459 | William

Los emprendimientos sociales tienen una cualidad compartida: detectar el talento individual de las personas y hacerlo crecer para beneficiar a la comunidad. En el barrio de San Francisco, en Bilbao, existe un ejemplo muy claro: el vivero de microempresas sociales creadas por personas de origen subsahariano. Desde que nació esta cooperativa, a finales de 2015, el alcance del proyecto ha crecido de manera sostenida. Koop SF 34 no solo ha dinamizado la vida del barrio, también se ha convertido en un lugar de referencia para quienes, hasta no hace tanto, estaban invisibilizados por buena parte de la sociedad. Como William Shu.

Nacido en Buea, en Camerún, William tiene treinta años y es el mayor de sus hermanos. Sus padres son una pareja de jubilados. «Mi padre era funcionario, trabajaba para el gobierno, y mi madre era profesora. Yo aprendí el oficio de soldador y me dedicaba a eso», detalla. Todo iba razonablemente bien hasta que se quedó sin trabajo. «Estuve un año sin hacer nada y no quería seguir así. Sentí que debía hacer algo para ayudar a mis padres y, también, por mí mismo. Entonces comencé a pensar en marcharme, en buscar otro sitio para mejorar un poco mi vida». Era 2013 cuando tomó la decisión. La meta estaba puesta en Europa.

Sus padres lo entendieron, pero no se mostraron entusiastas. Las características del viaje en ciernes lo convertían en una despedida casi permanente… y eso en el mejor de los casos, porque el proyecto migratorio de William era peligroso y precario. «Mi padre me decía que no estaba bien, que qué iba a hacer tan lejos donde no conocía a nadie, que cómo pensaba lograrlo. Mi madre comprendía que me tenía que buscar la vida y al final me dijo que solo dios podía cuidarme», recuerda él, que también recuerda el –larguísimo– itinerario que siguió.

«Emigré solo de Camerún, pero fui haciendo amigos en el camino. Pasé por Nigeria, Níger, Mali, Argelia, Marruecos… Fui recorriendo todos estos países hasta llegar a Tánger, donde viví casi un año. Emigrar es así: cuando no tienes dinero, te cuesta mucho tiempo avanzar. Y es difícil. Vas poco a poco, en autobús o en lo que puedas. Llegas y trabajas en lo que sea para reunir algo de dinero y poder continuar», describe William, que empleaba parte de los que ganaba en llamar cada semana a sus padres. «Después estuvo el viaje en cayuco; recuerdo que éramos diez. Y Tarifa, y el CIE y Córdoba, un mes después».

«Allí, en Córdoba, conocí a una chica vasca con la que pude conversar porque sabía inglés –dice William y recuerda que el inglés es una de las lenguas oficiales de Camerún–. Ella me habló de Bilbao y hasta me compró el billete de autobús porque yo no tenía dinero. Tampoco fue fácil cuando llegué aquí: viví varios meses en la calle y al principio me encontré muy solo». Instituciones como la Cruz Roja le ayudaron a dar los primeros pasos, a aprender algo de castellano y encontrar un sitio donde vivir. Pero fue un taller de creación artística, AmiArte, lo que marcó un punto de inflexión en su azarosa experiencia.

El arte de ayudar

«Los conocí por casualidad y me interesó mucho lo que hacían», relata. El taller, que lleva años funcionando en Bilbao, apoya desde sus orígenes a los ciudadanos más desfavorecidos y lo hace a través del arte, reuniendo a creadores profesionales con personas que se encuentran en situaciones difíciles. Su labor se ha mantenido constante a lo largo del tiempo, aunque también ha incorporado novedades. Desde hace unos meses, aúna esfuerzos con la cooperativa subsahariana de San Francisco, donde se imparten cursos de pintura creativa para personas de todas las edades.

«Yo me acerqué a AmiArte porque me gusta el trabajo manual y pensé que si soy bueno para soldar también valgo para pintar. Con ellos aprendí pintura y mejoré mi castellano. Y ahora participo en los talleres infantiles. Me siento muy bien, me gusta lo que hago y estoy contento en Bilbao, sobre todo por la gente y porque fue difícil llegar hasta aquí. Esta ciudad se parece un poco a la mía, que también tiene mar y lluvia y montaña, aunque no echo de menos mi país. Se pueden hacer amigos en cualquier sitio», destaca William.

Su historia –y otras tantas muy similares– dan sentido a los proyectos sociales como el vivero de microempresas que va creciendo en Koop SF 34. Tanto es así que uno de sus impulsores, también de origen camerunés, ha sido invitado a dar una charla TEDx en Vitoria para explicar los alcances económicos y sociales de la iniciativa. «Para mí es una alegría formar parte de esto –dice William–. Me gusta escuchar a quien me puede enseñar, y compartir con los demás lo que sé», agrega, consciente de que su experiencia migratoria podría haber sido mucho más dura de lo que fue.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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