458 | Rocío

Apreciar el país de nacimiento es también una razón para marcharse. Quizá pueda resultar extraño cuando se dice de esta manera, pero, en ciertas ocasiones, emigrar es la manera más eficiente de mejorar la tierra que se ha dejado atrás. Esta lógica de la eficiencia se aplica a miles de migrantes que atraviesan el mundo para cambiar la realidad de sus familias, aunque esa decisión implique no volver a verlas jamás. Si bien la opción es personal, tiene alcances superiores: impacta en el PIB, en el comercio y la ciudades, al tiempo que modifica las relaciones, la cultura y la sociedad.

La lógica de la eficiencia también se aplica a quienes migran para estudiar y adquirir nuevas herramientas que puedan mejorar la vida de otras personas y comunidades en el país de origen. La abogada colombiana Rocío Mora es un ejemplo de este tipo de migración. Llegó a Bilbao en noviembre del año pasado con una meta muy clara: ampliar su formación para poder hacer un trabajo más complejo y adecuado al nuevo escenario que presenta su país.

«Yo tengo formación en Derecho, soy abogada, y antes de venir a Euskadi trabajaba como administrativa en la Unidad de Restitución de Tierras», detalla. La URT, de carácter gubernamental, se creó en 2011 para «asistir a las víctimas del conflicto» y ayudarlas a recuperar sus tierras y territorios de manera legítima. El objetivo de la institución es que, en 2021, todas estas personas, cuyos derechos han sido vulnerados, hayan sido resarcidas por las situaciones de despojo y abandono que sufrieron.

«Esto se enmarca en el proceso de posconflicto que estamos viviendo en el país. Todos los colombianos queremos la paz, pero queremos una buena paz. Los intentos de diálogo no son nuevos, vienen de muy atrás. La diferencia es que antes, cuando se proponía un encuentro, siempre había alguna silla vacía. Y esta vez no. Esta vez, todas las partes están de acuerdo en que la paz es necesaria. El desafío está en cómo construirla para que sea buena para todos», plantea.

Y es que no todos han padecido el conflicto de la misma manera, algo que queda muy claro cuando se analiza el resultado del plebiscito. «Una cosa es la opinión que se puede tener en Bogotá, por ejemplo, y otra muy diferente es la que tiene la gente que está en el campo, que ha sufrido de manera directa el conflicto. La mayor parte de estas personas votaron por el no. En mi trabajo pude conocer a gente de ámbitos muy distintos, con situaciones muy distintas también. Amenazados, desplazados… y, como decía antes, el reto está en construir algo satisfactorio».

Trabajar desde aquí y desde ahora

Una de las cosas que le sucedieron a Rocío mientras trabajaba en la URT fue darse cuenta de que su tarea podía abarcar más planos si ampliaba sus conocimientos. «No solo hablamos de devolver unos derechos, sino de que estos derechos están vinculados a la tierra. Por eso decidí venir a Euskadi a hacer un master en Medio Ambiente y Sostenibilidad –expone, subrayando que es el complemento perfecto–. Además, estoy haciendo las prácticas en ASOCOLVAS, la asociación de colombianos en el País Vasco, que impulsa varios proyectos de cooperación al desarrollo. Eso me permite aprender y, al mismo tiempo, empezar a hacer cosas desde aquí y ahora».

Su idea es «aprovechar al máximo» este tiempo de aprendizaje antes de volver a Colombia. «Lo principal es acabar el master, pero quizás me quede un poco más para hacer un doctorado, aún no lo sé. A ver qué depara el futuro… De momento, estoy muy satisfecha con la experiencia y siento que se ajusta a mis expectativas –señala–. En mi país estudié en una universidad pequeña; la de aquí es mucho más grande, tiene más recursos y los profesores son realmente buenos. Si me quedo un poco más, seguramente me apuntaré a aprender idiomas, inglés o francés, porque veo que en Europa hay mucho nivel».

Esta observación sobre los idiomas ya la había hecho hace tiempo, cuando cruzó el Atlántico por primera vez. «Esta es la segunda vez que vengo a Europa. La anterior fue hace cinco años, cuando vine a un congreso del Partido Liberal. En esa oportunidad estuve en Hungría y Alemania», precisa. Sin embargo, la principal observación de Rocío es otra: «En estos cinco años ha cambiado la percepción sobre mi país. Antes, cuando decía que era de Colombia, solo me hablaban de Pablo Escobar o de Shakira. Ahora, me preguntan por el plebiscito y por el proceso de paz. En mi opinión, es un cambio notable».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
Anuncios
2017 América del Sur Ellas

455 | Irina

Irina Vasiliauskaite es lituana, de Kaunas, aunque tarda poco en señalar que el tema de la nacionalidad le parece irrelevante. Mejor dicho, le hace gracia. «En Rusia, como en muchos otros lugares del mundo, siempre hay quienes hablan de la pureza. Y a mí me da la risa. Con tantas guerras y tantos viajes, después del paso de los tártaros… ¿de qué pureza están hablando? ¡Hasta Iván el Terrible era descendiente de lituanos!», apunta divertida, echando un vistazo a la Historia.

Su visión cosmopolita tiene que ver con su infancia, pero también con su época de estudiante y su experiencia migratoria más actual. «Yo crecí en una familia mixta, muy mixta –relata–. Mi madre era rusa y mi padre, lituano. Tenemos raíces en Siberia y en los Montes Urales. Me eduqué en varios idiomas, dentro y fuera del país, mi hermana vive en Inglaterra y mi hija nació aquí», enumera rápidamente, a modo de apuntes de la diversidad.

Un hecho concreto de su vida muestra la fragilidad de las nacionalidades como criterio para clasificar a la gente: «Yo hice mi primera carrera en San Petesburgo. Viví siete años allí. Empecé como cualquier otro estudiante y terminé como extranjera. En 1991, justo un año antes de sacarme el título, la Unión Soviética se disolvió. Me costó mucho que me dejaran acabar los estudios. Y, en cuanto lo hice, salí pitando a Lituania», recuerda Irina, que es ingeniera química y doctora en Ciencias Técnicas. «El doctorado ya lo hice en mi país, en la Universidad Tecnológica de Kaunas», aclara.

Los estudios son, para ella, un fuerte hilo conductor. Si algo queda claro al conversar con Irina es el altísimo nivel de exigencia educativa que vivió durante años. Bajo el clásico lema ‘Mens sana in corpore sano‘, estudió música, piano, deporte… Mientras terminaba el instituto, en Lituania, preparaba los exámenes de ingreso a la universidad haciendo cursos a distancia, en Moscú. Incluso practicaba paracaidismo con frecuencia, una actividad que, reconoce, le encantaba solo a ella porque sus padres «se ponían de los nervios».

«Mucha gente me pregunta si no tenía tiempo libre o cómo hacía para divertirme. Y yo siempre respondo que viví una juventud maravillosa. Cuando estaba en San Petesburgo, no había ni una obra de teatro ni un concierto al que no fuera. Pasé tardes enteras en el Museo del Hermitage. No sé… nunca sentí que me estuviera perdiendo nada», dice Irina que, después de su paso por Rusia, se dedicó varios años a la docencia y la investigación científica en su país. «Trabajé diez años como investigadora en Kaunas, hasta que se empezaron a hacer reformas y recortes que fueron destrozando el mundo científico», lamenta.

«Cuando salgas, apaga la luz»

La falta de perspectivas laborales y económicas la llevaron, primero, a compaginar distintos trabajos en su ciudad. «Investigaba por las mañanas; por las tardes daba clases en un gimnasio y también supervisaba los procesos químicos en una empresa», resume para ilustrar el absurdo antes de añadir que «vivía todo el día en el coche». Decidió emigrar cuando la rutina se volvió insostenible, «y eso que yo siempre decía que había que quedarse para sacar el país adelante… Mis amigos se iban y me decían ‘cuando salgas, apaga la luz’. Muy duro», recuerda.

«Originalmente, iba a Andorra, a trabajar como intérprete de ruso para turistas, en un hotel. Viajé de Kaunas a Barcelona en autobús porque casi no tenía dinero. Venía ilusionada, pero aquello se truncó –la persona que debía recibirla nunca apareció en la terminal–. Acabé en Bilbao porque justo aquí vivía un amigo lituano que me recibió y me ayudó en los primeros tiempos», resume.

A partir de ese momento –diciembre de 2003–, Irina vivió un periplo difícil, que incluyó homologar su carrera, volver a estudiar, cuidar a una señora mayor y trabajar en el sector de la limpieza. «Para mí, doctora en Química, supuso un cambio de chip. Ten en cuenta que yo crecí con la frase: ‘Estudia que, si no, te vas a convertir en barrendera’. Ser empleada de hogar fue todo un aprendizaje», apunta Irina que, pese a todo, nunca abandonó el interés cultural. Desde hace ya unos años, preside la Asociación de Rusoparlantes de Euskadi ‘Ródina’, un colectivo diverso –tan diverso como la ex URSS– conformado por varios extranjeros que quieren mantener vivos su idioma y su cultura.

«Lo hacemos por nosotros, pero también por nuestros hijos que, en general, han nacido aquí. Queremos que mantengan el lazo con sus raíces, que no las pierdan, y que disfruten de la gastronomía, las costumbres y las fiestas típicas. Con mi hija, por ejemplo, hablo en castellano, lituano y ruso. Luego en el cole aprende euskera e inglés. La amplitud cultural es maravillosa y te quita muchos prejuicios. Los estereotipos son barreras. Cuando alguien me dice ‘ah, entonces eres rusa y bebes vodka’, siempre digo ‘sí, y en casa tengo un oso blanco’».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 Asia Ellas Europa

454 | Ada

Ada Ngomo Meñina sabe que los puntos de partida pueden marcar el camino de una persona, pero no por ello han de ser determinantes ni decisivos. “Nacer en un sitio no significa que debas estar allí toda la vida”, dice esta ciudadana de Guinea Ecuatorial que emigró de su país hace seis años. “En Guinea hay dictadura. ¿Qué clase de vida y de oportunidades puedes tener en un lugar donde hay un régimen autoritario? Yo quería hablar libremente, formarme, conocer otras personas. Y, sobre todo, quería que mi hija tuviera algo mejor de lo que tuve yo”.

Su hija, que ahora tiene doce años, no tendrá que renunciar a los estudios o al trabajo para asumir una maternidad temprana ni dedicar todo su tiempo a las labores del hogar. “Siempre quise algo distinto para ella, que tuviera otras opciones. Realmente, ser madre de una niña fue lo que me impulsó a venir aquí. Mi hija fue mi maleta”, dice ella, y reconoce que el camino no fue fácil. “Nos pasó de todo, como a todo el mundo, pero no me arrepiento de la experiencia. A pesar de las dificultades, lo volvería a repetir. Mi hijo pequeño fue un regalo del viaje. Vivir en un entorno seguro y próspero para mis niños me hace sentir que ha merecido la pena”.

Ada llegó en 2010. Tras pasar unos meses en Madrid en casa de su padre, se trasladó a Durango, donde también tenía familia. “Tenía una prima que, al cabo de un tiempo, se marchó. Yo, en cambio, me quedé. Me gustó mucho el País Vasco y decidí iniciar aquí mi nueva vida. Estuve varios años en Durango, hasta el verano pasado, que me mudé a Balmaseda. La verdad es que desde entonces me siento feliz. Siento que he encontrado mi lugar. En Balmaseda me siento en casa”, subraya con entusiasmo.

Una de las razones que explican ese sentimiento es la existencia de una asociación que se fundó hace algo más de un año, que tiene su sede en el pueblo y que trabaja activamente para promover la integración social, el empoderamiento femenino y -no menos importante- combatir la soledad. “La asociación se llama ‘Nos Unimos‘ y creo que el nombre en sí mismo ya te cuenta muchas cosas. Esta ONG lucha contra la pobreza y la desigualdad sociocultural, pero también fomenta el encuentro. La idea es que la gente que está sola se pueda reunir con otras personas, tanto de aquí como de otras partes del mundo”.

Tejer redes, estrechar lazos

“Una de las cosas que suceden cuando emigras es que pierdes tu red social, tus afectos. De pronto te encuentras sola y, encima, con prejuicios. Porque, aunque seamos de fuera, también tenemos prejuicios acerca de otros países. La televisión nos vende estereotipos a todos. Entonces, puedes quedarte con eso o animarte a conocer personas distintas, de diversos lugares, y formarte tú misma una opinión. A mí me ha pasado, incluso con gente de África, de países como Ghana o Nigeria, de los que no tenía ni idea”.

“En ese sentido -prosigue-, la asociación es una puerta abierta al mundo. Allí hay gente de muchos sitios; del Sáhara, de Cuba, de Camerún, de Euskadi… La presidenta, Clementine, es congoleña; es una mujer increíble que se preocupa mucho de la gente del pueblo, de los mayores que están solos y de la gente que está intentando salir adelante. También es voluntaria en otras asociaciones y trabaja para mejorar las condiciones de vida en países menos afortunados que este. Ella es un ejemplo para muchos de nosotros y consigue, con su manera de ser, que nos respetemos como personas, como seres humanos, más allá de la procedencia o la religión de cada uno”.

Ada pone de relevancia la labor de esta ONG porque participa activamente de las distintas iniciativas y siente que el encuentro le ha aportado calidez. “Los inmigrantes, en general, somos gente que lucha y que busca una oportunidad. Uno no arriesga la vida para venir a robar a nadie. El tema es que, si estás solo, es muy difícil afianzarte y progresar. Para salir adelante siempre necesitas el apoyo de los demás, y esto es igual para todos. Cuando te reúnes te vas dando cuenta de eso, de lo importante que es crear comunidad”.

Los talleres sirven como excusa para “hablar con otras personas y darte cuenta de que no estás sola, de que los demás también han tenido experiencias difíciles. Pero también sirven para adquirir nuevas habilidades. Tenemos una profesora de costura muy buena. Ella es de aquí y viene cada semana desde Basauri. Yo creía que sabía coser hasta que la conocí. Nos ha enseñado a arreglar prendas y dejarlas bonitas otra vez, a hacer los disfraces del colegio para los niños, a ahorrar. Estamos contentos. La asociación está cambiando muchas vidas y no solo la de los inmigrantes”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 África Ellas

449 | Liviana

De las 118 colectividades extranjeras que existen actualmente en Euskadi, la rumana es una de las más numerosas. Según los datos de Ikuspegi –el Observatorio Vasco de Inmigración–, nuestra comunidad cuenta con algo más de 15.300 vecinos de Rumanía. Tanto aquí, como en el conjunto del Estado –donde la cifra ronda las 785.000 personas–, es uno de los grupos más arraigados en la sociedad. La mayor parte de sus miembros reside en estas latitudes desde hace años; los suficientes como para echar raíces, hacer amigos, estabilizarse en el trabajo y formar familia.

La llamada ‘segunda generación’ es ya una realidad. En las escuelas y los institutos hay centenares de niños de origen rumano que han venido al País Vasco de pequeños o que, directamente, han nacido aquí. Son vascos. Hablan euskera y castellano pero, sorprendentemente, no siempre controlan el idioma de sus abuelos y sus padres. «A diferencia de otros colectivos, que mantienen la lengua materna en casa, los hogares rumanos tienen la peculiaridad de que no lo hacen. Ya sea porque hay parejas mixtas o porque resulta más sencillo para los niños, suelen hablar en español», dice Liviana Bucuresteanu.

Natural de Piatra Neamt y filóloga de profesión, Liviana es profesora de idiomas. Llegó a España en 2008, para hacer un máster en Cooperación Internacional, en Valencia, y hace tres años se trasladó al País Vasco, donde no solo enseña su idioma, sino que forma parte de un interesante programa cultural promovido por el Ministerio de Educación de Rumanía y el Instituto de Lengua Rumana de Bucarest, «algo así como nuestra versión del Instituto Cervantes», compara. El programa en el que trabaja busca mantener vivo el vínculo del país con sus ciudadanos emigrados, inició en 2007 y está en marcha en varios países de Europa.

«Hay toda una generación de rumanos que emigraron abriendo camino. Son la generación del sacrificio, la que siempre está entre dos tierras. Pero hay una segunda generación, conformada por sus hijos, que desconocen el idioma y la cultura de sus antepasados. Son niños y jóvenes que, cuando van de vacaciones a Rumanía, no pueden hablar con sus abuelos», describe Liviana, a modo de ejemplo, para ilustrar el alcance íntimo de este problema cultural. «Se dice que tenemos facilidad para los idiomas y que somos políglotas, pero la realidad es que muchos de nuestros jóvenes no saben hablar en su propia lengua», observa.

«Por eso se ha creado este programa. Es una iniciativa innovadora y sin precedentes que busca preservar el idioma fuera de fronteras y tender ese puente entre generaciones pero, también, fomentar el conocimiento entre culturas», añade, poniendo énfasis en esto último. Porque «las clases de lengua y cultura rumana se imparten en colegios públicos y están abiertas a todos los niños y jóvenes que quieran asistir, sean de donde sean. De hecho, hay varios pequeños de aquí y de otras nacionalidades que se apuntan para aprender junto a sus amiguitos».

La iniciativa está impulsada y financiada por las instituciones de Rumanía. En Euskadi comenzó hace un par de años –concretamente, en Getxo–, y Liviana describe la experiencia como un éxito. «Es muy bonito porque también se organiza una semana temática y se hacen talleres que involucran a los padres. La acogida ha sido muy buena en el País Vasco, donde hay mucha sensibilidad ante la importancia y el significado de la lengua. El idioma es algo fundamental, forma parte de tus raíces y tu identidad cultural», indica esta filóloga, que coordina los cursos en la zona norte y disfruta perfeccionando sus conocimientos de castellano.

«Aprendí español en la universidad, en mi país, porque estudié Filología Hispánica. Pero el verdadero aprendizaje empezó hace ocho años, al emigrar. Cuando llegué a Valencia, hablaba un castellano muy formal, súper académico, pero poco a poco me empecé a soltar. Las prácticas del máster en cooperación las hice en Colombia y luego me vine para aquí, donde terminé de descubrir que en cada sitio se habla distinto. Cada lugar tiene sus particularidades y eso es maravilloso. El idioma te permite conocer el lugar y su gente».

Pero, además, el idioma y la cultura pueden ser una excusa estupenda para la diversión y el encuentro. Ayer mismo, sin ir más lejos, se celebró el primer concurso regional ‘Conoce Rumanía’, en la sede del consulado, en Bilbao. Allí se dieron cita siete equipos de niños, de entre 8 y 14 años, procedentes de Asturias, La Rioja, Cantabria, Navarra que compitieron para pasar a la fase nacional. «Del País Vasco todavía no tenemos ningún equipo, pero estoy segura de que el año que viene sí lo habrá».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

446 | Mayté

Mayté Guzmán es periodista y llegó a Bilbao hace menos de un mes, aunque Euskadi no es para ella un lugar desconocido. Antes de venir al botxo, vivió un par de años en Donosti, donde hizo un máster en Economía Social y Solidaria. «Se trata de un modelo económico basado en la equidad y la igualdad que tiene a la persona como centro», explica en un esfuerzo de síntesis. «No obstante, el enfoque varía según los lugares. Mientras que en América Latina se lo vincula a un movimiento reivindicativo, que rompe con el capitalismo, en Europa es la cara bonita de las empresas».

Mayté es mexicana, si bien tiene raíces dispersas y ha pasado una tercera parte de su vida alejada de su tierra. «Mi madre es de Zamora, mi padre, de Puebla y yo nací en Guadalajara, donde viví hasta que me fui a estudiar a León», dice, y la frase obliga a recordar que no está hablando de Castilla sino de México, un país donde existen unas cuantas ciudades homónimas a las de aquí, desde Durango hasta Mérida. «El caso es que finalmente acabé radicada en Morelia, una ciudad que me permitía estar cerca de mis padres y, al mismo tiempo, estudiar periodismo».

El gran cambio llegó al terminar la carrera, en 2004. Ese año, Barcelona acogía el primer Fórum Universal de las Culturas y Mayté tuvo la oportunidad de venir junto con dos compañeros. «Una profesora de la universidad nos invitó a compartir nuestra experiencia como jóvenes periodistas», recuerda. La actividad, de gran calado internacional, se centraba en el desarrollo sostenible y la diversidad cultural, así que los chavales dijeron que sí. «Iba a ser un viaje de dos semanas, pero las dos semanas se convirtieron en tres meses; los tres meses, en un año, en dos, en tres…». Y así hasta nueve.

«Cuando cambias de país no puedes preverlo todo», opina. Reconoce que, antes de partir, sí había pensando en extender un poco la duración del viaje, pero también señala que nunca imaginó que se quedaría tanto tiempo. «Éramos estudiantes, veníamos de mochileros y teníamos presupuesto cero. No había un plan, sino que hicimos la típica cosa de jovencillos. Nos imaginábamos que sería fácil coger algún trabajo temporal para ahorrar un poco y viajar mucho», relata con una sonrisa auspiciada por la candidez de antaño. «Lo intentamos, claro, y lo que pasó fue que, en la necesidad de subsistir, nos fuimos quedando».

Trabajó en un hostal, un restaurante bangladeshí, uno mexicano y otro filipino. Y, de todos los viajes soñados, pudo hacer uno. «Conseguí ahorrar para ir al Vaticano durante las exequias del Papa. Estuve allí una semana, cubriendo lo que sucedía. Fue mi primera experiencia periodística de este lado del mundo», cuenta. El resto del aprendizaje vino del sector de la hostelería, «un ámbito del que no sabía nada y que me enseñó unas cuantas cosas». Pese a la distancia y la añoranza, su familia la apoyaba. «’Si yo tuviera tu edad, haría lo mismo’, me decía mi madre, aunque cada tanto me preguntaba cuándo iba a volver».

Euskadi, México, Euskadi

En 2013, después mucho tiempo en Cataluña, Mayté se mudó a Donosti. «Estuve en Guipúzcoa dos años y, cuando terminé el máster, sentí que era el momento de regresar a México». No solo lo sintió; se fue. Apretó «once años en cuatro maletas» y regresó a su país con la intención de dedicarse al periodismo. Esta vez no era un impulso de juventud. Estaba convencida. Y, pese a ello, su decisión tuvo un punto idealista como el que la trajo inicialmente aquí. «Al volver comprendí que muchas cosas habían cambiado».

«Por un lado, las principales ofertas laborales estaban en el DF, una ciudad superpoblada a la que ya no debería llegar más gente. Es una locura vivir ahí. Por otro lado, los medios de provincia está muy viciados. Allí casi no existe el periodismo de investigación; mandan los intereses y los gobiernos regionales. Y a eso hay que añadir que mi Estado, Michoacán, es uno de los más violentos del país». Famoso, hasta no hace mucho, por su Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca, el lugar es ahora conocido por las tasas de criminalidad. Solo en julio de este año hubo casi 190 homicidios, alrededor del 10% de los que se registraron en todo México durante ese mes.

«Cuando llegué, encontré que mi red de periodistas conocidos estaba disuelta. Casi todos mis colegas, excepto dos o tres, se dedican a otras cosas por la inseguridad, porque tienen familia, porque tienen miedo. Incluso mi madre empezó a preguntarme hasta cuándo me iba a quedar…». En ese contexto, Mayté tomó la decisión de volver aquí. Esta vez, a Bilbao, para hacer un doctorado y una tesis que vincula la economía solidaria con la inmigración. «Siendo migrante y periodista, tengo mucho para contar». Como sostiene en su blog, «las historias cotidianas, los personajes cotidianos, son motores esenciales del periodismo».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Norte Ellas

444 | Katherine

El próximo viernes, en Vitoria, se celebrará la Mesa Social para la Paz de Colombia. El encuentro tendrá lugar en el Palacio de Villa Suso, durará seis horas y contará con la participación de personas relevantes en el ámbito político, académico y cultural de ambos lados del Atlántico. El objetivo de la iniciativa, que comenzó a prepararse hace meses, es reflexionar acerca de la situación actual en el país latinoamericano y crear un espacio de pensamiento colectivo para sus ciudadanos en el exterior. Todo un desafío, teniendo en cuenta el resultado del referéndum del día 2.

«La mesa es un punto de partida, no de llegada», apuntan sus organizadores, que se mantienen en pie pese al varapalo de «no» y de la abstención, que superó el 60%. «Queremos promover un gran diálogo para superar el conflicto social, económico y político que subyace a la confrontación armada, en favor de una paz real con justicia social para todos», añaden. Muchos de ellos, miembros del Colectivo Bachué, son víctimas de la violencia. Son refugiados. Forman parte de las casi 396.000 personas que han emigrado en busca de protección internacional. Algunos viven en Euskadi desde hace casi veinte años.

Pero no todos los participantes de la mesa tienen este perfil. «Algunas personas, como yo, vivíamos en Colombia al margen de esta realidad. Vivíamos en una burbuja», resume Katherine Muñoz, una joven bogotana que llegó al País Vasco en 2008, cuando tenía quince años. «Mi vida allí era muy fácil: clase media acomodada, colegio privado, urbanización con vigilancia y una familia compuesta por mi madre, mis hermanos y la empleada. No tenía ni idea de lo que eran las FARC, ni mucho menos podía imaginar el sufrimiento de tantísima gente porque, sencillamente, no coincidíamos. Estábamos en planos paralelos», reconoce.

Sin duda, la idea del mundo que Katherine traía desde Bogotá era también un punto de partida, pero su experiencia a partir de entonces colocó muy lejos el punto de llegada. «Fue aquí donde rompí esa burbuja. Tuve que venir a Euskadi para conocer a mi país», indica. Su historia personal muestra de manera cristalina hasta qué punto puede cambiar una persona y una situación, por difícil que parezca.

«En 2008 estaba en la época difícil de la adolescencia. Discutía mucho con mi madre y quería irme de casa. La mejor opción que encontré fue marcharme con mi padre, que en ese momento estaba viviendo en Mungia. Mis padres se habían divorciado años antes y, después de la separación, mi padre emigró a Euskadi», explica. «Yo quería poner distancia… pero uno no imagina que la distancia es esto».

En el ‘esto’ de Katherine caben muchas cosas: «Un padre que trabaja como jardinero o en la construcción o en lo que surja, un colegio público en Bilbao donde hay chavales extranjeros como tú, incluso de tu país, con los que no tienes afinidad, una crisis económica que deja a tu padre sin ingresos, una cola para el banco de alimentos de Cáritas, una remesa desde Colombia que me mandaba mi mamá para ayudar, un cubo de agua fría cuando dices ‘soy estudiante’ y descubres de repente que eres una inmigrante más».

Una mudanza de piel

Lo dice sin ambages: la emigración, para ella, fue «una cura de humildad». También le permitió llenarse «de herramientas y recursos» que, de otro modo, jamás habría tenido. «Me habría quedado en Bogotá, habría estudiado Medicina en la Universidad Javeriana y jamás me habría enterado de cómo vive buena parte de la población en mi país». En su lugar, Katherine se estrenó en el mercado laboral en una cadena de comida rápida, ahorró, y con eso se pagó el primer año de su carrera en San Sebastián.

«El segundo año tuve una beca, aunque siempre me ha ayudado mi madre desde Colombia», dice Katherine, que se acaba de graduar como antropóloga. Su carrera, además de la experiencia vital, contribuyó mucho a su cambio. «Mientras estudiaba conocí a personas que lo habían pasado muy mal, colombianos que tuvieron que exiliarse por culpa de la guerrilla, de la violencia machista, de situaciones económicas tremendas… Comprendí el alcance del problema, el impacto de la violencia en la vida de las personas, y desde entonces estoy comprometida con esta causa. Por eso participo en la Mesa del viernes».

En su ponencia, abordará el tema de cómo los jóvenes apuestan por la paz en Colombia. «Es complicado. La gente joven vive en la inercia del bienestar. Si nos movemos poco por la LOMCE, que nos afecta directamente, menos aún por algo que sucede al otro lado del mundo. De todas maneras –matiza–, hay que seguir. Siempre se puede cambiar para ser mejor persona y construir una mejor sociedad».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellas