359 | Arisleydis

Todo proceso migratorio tiene sus luces y sombras. En general, se hace hincapié en las segundas, porque cambiar de país no es sencillo y adaptarse a lo nuevo, tampoco. No es sencillo para quien da el paso, para quienes le ven marchar, ni para quienes le reciben. Emigrar es una decisión de gran calado que repercute en el ámbito cultural, pero también en el social, el laboral o el afectivo. Las relaciones cambian, las prioridades cambian, los problemas son otros. Pasa un tiempo más o menos prolongado hasta que las piezas se acomodan y el mecanismo encuentra un nuevo modo de funcionar.

Este proceso es, a veces, tan lento, tan trabado y tan duro, que invariablemente unos y otros hacen foco allí: en lo que falta, lo que sobra, lo que duele. Sin embargo, existen luces, rostros amables, zonas más fáciles de transitar. En la inmigración no todo es sufrimiento o tristeza. También hay margen para el encuentro, el crecimiento y la alegría. Incluso, para la prosperidad. Arisleydis Melo -Aris, para los amigos- es un buen ejemplo de ello. Catorce años después de partir de su Cuba natal, no solo siente que la decisión ha merecido la pena; siente que ha sido el primer paso hacia la felicidad.

“Yo vine al País Vasco convencida. Tenía amigos aquí y, además, era forofa del Athletic”, explica con naturalidad. “Sí, sí. Ya antes de marcharme formaba parte de una peña. Siempre me gustó. Me parecía un club genuino, con valores y muy emblemático de esta tierra. En Cuba somos más de béisbol que de fútbol, pero allí el béisbol lo practican los cubanos. En ese aspecto, encuentro mucha similitud con el Athletic, un equipo en el que juegan los vascos. Creo que eso es un valor. Los demás equipos parecen más un zoológico: unos de aquí, otros de allá, tres de no sé dónde… Cuando alientas a los leones, sabes que son de aquí. Es normal que pongan tanto sentimiento y que tengan la mejor afición del mundo”, subraya.

Aris es una mujer de convicciones. Su defensa encendida de la pertenencia en el ámbito del fútbol es una de ellas. Sin embargo, esto no impide que también ponga en valor la interculturalidad, la fusión o los aspectos más positivos de la mezcla. “Un año después de llegar a Euskadi conocí a mi chico -relata-. Él es de aquí. Hoy es mi marido y el padre de mis dos hijos. Soy muy feliz con él y siempre digo que haberlo conocido y haber formado una familia juntos es lo mejor que me ha pasado en la vida”, enfatiza ella, con la autoridad que tiene al ser “la mamá de dos niños preciosos de cinco y ocho años”.

Como madre, de hecho, ha vivido la misma realidad que muchas mujeres trabajadoras: encontrarse un día sin empleo y tener en casa dos niños a los que sacar adelante. “Yo empecé a trabajar en cuanto llegué a Bilbao. Por un lado, no había crisis. Por otro, tenía 28 años. Jamás tuve un problema, hasta que un día me quedé sin trabajo, y con 42 años. Eso es tremendo, porque envías tu currículum, vas a las entrevistas, y una de las primeras cosas que te preguntan es si tienes hijos. Dices que sí y, al final, solo recibes un ‘ya te llamaremos’. Es triste pero, en el ámbito laboral, una mujer de mi edad y con hijos no tiene nada que hacer”. Nada… excepto emprender.

Tomar la iniciativa

“Mi marido y yo nos decidimos a lanzarnos por nuestra cuenta. En septiembre, hace poquito, abrimos una frutería. Elegimos el barrio de Miribilla porque allí viven muchas familias y porque queremos volver al modelo del pequeño negocio de barrio, familiar; huir de las grandes superficies. Me parece que en un momento como este, de crisis, es importantísimo activar el comercio de cercanía y el empleo local. El carpintero y electricista que nos hicieron las instalaciones en la tienda son del barrio”, señala.

“Además, en nuestro caso, la tienda nos permite combinar tradiciones, saberes y sabores. Yo nací y me crié en un pueblo de Cuba donde mi familia tenía fincas, así que crecí entre sandías y melones. Soy una enamorada de las frutas, sobre todo de las de mi tierra, que son maravillosas. Aquí, en nuestra tienda, tenemos una importante selección de frutas tropicales, las que más conozco. Eso me permite darlas a conocer, explicar cómo se preparan o enseñar algunas cosas que aquí no se conocen, como cómo abrir un coco. Usamos mucho las redes sociales para hacer vídeos, o sortear cestas frutales”, explica con mucho entusiasmo.

“Pero también tenemos género de aquí. Mi esposo y yo vamos cada mañana a Mercabilbao a elegir nosotros mismos la mercadería. Y, aparte, hemos contactado con algunos aldeanos de la zona para incorporar sus hortalizas a nuestra oferta. Estoy encantada con el proyecto. Trabajamos mucho y acabamos cansados, pero lo disfrutamos un montón. Cada uno ofrece lo mejor que tiene. Eso es lo bonito”.

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358 | Jhony

Hay sucesos que dejan marcas en la vida. Emigrar, con todo lo que ello implica, es un buen ejemplo de ‘experiencia con cicatriz’. La inestabilidad política, la volatilidad social y las crisis ciudadanas son también experiencias así, con secuela, en especial en un país como Honduras, donde el golpe de Estado más reciente tuvo lugar hace apenas cinco años. Dejar atrás la querencia, con la probabilidad incierta de volver, o perder para siempre un hermano, con la certeza de que no hay reencuentro ni abrazo posible, son marcas inocultables, aunque no necesariamente barreras.

Jhony Capella lo cuenta bien, en la entrevista y en sus canciones, cuyas letras son de su autoría y recogen vivencias personales. “Hay temas que me interesan mucho, como la inmigración, la mujer o la desigualdad social. Tengo unas cuantas canciones que se refieren a ello. Pero, básicamente, mis letras hablan de mis experiencias. Cuento aspectos de mi vida o comparto mi manera de mirar ciertas cuestiones. Es verdad que siempre hago foco en la parte positiva, porque soy optimista y defiendo la alegría, pero eso no significa que no sea consciente de los problemas”, explica.

“La violencia machista, por ejemplo, no la entiendo. Cuando veo las noticias y hay algún caso, me siento fatal. No es solo que esté totalmente en contra… es que no soy capaz de comprender cómo alguien puede hacerle daño a una mujer, ¡si son una bendición de Dios!”, exclama Jhony, que se enfrenta a un doble estereotipo: el que pesa sobre el inmigrante latinoamericano varón y el que recae sobre los jóvenes que gustan del hip hop, el reggaeton y los ritmos urbanos.

“Mira, cuando vivía en Honduras, asesinaron a mi hermano mayor -dice, con semblante más serio-. Fue una desgracia para nosotros, la consecuencia de la violencia callejera y de las malas decisiones. Yo, en ese momento, estudiaba. También jugaba al fútbol. Pero cuando pasó aquello, todo cambió. La familia se quebró. La impotencia y el dolor eran enormes. Aunque eso no cambia con el tiempo, sí puedes usarlo bien. Yo nunca olvido lo que pasó, y me da fuerza para seguir adelante, para ayudar a mi madre y a mi familia, para no dejar de trabajar en lo que me gusta y, sobre todo, para lanzarle un mensaje a otros jóvenes. No hay necesidad de proclamar violencia. Eso no conduce a nada bueno. Da igual que solo sea de palabra o en canciones, lo que a uno le sale por la boca, muchas veces se transforma en realidad”.

Por eso, sus propuestas musicales son optimistas, están llenas de energía e, incluso, tienen un toque de humor. Uno de sus últimos videoclips -que grabó aquí en Euskadi y lanzó el jueves pasado en Youtube- lo muestra con claridad. Lo que, en un principio, parece ser la típica canción de cortejo, acaba siendo una parodia al estereotipo dominante… una suerte de homenaje divertido a la cotidianidad de una relación. “Hay que aprender a reírse de uno mismo, a disfrutar de las cosas buenas y a quedarse con lo mejor de cada experiencia”, opina.

El frío del principio

“Cuando llegué, hace siete años, viví las mismas cosas que cualquier inmigrante. Me fui de mi país por la situación, no porque quisiera. Dejé a mi familia, empecé desde cero una nueva vida, trabajé en lo que pude, intenté ayudar a quienes se quedaron… Todo es difícil al principio. La adaptación no es sencilla; te encuentras solo, descubres el frío… Tengo una canción en el nuevo disco que se titula ‘Mi sueño’, en la que hablo de eso. Los primeros tiempos no son fáciles, pero no puedes dejar que la dificultad te arrebate lo que quieres hacer en la vida, la ilusión de salir adelante”.

El sueño de él, está claro, tiene que ver con la música. “Antes de venir a Bilbao viví en otras partes de España. Estuve en La Rioja, en Valencia, en Zaragoza… Me trasladé aquí cuando conocí a mi chica y a su familia. Fue una decisión personal y también profesional, porque en Aragón veía que no tenía la oportunidad de salir adelante con mi música. En Euskadi es diferente. Y hay gente de todas partes, lo cual es muy interesante y muy rico”.

Su observación atañe a lo social y a lo musical porque, además de su trabajo en solitario, Jhony forma parte de un grupo llamado Sildolfaya Music, junto a JuanpaStyle y Bettosnay (de República Dominicana y Angola, respectivamente). “Aquí, en Euskadi, he podido grabar mi primer disco. Es decir que este lugar me ha permitido avanzar. Antes estuve en otros sitios, pero me he quedado aquí. Me gusta mucho la ciudad. Es pequeña, acogedora y hay de todo. En especial, hay buena gente, que eso es lo más importante. Por supuesto que extraño La Ceiba, y a mi madre y mi familia, pero lo cierto es que aquí también me siento en casa”.

2014 América Central Ellos

357 | Ana María

Las pasiones se notan en la voz. Cuando alguien habla sobre sus aficiones, cuando describe lo que más le gusta, los adjetivos vibran de un modo especial y las palabras se llenan de significado; se mueven a la velocidad del entusiasmo. En el caso de Ana María, esto sucede cuando habla del monte, del senderismo, de la escalada o los vivacs. “Me encanta -dice-. Para mí, la montaña lo es todo. Solo necesito mi mochila y mis botas. Disfruto plenamente de los paisajes, la naturaleza, el silencio y la sensación de paz y libertad”.

La afición de Ana María no es nueva. Cuando era pequeña, practicaba con frecuencia deportes de invierno, como patinaje sobre hielo o esquí. “El entorno de mi pueblo invitaba a eso”, dice ella, que nació y vivió su infancia en la región de Maramures, al norte de Rumanía. “Es un lugar muy bonito, con mucha naturaleza. Limita con Ucrania. Allí tenemos una parte de los Montes Cárpatos, que no son tan altos ni tan descomunales como los Pirineos, pero son boscosos, húmedos y muy bellos. En invierno, solía ir a esquiar. Y en verano siempre iba de acampada con mi familia y mis amigos”, relata.

Disfrutaba mucho del lugar, la orografía y los pueblos -pequeños y pintorescos, donde pervive el folclore-, pero su vida y su entorno cambiaron hace algo más de diez años, cuando estaba a punto de cumplir los dieciséis. “Mis padres decidieron emigrar. Mi padre era ingeniero arquitecto de minas y se quedó sin trabajo. En ese momento, le surgió una oportunidad laboral en Tudela y se lanzó, como tantas otras personas, para mejorar nuestras condiciones de vida. Por supuesto, yo no quería venir. No quería saber nada con el cambio. En ese momento, con esa edad, lo único que quería era quedarme en mi tierra, con mis amigos y mis aficiones”, explica.

“Pero era menor de edad -añade, tras una breve pausa-. No tuve más opción que venir. Sin embargo, llegué a un acuerdo con mis padres. Ellos me prometieron que, cuando cumpliera los dieciocho años, podría hacer lo que quisiera”. Con ese punto de partida, la experiencia migratoria de Ana María no prometía emoción ni, mucho menos, alegría. “Fue muy duro para mí. El cambio fue brusco y me costó un montón. Además, me pilló en plena adolescencia, con las hormonas revueltas y con toda la rebeldía”.

“Recuerdo que estaba muy enojada con mis padres. Para peor, nos habíamos ido a vivir a un pueblo relativamente pequeño, donde el miedo a lo desconocido siempre tiende a ser mayor. Al principio me tocó vivir la parte amarga del rechazo. Hay una parte que se entiende. Cuando la inmigración crece mucho en poco tiempo, es normal que haya cierto recelo. Y los colectivos extranjeros se encierran en sí mismos, se aíslan, pues peor. Desde la perspectiva de los autóctonos, surge cierta desconfianza que se apoya, sobre todo, en el desconocimiento”, analiza.

Un inicio difícil

“En mi caso, eso se tradujo en recibir insultos o frases muy duras, del estilo ‘inmigrante de m…, vete a tu país’. Y hay que aprender a encajar eso, a que te duela lo mínimo posible. Es muy difícil a cualquier edad, pero en la adolescencia es muy complicado. Luego te conocen y entonces sí, te desmarcan del estereotipo y te incluyen como uno más. Pero hasta que eso sucede, hasta que encuentras tu ligar y te integras, lo pasas muy mal. Por desgracia, en el imaginario, ser rumano está asociado a ser delincuente o prostituta”.

Cuando cumplió los dieciocho años, Ana María decidió quedarse. “Me había enamorado de un chico -confiesa-. Aquello no duró mucho, pero sí lo suficiente como para enamorarme del lugar”. El sentimiento se consolidó dos años después, cuando se trasladó a Bilbao para estudiar en la universidad. “Vine a estudiar periodismo porque me gusta escribir, aunque no me dedico a ello. Trabajo en el sector de la hostelería, en un restaurante, y la verdad es que estoy muy feliz. No me siento mal ni me frustra no haber ejercido mi profesión porque mi verdadera pasión está en la montaña. Todo lo que hago es para eso”, asegura.

“Cada uno se gasta lo que tiene en aquellas cosas que le parecen importantes. Mi chico y yo lo invertimos en un mejor equipo de montaña porque, para nosotros, la felicidad es eso: salir a la naturaleza juntos, con nuestro perro Vânt”, dice Ana María. “Nuestro récord fue estar una semana entera por las crestas, en un viaje que hicimos a Rumanía. Nos mimetizamos con el ambiente; después de tantos días, te pareces más a una cabra que a una persona”, compara entre risas. “La verdad es que me siento muy bien y muy contenta de vivir aquí”.

2014 Ellas Europa

356 | Elina

Finlandia es un país con características singulares. Un ejemplo es el clima. El invierno allí es muy extenso y muy frío, especialmente en las regiones del norte, donde es la estación más duradera del año. La mayor parte de la población, por tanto, reside en las ciudades y pueblos del sur; en enclaves como Helsinki, la capital, y otras ciudades cercanas. Entre ellas, Tampere, un lugar donde el invierno es menos duro que en otros rincones fineses, aunque en esta época, entre diciembre y febrero, las temperaturas máximas siempre estén bajo cero.

De allí, de Tampere, es Elina Poikonen, que llegó a Bilbao hace poco, en septiembre. “Son ciudades muy similares -compara-. Tampere fue, en el pasado, una ciudad industrial. Ahora, en cambio, es una ciudad de estudiantes porque hay dos universidades. El ambiente es muy tranquilo, como aquí, y la gente es amable. La principal diferencia es que allí viven menos personas. La población apenas supera los 200.000 habitantes”, describe. La proporción de estudiantes, extranjeros y fineses, es alta: alcanza a una de cada cinco personas.

“Otras diferencias que me sorprendieron nada más llegar tienen que ver con el aspecto social. La gente, en Euskadi, sale mucho más a la calle. En los restaurantes ves personas de todas las edades, mayores y niños. De hecho, una de mis cosas favoritas de Bilbao es la cantidad de cafeterías que hay por toda la ciudad; las hay pequeñas, acogedoras. Me encantan”, subraya.

“En realidad, me gusta mucho Bilbao; es muy bonito. Hay montañas y bosques, pero también hay playas. La arquitectura es muy interesante, el metro es moderno y los parques, como el de Doña Casilda, son preciosos. Disfruto recorriéndolos. La cultura vasca es súper interesante, muy auténtica, y la comida es otro punto fuerte -prosigue-. Los pintxos son deliciosos. En este sentido, lo único que echo de menos es el pan de centeno, aunque el pan de aquí también es rico”, matiza.

Finlandia tiene buena imagen en el mundo. Según los informes más recientes de Transparencia Internacional, es el tercer país con menos corrupción, solo superado por Dinamarca y Nueva Zelanda. “Aquí se conocen varias cosas de mi tierra -apunta Elina-. Los vascos saben que nuestro invierno es muy frío, conocen Laponia y saben que allí hay renos, auroras boreales y está la casa de Papá Noel”, comenta, haciendo un guiño a la Navidad. “Y debo decir que estoy muy contenta porque nadie me ha preguntado si vivimos en iglúes o tenemos osos polares”, añade divertida.

En busca del talento estudiantil

Pero, más allá de la nieve o los renos, el buque insignia de Finlandia es la Educación. Su sistema educativo recibe múltiples elogios y, además, marca tendencia en el mundo. Es el modelo de referencia, el sistema con el que muchos otros países se comparan. “En mi país, los profesores tienen un papel muy importante en la educación. Incluso en el instituto los grupos son pequeños, de unos veinte estudiantes por clase. Eso es bueno, ya que el maestro tiene más tiempo para dedicar a quienes más lo necesitan”, explica.

“La educación aquí es muy diferente, al menos en la universidad. En Finlandia se les da a los estudiantes un montón de responsabilidades, y es su trabajo asegurarse de que aprenden, y aprobar los cursos. Mi sensación es que aquí hay un montón de clases de asistencia obligatoria. En cambio, la universidad a la que yo fui es muy libre. Por lo general, los estudiantes no tienen que ir a clases si no quieren o si tienen otras cosas que hacer. Este tipo de percepción les ofrece la posibilidad de, por ejemplo, trabajar durante sus estudios”.

Elina sabe bien de lo que habla, no solo por haber experimentado esa etapa estudiantil, sino por su ocupación actual. Ella trabaja para Demola, una empresa finesa que apuesta por el talento joven, de los estudiantes universitarios, y lo gestiona. “La empresa ha abierto una oficina aquí, en Bilbao. Tenemos cinco grupos de estudiantes que trabajan para resolver problemas de empresas locales. Los principales objetivos de esta iniciativa son, por un lado, ofrecer a los estudiantes una oportunidad de coger experiencia de trabajo real y mostrar sus habilidades. Y, por otro, aumentar la cooperación entre universidades y empresas”, detalla.

Elina forma parte de un grupo que dedica sus esfuerzos en una empresa de tecnología local. “Mi papel, en este proyecto, está ligado a los modelos de negocios y aspectos empresariales. Realmente me gusta mucho mi trabajo. Lo disfruto y, además, me permite crecer. En este caso, me da la oportunidad de tener una experiencia laboral internacional en un lugar que me gusta mucho mientras termino el máster”.

2014 Ellas Europa

355 | Elkin

De Venezuela a Bilbao. De constructor a cocinero. De Ingeniería Civil a Ciencias Políticas, y de joven emprendedor a padre de familia y profesor. En apenas diez años, Elkin Ríos cambió de trabajo y de país. Cambió de profesión y de universidad, de carrera universitaria y de vida. Sin embargo, ha mantenido un par de amores constantes: el que siente por su mujer, con quien se casó muy joven, y el que sintió por esta tierra en 2007, cuando la vio desde el avión.

“¡Qué bonito! ¡Qué bonito era todo!”, dice evocando el momento. “Llegamos en marzo y todavía había mucha nieve. Todo estaba blanco, se veían las montañas y el mar, las casitas diminutas allá abajo. Yo viajaba con mi mujer y con mi hijo, que entonces no tenía ni dos años. Habíamos vendido todo en Venezuela para poder venir: el frigorífico, la lavadora, los muebles, todo. Mientras miraba por la ventana, me enamoré de este lugar. Le dije a mi esposa: ‘Cariño, mira, nuestra nueva vida’. Recuerdo la emoción y, después, la sensación maravillosa del aire limpio y frío del invierno”, relata Elkin, que procede de una ciudad -San Cristóbal- donde la temperatura media es de 23 grados todo el año.

Ese viaje marcó un antes y un después para él. Entre otras cosas, porque le permitió saldar cuentas pendientes, cerrar un capítulo y volver a empezar. “Las grandes decisiones de mi vida las tomé cuando era muy joven. Me casé a los 21 años, mientras estudiaba en la universidad. A esa edad, trabajaba y ya tenía registrada mi primera empresa de construcción”, sintetiza. El presente era muy bueno y el futuro prometía más. Pero la inestabilidad económica de su país y los episodios de inflación salvaje fueron mucho más potentes que su ímpetu juvenil. La macroeconomía arrasó su estreno en la adultez, se alimentó de su inexperiencia empresarial e hizo mella en sus comienzos en el mundo del trabajo.

“En 2002 hubo un paro de varios meses en el sector petrolero, que coincidió con un momento en el que me habían contratado una obra. Como es habitual, yo ya había firmado los compromisos y había cobrado un adelanto del 30%, para comprar los materiales, pero no pude hacerlo hasta que se solucionó ese conflicto y el mercado volvió a funcionar. Cuando eso ocurrió, en marzo de 2003, todos los precios se habían disparado. El dinero se había devaluado y lo que yo tenía no alcanzaba para nada. Las empresas grandes, que tenían capital y materiales almacenados, pudieron hacer frente a la situación. Pero las pequeñas, como la mía, no teníamos recursos”, relata.

Elkin pidió un préstamo para comprar los materiales, ejecutar la obra y cumplir con los compromisos. Pero una nueva crisis, más la confianza excesiva en un familiar suyo -que en lugar de ayudarlo, lo timó-, asestaron el golpe de gracia a su proyecto empresarial y de vida. “Fue peor que quedarme sin nada. Me quedé con ingresos insuficientes y un montón de deudas, que se acumulaban”, explica. Fue entonces cuando decidió emigrar y cuando el horizonte se dibujó en Bilbao.

El futuro en una servilleta

“Tenía un amigo aquí que me ayudó muchísimo. De hecho, fue una de las personas que me prestó dinero cuando yo aún estaba en Venezuela. Vine al País Vasco por él y, nada más llegar, me puse a buscar trabajo. No sé qué cantidad de currículums repartí, pero fueron muchos. Uno de esos días, pasé por un restaurante en el Casco Viejo y me ofrecí para trabajar. Me había quedado sin folios ya, así que apuntaron mis datos en una servilleta. Nunca imaginé que ahí mismo, en ese lugar y con el hombre que me atendió, Joserra, empezaría a enderezar toda mi vida”.

Elkin se reconoce afortunado. Conoció de primera mano la “nobleza vasca” y la bonhomía de un hostelero que creyó en él, pese a que todo les jugaba en contra. “Yo no tenía ni idea de hostelería y, además, era extranjero. Y él, que era el dueño de uno de los restaurantes más apreciados de Bilbao, se tomó el tiempo para enseñarme y para contratarme de manera legal, con todo lo que eso supone en tiempo, dinero y barreras administrativas. Aunque ya no trabajo con él, nunca tendré suficientes palabras de gratitud. Gracias a él, me afiancé aquí y pagué todas las deudas que había contraído. También descubrí el mundo de la hostelería y estudié para ser cocinero”, dice.

Ahora, ocho años después, Elkin da clases de cocina en la asociación AHISLAMA. Forma parte de un ambicioso proyecto de integración sociolaboral. Volvió a la universidad. Tuvo un segundo hijo. Se siente feliz, a gusto y tranquilo. “Emigrar te aleja de tus raíces, de tu familia, de tus amigos, pero te da la oportunidad de enriquecer tu cultura, tu visión de la vida, de la humanidad. Te permite eliminar estereotipos, te enseña a adaptarte y a explotar tu potencial. Emigrar te quita todo lo que eres y, a la vez, te da todo lo que serás”.

2014 América del Sur Ellos

354 | Richard

Llegó al País Vasco hace siete años y se radicó en San Sebastián. La ciudad, dice, le ha brindado una “gran calidad de vida” y le ha ofrecido algunos “privilegios cotidianos”, naturales, como la combinación de la montaña y el mar. “Es un lugar estupendo para vivir y para que crezcan tus hijos”, apunta Richard Seddon, que tiene 41 años y es padre de un niño de 5. Para él, que es inglés, cambiar de país ha supuesto una oportunidad profesional, pero también un reto personal. “No ha sido tanto por la adaptación cultural, que no me ha costado, sino por el dominio del idioma”, señala.

“Mi mujer es de Navarra, así que la cultura de esta zona nunca me resultó ajena -aclara-. Nos conocimos en Inglaterra cuando éramos estudiantes; ella estaba en el último año de su carrera y había ido allí con una beca Erasmus. Por casualidad, coincidimos en una fiesta. Y aquí estamos, diecinueve años después”, resume. Tras vivir juntos durante doce años en su país, decidieron trasladarse a Euskadi. “Como te decía, el principal desafío fue el idioma. Mi nivel de español era muy básico cuando llegué. Y, aunque en mi trabajo se utiliza mucho el inglés, en la vida cotidiana no es así”, reconoce.

Su profesión fue, de hecho, la principal razón para emigrar. Richard es ingeniero de materiales y, antes de venir aquí, trabajaba para una pequeña empresa de I+D. Investigaba sobre materiales compuestos, como los que se usan en los frenos de los aviones y los trenes de alta velocidad, y sobre materiales para condiciones extremas o aplicaciones de petróleo y gas. “Estaba trabajando en dos proyectos europeos con Tecnalia y, por medio de esta colaboración, vi que había una oportunidad de solicitar un puesto de trabajo con el grupo aeroespacial. Afortunadamente tuve éxito y me uní al grupo en septiembre de 2007”, relata.

En la actualidad, continúa en la empresa y es jefe de proyecto. “He sido responsable de proyectos en varias áreas, incluyendo el espacio, la seguridad y la aeronáutica. También trabajo como corredor de tecnologías en el marco de un contrato de la Agencia Espacial Europea”, explica. Y, desde esa perspectiva, añade que “en Euskadi el nivel de investigación es alto. Aquí existen muchos incentivos y ayudas del Gobierno vasco para promover las iniciativas de I+D. La investigación científica recibe más apoyos que en otras partes de Europa. Cuando coincido con colegas de otros sitios siempre me dicen que tenemos muchísima suerte”.

Gastronomía y cultura

Otro aspecto -más doméstico- en el que se siente muy afortunado es el gastronómico. “Aquí se come muy bien. Junto con el paisaje y el entorno de Euskadi, una de las cosas que más me gustan de aquí es la comida. Las sidrerías, por ejemplo, son geniales”, dice. No obstante, y en contra de lo que cabría esperar de un inglés, Richard matiza que echa de menos la cultura gastronómica británica. “Sí, sí, ¡existe! -enfatiza para contrarrestar el escepticismo-. Extraño el desayuno inglés, los ‘fish and chips’, los asados de los domingos, ir al pub y los ‘blackpudding’, es decir, nuestra morcilla”, enumera.

Y prosigue: “Algo muy interesante de la cocina inglesa es el uso de las especias, la gran variedad de ellas que hay. Entre otras cosas, la expansión que tuvo el imperio británico en su día nos ha dejado eso: una cocina muy rica en sabores, especias y hierbas aromáticas procedentes de Asia. Echo de menos los currys indios, por ejemplo, aunque supongo que me pasa como a todos, que añoramos los sabores que nos recuerdan a nuestra casa, nuestra infancia, a la familia. Algunos sabores me llevan hasta allí”, explica, y resulta inevitable pensar en el té y la magdalena de Proust, en la búsqueda de un tiempo perdido.

“La parte positiva de esto es que en casa nos complementamos muy bien. Mi mujer cocina muy rico, aprendió con su madre, y es ella quien hace todos los platos salados. Yo, en cambio, preparo los dulces, como los pasteles o los bizcochos, que es lo que aprendí a cocinar con mi madre”, relata Richard, que también disfruta mucho de las costumbres locales. Y las valora.

“Desde el comienzo me han llamado la atención algunas celebraciones, como ciertos festivales o los carnavales. Por ejemplo, los de Ituren. Es un poco extraño ver a los joaldunak, pero me gusta mucho que se mantengan estas tradiciones. Me hace acordar a la danza morris del Reino Unido. La diferencia es que allí, si bien hay grupos que se dedican a ello, cuesta mantener las costumbres ancestrales. No encuentras fiestas del pueblo ni romerías. Aquí, en cambio, hay un gran interés por la cultura popular”. Por la cultura popular y por el fútbol, un rasgo que comparten ambos países. “Estoy feliz de que el ex entrenador de mi equipo, el Manchester United, haya llegado a Donosti para entrenar a la Real Sociedad. Solo espero que aquí tenga más suerte”, concluye.

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