De Andalucía a Euskadi: tres siglos de esclavitud en 15 notas con historia

La esclavitud es una parte relevante de la historia española que solemos omitir. Los documentos muestran que en los siglos XVII y XVIII el 10 % de la población de Sevilla estaba esclavizada y que denunciar a quienes huían resultaba lucrativo. También que Irun, tras la abolición de la esclavitud en el siglo XIX, fue un destino preferente para los registradores de esclavos o el funcionariado aduanero de la Cuba colonial. Las historias de Pedro Urdanibia, Juan de Larreaundi o Eduardo Velentín confirman que les debemos un reconocimiento y una reparación a miles de personas como Eiza Abdala o María Pereda. Por sorprendente que nos parezca, los prejuicios raciales o el comercio actual de esclavos en Libia vienen de lejos, y tenemos algo que ver.

Por Ana Galdós

01 | La mayor migración intercontinental de la historia. Desde el siglo XVI hasta el XIX, millones de personas negras fueron obligadas a abandonar sus hogares y vendidas como esclavas. Las fuentes cifran entre 10 y 15 millones de personas las víctimas de este comercio; con todo, es difícil cuantificar el número exacto: aunque había un registro oficial de esclavos vendidos, también existía la venta clandestina. En cualquier caso, la trata de esclavos ha sido considerada —por su duración y escala— la mayor migración intercontinental de la historia. Una migración que no fue ni voluntaria ni derivada de un conflicto interno, sino impuesta.

02 | Cadenas de hierro para unos y cadenas de valor para otros. Durante más de tres siglos, miles de personas se beneficiaron económicamente del tráfico de mujeres y hombres negros. El asunto empezaba con los estamentos oficiales que otorgaban las licencias para transportar esclavos, pasaba por quienes se encargaban de hacinarlos en los barcos y llevarlos rumbo a América o Europa, continuaba con los propios tratantes y finalizaba con los compradores. En definitiva, existió toda una cadena de intereses que convirtió la trata de personas en un comercio oficial de gran rentabilidad económica y a gran escala.

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03 | Una mercancía multiusos. Los esclavos fueron una mercancía muy apreciada y demandada por los europeos. Aunque una gran parte estaba destinada a trabajar en las plantaciones agrícolas de América, muchos otros se quedaron en suelo europeo, donde trabajaban en el servicio doméstico o eran conducidos a las galeras para remar en las embarcaciones reales, protagonistas de las grandes batallas navales.

04 | Andalucía, centro del negocio esclavista español. Andalucía fue una de las regiones donde hubo una mayor presencia de esclavos. Los puertos de Sevilla y Cádiz hacían de estas dos localidades centros neurálgicos de compra y venta de personas. Se ha calculado que, durante los siglos XVII y XVIII, los esclavos llegaron a representar el 10 % de la población sevillana. La mayor parte procedía de la zona denominada por los europeos Berbería o costa berberisca, formada por Marruecos, Argelia, Túnez y Libia. De hecho, la presencia de africanos fue tan importante que, aunque se ha tratado de borrar de la memoria, ha dejado una clara herencia en la cultura andaluza.

05 | La aportación vasca. Los vascos también formaron parte del entramado comercial del sistema esclavista. Los documentos conservados en diferentes archivos históricos constatan su presencia como transportistas, vendedores o propietarios. De hecho, muchos estaban tan estrechamente vinculados con el comercio transatlántico que residían en Sevilla o en Cádiz. También los hubo que trajeron esclavos al País Vasco, así que no era raro entrar en una casa y comprobar que el personal doméstico era una pertenencia más (y adquirida como tal). En ocasiones, los propietarios debieron desprenderse de sus esclavos debido a las órdenes de expulsión que dictaban las autoridades, pues en el País Vasco existía un especial recelo por conservar limpia la sangre y alejarla de todo tipo de mezcla racial. A pesar de ello, muchos dueños los conservaron.

