266 | Carlos

Diciembre es tiempo de balances y repaso. También lo es de hacer proyectos y concretar planes. Este mes -y, en particular, este día- es un punto de inflexión “y reflexión”, como apunta Carlos Slutzky, un argentino de ascendencia polaca que vive en Euskadi desde hace once años. “Creo que ahora, en diciembre y enero, vamos a notar un ‘antes y después’. Hay mucha gente que se está yendo. Algunos conocidos, extranjeros como yo, me dicen que prefieren volver a casa”, comenta.

En el locutorio donde trabaja casi desde que llegó, el planteamiento que más se repite tras la consolidación de la crisis se asemeja bastante a una negociación de mínimos: ‘Entre sufrir aquí y sufrir allí, prefiero hacerlo allí, que tengo a mi familia y sufro una sola cosa’, le dicen. “Pero eso es un apaño -matiza-, no una solución. A menos que seas mayor y ya no tengas energía, o que ya hayas cumplido con los objetivos que tenías al venir, lo mejor que puedes hacer es seguir luchando por ti, por tu familia y por tus hijos. La vida continúa”, señala.

Si bien la debacle económica es responsable de gran parte de los retornos, no es la única razón que los explica. “Hay personas que deciden marcharse incluso teniendo trabajo -desvela-. Y su decisión no pasa por la situación actual, solo coincide con ella. Me refiero a personas que tenían un proyecto concreto cuando emigraron, como pagar deudas, comprar una casa o garantizar la educación de sus hijos, y que ahora, que lo han cumplido, solo piensan en regresar. Es decir, una vez que logran generarse un cierto bienestar en su país, vuelven para disfrutarlo aunque sea modesto porque no ambicionan ni necesitan más”,

Este es el caso de muchos, pero no el de Carlos que, como dice, ha venido para quedarse -o se ha marchado “para no volver”-. “Yo me fui de Buenos Aires escapando de la crisis que había y del famoso ‘corralito’ bancario. Cuando descubrí el País Vasco, gracias a un conocido, sentí que era un lugar estupendo para vivir. Además del paisaje, del mar, de la montaña, había (y hay) calidad de vida, posibilidades de desarrollarse y crecer. Eso fue determinante para mí: encontrar un entorno estable y seguro que me permitiera hacer cosas, emprender. Aunque mi país tiene muchísimos recursos, no tiene ese marco de estabilidad mínimo para que un comerciante pueda salir adelante, generar empleo y vivir”.

La inseguridad comercial

Ha pasado más de una década desde que partió de su país. El ‘corralito’ y la devaluación son historia. Sin embargo, en opinión de Carlos, los problemas estructurales persisten. “Argentina podría estar mucho mejor que antes, pero no lo está. Hay mucha corrupción y hay una inmensa inseguridad comercial. Pongo un ejemplo concreto, de hace un par de años, cuando estuve de visita por allí. Tenía que cambiar las ruedas de un remolque, así que fui al taller y pedí presupuesto. Era miércoles y los neumáticos costaban 1.500 pesos. Siete días después, me llamaron para decirme que había subido el precio casi al doble. ¿Qué ocurrió? Que esa semana el Gobierno decidió cerrar la importación de cubiertas y, en consecuencia, el precio se disparó”.

El ejemplo es el primero de otros muchos que Carlos cita para ilustrar un contexto de “decisiones arbitrarias donde los comerciantes de a pie no pueden prosperar por mucho que quieran”. Por eso, cuando le preguntan si tiene previsto regresar, él responde con otra pregunta: “¿Volver a mi país, a qué? Yo tengo ganas de trabajar, de crecer, de tirar para adelante”, dice. Y, puestos a elegir situaciones económicas adversas, prefiere esta.

“La crisis que hay aquí es mitad crisis y mitad miedo. Creo que hay que lanzarse y no dejar nunca de intentar las cosas que uno quiere hacer en la vida. Si tuviera dinero ahorrado, montaría un restaurante de comida argentina. No lo tengo, pero tampoco me quedo quieto: inicio proyectos más modestos y ya está”, explica Carlos, que hace unos meses comenzó a gestionar un servicio de paquetería. “Como comerciante, pienso que no es bueno dedicarse solo a recortar gastos, también tienen que implementarse medidas para generar ganancia. Como ciudadano, creo que el País Vasco es maravilloso; tengo buenos amigos aquí y no hay nada como ir a La Arboleda a comer unas buenas alubias, o hacer una barbacoa con los amigos en el monte. Lo único que echo en falta son mis hijos, que vienen todos los años, pero no viven aquí. Si los tuviera conmigo, esto sería realmente perfecto”,

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265 | Cristina

En la mesa de esta noche habrá ocho comensales. Cristina llegará a casa después de trabajar, con el tiempo justo para ducharse y ponerse guapa “para la foto de Nochebuena”. Su hermana, que está en Vitoria, vendrá pronto y cocinará. Le gusta mucho y lo hace bien. El menú combinará platos típicos bolivianos con algunas cosas de aquí, ya que el cuñado de Cristina es vasco. Cuando ella llegue esta noche, la cocina olerá a cerdo al horno, en la mesa habrá jamón y en su casa estarán todos -su marido, sus dos hijos, su hermana, su cuñado y sus sobrinos- esperándola para cenar.

El plan es tan normal, tan cotidiano y previsible, que no parece posible que pueda haber uno distinto esta fecha. Sin embargo, sí lo hubo, hace diez años. “Mi primera Navidad en Bilbao la pasé sola y fue muy duro. Echaba de menos a mis hijos, que eran pequeños, y a mi marido, que se quedó en Bolivia con ellos”. Cristina, que tenía 29 años, había decidido emigrar para hacer realidad un par de sueños: tener una casa propia y alcanzar la estabilidad económica familiar. “En Santa Cruz todo el mundo hablaba maravillas de Europa. La gente comentaba que había grandes posibilidades de progreso”. Y ella, que llevaba casi quince años trabajando sin ver frutos de su esfuerzo, no lo dudó.

“Yo empecé a trabajar muy joven -cuenta-. A los quince años, ya tenía mi peluquería”. También tenía una niña. “Fui madre a los 14”. Su vida adulta comenzó tan pronto que, antes de cumplir los 30, sintió que ya lo había intentado todo para sacar a su familia adelante y que la tierra que le daría frutos no era la suya, sino esta. Compró un billete de avión en cuotas, hizo su maleta y se marchó de Bolivia con la convicción de que un año le bastaría para la siembra y la cosecha. Se equivocó.

El primer escollo que encontró fue la vivienda. Las condiciones de alquiler -fianza, nómina y avales- eran muy duras para ella, que acababa de llegar y aún no tenía empleo. La solución para tener un techo y, al mismo tiempo, ahorrar, fue compartir piso. “Éramos treinta personas, y mi recuerdo de aquella etapa es amargo. Muchas veces no había lugar donde dormir, o tenías que darte prisa y llegar antes que el resto para no perder el sitio. En ocasiones, ponía mi colchón en el salón y dormía bajo la mesa”, cuenta Cristina con un nudo en la garganta. Ese fue el escenario en el que celebró su primera Navidad lejos de casa. Su realidad durante ocho meses.

Una barra de pan con atún

“Por suerte encontré trabajo enseguida y pude combinar varias cosas. Empecé en una peluquería del barrio y, como iba muy seguido a un locutorio, me quedé trabajando ahí también. No tenía tiempo para nada, más que para trabajar, y eso me hacía mucho bien”, relata Cristina que, para entonces, ya se había dado cuenta de que su proyecto insumiría más de un año y que no estaba dispuesta a pasar tanto tiempo alejada de sus hijos. En esos ocho meses, ahorró tanto como pudo -incluso en la comida- y los trajo para aquí. “Me compraba una botella grande de gaseosa y un paquete de galletas, o una barra de pan con atún y comía eso”.

