458 | Rocío

Apreciar el país de nacimiento es también una razón para marcharse. Quizá pueda resultar extraño cuando se dice de esta manera, pero, en ciertas ocasiones, emigrar es la manera más eficiente de mejorar la tierra que se ha dejado atrás. Esta lógica de la eficiencia se aplica a miles de migrantes que atraviesan el mundo para cambiar la realidad de sus familias, aunque esa decisión implique no volver a verlas jamás. Si bien la opción es personal, tiene alcances superiores: impacta en el PIB, en el comercio y la ciudades, al tiempo que modifica las relaciones, la cultura y la sociedad.

La lógica de la eficiencia también se aplica a quienes migran para estudiar y adquirir nuevas herramientas que puedan mejorar la vida de otras personas y comunidades en el país de origen. La abogada colombiana Rocío Mora es un ejemplo de este tipo de migración. Llegó a Bilbao en noviembre del año pasado con una meta muy clara: ampliar su formación para poder hacer un trabajo más complejo y adecuado al nuevo escenario que presenta su país.

«Yo tengo formación en Derecho, soy abogada, y antes de venir a Euskadi trabajaba como administrativa en la Unidad de Restitución de Tierras», detalla. La URT, de carácter gubernamental, se creó en 2011 para «asistir a las víctimas del conflicto» y ayudarlas a recuperar sus tierras y territorios de manera legítima. El objetivo de la institución es que, en 2021, todas estas personas, cuyos derechos han sido vulnerados, hayan sido resarcidas por las situaciones de despojo y abandono que sufrieron.

«Esto se enmarca en el proceso de posconflicto que estamos viviendo en el país. Todos los colombianos queremos la paz, pero queremos una buena paz. Los intentos de diálogo no son nuevos, vienen de muy atrás. La diferencia es que antes, cuando se proponía un encuentro, siempre había alguna silla vacía. Y esta vez no. Esta vez, todas las partes están de acuerdo en que la paz es necesaria. El desafío está en cómo construirla para que sea buena para todos», plantea.

Y es que no todos han padecido el conflicto de la misma manera, algo que queda muy claro cuando se analiza el resultado del plebiscito. «Una cosa es la opinión que se puede tener en Bogotá, por ejemplo, y otra muy diferente es la que tiene la gente que está en el campo, que ha sufrido de manera directa el conflicto. La mayor parte de estas personas votaron por el no. En mi trabajo pude conocer a gente de ámbitos muy distintos, con situaciones muy distintas también. Amenazados, desplazados… y, como decía antes, el reto está en construir algo satisfactorio».

Trabajar desde aquí y desde ahora

Una de las cosas que le sucedieron a Rocío mientras trabajaba en la URT fue darse cuenta de que su tarea podía abarcar más planos si ampliaba sus conocimientos. «No solo hablamos de devolver unos derechos, sino de que estos derechos están vinculados a la tierra. Por eso decidí venir a Euskadi a hacer un master en Medio Ambiente y Sostenibilidad –expone, subrayando que es el complemento perfecto–. Además, estoy haciendo las prácticas en ASOCOLVAS, la asociación de colombianos en el País Vasco, que impulsa varios proyectos de cooperación al desarrollo. Eso me permite aprender y, al mismo tiempo, empezar a hacer cosas desde aquí y ahora».

Su idea es «aprovechar al máximo» este tiempo de aprendizaje antes de volver a Colombia. «Lo principal es acabar el master, pero quizás me quede un poco más para hacer un doctorado, aún no lo sé. A ver qué depara el futuro… De momento, estoy muy satisfecha con la experiencia y siento que se ajusta a mis expectativas –señala–. En mi país estudié en una universidad pequeña; la de aquí es mucho más grande, tiene más recursos y los profesores son realmente buenos. Si me quedo un poco más, seguramente me apuntaré a aprender idiomas, inglés o francés, porque veo que en Europa hay mucho nivel».