06 | El río Bidasoa, frontera entre la esclavitud y la libertad. Es fácil encontrar documentos que constatan que en el siglo XVI ya había esclavos en el País Vasco. Es más: en Gipuzkoa no solo se los veía acompañando a sus dueños, sino que también se los vio huyendo de ellos. Durante siglos, la ciudad fronteriza de Irun fue el destino de muchos esclavos africanos que huían desde cualquier punto de la península ibérica para intentar cruzar el río Bidasoa y luego, ya en suelo francés, embarcar desde algún puerto rumbo a la libertad. Otra cosa que nos enseñan los documentos históricos es que si el esclavo tenía ya una consideración social nula, el que huía de su dueño incurría en un delito tipificado. Por eso, quienes veían a un esclavo que huía solían denunciarlo para que fuese apresado y juzgado. Eso sí, más que una cuestión de justicia era de economía: si tenía dueño, este te compensaba económicamente; y si no lo tenía, te lo quedabas o lo podías revender.

07 | El prejuicio del color. El 23 de abril de 1532, Pedro de Urdanibia, un vecino de Irun que gozaba de gran prestigio por su poder económico y social, se presentó ante la justicia con un joven negro de 20 años. Cuando se topó con él, Urdanibia le preguntó si era esclavo huido y el joven le dijo no serlo; sin embargo, lo apresó igualmente porque, por su aspecto, «parecía que era esclavo y que venía huido de su dueño». Es decir: el color negro de su piel fue la prueba concluyente. De nada le sirvió al joven confesar ante la justicia que era originario de la Berbería, que había hecho un largo camino desde Portugal y que quería cruzar a Francia.

08 | La denuncia como gran negocio. Cuando alguien capturaba a un esclavo huido, recibía una recompensa por parte del propietario. Además, en aquellos casos en los que no apareciera el dueño, la persona que lo había apresado tenía derecho a quedárselo o a venderlo. En mayo de 1535, Juan de Larreaundi, un vecino de Irun, denunció la huida de un joven mulato. Resultó que el joven era esclavo de un comerciante bilbaíno, quien no dudó en acudir a la localidad fronteriza para recuperarlo ofreciendo a cambio una generosa cantidad de dinero. Con esta historia en mente, quizá sea más fácil entender los motivos que llevaron a Pedro de Urdanibia a detener a aquel joven negro de la Berbería.

09 | María Pereda, una mulata a bordo de una gabarra. El Bidasoa se podía cruzar, sobre todo, de dos maneras: a nado o en una gabarra que cruzaba el río a diario. La mulata María Pereda lo intentó de la segunda manera el 1 de septiembre de 1581. Embarcó y todo iba bien hasta que alguien avisó de su fuga y la gabarra fue inmovilizada antes de que llegara a su destino. Por supuesto, María fue detenida y devuelta a su dueña. Ahora bien, tan relevante como eso es que la persona que pilotaba la embarcación fue detenida y sancionada con 4 años de suspensión de empleo.

10 | Siempre rumbo a Francia. Cuando se detenía a personas negras —fueran esclavas o no—, se las retenía en la cárcel hasta que se aclaraba qué se debía hacer con ellas. Además, para evitar que se escaparan, se las sujetaba con grilletes y cepos. Esto ha sido algo que ha sucedido en todas partes y hasta que se abolió la esclavitud. En el caso concreto de la prisión de Hondarribia, hay documentación que habla de dos esclavos que huyeron en pleno invierno de 1617, llegaron al río Bidasoa y se lanzaron al agua. Al parecer, tuvieron la suerte de ser ayudados por varios franceses que se encontraban en la otra orilla del río. Nada se sabe de su suerte después, pero su historia confirma una constante histórica: cruzar el Bidasoa ha sido sinónimo de libertad para muchas personas.

11 | Eiza Abdala, un marroquí revendido. Eiza Abdala había nacido en Salé (Marruecos) y se había embarcado como marinero en un bergatín corsario. Ocurrió que el barco fue capturado por los flamencos y Eiza terminó convertido en esclavo. Como siervo, viajó hasta Andalucía, donde un tiempo después su dueño le concedió la libertad. Eiza quiso regresar a Marruecos; pero, por miedo a que le esclavizaran de nuevo, en lugar de partir desde Sevilla o Cádiz, cruzó toda la península para llegar a Francia, y desde allí alcanzar un puerto donde embarcarse rumbo a su país. En Irun lo apresaron y lo llevaron ante la justicia. Como no pudo demostrar que era una persona libre y tampoco apareció un supuesto propietario, en el verano de 1648, fue de nuevo vendido en la plaza pública de Hondarribia. Eiza tenía 25 años.

