430 | Andrés

Andrés López llegó a Bilbao hace siete años. Estaba a punto de cumplir los dieciocho y vino reagrupado por su madre, que había emigrado de Colombia un par de años antes que él. “Ella tomó la decisión de marcharse para mejorar nuestra situación económica –relata–. Vivíamos en Cali y teníamos muy pocos medios para salir adelante. La familia nos apoyaba en todo lo que podía, pero nosotros teníamos que buscarnos la vida, como se dice aquí. Teníamos un puesto callejero de comidas. Vendíamos empanadas de carne, arepas con queso y hojaldres para subsistir. Si la palabra humildad equivale a pobreza, entonces éramos pobres”.

Cuando su madre emigró, Andrés y su hermano se quedaron con su tío. Su “papá tío”, como dice él, ya que fue quien los crió desde muy niños. “Es el hermano de mi madre, pero ha sido como un padre para mí. Se involucró tanto en sacarnos adelante que descuidó su futuro personal. Cuando pienso en él, que ahora está solo en Colombia, se me arruga el corazón. Me encantaría que viniera a vernos. Uno de mis proyectos de vida es traerlo”, explica él, que siempre se ha marcado metas a corto, medio y largo plazo. “No siempre consigues lo que quieres, pero hay que seguir intentándolo”.

Uno de los proyectos pendientes –en este caso, de su madre– tiene que ver con la formación. “Ella siempre insistió en que yo debía estudiar. Siempre me dijo ‘quiero que seas alguien en la vida, que trabajes y cobres por algo que tú sepas, no como yo’ –cita Andrés–, pero la verdad es que nunca me atrajo el estudio. No es que lo evitara, pero tampoco lo iba buscando. Terminé mi bachillerato con esfuerzo porque lo que yo quería era ponerme a trabajar. Quería empezar cuanto antes a ganar dinero para ayudar en casa”.

Y eso ha hecho desde que llegó a Bilbao: trabajar. “Trabajar en lo que surgiera; la tarea me daba igual”, reconoce él, que en estos años pasó por la cocina de una conocida cadena de comida rápida, se dedicó “a la logística” en otra empresa que lo contrató como repartidor, y en la actualidad trabaja como auxiliar geriátrico, cuidando por turnos a una persona mayor. “Esta semana hago el turno largo: entro a las nueve de la noche y salgo a la una de la tarde”, detalla. Está contento con el empleo y, aunque en semanas como esta el horario es muy exigente, él saca tiempo para sus afectos y sus aficiones.

Entre los afectos, destacan su mujer y la niña que viene en camino. “Esta tarde tenemos un curso de preparación al parto; esperamos para agosto”, dice ilusionado. Está feliz con la idea de ser padre y formar su propia familia. Entre las aficiones, Andrés destaca la música, un terreno en el que se ha adentrado “con intención de profesionalidad” y con un nombre artístico: ‘Yecko, la nueva firma‘.

Cantante, no artista

“Yo no soy un artista. No puedo considerarme como tal porque no estudié en un conservatorio, y no puedo ir por la vida creyéndome artista cuando no lo soy en mi vida personal. Eso no tiene sentido. Sin embargo, me gusta mucho cantar y, según dicen, se me da muy bien –reconoce–. Tengo este gusto por la música desde que era pequeño. Cuando tenía diez años imitaba a Richie Ray o Maelo Ruiz. Ahora canto más cosas, pero siempre imitando a artistas. Soy cantante de karaoke y me encanta ese género. Cuando cojo el micrófono, lo hago con la intención de que salga lo mejor posible”.

La primera canción que interpretó en público fue ‘Aquí estoy yo‘, de Luis Fonsi. “Fue en un bar karaoke de Bilbao y había mucha gente ese día. Estaba nervioso, pero salió muy bien. Cuando iba por la segunda estrofa, la gente del público que estaba charlando o distraída se dio la vuelta para mirarme”, recuerda, y cuenta que ha vuelto a cantar más veces en ese bar. “El dueño estaba contento conmigo y me dijo que podía ir cuando quisiera”.

Además de esa experiencia, Andrés ha tenido otras ocasiones para cantar en público e, incluso, para grabar un tema propio en un estudio profesional. “Participé en el casting internacional de voces que se hizo en abril, y también en un concurso de karaoke, donde quedé entre los diez primeros. Y lo de la grabación surgió de manera inesperada. Cuando trabajaba en el local de comida, conocí a una pareja. El chico era colombiano, nos pusimos a hablar y resultó ser que él era un artista; su nombre es Varón. Grabé mi canción en su estudio y fue una gran experiencia. Aprendí mucho y habría grabado más si hubiera tenido dinero. De momento, no puedo, pero todo llegará. Creo que lo único imposible es volver de la muerte. El resto se logra con motivación, disciplina y esfuerzo. Y con oportunidades. El País Vasco me ha dado mucho más de lo que me dio mi país”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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427 | Alex

Alex Brizuela es venezolano y llegó a Euskadi en noviembre de 2015. Hacía mucho que pensaba en emigrar, pero tomó la decisión definitiva hace un año, después de sufrir un ataque del hampa que no acabó con su vida de milagro. “Fue el 11 de junio a las seis de la tarde; no se me olvida más. Me atacaron, me secuestraron y me golpearon muy feo”, resume. La situación fue, por lejos, una de las peores experiencias de su vida, y estuvo amplificada por un entorno que le ayudaba poco a olvidar.

“No fue una cosa aislada. Venezuela está mal. Los principales problemas son la escasez y la inseguridad. Con respecto a la escasez, no es solo que falten artículos de primera necesidad o comida, es que la inflación le impide al grueso de la población adquirir lo poco que hay. Con números se entiende mejor: en este momento, el salario mínimo ronda los 14 euros mensuales. Un kilo de carne cuesta 4,50 euros. La pasta de dientes, 1,50… ¿Cómo hace una persona para vivir con esos precios? ¿Y las familias que tienen cuatro o cinco hijos? Hay que estar ahí para vivirlo”, dice.

“Luego está el tema de la corrupción y la inseguridad”, continúa Alex, que es ingeniero de profesión y que también sufrió rechazos en el ámbito laboral y universitario por no ser afín al gobierno. “Tengo un buen currículum y, cuando buscaba trabajo, siempre me seleccionaban… Hasta que descubrían que no había firmado a favor del régimen. Entonces, el proceso se truncaba. Súmale a eso los robos, el hecho de no poder confiar en nadie o que a las seis de la tarde tengas que estar metido en casa porque la calle es peligrosa. Han violado todos los derechos de las personas”.

El secuestro y la paliza del año pasado fue la gota que colmó el vaso. Aunque llevaba tiempo pensando en marcharse y evaluaba distintas opciones migratorias, fue a raíz de aquel suceso que tomó la decisión. “Nuestra primera opción era Canadá –dice en un plural que abarca a su mujer y sus dos hijos–. Pero finalmente elegimos Euskadi. Tengo sobrinos que viven aquí desde hace más de diez años, y conocidos de Venezuela que residen en Barakaldo y Bilbao. Si vas a empezar de nuevo, mejor estar donde está tu familia o tu gente”, reflexiona.

Alex viajó solo. Poco después, llegó su mujer. Los hijos del matrimonio se han quedado en Venezuela con la abuela, hasta que la pareja los pueda traer. “El vacío que se siente es muy grande. Es duro pensar en tus hijos y tus familiares viviendo allí cuando sabes lo que hay. Es difícil, pero nada es imposible. En ese sentido, mi meta es clara. No miro atrás ni a los costados, siempre miro hacia adelante. Sé que estaremos bien aunque cueste”.

La música, una salida

Pero no todo es sufrimiento. Una de las cosas positivas que le ha brindado la emigración es poder reencontrarse con una de sus grandes pasiones: la música. “Siempre he cantado. Toco instrumentos de cuerda desde que era un niño. Cuando tenía ocho años, ya tocaba la guitarra, el cuatro y la bandola. Soy de Estado Guárico, así que lo mío era la música llanera, el folclore de mi país”, relata Alex, que ya ha actuado varias veces en Euskadi y ha encontrado en su vena artística una vía laboral.

“Empecé poco a poco, a través de conocidos y amigos. Obviamente, aquí no hago folclore. La música llanera no se conoce, así que al llegar al País Vasco me tocó cambiar de género. Aquí hago salsa, merengue, bachata, cumbia, baladas, rancheras… Es decir, hago todo lo demás”, cuenta con simpatía. “La verdad es que me adapto –agrega–. Cuando grabas un álbum quedas más encorsetado en un tipo de música. Pero cuando estás empezando, puedes permitirte experimentar y probar. Yo canto a demanda, no tengo problema. Me gusta complacer a la gente”.

