456 | Marco

«Adaptarme a un lugar nuevo no es lo más trascendental de mi vida. Ya lo había hecho antes. De joven, emigré a Brasil y estuve un tiempo allí antes de volver a mi casa en Bolivia», recuerda Marco Vega Aguirre, un ingeniero forestal que llegó a Bilbao hace diez años. El enfoque tiene mérito, ya que el cambio al que se enfrentó fue notable. Oruro, su ciudad de nacimiento, es una de las más altas del mundo: se asienta a más de 3.700 metros sobre el nivel de un mar que no ve. La mayoría de sus habitantes son indígenas.

«Somos indios en un país que siempre ha renegado de los indios; un país que, hasta hace poco, nos hacía sentir vergüenza de nuestros orígenes, de nuestra lengua, del color de nuestra piel. Por suerte, yo crecí en una familia que valora lo que es, que jamás ha intentado ocultarlo. Nací indio y moriré indio. Tengo claro que la grandeza de las personas está en su raíz», dice con convicción, pese a que su apellido materno es vasco.

Apreciar la cultura de origen no era algo nuevo para él. Lo que le resultó novedoso fue ver que, en otras partes del mundo, una sociedad entera es capaz de cuidar sus tradiciones y costumbres. «Eso lo aprendí en Euskadi. Me parece fantástico que se mantenga la lengua, la música, la cultura del lugar. Esa reivindicación, esa defensa de las raíces, es muy valiosa», opina Marco, que observa con «alegría» los cambios políticos y sociales de su país.

«Lo que está pasando en Bolivia es algo muy grande. Aquí en Europa no se dice mucho sobre el crecimiento social y económico que se está produciendo; tampoco se conoce la importancia de la reforma educativa que se ha hecho. En realidad, no se habla mucho de Bolivia en los medios y, cuando se hace, es para contar las cosas malas. Jamás he visto una noticia buena de mi país aquí», lamenta Marco, que no olvida los lazos históricos –y económicos– que unen ambos territorios.

«Se dice que con toda la plata que se extrajo del Potosí podría haberse construido un puente hasta España. Quizás sea exagerado, pero no mucho. Solo hay que leer un poco de historia. Hace tiempo fui a visitar el Museo del Prado y, mientras lo recorría, me di cuenta de la cantidad de cosas que fueron posibles aquí gracias a aquello. Los bolivianos deberíamos entrar gratis en todos los museos de Europa».

«Soy una mezcla»

Aunque tiene muy presente a su país y sus afectos, Marco no ha vuelto a Oruro desde que se fue. «Tenía previsto estar aquí un par de años; es evidente que no cumplí mi previsión. Recuerdo que al principio pensaba con frecuencia en volver a vivir allí, pero a medida que fueron pasando los años, el sentimiento cambió. Empecé a decir ‘bueno… como mínimo querría volver a morir’. Ahora ya lo percibo de otro modo. Creo que, cuando uno pasa tanto tiempo fuera, acaba siendo de ningún sitio y de todos a la vez. Soy una mezcla; aquí he aprendido a ser las dos cosas, boliviano y vasco».

También ha aprendido a encarrilar su vida y empezar desde cero. «Yo era un ludópata, un adicto al juego. Derrochaba, bebía… Un desastre. En ese momento, estaba en pareja y tenía tres hijos; la familia estaba totalmente desestructurada por mi culpa», describe con sinceridad, sin intentar embellecer el relato. «La ludopatía es algo muy serio; engancha más que las drogas y te hace perderlo todo. Eso me pasó a mí. Más que bienes materiales, empecé a perder el rumbo. Comprendí que, si no hacía algo drástico, aquello iba a terminar mal. Por eso me fui. Yo no emigré por trabajo. Emigré para rehacerme como persona, para ser alguien mejor».

«Realmente –prosigue–, el destino me daba igual. Lo importante era salir de ese entorno. Pensé primero en ir a Estados Unidos, porque allí vivían mi padre y mi hermano, pero terminé eligiendo Bilbao. Lo único que conocía de aquí era a través del fútbol: Xavier Azkargorta fue entrenador de la selección de mi país. No sabía nada más ni conocía a nadie pero, como decía antes, eso no era un problema para mí. El día que vi un anuncio en una agencia de viajes, me lancé».

Diez años después de aquella decisión, Marco siente que hizo lo correcto. «Me he prometido a mí mismo no arrepentirme. Aunque fue duro, sobre todo para mis hijos, también era necesario. Aquí pude empezar de nuevo, superar el problema con el juego, cambiar mis hábitos. Le debo mucho a Bilbao. Esta tierra y su gente me han ayudado a ser otra persona. Quizá desde fuera no se entienda, pero yo sé que si no me marchaba, mis hijos hoy no tendrían padre».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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