12 | De Cuba a Irun, por amor al tráfico aduanero. A lo largo del siglo XIX, los países europeos condenaron y abolieron la esclavitud, incluso en sus colonias de ultramar. Cuba fue la última colonia española en hacerlo, en 1880. El cese del comercio de esclavos, así como la situación de inestabilidad política que vivía la isla, hizo que muchos funcionarios regresaran a España. Unos cuantos registradores de esclavos, que hasta entonces habían anotado cada entrada y salida en la aduana de Cuba, se instalaron en la comarca del Bidasoa por cuestiones laborales: la frontera con Francia estaba en Irun. Algunos registradores incluso conservaron su plaza de funcionario; otros, en cambio, a partir del capital que trajeron, crearon sus propios negocios (por ejemplo, agencias de aduana). Unos y otros desempeñaron un papel relevante en la comunidad irunesa.

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13 | De registradores de esclavos a empresarios o banqueros. A modo de ejemplo, recojo escuetamente un par de historias sobre esa curiosa inmigración de alto nivel económico que llegó desde Cuba a Irun tras la abolición de la esclavitud en el siglo XIX. Una es la de Eduardo Velentín, un registrador de esclavos que fundó una agencia de aduanas y que, además, ejerció de banquero. Otra es la del matrimonio formado por Andrés Fernández —funcionario de aduanas— y Josefina Urtizberea, quienes se instalaron en 1888 en Irun y, como Velentín, invirtieron su capital en fundar una agencia de aduanas (tan importante que, con el tiempo, se denominará «Viuda de A. Fernández e hijo»). Además de abrir negocios, el impacto económico de este exfuncionariado colonial fue medible en la compra de solares que se produjo. Por cierto, está documentado que el matrimonio Urtizberea-Fernández tuvo esclavos en su servicio doméstico en Cuba.

14 | Una historia no contada… o mal contada. El comercio de esclavos forma parte de nuestra historia. Otra cosa es que lo silenciemos o lo narremos de una forma sesgada: fueron otros países, fueron otros tiempos, etcétera. Sin embargo, las evidencias están ahí. Para muestra, una pequeña historia familiar: mi tatarabuela Josefina regresó de Cienfuegos (Cuba) poco después de la abolición de la esclavitud y, entre sus pertenencias, trajo consigo un fotografía de un joven negro… Sus grandes manos lo delatan como un incesante trabajador. ¿Se trataba de un esclavo o era acaso un hombre libre? Nadie de mi familia conoce su identidad. La mayoría ni siquiera sabía de la existencia de esa foto hasta que, de forma casual, la encontramos. Lo que sí sabemos es que mi tatarabuela se apellidaba Urtizberea, se casó con Andrés Fernández y tuvo una agencia de aduanas. También que ella nunca habló de esa fotografía.

15 | La esclavitud sigue vigente. Por desgracia, la venta de seres humanos sigue existiendo; así lo ha manifestado la Organización Internacional de Migraciones. Hoy miles de subsaharianos, en su intento por alcanzar algún país europeo, son capturados en Libia y vendidos como esclavos. Muchos logran escapar y llegar a ciudades portuarias donde se encuentran con impedimentos para llegar a otras localidades europeas. Muchos son denunciados y retenidos en las fronteras. Otros cuentan con la solidaridad de personas que evitan que sean devueltos a los lugares de los que huyen, como el caso que se narra en la conmovedora El Havre, de Akira Kaurismäki. En cualquier caso, lo que sucede hoy en Libia nos recuerda que la historia viene de lejos y que nos toca más de cerca de lo que creemos.

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Migrantes portugueses ahogados en el Bidasoa: 14 datos poco conocidos

Entre 1957 y 1974, cientos de portugueses murieron ahogados tratando de cruzar el río Bidasoa, frontera natural entre España y Francia. Estos migrantes huían del régimen dictatorial de Salazar y de la guerra de descolonización que Portugal acometía en África. Aquellos hombres y mujeres salieron de su país de forma clandestina y se jugaron la vida para convertirse en mano de obra barata y explotada en Francia. Entre medias, su dinero sirvió para que una red de pasadores que hubo en Irun y Hendaya se enriqueciera a su costa.

