22 | Kamran

Kamran Imani está por cumplir treinta años… de residente en Euskadi. Llegó en julio del 79, cuando apenas era un chaval, y ha vivido más tiempo en Vitoria que en Tehrán, su ciudad de origen. Aquí logró tener su negocio, formar una familia, vivir con tranquilidad y profesar su religión sin miedo. Porque Kamran -o ‘Kami’, como le conoce todo el mundo- es bahai y decidió marcharse de Irán cuando estalló la revolución musulmana.

Concede la entrevista el 24 de diciembre: Nochebuena para los cristianos, buena noche para él, que cerrará su local más temprano. Allí mismo, en su tienda de alfombras, relata el modo en que llegó a Vitoria y buena parte de su vida, marcada por ese viaje. Entre tanto, atiende a sus clientes, saluda a sus amigos vascos y les desea, por anticipado, una muy feliz Navidad.

“No hay nada más bonito que un jardín con flores distintas. No hay una más bella que otra; todas tienen su encanto -opina-. Con la sociedad es igual. Existen muchas caras, ideas y principios diferentes. La variedad es muy importante; el desafío es convivir en paz”. Así reflexiona Kamran, quien ha optado por un diminutivo, Kami, ya que nadie pronuncia bien su nombre. “Antes de que me llamen karrán o cabrón, prefiero que me digan Kami”, dice entre risas.

La simpatía es, sin duda, una de sus mejores facetas. Incluso para narrar momentos duros de la vida, como aquel día en Irán, cuando amenazaron a la farmacia en la que trabajaba de mozo de recados por no tener a la vista ninguna imagen del Sha. “Dijeron que nos pondrían un petardo y la volarían por los aires, así que, al cabo de una hora, ya teníamos una foto enorme, de un metro por tres, que era más grande que la puerta”.

Entonces él tenía diecisiete años, había terminado el secundario y trabajaba como recadero para ganarse un dinerillo. Cuando la situación se recrudeció, tomó la decisión de irse, con cien dólares en el bolsillo. “Tuve suerte -recuerda ahora-. Salí de Irán en avión, con toda la normalidad del mundo. Tres años después, la que hoy es mi mujer tuvo que irse a pie, atravesando las montañas y viajando por carreteras de mala muerte”.

Su primer destino fue Holanda, donde vivían sus hermanos. Allí se apuntó en la Escuela de Idiomas, que “ofrecía un 2×1: si estudiabas holandés, te obsequiaban un curso de castellano”. ¿El resultado? No aprendió nada. “El locutor de las cintas que oíamos hablaba demasiado deprisa, pero, eso sí, conservé el libro. De hecho, viajé a Pamplona un año después con lo puesto, sin conocer el idioma y con el libro de castellano bajo el brazo”. En la capital navarra vivían sus primos, y fueron ellos quienes le enseñaron el idioma.

Vitoria bahai

Amsterdam, Pamplona… ¿por qué venir a Vitoria, donde no conocía a nadie? “Porque en Vitoria no había nadie que conociera mi religión. Quise asentarme en un sitio donde pudiera extender la filosofía bahai”, responde; una creencia relativamente novedosa -“nació en Irán, hace 168 años”- que defiende la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, y que también tiene sus dogmas en el cuidado del medio ambiente. “Es una visión distinta de la humanidad, más actualizada, más acorde a nuestro tiempo”, señala.

En la capital alavesa, Kami nunca se sintió rechazado. pero sí más extranjero que ahora. “Antes éramos muy pocos y me sentía algo solito. Sólo había un restaurante chino en la ciudad. Recuerdo que caminaba por la calle en busca de alguien que pareciera de fuera y no era tan fácil encontrarlo”.

Con lo que sí se encontraba, y a menudo, era con el desconocimiento y la curiosidad. “En cuanto yo hablaba de Irán, la gente me preguntaba cosas. Una vez, una señora me dijo que había estado, que quedaba al lado de Costa Rica”, cuenta divertido. Por supuesto, no se ofendió. “Antes de venir aquí, yo pensaba que España era un país comunista, así que la ignorancia era mutua”, confiesa. “Lo que me duele es que hoy en día se meta todo en el mismo saco; ya sea para hablar de islamismo y fundamentalismo como si fueran la misma cosa, como para hablar de los vascos y el terrorismo en Euskadi”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2007 Asia Ellos

21 | Rigoberto

Está a punto de cumplir setenta años, pero la edad no le hace justicia. El día de la entrevista, se levantó a las seis de la mañana y viajó de Bermeo a Vitoria para debatir sobre el II Plan de Inmigración. Después pasó por Bilbao, donde tenía agendada otra cita, y recién entonces regresó a su casa. Nacido en Chile en 1938, afincado en Euskadi desde hace 33 años, Rigoberto Jara es, como dice, “un auténtico bermeano”.

No es extraño que se sienta así, pues se ha pasado casi media vida afincado en el País Vasco. Dejó atrás a su Chile natal cuando estalló el golpe de Estado y vino directo a Bermeo porque tenía un amigo aquí. “Era un piloto de las Fuerzas Aéreas que desertó y se fue del país. No estaba de acuerdo con el régimen militar”, dice. Y Rigoberto tampoco. Su nombre, de hecho, engrosaba la ‘lista roja’ que “enumeraba a los comunistas” o a cualquiera que no apoyara los movimientos de Pinochet.

La huida, ese viaje, significó “perderlo todo” a cambio de salvar la vida, así que llegar de Chile “totalmente indocumentado” era, en principio, un detalle. Sin embargo, se transformó en un problema cuando empezó a buscar un trabajo. Rigoberto era perito industrial y, al principio, quiso ejercer su oficio, aunque los azares de la vida lo llevaron hacia el mar.

“Conseguí un permiso de navegación, aunque no tenía documentos ni sabía navegar. Yo sólo conocía los barcos a través de las fotografías”, suelta de golpe, como una instantánea de aventuras. A pesar de su “ignorancia” y de que le “costó mucho” adaptarse al mundo de los nudos en un pesquero de atunes, Rigoberto acabó trabajando como jefe de máquinas y vivió, durante doce años, la mitad del tiempo embarcado.

“Conocí Senegal, Costa de Marfil, Sierra Leona, las tres Guineas… conocí una pobreza espantosa y pude ver en primera línea por qué la gente se escapa”. Su veta solidaria se intensificó en cada viaje. Mientras “recuperaba el dinero perdido” y reunía cierto capital, pensaba qué hacer con su vida, que estaba en tierra firme. Su ancla estaba en Bermeo y tenía forma de mujer. Ella, su esposa -a quien conoció aquí- lo esperaba tras cada campaña. Primero sola, después con dos niñas.

“Cuando junté el dinero suficiente y la situación económica mejoró, compramos una lonja en Bermeo y abrimos una sala de juegos recreativos. Tuve el local durante seis años”, cuenta. Hasta que se cansó. Quería cambiar de actividad, hacer algo distinto, y la oportunidad le llegó de casualidad, en una residencia de ancianos.

“Me ofrecí como perito industrial, para mantener todas las cosas a punto, y acabé haciendo un curso de auxiliar de geriatría”. La experiencia, que desarrolló hasta jubilarse, le sirvió para crecer. “Aprendes mucho de la gente mayor, porque te enseña a envejecer”, reflexiona. Y, a juzgar por su vitalidad, registró esa ‘lección’ de memoria.

Aunque Rigoberto está jubilado desde hace más de diez años, no ha dejado de trabajar en el mundo del voluntariado. Presidió Harresiak Apurtuz (Rompiendo Fronteras), la coordinadora de ONG de Euskadi en apoyo a los inmigrantes, de la que hoy es presidente honorario. Pero su móvil, como bien dice, “sigue sonando”.