Cuando sus hijos vinieron, cambió de trabajo y de piso. “Conocí a una persona que tenía una peluquería, me ofreció empleo y una habitación para mí y mis hijos en su vivienda”, cuenta. Comparado con los inicios, era un lujo, aunque no es oro todo lo que brilla. “Fue muy difícil. Estaba sola para todo. Trabajaba trece horas por día y el dueño de la peluquería no permitía que mis hijos estuvieran allí, pero tampoco que se quedaran en el piso porque, según él, molestaban a su pareja. Muchas veces, cuando mis hijos salían de la escuela iban al parque y allí me esperaban; hiciera frío, lloviera o tronara, porque no tenían dónde ir. Me acuerdo de eso y siento un dolor inmenso y mucha vergüenza”.

El tiempo, poco a poco, fue poniendo a cada cosa en su lugar. Cristina pudo zafarse de esa situación gracias a un nuevo trabajo de ocho horas diarias -que le parecía “una maravilla”-. Unos años después, llegó su esposo, “y entre los dos ya todo era más fácil”, cuenta. Hace cuatro años puso una peluquería propia en Sestao, y el julio trasladó el local a Bilbao, donde “hay más movimiento y trabajo”. El balance de la última década es “regular”. Está más cerca de cumplir el sueño que la trajo, aunque ha pasado mucho tiempo. “Y muchas cosas”, apunta. “Mi hija mayor me ayudó muchísimo. Fue como una segunda mamá para su hermano, pero la verdad es que mis dos hijos se hicieron independientes a la fuerza”.

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264 | Jorge

Mañana se conmemora el Día Internacional del Migrante; una jornada para recordar que hay 191 millones de personas viviendo lejos de sus raíces, aunque no siempre por elección personal. En ocasiones, la migración no es una alternativa para tener una vida mejor, sino la única vía para mantenerse con vida. La diferencia es trascendental.

Según ACNUR, los migrantes -en especial, los económicos- deciden mudarse con el fin de mejorar las perspectivas de futuro de ellos mismos y de sus familias. Los refugiados no. Ellos tienen que moverse si quieren salvar sus vidas o su libertad. En esta situación hay más de 16 millones de personas; entre ellas, Jorge Freytter.

Colombiano, de Barranquilla, y estudiante de Ciencias Políticas en la UPV, Jorge ha pasado los últimos seis años lejos de su tierra. Los mismos que cuenta como refugiado político aquí. “Vine a Euskadi después de que me concedieran ese estatus. No conocía a nadie, pero tenía curiosidad por descubrir la cultura vasca. En América Latina se aprecia mucho a los vascos y siempre se ha transmitido la idea de que conforman un pueblo singular, con su propia idiosincracia y su lengua. Venir aquí me permitió conocer esa realidad de primera mano y comprobar que es así; que la identidad cultural está muy marcada”, relata.

De su partida de Colombia prefiere no hablar. Tan solo esboza un resumen que contiene “movimientos estudiantiles”, veinte años de edad, “amenazas permanentes” y la participación en un foro social mundial que tuvo su sede en Caracas, justo antes de viajar rumbo a Bilbao. A veces no hacen falta detalles para entender que hay maneras y maneras de emigrar. La suya no fue la más agradable; sin embargo, le permitió reiniciar una vida normal. “Pese a todo -explica-, mi emigración fue formalizada. Entiendo la integración desde la reciprocidad o el reconocimiento mutuo de las culturas: tú me reconoces, pero yo también te reconozco, eso es la integración”.

Por supuesto, los comienzos no fueron sencillos. Como a cualquiera que viene de fuera, a Jorge le tocó adaptarse a ciertas cosas. “El ritmo de vida es una de ellas -señala-. Vengo de una ciudad cuya población equivale a la de todo el País Vasco, de modo que el ritmo es mucho más intenso y trepidante. Por otro lado, es bonito ver el cambio de las estaciones, ya que mi ciudad está en una región del Caribe y el clima es muy diferente”. Ahora bien, para temperaturas extremas, las que experimentó en Quebec, Canadá, donde vivió un par de años mientras estudiaba francés.

