459 | William

Los emprendimientos sociales tienen una cualidad compartida: detectar el talento individual de las personas y hacerlo crecer para beneficiar a la comunidad. En el barrio de San Francisco, en Bilbao, existe un ejemplo muy claro: el vivero de microempresas sociales creadas por personas de origen subsahariano. Desde que nació esta cooperativa, a finales de 2015, el alcance del proyecto ha crecido de manera sostenida. Koop SF 34 no solo ha dinamizado la vida del barrio, también se ha convertido en un lugar de referencia para quienes, hasta no hace tanto, estaban invisibilizados por buena parte de la sociedad. Como William Shu.

Nacido en Buea, en Camerún, William tiene treinta años y es el mayor de sus hermanos. Sus padres son una pareja de jubilados. «Mi padre era funcionario, trabajaba para el gobierno, y mi madre era profesora. Yo aprendí el oficio de soldador y me dedicaba a eso», detalla. Todo iba razonablemente bien hasta que se quedó sin trabajo. «Estuve un año sin hacer nada y no quería seguir así. Sentí que debía hacer algo para ayudar a mis padres y, también, por mí mismo. Entonces comencé a pensar en marcharme, en buscar otro sitio para mejorar un poco mi vida». Era 2013 cuando tomó la decisión. La meta estaba puesta en Europa.

Sus padres lo entendieron, pero no se mostraron entusiastas. Las características del viaje en ciernes lo convertían en una despedida casi permanente… y eso en el mejor de los casos, porque el proyecto migratorio de William era peligroso y precario. «Mi padre me decía que no estaba bien, que qué iba a hacer tan lejos donde no conocía a nadie, que cómo pensaba lograrlo. Mi madre comprendía que me tenía que buscar la vida y al final me dijo que solo dios podía cuidarme», recuerda él, que también recuerda el –larguísimo– itinerario que siguió.

«Emigré solo de Camerún, pero fui haciendo amigos en el camino. Pasé por Nigeria, Níger, Mali, Argelia, Marruecos… Fui recorriendo todos estos países hasta llegar a Tánger, donde viví casi un año. Emigrar es así: cuando no tienes dinero, te cuesta mucho tiempo avanzar. Y es difícil. Vas poco a poco, en autobús o en lo que puedas. Llegas y trabajas en lo que sea para reunir algo de dinero y poder continuar», describe William, que empleaba parte de los que ganaba en llamar cada semana a sus padres. «Después estuvo el viaje en cayuco; recuerdo que éramos diez. Y Tarifa, y el CIE y Córdoba, un mes después».

«Allí, en Córdoba, conocí a una chica vasca con la que pude conversar porque sabía inglés –dice William y recuerda que el inglés es una de las lenguas oficiales de Camerún–. Ella me habló de Bilbao y hasta me compró el billete de autobús porque yo no tenía dinero. Tampoco fue fácil cuando llegué aquí: viví varios meses en la calle y al principio me encontré muy solo». Instituciones como la Cruz Roja le ayudaron a dar los primeros pasos, a aprender algo de castellano y encontrar un sitio donde vivir. Pero fue un taller de creación artística, AmiArte, lo que marcó un punto de inflexión en su azarosa experiencia.

El arte de ayudar

«Los conocí por casualidad y me interesó mucho lo que hacían», relata. El taller, que lleva años funcionando en Bilbao, apoya desde sus orígenes a los ciudadanos más desfavorecidos y lo hace a través del arte, reuniendo a creadores profesionales con personas que se encuentran en situaciones difíciles. Su labor se ha mantenido constante a lo largo del tiempo, aunque también ha incorporado novedades. Desde hace unos meses, aúna esfuerzos con la cooperativa subsahariana de San Francisco, donde se imparten cursos de pintura creativa para personas de todas las edades.

«Yo me acerqué a AmiArte porque me gusta el trabajo manual y pensé que si soy bueno para soldar también valgo para pintar. Con ellos aprendí pintura y mejoré mi castellano. Y ahora participo en los talleres infantiles. Me siento muy bien, me gusta lo que hago y estoy contento en Bilbao, sobre todo por la gente y porque fue difícil llegar hasta aquí. Esta ciudad se parece un poco a la mía, que también tiene mar y lluvia y montaña, aunque no echo de menos mi país. Se pueden hacer amigos en cualquier sitio», destaca William.

