442 | Youkhowme

Youkhowme Sy es pescador. Lo ha sido toda su vida, desde que era un niño y faenaba con una pequeña embarcación familiar en las costas de Senegal, hasta hoy, que tiene 42 años y zarpa con regularidad desde el puerto de Bermeo a bordo de un pesquero vasco. Los últimos tres meses los ha pasado en el mar, recalando de tanto en tanto en distintos muelles del norte. La entrevista tiene lugar justo al terminar la campaña del bonito. “Ha habido años mejores”, dice, aunque matiza que no se puede quejar. Se dedica a lo que le gusta y vive de su trabajo.

“Empecé de pequeño, en mi país. Ganaba lo suficiente para vivir al día, pero no tanto como para ahorrar o ayudar a mi familia. Eso es duro porque los senegaleses tenemos la cultura de ayudar, incluso a las personas que no conocemos. Yo ni siquiera podía darle una mano a mi madre. Además, tenía a mis hijos. Y cuando los hijos van creciendo, aumentan las necesidades –explica–. Un día, mi madre comentó que los jóvenes se estaban marchando del país hacia Europa y me preguntó si yo no me quería ir”. La pregunta fue tan sugerente como el contexto. Youkhowme decidió emigrar.

Viajó de Senegal a Canarias a bordo de su cayuco, en 2006. La travesía duró más de una semana, pero asegura que no sintió miedo. A Youkhowme le preocupaba más el horizonte que el mar. “Yo crecí entre embarcaciones. Mi casa estaba a veinte metros de la costa. Mi preocupación no era el agua, sino qué pasaría cuando llegara a destino, no saber cómo sería esto ni con qué me iba a encontrar”, señala. Cuando llegó a Tenerife no tenía idea de cuál sería su paradero final.

Al llegar, Youkhowme tuvo la oportunidad de elegir una ciudad y escogió Bilbao. “Aquí vivía un tío mío, Omar, que me recibió en su casa y me ayudó mucho en los primeros tiempos. Si no hubiera estado él, me habría ido a Francia, donde vive una de mis hermanas –señala–. Gracias a mi tío, tuve cobijo y comida mientras aprendía el idioma. Comunicarme, poder hablar, era fundamental para buscar trabajo y defenderme solo”. A medida que pasaban los meses y mejoraban sus habilidades, empezó a pensar cómo podía ganarse la vida. No quería ser una carga para nadie.

“Lo primero que te ofrecen es salir a vender discos o ropa de imitación por la calle, pero eso es ilegal. Yo necesitaba ganar dinero, pero tenía muy presentes las palabras de mi padre, que me dio un único consejo antes de partir: ‘Cuando llegues a cualquier país, evita hacer cosas prohibidas’. Le hice caso. Me informé y encontré una solución: comprar mercadería en los bazares chinos y revenderla en la calle. Mi tío me dejó algo de dinero para empezar y con eso fui avanzando poco a poco”, relata.

Cambio de rumbo

Youkhowme empezó como vendedor ambulante en Muskiz, aunque pronto se dio cuenta de que “así no iba a llegar a ninguna parte”. Quería dedicarse a la pesca. En la academia donde aprendió castellano, le ayudaron a navegar por internet para conocer qué requisitos se pedían aquí para lograrlo. “Lo primero era un curso. Tuve que ir a San Sebastián. Allí no conocía a nadie, así que los veinte días que duró aquello los pasé fatal. Tuve frío, hambre… de todo”, dice sin abundar en detalles, aunque menciona que subsistió gracias a la generosidad de una iglesia donde le daban galletas y agua.

Tras acabar el curso, siguió como vendedor ambulante en Vizcaya. Pero ahora, cada vez que ganaba algo extra de dinero, “cargaba la tarjeta de transporte Creditrans, me montaba en el autobús y me iba a los pueblos con puerto. Iba a Santurtzi, Getaria, Orio, Bermeo… a cualquier puerto, recorría los muelles y preguntaba si no necesitaban a un pescador. Al puerto de Bermeo fui unas cincuenta veces antes de que el patrón me viera y me diera trabajo. Para que veas que no hay que tirar nunca la toalla. Uno tiene que insistir y resistir hasta salir adelante y realizar sus sueños”.