Alex explica que buena parte de su público son otros latinoamericanos. Algunas celebraciones de otros colectivos, como el día de la madre de Bolivia o de Paraguay, han contado con su presencia. “El latino es muy alegre, tiene chispa y es extrovertido. Yo elijo canciones románticas pero también movidas y divertidas. A los vascos les gusta mucho el rock. Es bonito conocer a otras personas y aprender cuáles son sus gustos”, comenta él, que aquí ha tenido la ocasión de empaparse de otras culturas.

Ahora bien, ¿es posible sentir que uno ha emigrado cuando en el país de destino se habla tanto sobre el país de procedencia? Alex sonríe. Para él, es un poco raro ver que la política de España se disputa en Venezuela. Sin embargo, no duda en enumerar las diferencias. “Lo primero que me gustó de aquí fue la seguridad. Luego, la limpieza. Que una ciudad esté limpia es sinónimo de cultura. Hay una economía estable. Consigues todo. Puede ser que el vasco sea menos alegre que el venezolano, pero te aseguro que no me importa”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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425 | Silvana

A principios de mes, en Donosti, se presentó la Red Vasca Antirrumores ZAS! (siglas de Zurrumurruen Aurkako Sarea). La red está integrada por numerosas personas, instituciones públicas y organizaciones sociales, y tiene un objetivo común: desmontar los múltiples rumores asociados a la población inmigrante en Euskadi. Ayuntamientos, diputaciones, asociaciones de extranjeros, fundaciones y organizaciones que trabajan por la igualdad y la inclusión social se dieron cita en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de San Sebastián para dar a conocer este proyecto que combina las políticas públicas con la acción de los movimientos ciudadanos.

Entre los integrantes de la iniciativa se encuentra Silvana Luciani que, además de trabajar en MUGAK, el centro de documentación y observatorio de medios de SOS Racismo, dinamiza propuestas como ‘La familia de al lado‘ –un espacio de encuentro entre familias vascas y extranjeras– e imparte talleres de formación para combatir los rumores negativos que azotan a los inmigrantes. “’Nos quitan el trabajo’, ‘aumentan la delincuencia’, ‘viven de las ayudas oficiales’ o ‘no se quieren integrar’ son algunos de esos prejuicios tan extendidos como falsos”, enumera esta licenciada en Historia que vive en Donosti desde 2003.

Hija de italiano, nieta de vasco y nacida en Argentina, Silvana emigró tras el estallido de la crisis económica en su país. Trabajaba en un banco –aunque confiesa que no le gustaba porque “no creía en lo que vendía”–, cuando le ofrecieron el retiro voluntario, junto a varios compañeros. “La indemnización era buena y acepté, sin saber que poco después se desmoronaría todo el sistema”, recuerda. También dice que tuvo suerte, ya que pudo salvar sus ahorros del famoso ‘corralito’ financiero.

“Decidí emigrar en ese momento, antes de que la devaluación se comiera lo que había ahorrado. Tenía la ciudadanía italiana por mi padre y me esperaba un amigo de la familia aquí, en Andoain. Por eso elegí el País Vasco. Siempre es bueno llegar a un lugar donde tengas a alguien conocido, una mínima red de apoyo, porque los inicios nunca son fáciles -aconseja-. La verdad es que antes de emigrar nunca imaginas lo que te espera. No puedes prever la complejidad de los trámites, el aprendizaje de cómo funcionan las cosas, incluso el rechazo de algunas personas. Yo pensaba que con tener papeles era suficiente, pero no es así”.

Silvana es consciente de que llegó a Euskadi en unas condiciones mucho más favorables que la mayoría de los extranjeros y señala que, así y todo, también tuvo que afrontar rechazos o aguantar los estereotipos. “Me han llamado ‘sudaca’ alguna vez, me costó alquilar un piso por el simple hecho de ser extranjera, han puesto en duda mi formación… Si a mí me pasaron esas cosas, ya te puedes imaginar lo que viven otras personas. Hay extranjeros que van en el bus y notan que otros pasajeros evitan sentarse junto a ellos, o personas que entran a un bar y ven cómo la gente guarda los móviles porque creen que les van a robar”. Por eso, hace hincapié en las barreras que suponen los prejuicios.

Prejuicios vs datos

“Los rumores afectan a las relaciones de convivencia. Dificultan mucho la cohesión social. Tanto las generalizaciones como las miradas parciales de la realidad cobran fuerza si no se las cuestiona, especialmente en un contexto de crisis como el que tenemos ahora. Si tú oyes una afirmación despectiva y la dejas pasar, el rumor se va a sentando y las voces discriminatorias crecen”, expone. “Pero, claro, para cuestionar algo como ‘los inmigrantes reciben más pisos de protección oficial que los vascos’ tienes que tener los datos”.

Para saber que los extranjeros representan el 22% de la demanda y solo el 7% de las adjudicaciones de las viviendas protegidas es preciso acceder a las cifras, algo que no todo el mundo hace porque implica tiempo y trabajo. Conscientes de que los prejuicios solo se pueden rebatir con información contrastada y buenos argumentos, la estrategia ZAS! ha creado una página web que recoge los principales rumores y los datos que los refutan. “En el portal hay mucha información, recursos y materiales”, dice Silvana, que anima a visitarla.

“Hay mucho por hacer todavía en este campo. La red ZAS! procura aunar los recursos institucionales con los de la sociedad civil para fomentar la integración y el respeto, para crear espacios de encuentro y evitar la división social. Esto es muy importante, porque actualmente convivimos pero nos relacionamos poco, y eso nos impide ver la gran cantidad de cosas que tenemos en común. La diversidad es una realidad ineludible, el tema es cómo gestionarla”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellas

422 | Betty

Y entonces hay un terremoto, el mundo se rompe y la gente se quiebra. Las paredes y los techos se desploman, la tierra se abre y traga cientos de personas, insaciable. Lo conocido desaparece. Donde había vida hay escombros. Las cosas cambian para siempre de manera brutal. “Sigues las noticias, miras las fotos del desastre y te quedas paralizado, sin saber qué hacer, qué decir. Quieres ir a ayudar, pero no puedes. Llamas, hablas, preguntas y poco a poco te vas dando cuenta del tamaño del desastre. Hay muchos niños fallecidos, miles de desaparecidos. La tierra se ha deshecho, ha quedado como un flan cuando lo sacas del molde y se rompe”.

La descripción pertenece a Betty Bastidas, una mujer ecuatoriana que vive en el País Vasco desde 2002. Al igual que sus paisanos emigrados -más de 9.000 aquí, en Euskadi-, atraviesa un momento de profunda consternación. El terremoto que sacudió Ecuador el 16 de abril desahució a veinte mil ciudadanos, mató a medio millar de personas y desapareció a otras dos mil, de las que poco a poco se han ido teniendo noticias. “No lo acabamos de asimilar -dice ella, poniéndole voz a quienes lo están viviendo a distancia-. No hay palabras para describir lo que se siente. Es como si hubiera pasado en mi casa”.

Betty ha tenido suerte. Su familia no vive en la costa, donde se registró el epicentro del sismo. “Somos de San Gabriel, de la sierra. Es un pueblo pequeño de la provincia del Carchi que está a 2.800 metros de altura, muy cerca de la frontera con Colombia”, precisa. También explica que allí esperaban un temblor desde hace un año. “Pero un temblor, no un terremoto -subraya-. Existían probabilidades de que hubiera un movimiento en la zona. Habían instruido a la gente y se habían almacenado camillas y tiendas de campaña, de manera preventiva”, relata.

Así, cuando la tierra vibró ese sábado, “lo primero que pensaron en mi pueblo fue que se trataba del temblor”. Nadie se podía imaginar que era un eco del rugido de la costa. “En mi país no estamos acostumbrados a este tipo de catástrofes”, dice, mientras Ecuador sigue convulsionado por las réplicas del terremoto. Algunas han llegado a los 6 grados en la escala de Richter, como la del viernes pasado. “El sismo más grave que recuerdo fue a finales de los ochenta, en el norte. Tardaron cuatro años en reparar los daños, y eso que contaron con ayuda internacional. Yo me pregunto ahora cómo van a hacer, cuánto van a tardar”.

Quedarse sin nada, otra vez

Parte de la respuesta la dio hace unos días el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, al anunciar una subida de impuestos durante un año para que los trabajadores ayuden con su sueldo a financiar la reconstrucción del país. “Estaba todo tan lindo… -dice Betty con una pena infinita en la voz-. Ecuador estaba precioso, con carreteras nuevas, con edificios nuevos. Yo pienso mucho en la gente que emigró, que trabajó muy duro aquí durante años para volver y tener su casita, su negocio… Y que todo eso se haya venido abajo de esa manera. Tanto esfuerzo, tantos años… Es muy cruel”.

Reflexiona sobre los migrantes retornados porque, si bien ella ha decidido quedarse aquí, conoce bien los sacrificios que supone alejarse tanto del país y los afectos. “Yo me fui en 2002, como la mayoría, por la dolarización del país. El capital que teníamos ahorrado, en sucres, se volvió un puño, apenas 4.000 dólares”, detalla Betty, que trabajaba en el sector de la agricultura. Se dedicaba al cultivo de patatas, con otras treinta personas. “Con la crisis económica me di cuenta de que la vida era insostenible. No teníamos cómo sacar adelante a la familia”, añade, refiriéndose a sus cuatro hijas.

“Vinimos mi marido y yo. Ellas quedaron al cuidado de mi madre y mis hermanas. Fue muy duro, sobre todo porque al principio trabajé cuidando niños. Después encontré trabajo con otra familia, con la que todavía estoy. Han sido muy generosos conmigo y, ahora que han venido mis hijas, son un apoyo muy grande”, reconoce Betty, que tardó diez años en poder reunir nuevamente a la familia de este lado del Atlántico.

“No es fácil. Tomar la decisión de marcharte nunca en sencillo. Y menos vivirlo. El reencuentro es una experiencia impresionante y la emoción es muy grande, pero también es muy difícil. Yo me perdí la niñez de mis hijas. Todos los que emigramos perdemos cosas importantes y muchas de ellas no vuelven nunca. ¿Cómo no voy a pensar en la gente que regresó a mi país y se quedó nuevamente sin nada?”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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421 | Neuvelis

Las migraciones marcan un antes y un después en la vida de quienes se van y en la de sus afectos. Las cosas cambian. Las personas cambian. Muchos aspectos de las relaciones nunca vuelven a ser igual. A veces sutil, casi siempre profunda, la transformación es lo suficientemente importante como para dejar huella en las personas. Pero si a eso se le suma la pérdida de un padre, el fin de una relación de pareja, el miedo y las discusiones de familia, el resultado puede ser demoledor. En parte, así es la historia de Neuvelis Echevarría Arrieta, un ingeniero venezolano que llegó a Bilbao en 2010 y que, antes de estabilizarse, lo perdió todo.

Neuvelis tiene dos apellidos vascos, pero cuando habla de su herencia, se fija en los valores más que en la genealogía. “De mi madre aprecio la constancia, la fortaleza y la dedicación. De mi padre, la disciplina, el esfuerzo y la honestidad. Siempre que pienso en él, recuerdo esas cualidades”, asegura Neuvelis que, por momentos, no sabe si conjugar los verbos en presente o en pasado cuando habla de su padre. “Es lo malo que tiene no saber qué fue de él, si está vivo o está muerto, qué le pasó. A mi padre lo secuestraron hace seis años. Nunca volvimos a saber de él”. Entre las hipótesis, el dinero.

“El crimen en Venezuela se agudiza con las personas que están bien económicamente -explica-. Mi padre es de origen humilde pero, como dicen aquí, se lo curró. Creía en el progreso a base de honestidad y trabajo. Le fue muy bien y a nosotros nunca nos faltó nada. Teníamos un estilo de vida cómodo, casa en la playa, en la ciudad, en el pueblo, en el campo… Y, más allá de todo eso, nos teníamos a nosotros. La familia estaba completa”, dice Neuvelis, y se le estrangula la voz. “Perdona. Es que todavía no lo he superado”.

El suceso alteró por completo la vida de la familia, que vio cómo su mundo se resquebrajaba. “Fue horrible. Todo era un caos. Tuve miedo, tristeza, discutimos. Fue un momento muy feo”, recuerda Neuvelis que, así como estaba, decidió emigrar. “Necesitaba aire, poner distancia, salir de allí. En esa época yo estaba en pareja con una chica que, a su vez, tenía una amiga en Euskadi. Esta amiga insistía para que viniéramos, nos dijo que nos daría una mano. Y vinimos. Así elegimos este lugar y no otro”.

Tocar fondo

Sin embargo, “las cosas empezaron mal y siguieron peor. La chica ni siquiera estaba esperando en el aeropuerto. Todo fue a los tropiezos. Yo había traído algo de dinero, pero se fue acabando. Pensaba que sería fácil encontrar empleo, ya que soy ingeniero informático, y pronto entendí que no. Los tutoriales de Youtube son un competidor muy serio”, dice, con un punto de humor. “La verdad es que vine sin organizar nada y eso me pasó factura”. Al cabo de un año y poco, la relación de pareja terminó. Neuvelis metió “cuatro cosas en la mochila” y se marchó de la habitación que alquilaba y compartía con su pareja.

“Viví tres semanas en la calle -desvela-. No tenía un duro. Alguna noche dormí en una lonja, pero muchas otras dormí en las plazas, escondido”, detalla. Sin embargo, ni siquiera en ese momento tan extremo pensó en volver a Venezuela o en pedir ayuda a su familia. “Nunca fue una opción -reafirma-. En medio del lío, me marché con dos metas: establecerme fuera del país, para que mis familiares pudieran hacerlo más adelante si la inseguridad aumentaba allí, y formar mi propia familia con la chica con la que estaba. Lo segundo se truncó. Si volvía a casa, todo el movimiento habría sido en vano. No podía permitirme un fracaso general”.

De la calle salió gracias a una pareja que lo ‘adoptó’ durante tres meses y lo apuntaló para que volviera a empezar. “Marina y su esposo fueron una bendición. No te imaginas la alegría que sentí al ducharme, al tener la ropa limpia otra vez. Todavía me cuesta caminar por las calles donde dormí. Ellos me ayudaron muchísimo, al igual que otras personas a las que he ido conociendo en estos años. Marilene y Víctor, por ejemplo, son mis compañeros de piso. Ella es de Brasil, él es de Galicia, y son como mi familia”, dice Neuvelis, que dejó la ingeniería para dedicarse al diseño web y la fotografía.

“Trabajé en varias cosas, saber inglés me sirvió mucho para encontrar empleo en la hostelería, por ejemplo. Ahora estoy volcado en este proyecto personal. Dejé la programación, el código, para centrarme más en lo estético. Aquí he aprendido mucho. Toqué fondo, volví a empezar, conocí gente estupenda. Es difícil ayudar a alguien sin conocerlo. Siempre es más fácil juzgar. Que seas gitano, venezolano, gallego, vasco, marroquí o alemán no quiere decir que seas ladrón, mentiroso, borracho, vasto, machista o clasista. Cada persona en un mundo y ¿sabes qué? El mundo no es de quienes están educados para caminar por los pasillos, sino de quienes se animan a abrir las puertas».

2016 América del Sur Ellos

418 | Darwin

Como muchas personas, Darwin Motoche creyó que compraba una parcela de felicidad en cómodas cuotas. Un lugar propio, un hogar. Años después -y, también, como muchas personas-, descubrió que no era así, que la vivienda de sus sueños se trocaba en una pesadilla. “Si hace ocho años hubiera sabido lo que sé hoy, ni loco me metería en la compra de un piso. Alquilaría, sin dudarlo. Las hipotecas son la esclavitud moderna de las personas y de sus familias”, opina este ecuatoriano que emigró de su país en 1999 y eligió Bilbao para vivir. Y para quedarse.

“Emigré sin meditarlo -cuenta-. Había terminado la carrera militar en Ecuador para ingresar en la Marina, pero el sueldo era una miseria. Pagaban 600.000 sucres, una moneda que ya ni existe. Por un lado, estaba esa realidad. Por otro, la cantidad de gente que se iba”. Además, estaban los relatos habituales asociados a la migración, a las crisis económicas de América Latina y a la época de bonanza que se vivía en Europa. “Todo el mundo decía eso: vas, trabajas, ganas bien. Allí se puede progresar, se puede ahorrar. Había una especie de delirio general por marcharse. Por eso renuncié a todo, que no era mucho tampoco. Me trajo el impulso de mis sueños de juventud”, comenta ahora, que tiene 36 años, esposa y tres hijos.

“Conocí aquí a mi mujer. Ella es de Bolivia y nuestros niños nacieron en Euskadi, así que en casa tenemos una mezcla cultural muy interesante. Los peques dicen que son de tres países, y nosotros, cuando sentimos algo de nostalgia, valoramos estar en territorio neutral”, relata entre risas. Pero, más allá del humor, lo cierto es que tanto Darwin como su esposa están encantados con Bilbao. “De todos los sitios que he conocido, este es el mejor. Yo no cambio Bilbao por nada, aunque llueva. Aprecio mucho la tranquilidad, la gente buena que hemos encontrado… No sé exactamente qué es, pero me gusta muchísimo. Ni se me pasa por la cabeza marcharme”.

Bilbao tiene un gran valor para él. Ha sido el lugar donde conoció a su pareja, donde tuvo a sus hijos, donde cumplió aquellos “sueños de juventud” trabajando mucho, donde sintió la estabilidad y donde, por todas estas razones, decidió comprar un piso. “Teníamos claro que nos íbamos a quedar aquí. Trabajábamos los dos; mi mujer estaba en una empresa de limpieza, y yo, en una empresa de montajes. Había empleo, dos ingresos en casa. Se nos presentó la posibilidad de comprar nuestra vivienda y lo hicimos, muy felices, además. Pensamos en nosotros y en una inversión a futuro, para nuestros hijos”.

Una difícil disyuntiva

Pero la situación económica cambió para Darwin y para miles de personas que, como él, se encontraron atadas a un enorme compromiso al que ya no podían hacer frente. “Con el estallido de la burbuja inmobiliaria, mermó el trabajo, me quedé sin empleo y se me terminó la prestación. El banco no aceptaba cambiar nada del contrato hipotecario, incluso siguió para adelante con la ‘cláusula suelo’; mientras el Euribor bajaba y bajaba, yo seguía pagando un 3,2% de intereses”, detalla. “Había meses en que la cuota del piso era de 1.500 euros. Es mucho dinero, pero mientras trabajas y ganas, lo pagas sin protestar. El problema llega después. Cuando los ingresos de tu casa no alcanzan ni para solventar los gastos básicos, la cosa cambia”.

Cambia tanto que llega un punto en el que se toma la gran decisión, una de las más angustiosas para cualquier persona que ha querido “hacer las cosas bien” y no ha “despilfarrado el dinero”: dejar de pagar la hipoteca. “Es muy duro, pero tienes que optar, sobre todo cuando hay niños en casa. Te ves a ti mismo en una situación económica bastante crítica y comprendes que no llegas a todo, aunque quieras. Entre darle de comer a tus hijos y darle de comer al banco, la elección es clara. Al menos, lo fue para nosotros. La familia es una prioridad”.

Superado por el problema, Darwin contactó con el Servicio de Asesoría Gratuita para Ecuatorianos Afectados por las Hipotecas en Euskadi. “Me enteré de que existía este grupo, me reuní con ellos, les expliqué mi caso y me ayudaron dándome pautas a seguir, orientándome con los trámites. Hicimos las cuentas con los documentos en la mano: de los 120.000 euros que había pagado hasta el momento, apenas 12.000 eran capital; el resto eran todo intereses. ¡Un despropósito! -se queja- La solución ideal hubiera sido la dación en pago, claramente, pero no fue posible. El banco no lo aceptó. Sin embargo, sí pude reestructurar la hipoteca y eso me dio mucha tranquilidad, porque esto no solo me incumbe a mi, sino que arrastra también a mis hijos. Ahora pago menos de cuota, aunque lo haré durante más tiempo. Me quedan 45 años… Me jubilaré, no sé si cobraré pensión, pero estaré hipotecado”.

El Servicio de Asesoría Gratuita para Ecuatorianos Afectados por las Hipotecas en Euskadi atiende todos los jueves de 16:00 a 20:00 horas en la esquina de las calles Bailén y Gral. Castillo, en el local de Libros en Movimiento de la Asociación Norai. El teléfono de contacto es: 637.601.736.
2016 América del Sur Ellos