Su historia –y otras tantas muy similares– dan sentido a los proyectos sociales como el vivero de microempresas que va creciendo en Koop SF 34. Tanto es así que uno de sus impulsores, también de origen camerunés, ha sido invitado a dar una charla TEDx en Vitoria para explicar los alcances económicos y sociales de la iniciativa. «Para mí es una alegría formar parte de esto –dice William–. Me gusta escuchar a quien me puede enseñar, y compartir con los demás lo que sé», agrega, consciente de que su experiencia migratoria podría haber sido mucho más dura de lo que fue.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2017 África Ellos

454 | Ada

Ada Ngomo Meñina sabe que los puntos de partida pueden marcar el camino de una persona, pero no por ello han de ser determinantes ni decisivos. “Nacer en un sitio no significa que debas estar allí toda la vida”, dice esta ciudadana de Guinea Ecuatorial que emigró de su país hace seis años. “En Guinea hay dictadura. ¿Qué clase de vida y de oportunidades puedes tener en un lugar donde hay un régimen autoritario? Yo quería hablar libremente, formarme, conocer otras personas. Y, sobre todo, quería que mi hija tuviera algo mejor de lo que tuve yo”.

Su hija, que ahora tiene doce años, no tendrá que renunciar a los estudios o al trabajo para asumir una maternidad temprana ni dedicar todo su tiempo a las labores del hogar. “Siempre quise algo distinto para ella, que tuviera otras opciones. Realmente, ser madre de una niña fue lo que me impulsó a venir aquí. Mi hija fue mi maleta”, dice ella, y reconoce que el camino no fue fácil. “Nos pasó de todo, como a todo el mundo, pero no me arrepiento de la experiencia. A pesar de las dificultades, lo volvería a repetir. Mi hijo pequeño fue un regalo del viaje. Vivir en un entorno seguro y próspero para mis niños me hace sentir que ha merecido la pena”.

Ada llegó en 2010. Tras pasar unos meses en Madrid en casa de su padre, se trasladó a Durango, donde también tenía familia. “Tenía una prima que, al cabo de un tiempo, se marchó. Yo, en cambio, me quedé. Me gustó mucho el País Vasco y decidí iniciar aquí mi nueva vida. Estuve varios años en Durango, hasta el verano pasado, que me mudé a Balmaseda. La verdad es que desde entonces me siento feliz. Siento que he encontrado mi lugar. En Balmaseda me siento en casa”, subraya con entusiasmo.

Una de las razones que explican ese sentimiento es la existencia de una asociación que se fundó hace algo más de un año, que tiene su sede en el pueblo y que trabaja activamente para promover la integración social, el empoderamiento femenino y -no menos importante- combatir la soledad. “La asociación se llama ‘Nos Unimos‘ y creo que el nombre en sí mismo ya te cuenta muchas cosas. Esta ONG lucha contra la pobreza y la desigualdad sociocultural, pero también fomenta el encuentro. La idea es que la gente que está sola se pueda reunir con otras personas, tanto de aquí como de otras partes del mundo”.

Tejer redes, estrechar lazos

“Una de las cosas que suceden cuando emigras es que pierdes tu red social, tus afectos. De pronto te encuentras sola y, encima, con prejuicios. Porque, aunque seamos de fuera, también tenemos prejuicios acerca de otros países. La televisión nos vende estereotipos a todos. Entonces, puedes quedarte con eso o animarte a conocer personas distintas, de diversos lugares, y formarte tú misma una opinión. A mí me ha pasado, incluso con gente de África, de países como Ghana o Nigeria, de los que no tenía ni idea”.

“En ese sentido -prosigue-, la asociación es una puerta abierta al mundo. Allí hay gente de muchos sitios; del Sáhara, de Cuba, de Camerún, de Euskadi… La presidenta, Clementine, es congoleña; es una mujer increíble que se preocupa mucho de la gente del pueblo, de los mayores que están solos y de la gente que está intentando salir adelante. También es voluntaria en otras asociaciones y trabaja para mejorar las condiciones de vida en países menos afortunados que este. Ella es un ejemplo para muchos de nosotros y consigue, con su manera de ser, que nos respetemos como personas, como seres humanos, más allá de la procedencia o la religión de cada uno”.

Ada pone de relevancia la labor de esta ONG porque participa activamente de las distintas iniciativas y siente que el encuentro le ha aportado calidez. “Los inmigrantes, en general, somos gente que lucha y que busca una oportunidad. Uno no arriesga la vida para venir a robar a nadie. El tema es que, si estás solo, es muy difícil afianzarte y progresar. Para salir adelante siempre necesitas el apoyo de los demás, y esto es igual para todos. Cuando te reúnes te vas dando cuenta de eso, de lo importante que es crear comunidad”.

Los talleres sirven como excusa para “hablar con otras personas y darte cuenta de que no estás sola, de que los demás también han tenido experiencias difíciles. Pero también sirven para adquirir nuevas habilidades. Tenemos una profesora de costura muy buena. Ella es de aquí y viene cada semana desde Basauri. Yo creía que sabía coser hasta que la conocí. Nos ha enseñado a arreglar prendas y dejarlas bonitas otra vez, a hacer los disfraces del colegio para los niños, a ahorrar. Estamos contentos. La asociación está cambiando muchas vidas y no solo la de los inmigrantes”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 África Ellas

452 | Mounir

Llegó al País Vasco hace más de veinte años con una única meta: estudiar. Cuando se marchó de Marruecos, su país, Mounir Bou-Ali era un joven físico que deseaba progresar en su carrera. El horizonte se perfilaba lejos de Tánger y como una tesis doctoral. Aunque «tenía más sentido ir a Francia o a Bélgica» –ya que había hecho toda la carrera en francés–, vino a Euskadi porque «tenía amigos estudiando aquí» y porque «las referencias académicas eran muy buenas». No imaginaba Mounir que con aquella decisión cambiaría tanto su vida, que acabaría encontrando aquí su lugar en el mundo, formando una familia y recibiendo varios reconocimientos por sus trabajos de investigación, como sucedió.

«Vine a hacer el doctorado a Leioa porque me habían dado buenas referencias de la universidad, e hice mi tesis sobre Mecánica de Fluidos. La Mecánica de Fluidos es la asignatura que analiza el comportamiento de cualquier material deformable», apunta de manera didáctica para que lo entienda hasta alguien de letras. El caso es que, mientras hacía su doctorado, conoció a Pilar, una chica que también estaba haciendo su tesis –la suya, en Biología– y que hoy es su mujer. Aunque los posgrados tengan fama de ser incompatibles con la vida social, Mounir asegura que «se pueden hacer las dos cosas a la vez».

La pareja, el trabajo y el entorno modificaron sus planes iniciales. «Originalmente, no iba a quedarme, pero una vez que estas aquí, te enamoras de Euskadi. Desde que llegué encontré gente muy trabajadora, gente noble, seria y sana. La sociedad en su conjunto era muy educada, todo estaba limpio y en orden. En la calle no oías ni los pitidos de los coches ni nada. No esperaba encontrar algo así y la verdad es que me encantó. Me sentí muy a gusto desde el primer día», relata.

Los años siguientes fueron, quizá, más exigentes para él porque su trabajo estaba en Navarra y la familia, en Vizcaya. «Saqué una plaza de profesor asociado en la Universidad Pública de Navarra, me casé con Pilar y tuvimos a nuestros hijos, Ismael y Nadia». Con el trabajo allí y la familia aquí, Mounir empezó a buscar otras opciones más cercanas que le evitaran tener que desplazarse tanto. «En 2002 saqué la plaza de profesor en Mondragon Unibersitatea y, desde entonces, me encuentro fenomenal. Aquello fue un desafío muy estimulante porque empezamos con la Mecánica de Fluidos desde cero, tanto con la asignatura como con el departamento de I+D», recuerda.