Esta observación sobre los idiomas ya la había hecho hace tiempo, cuando cruzó el Atlántico por primera vez. «Esta es la segunda vez que vengo a Europa. La anterior fue hace cinco años, cuando vine a un congreso del Partido Liberal. En esa oportunidad estuve en Hungría y Alemania», precisa. Sin embargo, la principal observación de Rocío es otra: «En estos cinco años ha cambiado la percepción sobre mi país. Antes, cuando decía que era de Colombia, solo me hablaban de Pablo Escobar o de Shakira. Ahora, me preguntan por el plebiscito y por el proceso de paz. En mi opinión, es un cambio notable».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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456 | Marco

«Adaptarme a un lugar nuevo no es lo más trascendental de mi vida. Ya lo había hecho antes. De joven, emigré a Brasil y estuve un tiempo allí antes de volver a mi casa en Bolivia», recuerda Marco Vega Aguirre, un ingeniero forestal que llegó a Bilbao hace diez años. El enfoque tiene mérito, ya que el cambio al que se enfrentó fue notable. Oruro, su ciudad de nacimiento, es una de las más altas del mundo: se asienta a más de 3.700 metros sobre el nivel de un mar que no ve. La mayoría de sus habitantes son indígenas.

«Somos indios en un país que siempre ha renegado de los indios; un país que, hasta hace poco, nos hacía sentir vergüenza de nuestros orígenes, de nuestra lengua, del color de nuestra piel. Por suerte, yo crecí en una familia que valora lo que es, que jamás ha intentado ocultarlo. Nací indio y moriré indio. Tengo claro que la grandeza de las personas está en su raíz», dice con convicción, pese a que su apellido materno es vasco.

Apreciar la cultura de origen no era algo nuevo para él. Lo que le resultó novedoso fue ver que, en otras partes del mundo, una sociedad entera es capaz de cuidar sus tradiciones y costumbres. «Eso lo aprendí en Euskadi. Me parece fantástico que se mantenga la lengua, la música, la cultura del lugar. Esa reivindicación, esa defensa de las raíces, es muy valiosa», opina Marco, que observa con «alegría» los cambios políticos y sociales de su país.

«Lo que está pasando en Bolivia es algo muy grande. Aquí en Europa no se dice mucho sobre el crecimiento social y económico que se está produciendo; tampoco se conoce la importancia de la reforma educativa que se ha hecho. En realidad, no se habla mucho de Bolivia en los medios y, cuando se hace, es para contar las cosas malas. Jamás he visto una noticia buena de mi país aquí», lamenta Marco, que no olvida los lazos históricos –y económicos– que unen ambos territorios.

«Se dice que con toda la plata que se extrajo del Potosí podría haberse construido un puente hasta España. Quizás sea exagerado, pero no mucho. Solo hay que leer un poco de historia. Hace tiempo fui a visitar el Museo del Prado y, mientras lo recorría, me di cuenta de la cantidad de cosas que fueron posibles aquí gracias a aquello. Los bolivianos deberíamos entrar gratis en todos los museos de Europa».

«Soy una mezcla»

Aunque tiene muy presente a su país y sus afectos, Marco no ha vuelto a Oruro desde que se fue. «Tenía previsto estar aquí un par de años; es evidente que no cumplí mi previsión. Recuerdo que al principio pensaba con frecuencia en volver a vivir allí, pero a medida que fueron pasando los años, el sentimiento cambió. Empecé a decir ‘bueno… como mínimo querría volver a morir’. Ahora ya lo percibo de otro modo. Creo que, cuando uno pasa tanto tiempo fuera, acaba siendo de ningún sitio y de todos a la vez. Soy una mezcla; aquí he aprendido a ser las dos cosas, boliviano y vasco».

También ha aprendido a encarrilar su vida y empezar desde cero. «Yo era un ludópata, un adicto al juego. Derrochaba, bebía… Un desastre. En ese momento, estaba en pareja y tenía tres hijos; la familia estaba totalmente desestructurada por mi culpa», describe con sinceridad, sin intentar embellecer el relato. «La ludopatía es algo muy serio; engancha más que las drogas y te hace perderlo todo. Eso me pasó a mí. Más que bienes materiales, empecé a perder el rumbo. Comprendí que, si no hacía algo drástico, aquello iba a terminar mal. Por eso me fui. Yo no emigré por trabajo. Emigré para rehacerme como persona, para ser alguien mejor».