Por Ana Galdós

01 | Portugal, un país de emigración. Entre finales de los años 50 y principios de los 70, emigraron de Portugal alrededor de 1,5 millones de personas. Es decir: un 18 % de la población total del país y un 47 % de su población activa. Los conocidos como «ahogados del Bidasoa» formaron parte de un gran contingente de migrantes que partió rumbo a Francia. Estos llegaron a razón de unos 80.000 por año, así que en poco tiempo la portuguesa se convirtió en la comunidad extranjera más importante del país galo. Dado que este se encontraba en plena expansión económica, les abrió sus puertas por ser una mano de obra blanca y católica. Les dio trabajo y, con ello, papeles. A cambio, eso sí, los portugueses tuvieron que vivir en condiciones de miseria y hacinamiento.

02 | La dictadura y la guerra como fuerzas expulsoras. A principios de la década del 60, el régimen dictatorial de Salazar había entrado en guerra con sus provincias coloniales en África. Por tanto, todos los jóvenes en edad de hacer el servicio militar estaban obligados a combatir en Angola, Mozambique o Guinea Bisáu. Entre los ahogados en el Bidasoa, no solo hubo jóvenes que escapaban del servicio militar, sino africanos que huían también de la guerra con Portugal. Su situación recordaba a la de aquellos jóvenes españoles que emigraron a América a principios del siglo XX para evitar ser llamados a filas para la guerra del Rif.

03 | Datos inciertos sobre muertes… ciertas. No existen datos reales sobre el número total de muertos. Pero, según la prensa de la época, fueron cientos; de hecho, en 1973, el ABC publicó un breve artículo donde cifraba en 130 el número de personas ahogadas en el Bidasoa —80 portugueses y 50 africanos— el año anterior. Eran migrantes sin documentación que utilizaron los pasos clandestinos para cruzar la frontera. Conocían las dificultades y los riesgos, pero no tenían otra elección para escapar de la pobreza y de la guerra.

04 | Lo llamaban hacer el salto. Los migrantes portugueses podían salir de su país y atravesar España de forma legal, pero para ello necesitaban el pasaporte. Ahora bien, para obtenerlo, se les exigía mostrar el diploma de Educación Primaria y debían esperar más de 6 meses para que se lo entregasen. Estas dos condiciones abocaban a la mayoría a convertirse en clandestinos: muchos carecían de estudios —y, por tanto, de diploma— y casi todos iban a Francia porque allí tenían apalabrado un trabajo donde debían incorporarse inmediatamente, es decir, no podían esperar 6 meses. Al paso desde Portugal a España y de aquí a Francia lo llamaban «hacer el salto».

05 | Casi 800.000 portugueses en 10 años. Según el Ministerio de Interior francés, durante el periodo de mayor intensidad migratoria (1963-1973), cada año entraban en el país galo una media de 78.500 portugueses. Aunque es difícil estimar el número, se considera que el 55 % lo hizo de forma clandestina. Los migrantes viajaban escondidos en falsos fondos de camiones, en maleteros de coches o en trenes de mercancías. Descansaban en casas de particulares, que les acogían previo pago de una cantidad de dinero. Si las autoridades los interceptaban, no solo eran devueltos a su país, sino que podían ser encarcelados. En esos años, Portugal consideraba la migración clandestina como un crimen.


06 | Una historia tipo.
Adilia Moreira es una de esas migrantes que saltó a lo desconocido en busca de una vida mejor. Ella vivía en el norte de Portugal —la región más castigada por la pobreza— y, pese a estar embarazada de 6 meses y llevar consigo a su hija de 2 años, metió sus pertenencias en una maleta y se encaminó hacia la frontera con España. Allí, con la ayuda de unos pasadores, atravesó el país de forma irregular. Adilia recuerda el cansancio, el frío y, sobre todo, el miedo que les acompañó en aquel viaje de más de 600 kilómetros.

