260 | Tassilo

Tassilo Glander es alemán, de Berlín, y llegó al País Vasco hace poco más de un año, junto a su mujer y su pequeña hija. “Tenía inquietud de vivir fuera de mi país para conocer de cerca una cultura diferente”, dice, y su trabajo se lo permitió. Tassilo es ingeniero de software, se especializa en gráficos y modelos 3D, y el instituto donde trabajaba como investigador en Postdam le ofreció trasladarse a San Sebastián para ocupar un puesto en Vicomtech-IK4, un centro tecnológico que se dedica al desarrollo de gráficos interactivos por ordenador y a la tecnología multimedia.

“Yo trabajaba en el Hasso-Plattner-Institut -cuenta-. Investigaba cómo generar modelos 3D de ciudades virtuales y, también, daba clases como profesor. Me trasladé a Euskadi porque mi instituto forma parte de una red internacional de investigación que fue fundada por Vicomtech-IK4. Uno de los objetivos de esta red es el intercambio de conocimiento a través de estancias de científicos. Como estaba terminando mi tesis y se ofrecía un puesto aquí, en San Sebastián, consideré que era una buena oportunidad y decidí venir”.

Llegó en septiembre del año pasado y no tardó en encontrar similitudes entre los vascos y los alemanes. “La gente de Euskadi es tan trabajadora como se dice que somos nosotros. El País Vasco es también fuerte en industria e investigación, y el apego a los bailes tradicionales y las costumbres es algo que puedes encontrar en las zonas del sur y del oeste de Alemania”, compara. Y prosigue: “Los vascos están orgullosos de sus numerosas costumbres y su excelente comida. Al principio, pueden resultar fríos, pero cuando cogen confianza se convierten en buenos amigos, algo similar a lo que ocurre en mi país”.

En cuanto a la ciudad y su gente, Tassilo destaca la calidad de vida y la afabilidad de los ciudadanos. “Donosti tiene un alto nivel de vida, como Berlín, y está magníficamente situada al lado del mar, al contrario que Berlín. Cuando salgo a pasear con mi familia, muchas veces la gente saluda y sonríe a mi hija de dos años… Y eso, que a ella le encanta, sucede mucho más a menudo aquí que en Alemania”.

Aunque la situación en Europa es aciaga debido a la crisis, los recortes y las políticas de austeridad, Tassilo señala que el hecho de ser alemán y vivir aquí en este momento puntual no ha significado ningún problema de integración o convivencia. “Algunas veces comentamos estos temas con mis compañeros de trabajo, pero nunca ha supuesto un motivo de tensión”, dice. Por el contrario, destaca la hospitalidad y el papel de buenos anfitriones de los vascos.

Pintxos, integración y talento

“Mis compañeros me han ayudado mucho desde que vine, tanto en el trabajo como fuera. Me han ofrecido clases de español, me han invitado a ir de pintxos… Además, al alojarme en el Talent House -una residencia creada para investigadores extranjeros y sus familias-, no solo vivo en un bonito apartamento bien situado en la ciudad, sino que también he tenido la oportunidad de conocer a muchos otros investigadores de diversos países con intereses y problemas similares a los míos”.

Tassilo está contento con el cambio que ha hecho. “El centro donde estoy ahora es muy atractivo desde el punto de vista profesional. Tiene visibilidad en conferencias y en proyectos internacionales, y me ha permitido hacer investigación más aplicada que en la universidad”, enumera.

Desde que vino a Euskadi, Tassilo ha continuado con su trabajo sobre 3D, pero se ha centrado en dos campos concretos. El primero, cómo procesar información geográfica -como terrenos, ciudades o corrientes oceánicas- para poder visualizarla en modelos digitales en tres dimensiones. El segundo, “una herramienta para ejecutar gráficos tridimensionales en internet”.

“Hoy en día -continúa-, Europa facilita bastante el atravesar fronteras sin demasiados esfuerzos. Aunque echo de menos a mi familia y amigos, ellos han venido a visitarnos con frecuencia”. ¿Más nostalgias? “Sí, el pan alemán y la comida de Berlín, que es más barata. Sin embargo, cuando vuelva a mi país, echaré de menos a los nuevos amigos, al mar… ¡y a los pintxos!”.

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259 | Gustave

Desde que dejó su tierra -en el año 2000- hasta que llegó a Bilbao y pidió asilo, pasaron 9 años, 17 países y 80 ciudades bajo sus pies. Como un Ulises africano, Gustave Kiansumba vivió su propia odisea antes de alcanzar su destino. El camino no fue nada fácil, pero menos lo fueron sus inicios, marcados por los enfrentamientos armados, las revueltas sociales, la tiranía dictatorial y un largo periodo belicista que, según se estima, es el que más vidas ha costado desde la Segunda Guerra Mundial. Mal momento para ser estudiante universitario y activista social en el Congo. Pésimo para estar en la piel y los zapatos de Gustave.

“Yo quería ser ingeniero agrónomo, y estaba estudiando en la Universidad mientras el país vivía todo aquello. No pude acabar la carrera por la situación y por mis propias decisiones: era activista, defendía los derechos de la gente; en especial, de las mujeres. Perdí muchos amigos, había dictadura. Si quería seguir con vida, debía cambiar de ideas o cambiar de país. Por eso me fui”. Su largo periplo por África le permitió adquirir “muchísima cultura”; costumbres, idiomas, paisajes e ideas que hoy, en Bilbao, se han convertido en su “mejor herramienta para gestionar la diversidad”. Porque a eso se dedica Gustave, a “tender puentes entre personas; entre vascos y extranjeros, y entre inmigrantes de diferentes países”.

Gustave vive en el barrio de San Francisco y es voluntario a tiempo completo en el Centro de Recursos Africanistas de Euskadi (CREA-África), un proyecto impulsado por la ONG Solidaridad Internacional para “acercar África a Occidente y lograr que se conozcan de verdad”. Para él es tan importante “contribuir al desarrollo del barrio” como “dar una mejor imagen de los africanos” que, a ojos locales, no siempre es buena. “Si vas caminando y ven que eres negro, a veces te piden droga porque creen que vendes. Cuando viene alguien y me dice ‘caballo’, siempre contesto lo mismo: ‘búscatelo en internet'”.

Los prejuicios o las “generalizaciones simplistas” se dan en todos los planos. “Si te pregunto por mi continente, seguramente me dirás lo que dicen casi todos: ‘África es un continente que tiene arena, animales, sida, hambre y guerras’. Del mismo modo, asociarás a los africanos que viven aquí con la pobreza, la delincuencia, la droga y la prostitución porque eso es lo único que se ve y lo único que se muestra -razona-. Nuestra labor es enseñar todo aquello que no se ve, que es positivo y existe, y crear puentes; pero no ‘para’ alguien, sino ‘con’ alguien: la integración implica la participación activa de toda la sociedad, no solo de los inmigrantes”, añade en un perfecto castellano, muy rico en matices.

Querer que algo funcione

“Aprendí a hablar aquí, en CREA, mientras enseñaba francés a un grupo de 23 vascos -relata-. La idea es esa: que exista un espacio de encuentro donde un congoleño, un senegalés, un vasco o un marroquí puedan aprender nuevos idiomas, nuevas habilidades y nuevas maneras de entender las cosas. Incluso, para que muchos adultos extranjeros que no han accedido a la alfabetización puedan aprender a escribir y ganar confianza y autonomía. Este centro es la suma de los que están y de los que llegan, hay hombres y mujeres, musulmanes y cristianos, personas diferentes, con idiomas y culturas diferentes que hacemos un ejercicio de convivencia y de respeto”, describe Gustave.

Por supuesto, reconoce que lograr este escenario no fue sencillo ni rápido. “Al comienzo, era un centro bastante masculino. Había diferencias y tiranteces, claro. No es fácil empezar. Y, para que algo así funcione, todos deben querer que funcione. No puede ser solo cosa de unos, o algo impuesto, sin más. Pero esto es así en todos lados; también en los Estados. Mira España, que tiene múltiples identidades: hay vascos, catalanes, andaluces… y la convivencia se construye, se trabaja, con espacios de encuentro e intereses comunes. En nuestro caso, lo conseguimos a través del deporte, las manualidades, los idiomas o la música, y con actividades de apoyo a los vecinos del barrio, los de toda la vida”, señala.

Para Gustave, “lo más importante es tener voluntad y respeto hacia los demás, y capacidad de entender las condiciones particulares de cada uno porque no hay una cultura mejor que otra”. Su sueño es que “la gente se conozca mejor, que no haya tanto recelo”.

2012 África Ellos

258 | Amina

Pasado mañana, en Bilbao, comenzarán las jornadas internacionales sobre ‘Género, comunicación y construcción de paz en África’, una iniciativa de ACNUR que se desarrollará en el Colegio de Abogados de Vizcaya. En la ceremonia de inauguración, prevista para el miércoles a las 17 horas, se estrenará el documental ‘Msilale Wanawake: mujeres de Kivu Sur caminando’, grabado en la República Democrática del Congo durante las elecciones presidenciales del país.

La importancia de estas jornadas, que durarán dos días, es que intentarán acercar la realidad de millones de mujeres del vecino continente y destacar su capacidad de lucha. Mujeres que, si bien son las principales afectadas por los conflictos violentos de sus países, no han perdido la capacidad de organizarse para resistir, desarrollar sus propias vidas, sobreponerse a escenarios de guerra o sumisión y buscar su felicidad, aunque esté lejos, en otra parte del mundo. Mujeres como Clementine Baza Bola, que en septiembre de 2011 compartió su dura historia en estas páginas, o como Amina Mohammed, que lo hace hoy.

Su relato se ambienta en Sokoto, al norte de Nigeria, y algunas cifras domésticas ayudan a entender mejor el punto de partida. La estructura de la casa: 64 habitaciones y cuatro salas. El interior: cincuenta hijos, cuatro esposas, ocho concubinas y su padre, un hombre “muy poderoso e importante” en el país, con “un modo de pensar muy anticuado”, a quien “le gustaban el poder y las mujeres”. Un ex militar reconvertido en comerciante que no dudó en decirle a Amina que debía casarse y ser la tercera esposa de un hombre de 52 años para mejorar el negocio familiar.

“Mi padre, que ya ha muerto, fue un hombre muy rico. Y también fue muy estricto y muy duro”, dice Amina con su acento peculiar y sin ningún resquicio de duda. “Yo tuve muchos problemas con él porque me opuse a sus ideas y a lo que quería para mí”, añade esta licenciada en Administración de Empresas que llegó a Burgos hace cuatro años, y que se mudó a Balmaseda hace apenas dos meses. “Cuando emigras una vez, ya no dejas de hacerlo nunca. Te acostumbras al cambio y te aburre la monotonía”, sostiene.

Educación y complicidad

La educación universitaria que recibió fue su principal herramienta para rebelarse, pero la complicidad de su madre fue indispensable para poder salir del país. “En la zona de Sokoto, las mujeres se casan muy jóvenes, entre los 12 y los 14 años de edad. Pero si tienes estudios, eso cambia un poco”, explica Amina, enfatizando con el tono lo de ‘un poco’.

“Si vas a la universidad, te casas cuando acabas los estudios”, añade para completar la idea. Eso fue lo que su padre esperaba de ella, y lo que ella rechazó. “Le dije que no, porque yo había estudiado y quería para mí un hombre guapo e inteligente”, recuerda. La afrenta, sumada al hecho de que Amina había empezado a salir con un chico “cristiano y pobre”, desató un infierno en su casa.

“Mi padre era musulmán, iba todos los años a la Meca, y me dijo que ni en sueños iba a permitir que me casara con un cristiano que, además, no tenía dinero. Ya te digo que tenía una mentalidad muy conservadora… bueno, para algunas cosas, porque su debilidad eran las mujeres”, matiza Amina, que en aquel momento tuvo claro que, si quería ser libre, debía partir. Entre vivir en una jaula de oro y empezar desde abajo en cualquier sitio, escogió la segunda opción. “La única”, dese su punto de vista.

“Yo trabajaba en una empresa y pude ahorrar algo de dinero, pero no era suficiente. Entonces mi madre, que conservaba la dote de cuando se casó, me dio parte del oro. Cogí la mitad, lo vendí, y con eso más lo que yo tenía, me fui. Así fue como salí de mi país”, resume Amina, que está “encantada” con el País Vasco y con Balmaseda.

“He cuidado niños, he hecho labores domésticas, fui interna cuando vivía en Burgos y dejé atrás la riqueza de Nigeria. Como a mucha otra gente, ahora me cuesta llegar a fin de mes. Pero no me importa. Yo quería ser libre y lo soy. Es el precio que me ha costado”.

2012 África Ellas

257 | Mireya

Mireya Perea vivía en Colombia. Allí era profesora. Y era hija, compañera y amiga. Una mujer comprometida con su entorno y con su realidad social, con los problemas de la gente y la comunidad que le rodeaba. Como maestra, siempre intentaba sacar la escuela a las calles, expandir los márgenes del aula, implicar a los vecinos y a los padres en la educación. Como ciudadana, reivindicaba las libertades fundamentales del pueblo; formaba parte de un grupo que defendía los Derechos Humanos y a sus propios defensores. En su intento por transformar la vida de los otros, acabó cambiando la propia.

Hace quince años, Mireya llegó a Vitoria de la mano de Amnistía Internacional, que la ayudó a salir de su país, aunque de un modo “abrupto y traumático”. No sabía nada de Euskadi, su lugar de destino, excepto “unos pocos datos geográficos”. Y no emigró en busca de una vida mejor: huyó para salvar la que tenía, “para escapar de la muerte”. Lo consiguió, aunque en parte… porque hay algo de ella misma que murió en aquel viaje y porque su vida, desde entonces, es otra. “Después de una salida tan forzosa -dice-, lo único que te queda es resistir”. A la realización personal ni la nombra.

“Yo tenía mi casa, mi trabajo, mi espacio social y afectivo. Desarrollaba mis dimensiones como ser humano y como profesional. Me dedicaba a la educación, a aquello que me interesaba. Y todo eso desapareció. Ya no soy profesora. Mi carrera -Pedagogía con énfasis en Humanidades y Lengua Castellana- aquí no existe. He tenido que adaptarme a una realidad diferente, a una arquitectura distinta. Pocas casas aquí tienen jardín y están en el suelo. La mayoría están en el aire, son espacios reducidos y cerrados… En palabras de mi padre, que era campesino, son como casas de avispas”.

Mireya es refugiada. Y una charla con ella alcanza para hacerse una idea de lo que eso significa. Tener que huir, pedir asilo, emigrar sin querer, implica mucho más que añorar a los afectos o construir lejos una nueva querencia. El exilio es la nostalgia a la fuerza. Y eso, como ya sabían los antiguos griegos, es otra modalidad de la muerte.

“Muchos refugiados se niegan a decir que lo son. No lo admiten ni lo comparten, en general, porque tienen miedo. Incluso cuando estás lejos conservas el temor de ser perseguido”, expone. “Sin embargo, yo defiendo que estas cosas hay que decirlas y compartirlas. Que un Estado te dé asilo significa que reconoce, a nivel internacional, que en tu país se violan los Derechos Humanos y no se respeta la vida. Que tú digas que eres refugiado implica recordar eso mismo. Ahora bien, si lo ocultas y lo niegas, entonces niegas la violencia de tu país y la solidaridad del que te ha abierto las puertas”.

Diez años en la radio

Con esta lógica -y convicción-, Mireya quiso dar un paso más allá en la divulgación de este tema y sus implicaciones. De sus quince años como refugiada, ha pasado los últimos diez al frente de un programa de radio en el que, cada semana, analiza junto a Mario Calixto la actualidad de los países latinoamericanos. “La promoción de los Derechos Humanos y de la cultura es nuestro principal objetivo”, subraya Mireya para definir el espacio ‘Hola, Latinoamérica’. “Nos parece importante seguir participando en los procesos sociales y en el desarrollo de la cultura, además de servir de voz de quienes están, como nosotros, exiliados”.

En ese sentido, “si bien la emisora tiene alcance local -Hala Bedi Irratia cubre Álava-, Internet se ha convertido en una herramienta muy valiosa para el acercamiento de los pueblos. Hoy en día, contamos con varios corresponsales en distintos países de América Latina y sabemos que nos escuchan desde diversos lugares: Austria, Francia, Suiza, Australia, Bélgica… Hay muchos refugiados en el mundo”, dice Mireya. En efecto, son más de 15 millones de personas, según las cifras de ACNUR, que lo han perdido todo. O casi todo. Porque la esperanza, no.

“Yo creo que el futuro está en América Latina -opina Mireya-. En algunos países, la situación ya está cambiando y en otros, también lo hará. El germen está ahí y algún día ocurrirá. Cuando la situación sea otra, cuando no haya peligro, volveré. Siempre piensas en volver a tu tierra. Mientras tanto, resistes”.

2012 América del Sur Ellas

256 | Isabel

Isabel Morán cuenta las horas para que llegue el viernes. Ese día (y los dos siguientes), una delegación consular de Nicaragua se acercará a San Sebastián para que los ciudadanos del país centroamericano puedan realizar diversos trámites sin tener que moverse de Euskadi. “Iniciativas como esta son importantes y necesarias, sobre todo para las personas que trabajan de lunes a domingo y no pueden marcharse un par de días a hacer papeleo en Madrid”, opina Isabel, que espera renovar su pasaporte.

Aunque ella compagina dos empleos -trabaja en un hotel por las mañanas y cuida a una señora mayor por las tardes-, sí podría hacer el viaje con la inversión de tiempo (y dinero) que implica. “Yo trabajo en unas condiciones normales, con horarios claros, días libres y vacaciones”, detalla. “Pero no todo el mundo tiene esa suerte, y menos en estos tiempos. Hay quienes no tienen empleo y quienes no tienen descanso. Las condiciones laborales y de vida, en general, han cambiado mucho en los últimos años”, añade. Cuando llegó a Lasarte, en 2005, “hacer la compra en el supermercado costaba mucho menos que hoy”.

Isabel es consciente de que la situación económica actual genera preocupación, malestar e, incluso, tensión social. No obstante, añade un matiz importante: “En este momento tan difícil, en el que muchas familias y jóvenes se plantean seriamente la posibilidad de emigrar, hay más solidaridad entre la gente y una mayor comprensión hacia quienes vinimos aquí en su momento. Ahora se entienden mejor las dificultades que tuvimos al llegar y las razones que nos empujaron a hacer las maletas -explica-. Tengo un vecino que, cada vez que me ve, me dice: ‘¡Cómo os entiendo!'”

El escenario, asegura, le da pena. “El cambio ha sido muy grande e imagino que para muchas personas de aquí será difícil soportar la vida fuera, lejos de los afectos y las comodidades que, hasta hace muy poco, tenían. Mal o bien, los que emigramos de un país pobre, o de una situación de pobreza, nos acomodamos a lo que haya. El punto de partida es muy distinto”.

Dice esto con la certeza de quien ha nacido en un país marcado por una vida política y social tumultuosa, donde la gente ha aprendido a vivir esquivando los azotes de los seísmos, los vaivenes económicos y las guerras. Si bien ella no emigró por el conflicto armado, algunos de sus hermanos sí lo hicieron. E Isabel lo recuerda muy bien. “Mi madre siempre lo tuvo claro -relata-. Ella decía: ‘Si mis hijos no quieren coger un fusil para quitarle la vida a otras personas, es preferible que huyan’. De nosotros, que somos diez hermanos, unos se fueron a Estados Unidos y otros nos quedamos”.

Entre guerras y tiros

Isabel permaneció en Estelí, su pueblo, al igual que su hermano pequeño, a quien sus padres mantuvieron oculto en el caserío familiar “para evitar que lo reclutaran”. Con esfuerzo, logró acabar su carrera de contaduría “entre guerras un día y disparos al siguiente”, y comenzó a trabajar para Cáritas. Los seis años que le dedicó a la ONG le permitieron estar en contacto con la realidad más descarnada de su tierra; desde la marginalidad de algunos barrios hasta el hacinamiento de las cárceles. El nacimiento de su primer hijo -que hoy tiene 17 años- la llevó a replantearse las cosas.

“Por un lado, los proyectos se estaban acabando. Por otro, lo que yo ganaba casi no alcanzaba para sostener a mi familia. Aunque mi hijo me acompañó a muchos sitios cuando era niño, y eso le hizo madurar con rapidez, la verdad es que no podíamos vivir de mi voluntariado. Por eso decidí emigrar, para sacarlo adelante y darle opciones”. Cuando se montó en el avión rumbo a Euskadi, tenía 35 años y su pequeño, nueve.

“Vine aquí porque tenía la referencia de unos amigos nicaragüenses que habían venido antes. Ellos hicieron posible que consiguiera mi primer trabajo, cuidando a unas niñas. Y el trabajo hizo posible que me quedara a vivir. Mi hijo mayor, que quedó al cuidado de mis padres, está a punto de presentarse al examen de selectividad para entrar en la universidad y yo estoy muy orgullosa de él, no solo por el aspecto académico, sino por la clase de persona que es. Mi ilusión es traerle cuando termine el bachillerato, para que siga sus estudios aquí y viva conmigo y con su hermano pequeño, que ha nacido en el País Vasco. Le estoy muy agradecida a esta tierra y a su gente”.

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255 | Carolina

Cada vez que Carolina se presenta, recibe a cambio un gesto de sorpresa. O de incredulidad. O de ambas cosas. Pero nunca, jamás, indiferencia. Más de una vez le ha tocado enseñar el DNI. Su apellido es Herrera y, en cuanto acaba de decirlo, resulta casi inevitable pensar en la exitosa diseñadora de moda. “Tranquila, que no soy ella”, se apresura a decir con gran sentido del humor y una risa que contagia de alegría. “Yo soy otra Carolina Herrera -prosigue-. Nací en Colombia, vivo en Gorliz y trabajo en Leioa”, enumera como señas de diferencia aunque, al igual que su homóloga venezolana, se dedica a la belleza femenina. Lo suyo es la cosmética y la estética. Y una fuerza de superación arrolladora.

Carolina Herrera, la de aquí, se marchó de Colombia hace once años. Cuenta que siempre había tenido la ilusión de salir de Pereira, su ciudad, para vivir fuera y ver mundo. Sin embargo, no fue el afán de aventura sino la responsabilidad familiar lo que la impulsó realmente a emigrar. “Tengo dos hijos y soy madre soltera”, dice, consciente del enorme significado que encierra esa frase tan corta. “El dinero no alcanzaba para cubrir gastos, lo que ganaba no era suficiente y la situación no se podía sostener así. Eso fue lo que me motivó a partir”, explica. Tras darle muchas vueltas al asunto, se montó en un avión rumbo a Euskadi.

“Una prima mía vivía Bilbao y eso me decidió. Tener a alguien cercano en un lugar que no conoces de nada te ayuda y te infunde confianza”. Lo que no consigue, sin embargo, es evitar que los primeros tiempos sean duros. “Cuando estás recién llegado, no te enteras mucho. Es difícil, porque todo te parece extraño”, explica Carolina, que todavía recuerda el lío que se hacía con los nombres de las calles. “Tx, tz, San Inazio, Vitoria… -repasa divertida-. Por un lado, me liaba con la pronunciación y, por otro, tenía la impresión de que las cosas estaban mal escritas”.

Su percepción cambió en poco tiempo, en cuanto descubrió la existencia del euskera. Bastante más tardó en cambiar la sensación de soledad. “El trabajo es importante para la integración. Cuando consigues un empleo, comienzas a relacionarte con otras personas, generas vínculos y eso te ayuda”, expone y hace una pausa. “Eso sí -continúa-, no hay nada que pueda aliviarte si estás lejos de tus hijos. No importa que tu esfuerzo sea para darles algo mejor; cada día que estás lejos de ellos pierdes el brillo en los ojos”. Sabe bien de lo que habla. Pasaron cinco años antes de que pudiera traer a sus pequeños.

Entre tanto, Carolina comenzó a forjarse un camino cuyas primeras etapas fueron similares a las de “la mayoría de mujeres inmigrantes: trabajé de interna, cuidé niños, acompañé ancianos, fui camarera y hasta llevé un bar”, repasa. “El cambio está bien, pues te permite progresar. Yo creo que uno debe animarse y probar cosas. Si no te lanzas, no avanzas, y nadie va a hacerlo por ti”, reflexiona ahora, que ha dejado la hostelería y el empleo doméstico para dedicarse a lo que realmente le gusta: el mundo de la estética, la cosmética y el desarrollo empresarial.

Cambio de trabajo y de vida

“A través de una clienta del bar conocí una marca de cosméticos estadounidense que me llamó mucho la atención porque tenía una línea de productos para pieles morenas, como la mía, que aquí no son tan fáciles de encontrar. Me interesé en el tema y descubrí que esta empresa ofrecía cursos de formación y la posibilidad de trabajar como consultora de belleza -relata-. Poco a poco, me fui adentrando en este mundo, empecé a vender, a dedicarle más tiempo, hasta el punto que dejé todo lo demás para dedicarme a esto de manera exclusiva”.

Carolina explica que su trabajo tiene “múltiples ventajas”. En estos años, ha formado su propio equipo, ha abierto su oficina en Leioa y ha conocido a una gran cantidad de mujeres que, como ella, se han animado a probar algo distinto. “Una de las cosas más positivas es que, con este modelo de negocio, dependes solo de tu trabajo y de tu esfuerzo. Puedes dedicarle unas pocas horas a la semana o hacerlo en tus ratos libres para contar con un ingreso extra, o puedes apostar por ello al 100% y mantener tu casa y tu familia”, describe. Y agrega: “Yo soy de las personas que creen que todo lo que te propones, con esfuerzo y constancia, lo logras. La verdad es que estoy encantada de la vida con mi trabajo y con la gente que he conocido aquí”.

2012 América del Sur Ellas