265 | Cristina

En la mesa de esta noche habrá ocho comensales. Cristina llegará a casa después de trabajar, con el tiempo justo para ducharse y ponerse guapa “para la foto de Nochebuena”. Su hermana, que está en Vitoria, vendrá pronto y cocinará. Le gusta mucho y lo hace bien. El menú combinará platos típicos bolivianos con algunas cosas de aquí, ya que el cuñado de Cristina es vasco. Cuando ella llegue esta noche, la cocina olerá a cerdo al horno, en la mesa habrá jamón y en su casa estarán todos -su marido, sus dos hijos, su hermana, su cuñado y sus sobrinos- esperándola para cenar.

El plan es tan normal, tan cotidiano y previsible, que no parece posible que pueda haber uno distinto esta fecha. Sin embargo, sí lo hubo, hace diez años. “Mi primera Navidad en Bilbao la pasé sola y fue muy duro. Echaba de menos a mis hijos, que eran pequeños, y a mi marido, que se quedó en Bolivia con ellos”. Cristina, que tenía 29 años, había decidido emigrar para hacer realidad un par de sueños: tener una casa propia y alcanzar la estabilidad económica familiar. “En Santa Cruz todo el mundo hablaba maravillas de Europa. La gente comentaba que había grandes posibilidades de progreso”. Y ella, que llevaba casi quince años trabajando sin ver frutos de su esfuerzo, no lo dudó.

“Yo empecé a trabajar muy joven -cuenta-. A los quince años, ya tenía mi peluquería”. También tenía una niña. “Fui madre a los 14”. Su vida adulta comenzó tan pronto que, antes de cumplir los 30, sintió que ya lo había intentado todo para sacar a su familia adelante y que la tierra que le daría frutos no era la suya, sino esta. Compró un billete de avión en cuotas, hizo su maleta y se marchó de Bolivia con la convicción de que un año le bastaría para la siembra y la cosecha. Se equivocó.

El primer escollo que encontró fue la vivienda. Las condiciones de alquiler -fianza, nómina y avales- eran muy duras para ella, que acababa de llegar y aún no tenía empleo. La solución para tener un techo y, al mismo tiempo, ahorrar, fue compartir piso. “Éramos treinta personas, y mi recuerdo de aquella etapa es amargo. Muchas veces no había lugar donde dormir, o tenías que darte prisa y llegar antes que el resto para no perder el sitio. En ocasiones, ponía mi colchón en el salón y dormía bajo la mesa”, cuenta Cristina con un nudo en la garganta. Ese fue el escenario en el que celebró su primera Navidad lejos de casa. Su realidad durante ocho meses.

Una barra de pan con atún

“Por suerte encontré trabajo enseguida y pude combinar varias cosas. Empecé en una peluquería del barrio y, como iba muy seguido a un locutorio, me quedé trabajando ahí también. No tenía tiempo para nada, más que para trabajar, y eso me hacía mucho bien”, relata Cristina que, para entonces, ya se había dado cuenta de que su proyecto insumiría más de un año y que no estaba dispuesta a pasar tanto tiempo alejada de sus hijos. En esos ocho meses, ahorró tanto como pudo -incluso en la comida- y los trajo para aquí. “Me compraba una botella grande de gaseosa y un paquete de galletas, o una barra de pan con atún y comía eso”.

Cuando sus hijos vinieron, cambió de trabajo y de piso. “Conocí a una persona que tenía una peluquería, me ofreció empleo y una habitación para mí y mis hijos en su vivienda”, cuenta. Comparado con los inicios, era un lujo, aunque no es oro todo lo que brilla. “Fue muy difícil. Estaba sola para todo. Trabajaba trece horas por día y el dueño de la peluquería no permitía que mis hijos estuvieran allí, pero tampoco que se quedaran en el piso porque, según él, molestaban a su pareja. Muchas veces, cuando mis hijos salían de la escuela iban al parque y allí me esperaban; hiciera frío, lloviera o tronara, porque no tenían dónde ir. Me acuerdo de eso y siento un dolor inmenso y mucha vergüenza”.

El tiempo, poco a poco, fue poniendo a cada cosa en su lugar. Cristina pudo zafarse de esa situación gracias a un nuevo trabajo de ocho horas diarias -que le parecía “una maravilla”-. Unos años después, llegó su esposo, “y entre los dos ya todo era más fácil”, cuenta. Hace cuatro años puso una peluquería propia en Sestao, y el julio trasladó el local a Bilbao, donde “hay más movimiento y trabajo”. El balance de la última década es “regular”. Está más cerca de cumplir el sueño que la trajo, aunque ha pasado mucho tiempo. “Y muchas cosas”, apunta. “Mi hija mayor me ayudó muchísimo. Fue como una segunda mamá para su hermano, pero la verdad es que mis dos hijos se hicieron independientes a la fuerza”.

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