07 | Un viaje caro e inseguro. El pasador y el migrante acordaban un precio que, por lo general, equivalía a 6 meses o 1 año de su sueldo en Francia. En general, los migrantes no disponían de esa cantidad, así que se veían obligados a vender su patrimonio, a pedir préstamos a particulares o a hipotecar parte del sueldo que iban a cobrar en Francia. El primer pago se efectuaba en Portugal, en el momento de la salida. Después pagaban a los pasadores que les habían conducido hasta Gipuzkoa o Navarra para cruzar la frontera. Cuando llegaban a Francia, pagaban el resto. Sin embargo, hubo pasadores que no cumplieron su acuerdo y abandonaron a los migrantes en mitad del camino, como a los ahogados en el río Bidasoa.

08 | Irun y Hendaya: los puntos calientes. El río Bidasoa es la frontera natural que separa por el oeste Francia de España. Eso hace que la frontera oficial entre ambos países estuviese en los puentes que lo cruzaban. Ante la imposibilidad de cruzar los puentes y el desconocimiento del terreno, los migrantes se veían obligados a depender de los pasadores y a utilizar pasos clandestinos. De ahí que en Irun —la orilla vasca— y en Hendaya —la orilla francesa— existiese una red de personas que cobraban por esconder y pasar a los migrantes. Esa red incluía puntos de acogida, taxis y gabarras.

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El río Bidasoa, desde la costa de Hondarribia. Al fondo: Hendaya. Foto: L.Caorsi.

09 | El modus operandi. Cuando los migrantes llegaban a Irun, el pasador les llevaba a un lugar seguro que, por lo general, era una casa en el monte (baserri) o un hostal cerca de la estación de tren. Allí aguardaban hasta que el pasador consideraba que era seguro cruzar la frontera. Las posibilidades solían ser dos: cruzar el río a nado o en una pequeña embarcación denominada gabarra. Una tercera alternativa era que un taxista se apostara con el coche cerca de la frontera y, utilizando un código de luces con los faros del coche, señalase si la vía estaba libre o no para cruzar por el puente.

10 | La última etapa: después de la frontera. Al otro lado del río, ya en Francia, a los migrantes solían esperarlos taxis o camionetas que los llevaban hasta la estación de tren de Hendaya y de Bayona, donde un comité de compatriotas les recibía y les entregaba un billete de tren. Por lo general, se dirigían a una ciudad donde ya tenían a un familiar o alguna amistad. Sin embargo, cuando llegaban a su destino, se veían obligados a vivir en barracas y muchos no encontraron el trabajo prometido. La decepción y el desamparo eran enormes. Esta situación quedó bien reflejada en una película francesa de 1967 titulada O salto: le voyage du silence.

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Fotograma de la película O Salto: le voyage du silence, de Christian de Chanlonge.

11 | La versión vasca de lo sucedido. Rosa Arburua ha publicado un estudio que recoge la experiencia de algunos pasadores del Bidasoa. A través de testimonios orales, esta historiadora vasca muestra la forma de proceder de los pasadores y da cuenta de la —buena— imagen que ellos tenían de sí mismos. Entre otras historias, Arburua explica la de Otilia Taboada, quien hizo del contrabando su forma de vida. Esta mujer empezó con productos comestibles e industriales y amplió su negocio al paso de portugueses. Ella los recogía, los escondía y les ayudaba a cruzar la frontera atravesando el río o caminando por los montes que separan Navarra de Francia. El estudio de Arburua menciona también la participación de los taxistas en la red, así como la existencia del Hostal Tranche, un lugar de referencia adonde acudían los portugueses porque su dueño hacía también de pasador.

12 | Lazos de hermandad francolusa. Fruto de aquella década de migraciones, hoy, solo en la región de Aquitania, residen unos 40.000 portugueses. En la actualidad son muchos los municipios que tienen lazos con poblaciones lusitanas a través de hermanamientos. Hendaya es una de ellas, hermanada desde 1994 con Viana do Castello, localidad del norte de Portugal con la que desarrolla proyectos culturales y actividades deportivas conjuntas.

