448 | Amadou

Decía Eduardo Galeano en uno de sus textos más conocidos que «los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada» son aquellos «que no hacen arte, sino artesanía, que no practican cultura, sino folklore». Se refería a los que nacieron humildes en países pobres y que, sencillamente por eso, casi todo lo que reciben son muestras de condescendencia, desconocimiento o desprecio. ¿Cuánto se sabe, en el mundo, de la cultura y el arte africanos? La globalización difunde la artesanía, pero no muestra interés por el ‘arte refinado’.

Cuesta pensar en referencias literarias o pictóricas del vecino continente. Por eso, cuando un africano se presenta aquí como pintor, la primera idea que surge no tiene forma de lienzo ni de óleo, sino de escalera portátil, cubo grande y brocha gorda. Es un error. Existen grandes artistas africanos e importantes escuelas de pintura que buscan, desde hace décadas, dar cabida a la sensibilidad local y proyectarla hacia Europa, «donde la gente aprecia más este tipo de trabajo. En África es complicado dedicarse a la pintura», reconoce Amadou Loum, que está decidido a intentarlo.

Amadou es senegalés, de Dakar. Llegó a Bilbao hace poco más de un año, aunque este no fue su primer destino en Europa. Antes de pisar Euskadi, vivió en Jaén, Alicante, Lleida y Zaragoza. «La ciudad en la que viví más tiempo fue Lleida; estuve allí casi tres años», precisa. También relata que el lugar le gustaba y que estaba «contento» con su vida, hasta que tuvo un accidente que le afectó seriamente una pierna. «Mientras me recuperaba no podía hacer nada, ni siquiera trabajar». Como la idea de estar inactivo no le atraía en absoluto, decidió ponerse a estudiar… otra vez.

«Yo ya había estudiado en Senegal –aclara–. Fui a la Escuela de Arte en Dakar y trabajé para pagarme la carrera porque mi familia se oponía. Mis padres opinaban que debía dedicarme a otra cosa. Decían que el arte no tenía futuro, que vender cuadros es difícil, que de esto no se puede vivir. Lo decían por mi bien, yo lo sé, pero la verdad es que no podía ni puedo pensar en una vida sin arte, sin pintura. No me importa trabajar de otra cosa para comer, pero la pintura es todo para mí, es lo que sé hacer. Me expreso mejor con los pinceles que hablando», dice en un castellano que a veces suena a francés.

Su decisión de venir a Bilbao está vinculada con esto. «Cuando me pasó lo de la pierna, pensé en aprovechar el tiempo y hacer algún curso, no de arte, sino de carpintería, castellano o soldadura, para cuando volviera a trabajar. Tenía un amigo aquí que me explicó que el País Vasco es un lugar donde hay muchas posibilidades para aprender oficios. Por eso vine. Mi idea era estar pocos meses y aprender algo nuevo mientras me recuperaba». Pero los planes de Amadou cambiaron sobre la marcha: «en Bilbao me empezó a ir bien».

Exposición en diciembre

En Bilbao conoció a los responsables de AmiArte, un taller de creación artística que reúne a personas de diversas procedencias y distintas situaciones, que pone en valor al arte como una herramienta de transformación personal y que apoya, sobre todo, a los ciudadanos más desfavorecidos, sean de donde sean. «Aprecian la creatividad de las personas y ayudan a hacerla crecer, pero también se ocupan de integrar a la gente. Hacen un trabajo estupendo», dice Amadou, que colabora con ellos.

«El taller me ha permitido dar a conocer mi trabajo», añade Amadou, que ha estado exponiendo su obra en varios centros municipales desde septiembre y que cerrará el año en el de Barrainkua, del 1 al 16 de diciembre. «Euskadi es un lugar increíble donde se apoya mucho la cultura. Vas por la calle, hablas con la gente y notas que aprecian el arte, que siempre hay actividades. Si comparo con mi país, hay muchas posibilidades. Eso es como un sueño para mí, que he luchado mucho por no abandonar mi vocación».

Sus obras, coloristas, hablan de anhelos y de tragedias. Hablan de migraciones, de «cosas buenas» y de problemas. «Me gusta conversar con la gente, observar a las personas y mostrar en mis cuadros lo que veo –explica–. No tengo un único tema, pero la parte social es muy importante y casi siempre está presente. Supongo que está en mi manera de mirar», evalúa Amadou, que termina la conversación con sus planes de futuro. «Quiero enseñar a los niños a pintar. Yo sufrí mucho desde pequeño porque no me dejaban hacerlo; solo mi hermano mayor me apoyaba. Él me enseñó a dibujar. Desde entonces, he trabajado mucho en esto. Me gustaría ser pintor el resto de mi vida».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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