74 | José Augusto (Betto)

Se llama José Augusto Ribeiro, pero todos le conocen como Betto Snay. Así se presenta este rapero angoleño, que se fue de su país en 1999 y reside actualmente en Barakaldo. Aquí ha grabado su primer trabajo en solitario, ‘El mundo al revés’, un álbum de letras comprometidas y crítica social en el que denuncia las injusticias cotidianas, el racismo, la intolerancia y la xenofobia.

Tiene 27 años y mide casi dos metros. De haber nacido en España, quizá habría sido una promesa del baloncesto, pero hace una década, en Angola, era el candidato ideal para enrolarse en el Ejército. «Con 17 años y esta altura, tenía todas las papeletas para que me reclutaran en la ‘mili’, y ser soldado allí no es tan bueno. El adiestramiento se hace en tres meses y, si estalla un conflicto antes, te mandan al frente igual. He visto a amigos míos que jugaban al fútbol irse a combatir un sábado y volver el lunes sin piernas», explica este rapero con tristeza.

La razón para emigrar es contundente. Angola atravesaba una guerra y «mi madre y mi tía tenían miedo por mí. Ellas viven en Bilbao desde hace años y me hicieron venir». Ese cambio de país, realidad y cultura quedó reflejado en un disco que grabó hace unos años con el grupo Maf’s Blood; una maqueta que se llamó ‘Ser emigrante’ y se centró en las sensaciones de desarraigo.

«Cuando empezamos, yo cantaba en portugués. A la gente le gustaba la música pero no entendía mucho las letras, así que aprendí a hablar en castellano para que se comprendiera lo que quería decir», como ahora, en la entrevista, donde reflexiona sobre la inmigración y la crisis. «Hay algo que está claro -explica-: a ninguna persona le gusta tener que irse de su casa obligada. Aquí llevamos varios meses de crisis económica y para muchas familias ya es duro. Yo viví 17 años así, y la gente mayor de mi país muchos más. Imagínenlo; décadas de crisis, guerra y gobiernos corruptos», propone.

Pero la emigración no solamente es tristeza. Para Betto, se hace mucho hincapié en lo negativo, «como quitar el trabajo a los demás o saltar la valla», mientras se olvida el resto. «Las migraciones son mucho más que eso y habría que empezar a tratarlas de otro modo. Yo he aprendido muchas cosas estando aquí, tanto de los vascos como de los extranjeros. Mi novia, de hecho, es de Ecuador. Si algún día formamos una familia, nuestros hijos serán vascos y llevarán la herencia africana y latina en la sangre. Eso también es riqueza humana y cultural»,

Un paso

En su nuevo trabajo -que grabó en solitario mientras montaba un sello discográfico independiente y que puede descargarse de Internet-, Betto mantiene su línea. «Mi hermana pequeña me pregunta cosas sobre lo que pasa alrededor y yo no siempre sé qué contestarle. Intento encontrar respuestas a través de la música y expresar que en el mundo hay demasiada hipocresía y muy poco respeto. Hay racismo y apatía, los hijos maltratan a los padres. Todo está de cabeza».

Como extranjero, africano y negro, Betto señala que en Euskadi no ha sufrido actitudes racistas , aunque sí ha notado los prejuicios. «La gente tiene una imagen muy negativa de África porque los periodistas, cuando van allí, quieren impactar con la foto y vender. De pronto graban tribus pero interpretan mal lo que ven. Las cogen como ejemplo de desgracia en vez que mostrar que es una forma de vida distinta».

Lo mismo ocurre a la inversa, ya que la idea que se tiene sobre Europa «no es exacta». Betto recuerda que se imaginaba las ciudades europeas como Nueva York, «cosmopolitas y enormes», y que al llegar se sorprendió. «La capital de Angola, Luanda, es muy similar a Lisboa. Como los portugueses se fueron de allí en 1975, hay más similitudes que diferencias». Lo que cambia es, sobre todo, la cultura. «Allí la gente se relaciona de otra forma. Tu vecino es también tu familia. Aquí la gente no se conoce entre sí y hay muchas personas solitarias. Es una pena, pero se puede cambiar. Lo bonito de Bilbao es que puedes hacer amigos de todas partes del mundo».

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73 | María Paz

Nueve años ejerciendo de extranjero pueden cambiar muchas cosas. Para María Paz Giambastiani, emigrar significó generar nuevos lazos y experimentar una cierta «ambivalencia» en lo que respecta a los afectos. «Estés donde estés siempre echas de menos a alguien. Te quedas como en mitad del océano», reflexiona esta periodista argentina para quien «la distancia es también el olvido».

No tenía intención de emigrar. En Buenos Aires, donde vivía, María Paz trabajaba en lo suyo y disfrutaba de una carrera exitosa que repartía entre varios medios. Su pasión era la prensa escrita y la radio, hasta que un día, en Argentina, lo conoció. «Me enamoré de un vasco», recuerda ahora, tras haber comprobado que el amor puede darle una vuelta de tuerca al destino.

En su caso, «después de muchas idas y venidas», aquel encuentro fortuito supuso dejar su país. «Obviamente, debíamos establecernos en un sitio y pensamos que, por mi profesión y porque ya tenía ciudadanía europea, sería más fácil que yo viniera aquí». En cierto modo, acertaron. «La adaptación social fue muy buena y, en el plano laboral, seguí escribiendo para las revistas de allá sobre política y economía», explica.

Sin embargo, no fue un proceso sencillo. «Venía de Buenos Aires, una ciudad bastante impersonal donde hay mucho más movimiento, y me encontré de pronto en un lugar más pequeño, donde todo el mundo se conoce y la sociedad maneja códigos, ritmos y costumbres diferentes», compara.

Sin embargo, y pese a esas diferencias, «uno se acaba adaptando. Aunque los imperativos sociales son distintos y yo soy un ‘bicho de ciudad’, Bilbao me ha conquistado. Además, aquí las cosas funcionan mejor, desde el transporte público y las instituciones hasta las oficinas y la sanidad. Existe un ordenamiento social que te permite vivir medianamente tranquilo y, como dice el refrán, es muy fácil acostumbrarse a lo bueno».

Pero había un detalle de vital importancia: tenía que encontrar trabajo de periodista, su profesión, algo que finalmente llegó en octubre junto a Silvia Carrizo, argentina y periodista como ella. Cada miércoles, ambas presentan en la 91.4 un programa que se llama ‘La herencia de Colón’, un magazine de radio basado en la reflexión, la información y el análisis donde coexisten el debate y el encuentro.

«Tratamos temas de América Latina, hablamos sobre política y economía, pero también sobre aspectos sociales y cuestiones de actualidad que nos afectan a todos. Nos interesa acercar a sectores locales y extranjeros, analizar los aciertos y los desatinos, y aprender de las diferencias», describe María Paz, que no olvida a los ‘vascos sin fronteras’. «Hablamos con la diáspora de Euskadi para conocer su punto de vista y tener otra perspectiva. Silvia y yo coincidimos en que analizar el pasado sirve para construir el futuro y entender mejor el presente».

La noción del tiempo

Pasado, presente y futuro son tres conceptos muy fuertes para cualquier extranjero. En mayor o menor medida, la noción del tiempo, las renuncias y los sueños aparecen con frecuencia entre quienes dejan su país de origen para afincarse en otro lugar. «Pese a que mi relación de pareja no funcionó, yo he decidido quedarme», señala María Paz.

«Visto desde fuera, lo lógico habría sido volver con mi familia, pues el motivo que me impulsó a venir ya no está. Pero no es tan sencillo como decir ‘me subo a un avión y me voy’. Regresar se hace difícil conforme pasan los años».

En su opinión, llega un punto en el que la sensación emocional equivale a estar en medio del océano. «Tienes lazos afectivos en ambos lados, te identificas con las dos culturas y te sientes a gusto en los dos sitios», indica. «Si voy a Buenos Aires, me siento en casa, pero no es lo mismo. Veo cómo ha cambiado la vida de todos, incluyendo la mía, y comprendo que la distancia es también el olvido. Para las cosas cotidianas, si me pasa algo o tengo una duda, no llamo a mis padres o a mis amigos en Argentina; recurro a mis amigos de aquí».