Una pregunta de tres palabras –“¿Qué hay, moreno?”– cambió la vida de Youkhowme. “Así me saludó el patrón del barco donde trabajo hasta hoy. Hablamos, le conté que era pescador. Me dio una oportunidad y me hizo un contrato. Tanto él como otras personas de aquí han sido muy buenas conmigo. Siempre está la persona que aprieta el bolso cuando te acercas porque cree que le vas a robar, pero por suerte son excepciones. En Zorrotza, donde vivo, tengo vecinos vascos que se interesan por mí. Son currelas como yo y siempre me han tratado de maravilla. Y en Bermeo, en el mar, la acogida ha sido muy buena. Estoy encantado. Los vascos y los senegaleses tenemos fuertes vínculos y una relación que viene de largo. Hay muchos pescadores de aquí buscándose la vida en las costas de mi país. No todos lo saben, pero los marineros sí”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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437 | Tété

Emigrar no significa olvidarse del país de origen, de la vida allí ni de los afectos que quedaron. Y, en casos como el de Tété Barrigah, que se marchó de Togo con veinte años, tampoco implica desentenderse de la arista más aciaga de su realidad. Tété no olvida la situación económica que forzó su emigración ni el durísimo viaje que realizó durante años para llegar finalmente a Bilbao. Por el contrario, tiene muy claro que esa realidad sigue oprimiendo a buena parte de la población y auspiciando itinerarios como el suyo, sembrados de peligros y contratiempos.

“Mientras las cosas no mejoren allí, la gente se seguirá marchando. Es importante entender esto y trabajar para cambiarlo. Hay que ofrecer alternativas a los niños y jóvenes que están en Togo, sacarlos de las calles y de la precariedad, darles unos estudios y unas herramientas para que no tengan que emigrar como lo hemos hecho muchos de nosotros”, sostiene. Conscientes de que la ayuda exterior es una pieza clave para poner en marcha la maquinaria del progreso, Tété y otros togoleses residentes en Euskadi han creado una asociación cuya finalidad es tender puentes entre su tierra y el País Vasco.

“Somos muy pocos togoleses –apenas hay 14 en toda la comunidad–, pero nos esforzamos mucho para sacar adelante proyectos sociales que favorezcan la integración aquí y el desarrollo allí. Las dos cosas son muy importantes. En nuestra asociación, Novisi Elkartea, apostamos por los espacios de intercambio cultural. Tenemos un equipo de fútbol donde coinciden vascos y africanos, un grupo de música con el que damos a conocer nuestra percusión, y ahora estamos trabajando en uno de los proyectos más bonitos y ambiciosos que hemos tenido entre manos: llevar un contenedor de libros a Togo”.

Tété explica que, hace unos meses, recibieron una importante colaboración de Azkuna Zentroa. “Nos donaron 8.000 libros y material de informática para ayudar a nuestra iniciativa de desarrollo cultural. La idea es apoyar a los centros educativos infantiles y crear un espacio nuevo, la Biblioteca de Aného, para promover el aprendizaje y el uso de las lenguas castellana y vasca. Queremos llevar el euskera a Togo y, en un futuro, crear allí una euskal etxea. De esa manera, muchos niños huérfanos o pobres que hoy están en la calle, buscándose la vida para poder comer, podrán estar en un sitio seguro, estudiando y aprendiendo idiomas”.

Una gala benéfica

“Pero lo primero es llevar los libros”, señala volviendo al presente. Y para eso hace falta un contenedor, transporte… y dinero. “Hemos organizado una gala benéfica para recaudar fondos”. El Festival ‘Colores de la Diversidad’ tendrá lugar este viernes, a las 19 horas, en Bilborock. Participarán varias asociaciones, no solo africanas, y la entrada costará 5 euros. “La fiesta busca promover la integración y combatir el racismo, la xenofobia y las muchas discriminaciones que nos afectan como sociedad. Celebramos el encuentro de culturas y, además, usaremos lo recaudado para hacer realidad este proyecto en Togo”, expone.

“En mi país hay muchos niños en la calle. A veces, son huérfanos. Otras, tienen padres alcohólicos. Pero siempre son pobres, y tienen que trabajar buscando chatarra, por ejemplo, para poder comer. La situación es tan adversa que no pueden cambiarla solos”, describe Tété, y añade que a él le tocó vivirlo. “En mi familia somos siete hermanos. Cuando mi padre murió, mi madre no ganaba lo suficiente para sacarnos a todos adelante. Mis hermanos mayores trabajaban también, una es peluquera, otra costurera, otro carpintero… Con eso no alcanza para vivir”.

Dos de sus hermanas emigraron a Benín, el país vecino, para trabajar como camareras. Él decidió venir a Europa. Pidió el visado varias veces en el consulado, pero no se lo concedieron, así que se lanzó a hacer un viaje de casi tres años donde descubrió lo mejor y lo peor del género humano. “Tardé solo dos semanas en llegar a Marruecos e intenté cruzar por la valla, pero no lo conseguí. Descubrí que mucha gente vive de los migrantes, que se aprovechan. Hay grupitos que dominan zonas. Hasta para dormir en el monte tienes que pagarles si no quieres tener problemas”, relata.

Tété estuvo dos años así, hasta que se animó a intentarlo otra vez. “Crucé nadando desde Tetuán a Ceuta. De ahí me llevaron a Madrid, luego a Lleida y finalmente vine a Bilbao. Llegué en 2011, dormí en un albergue y en un edificio abandonado, comí en comedores sociales. Lo pasé muy mal y ahora soy voluntario. Mi primer trabajo me lo dio un iraní, que tenía una tienda y necesitaba que alguien le ayudara a pintarla. Fue un camino muy difícil hasta lograr cierta estabilidad. No quiero que otros pasen por lo mismo”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos

435 | Larry

De pequeño, su madre le decía: “No te confundas, Larry. Has nacido en Bilbao, pero no eres uno más de aquí. No eres como los demás porque tú eres negro”. Lejos de inculcarle una idea racista del mundo, su madre intentaba prevenirlo ante una realidad que, tarde o temprano, le afectaría. “El racismo existe -confirma él, que prefiere hablar abiertamente sobre ello-. Había racismo hace cincuenta años, cuando mi familia vino a Euskadi desde Guinea Ecuatorial, y sigue habiéndolo hoy, en pleno siglo XXI”.

“No eres uno más porque eres negro”, trataba de explicarle su madre, pero Larry no lo entendía. “Yo era muy pequeño todavía. Además, iba a un colegio de curas donde se hacía énfasis en la paz, el amor y la idea de que todos somos iguales. Me eduqué en ese entorno y lo veía todo normal. No me sentía distinto a mis compañeros ni ellos me veían distinto a mí, y eso que, hasta que entró mi hermano al colegio, yo era el único chaval negro”, relata.

La primera vez que se sintió diferente tenía doce años. “Con mis amigos del barrio y del colegio solíamos colarnos en una fábrica de lámparas abandonada. Cosas de niños, ya sabes. Un día, nos pilló la policía. Éramos varios, pero solo me pidieron el carné a mí”. La situación le sorprendió mucho, quizás por ser la primera. Con el paso de los años, se acostumbró a vivirla a menudo. Sin embargo, la experiencia que lo descolocó por completo fue otra, que tuvo lugar poco después. También se produjo en presencia de sus amigos.

“Estábamos jugando al fútbol. Pateé el balón y, sin querer, le di de lleno a un compañero en la cara. Una faena, pobre; se puso a sangrar por la nariz. El padre se alteró un montón, se puso nervioso y me habló mal. Me gritó. ‘¡Vete a tu país!’, me increpó delante de todo el mundo. Yo no entendía nada, pero aquello me marcó. Cuando llegué a casa, le conté a mi madre lo que había ocurrido y le pregunté: ‘Mamá, ¿de dónde soy?’ Ese día hablamos mucho de Guinea, de nuestras raíces allí, de lo que significa cambiar de continente”.

