotros llegáramos».

«Un hijo quiere ser ingeniero»

«Me trasladé a Vitoria hace seis años con mi mujer y mis dos hijos, Andrei y Zacarías, que ahora tienen 17 y 12 años, y que se han adaptado muy bien al cambio de país. Los dos estudian en el modelo D y el mayor quiere hacer Ingeniería en Mondragon. Nosotros, como padres, deseamos que puedan tener un trabajo cualificado o que puedan optar a él sin que la procedencia sea un impedimento. Tenemos fe en que las generaciones siguientes vivirán la diversidad con normalidad», sostiene, si bien matiza que ellos, como familia, han sido muy bien recibidos aquí y han contado «con mucha ayuda de la Iglesia Católica».

«La Iglesia nos ha brindado una ayuda inestimable para tener nuestro templo y para desarrollar otras actividades de aprendizaje y cohesión, como el taller de creación de iconos en cristal que imparte el doctor en Bellas Artes Julien Gradinaru a los niños de la comunidad», menciona a modo de ejemplo. En Euskadi hay una presencia destacada de investigadores, músicos y artistas rumanos que forman parte del mundo universitario vasco pero, también, de iniciativas como ésta que cuenta Radu. Talleres que vertebran a la comunidad rumana del País Vasco y sus alrededores.

«El arciprestazgo de Gasteiz abarca un territorio más amplio», explica él, que no solo se mueve en Vitoria, sino que trabaja con las parroquias de Bilbao, San Sebastián, Logroño, Burgos, Calahorra, Pamplona, Santander y Soria. «Voy dos veces al año a cada una, para las celebraciones religiosas. Nos mantenemos en contacto con la comunidad. La mayoría de los hombres trabajan en fábricas y en la construcción, mientras que las mujeres trabajan cuidando niños o como empleadas de hogar. Son personas sencillas que han venido en busca de una vida mejor. Quienes vienen a la iglesia son personas de bien y no andan en cosas raras».

2013 Ellos Europa