Adaptación e integración

“35 grados bajo cero… Aquello sí que era frío -recuerda-. Pero soy joven e intento adaptarme a lo que se me presenta en la vida”, agrega Jorge, y al decir esto cambia el eje de la conversación y el semblante. Quien habla ahora es el hombre que trabaja con varios colectivos latinoamericanos y vascos en el ámbito de la solidaridad y la cooperación internacional. Habla el estudiante universitario, que comenzó haciendo Derecho pero acabó inclinándose por las Ciencias Políticas. “Me viene de lejos -dice-. Mi familia estaba muy comprometida con la participación social en la vida política”.

Habla un ciudadano con sentido crítico que se pregunta cómo es posible que una Unión Europea que acaba de recibir el premio Nobel de la Paz tenga todavía “ciudadanos de segunda”. Personas “que trabajan y que aportan mucho a esta sociedad”, pero no pueden votar ni son tratados en un marco igualdad. “No es posible que a estas alturas juzguemos a la gente por su aspecto; que cuando vemos a alguien pequeñito, de color o con facciones amerindias lo primero que pensemos es que se trata de un inmigrante ilegal que no contribuye a la economía. Hay gente que trabaja mucho y, además, el ser variopinto y multicultural enriquece siempre a una sociedad”.

Jorge plantea estas cuestiones en un escenario mundial de movilidad, donde “la gente va y viene de unos países a otros” y “se hace necesario repensar el modelo de integración social”. En su opinión, hay dos niveles distintos. “Está el inmigrante que viene a resolver un tema económico, que no busca en principio establecer lazos de amistad y al que se le percibe como un ‘pobrecito falto de cariño’. Y está la otra integración, la que parte del ‘¿y tú, qué haces?’ Cuando te hacen esa pregunta, según qué respondas estarás mejor o peor visto, y cambiará la actitud de tu interlocutor. En ambos casos, no prima la relación ‘persona-persona’, sino otro tipo de valores. Eso debe darnos qué pensar”.

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263 | Katherine

El camino de la inmigración tiene múltiples direcciones: las rápidas y las lentas, las de ida y las de vuelta, y las que convierten esos pasos en un constante transitar. Este último es el caso de Katherine Pujana Cortés, que nació y vivió parte de su infancia en Colombia, se trasladó a Euskadi cuando tenía ocho años, vivió aquí los siguientes diez y ha pasado el último lustro repartiendo su vida entre ambos horizontes: el de Bilbao, donde ha crecido, y el de su Cali natal, que jamás pudo olvidar.

“Nunca he dejado de sentirme colombiana y me siento orgullosa de serlo -dice-. Por esa razón, me duele cuando se habla mal de mi país o de su gente, cuando se cree que Colombia es solo droga, putas y guerrilla. Los países son mucho más que lo que muestran las noticias”, agrega Katherine, que tiene unas palabras similares para Euskadi. “El País Vasco es un lugar muy especial para mí; tanto mi madre como yo le debemos mucho. Y tampoco me gusta que se hable mal de los vascos, que solo se cuenten cosas malas, porque la realidad no es así. De hecho, para mí Euskadi sería el lugar perfecto si yo tuviera aquí a mis afectos e hiciera un poco más de calor”.

La familia y los amigos de Katherine están al otro lado del Atlántico, en Cali, donde volvió para hacer su carrera en Cosmetología y Estética, y donde -asegura- la infancia es más distendida y feliz. “Parecerá una tontería, pero el clima influye muchísimo. El buen tiempo te permite hacer planes al aire libre siempre. Puedes salir al parque, ir a patinar o coger la bici en cualquier momento del año. Cuando yo era niña, podía disfrutar mucho de eso con mis amigos. Aquí, en cambio, solo tienes unos meses para hacerlo. Los niños pasan más tiempo en las casas, con las consolas o la televisión”.