Ese día nació su interés por África y el asunto de la identidad empezó a volverse complejo. Larry nació aquí, pero tiene doble ciudadanía. Creció en Bilbao, pero vivió varios años en Guinea. Estudió en Euskadi, pero hizo su carrera en una universidad inglesa de Nigeria. Cuando está en España, lo confunden con extranjero. Cuando está en Guinea, lo perciben como español. Y, en paralelo, recuerda los insultos que recibía de niño por ser vasco. “Cuando iba de excursión con el colegio fuera de Euskadi y la gente veía la matrícula de Bilbao, nos gritaba: ‘¡Vascos cabrones, tenéis que moriros!’”.

Sus relatos y anécdotas son muchos, y llegan hasta la actualidad. Los hay más y menos duros, pero todos refrendan lo mismo: los prejuicios entorpecen las relaciones entre las personas, a las que se suele juzgar por el colectivo al que pertenecen antes que por su manera de actuar. “Vasco, negro, inmigrante, gitano, marroquí… No se mira a la persona. Se da por hecho que será de tal o cual manera y ya está. Hace falta información, debates, conversaciones serias sobre estas cosas. Es preciso quejarse cuando corresponde, no solo sobre esto, sino sobre la corrupción, los malos gobiernos, las cosas que nos afectan a todos”, opina, y lamenta la indiferencia social.

Mismas obligaciones, distintos derechos

“Hay manifestaciones por el fútbol, por un reality de la televisión, pero no por los derechos básicos o las injusticias. La gente tiene miedo a sentirse señalada y no participa. Los jóvenes no participan. Los inmigrantes tampoco. Y eso que hay mucho para avanzar. Se dice que todos somos iguales, pero es mentira. Quienes vienen de fuera tienen las mismas obligaciones, pero no disfrutan de los mismos derechos. Pagan impuestos, pero no pueden votar”, observa.

Larry, que dedica buena parte de sus energías y su tiempo al activismo social, viaja con frecuencia a otros países de Europa para conocer de cerca qué iniciativas existen y cómo se pueden implementar aquí. “Muchas veces me dan ganas de llorar porque me doy cuenta de todo lo que nos falta. Es verdad que la situación ha mejorado mucho con respecto a la época de mi madre, pero nos falta un montón para acercarnos al nivel de integración y desarrollo que hay en los países vecinos. A veces no sé si nuestra sociedad está más civilizada o simplemente es más hipócrita que antes”, critica.

Así y todo, él sigue. “En Guinea no hay libertad. En la época de mi abuela había esclavitud, ahora hay una ‘democradura’ y eso es lamentable. Aquí se puede hablar, debatir, intercambiar puntos de vista. Eso enriquece. Por eso lo hago y trabajo desde lo social. El activismo restringe menos que la política”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos Europa

428 | Omar

Omar Slama tiene 28 años y nació en uno de los campos de refugiados más antiguos del mundo. Es saharaui, creció en Tinduf. “Aquello es un sitio inhóspito; está en el desierto argelino. Al mediodía, la temperatura puede alcanzar los 50 grados y, por la noche, caer hasta los dos grados bajo cero. La vida allí es muy difícil; nadie está ahí porque quiere. Cuando Marruecos invadió el Sahara Occidental en la década de los setenta, la gente huyó por el único sitio del que no venían las balas”.

Él no había nacido todavía, pero los relatos familiares y de su comunidad mantienen ese momento presente. “Las familias se llevaban ‘el baúl del retorno’ porque pensaban que era cosa de semanas, que el conflicto acabaría y que podrían volver”, cuenta Omar. La actualidad les devuelve una realidad muy distinta en la que ya hay segundas y terceras generaciones de saharauis naciendo en esos campamentos. Llevan cuarenta años asentados en ese sitio y, aun así, la vida allí es provisional.

“Hace un tiempo, estaba recorriendo aquello con un político vasco que quería conocer de primera mano nuestra realidad. Buscábamos una jaima concreta y nos costaba encontrarla. Él observó que si tuviéramos calles, sería más fácil ubicar las cosas. Yo le expliqué que, si hubiéramos querido construirlas, lo habríamos hecho hace mucho. Tenemos nombres de mártires suficientes. La razón por la que no hay infraestructuras es porque no aceptamos quedarnos allí. La gente solo piensa en el retorno, incluso los más jóvenes, que solo han conocido ese lugar”.

A diferencia de muchos otros, Omar tuvo la oportunidad de viajar. Vino a Euskadi en 1997, dentro del programa solidario ‘Vacaciones en Paz‘. Han pasado diez años, pero recuerda muy bien el impacto de los primeros días. “Todo lo que ves te impresiona, desde las piscinas municipales hasta el interruptor de la luz. Te caes de la cama porque no sabes dormir en una, nunca lo has hecho. Te quedas maravillado viendo los grifos del baño. Aquí, giras una rosca y sale agua. En los campamentos, tus padres caminan siete kilómetros para traela en bidones sobre la espalda”.

“’Vacaciones es paz’ es un programa muy beneficioso para todos. Los chavales que venimos tenemos la ocasión de ver mundo. Y los niños cuyas familias acogen, que están acostumbrados a tener todo, valoran mucho más las cosas después de una convivencia así”, pondera Omar, que vino por dos meses y se terminó quedando. “En realidad, este un acuerdo humanitario con unos plazos concretos. No se permite la adopción de niños saharauis. Lo que ocurrió en mi caso es que, cuando llegó el momento de volver, estaba escayolado. Me había hecho un esguince y no podía volar con un yeso en la pierna”, explica.

Oportunidades para los hijos

Sus padres biológicos y los de acogida se pusieron de acuerdo: Omar se quedaría hasta diciembre. “Me apuntaron a clases… y me iba muy bien. Era buen estudiante. Como mi familia de acogida podía hacerse cargo de uno más, volvieron a hablar con mis padres. Decidieron que lo mejor para mí era quedarme aquí. Obviamente, para las madres es muy duro. Se les parte el corazón en dos. Pero, aunque echen de menos a sus hijos, no les cierran las puertas a un futuro mejor, a la posibilidad de crecer, estudiar y desarrollarse de otro modo”, señala.

A día de hoy, Omar es independiente; vive solo y trabaja en una gestoría. Estudió Marketing y Economía en la universidad, si bien dice que lo suyo es la cooperación social y la escritura. “Soy más de letras”, asegura él, que colabora con la publicación digital ‘Un mundo en conflicto‘. Allí analiza y describe el problema que conoce más íntimamente, el de los refugiados saharauis. La reciente muerte del presidente Mohamed Abdelaziz lo ha dejado “abrumado y muy triste”. Desde hace cuarenta años, Abdelaziz “era nuestra cara más visible. Siempre abogó por la paz. Lo hemos aprendido a querer a base de gestos, no de palabras”, dice consternado.

“Los campamentos de refugiados son un drama”, asegura Omar, y es difícil contradecirlo en estos días en que la televisión arroja imágenes durísimas de la población siria. “Viajo a menudo a donde está mi familia; acompaño a personas y grupos que van desde aquí, que cuentan conmigo como guía y como traductor. Lo que ves siempre es duro y te cambia como persona, aunque yo nunca me quedé tan impactado como cuando fui en 2008. Había pasado muchos años sin ir y, al hacerlo, vi cómo la gente dependía de la ayuda exterior; no solo de las organizaciones solidarias, también de sus familiares. Eso me llenó de responsabilidad. Cuando volví a dormir bajo las estrellas, supe que al emigrar había perdido una parte de mí. Aquello me chocó bastante. No sabía si las cosas habían empeorado o yo me había aburguesado”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos

426 | Rolly Javier

Alrededor de 30.000 africanos viven actualmente en Euskadi, aunque apenas la cuarta parte de ellos procede de la zona subsahariana. No son tantas personas como sugiere la percepción social y, sin embargo, cargan con la mayor parte de los prejuicios. Por esa razón, de un tiempo a esta parte han impulsado diversas iniciativas que persiguen mejorar esta situación en el País Vasco. Proyectos como Koop SF34, un vivero de empresas que promueve su actividad comercial y profesional en el barrio de San Francisco, o el Movimiento Panafricano, una propuesta colectiva que hace foco en los aspectos socioculturales más relevantes, son dos ejemplos de ello.

El congoleño Rolly Javier Otadui integra este movimiento, que ayer celebró ‘Un café por África’ y que ha organizado una marcha con percusión y batucada para este miércoles a las 19 horas. “El 25 de mayo es el Día de África y, en ese marco, hemos desarrollado unas cuantas actividades para hacer visibles algunos de los problemas más importantes de nuestro continente, pero también para acercar nuestra cultura y gastronomía a todas las personas que lo deseen, sean de donde sean”, detalla. A lo largo de esta semana habrá proyecciones de cine, muestras gastronómicas y, ya en junio, un festival de música urbana con varios artistas africanos.

El cabeza de cartel es Frank-T, un conocido rapero y productor musical de origen congoleño que participa con frecuencia en programas como ‘El Rimadero‘, de Radio 3. “Es un lujo tenerlo”, opina Rolly Javier, que también se dedica a la música con el nombre artístico de DJ Javi. “Desde hace siete años, formo parte de un grupo de djs y organizadores de eventos que lucha para que la música negra se haga un hueco en la noche vasca y en las mejores salas de forma positiva, sin prejuicios y con un ambiente familiar entre extranjeros y autóctonos que coinciden en sus gustos musicales. El nombre del colectivo es ‘Follow the party’ y nuestra prioridad siempre ha sido esa: conseguir la aceptación e integración social en el mundo festivo de Bilbao”, explica.

Pero la música y el Movimiento Panafricano no son las únicas actividades de Rolly Javier, que trabaja en una importante fundación de Berango como educador social de menores con problemas de conducta y de relación familiar. “Me encanta mi trabajo. Efectuar labores sociales es lo que me llena y lo que le da sentido a mi vida. Me hace sentir mejor persona y creo que se me da bien”, indica, y añade su experiencia personal le ha resultado de gran utilidad para ello.

Familia vasca

“Yo emigré de Congo cuando tenía tres años. Vine con mis tíos. Primero nos instalamos en Madrid y luego nos trasladamos al País Vasco, pero seis años después, la relación familiar se truncó. Fue un momento crítico, aunque tuve suerte, porque me adoptó una familia vasca. Fui muy afortunado -insiste-. Es difícil que alguien se anime a adoptar un niño de diez años. Se percibe como un riesgo, predomina la duda de ‘vete a saber qué meto en casa’, y es un temor comprensible, desde luego, porque no sabes qué ha vivido ese niño, cuáles han sido sus experiencias o por qué situaciones ha tenido que pasar”, señala.

Rolly Javier se mudó con su nueva familia al Valle de Trápaga, donde aún reside. “No vivo con mis padres, sino con mi novia, que es de Basauri, pero nos hemos quedado allí porque es un sitio estupendo. Aunque casi todos mis amigos y las actividades están en Bilbao, me gusta volver al entorno tranquilo de Trapagaran y desconectar”, confiesa. También explica que sus padres adoptivos acertaron al permitir que mantuviera el contacto con sus raíces y otras personas de su mismo origen.

“Mis padres no me robaron la identidad, al contrario. Siempre fueron muy abiertos a que yo mantuviera viva esa conexión con mi país, con la comida, el idioma o la música. Fueron muy generosos conmigo, me dieron sus apellidos, me cuidaron, me criaron… y me hicieron hincha del Atlethic”, desvela divertido.

“Hay una parte de mí que es congoleña y una parte que es angoleña, porque de allí era mi madre biológica. Pero lógicamente tengo una relación de pertenencia muy fuerte con Euskadi. Soy afrovasco a tope, e hincha del Athletic hasta la médula”, explica Rolly Javier. “Además, ahora que tenemos un jugador de origen africano me siento aún más orgulloso de mi equipo y, por suerte, se ha terminado el debate”.
-¿Qué debate?
-El de por qué era forofo rojiblanco si era negro. Yo siempre he contestado lo mismo: porque soy de Bilbao.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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423 | Koudjo

–¿Cómo se escribe tu nombre?
–Koudjo Mawuli Klevo.
–¿Klevo es el apellido?
–Sí. En Togo solo usamos el apellido paterno. La revolución feminista no ha llegado todavía a mi país; es una pena. El apellido de mi madre es Balo. Sería bonito incluirlo porque le tengo muchísimo respeto.

La respuesta y el comentario de Koudjo esbozan muy bien su manera de pensar y permiten entrever cómo funcionan algunas cosas en el país del que se marchó hace ocho años, aunque para contar eso él es mucho más explícito y concreto. Los dos años que ejerció como periodista se notan.

“Togo vivió una dictadura de casi cuarenta años. Desde 1967 el país estuvo bajo el mando de Gnassingbé Eyadéma. Cuando murió, en 2005, una parte de la sociedad creyó que empezaba un periodo nuevo para el país. Los jóvenes, sobre todo, pensábamos que la gestión iba a cambiar, que iba a haber más democracia, pero nos equivocamos. Tras su muerte se suponía que debían celebrarse elecciones… Eso no sucedió. El ejército apoyó a Faure Gnassingbé, el hijo del dictador, que todavía sigue en el poder como presidente”.

“Es decir que seguíamos igual. Iba a ser más de lo mismo –prosigue–. Yo estaba ahí, tenía 23 años. Había estudiado Filología Inglesa y Literatura, trabajaba como periodista. Estaba ahí pero no quería estar ahí. Esa no es una situación cómoda para una persona inteligente, formada y con otra perspectiva de la vida. Es muy difícil vivir bajo una dictadura cuando crees que la política debería mejorar la vida de la gente –razona–. Tenía que buscar una salida”.

La encontró en 2008, gracias a la Expo de Zaragoza. “Unos años antes, había estado en Sierra Leona, en unos encuentros de jóvenes sobre la transformación de conflictos. Como la Expo trataba sobre el agua y el desarrollo sostenible, se acordaron de mí y me invitaron. Vine a España como periodista, en avión y con un visado Schengen en el pasaporte”, detalla. “Para mí era todo un privilegio porque hay mucha otra gente que no puede viajar. También fue la oportunidad de hacer un cambio grande en mi vida. Cuando llegué, decidí no volver”.

Durante su estancia en Zaragoza, Koudjo contactó con un primo suyo que vivía en Suiza. Quería quedarse en Europa y le daba igual la ciudad. Lo que buscaba era un sitio donde hubiera alguien conocido o, al menos, alguien de referencia. “Mi primo me puso en contacto con un amigo suyo, de Sevilla, que a su vez me pasó los datos de otro chico que estaba aquí en Bilbao. Así vine al País Vasco, en autobús desde Zaragoza y con un nombre y un número de teléfono apuntados en un papel. El caso es que llamaba al móvil y siempre estaba apagado. Jamás llegué a conocer a esa persona”.

Dos togoleses, una casualidad

En cambio, encontró de casualidad a dos togoleses como él, que lo alojaron en los primeros tiempos. “Los oí hablar y me acerqué a ellos. Hablaban mi idioma y me guiaron en la ciudad y con los trámites. Así empezó mi vida aquí”, recuerda Koudjo, aunque matiza que no fue fácil. Los ‘papeles’, la subsistencia y el idioma fueron los primeros obstáculos que surgieron en su camino y que él afrontó acercándose a distintas ONG para trabajar como voluntario y conocer a otras personas. “Fue duro, pero no me arrepiento. Seguí formándome, aprendí otras cosas, y además soy más útil para mi familia y mi país desde aquí”.

Tardó años en conseguir un contrato y regularizar su situación. A día de hoy, es el coordinador general en Investing in Youth, un foro europeo de jóvenes preocupados por el desarrollo social, los derechos humanos y las oportunidades para la juventud. También es el secretario de Novsi Elkartea, una asociación solidaria entre Euskadi y Togo. “Acabamos de recibir una donación de 8.000 libros y ahora estamos viendo cómo hacerlos llegar a mi país”, cuenta agradecido y con mucho entusiasmo. Y es que para Koudjo, la clave del desarrollo y la integración está en la participación social.

“Hay que involucrarse. Las instituciones deben ofrecer espacios de encuentro, pero con eso no basta. La integración no se consigue con una varita mágica, sino con el esfuerzo de todos. Los extranjeros debemos tener más iniciativa. Pagar impuestos, pagar el IVA está bien, pero hay que ir más allá. Una vez que has dejado a tu familia, tus amigos, tu país, que has viajado tan lejos y lo has pasado mal, no vas a quedarte de brazos cruzados. No puedes. La inmigración trae riqueza, no solo económica. Es tarea nuestra mostrarlo. La participación social es clave para construir una sociedad que se pueda llamar inclusiva”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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