13 | Cine, literatura y algo de fútbol para recordar el salto. Conscientes y orgullosos del esfuerzo que hicieron sus madres y sus padres, algunos descendientes de aquellos migrantes quieren que la memoria colectiva siga recordando las situaciones infames y de peligro que estos soportaron. El escritor y traductor Carlos Batista es uno de ellos; en su novela Le Poulailler, narra la historia de su padre, quien con 19 años escapó de Portugal y cruzó de forma clandestina la frontera con Francia. El cineasta José Vieria, también hijo de migrantes, a través de su documental Gens du salto, describe la experiencia de estas personas que lucharon por tener un futuro mejor. El conocido futbolista Robert Pires tampoco olvida sus orígenes: en más de una ocasión, ha contado que su padre huyó con 17 años de Portugal para evitar participar en la guerra con Angola; él, nacido en Reims, fue campeón del mundo en 1998 con la selección francesa.

14 | El recuerdo de José Saramago. El escritor portugués remarcaba en un texto llamado «Historias de la emigración» la importancia de recordar las dificultades y el camino recorrido por sus compatriotas. «Que tire la primera piedra quien nunca haya tenido manchas de emigración ensuciándole el árbol genealógico…», empezaba diciendo ese texto. Y es que todos hemos tenido en nuestro árbol genealógico algún familiar que salió de su país de origen en busca del pan que su tierra le negaba. Aquellos cientos de portugueses —y africanos— que murieron ahogados en el Bidasoa escapaban de la miseria y de la guerra igual que hoy lo hacen esas miles de personas que, como ya señalaba Saramago entonces, se ahogan «en ese otro Bidasoa más ancho y más hondo que es el Mediterráneo».

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The Basque Hotel: cuando los vascos emigraron a Estados Unidos

A finales del siglo XIX y principios del XX, muchas personas emigraron del País Vasco. El documental The Basque Hotel (que puedes ver online aquí) recoge el testimonio de quienes lo hicieron rumbo a Estados Unidos, y nos muestra que los mecanismos de supervivencia de aquellos hombres y mujeres fueron similares a los que hoy conocemos en los migrantes senegaleses o chinos en suelo español. También nos enseña que la condición de migrante suele ir acompañada de querer conservar y compartir los aspectos más folclóricos de una cultura (ya sea uno vasco en Idaho o boliviano en Getxo).

Por Ana Galdós

A finales del siglo XIX, miles de hombres y mujeres vascos pusieron rumbo hacia el oeste de los Estados Unidos. Todos buscaban prosperidad económica, y muchos la encontraron. Más tarde, en la Primera Guerra Mundial, quienes se habían asentado en esa parte del mundo fueron un reclamo para que otros muchos hicieran lo mismo. El documental The Basque Hotel, dirigido por Josu Venero, nos da a conocer ese fenómeno migratorio y el proceso de enraizado que conllevó la formación de una comunidad vasca en ciudades como Boise, Carson City, Emmett, Reno, San Francisco, Los Ángeles o Portland.

El documental se inicia con el testimonio de Luciana Garatea, una mujer que migró de Lekeitio a Boise, la capital de Idaho, con apenas 16 años. A través de su experiencia conocemos las generalidades de muchos otros migrantes vascos que, como ella, se asentaron en California, Idaho y Nevada. Luciana, a sus 105 años y en su lengua materna, el euskera, revive cómo se embarcó en Bilbao a principios del siglo XX para viajar hasta Nueva York y desde allí cruzar el país americano.

Su caso es uno de tantos: muchos jóvenes, procedentes principalmente de Bizkaia y del sudoeste de Francia, emprendieron el mismo viaje que ella. La mayoría eran jóvenes sin apenas formación y con escasas expectativas laborales, venían de familias numerosas y de un mundo rural en continua decadencia, y su salida más inmediata era la de migrar. Además, Europa se encontraba a las puertas de la Primera Guerra Mundial y los migrantes vascos, como tantos otros de aquella época, se fijaron en los Estados Unidos como el lugar ideal donde prosperar.

Hoteles de vascos para vascos

Aquellos euskaldunes, tras cruzar el Atlántico, se convertían en extraños en un país de lengua y cultura ajenas. A pesar de ello, contaban con dos importantes apoyos que les garantizaba un mínimo de orientación y de seguridad. Un primer respaldo lo tenían ya en el propio viaje de partida: solían viajar acompañados de algún familiar. Ese fue el caso de la centenaria Luciana, quien realizó la larga travesía junto con su tía. También el de Dominique Laxalt, que partió rumbo a Nueva York con dos de sus hermanos mayores.