«Realmente –prosigue–, el destino me daba igual. Lo importante era salir de ese entorno. Pensé primero en ir a Estados Unidos, porque allí vivían mi padre y mi hermano, pero terminé eligiendo Bilbao. Lo único que conocía de aquí era a través del fútbol: Xavier Azkargorta fue entrenador de la selección de mi país. No sabía nada más ni conocía a nadie pero, como decía antes, eso no era un problema para mí. El día que vi un anuncio en una agencia de viajes, me lancé».

Diez años después de aquella decisión, Marco siente que hizo lo correcto. «Me he prometido a mí mismo no arrepentirme. Aunque fue duro, sobre todo para mis hijos, también era necesario. Aquí pude empezar de nuevo, superar el problema con el juego, cambiar mis hábitos. Le debo mucho a Bilbao. Esta tierra y su gente me han ayudado a ser otra persona. Quizá desde fuera no se entienda, pero yo sé que si no me marchaba, mis hijos hoy no tendrían padre».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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453 | Diego

La historia de Diego Chávez es similar a la de muchos jóvenes latinoamericanos que conocieron la emigración siendo niños. Unos se iban de sus países, otros veían partir a sus padres. Y otros tantos, como él, experimentaron las dos caras del proceso: despedir a quienes se iban y marcharse un tiempo después al destino elegido por los primeros. Así fue el comienzo del siglo XXI para miles de familias en América Latina, desde Ecuador y Colombia hasta Argentina y Bolivia, el país donde él nació.

Lo que diferencia a Diego de muchos otros chavales que llegaron al País Vasco en estos años es su talento deportivo y la constancia que ha tenido para entrenar hasta convertirse en un tenista profesional. A día de hoy, este joven boliviano es el campeón de Euskadi Absoluto, ha ingresado en el ranking ATP y tiene serias posibilidades de competir por la Copa Davis, formando parte del equipo de Bolivia. «Mi meta es mejorar cada día y ver hasta dónde puedo llegar», dice con una solvencia que camufla los 21 años que tiene.

Y es que, a pesar de su juventud, Diego es todo un ‘veterano’. El deporte lo cautivó desde la cuna. «Empecé a practicar tenis cuando tenía cuatro años, en Bolivia, pero iba a los partidos desde mucho antes. Mi padre era entrenador y mi madre iba a ver los partidos cuando estaba embarazada, así que desde entonces estoy ligado a este mundo», relata con simpatía. «Recuerdo que cuando mi padre iba a dar clases yo iba pegadito a él. Me encantaba acompañarlo. El tenis siempre fue algo imprescindible en mi vida, desde niño», agrega.

En 2003, cuando él tenía ocho años, su madre emigró a Euskadi. La decisión, aunque muy dura, no era algo excepcional en ese tiempo. Por el contrario, era tendencia. La madre de Diego fue una de las 15.485 mujeres bolivianas que, según los datos del INE, cruzaron el Atlántico ese año. Buscaban, en ese viaje, expandir los horizontes, las perspectivas de sus familias. «Ella vino a trabajar y, por suerte, le fue muy bien. Yo me quedé en Bolivia con mi padre, mi abuela y mis hermanos, hasta que mi madre pudo traernos a todos». Para entonces, habían pasado tres años.

Diego llegó al País Vasco en 2006 y recuerda aquello como «un cambio bastante brutal». Muchas cosas se alteraron en ese primer momento. «Por un lado, dejé a mis amigos de la infancia, la escuela de siempre, lo que conocía. Por otro, me encontré con un idioma totalmente nuevo. En el colegio, las clases se daban en euskera, así que tuve que aprender a toda velocidad, con clases de refuerzo, para poder manejarme y entender lo que me decían». No le faltaron desafíos durante el primer año, que dedicó por completo a adaptarse. «Estuve un año sin jugar al tenis, hasta que me fui acomodando. Entonces sí, volví a entrenar».

No perder la pista

Empezó en Barakaldo y poco después se pasó al Club de Tenis Fadura, donde sigue jugando hoy. Pero también aquello le planteó nuevos retos. «Yo estaba acostumbrado a jugar en tierra batida y en altura», observa. Cochabamba, su ciudad, está a 2500 metros sobre el nivel del mar. «Aquí tuve que aprender a jugar en pista dura y a comprender el sistema de entrenamiento, que también era distinto. Por suerte, me hice muy amigo de mi entrenador y poco a poco fui mejorando. Este año empecé a dedicarme al tenis de manera profesional».

Diego es cauto y se plantea objetivos realistas, aunque no por ello poco ambiciosos. «De aquí a dos años me gustaría estar entre los 500 mejores del mundo. Sé que no es fácil, pero también creo que con dedicación y sacrificio se pueden hacer muchas cosas. Puedes tener aptitudes o talento, pero la disciplina y el esfuerzo son lo que marcan la diferencia», opina el joven tenista, que tiene como referencia deportiva a Rafa Nadal. «Siempre me ha gustado por su carácter, por la capacidad de luchar cada punto y por la fortaleza mental. También me gusta Andy Murray; está hecho un atleta. Pero Nadal es impresionante».

Cuando le preguntan por su mejor partido, el que más disfrutó, Diego responde sin dudar. «Fue hace dos años, cuando conseguí mi primer punto ATP. El partido duró cuatro horas, se definió en el tercer set. Iba 5 a 1, abajo, y conseguí remontar. Gané en el tie break y me metí en el ranking ATP. Fue increíble», recuerda. Momentos así ponen en valor el sacrificio de sus padres, que muchas veces lo acompañan y alientan en los partidos, aunque no en todos. «Cuando juego fuera de España, viajo solo y me apaño como puedo para controlar un poco los gastos. Cuando juego aquí, sí, mi familia y mis amigos están presentes. Ese apoyo suma mucho y se agradece».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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447 | Klaudio

«Más que recursos, lo que hace falta es divulgar que esos recursos existen. Es importante dar a conocer lo que hay. La información no siempre llega a las personas con discapacidad, que nos enteramos poco y tarde sobre las mejoras que se hacen para nosotros». Con esta apreciación empieza la entrevista Klaudio Valenzuela, un chileno que llegó hace quince años a Euskadi y que ha pasado los últimos cinco en una silla de ruedas. «Un accidente desafortunado, una mala caída o la propia vejez te pueden dejar así, con una discapacidad física severa», señala.

En su caso, la causa fue una paliza que recibió hace décadas en Chile y que le dejó secuelas en la séptima vértebra dorsal. «Fui joven y obrero en la época de la dictadura. Protestaba por los derechos de los trabajadores, y los militares me dieron una paliza», resume. Él nunca olvidó la experiencia aunque su cuerpo, en apariencia, se recuperó de los golpes: después de aquello, Klaudio pudo seguir adelante y se mudó a Argentina, donde continuó con su vida. «Viví treinta años en Buenos Aires, por eso tengo este acento».

Esa fue su primera migración, pero no fue la última vez que hizo las maletas. Como otros ciudadanos de Argentina, decidió marcharse en 2001, cuando el famoso corralito estranguló la economía del país. Para Klaudio, además, el episodio coincidió con su separación de pareja. «Fue un momento crítico y sentí la necesidad de poner distancia y buscar cosas nuevas. Mi hermano vivía en el País Vasco, así que vine directo. Quería conocer el primer mundo, viajar… y la verdad es que encontré algo distinto a lo que imaginaba. Encontré muchas barreras», señala, y eso que su discapacidad aún no se había manifestado.

«Me refiero a las trabas administrativas que hay aquí y no en otras partes del mundo. Por ejemplo, en este momento hay más de 40.000 españoles viviendo en Chile. Son personas que han ido a buscarse la vida, como las que hemos venido aquí. Nadie dice que sea fácil encontrar trabajo, pero por lo menos allí no les ponen dificultades añadidas por ser extranjeros. En Europa realmente es complicado. Todo es difícil para el inmigrante desde el primer día. Los trámites y la burocracia son tremendos. Es una pescadilla que se muerde la cola y que te impide llegar y ponerte a trabajar enseguida, como uno más».