A día de hoy, Mounir da clases a los jóvenes que cursan el tercer año de Ingeniería. Asegura que los aprecia como si fuesen sus hijos y no duda en definirlos como «el futuro de Euskadi». Además, coordina el departamento de Mecánica de Fluidos y continúa investigando en la materia, una labor por la que él y su equipo han recibido distintos reconocimientos y premios, dentro y fuera del País Vasco. «Hemos conformado un excelente grupo de trabajo, de prestigio. Tenemos varios proyectos y, sí, hemos sido galardonados por algunos», dice con tanta alegría como sorprendente naturalidad.

Premio de Europa

El premio más reciente lo recibieron hace muy poco, en noviembre, cuando la Agencia Espacial Europea reconoció su labor en un proyecto de alcance internacional que busca predecir el comportamiento termo-hidro-dinámico de distintas mezclas que se encuentran sometidas a altas presiones. «Este es un proyecto en el que participan otras universidades, además de la de Mondragón, y otros países, como China, Francia e Inglaterra –detalla–. Aunque la tendencia general es la de recortar en investigación científica y reducir las convocatorias, en Euskadi se promueve la investigación y el tema está mejor que en muchos otros lugares», añade.

Mounir también reconoce que su país ha mejorado en ciencia e innovación. «Viajo con cierta frecuencia para ver a mi padre, que vive allí, y he notado en estos años un avance gigantesco. Marruecos tiene muchos proyectos de gran envergadura, como la planta termosolar más grande del mundo», dice, mientras constata que las cosas han cambiado mucho y que ahora hay más oportunidades de las que había cuando él era un chaval.

«A veces, para tener éxito no basta con tener talento. Hay que estar en el lugar adecuado, y Euskadi es uno de ellos. Si yo no hubiera venido a hacer el doctorado, probablemente hoy sería taxista, como mi padre, y no habría podido dedicarme a lo que más me gusta, a la investigación. Por eso siento que he acertado. Por supuesto, echo de menos cosas de mi tierra, y viajo allí cada tanto, con la familia o incluso con la cuadrilla. Pero lo cierto es que aquí he encontrado mi sitio. Vivo en Elorrio y, para mí, es el pueblo más precioso del mundo. Me siento agradecido con el País Vasco e intento dar lo mejor de mí al lugar que tanto me ha dado».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 África Ellos

450 | Rodrigue

Cuando Rodrigue Bembide se marchó de su país, no imaginaba que tardaría años en llegar a un lugar seguro. Menos aún, que acabaría hablando en un idioma distinto al suyo ante un público numeroso y diverso, como sucedió hace pocos días en el Palacio de Congresos de Vitoria. Cuando se marchó de su país, Rodrigue solo pensaba en lo elemental: salvar la vida, escapar. La guerra civil de la República Centroafricana, que comenzó en 2012 y todavía continúa, no solo se ha cobrado la vida de 5.000 personas. También ha expulsado de sus hogares a unos 900.000 ciudadanos, muchos de los cuales se han visto forzados a emigrar, como él.

«En mi país hay una guerra de religión, una lucha de poder que empezó como algo puntual pero que ahora afecta a todas las personas. El odio se ha metido en las familias, entre vecinos y amigos, en las casas…», describe como puede y se lamenta. La disputa por el gobierno –y los recursos del suelo, que abundan– ha incorporado las creencias religiosas a la contienda política, ya compleja de por sí. El resultado es una profunda fractura social entre cristianos y musulmanes; personas que, hasta no hace mucho, vivían en paz y hasta formaban familias. «Mi madre era cristiana y mi padre, musulmán», dice, y los verbos se conjugan en pasado. Su familia ya solo se encuentra en la estadística.

«Aquello fue terrible, brutal… por eso no me gusta pensar en lo que pasó. Yo no quiero quedarme ahí, sino mirar hacia adelante. Quiero contribuir a cambiar la ideología violenta que hay ahora mismo en mi país. Quiero mejorar las condiciones de vida de las personas que están allí, colaborar con la gente, mostrar que las cosas se pueden hacer de otra manera, como aquí». Rodrigue habla de futuro y se ilumina su mirada. «Tengo un hijo pequeño y pienso mucho en él. Quiero que crezca feliz y sin miedo», señala. Su niño nació en Marruecos. Rodrigue fue padre durante el viaje.

«Es que demoré mucho en llegar a Europa; la ruta es muy larga. Solo en Marruecos estuve tres años. Allí conocí a la madre de mi hijo, que es centroafricana como yo, y allí tuvimos al niño. Yo pude llegar hasta Euskadi, pero ellos no; ellos han vuelto», resume. Han vuelto a uno de los países más empobrecidos del mundo donde, según datos de la ONU, la mitad de la población necesita ayuda humanitaria. «Están allí». La sencillez de sus palabras no esconde la complejidad de estas migraciones, que discurren por caminos sembrados de trampas.

La casa tranquila

Rodrigue lleva diez meses en Vitoria y se siente «afortunado». Valora la seguridad y la tranquilidad del entorno, y también a las personas que ha encontrado y que le arropan. Está haciendo dos cursos de formación profesional y, además, colabora activamente con CEAR. «Por la mañana voy a un curso de fontanería y calefacción. Por la tarde, estudio electricidad. Pienso que si aprendo más cosas voy a tener más posibilidades de encontrar un empleo. Yo no quiero vivir de ayudas sino trabajar. Tengo un hijo al que sacar adelante», dice muy serio.

Y con la misma seriedad opina que le falta pulir su castellano. «El idioma se aprende hablando con la gente; por ahora no tengo mucho tiempo para conversar porque paso casi todo el día estudiando», dice poco antes de subir al escenario en una de las salas del Palacio Europa. Tiene previsto hablar para unas trescientas personas que, como él, participaron en el programa Bizilagunak. La iniciativa, impulsada por CEAR-Euskadi con el apoyo de la Diputación de Álava y otras instituciones, reunió este año a 227 familias locales y de otras partes del mundo en torno a la mesa.

En su edición alavesa, las comidas de Bizilagunak tuvieron lugar el pasado 13 de noviembre en los hogares de las personas participantes. Pero los nexos no acabaron allí. «Ahora nos reunimos todos para celebrar esos encuentros, ver un vídeo con las imágenes que hicimos ese día y compartir con los demás cómo fue nuestra experiencia. Para mí –avanza– fue algo muy especial. Nunca había participado en algo así y me gustó mucho. Creo que las iniciativas como estas son muy importantes para acercar a la gente, para conocerse con los demás, para sentirse en casa».

«Todos somos una gran familia. Nos tenemos que cuidar unos a otros. Las diferencias no tienen por qué ser un problema», agrega. Sus palabras tienen un peso especial si se considera la realidad que atraviesa su país, la experiencia que ha tenido y sus pérdidas. Los manteles de Bizilagunak previenen daños en el tejido social y, casi como un espejo de inversos, muestran otra realidad de convivencia posible. «El color de la piel es algo superficial –dice Rodrigue señalando su antebrazo–. Debajo estamos hechos de lo mismo».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos

448 | Amadou

Decía Eduardo Galeano en uno de sus textos más conocidos que «los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada» son aquellos «que no hacen arte, sino artesanía, que no practican cultura, sino folklore». Se refería a los que nacieron humildes en países pobres y que, sencillamente por eso, casi todo lo que reciben son muestras de condescendencia, desconocimiento o desprecio. ¿Cuánto se sabe, en el mundo, de la cultura y el arte africanos? La globalización difunde la artesanía, pero no muestra interés por el ‘arte refinado’.

Cuesta pensar en referencias literarias o pictóricas del vecino continente. Por eso, cuando un africano se presenta aquí como pintor, la primera idea que surge no tiene forma de lienzo ni de óleo, sino de escalera portátil, cubo grande y brocha gorda. Es un error. Existen grandes artistas africanos e importantes escuelas de pintura que buscan, desde hace décadas, dar cabida a la sensibilidad local y proyectarla hacia Europa, «donde la gente aprecia más este tipo de trabajo. En África es complicado dedicarse a la pintura», reconoce Amadou Loum, que está decidido a intentarlo.

Amadou es senegalés, de Dakar. Llegó a Bilbao hace poco más de un año, aunque este no fue su primer destino en Europa. Antes de pisar Euskadi, vivió en Jaén, Alicante, Lleida y Zaragoza. «La ciudad en la que viví más tiempo fue Lleida; estuve allí casi tres años», precisa. También relata que el lugar le gustaba y que estaba «contento» con su vida, hasta que tuvo un accidente que le afectó seriamente una pierna. «Mientras me recuperaba no podía hacer nada, ni siquiera trabajar». Como la idea de estar inactivo no le atraía en absoluto, decidió ponerse a estudiar… otra vez.

«Yo ya había estudiado en Senegal –aclara–. Fui a la Escuela de Arte en Dakar y trabajé para pagarme la carrera porque mi familia se oponía. Mis padres opinaban que debía dedicarme a otra cosa. Decían que el arte no tenía futuro, que vender cuadros es difícil, que de esto no se puede vivir. Lo decían por mi bien, yo lo sé, pero la verdad es que no podía ni puedo pensar en una vida sin arte, sin pintura. No me importa trabajar de otra cosa para comer, pero la pintura es todo para mí, es lo que sé hacer. Me expreso mejor con los pinceles que hablando», dice en un castellano que a veces suena a francés.

Su decisión de venir a Bilbao está vinculada con esto. «Cuando me pasó lo de la pierna, pensé en aprovechar el tiempo y hacer algún curso, no de arte, sino de carpintería, castellano o soldadura, para cuando volviera a trabajar. Tenía un amigo aquí que me explicó que el País Vasco es un lugar donde hay muchas posibilidades para aprender oficios. Por eso vine. Mi idea era estar pocos meses y aprender algo nuevo mientras me recuperaba». Pero los planes de Amadou cambiaron sobre la marcha: «en Bilbao me empezó a ir bien».

Exposición en diciembre

En Bilbao conoció a los responsables de AmiArte, un taller de creación artística que reúne a personas de diversas procedencias y distintas situaciones, que pone en valor al arte como una herramienta de transformación personal y que apoya, sobre todo, a los ciudadanos más desfavorecidos, sean de donde sean. «Aprecian la creatividad de las personas y ayudan a hacerla crecer, pero también se ocupan de integrar a la gente. Hacen un trabajo estupendo», dice Amadou, que colabora con ellos.

«El taller me ha permitido dar a conocer mi trabajo», añade Amadou, que ha estado exponiendo su obra en varios centros municipales desde septiembre y que cerrará el año en el de Barrainkua, del 1 al 16 de diciembre. «Euskadi es un lugar increíble donde se apoya mucho la cultura. Vas por la calle, hablas con la gente y notas que aprecian el arte, que siempre hay actividades. Si comparo con mi país, hay muchas posibilidades. Eso es como un sueño para mí, que he luchado mucho por no abandonar mi vocación».

Sus obras, coloristas, hablan de anhelos y de tragedias. Hablan de migraciones, de «cosas buenas» y de problemas. «Me gusta conversar con la gente, observar a las personas y mostrar en mis cuadros lo que veo –explica–. No tengo un único tema, pero la parte social es muy importante y casi siempre está presente. Supongo que está en mi manera de mirar», evalúa Amadou, que termina la conversación con sus planes de futuro. «Quiero enseñar a los niños a pintar. Yo sufrí mucho desde pequeño porque no me dejaban hacerlo; solo mi hermano mayor me apoyaba. Él me enseñó a dibujar. Desde entonces, he trabajado mucho en esto. Me gustaría ser pintor el resto de mi vida».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos

445 | Mahjoub

Mahjoub Elaadrassi quería estudiar. Soñaba con ser periodista. Cuando pensaba en el futuro se imaginaba en la universidad, pero el Sahara, donde nació, no tiene pasillos con aulas. «Muchos emigran para trabajar, para buscarse la vida en lo que sea. Yo me fui porque quería estudiar. La posibilidad de aprender no debería tener fronteras», dice. Y, mientras lo dice, recuerda todas las fronteras que cruzó, que fueron muchas. Probablemente demasiadas.

Basta preguntarle cómo fue que llegó a Euskadi para empezar a hacerse una idea del periplo. «¡Buaaa…! ¿Cómo hago para resumirte diez años y catorce países?», suelta Mahjoub con espontaneidad. Hace una pausa –para tomar aire, más que para pensar– y lo intenta: «En 2007 salí del norte de Marruecos a Turquía. Allí estuve dos meses, hasta cruzar a Grecia. En Grecia viví cinco años y medio, hasta que llegó la crisis. Entonces recorrí el camino que hoy están haciendo los sirios: Macedonia, Serbia, Kosovo, de vuelta a Serbia, Hungría, Austria, Italia, Francia, Bélgica, Alemania… Hasta que llegué aquí, en junio de 2014».

Hace otra pausa y prosigue. «Mis amigos me preguntan por qué he dado toda esa vuelta para venir hasta aquí, que está tan cerca de mi punto de partida, y yo siempre les contesto lo mismo. Nadie sabe a dónde va ni cómo será el camino. Antes de salir, no puedes imaginar que estarás diez años dando vueltas por el mundo, ni que pasarás por tantos sitios o que la ruta será tan dura. Porque la ruta es tremenda, ¿eh? Es peligrosa y lo pasas mal. Lo peor del viaje es el sufrimiento», asegura y se queda en silencio. Esta pausa es distinta de las otras.

Cuando ve por la televisión imágenes de los refugiados sirios, Mahjoub revive su viaje. «Reconozco muchos sitios, yo también estuve ahí». La diferencia es que «ahora hay cámaras y antes no las había. No encontrabas fotógrafos ni periodistas». No había «testigos» en ciertos tramos del viaje y la cantidad de viajeros era menor, por tanto «estábamos más solos y éramos más vulnerables, si cabe».

«A partir de Macedonia, la ruta es muy mala. Cuando cruzamos a Serbia, nos detuvieron y nos arrestaron por entrar al país de manera ilegal. Estuve preso veinte días que me parecieron veinte años porque lo que pasa allí dentro no es normal. En esa etapa, pasé casi tres meses sin poder llamar a mi familia. Fue muy duro para ellos no saber qué había sido de mí», dice. Ni los padres de Mahjoub ni sus hermanos conocen los detalles de la travesía. «No puedes contarle todo el daño que sufriste a tu madre. ¿De qué sirve ahondar en eso? ¿Qué ganas? Mejor pensar que ya lo has pasado y punto».

Las lecciones del camino

A pesar de los sinsabores, asegura que no se arrepiente de nada. Por el contrario, lo considera como una experiencia que le ha dejado valiosas lecciones. De Grecia, donde vivió cinco años, conserva buenos recuerdos y grandes afectos. «Vivía en un pueblo pequeñito de Creta. Trabajaba en un almacén de bebidas y repartía la mercadería en una moto muy antigua, de esas de tres ruedas. La gente me conocía. Si no estaban en casa, me dejaban la llave para que les llevara las cosas. Fue una época muy buena».

Del viaje, rescata a la gente. «Conoces a miles de personas diferentes, con distintas culturas, con distintas ideas. Eso te cambia, te hace crecer», dice Mahjoub, que tiene 32 años pero se siente «mucho más viejo». También conserva enseñanzas: «Aprendí que no hay nada más importante que la salud, nada más valioso que la libertad, que es mejor permanecer en un sitio donde te sientas seguro y vivir en un lugar donde la gente sea amable contigo y con los demás. Si encuentras un sitio así, podrás empezar tu camino poco a poco».

Su descripción se ajusta a los cretenses, pero también se ciñe a los vascos. «Aquí la gente ha sido muy atenta conmigo. He podido tramitar mi documentación; soy apátrida. He podido empezar a estudiar. Estoy en la EPA, hice un curso de electricidad con Lanbide y estoy aprendiendo castellano con dos voluntarios de la Fundación Harribide, un señor mayor y un chaval. La gente de la fundación y de la parroquia de San Antonio me ayudó muchísimo, sobre todo al principio. Ahora intento ayudar yo. En Getxo, donde vivo, participo en todo lo que puedo. Allí se hacen muchas cosas para crear espacios de encuentro. Y sigo con mi meta –añade–. Yo quiero estudiar y aprender. Todavía debo mejorar mucho en gramática, pero quizás pueda ser periodista. Me siento vivo cuando escribo y tengo mucho para contar».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
África Ellos