El segundo punto de apoyo lo encontraban cuando llegaban a tierra: los hoteles para vascos. Estos hoteles eran edificios fundados y regentados por vascos que vieron la necesidad —y el negocio— de crear centros donde acoger a otros paisanos. De hecho, estos hoteles se convirtieron en un gran nexo de unión entre los recién llegados y el nuevo lugar (algo similar a lo que sucede hoy con las diversas asociaciones de extranjeros, cuyos miembros más antiguos ayudan y orientan a los que acaban de llegar).

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El documental rescata imágenes de la emigración vasca, como se aprecia en este fotograma.

Los hoteles se localizaban en las proximidades de las estaciones de tren. Los había en Nueva York, pero también en las poblaciones que recibían una mayor afluencia de vascos, como los núcleos del oeste estadounidense. En 1910, tan solo en Boise (Idaho) ya había registradas 6 casas de huéspedes. Nombres como Casa Vizcaína, Inchausti, Spanish Hotel o Emery se convirtieron en sitios de referencia, pues por 1 dólar diario se dormía y se comía.

Además de un primer hospedaje, estos hoteles actuaron como centros que dirigían a los migrantes hacia los lugares con oferta laboral. De hecho, les facilitaban los billetes de tren necesarios para trasladarse hasta California, Idaho y Nevada, donde existía una fuerte demanda de trabajo. Es fácil comprender, por tanto, su enorme importancia: fueron el sostén a partir del cual emprender una nueva vida.

Del pastoreo a los festivales

En el oeste estadounidense, los ranchos demandaban pastores. Se trataba de un oficio duro que requería buenas condiciones físicas y mentales, pues implicaba estancias de 3 meses en los montes con la única compañía del rebaño de ovejas y de un perro guía. La soledad, en circunstancias así, hacía aflorar un sentimiento de nostalgia que no siempre era fácil de sobrellevar. Rodeados de álamos, los pastores vascos solo tenían una forma de exteriorizar sus pensamientos: grabando sobre la corteza blanca de esos árboles palabras y expresiones que todavía hoy se pueden leer.

Con el paso de los años, algunos de esos pastores crearon sus propios ranchos. Otros fundaron nuevos hoteles, similares a los que les habían acogido a ellos. De una forma o de otra, aquella primera ola migrante vasca terminó por integrarse plenamente y echó raíces en los Estados Unidos. Los negocios que habían emprendido, la familia y el estallido de la Guerra Civil española fueron motivos para que muchos de ellos no quisieran regresar a su Lekeitio o su Zuberoa natal. Se convirtieron así, en particular sus hijos e hijas, en nuevos estadounidenses.

A pesar de ello, no se desvincularon nunca de la cultura vasca y la conservaron a través de la lengua y de las costumbres. Una cultura que han transmitido de generación en generación y que fomentan entre los más jóvenes a través de iniciativas, como la del programa de intercambio de estudiantes de la ciudad de Boise, o gracias al apoyo de las instituciones vascas.

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Fotograma del documental, que muestra la pervivencia del folclore euskaldún en EE.UU.

También gracias a los festivales, como el Jaialdi, donde se celebran los aspectos más folclóricos (de un modo similar a lo que hace, por ejemplo, la colectividad boliviana de Euskadi con sus danzas de carnaval). El Jaialdi se celebra en Boise y, durante 5 días, la música, la danza y el deporte vasco sirven de excusa para reunir a quienes migraron con sus descendientes. Ahora bien, quizá la mejor manera de medir la relevancia de la comunidad vasca en esta población sea The Basque Block, un barrio que, como su nombre indica, homenajea la identidad euskalduna.

En la actualidad hay alrededor de 60.000 vascos censados en Estados Unidos, de los cuales 21.000 se localizan en California y 6500, en Idaho. The Basque Hotel es un homenaje a todos ellos y, en particular, a la gente que, como Lucía Garatea o Dominique Laxalt, un buen día dejaron todo lo que conocían atrás y cruzaron el Atlántico. También es un reconocimiento al esfuerzo por trasmitir la cultura vasca de generación en generación por parte de un colectivo perfectamente integrado en la sociedad estadounidense.


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