16 | Andrei

La semana pasada, Bilbao se convirtió en la sede del consulado itinerante de Rumanía, un servicio que funcionará cada dos meses en la capital vizcaína y que tiene por objetivo facilitar los trámites a los ciudadanos de dicho país. Su responsable, Andrei Borza, explica el origen y la importancia de esta iniciativa conjunta de la Embajada y las asociaciones locales de rumanos.

En la puerta del Centro Ellacuría -ubicado en el corazón de Bilbao- cuatro personas conversan. Es sábado y, aunque hace frío, la mañana se antoja distendida. Como sus rostros. Como la charla, aunque sea imposible entenderla. Con documentos en la mano, hablan de algo y esperan. La escena vuelve a repetirse en el interior del edificio, donde otras personas aguardan para ingresar a un pequeño salón.

Allí se encuentra Andrei Borza, el cónsul de Rumanía, quien ha compactado en dos días un trabajo que llevaría semanas: servir de puente y de nexo a un gran colectivo de extranjeros que están lejos de su país. “En la zona norte de España hay casi 12.000 rumanos -indica-. Y hasta ahora, cuando necesitaban asistencia consular, tenían que desplazarse a Madrid. No todos pueden hacerlo”.

A priori, resulta más simple pedirle al cónsul que venga, aunque su visita se transforme en una ‘maratón diplomática’. En mayo de este año, las asociaciones de rumanos en Bilbao lograron ponerse de acuerdo con la Embajada de su país y con el Centro Ellacuría para iniciar esta “experiencia piloto” que no sólo va dirigida a los residentes de la capital vizcaína, sino también a quienes están afincados en las comunidades autónomas y las provincias vecinas.

Todo un reto. Desde el día anterior, el primer secretario de este país europeo se encontraba al frente de una oficina improvisada, atendiendo las muchas visitas, consultas y pedidos de sus conciudadanos. “El servicio se está desarrollando en muy buenas condiciones”, explicaba el sábado, tras gestionar unos 35 documentos. “Si funciona, intentaremos repetirlo cada dos meses y llevar esta experiencia a otros puntos del país”.

Para él, que ingresó al Ministerio de Relaciones Exteriores en 2000 y que se estrenó como cónsul en España (hace ahora tres años), la vivencia le resulta novedosa. Y constructiva, porque se acerca más a su interés original que a la función meramente ‘de despacho’. “Siempre me gustó trabajar con la gente, ser útil, y me encanta estar aquí”, confiesa.

Entre las solicitudes más frecuentes que se presentan en su escritorio están las partidas literales de nacimiento y “hacer de salvoconducto para que las personas puedan regresar a Rumanía”. Una de las particularidades de su cargo es que no tiene potestad para expedir pasaportes, de modo que cuando este documento se vence o se extravía, su función consiste en “hacer un título de viaje para que el interesado regrese al país y lo tramite directamente allí”.

Aunque Borza es un cónsul novel, ha asistido a un cambio muy importante: el ingreso de su país en la Unión Europea. A partir de ese momento -el 1 de enero de 2007-, los problemas, por lógica, se modificaron. Los casi 400.000 rumanos que viven en nuestro país pasaron a ser residentes de pleno derecho, y aquellos que estaban ‘sin papeles’ pudieron, por fin, olvidarse del tema.

El desafío de la igualdad

El desafío, desde entonces, está puesto en la igualdad. Y no sólo en la que se refiere a las relaciones sociales. “Existe un plazo de moratoria que se aplica a los nuevos miembros de la UE, pero que en el caso de Rumanía significa exactamente el doble. Se trata de un ‘tiempo de prueba’ que para muchos países se ha establecido en un año, mientras que para el nuestro es de dos. Uno de los temas que más nos interesa resolver es ese”, señala.

Para el cónsul, la decisión comunitaria se basó en “evitar una ola de inmigrantes del Este”; un temor “alimentado por las imágenes que difunden los medios. Nadie cuenta que diez rumanos han fundado una empresa y generado puestos de trabajo. Las malas noticias se venden mejor, es una pena”, lamenta.