Con esfuerzo –y paciencia–, Klaudio logró tramitar sus ‘papeles’ e, incluso, obtener la nacionalidad. De hecho, comparte un dato bonito: «La primera vez que voté fue acá. Tenía sesenta años y nunca antes había podido hacerlo, ni en Chile ni en Argentina». La permanencia en Euskadi le dio esa posibilidad, casi como un buen augurio de que su situación empezaba a mejorar. «Trabajaba haciendo reformas y, cuando podía, hacía alguna excursión o algún viaje. Yo quería conocer muchas cosas. Siempre he tenido mucha curiosidad… Por lo menos una vez fui a Portugal», dice, y se instala un silencio en la charla.

Una nueva perspectiva

La lesión que tenía en la columna le arrebató unos cuantos planes de futuro. «Ya no puedo caminar. Ahora voy en silla de ruedas». Su trabajo era muy físico, ya no lo puede ejercer. Desde su nueva perspectiva, se ha topado con otras barreras. Y, a pesar de todo eso, él no se desanima. «Hago ejercicios y fisioterapia para mejorar mi estado físico, o para evitar que empeore. He conseguido algunos avances y soy bastante independiente, aunque no pueda pasar la fregona», explica con sentido del humor.

«Sigo teniendo muchas inquietudes, aunque no tenga treinta años y mi pensión sea muy pequeña. Sigo siendo una persona creativa con ganas de hacer cosas. En estos años, a raíz de mi invalidez, me di cuenta de que las cosas se podrían hacer mejor. El mundo de la ortopedia es muy caro y no todo el mundo puede acceder a las prótesis o las sillas que necesita a un precio razonable. Me gustaría crear accesorios económicos para ayudar a otras personas con discapacidad», confiesa, y en esa frase hay tanto de utopía como de potencial realidad, porque Klaudio es todo un ‘manitas’.

Existe un vídeo en el que explica cómo arreglar un pinchazo de la silla de ruedas con herramientas tan domésticas como el mango de una cuchara o de un tenedor. «En la ortopedia está todo sobrevalorado y es una pena, porque lo que me pasa a mí le pasa a mucha gente. No somos una minoría; somos el 10% de la población», dice Klaudio, que está decidido a crear una asociación de personas con discapacidades motoras en Leioa. «Hay que construir una sociedad y un entorno sin barreras. Por enfermedades, lesiones o vejez, casi todos vamos a ser dependientes en algún momento de la vida».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellos

444 | Katherine

El próximo viernes, en Vitoria, se celebrará la Mesa Social para la Paz de Colombia. El encuentro tendrá lugar en el Palacio de Villa Suso, durará seis horas y contará con la participación de personas relevantes en el ámbito político, académico y cultural de ambos lados del Atlántico. El objetivo de la iniciativa, que comenzó a prepararse hace meses, es reflexionar acerca de la situación actual en el país latinoamericano y crear un espacio de pensamiento colectivo para sus ciudadanos en el exterior. Todo un desafío, teniendo en cuenta el resultado del referéndum del día 2.

«La mesa es un punto de partida, no de llegada», apuntan sus organizadores, que se mantienen en pie pese al varapalo de «no» y de la abstención, que superó el 60%. «Queremos promover un gran diálogo para superar el conflicto social, económico y político que subyace a la confrontación armada, en favor de una paz real con justicia social para todos», añaden. Muchos de ellos, miembros del Colectivo Bachué, son víctimas de la violencia. Son refugiados. Forman parte de las casi 396.000 personas que han emigrado en busca de protección internacional. Algunos viven en Euskadi desde hace casi veinte años.

