459 | William

Los emprendimientos sociales tienen una cualidad compartida: detectar el talento individual de las personas y hacerlo crecer para beneficiar a la comunidad. En el barrio de San Francisco, en Bilbao, existe un ejemplo muy claro: el vivero de microempresas sociales creadas por personas de origen subsahariano. Desde que nació esta cooperativa, a finales de 2015, el alcance del proyecto ha crecido de manera sostenida. Koop SF 34 no solo ha dinamizado la vida del barrio, también se ha convertido en un lugar de referencia para quienes, hasta no hace tanto, estaban invisibilizados por buena parte de la sociedad. Como William Shu.

Nacido en Buea, en Camerún, William tiene treinta años y es el mayor de sus hermanos. Sus padres son una pareja de jubilados. «Mi padre era funcionario, trabajaba para el gobierno, y mi madre era profesora. Yo aprendí el oficio de soldador y me dedicaba a eso», detalla. Todo iba razonablemente bien hasta que se quedó sin trabajo. «Estuve un año sin hacer nada y no quería seguir así. Sentí que debía hacer algo para ayudar a mis padres y, también, por mí mismo. Entonces comencé a pensar en marcharme, en buscar otro sitio para mejorar un poco mi vida». Era 2013 cuando tomó la decisión. La meta estaba puesta en Europa.

Sus padres lo entendieron, pero no se mostraron entusiastas. Las características del viaje en ciernes lo convertían en una despedida casi permanente… y eso en el mejor de los casos, porque el proyecto migratorio de William era peligroso y precario. «Mi padre me decía que no estaba bien, que qué iba a hacer tan lejos donde no conocía a nadie, que cómo pensaba lograrlo. Mi madre comprendía que me tenía que buscar la vida y al final me dijo que solo dios podía cuidarme», recuerda él, que también recuerda el –larguísimo– itinerario que siguió.

«Emigré solo de Camerún, pero fui haciendo amigos en el camino. Pasé por Nigeria, Níger, Mali, Argelia, Marruecos… Fui recorriendo todos estos países hasta llegar a Tánger, donde viví casi un año. Emigrar es así: cuando no tienes dinero, te cuesta mucho tiempo avanzar. Y es difícil. Vas poco a poco, en autobús o en lo que puedas. Llegas y trabajas en lo que sea para reunir algo de dinero y poder continuar», describe William, que empleaba parte de los que ganaba en llamar cada semana a sus padres. «Después estuvo el viaje en cayuco; recuerdo que éramos diez. Y Tarifa, y el CIE y Córdoba, un mes después».

«Allí, en Córdoba, conocí a una chica vasca con la que pude conversar porque sabía inglés –dice William y recuerda que el inglés es una de las lenguas oficiales de Camerún–. Ella me habló de Bilbao y hasta me compró el billete de autobús porque yo no tenía dinero. Tampoco fue fácil cuando llegué aquí: viví varios meses en la calle y al principio me encontré muy solo». Instituciones como la Cruz Roja le ayudaron a dar los primeros pasos, a aprender algo de castellano y encontrar un sitio donde vivir. Pero fue un taller de creación artística, AmiArte, lo que marcó un punto de inflexión en su azarosa experiencia.

El arte de ayudar

«Los conocí por casualidad y me interesó mucho lo que hacían», relata. El taller, que lleva años funcionando en Bilbao, apoya desde sus orígenes a los ciudadanos más desfavorecidos y lo hace a través del arte, reuniendo a creadores profesionales con personas que se encuentran en situaciones difíciles. Su labor se ha mantenido constante a lo largo del tiempo, aunque también ha incorporado novedades. Desde hace unos meses, aúna esfuerzos con la cooperativa subsahariana de San Francisco, donde se imparten cursos de pintura creativa para personas de todas las edades.

«Yo me acerqué a AmiArte porque me gusta el trabajo manual y pensé que si soy bueno para soldar también valgo para pintar. Con ellos aprendí pintura y mejoré mi castellano. Y ahora participo en los talleres infantiles. Me siento muy bien, me gusta lo que hago y estoy contento en Bilbao, sobre todo por la gente y porque fue difícil llegar hasta aquí. Esta ciudad se parece un poco a la mía, que también tiene mar y lluvia y montaña, aunque no echo de menos mi país. Se pueden hacer amigos en cualquier sitio», destaca William.