En contrapartida, celebra “la hospitalidad, el modo de vida y la tolerancia” de los españoles. “Esta última es su principal virtud”, enfatiza. Sobre el País Vasco, menciona que se parece bastante a Rumanía, “en especial por el paisaje, las montañas y el clima”. Sin dudarlo ni un momento -y despojado de su investidura consular-, Borza confiesa que se siente “como en casa”. Que, como cualquier extranjero, lo que más añora es su familia.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2007 Ellos Europa

15 | Nadia

Llegó a la Península Ibérica tras la caída del muro de Berlín. Después de vivir en Madrid y tener a su primer hijo en León, Nadia Eremieva recaló en tierras vascas, donde finalmente se quedó. Lleva viviendo en Mutriko desde hace casi quince años, aunque sus sueños, como dice, nunca dejaron Bulgaria. Sin embargo, volver no es tan fácil. Sobre todo ahora, “cuando tienes hijos que se sienten mutrikoarras”, dice esta mujer, licenciada en filología hispánica.

Con una simpatía arrolladora, Nadia relata su historia en un perfecto castellano. No sólo ha aprendido a hablarlo, también ha hecho de él su carrera, de modo que, para cada relato, encuentra una palabra exacta. Así explica que decidió venir a España tras las primeras elecciones búlgaras, con la desilusión metida en el cuerpo por saber que “nada iba a cambiar”; que allí no progresaría, al menos en un futuro cercano.

Pero el tiempo, ya lo decía Einstein, es una cuestión relativa, y en el caso de Nadia y su esposo -también oriundo de Bulgaria- la afirmación se cumplió a rajatabla. “Siempre tuvimos la idea de volver y, mira tú, aquí estamos. De alguna manera, nosotros perdimos el tren”. Pregunta obligada: por qué. Respuesta obvia: encontraron la estabilidad que buscaban. Y también se acostumbraron a la cultura, los vecinos y el país. Pero, más allá de todo eso, Nadia y su esposo tuvieron hijos: una variable que no suele tenerse en cuenta cuando se habla de inmigración y que, no obstante, ejerce presión sobre los ejes de la estadística.

Mientras su esposo y ella trabajan, sus hijos crecen en el País Vasco. Estudian aquí. Hablan euskera. Tienen amigos euskaldunes. De hecho, ellos mismos lo son. Nadia nunca olvidará aquel día en que su niña pequeña les dijo: “Vosotros seréis búlgaros, pero yo soy mutrikoarra”. Una frase en una boca de ocho años que encerraba una verdad aplastante y que dejó en el cajón del olvido a los billetes de aquel ‘tren’.

Volver ya no sólo es readaptarse. Es convertir a sus hijos en extranjeros. “El sistema educativo es distinto”, dice Nadia, por no mencionar al idioma, el alfabeto y las costumbres. Aunque sus hijos son trilungües y pueden leer un texto escrito en cirílico, “tienen menos recursos de expresión y otra manera de pensar”, de modo que es más sencillo continuar aquí que comenzar ese camino desde cero.

¿Tanta es la diferencia cultural entre Bulgaria y Euskadi? “No, todo es muy parecido. La diferencia está en los pequeños detalles”. Por ejemplo, en el respeto a la intimidad. “Si bien somos expresivos, no tenemos costumbre de comentar los detalles personales, y esa reserva se hace más notoria cuanto más al oriente te sitúas. Tus problemas son tuyos: si tienes sed, no te quejas, vas y buscas el agua”.

A los ojos

Otra diferencia perceptible está en el lenguaje gestual. “Aquí se mira a los ojos, allí eso equivale a retar. Sostener la mirada mucho tiempo se considera una falta de respeto. En cambio, aquí se interpreta como que estás escondiendo algo. Eso es muy malo en las entrevistas de trabajo”, dice Nadia sin perder la sonrisa. Y, ya de paso, menciona el aspecto laboral, uno de los grandes temas ligados a la inmigración.

Filóloga de profesión, a un paso de doctorarse, galardonada con un premio internacional de la Gran Logia de España y políglota, Nadia trabaja como aprendiz en una clínica de prótesis dentales. Entre tanto, acaba su tesis y lleva adelante una página sobre literatura búlgara. “Estoy en Mutriko -recuerda- y tengo que buscarme la vida”.

En cuanto a la adaptación y la acogida en Euskadi, el primer adjetivo que encuentra es ‘fantástico’. “Siempre nos han ayudado para todo, especialmente al principio. También es verdad que, en aquellos años, la gente no se sentía abrumada por la inmigración y no había tanto miedo. Los extranjeros no teníamos una imagen tan negativa”. ¿Y qué pasa hoy? “Que en términos generales, estamos todos en el mismo saco. Piensan que venimos a trabajar, ganar dinero y que luego nos marchamos, pero la vida es más complicada que eso”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 Ellas Europa

14 | Néiser

Hace un par de semanas, Ikuspegi dio a conocer los resultados de un estudio que analizaba cómo los vascos perciben a los inmigrantes. Pero, lejos de conformarse con ser ‘objeto de análisis’, un colectivo de extranjeros ha decidido realizar una investigación a la inversa: la Primera Encuesta sobre el nivel de integración y convivencia del inmigrante con la sociedad vasca. Sus conclusiones, que estarán disponibles a mediados de noviembre, reflejarán “el nivel de saisfacción” que tienen los extranjeros en Euskadi.

Todavía falta un mes para poder hacer un balance, pero los gestores de esta iniciativa tienen muy clara la meta. No se trata de averiguar cómo son vistos los inmigrantes desde la comunidad vasca, sino de cómo se sienten ellos mismos en la sociedad de acogida. “Queremos analizar el grado de integración y, sobre todo, el nivel de satisfacción y de tolerancia que tenemos hacia los vascos”, explica Néiser Trujillo, el director del estudio.

Como extranjero que es -nació en Colombia hace cuarenta años, aunque lleva nueve viviendo en Vizcaya-, este licenciado en Administración y Finanzas tiene muy claros algunos procesos. “Uno llega con ilusiones que, con el tiempo, se diluyen. Somos herramientas de trabajo y generadores de riqueza, y eso nos hace creer que somos protagonistas de algo, pero no es así. No tenemos participación política ni reconocimiento social”, subraya.

Su experiencia personal y la del resto del equipo -conformado íntegramente por extranjeros- no han constituido un sesgo a la hora de diseñar el proyecto. Sin embargo, sí han servido como punto de partida para saber qué temas importan y qué asuntos deben tratarse en el momento de preguntar.

Por ejemplo, intentarán saber si la sociedad vasca es xenófoba o si, por el contrario, los inmigrantes se sienten mejor tratados aquí que en sus países de origen. También abordarán el tema del euskera, para averiguar si la falta de manejo del idioma constituye un impedimento cuando intentan conseguir un trabajo. Y, lógicamente, no pasarán por alto el terreno de las ayudas sociales, uno de los más áridos en lo que tiene que ver con “prejuicios y estereotipos”. Un dato de interés: “El 90% de los inmigrantes que tienen trabajo están cotizando -dice Trujillo-, y no es algo que me invente yo, figura en las estadísticas de Seguridad Social”.

En el estudio -que se está realizando todavía- entrevistarán a un millar de personas, todas extranjeras residentes en Bilbao, San Sebastián y Vitoria. Y, además, tendrán en cuenta el nivel de estudios, la edad y la nacionalidad de los encuestados, así como la cantidad de tiempo que llevan viviendo en Euskadi. “No vamos a despreciar ningún dato, ni a tergiversar las respuestas que obtengamos, porque también sabemos de antemano que hay gente muy integrada y satisfecha”, señala.

Queremos ser activos

La investigación está encabezada por un grupo de profesionales de diversas áreas, incluyendo a Jorge Suárez, un sociólogo argentino. También participarán Laura Pannetti, de Mujeres del Mundo, Juan Carlos Pérez, Fanny Fajardo, Enric Preciado y Hortensia Maldonado. Todos ellos, además, integran la plataforma ‘Nuevos Ciudadanos’, un colectivo de carácter reivindicativo formado por personas de distintas nacionalidades que abogan por la participación política y social de los inmigrantes en el País Vasco.

Desde esa perspectiva, “queda mucho por hacer”. Recientemente, “todos los partidos han lanzado una propuesta para endurecer la Ley de Extranjería e impedir que quienes no tengan papeles puedan empadronarse”, menciona Trujillo como ejemplo. “¿Por qué no se hacen políticas integradoras desde la Dirección de Inmigración?”, se pregunta. “Hasta que no tengamos derecho al voto, no participaremos realmente en la vida social”.

A juicio de Trujillo, hace falta alganzar un grado más de “normalización” en las relaciones. “El origen de todos los problemas que se dan en la sociedad acaba siempre recayendo en los inmigrantes, y no debería ser así. Aunque yo vine para aquí hace muchos años y tengo mi DNI español, porque mis antepasados eran vascos, sigo siendo tratado a veces como un ciudadano de segunda. Los inmigrantes queremos ser gente activa y, hasta que no lo consigamos, no nos quedaremos quietos. La participacion y la integracion son pilares basicos para una buena convivencia en esta sociedad multicultural de nuevos ciudadanos”, concluye.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 América del Sur Ellos

13 | Albert

Si alguien encarna bien el papel de un peregrino, esa persona el Albert Okoko. Nacido en Congo hace cuarenta años, radicado en Bilbao desde hace dos y convencido de que Dios “está presente en cada cosa”, este pastor religioso no dudó en oficiar misa en Marruecos ni en jugarse la vida en patera para llegar a donde está: una capilla en Autonomía donde predica el Evangelio. Sí, viajó sin nada. Y sí, le teme al mar. Pero ahora se siente “dichoso” por la congregación que le rodea y que transforma a cada misa en un encuentro internacional.

La cita con Albert Okoko es difrente a lo habitual. No es el periódico el que sale en su busca. Es él quien llama al periódico. Ocurrió el jueves 9 de agosto, cuando se publicó la historia de Xabier Zabalo, un sacerdote vasco que había vivido como misionero durante cuatro décadas en Congo, el país donde él nació. “Soy congoleño de Kinshasa y pastor de una Iglesia Evangélica aquí en Bilbao. Acabo de leer un artículo vuestro sobre el testimonio y la vida del sacerdote Xabier. Quisiera hablar personalmente con él y también leer el libro que escribió sobre mi país”. Así se presentó.

No obstante, lo que empezó como un pedido de información acabó convertido en un relato y, después, en un reportaje. En este mismo, que cuenta su historia. “Yo era pastor en Congo y quería venir a Europa. Y, de todas las ciudades que había, siempre quise vivir en Bilbao”. Pero su interés no estaba en el Guggenheim, ni en el puente de San Antón. “Tan sólo me encantaba el nombre. ‘Bilbao’… me llamaba la atención”. Las palabras suenan bonitas en su cuidado acento francés.

Albert partió de Congo cuando tenía 35 años. De allí viajó a Marruecos, donde logró construir una iglesia, aunque el trabajo no le fue fácil. “La mayor parte de la población es musulmana”, subraya. De todas formas, se quedó hasta que “surgió la posibilidad de partir”. Doce meses después, se embarcaba en una patera.

El viaje hacia Fuerteventura fue toda “una pesadilla”. Tan tremenda la experiencia que, aún hoy, le teme al mar. “Preferiría dormir en un cementerio a pasar cinco minutos en el agua”, reflexiona. Lo cierto es que pasó muchos más. La travesía duró “un día y algo”, con su noche correspondiente. “Cuando pasas tantas horas rodeado de oscuridad, castigado por el viento y por la lluvia que te moja, directamente, te pierdes. La gente que viajaba conmigo [unas diecisiete personas] lloraba, sentía tristeza, había perdido la esperanza -relata-. Incluso el propio conductor de la barca perdía el rumbo por momentos. Perdía también la cabeza”.

Eucaristía internacional

Normal. Las olas “eran muy fuertes” y quienes capitanean los cayucos “no son especialistas”. Albert relata que, entonces, compredió cómo muere la gente. “Sin agua ni comida, a la deriva y sin fe”. Sin embargo él no perdió la suya. Rezaba. “Estoy con el Señor”, se decía mientras pensaba que “no venía para hacer daño ni mal, tan sólo para cumplir un sueño”. Él quería predicar en Europa, pero su país estaba en guerra, con “problemas de visado y todas las embajadas cerradas”. En ese marco apabullante, “cualquier camino era bueno para llegar hasta aquí”.

Y lo logró. Vivió en Las Palmas tres años y allí comenzó un nuevo rumbo. “El primer sitio donde ofrecí una misa fue el lugar donde nos tenían detenidos, en espera de la orden de expulsión”. Una directriz que jamás llegó a concretarse “gracias a los abogados de varias ONG”.

En 2005 llegó a Bilbao. Tiene trabajo, tiene ‘papeles’ y, más que eso, “una gran responsabilidad”. Su Iglesia Evangélica reúne a 120 personas. El 90%, de América Latina, “También hay tres familias vascas y algunos africanos”, apunta. Lo importante es que “la gente viene” y que “todos tenemos ganas de conocernos”. En cuanto a su experiencia en el País Vasco, Albert afirma sentirse “tranquilo. Veo mucha paz y un poco de reserva, como cuando comenzamos una relación nueva. Al principio es un poco difícil, pero con el tiempo, las puertas se abren”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 África Ellos

12 | Alejandro

Se enteró del seísmo en Perú a través del telediario. Y, aunque él se encontraba a salvo, pues reside en Portugalete, ninguna distancia logró que sintiera que estaba seguro en su casa. Alejandro Salcedo es de Pisco, la ciudad que sepultó el seísmo, y allí viven sus hermanos, su mujer y sus dos hijos. “Me quedé duro frente al televisor. No podía parar de pensar. Rezaba. Pasé toda la noche despierto”, confiesa el hombre de 45 años para ilustrar su propio epicentro. La tierra aquí no se movió. Pero él sí tembló por el miedo.

Ha pasado una semana desde que el terremoto azotara a Perú. Y, al cabo de tanto tiempo, lo que allí se reduce a escombros, en otros sitios se resume con cifras. 7,9 grados en la escala de Richter. Medio millar de muertos. Miles y miles de heridos. Casi un millón de damnificados. «El dolor no se puede contar», ni siquiera con una mirada. Tras siete días de angustia, Alejandro está «más tranquilo». Cuando el seísmo rugió en su país, él estaba en Portugalete y veía decenas de imágenes desplomarse en su televisor.

Su esposa se encontraba en Pisco, caminando por la calle. Volvía con su hijo mayor, un chaval de nueve años, de recogerlo del colegio, como hace todos los días. Iban juntos rumbo a su casa, donde la hija pequeña de ambos estaba con su abuela pero, en medio de la travesía, la ciudad comenzó a temblar. Por esas cosas del destino -«un milagro, la mano de Dios»-, su familia más directa no sufrió ningún rasguño. La casa de Alejandro en Pisco logró mantenerse en pie. Pero él no lo sabía entonces, ese jueves 16 de agosto, ni tuvo noticia alguna hasta 24 horas después.

«Lo primero que atiné a hacer fue pensar en mis pequeños. Intenté llamar, pero no hubo respuesta. Probé desde casa y desde varios locutorios… nada. Estaba como loco y me sentí totalmente perdido», recuerda. Por mucho que él insistiera, las líneas estaban muertas. Después de una tarde de angustia y de pasar toda la noche en vela, recién al día siguiente se pudo comunicar. «Llamé desde mi móvil al móvil de mi cuñado y pude hablar con mi esposa, que me dijo: ‘Estamos bien’. Sentí mucha alegría, pero también una gran tristeza cuando oi la voz de mi hijo. ‘Papi, sácame de aquí. Papi, llévame contigo’. No paraba de repetirlo y yo sentí que me quebraba».

El abrazo y la necesidad

Si la distancia es el lastre más duro para cualquier persona que emigra, su peso se multiplica cuando lo embate una desgracia. «Yo vine al País Vasco para ayudar a mi familia», Pero la meta pierde sentido si no hay familia a la que ayudar. «¿De qué habrá servido separarme de ellos si la desgracia me los quita? ¿Para qué tanto sacrificio, si pierdo a mi gran tesoro?». Cosas así pensaba Alejandro cuando el silencio lo mantuvo en alerta.

Lejos de estar sereno, sus dudas pasan ahora por otro lugar más difícil. «Quiero ir -dice angustiado-. Quiero volver a abrazar a los míos. Cuando vine para aquí, mi hija pequeña tenía seis meses y, ahora, que tiene tres años, sólo conoce a su papá por la voz. Quiero ir, pero no puedo».Porque el dinero no da para todo y en este momento es más «útil» proveerles de alimentos que arroparles entre sus brazos.

«Después de la tragedia, las cosas son complicadas. Hay escasez de comida y lo que se envía desde Europa está quieto en el aeropuerto. Mi esposa me cuenta que hay que hacer largas colas para obtener un tarro de leche, que la gente se desespera y tiene una actitud agresiva». Por ello, su mujer y sus hijos se acaban de trasladar a Lima, donde «no hay desabastecimiento y los bancos sí funcionan».

El problema, en realidad, es el resto de su familia. «Tengo hermanos en Pisco, que lo están pasando muy mal. Y también tengo hermanos en Ica, de los que aún no he recibido noticias». La que era su casa está prácticamente en ruinas, pero Alejandro no pierde la fe. «Mientras haya vida, hay esperanza, le digo a mi esposa. Y yo sé que cuando vaya, allí los voy a encontrar».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 América del Sur Ellos

11 | Fabio

El 15 de agosto de 1537, hace 470 años y un día, el burgalés Juan de Salazar Espinoza fundó la capital de Paraguay. Muchos años después, en el mismo mes, un día como hoy, un grupo de menores soldado moría en la batalla de Acosta Ñu. Desde entonces –1869–, los paraguayos conmemoran en esta fecha el Día del Niño. Lejos de su país, pero no de su Historia, los que residen en Euskadi han celebrado ambas fiestas. Lo hicieron ayer, en el teatro de Lamiako, con una extensa jornada de música, danzas típicas y gastronomía tradicional.

«Desde que estamos aquí, hemos visto cómo otros extranjeros se reunían y hacían eventos para difundir su cultura. Eso nos parecía muy positivo y tuvimos ganas de seguir sus pasos», relata Fabio Sosa, hoy devenido en vicepresidente de la Asociación Cultural Guaraní Tetagua. «Hasta hace un tiempo –añade–, nos limitábamos a juntarnos unos cuantos paraguayos en el Monte Artxanda, pero nada más».

El plan cambió en 2007, cuando el grupo formalizó sus encuentros registrándose en el Gobierno vasco para avanzar de otro modo, como una organización. «Hemos dado todos los pasos y ya nos han reconocido», señala Fabio con entusiasmo y orgullo. Ahora que cuenta con esa base, la primera asociación de paraguayos en Euskadi se ha puesto manos a la obra para «acercar un poquito a todos» las costumbres de su país.

El pistoletazo de salida tuvo lugar ayer por la tarde, en el teatro de Lamiako. Allí se dieron cita los más de ochenta miembros de la asociación y todas las personas que quisieron acercarse, independientemente de su nacionalidad. Porque uno de los pilares de esta agrupación es «abrirse» al resto del mundo e intercambiar modos de vida. «Pensamos que si todos nos damos a conocer, estaremos más unidos y haremos mejores cosas», reflexiona Fabio Sosa.

¿Y qué mejor manera de ‘presentarse en sociedad’ que hacerlo a través de la música, los bailes típicos y la comida? Al parecer, ninguna, pues esa fue la carta elegida por la asociación Guaraní Tetagua. Como muestra de gastronomía, Fabio menciona tres platos: la butifarra, la chipa guazú y la sopa paraguaya. Pero que nadie piense que este último es algún tipo de caldo. «Es una tarta de maíz que lleva queso, mantequilla y huevo», describe con un tono en la voz que despierta el apetito.

Seres extraordinarios

¿Y la chipa? «Se hace con fécula de mandioca y es muy rica. Varias compañeras paraguayas se han pasado la noche de ayer y esta mañana cocinando», agrega en reconocimiento a la labor de sus compatriotas. Y, aunque parezca un poco extraño, la culinaria del asunto fue más complicada que encontrar los ingredientes. «Si esto lo hubiéramos hecho hace unos años atrás, quizás sería más difícil. Hoy no –dice Fabio–. Hoy se encuentra de todo en Bilbao».

También se encuentran grupos de danza y artistas que mantienen vivo el folclore nacional. Personas como Modesto Gómez, Arsenio Reinoso, Pedro Ovelar, José María Recalde, José Caballero y Fanny Corvalan, «que se dedican a interpretar nuestras polkas guaraníes». O bailarines como Emilio Pérez Campuzano, Doña Kika y la niña Macarena, que amenizaron con sus pasos la velada de ayer.

Más allá del evento puntual, el vicepresidente de la novel asociación hace hincapié en el interés colectivo por «fomentar la cultura paraguaya, darla a conocer», y perpetuarla, claro. Porque en este país de Sudamérica hay otra lengua oficial aparte del castellano. «Tenemos el guaraní y lo mantenemos allí como aquí se mantiene el euskera, con clases bilingües en las escuelas», comenta Fabio Sosa.

Y añade que, en el País Vasco, «hay muchos paraguayos –casi 2.000 según datos del INE– que estarán alegres de poder mantener las costumbres». Más aún cuando «todo el mundo nos trata muy bien, se interesa por lo nuestro y estamos a gusto. En Madrid no es igual. Los vascos son seres extraordinarios».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 América del Sur Ellos