124 | Dolores

Dolores Mendoza se marchó de Ecuador hace diez años y llegó al País Vasco hace seis. Tras vivir en Cataluña y Portugal, recaló finalmente en Barakaldo, donde tenía a una amiga colombiana que le contó «maravillas» del lugar. En la actualidad, Dolores es propietaria de un locutorio, que regenta junto a una de sus hijas, y afirma sentirse «muy feliz» con la vida que ha elegido, pese a todas las renuncias. Una década después de subirse a aquel avión en Quito, siente que aquella experiencia «ha valido la pena».

«Nunca es fácil -opina-. Todos los inmigrantes sufrimos y lo pasamos mal en algún momento del camino. Da igual por qué has venido aquí, por qué te has ido de tu tierra o por qué te has quedado lejos más tiempo del que tenías previsto: a todos nos cuesta». Y razones no le faltan para pensar de esta manera porque Loli -como la llaman todos- dejó su país, su familia, su trabajo y su carrera. «Cada persona tiene un motivo para emigrar y, aunque muchas veces esa decisión está relacionada con la subsistencia y el dinero, no siempre es así», subraya. Ella se fue de Ecuador por el acoso que sufría de su ex pareja. «Desde el punto de vista material y profesional, lo tenía todo allí. Trabajé como administrativa en un hospital, mientras estudiaba.

Cuando me gradué como logopeda, abrí mi propio centro, donde había una guardería para niños discapacitados. Tuve la suerte de poder formarme y completar mis estudios. Me iba bien, trabajaba en lo que me gustaba», explica Loli, aunque matiza que su vida personal no era tan buena: «Me sentía presionada y no quería continuar así. No podía… Esa fue mi razón para marcharme. Estaba cansada y necesitaba un respiro, poner distancia, estar en paz».

Le costó dejar atrás su vida, pero confiaba en que su proyecto migratorio sería más breve. «La idea era estar lejos durante tres o cuatro años, trabajar en lo que pudiera y regresar cuando la situación se calmara -argumenta-, pero la vida cambia: una cosa es el plan inicial y otra, la realidad. De hecho, si es por planificar, yo tendría que estar en Italia, no aquí».

Aventura portuguesa

Una ex compañera de la universidad estaba viviendo en Italia y le había ofrecido irse allí, a trabajar como asistenta. Aunque no era un plan ideal, sí fue el proyecto que la puso en movimiento. «Vine primero aquí, a Barcelona, donde tenía a otra amiga, encontré trabajo en el sector de la hostelería y me quedé allí. Tenía más confianza con ella y la facilidad de compartir el idioma, así que nunca fui a Italia», rememora Loli.

En Cataluña descubrió que le gustaba ser camarera, «lo disfrutaba realmente», reflexiona, pero antes de eso tuvo que sobreponerse al cambio. Y asimilarlo. «Entre lo que hacía en Ecuador y lo que venía a hacer aquí, había una diferencia notable. No es fácil asumir que vas a dedicarte a otra cosa cuando eres una profesional cualificada. Fue un poco fuerte y pensé en dejarlo todo y volver, pero mi orgullo me lo impidió», confiesa.

Su fuerza de voluntad y su capacidad de «arriesgarlo todo» la llevaron hasta Portugal, donde se atrevió a regentar un bar. «Me fue bien con el negocio, pero tenía la barrera del idioma y, al ser extranjera, me ponían pegas por todo. Aguanté así un año y pico, pero me sentía sola y decidí ponerle remedio. Vendí el bar y me fui». Sin miedo a empezar nuevamente desde cero, Loli recaló en Barakaldo, donde tenía una amiga que la animó en su decisión. «Si me hubieran contado este desenlace, no me lo habría creído -admite-. Es muy distinto de lo que imaginé, pero me siento feliz. Tengo pareja y mis hijas viven conmigo».

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2009 América del Sur Ellas

123 | Petru

San Cristóbal, la primitiva iglesia de Derio, tiene más de 700 años. Fue edificada por los labradores de Vizcaya y, actualmente, forma parte del patrimonio histórico del municipio. Pero no es un monumento inerte. Al contrario: su interior está lleno de actividad y de vida. Desde hace unos pocos años, el templo es un lugar de oración y de encuentro para cientos de feligreses ortodoxos -rumanos, rusos, griegos y moldavos- que se congregan allí cada semana para celebrar el culto religioso y practicar su fe.

La entrevista con Petru David, el sacerdote de la comunidad, tiene lugar en la iglesia tras la celebración de una misa ordinaria a la que han asistido decenas de fieles. “Hoy es sábado y hay poca gente. Los domingos suelen venir más personas”, indica el joven religioso. Según sus estimaciones, cada domingo se reúnen allí unos 150 creyentes, y la cifra se dispara a 1.500 en las fechas especiales, como San Nicolás (que fue el 6 de diciembre) o Nochebuena, la celebración que se aproxima.

Pero a él los números le dicen poco. Lo más importante, en cambio, es “ver a la gente que vive su fe”. En ese sentido, Petru sopesa que ,“ además de las bodas y los bautizos, es bonito ver a quienes vienen todas las semanas a encontrarse con Cristo resucitado”. El compromiso y la constancia de los fieles ha sido , de hecho, la pieza fundamental para consolidar a la Iglesia Ortodoxa en Vizcaya.

“Yo vine a España como sacerdote, enviado por el patriarca Joseph Pope y a pedido de la comunidad rumana, hace casi cinco años. Al principio, me radiqué en Santander y durante un buen tiempo, oficié la misa allí y en el País Vasco. Iba y venía en autobús, un domingo en cada sitio, y aquello era bastante complicado porque no podía dedicarme totalmente a ninguna de las dos congregaciones. Además, en ese tiempo, mi señora estaba embarazada y la frecuencia de los viajes requería mucho sacrificio”, añade.

Una de las muchas diferencias que hay con la Iglesia Católica Romana (de la que se separó hace casi mil años) es que los sacerdotes ortodoxos pueden estar casados y formar una familia. “Es bastante razonable que así sea porque, ¿cómo puede uno aconsejar a una pareja o hablar sobre la vida en familia si no sabe lo que es levantarse a las cuatro de la mañana para ir a la farmacia a buscar un medicamento para los niños?”, pregunta Petru mirando a su hijo mayor, que juega junto al altar.

Mantener la tradición

“Es importante que vengan los niños al templo. De ese modo se transmite la religión y la cultura”, explica el sacerdote. “Y no importa que jueguen durante la misa… hemos instalado un buen sistema de megafonía”, agrega sonriendo. También han colocado varias reproducciones de pinturas bizantinas, entre las que puede verse la imagen de San Nicolás, aunque, eso sí, “todas están sujetas a estructuras desmontables, ya que no podemos hacer obras dentro de la iglesia”, puntualiza.

A propósito de San Nicolás y los niños, Petru explica que en países como Rumanía (de donde son oriundos la mayor parte de sus feligreses), la celebración de la Navidad comienza el 6 de diciembre, cuando los pequeños reciben los regalos. “A partir de ese momento, el ambiente se vuelve especial. Los villancicos tienen un papel protagonista y las personas se reúnen en las casas para cantar. Diciembre es un mes muy importante y lo vivimos con gran regocijo y alegría. La misa de Nochebuena es diferente; es más larga, se canta más y se celebra por la noche, a partir de las 23 horas. Aquí en Derio lo haremos antes, a las seis de la tarde, porque la iglesia está alejada y muchos dependen del autobús”. Han adaptado el culto a la realidad de los feligreses. “Intentamos mantener las costumbres, aunque a veces es difícil”, acota la esposa de Petru, que lo acompaña durante la charla. “Claro que echo de menos Rumanía en estas fechas. Nunca imaginé que fuera a emigrar. Pero estar casada con un sacerdote es también una misión”.

2009 Ellos Europa

122 | Ivón

Se marchó de Uruguay un 31 de diciembre. Cuando el reloj marcó las doce, su avión volaba sobre Brasil; concretamente, “sobre el Corcovado”, recuerda Ivón Guarino, que no durmió en todo el viaje. Tenía 18 años, venía con su madre y su hermano, y se preguntaba “por qué todas las cosas tenían que cambiar tanto”. Era 2003 y ese año nuevo le trajo un país y una vida de estreno.

No quería irse del país. En Uruguay, donde vivía, Ivón se sentía feliz, “como cualquier persona joven que tiene cerca a sus amigos y se dedica a lo que le gusta”. Trabajaba como peluquera. Vivía con su hermano y sus padres y, cada mes, cuando cobraba, ayudaba en casa con su sueldo porque el dinero, reconoce, “no alcanzaba”. Ese fue el motivo que impulsó a su padre a emigrar. Y, tras él, un mes después, vino la madre con los hijos. “Pero yo no estaba de acuerdo -insiste Ivón-. No quería y no entendía por qué mi vida tenía que cambiar tanto de un día para otro por una cuestión de dinero”.

El viaje fue de todo, menos grato. “Estuve despierta durante todo el trayecto. Fueron doce horas llorando. No dormí”, relata antes de explicar que el cambio de año la pilló sobrevolando Brasil. “Justo pasábamos por el Corcovado, en Río”, detalla Ivón, que se fue de Montevideo un 31 de diciembre (pleno verano en el hemisferio sur) y llegó aquí el 1 de enero, bien temprano en la mañana. “Nunca olvidaré ese día. Estaba gris, era invierno, y cuando bajé del avión sentí un frío terrible en el pecho. Todavía tengo ese frío acá -dice llevándose la mano al corazón-. Estaba triste y todo me parecía raro; hasta las caras de la gente… Ahí en el aeropuerto me di cuenta de que estaba en otro lugar y entendí de golpe que mi vida había cambiado”.

Su padre los esperaba en Bilbao, donde ya estaba trabajando y había alquilado un piso. “Eligió Euskadi porque una parte de la familia tiene ascendencia vasca. La otra rama es de origen italiano, por eso nunca tuvimos problemas con los ‘papeles’. La verdad es que en ese momento yo no tenía ni idea de todo el rollo administrativo y burocrático. No valoraba, como ahora, lo duro que es salir adelante cuando eres extranjero y, encima, no estás documentado”, reflexiona.

El primer trabajo de Ivón fue vendiendo enciclopedias puerta a puerta. “Había aprendido de memoria lo que tenía que decir, pero me equivocaba, y lo pasaba muy mal. La gente a veces se reía, claro. Cuando se cerraba la puerta de alguna casa, me sentaba en la escalera y me ponía a llorar. No me gustaba ese trabajo, no sabía hacerlo. Me sentía frustrada, fuera de lugar, y entonces decidí volver sola a mi país”. Apenas habían pasado tres meses.

De ningún lugar y de todos

La aventura del regreso le duró unos pocos meses; los necesarios para comprender que “estuviera donde estuviera, siempre iba a echar de menos un sitio”. Su familia estaba aquí y, también, las oportunidades. Por eso volvió a Bilbao. “Mi madre había visto en el periódico un anuncio de trabajo. Ofrecían un puesto en una peluquería y me convenció para presentarme. Hice una prueba, me eligieron, y allí sigo hasta hoy”.

Han pasado más de seis años desde que empezó a trabajar en el salón de belleza y, desde el punto de vista profesional, se siente “realizada”. Para ella, sus compañeras de trabajo son su “segunda familia”; especialmente, Rosa, su mejor amiga. “Ella es de aquí y, hace tres años, fue conmigo a Uruguay. La llevé a mi casa, a mi barrio, para que viera cómo es la gente, cómo son las costumbres, cómo se vive allí. No quise venderle un país ni hacer turismo típico, sino compartir lo más genuino del lugar donde nací”, dice Ivón que, en estos días, ha echado de menos su tierra.

Y es que noviembre fue un mes movido en su país. Hubo emociones muy fuertes. “Clasificamos para el mundial y tuvimos elecciones generales -resume-. El partido lo seguí por Internet y fue una alegría enorme. También me alegró el resultado de las elecciones, porque el país está empezando a mejorar. Lo triste es que los uruguayos que vivimos fuera tengamos que mirarlo de lejos y no podamos participar, porque nos siguen negando el derecho al voto consular. Que te marginen así, duele”.

2009 América del Sur Ellas

121 | Claudio

Claudio Anghel es un joven artista rumano que estudió Diseño en Bucarest, ciudad que se conoce como el ‘París del Este’ por su enorme riqueza cultural. De allí se marchó con una beca Erasmus cuando aún estaba en la universidad y su destino académico fue Vigo, donde vivió tres meses. Ese viaje supuso un cambio profundo para él, pues fue a este lado del mundo donde decidió dar un giro a su vida. «La situación económica de Rumanía era bastante mala; era difícil encontrar trabajo», sintetiza Claudio sabiendo que esta parte de su historia se parece a la de otros inmigrantes. «Me quedé y, como todos, empecé buscando un empleo relacionado con mi profesión. Al principio fue duro y me costó encontrar mi sitio, pero, finalmente, conseguí trabajo como delineante en una empresa de construcción. Me fue bien hasta hace pocos meses. Me quedé en paro. Todo el mundo sabe lo que ha ocurrido con el sector».

La crisis ha trastocado los planes de millones de ciudadanos, y los extranjeros no son una excepción. Sin embargo, Claudio intenta buscar el lado positivo y aprovechar la situación para lanzarse por su cuenta. «Quiero dedicarme por completo al diseño y al arte, y usar ese lenguaje para contar cosas de Rumanía. Me gustaría cambiar la imagen que la gente tiene sobre mi país». Para él, es necesario. «Estoy seguro de que hay estereotipos, los he sentido en mi piel», apunta. «Los cincuenta años de dictadura comunista han hecho estragos en Rumanía, pero la situación ha mejorado mucho en los últimos tiempos. Si me preguntas cuál es mi sueño, te diría lo siguiente: me encantaría que el país recuperara el esplendor que tuvo en la época interbélica, cuando su agricultura daba de comer a media Europa».

Claudio sabe que es un deseo ambicioso y, por ello, se concentra en el día a día. «Me importa lo que pueda hacer yo para mejorar las cosas», dice. «La exposición de fotografía tiene esa idea como punto de partida. He elegido unas treinta imágenes que hice en mi último viaje a Rumanía y que cuentan otras cosas de la vida cotidiana, de los paisajes y la gente. Tenemos una tradición muy rica y unas costumbres que vale la pena conocer», explica antes de «invitar a todo el mundo» a recorrer la muestra.

Parte de la fiesta

La exposición de Claudio se inaugurará este sábado en la Casa Torre de Ariz, en Basauri, y estará abierta hasta el 30 de diciembre, coincidiendo con las jornadas interculturales del municipio. Durante esos días, habrá conferencias, una verbena en la Plaza Solabarria, una obra de teatro (‘Arizona’, de Juan Carlos Rubio) y una maratón de cine compuesta por tres filmes que se proyectarán el día 18, entre las ocho de la tarde y las dos de la mañana. La verbena marcará el inicio de esta apuesta por la diversidad cultural y contará con la participación de artistas de Ecuador y Rumanía.

«Ésta es una gran oportunidad para conocernos e interactuar con los demás», opina Claudio, que está «encantado» con el País Vasco y su gente. «Me enamoré de Euskadi -confiesa-. Me ha entrado tanto en el corazón que, sinceramente, me costaría mucho marcharme de aquí de repente. No podría». Algo similar le sucede a su mujer, a quien ha conocido aquí, aunque también es rumana. «Allí vivíamos muy cerca el uno del otro, pero nunca nos cruzamos. Fue aquí donde nos vimos por primera vez. Cosas de la vida… Nuestro hijo, David, es vasco, y no creo que nos vayamos», concluye.

2009 Ellas Europa

120 | Luis Felipe

Lo primero que vio de Bilbao fue un boceto de arquitectura. Era 1998 y, por aquel entonces, Luis Felipe vivía en Colombia y estudiaba en la universidad. «Tenía un libro sobre diseño de estructuras donde había varios ejemplos de obras y muchas de ellas eran vascas», explica mientras busca en su mochila. «Yo veía esas cosas y flipaba con los diseños, los autores y las ideas que tenían… Mi fascinación por Bilbao empezó ahí».

Por supuesto, ese gusto era «utópico». Sí se imaginaba visitando la ciudad, y hasta viviendo en ella, «pero no tenía ninguna base real para suponer que lo conseguiría. Aquí no conocía a nadie», subraya. Sin embargo, su madre emigró de Colombia sólo dos años después y, «por esas cosas de la vida», acabó recalando en Euskadi. «Una prima de ella, que había emigrado antes, estaba viviendo aquí. Cuando mi madre decidió venir, eligió el País Vasco por eso», sintetiza Luis.

Aquello era una coincidencia pero, aunque podrían haber viajado juntos, él se quedó. «Recién había terminado la carrera y estaba haciendo las prácticas en el Ayuntamiento de mi ciudad. Tenía una remota posibilidad de continuar allí y quise aprovecharla», señala. Seis meses después, la posibilidad se desvaneció y, con el dinero que había ahorrado, compró el billete de avión. «Llegué aquí con seis dólares, que me cambiaron por mil pesetas… No tenía ni un duro, pero estaba contentísimo».

La alegría le duró muy poco. «No encontraba trabajo -recuerda- y todos los días dudaba. No sabía si quedarme o regresar». Poco después, Luis Felipe conoció a un ingeniero que, después de entrevistarlo, le ofreció trabajo como delineante. El problema era que no tenía ‘papeles’. «Averiguamos qué pasos había que dar y presentamos todo lo que pedían, pero la Administración es lenta y, durante más de un año, estuve a la espera», relata. Ese fue el periodo más duro.

«Me busqué la vida como pude. Trabajé haciendo mudanzas, en la construcción, y fui repartidor de butano. Esa ha sido mi experiencia más ingrata: cobraba 27 céntimos por bombona, dependía por completo de las propinas y llegaba a casa con la espalda destrozada». Y remata: «Me ha tocado vivir todas las facetas de la inmigración».

«Convivo con los prejuicios»

Legalizó su situación en 2004 y aquel ingeniero al que había conocido tiempo atrás le contrató. «Empecé como delineante y hoy soy director técnico de uno de los grupos de topografía», dice. Claro que, entre una cosa y la otra, Luis Felipe tuvo que homologar su título. «Ese fue otro gran reto burocrático, académico y personal. Creo que uno de los momentos más felices que viví aquí fue el día en que pude colegiarme».

No obstante, tener ‘papeles’ o un trabajo cualificado «no te salva de la discriminación», y Luis Felipe hace hincapié en este asunto. «Soy sudamericano, colombiano y negro, así que convivo con todos los prejuicios que te puedas imaginar. Todavía hay gente a la que le cuesta asimilar que una persona de una raza distinta pueda desempeñar una labor profesional. Lo entendí perfectamente un día en Portugalete. Estaba haciendo unas mediciones frente a una carnicería y el dueño me vio allí y se inquietó. Habría bastado con que me preguntara qué estaba haciendo yo ahí, pero no. Llamó a la Policía. Eso es triste. Cuando pasa algo así, siempre pienso que vivo donde quería y hago lo que me gusta. Eso es lo fundamental».

2009 América del Sur Ellos

119 | Elhossine

Llegó a España en 2007, en los bajos de un camión. Tenía 17 años. Y miedo. Dice que prefiere olvidar la experiencia. Tras vivir en Almería, Toledo y Madrid, Elhossine Bourhym viajó a Bilbao, donde empezó a estudiar pintura en el taller AmiArte. Tiene talento: le han nombrado responsable de una instalación artística que se presentó la semana pasada. En la calle, donde duerme, sueña con una vida normal.