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72 | Franck

Se marchó del Congo siendo un niño y su destino inicial fue París, pero el tren de la vida le trajo hasta Hendaya en un convoy que partió de Montparnasse. Lleva cinco años en Vizcaya, donde trabaja como soldador y persigue el sueño de dedicarse en serio a la música y fundar una discográfica. «Es difícil -dice-, pero estoy dispuesto a currármelo».

Franck Kankolongo es un joven que saluda con la formalidad de un caballero de antaño. Llega puntual a la cita y se presenta estrechando la mano. Ese mínimo contacto dice mucho sobre él, su educación y su vida, pues hay cierta aspereza en los dedos. «Estas son manos de artista que trabajan con el hierro y sueldan metal», dice a modo de disculpa, con una mueca algo triste. Y es que Franck supo desde pequeño que lo suyo era hacer música. «Mi padre era pastor de una iglesia y los instrumentos dormían en casa», recuerda.

El camino que le trajo hasta aquí puede calificarse de muchas maneras, excepto de fácil. Se fue del Congo con trece años directo a París, donde le esperaba su tía. «Me llevó mi padre para que estudiara allí, donde podía tener una mejor calidad de vida y más oportunidades, ya que tenía la ventaja del idioma», explica él, que, además de lingala, habla francés. Sin embargo, tras pasar cuatro años en el país, no logró adaptarse del todo. «No me encontraba muy cómodo con mi tía -dice-. Yo quería independencia y tener mis papeles porque, sin eso, no haces nada».

Acabó viniendo a Euskadi por un primo suyo, que vivía en Navarra y le habló de Bilbao. «La verdad es que empezó como un juego -señala Franck-. Él me decía que aquí sería más fácil regularizar mi situación y yo siempre bromeaba con montarme en un tren que salía de la estación de Montparnasse con destino a Hendaya. Tanto insistimos con eso que, un día, me animé a dar el paso, compré el billete y le dije ‘allá voy’».

Su primo lo recogió en la estación y lo llevó a su casa, en Pamplona. Pero, una vez allí, Franck percibió que no todo eran risas. «Estaba contento de que yo hubiera venido, pero al mismo tiempo no quería asumir la responsabilidad de tenerme a su cargo. Yo aún era menor de edad, no tenía papeles, no hablaba castellano y mi primo no quería problemas. Así que me vine a Vizcaya».

Franck vivió un año en un centro de menores de Loiu y al cumplir los 18 se trasladó a un piso tutelado. En ese periodo, hizo un curso de soldador, tramitó sus papeles y consiguió trabajo. Lo primero que hizo fue alquilar una habitación. «No me gustaba soldar hierro y sigue sin gustarme -confiesa-, pero si uno quiere conseguir sus sueños, se lo tiene que currar. Me apasiona la música y quiero dedicarme a ello de manera profesional. El problema es que si aquí dices que te interesa ser músico, la gente cree que eres un vago».

Seguir adelante

Aunque puntualiza que gana poco, Franck ahorra parte del sueldo para comprar instrumentos y equipos de sonido. «Me estoy montando un pequeño estudio y pretendo tener mi discográfica». El mejor momento del día es cuando ensaya o se presenta con distintos grupos, como Calabaza Grande y Baskaf. Hoy, por ejemplo, actuará con Black Percussion, una banda que ha formado con músicos de Camerún y Senegal, y que se estrenará a las 19.00 horas en Arrupe Etxea (c/Padre Lojendio, 2). «El grupo surgió hace poco y sólo somos cuatro miembros, pero ya va cogiendo forma», indica. Para él es importante dar a conocer otra riqueza cultural y la mejor vía es la música.

«He vivido algunas situaciones de racismo y xenofobia, he notado cómo alguien no se sienta a mi lado en el autobús por ser negro y eso me entristece mucho, pero hay que seguir adelante. La vida es dura… -dice-. A veces siento que he vivido 50 años pese a la poca edad que tengo».