En contrapartida, Bilbao tiene algunas bondades difíciles de encontrar en otra parte. “Aquí hay más tranquilidad y seguridad. Incluso en época de crisis sigue existiendo la estabilidad, sobre todo para los jóvenes. Aún hay oportunidades, algo que en mi país no siempre ocurre y que empuja a la gente a emigrar”. No se refiere a ella misma, que vino siendo una niña, sino a su madre, que hace más de quince años decidió hacer las maletas. “Ella fue la que abrió el camino para las dos y la que decidió quedarse aquí para seguir progresando”, cuenta Katherine, aunque ni la decisión ni el proceso fueron fáciles.

Dos años de espera

Cuando su madre emigró, ella tenía seis años y tuvieron que pasar dos más para que pudieran volver a abrazarse. En ese tiempo, Katherine se quedó al cuidado de sus tías y su abuela. Mientras, su madre empezó a trabajar aquí como interna, a ahorrar tanto como podía y a contar los días para el reencuentro. “Fue difícil y doloroso para ambas, pero esa era la única opción de mi mamá para salir adelante como familia. Lo ha hecho todo con muchísimo sacrificio y no siempre le resultó sencillo, porque estaba sola. Pero, mira, la acogida aquí fue buena y, poco a poco, ella se fue ganando un espacio hasta que pudo abrir la tienda”, resume.

La aventura comercial de su madre -un local de moda colombiana- comenzó hace cinco años. Hasta entonces, el trabajo como asistenta y en el sector de la hostelería fue el sustento de las dos. “Yo me dediqué a estudiar y debo decir que la integración, desde la escuela, fue muy buena. También es verdad que cuando yo vine no habían tantos extranjeros como ahora, y que quizás por eso yo llamaba la atención. Por mi manera de hablar, mi acento, mis expresiones y el color de mi piel fui la sensación de la escuela”, recuerda divertida, y añade que jamás tuvo problemas de discriminación, de racismo o xenofobia.

“Los profesores me ayudaron muchísimo porque para mí todo era diferente. Historia, Geografía… todo nuevo. Lo más parecido a lo que yo sabía eran las matemáticas. Mis compañeros también me integraron super bien. Quizá ahora, con la crisis, haya más recelo hacia el extranjero; pero entonces no era así, todo el mundo iba a su rollo y nadie se fijaba en el aspectos de los demás; no existía la discriminación”, observa Katherine que, aun así, decidió regresar parcialmente a Colombia. Voy y vengo. Tengo gente querida allí y a mi madre aquí. Me gustan cosas de los dos sitios y tal vez por eso soy un poco inconformista. En Bilbao, echo de menos Colombia. En Colombia, pienso mucho en Bilbao”.

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262 | Manuel

Lo primero es la familia, tanto si habla de Argentina como si se refiere a Bilbao. Los afectos que quedaron lejos y los que conoció -o vio nacer- aquí encabezan su lista de querencias. Después, sí, viene “todo lo demás”: el gusto por el monte, la afición por la pesca, el placer de la música y su trabajo como marmolista. Pero, ante todo, los lazos. Para Manuel Liendo Cortez, que se marchó de su tierra hace ya catorce años, la familia que formó aquí y la que tiene en la distancia es lo mejor de la vida.

Por eso fue tan duro su primer año en Euskadi. Si bien tenía aquí a su mujer, que es vasca, y a la familia de ella, que le recibió muy bien, faltaban sus hermanos, sus padres, sus sobrinos. “A pesar de todos los cambios, yo me adapté muy bien. La gente aquí siempre fue muy amable conmigo. Esa parte fue fácil -dice-. Lo difícil no fue adaptarme aquí, sino acostumbrarme a la distancia. Durante ese primer año, de lunes a viernes trabajaba; y los fines de semana, lloraba”, cuenta Manuel para explicar el proceso.