Crispación por las ayudas

Le llaman, entre otras cosas, para participar en el Foro de Integración Social de los Migrantes -que se celebra dos veces al año entre las instituciones y las asociaciones de Euskadi-, o en el Consejo Vasco de Servicios Sociales, que regula todos los servicios asistenciales, como las asignaciones de la renta básica.

‘Todos los inmigrantes reciben ayudas’, ¿cuánto hay de mito y cuánto de realidad en esta afirmación? “Mucho de lo primero, poco de realidad. De los cien mil extranjeros, la mitad están adscritos a la Seguridad Social, de modo que no perciben ayudas porque están trabajando. En cuanto a la otra mitad, un alto porcentaje lleva menos de un año viviendo en Euskadi o no está empadronado, de modo que tampoco puede acceder a la renta básica”, contesta.

Como chileno e inmigrante, Rigoberto está muy implicado en la problemática de los extranjeros. Por otra parte, como bermeano, está totalmente integrado. Tanto que, desde hace años, organiza la fiesta de la Magdalena y conoce a todos sus vecinos. Su propia familia, incluso, es un “revoltijo cultural”. “Mi mujer es de Bermeo y yo de Chile. Una de mis hijas está con un andaluz, la otra vive en Sevilla y está casada con un inglés…”
-¿Ha pensado alguna vez en volver?
-La inmigración es como un túnel. Llega un punto en el que estás a medio camino y se hace tan difícil regresar como continuar. Por lógica y sentimiento, ya no puedo volver a Chile. Mi familia, mis amigos están aquí.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 América del Sur Ellos

20 | Antonio

Antonio Amortegui y su familia llegaron a España en 2002. Tras su paso por Santander, donde no se sintieron a gusto, vinieron a Bilbao motivados por el apellido. “Mi suegro había nacido en Cantabria pero, hace años, emigró. En México conoció a su señora y, después, se estableció en Colombia. Aunque era mi mujer quien tenía los ‘papeles’, yo sabía que en mi familia había una ascendencia vasca. Por eso vinimos aquí”, relata en su local de la calle Gordóniz.

El establecimiento en el que se encuentra es “el primero de los tres”. Compró la lonja con sus ahorros y se embarcó en una aventura que actualmente “marcha muy bien”. Tan bien que, en este momento, ya tiene dos sucursales. “Hace poco abrimos dos tiendas, aquí cerquita, en la calle Labayru. Una tiene lo mismo que esta, además de la frutería, y la otra es una panadería donde horneamos productos de allá”.

Aunque los inicios no fueron sencillos, los resultados están a la vista, porque el escaparate y las estanterías son un compendio latino, y los clientes -de todas partes- no cesan de entrar y comprar. “La mayor parte de la clientela es de origen latinoamericano, pero cada vez vienen más personas que han nacido en Bilbao. La gente de aquí siente curiosidad, entra al local y pregunta qué son las cosas. Y también vienen vecinas a buscar la fruta fresca”. Precisamente, de su amplia oferta, ese es el producto estrella. “Los plátanos maduros, el tomate de árbol, los mangos y la yuca se venden muy bien -explica Antonio-, igual que las galletas y la harina. Cada uno viene a buscar lo que extraña de su tierra o a probar algunos los productos que traemos de otras partes”.

Lo interesante del caso es lo mucho que Antonio ha aprendido. Como en cualquier ultramarino, se fomenta la conversación y de ese modo “conoces más cosas”, no sólo sobre los productos sino, también, sobre las culturas. “Aprendes palabras, costumbres y recetas. Aprendes a distinguir los acentos, a entender qué echa en falta cada uno, qué le preocupa, cómo es su país”. Y, de paso, a ver la integración funcionando: “Aquí vienen muchas parejas mixtas, o grupos de amigos con gente de aquí y de allá. Es sorprendente cómo la comida sirve de nexo para contarse cosas”, reflexiona.

El trabajo de dependiente es “bastante sacrificado”, más cuando se tienen tres tiendas y sólo hay cuatro miembros en la familia. Las vacaciones las cogen “de a uno”, pero ningún Amortegui se queja: “Mis hijos tienen trabajo estable y, con el tiempo, manejarán todo. Siempre quise que se organizaran y que tuvieran algo propio. Me parece muy positivo que, con veinte o veintiún años, hayan cogido un rumbo, sepan dirigir un negocio y no anden por ahí”, explica.

El horario lo es todo

Aunque los hijos de Antonio estén “aprendiendo de a poco”, lo que ya saben de sobra es plantar cara y sumar horas, porque los establecimientos permanecen abiertos desde las 9 de la mañana hasta las 21.30, todos los días de la semana, incluidos los festivos. “Los domingos, en realidad, son los días que más vendemos. La gente piensa que es cómodo y que ofrecemos un buen servicio”.

El horario no es casual, pues coincide con los días libres de gran parte de los extranjeros. Pero, además, de un tiempo a esta parte también saca de algún apuro a los bares cuando se quedan sin provisiones. “Hace cinco años no era tan común. Actualmente le vendemos a bares y restaurantes, y a muchos de ellos, al por mayor. Ahora hay cantidad de establecimientos especializados en comida latina que nos compran los ingredientes para preparar sus platos”, desvela y añade: “Es una realidad que la inmigración está moviendo el comercio”.

Tal vez uno de los secretos sea el constante movimiento, el querer ir a por más. “Uno viene con la idea de progresar y para eso hay que esforzarse”, dice Antonio. De ahí que, en cinco años, haya abierto tres locales y que el próximo reto previsto sea “comenzar a importar nosotros, convertirnos en mayoristas”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 América del Sur Ellos

19 | Cyrille

Cyrille Urbain nació en Camerún, aunque se transformó en un nuevo vasco hace casi diez años. Llegó a Bilbao sin escalas (sin pateras y sin riesgos) porque sus hermanas vivían aquí. “Me pidieron que viniera”, recuerda, así que dejó su trabajo y su casa para acompañar a su familia. A sus 35 años, este músico profesional trabaja como pastelero, pero nunca abandonó su vocación: Cyrille lleva “el ritmo en la sangre”.

“No lo puedo evitar -dice-. No concibo una vida sin música. Cuando vivía en Camerún, tocaba con un grupo completo que ejecutaba todo tipo de ritmos, desde salsa hasta jazz”. En ese entonces, con 25 años, tenía su historia resuelta. “Yo tenía mi vida y mis cosas, me dedicaba a lo que me gustaba hacer, a lo que de verdad me apasiona”. El llamado de los suyos, sin embargo, pudo más.

Dejó el trabajo, la banda y la sala de conciertos y se embarcó en un vuelo rumbo a Bilbao. “Europa se ve a lo lejos como la tierra de las oportunidades. Además de tener aquí a mis hermanas, yo quería cambiar. En mi país no me faltaba nada ni tenía dificultades, pero quería mejorar, como cualquiera”. Tardó poco en darse cuenta de que no iba a ser tan sencillo.

“Aquí no se puede vivir de la música”, señala, especialmente cuando la cultura auditiva del público es diferente a la del artista. “Lo que se oía en Euskadi no encajaba para nada con lo que yo hacía”, enfatiza. Existía una brecha “enorme” que tenía que acortar. ¿Solución? Buscar trabajo. “Es la única manera de incorporarte a la sociedad”.

Aprendió un oficio -es pastelero- y comenzó a relacionarse con más gente, a “tener una vida normal”. Sus salidas con la cuadrilla y sus charlas sobre la vida generaron amistades, y así fue que recordó su sueño de formar un grupo y tocar. “De momento, somos tres y estamos recién empezando. Si tuviéramos la orquesta completa, el resultado sería más interesante, pero estamos muy contentos con poder enseñar lo que hacemos”.

‘Las voces de Camerún’ -así se llama la banda- tocó hace poco en directo, en el escenario del Kafe Antzokia. “Había gente de muchos sitios; de Camerún, por supuesto, y de Bilbao. Fue estupendo descubrir que todo elmundo estaba dentro del ambiente, que sentía y disfrutaba lo que hacíamos. Los tres nos sentimos muy bien”. Está claro que, en diez años, la cultura local ha cambiado. Cyrille también. Su música no.

“Yo sigo cantando en duala, el dialecto que se habla en mi pueblo”. Es uno de los doscientos que se manejan en Camerún. “También tenemos otras canciones escritas en inglés y francés, las dos lenguas oficiales del país, pero nos faltan elementos sonoros para poder interpretarlas”. El grupo busca un guitarrista que quiera sumarse al proyecto.

Aunque Cyrille tiene herramientas de sobra para comunicarse con cualquier persona, los tres idiomas que habla se notan menos que el color de su piel. Al margen de las “típicas bromillas” que, según él, son comprensibles, “siempre hay alguien que te mira raro solamente porque eres negro”. No obstante, el camerunés destaca que “esas personas son minoría”. En términos generales, se ha sentido muy arropado y una de las cosas que más le gustan de Bilbao es su gente. “Los vascos tienen un gran corazón y a mí me han tratado muy bien”, subraya.

De infiernos y paraísos

Lo que no se trata tan bien es “la imagen africana”. “Cuando los periodistas llegan allí, se empeñan en mostrar lo malo. Incluso en los documentales, que están hechos para educar, se muestra a la gente en aldeas con poca ropa y con hambre. Yo no digo que eso no exista, pero no es la única verdad. Todos los países tienen su parte bonita y Camerún es un país muy bello, aunque a nadie le importa enseñarlo”. El asunto le molesta bastante. Más que eso, le preocupa.

“Las personas que nunca han viajado se quedan con esa idea y es triste”. Lo mismo pasa a la inversa, “cuando vienes sin conocer”. “La televisión nos muestra un país que se asemeja al paraíso en la Tierra y resulta que, al llegar, descubres que tiene problemas. Todos los sitios los tienen”.

De Duala, su pueblo, Cyrille extraña a sus amigos, sobre todo en esta época, cuando se acerca la Navidad. “Nochebuena y Nochevieja allí son una gran fiesta. La gente sale a la calle, como si fuera Carnaval. Con lo poco que tenemos, vivimos a tope -relata- Yo aquí tengo mis ‘papeles’, mi residencia y mi trabajo. Estoy contento e integrado, pero no es lo mismo. Siempre falta un ‘punto’, alguna cosa… No reniego de mi cultura, me siento orgulloso de ser quien soy”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 África Ellos

18 | Miguel Ángel

Llegó a Bilbao con 27 años y de aquel viaje ya han pasado ocho. Vino a hacer un doctorado con una beca internacional. Desde un principio tenía claro que se quedaría en Vizcaya porque le llamaba la atención la cultura del País Vasco. Cumplió. Miguel Ángel es escultor colombiano y completó su formación en Bellas Artes aquí, aunque desde hace un par de años dirige una emisora de radio.

Parafraseando a su compatriota más leído, lo suyo fue una ‘crónica de la inmigración anunciada’. Lo supo de antemano, cuando decidió que iba a venir. “Yo tenía un acuerdo con mi padre -relata-: él me iba a ayudar hasta que terminara la carrera, pero después tendría que ganarme el pan”. Y, como era previsible, “el primer año fue duro”. Mientras participaba en bienales de arte, exponía su obra y creaba, dedicó muchas horas diarias a conducir un autobús.

Todavía en Bogotá, consiguió un trabajo distinto. Le contrataron en la biblioteca del Banco de la República -que recibe 25.000 visitas diarias- para encargarse de las exposiciones en el Departamento de Arte. “La tarea estaba muy bien y me gustaba mucho -recuerda-, pero eran contratos puntuales que no me daban estabilidad”, así que, en un momento, tomó la decisión. Se presentó a una beca internacional para cursar un doctorado en España. Apenas había tres plazas. Una era suya: la ganó.

“Vendí todo lo que tenía, hasta mi colección de jazz, para completar el dinero que me habían dado”, dice ahora con cierta nostalgia, aunque sin arrepentirse. “Cuando los objetos pesan demasiado, se transforman en un lastre para decidir con libertad”. Y Miguel Ángel viajó a Bilbao completamente decidido. Le atraía la historia vasca, el euskera y la sociedad, pero también la UPV y su oferta académica en Bellas Artes, “mucho menos conservadora que la de Madrid”.

Las 700.000 pesetas de la beca “estaban muy bien”, sin duda, pero sólo alcanzaron para cubrir los gastos del primer año, de modo que a partir del siguiente tuvo que volver a buscarse la vida. “Empecé cuidando a una pareja de ancianos por las noches”, explica. La actividad suponía restar horas de sueño, pero le permitía vivir y, sobre todo, continuar con sus estudios de posgrado… hasta que uno de los viejitos falleció, la señora ingresó en una residencia y él se quedó en el paro.

Por ese entonces, la discoteca ‘Chic’ -en San Inazio- estaba abierta y necesitaba un DJ. Miguel Ángel aceptó el trabajo sin saber que ese contacto profesional con la música en el Euskadi sería el primero, pero no el último. “Fue un proceso de transición bien interesante -reflexiona-. Por un lado, vivía la realidad de un inmigrante cualquiera y, por otro, me movía en el ámbito académico. La Universidad es un burbuja en la que estás libre de toda realidad”. Especialmente de aquella, de los fines de semana.

“La gente iba y venía, llenaba la discoteca, bailaba. Las canciones conocidas, fueran bachatas o cumbias, se escuchaban como si fueran un himno. Todas esas personas revalorizaban su cultura de origen estando lejos de casa. La experiencia era muy intensa, pero se quedaba allí”. Después, se diluía. Así, mientras pinchaba discos en esa sala de fiestas, Miguel Ángel pensaba esas cosas. “Me di cuenta de que cuando uno emigra pierde toda su red social”. Tal fue la gesta de su emisora de radio.

El viaje y la conciencia

“Siete horas de viaje no es tiempo para tomar conciencia de la distancia, de que has cambiado de país, de lo que has hecho”. Se refiere al trayecto en avión. “Cuando la gente emigraba en barco, los tres meses que pasaba en altamar le ayudaban a darse cuenta de la naturaleza del viaje. Hoy ganamos en inmediatez, pero perdemos en reflexión”. El resultado es que “llegamos a otro país sin que el cuerpo de verdad lo sienta, sin conocer a nadie. Tardamos un año, como mínimo, en adaptarnos y si no vienes con algo seguro, es difícil”.

En su caso, el doctorado hizo las veces de ‘soporte’. No sólo por mantenerle activo, sino por la validación social que supone. “Con tus compañeros de posgrado, el interés cietífico rompe todas las barreras, y de cara a la sociedad, también. Te tratan de otra manera cuando les dices que estás estudiando”.

Sin embargo, este doctor en Bellas Artes acabó esculpiendo otra obra: la ‘red social’ que faltaba. Junto a un socio inició un proyecto de radio -al principio, alquilando el equipo- hasta que pudieron fundar su emisora. “Pasamos pop latino e hispano, de a poco hemos ido creciendo. En la actualidad, somos varios profesionales latinoamericanos los que trabajamos como un equipo”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 América del Sur Ellos

17 | Esperanza

Viajó a Bilbao desde Colombia para pagar la carrera de su hijo. Dejó allí todas sus cosas -incluyendo su comercio- y llegó a la capital vizcaína, donde “no conocía a nadie”. Durante más de cuatro años, trabajó como empleada doméstica; un tiempo más que suficiente para que su hijo se graduara como ingeniero industrial. Hoy viven los dos aquí y, tras mucho sacrificio, lograron montar un negocio. Esta es la historia de Esperanza y Álex. Madre e hijo, compañeros de estudios y, ahora, también socios.

El local de Esperanza Ángel lleva año y medio en funcionamiento. “Lo inauguramos en 2006 con mucho esfuerzo y trabajo”, relata ahora, más tranquila, desde atrás del mostrador. Su tienda -‘Don Justo’- es una mezcla, porque combina dos rubros distintos. Por un lado, el locutorio, que cuenta con seis teléfonos, cinco ordenadores y un sistema de envío de dinero a otros países del globo. Por otro, el ultramarino, que abarca una oferta variada de productos de alimentación.

Nacida “hace mucho” en Colombia, llegó a Bilbao hace siete años. “Mi hijo estaba cursando el último año en la universidad, pero no podía afrontar los gastos, así que decidí venir para mejorar nuestra situación y pagarle la carrera”.

Durante cuatro años y medio, trabajó como empleada doméstica. “No es algo que me avergüence. Al contrario, me honra, pero yo vine con la idea de cambiar de actividad”, dice. Cuando Álex se graduó como ingeniero industrial, hizo un par especializaciones y se vino al País Vasco. “Los dos teníamos ganas de montar nuestro propio negocio y empezamos a pensar en los rubros más afines”.

Esperanza y Álex -que, además de ser su hijo ahora también es su socio- observaron que “había demandas insatisfechas”, así que se apuntaron a los cursos empresariales de Lan Ekintza para trazar una estrategia. “Estudiamos los porcentajes de inmigración, las zonas de residencia y la distribución por países, para saber qué productos comprar”, detallan. La monitora que guió ese proceso les dijo -y no sin razón- que “había muchos locutorios”. Pero ellos siguieron camino.

Evidentemente, no todo fue un proceso teórico, pues las ganas de crecer les empujó a la aventura: Álex y Esperanza alquilaron la lonja antes de finalizar su proyecto comercial. “Hay una canción de Silvio Rodríguez que dice: ‘No tengo jardín, pero ya compré la podadora’. Esto fue igual. El problema es que, al mes de hacerlo, nos quedamos sin trabajo, así que, de repetnte, nos encontramos en un punto crítico”.

Con la lonja ya alquilada, los ahorros que se agotaban y un proyecto sin acabar, este equipo de madre e hijo logró sacudirse el miedo y volver a ponerse en marcha… en sentido literal. “Íbamos y veníamos caminando de Lan Ekintza, en Abando, a casa, en San Inazio, todos los días. Ida y vuelta a pie, para ahorrar en los billetes del metro”, recuerda ella mientras mira hacia la calle, a través del cristal.

Por curiosidad o nostalgia

La situación actual es distinta y eso se ve en la afluencia del público. “La gente es muy inquieta y tiene ganas de probar. Los señores, por ejemplo, buscan cervezas del mundo, y las señoras, los dulces; sobre todo las galletas”. En el lapso de una hora y media, desfilan por la tienda decenas de personas que utilizan los teléfonos, se conectan a Internet o llenan la cesta de la compra.

Los productos más destacados son “el café de Colombia, el maíz en todas sus presentaciones y los distintos tipos de maltas”. Claro que, cada cliente, tiene sus preferencias, como los mexicanos, “que compran los condimentos a base de jalapeño”, o las personas de Honduras, que “siempre piden refrescos y harina de maíz”.

¿Y qué hay de los vascos? “Entran por curiosidad o nostalgia -responde-. Un domingo pasó una pareja que había estado de luna de miel en la República Dominicana. Entraron muy emocionados cuando vieron la cerveza ‘Presidente’, que es de allí y que nunca habían vuelto a probar”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 América del Sur Ellas