455 | Irina

Irina Vasiliauskaite es lituana, de Kaunas, aunque tarda poco en señalar que el tema de la nacionalidad le parece irrelevante. Mejor dicho, le hace gracia. «En Rusia, como en muchos otros lugares del mundo, siempre hay quienes hablan de la pureza. Y a mí me da la risa. Con tantas guerras y tantos viajes, después del paso de los tártaros… ¿de qué pureza están hablando? ¡Hasta Iván el Terrible era descendiente de lituanos!», apunta divertida, echando un vistazo a la Historia.

Su visión cosmopolita tiene que ver con su infancia, pero también con su época de estudiante y su experiencia migratoria más actual. «Yo crecí en una familia mixta, muy mixta –relata–. Mi madre era rusa y mi padre, lituano. Tenemos raíces en Siberia y en los Montes Urales. Me eduqué en varios idiomas, dentro y fuera del país, mi hermana vive en Inglaterra y mi hija nació aquí», enumera rápidamente, a modo de apuntes de la diversidad.

Un hecho concreto de su vida muestra la fragilidad de las nacionalidades como criterio para clasificar a la gente: «Yo hice mi primera carrera en San Petesburgo. Viví siete años allí. Empecé como cualquier otro estudiante y terminé como extranjera. En 1991, justo un año antes de sacarme el título, la Unión Soviética se disolvió. Me costó mucho que me dejaran acabar los estudios. Y, en cuanto lo hice, salí pitando a Lituania», recuerda Irina, que es ingeniera química y doctora en Ciencias Técnicas. «El doctorado ya lo hice en mi país, en la Universidad Tecnológica de Kaunas», aclara.

Los estudios son, para ella, un fuerte hilo conductor. Si algo queda claro al conversar con Irina es el altísimo nivel de exigencia educativa que vivió durante años. Bajo el clásico lema ‘Mens sana in corpore sano‘, estudió música, piano, deporte… Mientras terminaba el instituto, en Lituania, preparaba los exámenes de ingreso a la universidad haciendo cursos a distancia, en Moscú. Incluso practicaba paracaidismo con frecuencia, una actividad que, reconoce, le encantaba solo a ella porque sus padres «se ponían de los nervios».

«Mucha gente me pregunta si no tenía tiempo libre o cómo hacía para divertirme. Y yo siempre respondo que viví una juventud maravillosa. Cuando estaba en San Petesburgo, no había ni una obra de teatro ni un concierto al que no fuera. Pasé tardes enteras en el Museo del Hermitage. No sé… nunca sentí que me estuviera perdiendo nada», dice Irina que, después de su paso por Rusia, se dedicó varios años a la docencia y la investigación científica en su país. «Trabajé diez años como investigadora en Kaunas, hasta que se empezaron a hacer reformas y recortes que fueron destrozando el mundo científico», lamenta.

«Cuando salgas, apaga la luz»

La falta de perspectivas laborales y económicas la llevaron, primero, a compaginar distintos trabajos en su ciudad. «Investigaba por las mañanas; por las tardes daba clases en un gimnasio y también supervisaba los procesos químicos en una empresa», resume para ilustrar el absurdo antes de añadir que «vivía todo el día en el coche». Decidió emigrar cuando la rutina se volvió insostenible, «y eso que yo siempre decía que había que quedarse para sacar el país adelante… Mis amigos se iban y me decían ‘cuando salgas, apaga la luz’. Muy duro», recuerda.

«Originalmente, iba a Andorra, a trabajar como intérprete de ruso para turistas, en un hotel. Viajé de Kaunas a Barcelona en autobús porque casi no tenía dinero. Venía ilusionada, pero aquello se truncó –la persona que debía recibirla nunca apareció en la terminal–. Acabé en Bilbao porque justo aquí vivía un amigo lituano que me recibió y me ayudó en los primeros tiempos», resume.

A partir de ese momento –diciembre de 2003–, Irina vivió un periplo difícil, que incluyó homologar su carrera, volver a estudiar, cuidar a una señora mayor y trabajar en el sector de la limpieza. «Para mí, doctora en Química, supuso un cambio de chip. Ten en cuenta que yo crecí con la frase: ‘Estudia que, si no, te vas a convertir en barrendera’. Ser empleada de hogar fue todo un aprendizaje», apunta Irina que, pese a todo, nunca abandonó el interés cultural. Desde hace ya unos años, preside la Asociación de Rusoparlantes de Euskadi ‘Ródina’, un colectivo diverso –tan diverso como la ex URSS– conformado por varios extranjeros que quieren mantener vivos su idioma y su cultura.

«Lo hacemos por nosotros, pero también por nuestros hijos que, en general, han nacido aquí. Queremos que mantengan el lazo con sus raíces, que no las pierdan, y que disfruten de la gastronomía, las costumbres y las fiestas típicas. Con mi hija, por ejemplo, hablo en castellano, lituano y ruso. Luego en el cole aprende euskera e inglés. La amplitud cultural es maravillosa y te quita muchos prejuicios. Los estereotipos son barreras. Cuando alguien me dice ‘ah, entonces eres rusa y bebes vodka’, siempre digo ‘sí, y en casa tengo un oso blanco’».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2017 Asia Ellas Europa

451 | Edmund

Edmund Bardrick es inglés. Nació en Peterborough, una pequeña ciudad situada al norte de Londres en cuya catedral yacen los restos de Catalina de Aragón, pero hace tiempo que no vive allí. Emigró con el estreno de este siglo, cuando tenía 25 años. «Había terminado mis estudios y estaba trabajando en Inglaterra, aunque el empleo no me gustaba. Me aburría –confiesa–. Quería hacer algo distinto y entonces surgió la idea de venir a Bilbao». En ese momento, solo conocía a tres personas de Euskadi –dos chicas que habían ido a Reino Unido de Erasmus y el novio de una de ellas–, pero igualmente se aventuró.

«Vine y me quedé. Desde el principio me sentí muy a gusto, tanto con la gente como con el lugar», relata en un castellano impecable que atribuye a una mezcla entre la formación tradicional y el esfuerzo propio. «Estudié en la Escuela Oficial de Idiomas, aunque aprendí mucho hablando con las personas, mirando películas, hincando los codos y leyendo», recuerda. Hoy es él quien enseña a otras personas a hablar inglés. La decisión de cambiar de país supuso un giro muy grande en su vida: en un único movimiento, cambió de entorno y de profesión. Desde que llegó a Bilbao, Edmund se dedica a la docencia.

«Disfruto mucho con mi trabajo porque siento que aporto valor a la enseñanza local y porque creo que contribuyo a mejorarla», dice Ed, que reparte sus clases entre una academia de idiomas en Orduña y un centro de formación empresarial en Bilbao. «Viajo mucho, sí –dice entre risas–. Entre los dos sitios tengo alumnos de casi todas las edades, desde niños pequeños, de unos cuatro o cinco años, hasta adolescentes y personas adultas. Obviamente, las clases son muy distintas entre unos y otros grupos. Con los niños, por ejemplo, juego mucho; aunque a todos los hago trabajar un montón».

Edmund nota que los niños son más relajados con el asunto del aprendizaje –probablemente, porque lo viven como un momento lúdico–, pero que, a medida que las edades aumentan, también crecen la presión y las sensaciones de frustración. «A mis clases ha llegado mucha gente desilusionada con el asunto del inglés; personas que han intentado distintas cosas y que sienten que no han aprendido lo que esperaban o lo que les prometía la publicidad. Sienten que han invertido muchos años y que no han avanzado de manera sustancial. Eso es un problema porque te quita la motivación», observa.

Y es que, en opinión de Edmund, «tener éxito es fundamental para estudiar». Su frase llama la atención porque, en general, se plantea al revés –hay que estudiar para tener éxito–, pero él lo explica de la siguiente manera: «Si tú te esfuerzas mucho en aprender algo y ves que no progresas, sientes que el esfuerzo no te sirve y lo dejas. Si, en cambio, sientes que aprendes, que avanzas, que las clases te dan un éxito real, entonces te esmeras más, te motivas y estudias. Yo he visto muchos cambios de actitud en estos años, y se deben a eso, a que la dedicación se ve recompensada».

El método propio

Su experiencia como profesor le hizo notar esos obstáculos. Su creatividad le permitió diseñar un mecanismo para sortearlos. A lo largo de estos años, Edmund ha ido perfeccionando un método propio de aprendizaje del que se siente muy orgulloso, a la luz de los resultados. «En las clases utilizo mucho las traducciones. Me apoyo en ellas para que los alumnos adquieran vocabulario y, sobre todo, para que avancen rápido en la parte gramatical. Con una frase simple puedes hacer muchas cosas y conseguir que las personas manejen tiempos verbales complicados, otras frases más complejas y construcciones que se suelen aprender en niveles más avanzados», detalla con entusiasmo.

Ese progreso que ha notado en sus alumnos es una de las razones por las que se ha quedado a vivir en Bilbao. «Como profesor, siento una gran satisfacción, para mí también es importante comprobar que lo que hago funciona», reconoce. No obstante, hay más cosas que lo ligan al País Vasco, como la música o la manera de ser de la gente. «Toco la guitarra y participo en jam sessions cuando puedo, ya sea en Deusto, en Recalde o en Getxo. En Cabo Matxixtako, por ejemplo, me lo paso fenomenal con amigos de aquí y extranjeros», dice. Y, ya en términos cotidianos, Edmund pone en valor ciertas costumbres sociales. «La ciudad es cómoda, el vecindario es apacible y la gente me conoce. La cordialidad es habitual y se agradece».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellos Europa

449 | Liviana

De las 118 colectividades extranjeras que existen actualmente en Euskadi, la rumana es una de las más numerosas. Según los datos de Ikuspegi –el Observatorio Vasco de Inmigración–, nuestra comunidad cuenta con algo más de 15.300 vecinos de Rumanía. Tanto aquí, como en el conjunto del Estado –donde la cifra ronda las 785.000 personas–, es uno de los grupos más arraigados en la sociedad. La mayor parte de sus miembros reside en estas latitudes desde hace años; los suficientes como para echar raíces, hacer amigos, estabilizarse en el trabajo y formar familia.

La llamada ‘segunda generación’ es ya una realidad. En las escuelas y los institutos hay centenares de niños de origen rumano que han venido al País Vasco de pequeños o que, directamente, han nacido aquí. Son vascos. Hablan euskera y castellano pero, sorprendentemente, no siempre controlan el idioma de sus abuelos y sus padres. «A diferencia de otros colectivos, que mantienen la lengua materna en casa, los hogares rumanos tienen la peculiaridad de que no lo hacen. Ya sea porque hay parejas mixtas o porque resulta más sencillo para los niños, suelen hablar en español», dice Liviana Bucuresteanu.

Natural de Piatra Neamt y filóloga de profesión, Liviana es profesora de idiomas. Llegó a España en 2008, para hacer un máster en Cooperación Internacional, en Valencia, y hace tres años se trasladó al País Vasco, donde no solo enseña su idioma, sino que forma parte de un interesante programa cultural promovido por el Ministerio de Educación de Rumanía y el Instituto de Lengua Rumana de Bucarest, «algo así como nuestra versión del Instituto Cervantes», compara. El programa en el que trabaja busca mantener vivo el vínculo del país con sus ciudadanos emigrados, inició en 2007 y está en marcha en varios países de Europa.

«Hay toda una generación de rumanos que emigraron abriendo camino. Son la generación del sacrificio, la que siempre está entre dos tierras. Pero hay una segunda generación, conformada por sus hijos, que desconocen el idioma y la cultura de sus antepasados. Son niños y jóvenes que, cuando van de vacaciones a Rumanía, no pueden hablar con sus abuelos», describe Liviana, a modo de ejemplo, para ilustrar el alcance íntimo de este problema cultural. «Se dice que tenemos facilidad para los idiomas y que somos políglotas, pero la realidad es que muchos de nuestros jóvenes no saben hablar en su propia lengua», observa.

«Por eso se ha creado este programa. Es una iniciativa innovadora y sin precedentes que busca preservar el idioma fuera de fronteras y tender ese puente entre generaciones pero, también, fomentar el conocimiento entre culturas», añade, poniendo énfasis en esto último. Porque «las clases de lengua y cultura rumana se imparten en colegios públicos y están abiertas a todos los niños y jóvenes que quieran asistir, sean de donde sean. De hecho, hay varios pequeños de aquí y de otras nacionalidades que se apuntan para aprender junto a sus amiguitos».

La iniciativa está impulsada y financiada por las instituciones de Rumanía. En Euskadi comenzó hace un par de años –concretamente, en Getxo–, y Liviana describe la experiencia como un éxito. «Es muy bonito porque también se organiza una semana temática y se hacen talleres que involucran a los padres. La acogida ha sido muy buena en el País Vasco, donde hay mucha sensibilidad ante la importancia y el significado de la lengua. El idioma es algo fundamental, forma parte de tus raíces y tu identidad cultural», indica esta filóloga, que coordina los cursos en la zona norte y disfruta perfeccionando sus conocimientos de castellano.

«Aprendí español en la universidad, en mi país, porque estudié Filología Hispánica. Pero el verdadero aprendizaje empezó hace ocho años, al emigrar. Cuando llegué a Valencia, hablaba un castellano muy formal, súper académico, pero poco a poco me empecé a soltar. Las prácticas del máster en cooperación las hice en Colombia y luego me vine para aquí, donde terminé de descubrir que en cada sitio se habla distinto. Cada lugar tiene sus particularidades y eso es maravilloso. El idioma te permite conocer el lugar y su gente».

Pero, además, el idioma y la cultura pueden ser una excusa estupenda para la diversión y el encuentro. Ayer mismo, sin ir más lejos, se celebró el primer concurso regional ‘Conoce Rumanía’, en la sede del consulado, en Bilbao. Allí se dieron cita siete equipos de niños, de entre 8 y 14 años, procedentes de Asturias, La Rioja, Cantabria, Navarra que compitieron para pasar a la fase nacional. «Del País Vasco todavía no tenemos ningún equipo, pero estoy segura de que el año que viene sí lo habrá».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

443 | Kateryna

Kateryna Kaminska tiene 29 años y llegó a Bilbao hace dos. Se marchó de Ucrania consciente de que la decisión marcaba un antes y un después en su vida, pero convencida de que hacía lo correcto. La situación de su país, explica, fue la principal razón para emigrar: «Había mucha inestabilidad y las perspectivas de futuro eran inciertas». Kateryna es filóloga y economista, pero ni su experiencia laboral ni las dos carreras universitarias que hizo en paralelo le bastaron para trazar un horizonte de prosperidad en su tierra.

«Tenía dos caminos: o seguía con el negocio familiar sin garantías de futuro o salía del país para emprender algo propio en una nueva cultura», resume para definir su «gran paso», un salto de 3.500 kilómetros que la transportó de Jersón, a orillas del Mar Negro, a Bilbao, a orillas del Mar Cantábrico. «Euskadi no se conoce en mi país. Yo misma vine sin saber casi nada del País Vasco. Lo único que conocía, porque lo estudié en la universidad, era el llamado ‘efecto Bilbao‘. Venir era una oportunidad de ver en directo el modelo de transformación que había estudiado en los libros».

Dos años después, Kateryna siente que acertó. «No hace tanto que me fui de Ucrania, así que todavía aprecio los contrastes y puedo comparar. La cultura vasca es muy diferente a la de mi país. Es singular y fascinante. Además de la gente, que es súper amable, Euskadi es un lugar lleno de oportunidades para crecer. Esta ciudad tiene todo lo que podía soñar. Si realmente quieres hacer cosas, si tienes ganas y deseos de desarrollarte, puedes hacerlo. Mi percepción es que puedes conseguir todo lo que te propongas».

Plantea unos cuantos ejemplos de ello, empezando por los idiomas. «Aprender idiomas en Ucrania es muy caro. Estudiar, en general, no es algo que pueda hacer todo el mundo. Aquí, en cambio, lo puedes hacer. Yo empecé estudiando castellano y ahora estoy aprendiendo euskera. El idioma es el corazón de un país, me parece básico intentar comprenderlo», opina. «Otra cosa que he podido hacer aquí es practicar deportes. En Ucrania, la gente es muy trabajadora pero casi no se toma tiempo para el bienestar. En Euskadi sí hay costumbre de cuidarse. Ves gente haciendo ejercicio, se organizan carreras populares. Yo he participado en algunas», apunta.

Así y todo, la gastronomía fue uno de los aspectos locales que más la cautivó. «Hice un cursillo de cocina vasca y me encantó, no solo porque es una cocina rica y saludable, sino porque comer es un acto cultural; es algo que incluye a la familia, a los txokos con amigos…». Algo que engarza a la perfección con su trabajo porque Kateryna se dedica a hacer ramos con frutas y verduras. Donde otros ponen rosas o margaritas, ella coloca lombardas, manzanas o pimientos. «O fresas –apunta–. Todo depende de la ocasión. Hace poco preparé un ramo entero de fresas. Me lo encargó un chico que le iba a proponer matrimonio a su novia. Además de original, estaba lleno de vitaminas», dice entre risas.

El retrato frutal

Kateryna siempre tuvo facilidad e interés por las manualidades. Es una defensora de la creatividad y considera que cada persona lleva un artista dentro, que cada uno es bueno en algo. «Bailar, pintar, cocinar… siempre hay algo que te sale especialmente bien y que te da felicidad. En mi caso, es esto». Desde hace ya varios meses combina su trabajo en una imprenta y sus clases particulares de ruso con esta actividad, en la que trabaja por encargo.

«No hay dos arreglos iguales. Los colores, las frutas o las verduras que elijo siempre tienen que ver con la situación, con lo que me cuentan de la persona que va a recibir ese regalo. Podría decirse que lo que hago es como un retrato frutal». Kateryna no es Arcimboldo, pero algunas de sus obras están expuestas en una frutería donde, además, se asegura de conseguir «el mejor género». El producto «tiene que ser de calidad –enfatiza–. Ten en cuenta que un ramo de verduras es un ramo de alimentos. Hay que ser muy cuidadoso».

Lo subraya porque estos arreglos se pueden comer. De hecho, están pensados para que se coman. «La idea es que sea un regalo útil. Imagina que recibes un ramo de frutas y una receta para preparar con ellas un postre. En Ucrania hay mucha tradición de hacer regalos, de agasajar a los demás, sin un motivo concreto. No hace falta que sea un cumpleaños o navidad, solo que tengas ganas de decir ‘te quiero’ sin palabras. Me gustaría fomentar esa tradición en Euskadi con un proyecto como este, en el que combino mis habilidades y conocimientos con algo que es muy de aquí: productos frescos de la huerta».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

441 | Oksana

Oksana Zubriev llegó al País Vasco en 1998 y conoció un Bilbao muy diferente al de ahora. En ese momento, el Guggenheim era una flor de titanio recién nacida entre los escombros y el botxo era un cuenco plomizo con una tapa casi permanente de nubes. “Además, casi nadie hablaba ruso. No es como ahora, que cada tanto lo oyes por la calle y hasta tienes asociaciones de personas rusoparlantes. En esa época, encontrar a alguien que te entendiera era una fiesta”, recuerda esta ucraniana, que emigró de su país a los 21 años de edad.

“Yo estudié magisterio en Ucrania y trabajé como maestra durante un tiempo. Me gustaba lo que hacía, pero el empleo no estaba bien remunerado. El sueldo de un mes era de unos 25 dólares, mientras que unas botas de piel para el frío podían costarte 50 o 100”, detalla. “El tema económico siempre es un aliciente, en especial cuando eres joven. A esa edad, sueñas mucho y te lanzas más. Por otra parte, en esa época era muy complicado salir de Ucrania. Como mucho, ibas a Kiev, la capital, pero no conocías más allá. Y ya sabes… cuando eres joven, basta con que te prohiban algo para que no dejes de pensar en ello”.

Ese mundo deseado, sin embargo, tenía capas de fabulación porque las noticias que llegaban de fuera eran escasas y estaban distorsionadas. “Había poca información y, muchas veces, era engañosa. La gente que salía del país no siempre tenía buenas experiencias. Algunas personas conseguían progresar, pero otras sufrían explotación laboral. Se aprovechaban de ellas y lo más triste es que no sabían ni cómo volver a casa”, relata. Por fortuna, a ella no le sucedió.

“Yo supe que existía Euskadi por los llamados ‘Niños de la Guerra‘, los emigrados a la Unión Soviética en 1937. Ellos y sus familias me ayudaron mucho en Ucrania y también aquí, sobre todo con el idioma. Cuando llegué a Bilbao, no sabía ni una palabra de castellano. Empecé a trabajar en hostelería y, al principio, me comunicaba casi por señas. Tenía un cuaderno en el que iba anotando las palabras nuevas que oía en el bar. Después, cuando me reunía con ellos, les preguntaba por su significado. ‘¿Pero tú dónde has oído esto?’, me preguntaban. ¡Casi todas eran palabrotas!”, dice riéndose.

No solo aprendió palabrotas. “Aprendí el idioma y el oficio, a hacer un buen café y una buena tortilla. Mira que en Ucrania somos muy patateros, pero la tortilla de patatas bien jugosa la aprendí a hacer aquí –reconoce–. Ese trabajo me ayudó a entender la manera de ser y de pensar que tienen los vascos. Estaba en contacto con mucha gente, personas mayores que iban a diario al bar y que, con el tiempo, se fueron convirtiendo en mi familia adoptiva. Todavía hoy, que han pasado casi veinte años, hay personas que cuando me encuentran en la calle se alegran de verme, se acuerdan de mí y me saludan. Eso es muy bonito, especialmente si tienes presente que llegaste sin conocer a nadie”.

Acentos, seriedad, amistad

Oksana se siente feliz en Euskadi. Aprecia mucho la tranquilidad, la naturaleza y la limpieza de las calles. Pero, sobre todo, aprecia a las personas. “Los vascos son serios, aunque si te ganas su corazón, serán tus amigos para toda la vida. Sé que es una frase muy repetida, pero es verdad. En los primeros tiempos, me sorprendía lo mucho que gritaban. Tenía la impresión de que estaban discutiendo e iban a acabar a los golpes”, dice. “Lo interesante es que aquí tienen la misma impresión sobre nosotros cuando nos oyen hablar en ruso. Entre el acento y nuestra costumbre de tomar vodka sin nada más que limón, parecemos mucho más recios de lo que somos”, compara.

“En realidad, lo que más me gusta de Bilbao es que encuentras personas de casi todas partes del mundo. Existe una gran diversidad cultural, gastronómica, religiosa y de costumbres que es muy interesante porque representa una oportunidad de aprender y enriquecerse. Obviamente, es un desafío y hay que saber llevarlo. Tiene que existir voluntad de conocerse y entenderse con los demás. Si lo piensas, no somos tan diferentes unos de otros. Queremos lo mismo, amamos lo mismo, nos enfadamos igual”.

Sus palabras van más allá del discurso. Ella pone un ejemplo concreto: “Aquí en Euskadi tengo amigos lituanos, kazajos, rusos… compartimos un idioma porque nuestros países tienen una historia común, pero también hay grandes diferencias –como el conflicto que persiste en Crimea–. Nosotros dejamos eso a un lado y nos centramos en las cosas que nos unen. Si tú me caes bien, eres buena amiga, compartimos cosas… ¿qué sentido tiene que me distancie de ti solo por haber nacido en un país determinado? ¡Cada persona contiene un mundo!”

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

440 | Irma

Entre Euskadi y Lituania hay 3.000 kilómetros de distancia y unas cuantas diferencias culturales, como un idioma que compite en dificultad con el euskera o un carácter tan recio que puede eclipsar al estereotipo del vasco. En el contexto lituano, los vascos son blandos y dulces como gominolas, tan pintorescos y extrovertidos que no pasan desapercibidos jamás. Esta es la idea que prevalece después de hablar con Irma Cijunaityte, una lituana que está acostumbrada a deletrear su apellido y que vino a vivir a Euskadi hace siete años porque se enamoró de un vasco.

“Nos conocimos en mi país, en un hotel. Kepa había ido con un amigo de vacaciones; yo trabajaba en la recepción. Era invierno y no había casi nadie. En esa época, el hotel estaba prácticamente vacío y ellos siempre estaban de fiesta. Impresionante. Toda la semana de juerga”, recuerda ahora, y en su voz se revive la extrañeza que experimentó en aquella ocasión. “Me tiraba las fichas, trataba de darme conversación. Hablaba mal en inglés, pero se esforzaba muchísimo. La última noche, se apareció en la recepción con un chorizo, su guitarra y una botella de cointreau. Yo no sabía dónde meterme. Como viniera mi jefe en ese momento…”.

La original velada se extendió durante horas. Irma y Kepa se quedaron hablando y, como ella misma reconoce, al final le dio “penita que se fuera”. Tenían menos de 25 años los dos. Mantuvieron el contacto por e-mail. “No fue hace tanto, pero no existía whatsapp, así que nos intercambiamos las direcciones de correo electrónico. Estuvimos escribiéndonos durante tres meses, hasta que nos volvimos a ver. Y sí, en ese tiempo me enamoré un poco”, reconoce, poniendo énfasis en lo de “un poco”. Todavía faltaba lo mejor: el reencuentro… en familia.

“Kepa volvió a Lituania y la mayor parte de su viaje coincidió con Semana Santa, que allí se celebra a lo grande. Son unas fechas muy especiales para nosotros, y yo iba a estar en casa con todos, hasta con mis tíos y abuelos. Soy de un pueblo de 36.000 habitantes que está a 100 kilómetros de Vilna, la capital, así que le dije ‘vente con mi familia’”, cuenta ella. Él no se acobardó. “Fue una entrada por todo lo alto. Pensé que lo iba a pasar mal, pero después del segundo chupito de vodka ya se entendía perfecto con todos”.

“La verdad es que se adaptó súper bien. Mis abuelos estaban encantados con él. Les pareció un chico muy cálido y cercano, pero imagínate el contraste. Nosotros somos muy fríos, muy reservados, y él, en cambio, era pura confianza y besitos para todos. Mi madre flipaba. No se fiaba de él. Creo que no se fió hasta que nació nuestra primera hija y se dio cuenta de que íbamos en serio”, relata. De eso ya han pasado cuatro años, otro hijo y un hogar en Zierbana donde se habla castellano, lituano y euskera.

Jarabe de Palo y Macaco

“Yo aprendí castellano con los discos de Macaco y Jarabe de Palo. Eran cosas sencillas y me resultó bastante fácil –relata–. Después de un año así, a distancia, decidí venir”. A diferencia de su chico, que tenía trabajo aquí, Irma no había conseguido ejercer su profesión y, como ella misma dice, difícilmente lo conseguiría. “Estudié Endología, traducía frases escritas en sánscrito. Es algo muy interesante, pero como te puedes imaginar, no tiene mucha salida laboral. Por eso no me costó venir. Me lo planteé como una aventura. Soy muy echada para adelante y no tenía nada que perder”.

Venía predispuesta a que le gustara, pero el País Vasco, directamente, la cautivó. “Yo no creo que los vascos sean fríos o cerrados. Al contrario. La gente es muy hospitalaria y más cuando coge confianza”, opina y ofrece un ejemplo concreto: “Mi primer trabajo aquí fue como comercial. Vendía cursos de inglés a puerta fría y ¡lo pasé súper bien! La gente era muy amable conmigo. En mi país lo pasaría mal con un trabajo como ese”, compara.

“Es que el estilo de vida es muy diferente. Aquí saben lo que es vivir. Sales un domingo cualquiera y ves a los aitites con sus gorras, impecables, de paseo por la ría, tomando sus vinos, bailando… pasándolo muy bien. En Lituania, como mucho, se plantan en un banquito frente a su casa y se quedan ahí, viendo pasar a los demás. Quizá el clima influye en eso, porque nieva mucho y los inviernos son muy duros, pero también hay una cuestión cultural. En Lituania lo hemos pasado muy mal y la gente mayor tiende a ahorrar por si acaso. Disfrutan menos del presente. Piensa que yo nací en la URSS, tenía ocho años cuando se declaró la independencia y ese periodo fue muy difícil. No teníamos juguetes y había mandarinas solo en Navidad. Tenías dinero pero había escasez de cosas; al revés que ahora, que hay mucha variedad pero poco dinero”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa