446 | Mayté

Mayté Guzmán es periodista y llegó a Bilbao hace menos de un mes, aunque Euskadi no es para ella un lugar desconocido. Antes de venir al botxo, vivió un par de años en Donosti, donde hizo un máster en Economía Social y Solidaria. «Se trata de un modelo económico basado en la equidad y la igualdad que tiene a la persona como centro», explica en un esfuerzo de síntesis. «No obstante, el enfoque varía según los lugares. Mientras que en América Latina se lo vincula a un movimiento reivindicativo, que rompe con el capitalismo, en Europa es la cara bonita de las empresas».

Mayté es mexicana, si bien tiene raíces dispersas y ha pasado una tercera parte de su vida alejada de su tierra. «Mi madre es de Zamora, mi padre, de Puebla y yo nací en Guadalajara, donde viví hasta que me fui a estudiar a León», dice, y la frase obliga a recordar que no está hablando de Castilla sino de México, un país donde existen unas cuantas ciudades homónimas a las de aquí, desde Durango hasta Mérida. «El caso es que finalmente acabé radicada en Morelia, una ciudad que me permitía estar cerca de mis padres y, al mismo tiempo, estudiar periodismo».

El gran cambio llegó al terminar la carrera, en 2004. Ese año, Barcelona acogía el primer Fórum Universal de las Culturas y Mayté tuvo la oportunidad de venir junto con dos compañeros. «Una profesora de la universidad nos invitó a compartir nuestra experiencia como jóvenes periodistas», recuerda. La actividad, de gran calado internacional, se centraba en el desarrollo sostenible y la diversidad cultural, así que los chavales dijeron que sí. «Iba a ser un viaje de dos semanas, pero las dos semanas se convirtieron en tres meses; los tres meses, en un año, en dos, en tres…». Y así hasta nueve.

«Cuando cambias de país no puedes preverlo todo», opina. Reconoce que, antes de partir, sí había pensando en extender un poco la duración del viaje, pero también señala que nunca imaginó que se quedaría tanto tiempo. «Éramos estudiantes, veníamos de mochileros y teníamos presupuesto cero. No había un plan, sino que hicimos la típica cosa de jovencillos. Nos imaginábamos que sería fácil coger algún trabajo temporal para ahorrar un poco y viajar mucho», relata con una sonrisa auspiciada por la candidez de antaño. «Lo intentamos, claro, y lo que pasó fue que, en la necesidad de subsistir, nos fuimos quedando».

Trabajó en un hostal, un restaurante bangladeshí, uno mexicano y otro filipino. Y, de todos los viajes soñados, pudo hacer uno. «Conseguí ahorrar para ir al Vaticano durante las exequias del Papa. Estuve allí una semana, cubriendo lo que sucedía. Fue mi primera experiencia periodística de este lado del mundo», cuenta. El resto del aprendizaje vino del sector de la hostelería, «un ámbito del que no sabía nada y que me enseñó unas cuantas cosas». Pese a la distancia y la añoranza, su familia la apoyaba. «’Si yo tuviera tu edad, haría lo mismo’, me decía mi madre, aunque cada tanto me preguntaba cuándo iba a volver».

Euskadi, México, Euskadi

En 2013, después mucho tiempo en Cataluña, Mayté se mudó a Donosti. «Estuve en Guipúzcoa dos años y, cuando terminé el máster, sentí que era el momento de regresar a México». No solo lo sintió; se fue. Apretó «once años en cuatro maletas» y regresó a su país con la intención de dedicarse al periodismo. Esta vez no era un impulso de juventud. Estaba convencida. Y, pese a ello, su decisión tuvo un punto idealista como el que la trajo inicialmente aquí. «Al volver comprendí que muchas cosas habían cambiado».

«Por un lado, las principales ofertas laborales estaban en el DF, una ciudad superpoblada a la que ya no debería llegar más gente. Es una locura vivir ahí. Por otro lado, los medios de provincia está muy viciados. Allí casi no existe el periodismo de investigación; mandan los intereses y los gobiernos regionales. Y a eso hay que añadir que mi Estado, Michoacán, es uno de los más violentos del país». Famoso, hasta no hace mucho, por su Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca, el lugar es ahora conocido por las tasas de criminalidad. Solo en julio de este año hubo casi 190 homicidios, alrededor del 10% de los que se registraron en todo México durante ese mes.