Pero no todos los participantes de la mesa tienen este perfil. «Algunas personas, como yo, vivíamos en Colombia al margen de esta realidad. Vivíamos en una burbuja», resume Katherine Muñoz, una joven bogotana que llegó al País Vasco en 2008, cuando tenía quince años. «Mi vida allí era muy fácil: clase media acomodada, colegio privado, urbanización con vigilancia y una familia compuesta por mi madre, mis hermanos y la empleada. No tenía ni idea de lo que eran las FARC, ni mucho menos podía imaginar el sufrimiento de tantísima gente porque, sencillamente, no coincidíamos. Estábamos en planos paralelos», reconoce.

Sin duda, la idea del mundo que Katherine traía desde Bogotá era también un punto de partida, pero su experiencia a partir de entonces colocó muy lejos el punto de llegada. «Fue aquí donde rompí esa burbuja. Tuve que venir a Euskadi para conocer a mi país», indica. Su historia personal muestra de manera cristalina hasta qué punto puede cambiar una persona y una situación, por difícil que parezca.

«En 2008 estaba en la época difícil de la adolescencia. Discutía mucho con mi madre y quería irme de casa. La mejor opción que encontré fue marcharme con mi padre, que en ese momento estaba viviendo en Mungia. Mis padres se habían divorciado años antes y, después de la separación, mi padre emigró a Euskadi», explica. «Yo quería poner distancia… pero uno no imagina que la distancia es esto».

En el ‘esto’ de Katherine caben muchas cosas: «Un padre que trabaja como jardinero o en la construcción o en lo que surja, un colegio público en Bilbao donde hay chavales extranjeros como tú, incluso de tu país, con los que no tienes afinidad, una crisis económica que deja a tu padre sin ingresos, una cola para el banco de alimentos de Cáritas, una remesa desde Colombia que me mandaba mi mamá para ayudar, un cubo de agua fría cuando dices ‘soy estudiante’ y descubres de repente que eres una inmigrante más».

Una mudanza de piel

Lo dice sin ambages: la emigración, para ella, fue «una cura de humildad». También le permitió llenarse «de herramientas y recursos» que, de otro modo, jamás habría tenido. «Me habría quedado en Bogotá, habría estudiado Medicina en la Universidad Javeriana y jamás me habría enterado de cómo vive buena parte de la población en mi país». En su lugar, Katherine se estrenó en el mercado laboral en una cadena de comida rápida, ahorró, y con eso se pagó el primer año de su carrera en San Sebastián.

«El segundo año tuve una beca, aunque siempre me ha ayudado mi madre desde Colombia», dice Katherine, que se acaba de graduar como antropóloga. Su carrera, además de la experiencia vital, contribuyó mucho a su cambio. «Mientras estudiaba conocí a personas que lo habían pasado muy mal, colombianos que tuvieron que exiliarse por culpa de la guerrilla, de la violencia machista, de situaciones económicas tremendas… Comprendí el alcance del problema, el impacto de la violencia en la vida de las personas, y desde entonces estoy comprometida con esta causa. Por eso participo en la Mesa del viernes».

En su ponencia, abordará el tema de cómo los jóvenes apuestan por la paz en Colombia. «Es complicado. La gente joven vive en la inercia del bienestar. Si nos movemos poco por la LOMCE, que nos afecta directamente, menos aún por algo que sucede al otro lado del mundo. De todas maneras –matiza–, hay que seguir. Siempre se puede cambiar para ser mejor persona y construir una mejor sociedad».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellas

436 | Claudia

Seis meses en Barcelona alcanzaron para que Claudia Chackelson supiera que iba a volver. Había venido desde Uruguay para cursar un semestre de su carrera –Ingeniería Industrial– y la ciudad le gustó tanto que, cuando terminó ese periodo, se marchó pensando en cómo regresar. “Fue una experiencia muy buena. Me enamoré de la ciudad y del país. Cuando volví a Montevideo, solo me faltaba el proyecto final para graduarme, así que me puse a buscar opciones para hacer un posgrado aquí”.