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71 | Bernardo

La primera vez que visitó el País Vasco sintió «un poco de miedo». En Cataluña, donde vivía, la información que llegaba de Euskadi «sólo mostraba lo peor». Pese a ello, se trasladó a Barakaldo, donde reside con su familia. Tres años después, Bernardo Barrera se siente como en casa, «enamorado» del lugar, las costumbres y la gente. «Euskadi es precioso y no lo cambio por nada», dice.

Se marchó de Montevideo en junio de 2002, cuando el país atravesaba una profunda crisis económica y bancaria. A diferencia de otras personas, que perdieron sus ahorros y su empleo, Bernardo y su esposa tenían trabajo. «El problema es que no alcanzaba. Yo trabajaba en una empresa de telefonía móvil y, al salir, daba clases en el Instituto de Radiodifusión. Algunas veces salía de casa a las siete menos cuarto de la mañana y no volvía hasta las doce de la noche. Estaba todo el día haciendo cosas y, aun así, a fin de mes tenía la soga al cuello», relata.

Venirse fue una elección, pero no por ello fue fácil. «Estuve dudando mucho tiempo y me decidí un mes antes de partir. Dicen que cuando uno se muere ve la película de su vida. Yo no sé si eso es cierto, pero sí sé que me pasó cuando venía. Estaba sentado en el avión y de repente volví a ser boy scout y a estar con mi padre, como si estuviera vivo. Fue una sensación extraña».

El destino inicial fue Cambrils, en Cataluña, donde Bernardo y su mujer tenían amigos, y donde él se dio su primer baño de realidad. «Uno viene con una mentalidad diferente, creyendo que va a trabajar de lo que le gusta, y no es así. Me pasé el primer mes echando currículos en emisoras de radio hasta que caí en la cuenta de dónde estaba y comprendí que uno trabaja en lo que hay, no en lo que quiere».

En su caso, y en Cambrils, lo que había era hostelería. «No tenía ni idea de cocina -confiesa-, pero aprendí». Entre tanto, Bernardo tuvo un par de experiencias desagradables. «Trabajé un mes y medio escondido en un garaje, cocinando atrás de una cortina, porque el Ministerio estaba haciendo muchas inspecciones y yo sólo tenía permiso de residencia. Quise acelerar los trámites y me timaron. Además de perder 600 euros, lo que más me dolió fue que la estafadora era chilena, emigrante como yo».

Los papeles llegaron. Y también Santiago, su hijo, que nació en Reus. «Decidimos mudarnos a Euskadi en 2005 porque queríamos un cambio de vida y porque aquí estaba mi suegro. Entre él, mi mujer y yo creamos una empresa de pintura y, desde entonces, nos dedicamos a ello». De su primera impresión sobre el País Vasco hasta hoy, muchas cosas han cambiado. «Pasé de venir con miedo a no querer irme de aquí», resume Bernardo. «Yo no sé si es el mar, la montaña, o la costa, pero estoy enamorado de esta tierra, de su clima y de su gente. Por mi trabajo, cada día visito varias casas y converso con sus propietarios. Los uruguayos y los vascos nos parecemos en muchas cosas», señala.

El legado cultural

Para difundir esa similitud cultural y, también, para dar a conocer la propia, Bernardo forma parte de la asociación cultural Uruke (Uruguay Kultur Elkartea). «La idea es respetar las costumbres locales, aprender de ellas y enseñar las nuestras; que la gente sepa que el tango, el mate, el acento y el ‘vos’ no son sólo de Argentina, sino un modo de hablar, comer y bailar de una zona de América».

Al mismo tiempo, comenta que, al emigrar, ha entendido unas cuantas cosas. «En Uruguay hay muchas asociaciones gallegas y vascas donde se reúnen emigrantes de aquí para escuchar su música o jugar al mus. Cuando estaba allí, no comprendía esa dinámica, pero ahora que estoy lejos, sí. Las asociaciones suplen la nostalgia cultural y las carencias afectivas, contribuyen a mantener las costumbres y a legarlas a nuestros hijos, aunque hayan nacido aquí». Por supuesto, echa de menos a su gente; en especial a su madre, «que vivió la inmigración en dos frentes, porque es hija de un emigrante portugués». Sin embargo, no volvería. «Hay que ganarse el pan con esfuerzo y es difícil pagar la hipoteca, pero tenemos nuestra casa y somos muy afortunados».