«Cuando llegué, encontré que mi red de periodistas conocidos estaba disuelta. Casi todos mis colegas, excepto dos o tres, se dedican a otras cosas por la inseguridad, porque tienen familia, porque tienen miedo. Incluso mi madre empezó a preguntarme hasta cuándo me iba a quedar…». En ese contexto, Mayté tomó la decisión de volver aquí. Esta vez, a Bilbao, para hacer un doctorado y una tesis que vincula la economía solidaria con la inmigración. «Siendo migrante y periodista, tengo mucho para contar». Como sostiene en su blog, «las historias cotidianas, los personajes cotidianos, son motores esenciales del periodismo».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2016 América del Norte Ellas

431 | Sheyla

Vino al País Vasco buscando “algo diferente” y la experiencia superó todas sus expectativas. Cuando llegó a Vizcaya, el año pasado, Sheyla Aguilar sabía que su nuevo entorno sería muy distinto al de su Chiapas natal, el estado más austral de México. “Esa información está en internet”, comenta, señalando la obviedad. Lo que no estaba en internet ni en su imaginación ni en sus planes era que acabaría trabajando en una empresa fundada por otros jóvenes como ella que destacan por su irreverencia y sus deseos de innovación: los creadores del vino azul que se ha puesto tan de moda este año.

Sheyla es estudiante universitaria y cruzó el Atlántico para continuar su formación en Marketing. “Tenía varias opciones: Madrid, Barcelona y Bilbao. De las dos primeras ciudades conocía más, pero del País Vasco no sabía absolutamente nada y eso me llamó la atención. Me puse a investigar, a buscar en internet, y lo que vi me gustó mucho. Envié mails pidiendo información, averigüé cómo era la universidad… y todo lo que encontré me pareció muy atractivo. Elegí Euskadi porque quise apostar por algo diferente y la verdad es que no me arrepiento”.

Lo dice después de un año en el que, incluso, disfrutó del invierno. “En Chiapas hace mucho calor, demasiado para mi gusto. La temperatura alcanza los 37ºC de manera habitual. Prefiero mil veces el clima de Euskadi, aunque puedas tener las cuatro estaciones en un solo día y tengas que salir preparado para todo”, compara divertida. No obstante, lo que más le ha gustado es “el contraste cultural y el tamaño de Bilbao, una ciudad pequeña y cómoda para vivir”.

Se siente a gusto en Euskadi y se nota, pese a que cuando llegó no conocía a nadie. “Tuve la suerte de contar con el apoyo de la iglesia protestante al principio. Antes de venir, me puse en contacto con la congregación y ellos me orientaron acerca de cómo llegar a los sitios, o dónde quedarme los primeros días. Eso ayudó mucho. Después, sí, ya pude iniciar mi camino; aprendí a llegar a la universidad y a moverme con más soltura poco a poco”, cuenta Sheyla. La universidad y la movilidad son dos claves en su historia.

“Cuando empecé las clases, me pareció que el horario era muy relajado. Solo tenía que ir por la mañana. El resto del día lo tenía libre. Quería aprovechar el tiempo para aprender más cosas y hacer prácticas de trabajo -relata-. Un día, se organizó una visita a Portugalete, al taller del vino azul, pero yo no fui porque no sabía llegar. No conocí la empresa en ese momento, sino después, cuando supe que buscaban gente para hacer prácticas. Ni lo pensé. Envié mi currículum enseguida”.

Un modelo “rompedor”

La empresa estaba formada por cinco veinteañeros que un día tuvieron la idea de hacer algo diferente. Y ese ‘algo diferente’ resultó ser un vino azul. Ninguno de ellos era enólogo ni tenía especial pasión por el vino -Sheyla, de hecho, ni siquiera bebe alcohol-. Sin embargo, ninguna de esas cosas fueron impedimentos para que lo crearan. Necesitaron, eso sí, dos años de trabajo y la ayuda de un par de organismos especializados en tecnología alimentaria.

A Sheyla, el planteamiento inicial le encantó. Pero fue la propia entrevista de trabajo lo que terminó de convencerla de que aquella podía ser una experiencia novedosa. “La entrevista fue muy distinta a lo que yo esperaba. No fue clásica, en plan ‘véndete’, sino que fue una conversación distendida en la que enseguida me dieron confianza. Lo que más me gustó de la empresa es que buscan formar un equipo, no tener gente trabajando para ellos. Cuando empecé a hacer mis prácticas, pude comprobar que era verdad. No hay jerarquías. Hay libertad. Eso es algo muy interesante y rompedor”, opina.

La filosofía se corresponde con la llamada ‘generación Y’, los famosos millenials que traen de cabeza a los departamentos de Publicidad y Marketing de casi todas las multinacionales. Para hacerse una idea, los chicos que conforman esta empresa del vino no ocultan que no tienen ningún tipo de tradición vinícola o que ni siquiera les gusta el vino tradicional; al revés, se jactan de ello. Sobre su producto señalan que, al tomarlo, “estás bebiendo innovación y creación. Estás rompiendo las reglas existentes e inventando nuevas. Estás reinventando la tradición”. Lo explican con más detalle en su página web, el escaparate de una oficina que, si bien tiene su base en Portugalete, se mueve sobre todo en internet.

Son nativos digitales, trabajan deslocalizados y su escritorio cabe en un smartphone. Por ello, da un poco lo mismo dónde hayan nacido: consiguen “entenderse a la primera”, dice Sheyla, que empezó haciendo prácticas con ellos y todavía forma parte del grupo. “La pregunta clave de esto y de cualquier otra cosa que imagines es ‘¿y por qué no?’”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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406 | Bart

Llegó a Bilbao hace cuatro años, después de un largo periplo y no pocas anécdotas. Desde que emigró de California hasta que se radicó en Euskadi, Bart Farrell pasó una buena temporada en Egipto, Palestina e Inglaterra. En su país estudió Religión, “no como seminarista, sino desde la Teología”. Y aunque su carrera le hizo aprender sobre todo tipo de religiones, Bart se centró en el Islam. “Las creencias religiosas son una de las motivaciones más importantes en el mundo: rigen los comportamientos de mucha gente y son muy poderosas, tanto para construir como para destruir”, expone. La actualidad le da la razón.

Sus estudios religiosos en Estados Unidos le impulsaron a viajar y empaparse de otras culturas. “Tenía el ejemplo de un tío mío, que llevaba la mitad de su vida fuera del país trabajando con oenegés, y la verdad es que ese modelo me parecía muy interesante. Además, yo estaba enfocando mis estudios hacia lo que ocurría en Oriente Medio. Todo me empujaba a ir”, relata Bart, cuyo destino elegido fue Egipto. “Llegué sin conocer a nadie, pero dispuesto a aprender. Me dediqué a dar clases de inglés a refugiados mientras aprendía árabe, que era uno de mis objetivos”, explica.

Todo iba de acuerdo a lo previsto. Estaba aprendiendo mucho y se encontraba a gusto y seguro. “Con frecuencia me preguntan por eso y siempre respondo lo mismo: el sitio más violento y peligroso que conozco es Los Ángeles”. Explica que solo una vez, cuando le oyeron hablar en inglés, le espetaron un insulto –fuck you american-, a que él respondió con un ocurrente “no pasa nada, soy canadiense”. Bart tiene sentido del humor, aunque matiza con seriedad que “una cosa es el gobierno y otra, la población, que no tiene por qué estar de acuerdo con la política exterior de su país”.

La experiencia en El Cairo se asemejaba a sus planes, hasta que todo cambió. “Allí conocí a mi chica, que es vasca y estaba trabajando en Egipto. Es periodista. Nos casaremos el año que viene”, anuncia visiblemente ilusionado. “Después de pasar una temporada en Egipto, estuve tres meses en Palestina, y finalmente nos marchamos a Londres. Ella hizo un master en periodismo internacional, y yo uno en Oriente Medio. Mi tesis fue sobre la música en las zonas de conflicto”, resume. “Cuando acabamos, nos trasladamos aquí. Y fue muy interesante, porque llegué sin saber nada de castellano. Solo hablaba inglés, árabe y latín”. ¿Latín? “Sí… es que soy un poco freak”, reconoce divertido.

Primero almejas, después semáforos

Bart aprendió hablar español en la cocina de su suegra. “Durante los dos primeros años, vivimos en su casa y yo pasaba mucho tiempo con ella. Es una máquina cocinando, así que aprendí a decir antes ‘almejas’ o ‘mejillones’ que ‘árboles’ o ‘semáforo’”, cuenta divertido. Pero, en el proceso, este estadounidense aprendió algo más: la importancia de la gastronomía para los vascos. “Aquí hay solo tres conversaciones posibles: qué has comido, que estás comiendo y qué vas a comer”, enumera, ensayando una caricatura. “Lo cierto es que se come muy bien, cada vez hay mayor oferta gastronómica en Bilbao. Para ser sincero, solo echo de menos la comida mexicana”, dice, y deja entrever los lazos culturales y de proximidad entre ciertas zonas de Estados Unidos y México.

“Muchas veces me preguntan qué hago aquí, si no extraño mi país, si no preferiría estar allí. Eso me llama la atención. Por un lado, los bilbaínos tienen ese orgullo increíble de su tierra, esta cosa entrañable y divertida de ‘Bilbao es la hostia’. Pero por otro lado, miran mucho hacia Estados Unidos como un lugar interesante, con más crecimiento, riqueza y oportunidades que el suyo. Y algo de cierto hay: en mi país el techo está más alto, sí… No obstante, el suelo está más abajo. No todo el mundo goza de bienestar. Aquí, en cambio, es más moderado. Se vive muy bien, hay calidad de vida para mucha gente. Valoro mucho eso”, indica.

Para Bart, que compagina su empleo en una empresa de software con su trabajo como profesor de inglés, Euskadi ha supuesto la posibilidad de experimentar cosas nuevas y reinventarse, incluso en el plano docente. “He creado ‘This Is English‘, un canal de Youtube para aprender inglés. Cada vez hay más personas interesadas en este idioma, pero los métodos tradicionales, en general, son muy aburridos. Así que desarrollé uno propio, bastante más divertido. Aparezco hasta con pinzas en el pelo y todo”, cuenta entre risas.

“La verdad es que en Bilbao he podido utilizar toda mi creatividad. Lo del canal es un ejemplo, pero también colaboro con músicos de aquí, como Patrol Destroyers o Norte Apache, que hacen hip hop en euskera”, dice, y asegura que se siente plenamente integrado. Tanto es así que este año hizo un viaje singular: “Estuve en Suecia para presentar y defender la candidatura de Euskadi como organizador del Mundial de Sokatira de 2020, que tendrá lugar en Getxo”.

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388 |David

Nació en la capital de México, una de las ciudades más pobladas del planeta. Y, si bien lleva fuera de su tierra casi tanto tiempo como el que vivió allí, para David Valdez Uribe resulta casi inevitable mirar la vida y el mundo con una escala acorde a esos parámetros. Lo “normal” para él es que una ciudad pueda albergar a más de veinte millones de personas, tener más museos que ninguna otra en el mundo o generar un PIB superior al de muchos países enteros.

“Es una cuestión de proporción -dice-. La cantidad de gente que vive allí determina que existan unos servicios y unas infraestructuras tan grandes”. En paralelo, atender las necesidades de tantas personas no es tarea sencilla. Las cifras de población multiplican muchas veces los problemas y, con los recursos que hay, no es fácil alcanzar la igualdad de oportunidades o fomentar la inclusión social. Como casi todas las grandes ciudades en Latinoamérica, el DF tiene sus sombras, sus marginalidades y su cinturón de pobreza alrededor.

“Esto es un problema real y creciente. La inseguridad y la violencia son reales. Hoy, todas las noticias que llegan de México son tristes. Eso explica, en gran medida, por qué vivo aquí”, relata David, que emigró junto a sus padres hace catorce años. “Ya entonces mi padre no estaba a gusto, y te hablo del año 2001, cuando todo era más tranquilo que ahora”, apunta. “En ese momento, Bilbao también estaba cambiando, pero en otra dirección. Iba a mejor. Nosotros habíamos estado aquí a comienzos de los noventa, cuando todavía no existía en Guggenheim. Cuando vinimos diez años después, Euskadi nos impactó”.

“Para mí, que en ese momento tenía dieciocho años, era una oportunidad de formarme y ver otras cosas en el ámbito de las artes, del teatro y de la interpretación. En México, el futuro de muchos actores está en las telenovelas. Hay grandísimos profesionales que han acabado en el mundo del ‘culebrón’. Ojo, es muy respetable, pero no me veía a mí mismo en eso. Yo quería explorar otras cosas, y aquí descubrí que era posible. Aprendí técnicas, estudié en distintos lugares, conocí a un montón de profesionales que me enseñaron mucho y comprendí que no todo se hace desde la fama. Hay proyectos muy bonitos que pueden hacerse con humildad, desde el anonimato”, señala.

Lo dice porque tiene en mente unos cuantos. “Como te imaginarás, el mundo del arte es bastante mezquino. Si dices ‘soy actor’ y no estás dispuesto a hacer nada más, difícilmente vas a poder vivir de ello. Eso te obliga a explorar otras cosas, a trabajar con la iluminación, el sonido o lo que haga falta, pero también a reinventarte y ser creativo en distintas áreas, ya no por dinero, sino por gusto, por crecimiento y por convicción”, reflexiona. En esa línea, uno de esos proyectos que se ha propuesto es “impulsar la creación de una Fábrica de Artes y Oficios en Bilbao, una como la que existe en Ciudad de México”.

Un faro para Bilbao

David no echa de menos los problemas de una ciudad tan grande, pero sí echa en falta sus bondades. En especial, la oferta cultural. “Reconozco que le presto mucha atención a eso porque tengo vocación artística -dice-. Pero también porque allí he visto iniciativas muy interesantes que utilizan el arte y la cultura para combatir problemas muy graves, como las drogas, la violencia o el desempleo”. En su opinión, “las personas necesitamos disfrutar de la cultura y estimular nuestra creatividad, pero no todas tenemos acceso a ello. Ya sea por los precios, porque queda lejos de casa, porque no hay costumbre… muchísimas personas se quedan fuera del circuito, y esto pasa también en Bilbao”.

La fábrica mexicana que quiere emular aquí se conoce popularmente con el nombre de ‘Faro de Oriente‘. Es una iniciativa que comenzó hace años, que depende de la Secretaría de Cultura de la ciudad y que se instaló en un barrio marginal, Iztapalapa, con el objetivo de fomentar la inclusión brindándole a su gente otros estímulos, conocimientos y habilidades. “No todo es fútbol, bares y prensa rosa -dice David-. Hay muchas más posibilidades para desarrollar el potencial humano, pero faltan los espacios”, lamenta.

“Está claro que no se puede comparar Bilbao con el DF. Y también es evidente que la calidad de vida aquí es muchísimo mayor. Sin embargo, eso no impide que se puedan incorporar cosas buenas que han funcionado en otros lugares”, observa David, que hace muy poco inició una campaña de recogida de firmas en la plataforma Change.org. “Desde que se inauguró el Guggenheim, Bilbao es una ciudad con proyección internacional. Sería estupendo que, además de la oferta clásica para turistas, en los barrios menos favorecidos existiera un ‘faro’ cultural para sus habitantes”.

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384 | Charles

Le encanta vivir en Euskadi. Como dice, ha “elegido quedarse aquí”. En cierto modo, él y su familia encarnan muy bien uno de los rasgos más sobresalientes del siglo XXI: el carácter cosmopolita que han adquirido ciertas ciudades del País Vasco. Un apunte cotidiano es suficiente para verlo: él, afroamericano de Ohio, y su esposa, alemana de Leipzig, se radicaron aquí hace tres años, donde han tenido a sus hijos. “En casa, los peques hablan inglés y alemán. Y fuera, castellano y euskera”, comenta divertido -también fascinado- por la capacidad de aprendizaje de los niños.

Quien relata esta singular vida doméstica es Charles Cooper, un conocido músico, productor y pedagogo estadounidense, que algunos conocerán por sus actuaciones de jazz y hip hop en diversos puntos de Euskadi, y otros, por haberle visto en Berango, en la American School of Bilbao, donde trabaja como profesor. Y es que Charles -licenciado en Lengua Inglesa y Estudios Jazzísticos por la Universidad Estatal de Ohio- combina sus dos grandes pasiones para ganarse la vida: la música y la docencia.

“Mi principal pasión es el saxofón. Es mi instrumento. Y la verdad es que gracias a mi formación musical he podido viajar bastante y conocer artistas muy talentosos. A los trece años, ya tocaba en locales de mi ciudad. A los quince, empecé a hacer tours por mi país. Y a los dieciocho empecé a viajar por el mundo”, sintetiza. Ahora, que tiene cuarenta, Charles puede colocar en una misma oración nombres como Roy Ayers, Diana Ross, Davis Murray, Cassandra Wilson o Lauren Hill y contar que ha viajado y tocado el saxo con todos. “No soy una super estrella, pero algunas cosas he hecho, sí”, apunta distendido.

Pero las giras, además de darle ‘tablas’ y experiencia profesional, le cambiaron la vida en un aspecto más personal. En concreto, una de ellas, que en 2011 lo llevó hasta Alemania. “La primera vez que vine a Euskadi fue en 2010 -desvela-. Estuve un año, más o menos, y luego me marché de gira, en un tour de hip hop. Una de las ciudades que visité fue Dresde… y allí conocí a mi mujer, que es economista. Nos mantuvimos en contacto después de aquello. La relación prosperó y llegó un punto en el que nos planteamos dónde íbamos a vivir”, resume.

Elegir la tierra para crecer

Sobre la mesa, había tres opciones: Estados Unidos, Alemania y Euskadi. Aunque lo lógico hubiera sido escoger una de las primeras, es claro que se decantaron por la última… la pregunta es por qué. “Hubo varias razones -señala-. Quizá la principal sea la calidad de vida y la tranquilidad que hay aquí. En mi país, por desgracia, hay demasiada violencia e inseguridad. Tener atención médica de calidad cuesta muchísimo dinero. Y por otro lado, para mi esposa, era mucho más complicado a nivel laboral, ya que ella allí es considerada inmigrante. Aquí, aunque sea extranjera, es europea y todo es muchísimo más fácil”, observa.

“Además -prosigue-, decidimos tener niños. Y la verdad es que para nosotros, como familia, el País Vasco era la mejor elección”. Por supuesto, además de este aspecto práctico, Charles menciona otras cuestiones locales que le han conquistado. ¿La primera? “La cultura. Este es un lugar de tradiciones, donde el carácter de la gente está muy definido. El trabajo es un valor, y los vascos trabajan duro. Son muy luchadores. Eso me encanta. Además tienen lugares preciosos, una gastronomía muy rica y entornos estupendos”, enumera. “Lo único que no me gusta es el precio de la vivienda; es difícil plantearse comprar una”.

Charles también destaca el aspecto social y el carácter abierto de la gente. Asegura sentirse muy bien acogido y a gusto. “Tengo un buen grupo de amigos y jamás he tenido problemas por ser extranjero”, comenta, si bien menciona un aspecto curioso: “En ocasiones, al verme, lo primero que piensan quienes no me conocen es que soy africano. El trato y la percepción de la gente cambian cuando les digo que soy de Estados Unidos”.

Para él, la principal diferencia no es racial, sino de opciones. “Yo tuve acceso a una buena educación, y he seguido vinculado al sistema educativo aquí y en mi país”, explica Charles, que además de tener mucha experiencia como profesor de música y de lengua inglesa y literatura, recientemente ha trabajado como especialista y asesor en la preparación de profesores y administradores del sistema educativo de Ohio. “Todo esto me ha permitido elegir. Venir aquí fue una elección, quedarme fue una elección. Alguien que llega en peores condiciones tiene que luchar muchísimo más, y no siempre logra trabajar en lo que le gusta”.

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378 | Joshua

Cambiar de país, en general, se asocia a la escasez de alternativas. La decisión forzada -forzosa- encabeza los relatos de emigración. Pero no siempre es así. En ocasiones, cambiar de país, de ciudad, tiene que ver con lo contrario: con la libertad de elección, las posibilidades diversas y el placer de escoger un lugar para vivir después de haber sopesado las opciones. ¿Cuesta? Sí. Elegir siempre implica una renuncia. ¿Se echa de menos? También. Los afectos siempre quedan a distancia. ¿Merece la pena? “Sin duda. Sobre todo, si encuentras tu sitio”.

Las palabras pertenecen a Joshua Edelman, un reputado pianista, compositor y productor de jazz estadounidense -“de Manhattan”, puntualizará él- que decidió vivir en Bilbao hace cinco años y medio. “He viajado mucho y he vivido en unos cuantos lugares -relata-. Hace dieciséis años conocí a mi mujer [Cristina Santolaria] en Madrid. Ella es periodista y gestora cultural, y es vasca, aunque entonces vivía en Málaga. En estos años, hemos cambiado de residencia varias veces. Vivimos en Málaga, en Madrid, en Nueva York… Hasta que hace ocho años tuvimos niños, gemelos”.

El cambio familiar supuso un cambio de vida… y de entorno. “Le dimos muchas vueltas al asunto de dónde queríamos vivir y criar a nuestros hijos. Finalmente, escogimos Bilbao. Aquí están las raíces de mi mujer, también está su familia y es un sitio fabuloso para hacer actividades al aire libre. La presencia de la naturaleza es muy importante; en especial, la del mar”, remarca Joshua. “Yo nací en Manhattan y crecí a dos pasos del río Hudson, que desemboca en la bahía, de modo que vivir aquí me ha permitido reencontrarme con ese aspecto, ese momento de la vida”, señala.

“Además -continúa-, Bilbao es una ciudad muy cómoda para vivir. Está hecha a escala humana, es limpia y tiene un sistema de transporte público estupendo. Yo estaba acostumbrado a las ciudades grandes, que tienen sus cosas buenas desde luego, pero que son más complicadas para la vida cotidiana. Nueva York, por ejemplo, ofrece muchísima actividad intelectual, cultural y artística, pero al mismo tiempo es muy competitiva, tiene un clima extremo, te demanda mucha energía. Y Bilbao, aparte de ser cómoda y amigable, es una ciudad en transformación que transita de lo industrial a lo turístico y empresarial, al mundo de los negocios y al crecimiento de lo cultural. En ese sentido, tiene una clarísima trayectoria ascendente”.

Joshua hace esta descripción con el convencimiento de haber elegido bien hace un lustro. Aquí ha fundando el Jazz Cultural Theatre of Bilbao, un centro de enseñanza, integración y difusión del jazz de marcado carácter internacional, pero con raigambre local. “Trabajamos para integrar el jazz en la ciudad, pero desde otra óptica, no solo la musical. Traemos gente de fuera a dar cursos y conciertos, pero también trabajamos mucho los elementos folclóricos, como la tradición oral, que están en el trasfondo del jazz”, explica.

Tejer cultura

El objetivo que se ha marcado es “integrar” este sonido, esta propuesta, en Bilbao. Y, cuando habla de integrar, no se refiere a un festival o un concierto puntual, sino a entrelazar esta expresión en el tejido cultural de la ciudad. “La cultura es más que ocio -indica-. Es lo que nos diferencia y, sin embargo, se considera como un asunto al margen de las prioridades. La cultura aporta calidad de vida y estimula el crecimiento, incluso el económico. Desde mi punto de vista, la cultura es prioritaria para el desarrollo de una sociedad”.

Y la música, como parte de la producción cultural, da buena cuenta de lo que ocurre en el plano social, lo aprovecha y lo convierte en creatividad. “El jazz tiene mucho de trabajo en equipo, de observación, de sensibilidad… Te enseña a escuchar, respetar y querer, a saber cuándo ser el protagonista y cuándo ser el acompañante -describe con una dulzura infinita-. La música tiende lazos y puentes, incluso entre diferentes culturas”, agrega.

No en vano, su séptimo álbum lleva por nombre un sugerente nexo: ‘Manhattan Bilbao Jazz-Zubia‘. “La música es el reflejo de nuestras vivencias -explica-. En este trabajo se ve muy bien la fusión natural, respetuosa de distintos estilos, tradiciones e idiomas. Conviven el jazz, la música clásica, el folclore vasco, la música cubana y la brasileña, el hip-hop, la sonoridad andaluza, y la poesía. En el escenario, somos catorce personas y la mitad de nosotros pertenecemos a la misma familia”, describe. “Pero, más allá de este detalle, este proyecto en particular es un homenaje a la diversidad, tan rica, tan actual”.

2015 América del Norte Ellos