Buscaba becas de estudio y tenía un máster en mente, algo que durara un año y le permitiera especializarse en logística, pero la oportunidad se le presentó en forma de doctorado. “Había un convenio entre mi facultad y Tecnun, la Escuela de Ingenieros de la Universidad de Navarra. Me ofrecieron venir al departamento de Organización Industrial. La duración no era de un año, sino de cuatro, y la ciudad no era Barcelona, sino San Sebastián, pero a mí me pareció estupendo. ‘Están cerca’, pensé”, dice riéndose de sí misma.

“Llegué en 2009 y la verdad es que vine con la mente abierta a lo que pudiera ocurrir, incluso a quedarme. Si te marchas a un lugar sabiendo que tienes cuatro años por delante, debes ser consciente de que eso puede pasar”, sostiene. Y pasó, solo que de un modo muy distinto al que ella había imaginado. Cuando decidió venir a Euskadi y dedicar todo su tiempo a la ingeniería, no contempló la posibilidad de enamorarse y, mucho menos, de cambiar de profesión. Ambas cosas sucedieron.

“A José, mi marido, lo conocí nada más llegar. Es más, él fue la primera persona que conocí en San Sebastián. Trabajaba en la universidad y, como yo venía sola con un montón de maletas, le pidieron que fuera a recogerme al aeropuerto. Siempre dice que fue el peor día de su vida, pero aquí estamos”, bromea Claudia, que acabó casándose con él unos años después. “La boda estuvo muy bien y fue muy divertida porque José tampoco es vasco, así que vino gente de todos lados”. Divertida y emotiva porque la celebraron en Orio, en el mismo restaurante donde salieron juntos por primera vez.

El cambio profesional llegó de una manera más sutil, como un hobbie. “La universidad ocupaba todo mi tiempo, pero un día comencé a leer libros sobre gestión personal de finanzas. Empecé por lo típico: ‘Padre rico, padre pobre‘, ‘Secretos de la mente millonaria’, cosas así. Compraba los audiolibros y los iba escuchando en el autobús, de camino a la universidad, o mientas hacía deporte. De esa manera, optimizaba el tiempo y hacía algo que me resultaba divertido. Me gustan más los libros de economía que las novelas”.

La psicología del dinero

A medida que avanzaba en sus lecturas, Claudia fue centrando su interés en “la psicología del dinero, esta creencia tan extendida de que es malo y que se refleja en frases como que el dinero no da la felicidad. La realidad es que el dinero es un vehículo que usa todo el mundo, pero que nadie nos enseña a usar. Es parte de la vida cotidiana, tiene una enorme incidencia en muchos aspectos presentes y futuros y, pese a ello, delegamos su gestión. Dejamos que el banco nos diga qué hacer porque confiamos, pero no sabemos distinguir si un producto es bueno o malo”, observa.

Este asunto le pareció tan interesante que decidió investigar más, formarse en Inglaterra y Alemania con expertos en finanzas personales y, finalmente, dar el salto a este campo. “Me atrapó tanto que dejé la ingeniería”, dice Claudia que, a día de hoy, ha constituido una empresa en la que ofrece formación y asesoría financiera. “El dinero tiene tres fases: ingresar, mantener y hacer crecer –explica, en un intento de síntesis–. Hay personas que son muy buenas ingresando, que ganan mucho, pero no saben mantener o ahorrar lo que han ganado. Y hay personas que saben mantener, pero no saben cómo hacer crecer sus ahorros”.

“Mi trabajo consiste en mejorar esas situaciones”, añade Claudia, que además de los cursos ha escrito un libro sobre planificación de finanzas personales. “Podría hablar sobre esto durante horas, pero hay dos cuestiones que me parecen fundamentales. La primera, que es imprescindible aprender a ocuparse uno mismo de sus ahorros. Las noticias muestran con claridad que el sistema de pensiones actual no es sostenible. La segunda, que hacer crecer el dinero es un tema de creatividad. A menudo pensamos ‘esto es lo que hay’ y nos conformamos, sin tener en cuenta que con muy poco se puede hacer mucho. Hace falta disciplina y constancia, eso sí, como cuando te preparas para correr una maratón. Puedes hacer cosas increíbles, pero necesitas tiempo para evitar lesiones”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellas