457 | Guillermo

Guillermo Hurtado tenía quince años cuando su madre emigró a Euskadi. «Vino aquí a trabajar. Yo aún estaba estudiando en Nicaragua», recuerda él, que no tenía previsto marcharse como ella pero acabó siguiéndole los pasos. «Habían pasado cuatro años, yo ya había dejado los estudios y formaba parte de un grupo profesional de danza folclórica. No tenía muy claro qué quería hacer con mi vida. Entonces mi madre me trajo. Sin contar las escalas que hizo el avión, vine directo a Bilbao desde Managua», cuenta con simpatía.

Desde aquel momento hasta hoy han pasado siete años y unas cuantas experiencias. «Al principio todo es maravilloso; luego te vas dando cuenta de la realidad», apunta. Quizás porque su madre lo estaba esperando aquí –y eso suponía, además, un reencuentro–, quizás porque también vino su hermano, o tal vez por la edad que tenía al llegar, los recuerdos de Guillermo sobre los primeros tiempos como extranjero son opuestos a los de otras personas, que se refieren a los inicios como el periodo más duro. «Siempre me sentí bien recibido y acompañado, muy a gusto con la gente y el lugar».

La cocina, antes que el baile, fue la actividad que más favoreció su inmersión en la cultura vasca. «Aprendí gastronomía en un curso de formación profesional y trabajé en hostelería como cocinero. No hay nada como la comida para integrarse en una cultura como esta», opina. Y, sin embargo, la apuesta de Guillermo es el baile. «Saber bailar es un puntazo. Disfrutas mientras aprendes, cuando ves a otras personas, cuando sales un fin de semana… Por eso hay tanta gente que se interesa en la danza y que se anima a aprender. Cada vez hay más público para esto».

Sabe bien de lo que habla: además de integrar un grupo de baile profesional, con el que ensaya periódicamente, enseña en tres academias de danza y en un pub. «Lo del pub es solo los sábados; enseño algunos pasos y animo la fiesta –detalla–. En las academias, sí, trabajo entre semana. Y estoy súper contento porque vivo de lo que me gusta. Trabajar en algo que te apasiona es muy importante; es lo mejor que te puede pasar», afirma con alegría este profesor de salsa y bachata.

«Enseño los dos estilos, pero lo mío es la salsa. Me formo y me enfoco en eso, que es lo que más me atrae», explica Guillermo, que participa con asiduidad en salones y congresos de baile –el más reciente, el viernes pasado, en Derio, en el IV encuentro de baile afrolatino–. «Pienso que en la vida te tienes que enfocar. No puedes hacer muchas cosas y esperar que todas te salgan perfectas –señala, refiriéndose a la danza–. No creo que puedas ser bueno en todo. Yo, al menos, prefiero elegir, centrarme y dedicar mi energía a una cosa para hacerla cada día mejor».

Los mitos

Para él, las cosas no vienen dadas, sino que se consiguen a base de esfuerzo y de talento personal. «Nicaragua no es una referencia mundial del baile, como pueden ser Cuba o Colombia, pero eso no significa que el baile y la música no ocupen un lugar muy importante en la sociedad. Bailar es parte de nuestra cultura», expone antes de agregar un matiz: «Sin embargo, que hayas nacido allí o que vivas allí no significa que vayas a ser buenísimo en la pista. Eso es un mito. Yo he tenido alumnos latinos que mmm… no eran muy buenos, y gente del País Vasco con muchísimo sentido del ritmo. ¡Hay personas de aquí que bailan muy bien!».

El entusiasmo con el que habla refleja lo mucho que disfruta de sus clases, a las que asisten alumnos muy distintos entre sí: «hombres, mujeres, jóvenes, mayores… Siempre hay más chicas; no sé por qué, a los chicos a veces hay que andar pescándolos», indica entre risas. «Pero lo bueno es que hay diversidad y eso es bonito de ver. Todo el mundo puede aprender; nunca es tarde», asegura Guillermo y recuerda que él se animó con los fogones vascos en su día.

«Cambiar de país o conocer personas de otros países es una oportunidad para aprender cosas nuevas e interesantes. Venir aquí me ha enseñado a valorar la vida de otra manera. Emigrar al País Vasco ha sido una escuela», subraya Guillermo, que aún no ha regresado a visitar su país. «Pensaba ir este año, pero tengo un ligamento roto y me tendrán que operar. Después deberé recuperarme para poder seguir trabajando. Claro que me gustaría ir a ver a mis amigos, incluso a conocer zonas de Nicaragua a las que nunca fui, pero primero lo primero. Aunque echo de menos ciertas cosas, siento que mi vida está aquí».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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