407 | Alejandro

La intensidad de un picante, como la de un terremoto, se puede medir con escalas. En concreto, con la escala de Scoville, que se creó hace más de un siglo. Entre los pimientos más picantes se encuentra el chile habanero: según la escala, ‘pica’ unas cien veces más que el chile jalapeño o la salsa tabasco, y diez veces más que la pimienta cayena. “Nosotros lo utilizamos”, dice Alejandro Menéndez, el encargado de un conocido restaurante peruano de Bilbao cuyo nombre –Ají Colorado– se puede interpretar como advertencia. “No todos los platos pican -matiza-, pero algunos sí, y bastante. Por eso yo siempre aviso, en especial a los clientes nuevos”.

La cocina peruana goza de fama internacional y es una de las más apreciadas del mundo, “pero en Bilbao no estaba bien representada”, dice este limeño de acento indefinido, que se afincó hace ocho años en Euskadi. “Es que no vine directo de Lima hacia aquí -justifica-. Yo me crié en un pueblito de Huesca, vine a los tres o cuatro años de edad. Luego volví un par de años a Perú; cuando todavía era un chaval. Y, más tarde, regresé a Europa. Viví en Canarias, Salamanca, Londres y Cádiz antes de trasladarme al País Vasco”.

Su relación con el Viejo Continente es estrecha y viene de lejos. El bisabuelo de Alejandro era burgalés y su abuelo, italiano. “Pero además, hoy en día, mi familia está repartida por el mundo -agrega-. Una parte está en Lima, otra en Nueva York, algunos en Chicago… Mi tía vivía en París y ahora, al jubilarse, se mudó a Valencia. Y claro, también tengo tíos y primos aquí. Me acuerdo de que hace años, cuando yo era jovencito, venía encantado a Bilbao a visitarlos. Para mí, que vivía en un pueblo muy pequeño de Aragón, Bilbao era una gran ciudad, una metrópolis”, recuerda con tono entrañable.

De aquellos tiempos, de hecho, le quedaron unos cuantos amigos. “Mis primos tenían su cuadrilla y a mí me incluían como a uno más”, cuenta. “Tal vez por eso siempre he tenido mucha afinidad con los vascos. Siempre que venía, me sentía muy a gusto. Y, ahora, que vivo aquí, mucho más. Estoy contento en Bilbao”, asegura, y eso es mucho viniendo de él, que se define como un desarraigado. “Soy un poco una mezcla. Soy peruano, desde luego, aunque culturalmente, me siento de aquí. Pero, al haber cambiado tantas veces de ciudad, no he echado raíces todavía en un sitio concreto”.

Tras vivir durante varios años en Euskadi, es muy probable que Bilbao sea ese lugar. Aquí ha tenido a su hijo y, desde entonces, no se plantea marcharse. “Con su madre tenemos la custodia compartida, así que volver a emigrar no es una opción para mí. No voy a partirme por la mitad”, afirma. Además, buena parte de su familia está aquí -incluidas su madre y su abuela-, y el restaurante que regenta es un ancla poderosa. Hace tres años que Alejandro se embarcó en ese proyecto gastronómico junto a su madre, Marisol, y desde entonces dedica todos sus esfuerzos a sacarlo adelante.

Auténtica comida

“El local existe desde hace treinta años. Siempre se dedicó a la comida de Perú aunque, curiosamente, en todo ese tiempo nunca estuvo gestionado por peruanos. Un poco por eso, y otro poco porque se inauguró en una época en la que no se conseguían muchos ingrediente típicos de mi país, lo que ofrecía el restaurante era una versión, una interpretación de nuestra gastronomía -relata-. Una noche, mi madre y yo fuimos a cenar. Nos enteramos de que se traspasaba y dijimos ‘¿por qué no?’. Hablamos con la dueña, que era conocida de mi abuela, y llegamos a un acuerdo. En este tiempo hemos conseguido darle un cambio radical”, afirma, orgulloso.

“Pero en verdad -prosigue-, el mérito es de mi madre. Es ella quien tuvo la idea, se metió en la cocina y dedicó un montón de horas y esfuerzo. Al principio, era algo familiar. Después contratamos a un chef y, poco a poco, hemos logrado convertir el establecimiento en un sitio distinto, con auténtica comida peruana”, relata Alejandro.

“¿Sabías que el ceviche es un plato más antiguo que los incas? Lo preparaban los pescadores moches, mil años antes, para no encender fuego, aunque no lo hacían con lima ni limón, sino con rocoto en polvo, es decir, con un tipo de ají molido, y con chicha de jora, que es una cerveza de maíz. Los cítricos llegaron a América mucho después, en los barcos españoles”, cuenta animado Alejandro, que confiesa que esto lo ha aprendido aquí, trabajando. “Yo no soy cocinero ni historiador. De hecho, me dedicaba antes a la carpintería y a montar cocinas y andamios. Pero en casa siempre ha habido familiares dedicados al mundo de la hostelería, y ahora, que me dedico yo también, aprendo un montón con el cocinero”.

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2015 América del Sur Ellos

406 | Bart

Llegó a Bilbao hace cuatro años, después de un largo periplo y no pocas anécdotas. Desde que emigró de California hasta que se radicó en Euskadi, Bart Farrell pasó una buena temporada en Egipto, Palestina e Inglaterra. En su país estudió Religión, “no como seminarista, sino desde la Teología”. Y aunque su carrera le hizo aprender sobre todo tipo de religiones, Bart se centró en el Islam. “Las creencias religiosas son una de las motivaciones más importantes en el mundo: rigen los comportamientos de mucha gente y son muy poderosas, tanto para construir como para destruir”, expone. La actualidad le da la razón.

Sus estudios religiosos en Estados Unidos le impulsaron a viajar y empaparse de otras culturas. “Tenía el ejemplo de un tío mío, que llevaba la mitad de su vida fuera del país trabajando con oenegés, y la verdad es que ese modelo me parecía muy interesante. Además, yo estaba enfocando mis estudios hacia lo que ocurría en Oriente Medio. Todo me empujaba a ir”, relata Bart, cuyo destino elegido fue Egipto. “Llegué sin conocer a nadie, pero dispuesto a aprender. Me dediqué a dar clases de inglés a refugiados mientras aprendía árabe, que era uno de mis objetivos”, explica.

Todo iba de acuerdo a lo previsto. Estaba aprendiendo mucho y se encontraba a gusto y seguro. “Con frecuencia me preguntan por eso y siempre respondo lo mismo: el sitio más violento y peligroso que conozco es Los Ángeles”. Explica que solo una vez, cuando le oyeron hablar en inglés, le espetaron un insulto –fuck you american-, a que él respondió con un ocurrente “no pasa nada, soy canadiense”. Bart tiene sentido del humor, aunque matiza con seriedad que “una cosa es el gobierno y otra, la población, que no tiene por qué estar de acuerdo con la política exterior de su país”.

La experiencia en El Cairo se asemejaba a sus planes, hasta que todo cambió. “Allí conocí a mi chica, que es vasca y estaba trabajando en Egipto. Es periodista. Nos casaremos el año que viene”, anuncia visiblemente ilusionado. “Después de pasar una temporada en Egipto, estuve tres meses en Palestina, y finalmente nos marchamos a Londres. Ella hizo un master en periodismo internacional, y yo uno en Oriente Medio. Mi tesis fue sobre la música en las zonas de conflicto”, resume. “Cuando acabamos, nos trasladamos aquí. Y fue muy interesante, porque llegué sin saber nada de castellano. Solo hablaba inglés, árabe y latín”. ¿Latín? “Sí… es que soy un poco freak”, reconoce divertido.

Primero almejas, después semáforos

Bart aprendió hablar español en la cocina de su suegra. “Durante los dos primeros años, vivimos en su casa y yo pasaba mucho tiempo con ella. Es una máquina cocinando, así que aprendí a decir antes ‘almejas’ o ‘mejillones’ que ‘árboles’ o ‘semáforo’”, cuenta divertido. Pero, en el proceso, este estadounidense aprendió algo más: la importancia de la gastronomía para los vascos. “Aquí hay solo tres conversaciones posibles: qué has comido, que estás comiendo y qué vas a comer”, enumera, ensayando una caricatura. “Lo cierto es que se come muy bien, cada vez hay mayor oferta gastronómica en Bilbao. Para ser sincero, solo echo de menos la comida mexicana”, dice, y deja entrever los lazos culturales y de proximidad entre ciertas zonas de Estados Unidos y México.

“Muchas veces me preguntan qué hago aquí, si no extraño mi país, si no preferiría estar allí. Eso me llama la atención. Por un lado, los bilbaínos tienen ese orgullo increíble de su tierra, esta cosa entrañable y divertida de ‘Bilbao es la hostia’. Pero por otro lado, miran mucho hacia Estados Unidos como un lugar interesante, con más crecimiento, riqueza y oportunidades que el suyo. Y algo de cierto hay: en mi país el techo está más alto, sí… No obstante, el suelo está más abajo. No todo el mundo goza de bienestar. Aquí, en cambio, es más moderado. Se vive muy bien, hay calidad de vida para mucha gente. Valoro mucho eso”, indica.

Para Bart, que compagina su empleo en una empresa de software con su trabajo como profesor de inglés, Euskadi ha supuesto la posibilidad de experimentar cosas nuevas y reinventarse, incluso en el plano docente. “He creado ‘This Is English‘, un canal de Youtube para aprender inglés. Cada vez hay más personas interesadas en este idioma, pero los métodos tradicionales, en general, son muy aburridos. Así que desarrollé uno propio, bastante más divertido. Aparezco hasta con pinzas en el pelo y todo”, cuenta entre risas.

“La verdad es que en Bilbao he podido utilizar toda mi creatividad. Lo del canal es un ejemplo, pero también colaboro con músicos de aquí, como Patrol Destroyers o Norte Apache, que hacen hip hop en euskera”, dice, y asegura que se siente plenamente integrado. Tanto es así que este año hizo un viaje singular: “Estuve en Suecia para presentar y defender la candidatura de Euskadi como organizador del Mundial de Sokatira de 2020, que tendrá lugar en Getxo”.

2015 América del Norte Ellos

405 | José Manuel

“Yo he venido a sumar”, dice José Manuel Torres, un venezolano de 37 años que vive en Euskadi desde 2003. “He venido a sumar talento, a crear trabajo, a pagar impuestos y a volcar mi energía y mis conocimientos en la tierra que elegí para vivir”, amplía este emprendedor que inició su camino en la facultad de Medicina de su país, que se pasó a la Ingeniería en Estados Unidos y que cambió la Universidad de Penn State, en Pensilvania, por la Universidad de Navarra. En Tecnun -la Escuela Superior de Ingenieros- se doctoró en Seguridad Informática y ejerció como docente hasta que decidió lanzarse por su cuenta en el mundo de la empresa.

Dejar la seguridad universitaria por una apuesta empresarial no fue fácil ni cómodo, pero asegura que no se arrepiente de haber tomado esa decisión. “En las aventuras es donde más se aprende”, sostiene él, cuyo rostro resulta familiar para los espectadores del programa ‘El gran salto‘, que emite los sábados ETB2. Allí desempeña su papel como coach de estrategia, algo similar a lo que hace en su día a día, fuera de pantalla, donde trabaja con empresarios y emprendedores que le buscan para perfilar sus proyectos profesionales y mejorar sus resultados. Además de “salir en la tele”, José Manuel es el director ejecutivo de una empresa que se dedica a forjar el éxito de otras.

“Es una asesoría en la que trabajamos once personas. Nos centramos en la planificación del éxito, la gestión del tiempo, la organización y la coherencia -describe-. Algunas personas tienen método, pero están desangeladas. Otras tienen mucha fuerza, pero tienen problemas para organizarse. Nuestro trabajo consiste en poner bajo control esas debilidades”, sintetiza, mientras comenta que su público objetivo son las grandes empresas. “Desatascar a un emprendedor que recién empieza y a una empresa ya establecida cuesta lo mismo; la diferencia es que el camino con la empresa tiene mayor recorrido”.

Y es que ser emprendedor y ser empresario no es lo mismo: “Debería existir una palabra específica para definir el espacio que se encuentra entre lo uno y lo otro -observa él, que se sitúa en ese nicho intermedio-. Tendría que haber un término para nombrar ese momento en el que ya has arriesgado, tienes experiencia y eres solvente, pero todavía no eres un empresario consolidado al frente de una multinacional”. Así y todo, a falta de “una expresión que pueda describir ese punto”, él intenta retratarlo… y retratarse.

El valor de equivocarse

“Soy un híbrido -dispara-. Me veo a mí mismo como un extranjero que ha hecho su experiencia en distintas partes del mundo y que combina el ‘escritorio’ -la metodología universitaria- con la ‘calle’ -la experiencia real con empresas-. Pero no siempre fue así. Para llegar hasta aquí, estudié, me preparé, emprendí y me pegué una torta brutal”, confiesa, antes de relatar que el gran proyecto por el que dejó la universidad funcionó muy bien, hasta que se fue a pique. “Me asocié con un irlandés y montamos juntos una empresa de organización de carreras de triatlón. Fue genial… hasta que llegó la crisis, se hundieron los bancos irlandeses y mi socio necesitó descapitalizar la empresa para capear el temporal”.

Tras el varapalo, José Manuel lo pasó mal. “El cierre fue de mutuo acuerdo, pero da igual. Cuando pierdes tu trabajo, pierdes también parte de tu autoestima. Te quedas colapsado, en mitad de un bajón anímico, y te da la sensación de que no sabes hacer nada, de que nunca más volverás a trabajar. También te recriminas a ti mismo ciertas decisiones que has tomado, como dejar un trabajo seguro por experimentar. Pero… insisto, lo que he crecido emprendiendo no lo hubiera conseguido acomodándome. Es importante hacer la experiencia y es muy valioso equivocarse. Las mayores empresas del mundo fueron levantadas por emprendedores que fracasaron antes, y muchas veces”, subraya.

Sus distintas iniciativas, finalmente, dieron fruto, aquí y en Croacia, donde ha dado el primer paso en la internacionalización de su negocio. “De aquellas tormentas, esta piña colada”, dice con un simpático giro caribeño; uno de los pocos rasgos de origen que mantiene intactos. “Es que me adapto rápido a los cambios. Supongo que es mi manera de ser. Cuando estuve en Pensilvania, casi todos mis amigos eran de allí, muy ‘yanquis’, de los que piensan que Venezuela y México son lo mismo -recuerda entre risas-. Aquí, en Euskadi, me pasa igual. He sabido integrarme muy bien porque la gente también te lo hace fácil. Las personas son honestas, transparentes, y la palabra todavía vale. Este es un país maravilloso. Tiene muchas cosas interesantes, como el acceso al monte o a la playa para practicar deporte, pero también tiene mucho potencial para emprender. Y sí, es cierto que hay crisis, pero tampoco hay que exagerar. Al menos, así lo veo yo aunque, al final, un empresario es un trabajador que tiene un poco más de tolerancia al riesgo”.

2015 América del Sur Ellos

404 | Mario

El Adviento -las semanas previas a la Navidad- goza de una importancia especial en ciertos países de Europa. Son días distendidos y tranquilos, de abrazos, de paseos y disfrute familiar. En lugares como Austria, el calendario decembrino avanza entre mercados navideños, chocolates, árboles decorados y nacimientos. No en vano, esta época es, para muchos, la más bonita del año. Y es también una de las cosas que más se añoran al emigrar.

Echo de menos esta época”, confiesa el austríaco Mario Lechner, que ahora vive en Euskadi. “Y extraño el pan negro…” agrega. ¿Añoranza de fogones? “Ya empiezo a hablar como un vasco”, reconoce con humor, mientras recuerda que una de las primeras cosas que le sorprendieron de aquí fue, precisamente, “la importancia que se le da a la gastronomía. ¡No hay conversación en la que no esté presente la comida!”, observa. Ese rasgo, como todo, le ha supuesto un ejercicio de adaptación.

En general, la gente tiene costumbres y ritmos de vida algo diferentes. Allí somos más de quedar en casa con los amigos y la familia, y no tanto de socializar en la calle ni de ir de bares -compara-. Algo que me llamó la atención cuando vine por primera vez es que la gente no fuese tan abierta como yo me la había imaginado. Sin embargo, he podido comprobar que una vez que uno se crea su entorno en Euskadi, encuentra amigos con una lealtad y un nivel de compromiso muy notables”.

Desde su primer viaje hasta hoy han pasado muchos años y una larga historia de amor. “Mi esposa es donostiarra. La conocí en Italia en 1998, cuando ambos éramos estudiantes de Erasmus. Desde entonces, no he parado de venir a Euskadi. Incluso estuve viviendo aquí de 2006 a 2013. Cuando tuvimos que elegir un sitio para vivir, decidimos que yo me desplazaría. Por mi formación como ingeniero y mi experiencia en la industria siderúrgica y metalúrgica, pensamos que sería más fácil para mí encontrar oportunidades equivalentes en la industria del País Vasco que para ella en Austria siendo, como es, profesora de Derecho en la UPV/EHU”, explica.

Pero lo cierto es que tampoco fue fácil para mí en los inicios -prosigue-. En lugar de tener opciones de acceder a puestos en la industria, que era mi objetivo, se me ofrecían posibilidades en centros de I+D+I”. La oportunidad de hacer lo que realmente le gusta y aquí le ha llegado hace poco. “Soy ingeniero de investigación y simulación dentro de TUBACEX, una empresa que también tiene presencia en Austria. Realizo diseños experimentales para identificar y cuantificar variables de procesos de fabricación de tubos en acero inoxidable y altas aleaciones”.

Es un puesto con distintas y muy variadas facetas, todas con el objetivo de mejorar el producto y minimizar los costes de fabricación”, indica. Y traduce: “Esta una experiencia mucho más fácil y positiva para mí, puesto que la empresa me ha brindado la oportunidad de hacer un cambio interno dentro del propio grupo. Un cambio por el que estoy muy agradecido y que está resultando muy estimulante, pues se me ofrecen nuevos ámbitos y líneas de trabajo. Además, me he incorporado a un departamento en el que hay un equipo de personas con el que da gusto trabajar”.

Nuevos estímulos, nuevo hogar

Sin duda, Mario valora mucho el ambiente laboral, a sus compañeros y el tipo de trabajo que hace. “Me encuentro muy a gusto porque tenemos un clima muy estimulante en el que se promueven los intercambios de ideas y opiniones entre el equipo, lo que para mí es una ventaja añadida”, indica. Pero también está muy a gusto fuera del trabajo. “La adaptación está resultando muy sencilla gracias a mi mujer y su entorno, que me facilitaron mucho todo el proceso en los primeros años”.

Por supuesto, para su familia el traslado a Euskadi fue “una noticia agridulce. Se alegraron por mí porque sabían que suponía la posibilidad de volver a estar con mi mujer, pero lógicamente me echan de menos. En cuanto mi mujer y su familia, qué voy a decir. Están todos encantados de que se me haya ofrecido esta posibilidad. No tengo previsto volver a Austria. Veo mi futuro tanto familiar como profesional aquí, así que iré allí de vacaciones. Lo cierto es que ahora puedo decir sin lugar a dudas que me siento como en casa”.

2015 Ellos Europa

403 | Lyudmila

Cada vez que se presenta, le toca deletrear su nombre. “Lyudmila. A ver: ele, ye… Sí, sí, las dos consonantes van juntas”, explica con mucha paciencia. “Es curioso -agrega-. Desde que vivo aquí, muchas personas de Europa del Este me han preguntado cómo es posible que tenga un nombre tan ruso, siendo yo de Nicaragua”. La respuesta, dice, es literaria. “A mi padre le gustaba mucho leer y escogía nuestros nombres inspirándose en personajes de distintas novelas. Una de mis hermanas, por ejemplo, se llama Haydée. Cuando nació, mi padre estaba leyendo ‘El conde de Montecristo’. Por eso tengo un nombre tan poco latinoamericano, aunque reconozco que me gusta mucho”.

El relato pertenece a Lyudmila Montoya, una ingeniera informática nicaragüense que llegó a Euskadi hace una década, motivada por el escenario académico vasco y la oportunidad de profundizar en su carrera. “Yo estudié Ingeniería en mi país. En ese momento, era una carrera nueva, incipiente, que impulsó un brillante profesor alemán, Cornelio Hoffman. Cuando terminé mis estudios, me quedé trabajando en la universidad, en un proyecto de educación online que también él implementó”.

Lyudmila explica que, en esa época, muchos estudiantes acababan la carrera pero no llegaban a presentar la tesis. “Había mucha demanda del mercado laboral y la mayoría se ponía a trabajar de inmediato. Iban relegando el trabajo final de carrera y se les quedaba ‘colgado’. Para remediar la situación, desarrollamos un sistema de educación a distancia, que les permitía a los estudiantes avanzar con sus tesis y seguir vinculados a la universidad sin perder sus empleos. Así fue que conocimos a un profesor de la UPV, que en ese momento dirigía el área de universidad online y nos allanó mucho el camino compartiendo con nosotros lo que sabía”.

Por ese entonces, ella estaba preparándose para viajar a Brasil. El trabajo en la universidad estaba bien. Impartir clases le gustaba, pero Lyudmila quería algo más. Quería hacer un posgrado. “Si trabajas en el ámbito académico, tienes que seguir estudiando. Eso lo tenía muy claro”, dice. Y surgió la pregunta que lo cambió todo: “’¿Por qué no haces el master en la UPV? Así tendrás la experiencia que tenemos nosotros’, me dijo el profesor que nos había estado ayudando con el sistema online. No me lo pensé mucho. Vine con una pasantía, pude estudiar, hice el master en Telecomunicaciones… y me quedé impresionada”, recuerda.

Un viaje, muchos cambios

Para Lyudmila, los últimos diez años han sido “una experiencia increíble”. Le resulta “difícil resumir tantos años en un ratito”, dice que “el cambio la ha transformado” y cuenta que cuando le preguntan por qué ha venido, ella responde con otra pregunta: “¿Y por qué no? Los cambios son necesarios, son importantes, y uno aprende mucho con ellos. En mi caso, no solo hice el posgrado que quería, también pude conocer mucho mejor una cultura diferente a la mía. Cuando llegué, me quedé en casa de una familia euskalduna, y eso fue maravilloso, una gran suerte. Estudiaba aquí, seguía trabajando a distancia con mi universidad y en mi tiempo libre cuidaba a unos niños. Eso es también una enseñanza”, apostilla con simpatía.

Pero, si algo destaca ella de las muchas novedades que encontró en Euskadi, eso es la fortaleza del voluntariado. “Me llamó mucho la atención. Había, y hay, una gran cantidad de iniciativas altruistas en marcha. Cuando se terminó el periodo de clases, me pregunté ‘¿qué voy a hacer este verano?’ Así me apunté para colaborar con una asociación contra el cáncer, con un proyecto de refuerzo escolar de niños inmigrantes, y así conocí a una asociación, Kosmópolis, donde doy clases de informática. Llegué a ellos a través de la página de Bolunta. En la asociación también me ayudaron a homologar mi título, conocí a más gente, fui tejiendo redes”.

En la actualidad, Lyudmila compagina su trabajo con distintas iniciativas sociales. “Hay cosas realmente interesantes y constructivas, desde las asociaciones de mujeres emprendedoras, como Emakume Ekin, que tienen un entusiasmo y una fuerza increíbles, hasta proyectos de integración social de alcance municipal, como Bizilagunak, en el que participé hace poco. Es una actividad que se hace en Getxo en la que familias de distintos orígenes quedan para comer juntas, en casa de unos o de otros. En nuestra mesa estábamos dos amigos míos, que son vascos, dos chicas filipinas y yo. Lo pasamos súper bien. Hablamos mucho sobre las similitudes y las diferencias, comparamos los idiomas, como el tagalo, el castellano y el euskera. Ese tipo de iniciativas son fantásticas porque permiten el acercamiento social en un ambiente distendido. Además, uno conoce a las personas, no a las nacionalidades, y se evita la generalización, que es muy peligrosa. Cuando generalizas, te quedas con la etiqueta y borras a las personas”.

2015 América Central Ellas

402 | Daniel

Ni fácil ni voluntaria. Así podría resumirse la historia migratoria de Daniel Kikadi, que comenzó en Angola, continuó en Portugal y acabó aquí, hace ahora seis años. “Fue una decisión de mi familia, no mía”, dice, y lo que explica a continuación es una mezcla de reflexión y arrepentimiento. “Yo era un joven desobediente y rebelde, no trabajaba y había dejado de estudiar. Prefería estar con mis amigos, que tampoco eran la mejor compañía del mundo, y menos a ojos de mis padres, que querían otra vida para mí. Ellos querían, como todos los padres, que volviera a estudiar, que trabajara. Pero no había manera”.