Elhossine bebe el café con leche despacio. Explica que nació en Zagora y que tiene siete hermanos. En Marruecos, donde vivió hasta hace dos años, trabajaba en un locutorio. Al principio le pagaban poco, pero después «ni siquiera eso». La situación de precariedad y la escasez de perspectivas lo empujaron a emigrar. Tenía 17 años, no hablaba castellano y cruzó solo la frontera, «escondido en un camión». Al preguntarle por ese viaje, el silencio se instala en la mesa. Elhossine sigue el trazo del boli, observa serio el cuaderno de notas y, consciente de que allí van a parar sus palabras, contesta que fue «duro» y que prefiere olvidar.

Cambia de tema, sin más, diciendo que le gusta Bilbao. «Yo viví en Almería, en Toledo y en Madrid. Llegué a Euskadi hace pocos meses y me falta tiempo para conocer más y poder comparar, pero aquí hay muy buena gente. El trato es distinto y hay personas muy solidarias», dice el joven marroquí, que ahora mira hacia la ventana. Nadie creería, al oírle, que vivió bajo el puente de Sabino Arana, que sólo pasó tres noches en el albergue en Elejabarri y que ahora duerme en en las calles del barrio de San Francisco.

«La gente cree que si eres inmigrante te dan todo, que tienes alojamiento y dinero hasta para beber o fumar. No es verdad. No te mantienen ni te dan dónde dormir. Si tienes problemas de drogas o estás enfermo de alcohol, a veces te dan albergue, pero yo no consumo nada… Sé que ellos están peor, y me parece bien que los ayuden, pero todos necesitamos un lugar donde cobijarnos. En la calle se pasa miedo, te expones a todo. No sabes qué va a ocurrir cuando duermes entre cartones, y te sientes una mierda si no puedes asearte. Hay muchos hombres en mi situación. Parece que sobramos en el mundo», suelta de pronto. Y agrega: «La falta de esperanza te convierte en una sombra. Te va comiendo. Dejas de ser persona».

Pero Elhossine no ha perdido la fe, ni en sí mismo ni en las demás personas, y en eso ha tenido que ver su ingreso en el taller AmiArte, un proyecto que dirige Begoña Intxaustegi y que promueve la inserción social a través de la actividad artística; especialmente, la pintura. «Estoy contento -dice-. Un amigo me llevó al taller y mi vida está cambiando».

Cena caliente

Aunque la propuesta de este centro comenzó como un pequeño proyecto y fue una iniciativa en solitario, con el paso de los meses ha ido adquiriendo entidad y ampliando sus actividades. En la actualidad, recibe a decenas de personas en situación de exclusión social -muchas de ellas, son inmigrantes, pero también atiende a ex convictos, personas con problemas psiquiátricos y mujeres víctimas de la violencia sexista-. En esta línea, lo que empezó como un taller de pintura ha ido acoplando clases de castellano, de relajación y prácticamente funciona como un centro de día.

«Siempre me gustó pintar, pero nunca tuve la oportunidad. Para mí fue un regalo de la vida encontrar este taller porque puedo expresarme sin palabras, sacar lo que tengo dentro, sentirme alguien», dice Elhossine y, a continuación, retrata la faceta más realista. «En el taller también podemos cenar caliente algo que preparamos entre todos. Es otra cosa. Allí estamos unos cuantos que no tenemos techo. A la noche nos unimos y es más llevadero buscar dónde dormir en grupo».

También en grupo han realizado una muestra de pintura que se exhibe en Arrupe Etxea y que, además de los cuadros, incluye un montaje con una enorme patera. «Quiero estudiar, trabajar en cualquier cosa, en la limpieza, en la construcción, de jardinero o ser mecánico, da igual. Quiero salir de la calle y hacer una vida normal, cosas sencillas, como casarme y tener hijos, pero eso es imposible si no trabajas para mantenerlo».

2009 África Ellos