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70 | Kosi

Los enfrentamientos en la República Democrática del Congo no sólo tienen en vilo a quienes residen en el país, también siembran la angustia entre quienes son de allí y están lejos. «Ver el caos a distancia provoca impotencia y miedo», dice Kosi Kuebo, portavoz de la asociación Euskadi Congo y delegado en el País Vasco del Partido Popular por la Reconstrucción y la Democracia (PPRD).

La entrevista tiene lugar en un pequeño locutorio de Zabalburu donde Kosi está leyendo noticias. Intenta seguir de cerca la actualidad de su país, la República Democrática del Congo, aunque entre su silla y la violencia desatada haya más de cinco mil kilómetros de agua y tierra. «Discúlpame, es que no puedo evitarlo», dice mientras apaga el ordenador. Casi toda su familia está en Kinshasa. Sin embargo, además de la preocupación y la tristeza naturales, este congoleño se siente frustrado por la «parcialidad» con que se cuentan las noticias en los periódicos y los telediarios de Europa.

«La República Democrática del Congo es un país escandalosamente rico desde el punto de vista geológico. Tiene cobre, cobalto, fosfato y uranio. Es el segundo productor mundial de diamantes y posee casi el 70% del coltán (un material imprescindible para fabricar componentes electrónicos avanzados)».

Pero la riqueza del suelo, combinada con los intereses particulares y la corrupción, han provocado golpes de Estado, dictaduras, guerras civiles y revueltas. En definitiva, inestabilidad, muerte, hambre y pobreza. Kosi explica que las últimas elecciones (que se celebraron en 2006 y dieron como vencedor a Joseph Kabila) supusieron un enorme avance político. «Estuve allí hace poco y la Asamblea Nacional está funcionando bien, hay parlamentos provinciales, se reformó la Constitución para evitar que nadie se perpetúe en el poder… Es el único país africano que tiene un sistema así», relata.

Pero la transparencia electoral no lo es todo. «La UE ayudó mucho a que los comicios fueran normales, pero también prometió ayudas que tardaron en llegar y fueron insuficientes. El Congo firmó un contrato con China que permite a ese país explotar las riquezas del suelo a cambio de reconstruir las infraestructuras y financiar la reforma sanitaria, educativa y de vivienda. Y eso a la UE no le gusta».

Políticas de creatividad

En esa línea, Kosi Kuebo, que representa en Euskadi al Partido Popular por la Reconstrucción y la Democracia (PPRD), opina que «la guerra actual está apoyada por los países de occidente. Todavía funciona aquello de ‘divide y reinarás’», afirma.

Kosi reconoce muchas virtudes a la población vasca, con la que convive desde hace casi dos décadas. «Los vascos son muy solidarios y cuentan con una riqueza humana increíble. Yo siempre le digo a mis paisanos que es muy importante prestar atención a las cosas que se hacen aquí. Mi país puede aprender mucho de la experiencia de Euskadi, ya que la abundancia mineral, por sí sola, no es nada. El País Vasco es muy fuerte en recursos humanos y políticas de creatividad, dos cosas fundamentales para que una sociedad funcione».

Para él, que tiene vocación política y social, hay tres clases de inmigrantes. «Está el que viene a buscarse la vida, el que lo hace y ayuda a su familia y el que, además de todo eso, piensa en cómo sacar adelante el país que dejó atrás». Kosi pertenece a la última. «Nuestra asociación ha logrado reunir mucha ropa para enviar allí y estamos instalando contenedores para que sea más fácil recogerla. La idea es enviarla y colaborar en lo que podamos. Si alguien quiere sumarse a la causa, puede escribirnos a nkewakulu@yahoo.es», dice. Y añade: «Quizá parezca poco, pero la situación es muy dura. En los últimos años han muerto más de cinco millones de personas asesinadas como animales. Y eso duele, aunque estés lejos».