Daniel lo cuenta con semblante serio. Todavía habla con la voz baja que le ha quedado de la biblioteca, donde acaba de pasar la tarde. Ahora estudia. Hace electrónica y robótica. Aprende francés. Quiere dominar tantos idiomas como pueda. Ahora dedica los sábados para experimentar con sus robots, mientras que los días de semana compagina sus estudios con su actividad como profesor. Daniel da clases de kizomba, un tipo de baile muy popular en Angola que, en los últimos años, ha captado muchos adeptos en Europa. “El afrodance -señala- está de moda”.

Pero, ¿qué ha pasado para que se produjera un cambio así? Probablemente, que sus padres tenían razón cuando intuyeron que la mejor solución para un hijo que no se “portaba bien” era sacarlo de su zona de confort y colocarlo en un escenario distinto. “Me mandaron a Portugal, donde tenemos muchos familiares. Yo quería ir a Londres, claro, pero ellos me enviaron con mis tíos a Lisboa”, relata. Además de la presencia familiar, el país luso ofrecía la ventaja del idioma y de un nexo histórico y cultural con Angola, que fue colonia portuguesa hasta hace apenas cuarenta años. Así y todo, a Daniel no le gustaba.

“Tiempo después, vine a Bilbao a visitar a mi tía, la hermana de mi madre. Ella vivía aquí desde hacía muchos años. Mis primas, de hecho, ya son adultas y son vascas -menciona, para ofrecer un parámetro de tiempo-. La cuestión es que llegué y me encantó. Ese día, casi todos los balcones y ventanas tenían banderas del Athletic. Yo no sabía en ese momento lo que era, pero recuerdo que me impactó. Me marcó ver el rojo y el blanco adornando toda la ciudad. Después me explicaron lo que significaban esas banderas. Desde entonces, flipo con el Athletic. En Angola hay equipos de fútbol, pero nada que se pueda comprar. El Athletic es un sentimiento puro, y existe así gracias a su afición. Es increíble”, opina Daniel, con entusiasmo de forofo.

La ciudad le gustó. Su gente le gustó. Y decidió quedarse. “Lo primero que hice fue apuntarme a clases de castellano. Tenía que poder comunicarme. Como alcancé un buen nivel, o eso creía yo, me metí a hacer la ESO, para convalidar mis estudios. Fue durísimo -reconoce-. No me enteraba de nada, ni tenía tan buen nivel como creía. Recién en 2010 y 2011 me atreví a cursar un par de formaciones técnicas. Me matriculé en dos cursos, me fue bien y eso resultó muy importante para mí, porque de pronto me dije ‘¡Jo! Puedo hacerlo’. Ver que sí puedes es fundamental para creer en ti mismo y progresar”.

Un lugar para aprender

Además de estudiar, Daniel es profesor de baile. Esto es mucho más reciente; comenzó este año, junto con la creación de Koop SF 34, un vivero de microempresas sociales creadas por personas de origen subsahariano en el barrio de San Francisco que, como explican sus creadores, apuesta por el emprendimiento y el desarrollo social “y se hace entre todos, sin recibir subvenciones”, agrega Daniel. “Esto es importante decirlo para que no se piense mal de nosotros y para nuestra autoestima. Es un reto, una asociación de personas que quieren impulsar un proyecto común, transmitir el talento y ayudarse entre sí”.

“En el barrio de San Francisco hay muchas promesas, como Hardi Malot, el judoca que se prepara para los Juegos Olímpicos de 2016. Y también hay una gran necesidad de compartir conocimiento, de relacionarse, de aprender y de avanzar. Tener un lugar de encuentro como este, con estas características, hace que todo eso sea posible. Por ejemplo, yo tengo la oportunidad de enseñar lo que sé, una danza típica de mi país. Pero, al mismo tiempo, estoy en contacto con otras personas de otros países que muestran sus riquezas. Es una forma estupenda de practicar idiomas, ya que ahí unos hablan en inglés, otros en francés, otros en lingala… Yo he vuelto a cantar y hablar en portugués, he vuelto a bailar. Esa alegría, esa energía es necesaria para crear y emprender, para integrarnos y mostrar nuestra cultura”, concluye.

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