El paso del tiempo y el nacimiento de sus hijos -tiene tres- suavizaron esa sensación. También las nuevas tecnologías, que le facilitaron mucho las cosas. “Hace diez o doce años, me comunicaba con los míos por carta. El sobre tardaba veinte días en llegar y pasaban otros quince hasta que yo recibía respuesta… Ahora todo ha cambiado. Tengo Facebook, mail… Entre eso y que ya todo el mundo tiene un teléfono móvil, estoy al tanto de lo que pasa en mi pueblo. Mis amigos de allá me mantienen informado”, compara.

Aunque para cambios y comparaciones, ninguno como los del principio, cuando se trasladó aquí. “Yo soy de Jujuy -cuenta-, la provincia más al norte de Argentina. Allí todo son fincas y monte. Es una zona rural donde todos los trabajos están ligados al campo. Yo me dedicaba a la siembra, al monte, a conducir tractores. Como te podrás imaginar, el cambio al emigrar fue brutal. Salí del campo a la ciudad… ¡y al otro lado del mundo!”.

La ‘mudanza’ de entorno, de país y de vida tiene un nombre: Cristina. Es la mujer de Manuel. “Fue ella, mi media naranja, la que me trajo hasta aquí”, dice él, antes de contar que se conocieron en Jujuy hace dieciséis años. Cristina había ido con vocación de cooperante por una temporada, pero le conoció y acabó quedándose dos años. “Nos hicimos novios e intentamos vivir allí, pero la verdad es que era muy difícil. No había muchas oportunidades y estábamos muy justos. No podíamos ahorrar ni nada, así que un día ella me preguntó si me animaba a venir a Bilbao para probar suerte acá. Dije que sí. Y aquí seguimos”, sintetiza.

Pendientes de mármol

Manuel consiguió trabajo poco después de llegar. Empezó en la construcción, como encofrador, pero descubrió que se le daba bien el manejo del mármol. Y que, además, le gustaba. Le ofrecieron empleo en una marmolería y allí desarrolló su oficio, hasta el día de hoy. “Hacemos de todo, desde encimeras y escaleras, hasta las placas para el cementerio -cuenta-. Pero, además de las cosas grandes, él ha invertido muchas horas de su tiempo libre en crear objetos pequeños, más artesanales; “como unos pendientes para mi señora”, detalla. “En verdad, en casa hay muchas cosas hechas con mármol; la mesa, los ceniceros… Cristina siempre me dice que un día vamos a acabar en el piso de abajo de tantas piedras que traigo”, cuenta entre risas.

Además de su trabajo, que disfruta, Manuel se ha convertido en un gran aficionado de la pesca y la micología. “Tengo un amigo de Sondika al que le gusta mucho el monte. Un día me invitó a ir con él, porque iba a juntar setas, y la experiencia me encantó. Ahora vamos todos los años, y también vamos a pescar, aunque al principio no pescaba nada, ja ja. He tenido que aprender. Soy un hombre de campo y me gusta mucho la naturaleza del País Vasco”.

También le gusta la música. En particular, el folklore. Y, junto a dos amigos argentinos —uno de Jujuy, como él, y el otro de Santa Fe— ha formado ‘Los cantores del Lapacho’, un grupo de música típica de su país. “Nuestros instrumentos son dos guitarras y un bombo, además de la voz, claro. Hacemos sambas, chacareras… Este año participamos en el festival Gentes del Mundo, en El Arenal, y también colaboraron mi mujer y mis hijos. Eso es lo lindo”, dice Manuel, que realmente aprecia el tener cerca a los suyos en el día a día.

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261 | Carlos Andrés

Tiene solo veinte años, pero algunos de sus intereses se asemejan a los de una persona mayor. “Mi sueño -dice- es comprar la escuelita de mi pueblo, en Colombia, montar allí un comedor social para quienes no tienen recursos, y ofrecer talleres de carpintería, o albañilería, o pintura para que puedan aprender un oficio y mejorar su futuro. Así no solo es un acto de caridad, sino también de oportunidad. Me encantaría poder hacerlo”, imagina Carlos Andrés Patiño Varón, un joven músico y cantante colombiano que llegó a Euskadi en 2004, cuando era un niño.

“Mi familia y yo vivíamos en Honda-Tolima, un pueblo pequeño y muy bonito de Colombia que no llega a los 60.000 habitantes. Mi padre trabajaba en una empresa de construcción y, hace doce o trece años, le ofrecieron venir aquí porque es muy bueno en su oficio, aunque esté mal que yo lo diga. Su idea era progresar, así que aceptó la propuesta. Primero vino él, luego mi mamá, y finalmente vinimos mi hermana y yo”, resume. “Entonces yo tenía doce años, pero todavía me acuerdo de las cosas que me sorprendieron de Bilbao”, añade.

El museo Guggenheim, los centros comerciales “tan enormes” y la organización de la ciudad son sus primeras menciones. “Me sorprendió mucho el modo de vida que había aquí, que todo estuviera ordenado, súper organizado, con una policía local amable y cercana… Me cautivó el clima, tan diferente al de mi pueblo, donde casi no llueve y todos los días tienes 35 grados. Y la comida… ay, la comida. El primer año subí de peso un montón. Todavía tengo algún pijama de esa época en el que ahora quepo tres veces”, cuenta divertido.

Su primer contacto con la gente de aquí fue la escuela. “Algo difícil, al principio, como en cualquier lugar al que llegas y eres ‘el nuevo’. Pero poco a poco me fui integrando y, al final, estaba encantado. Además, yo vine a Euskadi contento, entusiasmado, porque iba a estar de nuevo con mis padres y porque iba a conocer un mundo nuevo, unas costumbres distintas… Y la verdad es que me gustó desde el primer momento. Las tradiciones de aquí son muy bonitas, y los deportes también. Algunas veces he jugado pelota vasca”, desvela.

Pero la pasión de Carlos Andrés no es el deporte, sino la música. Cuenta que desde pequeño tenía curiosidad, aunque se lanzó a ello de manera profesional hace tres años. Adoptó como nombre artístico el apellido de su madre, Varón, y con él ha rubricado sus trabajos, su página web y el videoclip de su primer sencillo, ‘Movimiento violento’. A día de hoy, compagina su carrera musical con su labor como ayudante de producción en el estudio de grabación Jey Company Music, en Bilbao. Y aunque ya ha realizado su primera gira en Colombia, tiene clara la importancia del trabajo en el día a día de este lado del Atlántico.

Desde abajo y poco a poco

“Fue muy duro llegar a ser cantante -explica-. Cuando acabé el instituto, me puse a trabajar el otras cosas: de mensajero, en la obra, de panadero, repartiendo folletos… Así pude ahorrar algo para dar los primeros pasos en este mundo. Mis padres, al principio, no estaban muy de acuerdo. Pero ahora me apoyan al 100% y, si no fuera por ellos y por los profesionales de la música que he conocido aquí, no podría haber hecho realidad esta ilusión. Con mi amigo Jhona montamos el estudio aquí en Bilbao y eso nos ha permitido crecer como músicos”, dice. “Eso, y la ayuda de Dios”, añade Andrés, que se confiesa “muy creyente”.

En el estudio, hace “de todo”. Sus canciones son suyas “desde el principio hasta el final; letra, música y mezclas”. Compone temas para otros artistas… y hace trabajo social. “Mi sueño es ayudar a la gente con la música”, dice. “Quizá algún día pueda cumplir con mi idea de la escuelita, en Colombia, pero mientras tanto procuro hacer cosas aquí, aunque sean más pequeñas o menos ambiciosas, al alcance de mis posibilidades”, señala.

“Hoy en día -prosigue- hay muchos jóvenes en paro, que no tienen ocupación o no están estudiando, y se pasan mucho tiempo en las calles. Cuando los veo, los invito al estudio para enseñarles las cosas que sé, cómo mezclar, cómo funciona el sonido, cómo se graba un tema… La música puede ser muy positiva, y siempre es mejor estar creando cosas y aprendiendo algo nuevo que estar plantado en una acera sin proyectos”.

2012 América del Sur Ellos