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69 | Silvia

Desde que llegó el año pasado, Silvia Rugamas tuvo muy claro que la integración cultural era importante para desarrollar una vida plena en Euskadi. Para ello, empezó desde la base. Lo primero que hizo al llegar a Santurtzi, donde vive con su marido, su cuñada y sus hijas, fue buscar un colegio para las niñas y apuntarlas en el modelo D. «Ha sido duro para ellas, pero algún día me lo agradecerán».

Emigrar no es un proceso sencillo. Implica «medir tus capacidades, ponerte retos a ti mismo» y, si bien «traes la ilusión de conocer algo distinto, no sabes realmente a lo que te vas a enfrentar». Así lo explica Silvia Rugamas, una salvadoreña que llegó a Euskadi en abril de 2007 junto a su marido y sus hijas. Dejar atrás todo aquello que le resultaba conocido y empezar de nuevo ha supuesto un cambio importante para toda la familia, aunque para ella no fuera el primero.

«Yo he tenido dos migraciones en mi vida», dice a modo de resumen. La primera fue en su país, cuando tenía doce años. «Vivía en El Salvador con mis padres, que son gente de tierra y de campo. Para ellos, la vida empezaba y terminaba allí; la felicidad era quedarse en casa con sus ocho hijos, con los cultivos y el ganado». Pero Silvia, al igual que sus otros hermanos, tenía una idea distinta. «Quería ir a la ciudad, conocer mundo, aprender. Mis hermanas mayores se habían ido y yo decidí irme con ellas. Fuimos rebeldes, quisimos estudiar».

La reflexión suena casi a paradoja, pero lo cierto es que su emancipación temprana le permitió ir al instituto y completar el bachillerato. No sólo eso. En la ciudad también conoció a su actual marido. «Yo tenía diecisiete años y él, veintitrés. Éramos dos chavales, pero nos enamoramos y el sentimiento fue tan fuerte que, al año y medio de empezar a salir, nos casamos. Cuando cumplí veinte años, nació mi primera hija, que ahora ya tiene diez».

¿Demasiado rápido? «Puede ser… A veces la miro y me pregunto si de verdad es mía, otras veces la gente no se cree que yo sea su mamá. Quizá no haya tenido una juventud típica pero, la verdad, no me arrepiento. Creo que la vida te va diciendo en cada momento dónde debes estar y, además, hay que ver el lado positivo: cuando tenga cuarenta años, mis hijas estarán en la universidad».

Silvia entiende que la función primordial de los padres es dotar a sus hijos de herramientas para que puedan desenvolverse en la vida. «Una persona de 30 años tiene que ser perfectamente capaz de encarar su independencia. No digo que haya que llegar al extremo de irse de casa a los doce, pero sí quiero que mis hijas se preparen y vean hasta dónde son capaces de llegar. Ahora mismo, me parece muy importante que aprendan y hablen euskera».

Apoyo comunitario

Silvia recuerda que, cuando llegó a Santurtzi, «el primer lío» fue encontrar una escuela. «Vinimos en Semana Santa y enseguida me puse a buscar colegios. Descubrí que había varios modelos educativos, que tenía que elegir… Al final, opté por el modelo D. Sabía que sería difícil, pero los niños aprenden rápido y manejar otro idioma aparte del materno es fundamental en el mundo de hoy».

No obstante, para su hija mayor -que tenía ocho años entonces- no resultó rápido ni sencillo. Más bien, fue un trabajo en equipo. «Digamos que todo el proceso ha sido una corresponsabilidad entre ella misma, la maestra, una chica que la ayudaba con la tarea y hasta los propios vecinos. La verdad es que todos han contribuido para superar los obstáculos y estoy muy agradecida por ese apoyo comunitario».

Para esta salvadoreña, que se dedica a cuidar a un matrimonio mayor, el esfuerzo por superarse lo es todo. «Mucha gente me ha preguntado por qué elegí ese camino y yo siempre digo que lo fácil hubiera sido escoger otro. Da igual que el euskera sólo se hable aquí; además de ser un idioma es una vía de integración. Quiero lo mejor para mis hijas, que aprendan cosas, que viajen y puedan adaptarse a cualquier sitio. El conocimiento no hace daño, aunque cueste».

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