451 | Edmund

Edmund Bardrick es inglés. Nació en Peterborough, una pequeña ciudad situada al norte de Londres en cuya catedral yacen los restos de Catalina de Aragón, pero hace tiempo que no vive allí. Emigró con el estreno de este siglo, cuando tenía 25 años. «Había terminado mis estudios y estaba trabajando en Inglaterra, aunque el empleo no me gustaba. Me aburría –confiesa–. Quería hacer algo distinto y entonces surgió la idea de venir a Bilbao». En ese momento, solo conocía a tres personas de Euskadi –dos chicas que habían ido a Reino Unido de Erasmus y el novio de una de ellas–, pero igualmente se aventuró.

«Vine y me quedé. Desde el principio me sentí muy a gusto, tanto con la gente como con el lugar», relata en un castellano impecable que atribuye a una mezcla entre la formación tradicional y el esfuerzo propio. «Estudié en la Escuela Oficial de Idiomas, aunque aprendí mucho hablando con las personas, mirando películas, hincando los codos y leyendo», recuerda. Hoy es él quien enseña a otras personas a hablar inglés. La decisión de cambiar de país supuso un giro muy grande en su vida: en un único movimiento, cambió de entorno y de profesión. Desde que llegó a Bilbao, Edmund se dedica a la docencia.

«Disfruto mucho con mi trabajo porque siento que aporto valor a la enseñanza local y porque creo que contribuyo a mejorarla», dice Ed, que reparte sus clases entre una academia de idiomas en Orduña y un centro de formación empresarial en Bilbao. «Viajo mucho, sí –dice entre risas–. Entre los dos sitios tengo alumnos de casi todas las edades, desde niños pequeños, de unos cuatro o cinco años, hasta adolescentes y personas adultas. Obviamente, las clases son muy distintas entre unos y otros grupos. Con los niños, por ejemplo, juego mucho; aunque a todos los hago trabajar un montón».

Edmund nota que los niños son más relajados con el asunto del aprendizaje –probablemente, porque lo viven como un momento lúdico–, pero que, a medida que las edades aumentan, también crecen la presión y las sensaciones de frustración. «A mis clases ha llegado mucha gente desilusionada con el asunto del inglés; personas que han intentado distintas cosas y que sienten que no han aprendido lo que esperaban o lo que les prometía la publicidad. Sienten que han invertido muchos años y que no han avanzado de manera sustancial. Eso es un problema porque te quita la motivación», observa.

Y es que, en opinión de Edmund, «tener éxito es fundamental para estudiar». Su frase llama la atención porque, en general, se plantea al revés –hay que estudiar para tener éxito–, pero él lo explica de la siguiente manera: «Si tú te esfuerzas mucho en aprender algo y ves que no progresas, sientes que el esfuerzo no te sirve y lo dejas. Si, en cambio, sientes que aprendes, que avanzas, que las clases te dan un éxito real, entonces te esmeras más, te motivas y estudias. Yo he visto muchos cambios de actitud en estos años, y se deben a eso, a que la dedicación se ve recompensada».

El método propio

Su experiencia como profesor le hizo notar esos obstáculos. Su creatividad le permitió diseñar un mecanismo para sortearlos. A lo largo de estos años, Edmund ha ido perfeccionando un método propio de aprendizaje del que se siente muy orgulloso, a la luz de los resultados. «En las clases utilizo mucho las traducciones. Me apoyo en ellas para que los alumnos adquieran vocabulario y, sobre todo, para que avancen rápido en la parte gramatical. Con una frase simple puedes hacer muchas cosas y conseguir que las personas manejen tiempos verbales complicados, otras frases más complejas y construcciones que se suelen aprender en niveles más avanzados», detalla con entusiasmo.

Ese progreso que ha notado en sus alumnos es una de las razones por las que se ha quedado a vivir en Bilbao. «Como profesor, siento una gran satisfacción, para mí también es importante comprobar que lo que hago funciona», reconoce. No obstante, hay más cosas que lo ligan al País Vasco, como la música o la manera de ser de la gente. «Toco la guitarra y participo en jam sessions cuando puedo, ya sea en Deusto, en Recalde o en Getxo. En Cabo Matxixtako, por ejemplo, me lo paso fenomenal con amigos de aquí y extranjeros», dice. Y, ya en términos cotidianos, Edmund pone en valor ciertas costumbres sociales. «La ciudad es cómoda, el vecindario es apacible y la gente me conoce. La cordialidad es habitual y se agradece».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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