Su historia –y otras tantas muy similares– dan sentido a los proyectos sociales como el vivero de microempresas que va creciendo en Koop SF 34. Tanto es así que uno de sus impulsores, también de origen camerunés, ha sido invitado a dar una charla TEDx en Vitoria para explicar los alcances económicos y sociales de la iniciativa. «Para mí es una alegría formar parte de esto –dice William–. Me gusta escuchar a quien me puede enseñar, y compartir con los demás lo que sé», agrega, consciente de que su experiencia migratoria podría haber sido mucho más dura de lo que fue.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 África Ellos

458 | Rocío

Apreciar el país de nacimiento es también una razón para marcharse. Quizá pueda resultar extraño cuando se dice de esta manera, pero, en ciertas ocasiones, emigrar es la manera más eficiente de mejorar la tierra que se ha dejado atrás. Esta lógica de la eficiencia se aplica a miles de migrantes que atraviesan el mundo para cambiar la realidad de sus familias, aunque esa decisión implique no volver a verlas jamás. Si bien la opción es personal, tiene alcances superiores: impacta en el PIB, en el comercio y la ciudades, al tiempo que modifica las relaciones, la cultura y la sociedad.

La lógica de la eficiencia también se aplica a quienes migran para estudiar y adquirir nuevas herramientas que puedan mejorar la vida de otras personas y comunidades en el país de origen. La abogada colombiana Rocío Mora es un ejemplo de este tipo de migración. Llegó a Bilbao en noviembre del año pasado con una meta muy clara: ampliar su formación para poder hacer un trabajo más complejo y adecuado al nuevo escenario que presenta su país.

«Yo tengo formación en Derecho, soy abogada, y antes de venir a Euskadi trabajaba como administrativa en la Unidad de Restitución de Tierras», detalla. La URT, de carácter gubernamental, se creó en 2011 para «asistir a las víctimas del conflicto» y ayudarlas a recuperar sus tierras y territorios de manera legítima. El objetivo de la institución es que, en 2021, todas estas personas, cuyos derechos han sido vulnerados, hayan sido resarcidas por las situaciones de despojo y abandono que sufrieron.

«Esto se enmarca en el proceso de posconflicto que estamos viviendo en el país. Todos los colombianos queremos la paz, pero queremos una buena paz. Los intentos de diálogo no son nuevos, vienen de muy atrás. La diferencia es que antes, cuando se proponía un encuentro, siempre había alguna silla vacía. Y esta vez no. Esta vez, todas las partes están de acuerdo en que la paz es necesaria. El desafío está en cómo construirla para que sea buena para todos», plantea.

Y es que no todos han padecido el conflicto de la misma manera, algo que queda muy claro cuando se analiza el resultado del plebiscito. «Una cosa es la opinión que se puede tener en Bogotá, por ejemplo, y otra muy diferente es la que tiene la gente que está en el campo, que ha sufrido de manera directa el conflicto. La mayor parte de estas personas votaron por el no. En mi trabajo pude conocer a gente de ámbitos muy distintos, con situaciones muy distintas también. Amenazados, desplazados… y, como decía antes, el reto está en construir algo satisfactorio».

Trabajar desde aquí y desde ahora

Una de las cosas que le sucedieron a Rocío mientras trabajaba en la URT fue darse cuenta de que su tarea podía abarcar más planos si ampliaba sus conocimientos. «No solo hablamos de devolver unos derechos, sino de que estos derechos están vinculados a la tierra. Por eso decidí venir a Euskadi a hacer un master en Medio Ambiente y Sostenibilidad –expone, subrayando que es el complemento perfecto–. Además, estoy haciendo las prácticas en ASOCOLVAS, la asociación de colombianos en el País Vasco, que impulsa varios proyectos de cooperación al desarrollo. Eso me permite aprender y, al mismo tiempo, empezar a hacer cosas desde aquí y ahora».

Su idea es «aprovechar al máximo» este tiempo de aprendizaje antes de volver a Colombia. «Lo principal es acabar el master, pero quizás me quede un poco más para hacer un doctorado, aún no lo sé. A ver qué depara el futuro… De momento, estoy muy satisfecha con la experiencia y siento que se ajusta a mis expectativas –señala–. En mi país estudié en una universidad pequeña; la de aquí es mucho más grande, tiene más recursos y los profesores son realmente buenos. Si me quedo un poco más, seguramente me apuntaré a aprender idiomas, inglés o francés, porque veo que en Europa hay mucho nivel».

Esta observación sobre los idiomas ya la había hecho hace tiempo, cuando cruzó el Atlántico por primera vez. «Esta es la segunda vez que vengo a Europa. La anterior fue hace cinco años, cuando vine a un congreso del Partido Liberal. En esa oportunidad estuve en Hungría y Alemania», precisa. Sin embargo, la principal observación de Rocío es otra: «En estos cinco años ha cambiado la percepción sobre mi país. Antes, cuando decía que era de Colombia, solo me hablaban de Pablo Escobar o de Shakira. Ahora, me preguntan por el plebiscito y por el proceso de paz. En mi opinión, es un cambio notable».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 América del Sur Ellas

457 | Guillermo

Guillermo Hurtado tenía quince años cuando su madre emigró a Euskadi. «Vino aquí a trabajar. Yo aún estaba estudiando en Nicaragua», recuerda él, que no tenía previsto marcharse como ella pero acabó siguiéndole los pasos. «Habían pasado cuatro años, yo ya había dejado los estudios y formaba parte de un grupo profesional de danza folclórica. No tenía muy claro qué quería hacer con mi vida. Entonces mi madre me trajo. Sin contar las escalas que hizo el avión, vine directo a Bilbao desde Managua», cuenta con simpatía.

Desde aquel momento hasta hoy han pasado siete años y unas cuantas experiencias. «Al principio todo es maravilloso; luego te vas dando cuenta de la realidad», apunta. Quizás porque su madre lo estaba esperando aquí –y eso suponía, además, un reencuentro–, quizás porque también vino su hermano, o tal vez por la edad que tenía al llegar, los recuerdos de Guillermo sobre los primeros tiempos como extranjero son opuestos a los de otras personas, que se refieren a los inicios como el periodo más duro. «Siempre me sentí bien recibido y acompañado, muy a gusto con la gente y el lugar».

La cocina, antes que el baile, fue la actividad que más favoreció su inmersión en la cultura vasca. «Aprendí gastronomía en un curso de formación profesional y trabajé en hostelería como cocinero. No hay nada como la comida para integrarse en una cultura como esta», opina. Y, sin embargo, la apuesta de Guillermo es el baile. «Saber bailar es un puntazo. Disfrutas mientras aprendes, cuando ves a otras personas, cuando sales un fin de semana… Por eso hay tanta gente que se interesa en la danza y que se anima a aprender. Cada vez hay más público para esto».

Sabe bien de lo que habla: además de integrar un grupo de baile profesional, con el que ensaya periódicamente, enseña en tres academias de danza y en un pub. «Lo del pub es solo los sábados; enseño algunos pasos y animo la fiesta –detalla–. En las academias, sí, trabajo entre semana. Y estoy súper contento porque vivo de lo que me gusta. Trabajar en algo que te apasiona es muy importante; es lo mejor que te puede pasar», afirma con alegría este profesor de salsa y bachata.

«Enseño los dos estilos, pero lo mío es la salsa. Me formo y me enfoco en eso, que es lo que más me atrae», explica Guillermo, que participa con asiduidad en salones y congresos de baile –el más reciente, el viernes pasado, en Derio, en el IV encuentro de baile afrolatino–. «Pienso que en la vida te tienes que enfocar. No puedes hacer muchas cosas y esperar que todas te salgan perfectas –señala, refiriéndose a la danza–. No creo que puedas ser bueno en todo. Yo, al menos, prefiero elegir, centrarme y dedicar mi energía a una cosa para hacerla cada día mejor».

Los mitos

Para él, las cosas no vienen dadas, sino que se consiguen a base de esfuerzo y de talento personal. «Nicaragua no es una referencia mundial del baile, como pueden ser Cuba o Colombia, pero eso no significa que el baile y la música no ocupen un lugar muy importante en la sociedad. Bailar es parte de nuestra cultura», expone antes de agregar un matiz: «Sin embargo, que hayas nacido allí o que vivas allí no significa que vayas a ser buenísimo en la pista. Eso es un mito. Yo he tenido alumnos latinos que mmm… no eran muy buenos, y gente del País Vasco con muchísimo sentido del ritmo. ¡Hay personas de aquí que bailan muy bien!».

El entusiasmo con el que habla refleja lo mucho que disfruta de sus clases, a las que asisten alumnos muy distintos entre sí: «hombres, mujeres, jóvenes, mayores… Siempre hay más chicas; no sé por qué, a los chicos a veces hay que andar pescándolos», indica entre risas. «Pero lo bueno es que hay diversidad y eso es bonito de ver. Todo el mundo puede aprender; nunca es tarde», asegura Guillermo y recuerda que él se animó con los fogones vascos en su día.

«Cambiar de país o conocer personas de otros países es una oportunidad para aprender cosas nuevas e interesantes. Venir aquí me ha enseñado a valorar la vida de otra manera. Emigrar al País Vasco ha sido una escuela», subraya Guillermo, que aún no ha regresado a visitar su país. «Pensaba ir este año, pero tengo un ligamento roto y me tendrán que operar. Después deberé recuperarme para poder seguir trabajando. Claro que me gustaría ir a ver a mis amigos, incluso a conocer zonas de Nicaragua a las que nunca fui, pero primero lo primero. Aunque echo de menos ciertas cosas, siento que mi vida está aquí».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 América Central Ellos

456 | Marco

«Adaptarme a un lugar nuevo no es lo más trascendental de mi vida. Ya lo había hecho antes. De joven, emigré a Brasil y estuve un tiempo allí antes de volver a mi casa en Bolivia», recuerda Marco Vega Aguirre, un ingeniero forestal que llegó a Bilbao hace diez años. El enfoque tiene mérito, ya que el cambio al que se enfrentó fue notable. Oruro, su ciudad de nacimiento, es una de las más altas del mundo: se asienta a más de 3.700 metros sobre el nivel de un mar que no ve. La mayoría de sus habitantes son indígenas.

«Somos indios en un país que siempre ha renegado de los indios; un país que, hasta hace poco, nos hacía sentir vergüenza de nuestros orígenes, de nuestra lengua, del color de nuestra piel. Por suerte, yo crecí en una familia que valora lo que es, que jamás ha intentado ocultarlo. Nací indio y moriré indio. Tengo claro que la grandeza de las personas está en su raíz», dice con convicción, pese a que su apellido materno es vasco.

Apreciar la cultura de origen no era algo nuevo para él. Lo que le resultó novedoso fue ver que, en otras partes del mundo, una sociedad entera es capaz de cuidar sus tradiciones y costumbres. «Eso lo aprendí en Euskadi. Me parece fantástico que se mantenga la lengua, la música, la cultura del lugar. Esa reivindicación, esa defensa de las raíces, es muy valiosa», opina Marco, que observa con «alegría» los cambios políticos y sociales de su país.

«Lo que está pasando en Bolivia es algo muy grande. Aquí en Europa no se dice mucho sobre el crecimiento social y económico que se está produciendo; tampoco se conoce la importancia de la reforma educativa que se ha hecho. En realidad, no se habla mucho de Bolivia en los medios y, cuando se hace, es para contar las cosas malas. Jamás he visto una noticia buena de mi país aquí», lamenta Marco, que no olvida los lazos históricos –y económicos– que unen ambos territorios.

«Se dice que con toda la plata que se extrajo del Potosí podría haberse construido un puente hasta España. Quizás sea exagerado, pero no mucho. Solo hay que leer un poco de historia. Hace tiempo fui a visitar el Museo del Prado y, mientras lo recorría, me di cuenta de la cantidad de cosas que fueron posibles aquí gracias a aquello. Los bolivianos deberíamos entrar gratis en todos los museos de Europa».

«Soy una mezcla»

Aunque tiene muy presente a su país y sus afectos, Marco no ha vuelto a Oruro desde que se fue. «Tenía previsto estar aquí un par de años; es evidente que no cumplí mi previsión. Recuerdo que al principio pensaba con frecuencia en volver a vivir allí, pero a medida que fueron pasando los años, el sentimiento cambió. Empecé a decir ‘bueno… como mínimo querría volver a morir’. Ahora ya lo percibo de otro modo. Creo que, cuando uno pasa tanto tiempo fuera, acaba siendo de ningún sitio y de todos a la vez. Soy una mezcla; aquí he aprendido a ser las dos cosas, boliviano y vasco».

También ha aprendido a encarrilar su vida y empezar desde cero. «Yo era un ludópata, un adicto al juego. Derrochaba, bebía… Un desastre. En ese momento, estaba en pareja y tenía tres hijos; la familia estaba totalmente desestructurada por mi culpa», describe con sinceridad, sin intentar embellecer el relato. «La ludopatía es algo muy serio; engancha más que las drogas y te hace perderlo todo. Eso me pasó a mí. Más que bienes materiales, empecé a perder el rumbo. Comprendí que, si no hacía algo drástico, aquello iba a terminar mal. Por eso me fui. Yo no emigré por trabajo. Emigré para rehacerme como persona, para ser alguien mejor».

«Realmente –prosigue–, el destino me daba igual. Lo importante era salir de ese entorno. Pensé primero en ir a Estados Unidos, porque allí vivían mi padre y mi hermano, pero terminé eligiendo Bilbao. Lo único que conocía de aquí era a través del fútbol: Xavier Azkargorta fue entrenador de la selección de mi país. No sabía nada más ni conocía a nadie pero, como decía antes, eso no era un problema para mí. El día que vi un anuncio en una agencia de viajes, me lancé».

Diez años después de aquella decisión, Marco siente que hizo lo correcto. «Me he prometido a mí mismo no arrepentirme. Aunque fue duro, sobre todo para mis hijos, también era necesario. Aquí pude empezar de nuevo, superar el problema con el juego, cambiar mis hábitos. Le debo mucho a Bilbao. Esta tierra y su gente me han ayudado a ser otra persona. Quizá desde fuera no se entienda, pero yo sé que si no me marchaba, mis hijos hoy no tendrían padre».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 América del Sur Ellos

455 | Irina

Irina Vasiliauskaite es lituana, de Kaunas, aunque tarda poco en señalar que el tema de la nacionalidad le parece irrelevante. Mejor dicho, le hace gracia. «En Rusia, como en muchos otros lugares del mundo, siempre hay quienes hablan de la pureza. Y a mí me da la risa. Con tantas guerras y tantos viajes, después del paso de los tártaros… ¿de qué pureza están hablando? ¡Hasta Iván el Terrible era descendiente de lituanos!», apunta divertida, echando un vistazo a la Historia.

Su visión cosmopolita tiene que ver con su infancia, pero también con su época de estudiante y su experiencia migratoria más actual. «Yo crecí en una familia mixta, muy mixta –relata–. Mi madre era rusa y mi padre, lituano. Tenemos raíces en Siberia y en los Montes Urales. Me eduqué en varios idiomas, dentro y fuera del país, mi hermana vive en Inglaterra y mi hija nació aquí», enumera rápidamente, a modo de apuntes de la diversidad.

Un hecho concreto de su vida muestra la fragilidad de las nacionalidades como criterio para clasificar a la gente: «Yo hice mi primera carrera en San Petesburgo. Viví siete años allí. Empecé como cualquier otro estudiante y terminé como extranjera. En 1991, justo un año antes de sacarme el título, la Unión Soviética se disolvió. Me costó mucho que me dejaran acabar los estudios. Y, en cuanto lo hice, salí pitando a Lituania», recuerda Irina, que es ingeniera química y doctora en Ciencias Técnicas. «El doctorado ya lo hice en mi país, en la Universidad Tecnológica de Kaunas», aclara.

Los estudios son, para ella, un fuerte hilo conductor. Si algo queda claro al conversar con Irina es el altísimo nivel de exigencia educativa que vivió durante años. Bajo el clásico lema ‘Mens sana in corpore sano‘, estudió música, piano, deporte… Mientras terminaba el instituto, en Lituania, preparaba los exámenes de ingreso a la universidad haciendo cursos a distancia, en Moscú. Incluso practicaba paracaidismo con frecuencia, una actividad que, reconoce, le encantaba solo a ella porque sus padres «se ponían de los nervios».

«Mucha gente me pregunta si no tenía tiempo libre o cómo hacía para divertirme. Y yo siempre respondo que viví una juventud maravillosa. Cuando estaba en San Petesburgo, no había ni una obra de teatro ni un concierto al que no fuera. Pasé tardes enteras en el Museo del Hermitage. No sé… nunca sentí que me estuviera perdiendo nada», dice Irina que, después de su paso por Rusia, se dedicó varios años a la docencia y la investigación científica en su país. «Trabajé diez años como investigadora en Kaunas, hasta que se empezaron a hacer reformas y recortes que fueron destrozando el mundo científico», lamenta.

«Cuando salgas, apaga la luz»

La falta de perspectivas laborales y económicas la llevaron, primero, a compaginar distintos trabajos en su ciudad. «Investigaba por las mañanas; por las tardes daba clases en un gimnasio y también supervisaba los procesos químicos en una empresa», resume para ilustrar el absurdo antes de añadir que «vivía todo el día en el coche». Decidió emigrar cuando la rutina se volvió insostenible, «y eso que yo siempre decía que había que quedarse para sacar el país adelante… Mis amigos se iban y me decían ‘cuando salgas, apaga la luz’. Muy duro», recuerda.

«Originalmente, iba a Andorra, a trabajar como intérprete de ruso para turistas, en un hotel. Viajé de Kaunas a Barcelona en autobús porque casi no tenía dinero. Venía ilusionada, pero aquello se truncó –la persona que debía recibirla nunca apareció en la terminal–. Acabé en Bilbao porque justo aquí vivía un amigo lituano que me recibió y me ayudó en los primeros tiempos», resume.

A partir de ese momento –diciembre de 2003–, Irina vivió un periplo difícil, que incluyó homologar su carrera, volver a estudiar, cuidar a una señora mayor y trabajar en el sector de la limpieza. «Para mí, doctora en Química, supuso un cambio de chip. Ten en cuenta que yo crecí con la frase: ‘Estudia que, si no, te vas a convertir en barrendera’. Ser empleada de hogar fue todo un aprendizaje», apunta Irina que, pese a todo, nunca abandonó el interés cultural. Desde hace ya unos años, preside la Asociación de Rusoparlantes de Euskadi ‘Ródina’, un colectivo diverso –tan diverso como la ex URSS– conformado por varios extranjeros que quieren mantener vivos su idioma y su cultura.

«Lo hacemos por nosotros, pero también por nuestros hijos que, en general, han nacido aquí. Queremos que mantengan el lazo con sus raíces, que no las pierdan, y que disfruten de la gastronomía, las costumbres y las fiestas típicas. Con mi hija, por ejemplo, hablo en castellano, lituano y ruso. Luego en el cole aprende euskera e inglés. La amplitud cultural es maravillosa y te quita muchos prejuicios. Los estereotipos son barreras. Cuando alguien me dice ‘ah, entonces eres rusa y bebes vodka’, siempre digo ‘sí, y en casa tengo un oso blanco’».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 Asia Ellas Europa

451 | Edmund

Edmund Bardrick es inglés. Nació en Peterborough, una pequeña ciudad situada al norte de Londres en cuya catedral yacen los restos de Catalina de Aragón, pero hace tiempo que no vive allí. Emigró con el estreno de este siglo, cuando tenía 25 años. «Había terminado mis estudios y estaba trabajando en Inglaterra, aunque el empleo no me gustaba. Me aburría –confiesa–. Quería hacer algo distinto y entonces surgió la idea de venir a Bilbao». En ese momento, solo conocía a tres personas de Euskadi –dos chicas que habían ido a Reino Unido de Erasmus y el novio de una de ellas–, pero igualmente se aventuró.

«Vine y me quedé. Desde el principio me sentí muy a gusto, tanto con la gente como con el lugar», relata en un castellano impecable que atribuye a una mezcla entre la formación tradicional y el esfuerzo propio. «Estudié en la Escuela Oficial de Idiomas, aunque aprendí mucho hablando con las personas, mirando películas, hincando los codos y leyendo», recuerda. Hoy es él quien enseña a otras personas a hablar inglés. La decisión de cambiar de país supuso un giro muy grande en su vida: en un único movimiento, cambió de entorno y de profesión. Desde que llegó a Bilbao, Edmund se dedica a la docencia.

«Disfruto mucho con mi trabajo porque siento que aporto valor a la enseñanza local y porque creo que contribuyo a mejorarla», dice Ed, que reparte sus clases entre una academia de idiomas en Orduña y un centro de formación empresarial en Bilbao. «Viajo mucho, sí –dice entre risas–. Entre los dos sitios tengo alumnos de casi todas las edades, desde niños pequeños, de unos cuatro o cinco años, hasta adolescentes y personas adultas. Obviamente, las clases son muy distintas entre unos y otros grupos. Con los niños, por ejemplo, juego mucho; aunque a todos los hago trabajar un montón».

Edmund nota que los niños son más relajados con el asunto del aprendizaje –probablemente, porque lo viven como un momento lúdico–, pero que, a medida que las edades aumentan, también crecen la presión y las sensaciones de frustración. «A mis clases ha llegado mucha gente desilusionada con el asunto del inglés; personas que han intentado distintas cosas y que sienten que no han aprendido lo que esperaban o lo que les prometía la publicidad. Sienten que han invertido muchos años y que no han avanzado de manera sustancial. Eso es un problema porque te quita la motivación», observa.

Y es que, en opinión de Edmund, «tener éxito es fundamental para estudiar». Su frase llama la atención porque, en general, se plantea al revés –hay que estudiar para tener éxito–, pero él lo explica de la siguiente manera: «Si tú te esfuerzas mucho en aprender algo y ves que no progresas, sientes que el esfuerzo no te sirve y lo dejas. Si, en cambio, sientes que aprendes, que avanzas, que las clases te dan un éxito real, entonces te esmeras más, te motivas y estudias. Yo he visto muchos cambios de actitud en estos años, y se deben a eso, a que la dedicación se ve recompensada».

El método propio

Su experiencia como profesor le hizo notar esos obstáculos. Su creatividad le permitió diseñar un mecanismo para sortearlos. A lo largo de estos años, Edmund ha ido perfeccionando un método propio de aprendizaje del que se siente muy orgulloso, a la luz de los resultados. «En las clases utilizo mucho las traducciones. Me apoyo en ellas para que los alumnos adquieran vocabulario y, sobre todo, para que avancen rápido en la parte gramatical. Con una frase simple puedes hacer muchas cosas y conseguir que las personas manejen tiempos verbales complicados, otras frases más complejas y construcciones que se suelen aprender en niveles más avanzados», detalla con entusiasmo.

Ese progreso que ha notado en sus alumnos es una de las razones por las que se ha quedado a vivir en Bilbao. «Como profesor, siento una gran satisfacción, para mí también es importante comprobar que lo que hago funciona», reconoce. No obstante, hay más cosas que lo ligan al País Vasco, como la música o la manera de ser de la gente. «Toco la guitarra y participo en jam sessions cuando puedo, ya sea en Deusto, en Recalde o en Getxo. En Cabo Matxixtako, por ejemplo, me lo paso fenomenal con amigos de aquí y extranjeros», dice. Y, ya en términos cotidianos, Edmund pone en valor ciertas costumbres sociales. «La ciudad es cómoda, el vecindario es apacible y la gente me conoce. La cordialidad es habitual y se agradece».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellos Europa