455 | Irina

Irina Vasiliauskaite es lituana, de Kaunas, aunque tarda poco en señalar que el tema de la nacionalidad le parece irrelevante. Mejor dicho, le hace gracia. «En Rusia, como en muchos otros lugares del mundo, siempre hay quienes hablan de la pureza. Y a mí me da la risa. Con tantas guerras y tantos viajes, después del paso de los tártaros… ¿de qué pureza están hablando? ¡Hasta Iván el Terrible era descendiente de lituanos!», apunta divertida, echando un vistazo a la Historia.

Su visión cosmopolita tiene que ver con su infancia, pero también con su época de estudiante y su experiencia migratoria más actual. «Yo crecí en una familia mixta, muy mixta –relata–. Mi madre era rusa y mi padre, lituano. Tenemos raíces en Siberia y en los Montes Urales. Me eduqué en varios idiomas, dentro y fuera del país, mi hermana vive en Inglaterra y mi hija nació aquí», enumera rápidamente, a modo de apuntes de la diversidad.

Un hecho concreto de su vida muestra la fragilidad de las nacionalidades como criterio para clasificar a la gente: «Yo hice mi primera carrera en San Petesburgo. Viví siete años allí. Empecé como cualquier otro estudiante y terminé como extranjera. En 1991, justo un año antes de sacarme el título, la Unión Soviética se disolvió. Me costó mucho que me dejaran acabar los estudios. Y, en cuanto lo hice, salí pitando a Lituania», recuerda Irina, que es ingeniera química y doctora en Ciencias Técnicas. «El doctorado ya lo hice en mi país, en la Universidad Tecnológica de Kaunas», aclara.

Los estudios son, para ella, un fuerte hilo conductor. Si algo queda claro al conversar con Irina es el altísimo nivel de exigencia educativa que vivió durante años. Bajo el clásico lema ‘Mens sana in corpore sano‘, estudió música, piano, deporte… Mientras terminaba el instituto, en Lituania, preparaba los exámenes de ingreso a la universidad haciendo cursos a distancia, en Moscú. Incluso practicaba paracaidismo con frecuencia, una actividad que, reconoce, le encantaba solo a ella porque sus padres «se ponían de los nervios».

«Mucha gente me pregunta si no tenía tiempo libre o cómo hacía para divertirme. Y yo siempre respondo que viví una juventud maravillosa. Cuando estaba en San Petesburgo, no había ni una obra de teatro ni un concierto al que no fuera. Pasé tardes enteras en el Museo del Hermitage. No sé… nunca sentí que me estuviera perdiendo nada», dice Irina que, después de su paso por Rusia, se dedicó varios años a la docencia y la investigación científica en su país. «Trabajé diez años como investigadora en Kaunas, hasta que se empezaron a hacer reformas y recortes que fueron destrozando el mundo científico», lamenta.

«Cuando salgas, apaga la luz»

La falta de perspectivas laborales y económicas la llevaron, primero, a compaginar distintos trabajos en su ciudad. «Investigaba por las mañanas; por las tardes daba clases en un gimnasio y también supervisaba los procesos químicos en una empresa», resume para ilustrar el absurdo antes de añadir que «vivía todo el día en el coche». Decidió emigrar cuando la rutina se volvió insostenible, «y eso que yo siempre decía que había que quedarse para sacar el país adelante… Mis amigos se iban y me decían ‘cuando salgas, apaga la luz’. Muy duro», recuerda.

«Originalmente, iba a Andorra, a trabajar como intérprete de ruso para turistas, en un hotel. Viajé de Kaunas a Barcelona en autobús porque casi no tenía dinero. Venía ilusionada, pero aquello se truncó –la persona que debía recibirla nunca apareció en la terminal–. Acabé en Bilbao porque justo aquí vivía un amigo lituano que me recibió y me ayudó en los primeros tiempos», resume.

A partir de ese momento –diciembre de 2003–, Irina vivió un periplo difícil, que incluyó homologar su carrera, volver a estudiar, cuidar a una señora mayor y trabajar en el sector de la limpieza. «Para mí, doctora en Química, supuso un cambio de chip. Ten en cuenta que yo crecí con la frase: ‘Estudia que, si no, te vas a convertir en barrendera’. Ser empleada de hogar fue todo un aprendizaje», apunta Irina que, pese a todo, nunca abandonó el interés cultural. Desde hace ya unos años, preside la Asociación de Rusoparlantes de Euskadi ‘Ródina’, un colectivo diverso –tan diverso como la ex URSS– conformado por varios extranjeros que quieren mantener vivos su idioma y su cultura.

«Lo hacemos por nosotros, pero también por nuestros hijos que, en general, han nacido aquí. Queremos que mantengan el lazo con sus raíces, que no las pierdan, y que disfruten de la gastronomía, las costumbres y las fiestas típicas. Con mi hija, por ejemplo, hablo en castellano, lituano y ruso. Luego en el cole aprende euskera e inglés. La amplitud cultural es maravillosa y te quita muchos prejuicios. Los estereotipos son barreras. Cuando alguien me dice ‘ah, entonces eres rusa y bebes vodka’, siempre digo ‘sí, y en casa tengo un oso blanco’».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2017 Asia Ellas Europa

439 | Hamad

Hamad Ali Rudwan llegó a Euskadi en 2015 y, desde hace apenas tres meses, regenta una tienda de zumos naturales en Bilbao. Combina kiwis con naranjas, plátanos con fresas… Pasa buena parte del día en un ambiente saludable y de colores donde se respira el perfume de las frutas. Nadie diría, al verle sonreír allí, que pasó años enteros en un ambiente opresivo donde el color predominante era el gris. Menos aún que los diez metros cuadrados de su tienda son mucho más amplios que los cientos de kilómetros de muro que separan Israel de Palestina. Desde su casa, en Azzoun, se divisaba ese horizonte de cemento.

El muro lo cambió todo –resume–. Las cosas que estaban a un paso de nosotros quedaron muy lejos de un día para otro. Escuelas, hospitales, familiares… Antes del muro, yo tardaba diez minutos en llegar desde mi casa al trabajo. Después del muro, demoraba casi dos horas. Tenía que ir hasta las zonas de paso habilitadas y, como muchos otros palestinos, vivía a diario la tensión y las esperas de los puntos de control. La situación es muy dura para quienes vivimos allí. Es muy injusta”.

Hamad tiene 29 años y es enfermero de profesión. Su trabajo, precisamente, estaba en un hospital. Consistía en salvar vidas, no en quitarlas. Pero, así y todo, cuenta que los militares israelíes lo detuvieron cuatro veces y allanaron su casa más de una. Al preguntarle por qué, su respuesta es tan concisa que abruma: “Porque soy palestino”, contesta con la naturalidad de quien tiene asumido que ha nacido en uno de los países más castigados del mundo sin derecho a réplica.

“Como otros jóvenes, yo me manifestaba en contra del muro de separación, en contra de ese régimen que tanto daño nos hace. Pero manifestarse está prohibido. Tengo amigos en la cárcel. Los arrestaron por protestar. Están presos sin haber tenido juicio, sin garantías de nada. Los militares entraron varias veces a mi casa. Buscaban cualquier cosa con la que poder incriminarme. Cada vez que entraban, lo destrozaban todo. Intentan generar mucho miedo y angustia. Yo sabía que iban a por mí. Era solo cuestión de tiempo”.

El riesgo fue aumentando y la situación se volvió insostenible. No solo para él, sino también para su familia, que sufría esas violentas irrupciones. “Decidí marcharme. Era lo mejor”, dice Hamad, que tuvo que huir durante semanas para pedir refugio en Europa. “Fue un viaje difícil y largo, pero más difícil era vivir así, perseguido en un mundo cada vez más radicalizado. Yo no quería eso para mí. Yo estaba decidido a buscar mi futuro”.

Tierra de nadie

Ese futuro comenzó en Gijón, de la mano de una ONG que, finalmente, lo trasladó a Bilbao. “Aquí era donde había una plaza. La ONG decide a dónde vas, te ayuda con los primeros pasos y te da apoyo social durante el primer año. Ese apoyo no es indefinido. Te dan lo justo para vivir durante unos meses, mientras te haces con el nuevo lugar, aprendes el idioma y encuentras el modo de valerte por ti mismo. A partir de ahí, es cosa tuya salir adelante”, explica.

El problema es que, a veces, la Administración va más despacio que la vida. Según los datos de la Oficina Europea de Estadística (EUROSTAT), en España existen más de 16.000 solicitudes de asilo por resolver. Una de ellas es la de Hamad, que lleva meses esperando que se le conceda el estatus de refugiado. De momento, cuenta con un documento de identidad que le autoriza a trabajar, pero no a viajar, y que es de carácter transitorio: se renueva cada seis meses.

“No sé qué tengo que contar que no haya contado ya. No sé qué más puedo hacer yo para dejar de estar así, esperando y esperando. Hay palabras y discursos muy bonitos, pero la realidad es esta tarjeta de cartón con una foto grapada. Es muy difícil alquilar un piso, abrir una cuenta bancaria o que alguien te contrate para trabajar cuando te presentas con esto. La gente no se fía, no quiere líos, y es comprensible”, dice Hamad. Él pudo abrir la tienda de zumos gracias al apoyo de su socio, un hostelero del Casco Viejo que es sirio, tiene nacionalidad alemana y lleva muchos años aquí. “Si no, hubiera sido imposible”, reconoce.

En paralelo, solo tiene buenas palabras para Bilbao y su gente. “Las personas me han acogido muy bien. Todos son amables conmigo y me siento protegido. Aquí hay estabilidad, hay leyes que se respetan y hay democracia. Los vascos son muy solidarios con los palestinos, están al tanto de lo que nos pasa. Estoy contento y agradecido. La seguridad es un privilegio. Me siento a salvo en el País Vasco”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Asia Ellos

434 | Viktor

Para Viktor Prodan no es posible concebir un mundo sin música. La vida sin Brahms, Chopin o Yann Tiersen –autor de la banda sonora de Amelie– sería menos interesante y más monótona. “Por desgracia, ya no se encuentran talentos así. Poca gente compone a lápiz y goma, casi todo se hace con el ordenador”, lamenta este compositor ruso de 22 años que empezó a tocar el violín a los tres. “En el conservatorio se suele ingresar a los cinco, pero me aceptaron un par de años antes porque consideraron que tenía aptitudes”, detalla.

Y no se equivocaron, porque Viktor hizo su carrera a ritmo de dieces y la acabó antes de tiempo. Se licenció en violín y composición cuando tenía diecisiete años. “Me iban adelantando en los cursos porque aprendía rápido, pero también porque tuve un profesor muy bueno que me exigía un montón y me hacía ensayar entre seis y siete horas al día. Mi profesor era medio judío, medio ruso. Ya te puedes imaginar qué carácter tenía”, dice con tono divertido y entrañable.

El perfeccionismo y la autoexigencia de Viktor son fruto de aquella enseñanza y disciplina que recibió. “A mí no me gusta que me digan ‘qué bien te sale’, ‘qué bonito’, ‘qué bueno’; prefiero que me señalen todo lo que me sale mal”, asegura, antes de aclarar que no es una cuestión de masoquismo sino de superación. “Si un músico solo recibe palabras amables y buenos comentarios, ya no se come más la cabeza y se estanca. Si, en cambio, sabes que tienes cosas para mejorar, seguirás esforzándote. Lo tengo claro: dejaré de estudiar, aprender y ensayar el día que me muera”.

La música lo es todo para él: una pasión personal, un medio de vida que disfruta y un modo de construir relaciones y enlazar a sus afectos. Fue su abuelo quien le descubrió ese universo, llevándolo a conciertos de música clásica y a la ópera desde que era prácticamente un bebé. “El sonido de los instrumentos de cuerda forman parte de mi vida desde entonces. Me crié con mi abuelo, y él me inculcó ese gusto por el arte. Siempre me apoyó y celebró mis avances y mis éxitos”. Cuando Viktor ganó un concurso europeo de compositores, a los trece años, su abuelo le regaló un piano Steinway de cola.

Ese piano, ahora mismo, está en Bilbao. “Me lo traje conmigo cuando vine de San Petesburgo, hace seis años. Reuní dinero y lo traje en avión. No lo iba a dejar allí pudriéndose, ni loco”, explica Viktor, que llegó a Euskadi con diecisiete años. “Mi abuelo falleció, yo era menor de edad y no podía quedarme solo en Rusia. Vine al País Vasco porque mi padre vivía aquí desde hacía muchos años”. De ese tiempo, recuerda que fue difícil y que parecía un “zombie andante”. El cambio fue mayúsculo, entre otras cosas, porque no manejaba el idioma.

Un nuevo lenguaje

“Por suerte, me apunté a la Escuela de Idiomas de Deusto y al año entendía todo. Hablaba lo básico, pero comprendía lo que me decían. Después fui mejorando y me empecé a sentir mucho más cómodo. Ya sabes; empiezas por adquirir el acento y acabas siendo hincha del Athletic”, dice entre risas. “También empecé a trabajar y, de alguna manera, sentí que aquí empezaba una vida nueva. Me dedico a lo que me gusta. Soy profesor de violín, tengo 16 alumnos, y sigo componiendo y tocando música, a veces en solitario y otras, con músicos que he conocido aquí”, resume.

En estos años, Viktor logró montar una sala de estudio donde imparte sus clases, ensayan otros músicos y, cada viernes, hay jam sessions en las que participan profesionales de distintas procedencias y corrientes musicales. “Es difícil encontrar músicos que hagan improvisación de calidad pero, afortunadamente, no es imposible”, opina, y pone en valor la oportunidad que entrañan las fusiones y los intercambios. “Hay que innovar, crear, probar cosas en lugar de limitarse a tocar lo que han compuesto otros”, subraya.

Lo pone en práctica. En ocasiones sale a tocar por las calles del Casco Viejo música propia junto a un amigo. Fusionan el violín con la guitarra y se presentan como Viktor y Kader. Cuenta que, además de disfrutarlo, así conoció a su chica. “Estábamos en la calle Correo, a tope con el violín, y ella se acercó para dejarnos cinco euros. Nos había estado escuchando porque trabaja en un bar que está justo allí. Estuvimos hablando, había algo guay, buen rollo. No te puedes imaginar la pasta que me dejé desayunando en su bar hasta que cogí valor para invitarla a una cerveza”, confiesa entre risas. “La verdad –añade– estoy muy bien aquí, me gusta Bilbao. Además, tengo cosas que aportar. Así como aquí encuentras lo que quieras en deporte y gastronomía, mi país lo tiene en el arte. En Rusia no podría vivir de la música; aquí sí”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Asia Ellos

429 | Assel

Cuenta Assel Jetegenova que en su país, Kazajistán, nadie conoce al País Vasco. “Es difícil que alguien sepa lo que es o dónde está porque la idea que se tiene de esta parte del mundo es otra -señala-. Antes de venir, yo pensaba que España era Madrid, el flamenco y las playas de Barcelona. No podía ni imaginar que aquí en el norte existía un sitio así, tan especial, con un idioma tan antiguo, una cultura increíble y una historia propia. Esta tierra y su gente fueron para mí un gran descubrimiento”. La elección de radicarse en Euskadi, asegura, “fue un acierto”.

Assel llegó a Bilbao hace dos años y es una de las pocas kazajas que residen en el País Vasco. La razón inicial para venir fue “el amor”; la decisión de quedarse, una apuesta. “Quería tener la experiencia de ser extranjera, salir de lo conocido y colocarme en un lugar diferente que me impulsara a aprender cosas nuevas”, explica. No era la primera vez que salía de su país; antes de vivir en Euskadi estuvo viviendo en Rusia, pero no considera aquello como una verdadera aventura migratoria. “Vivir en Rusia es muy fácil; ir allí no es emigrar. El verdadero cambio está aquí. Emigrar es esto”.

La historia reciente de Kazajistán ayuda a comprender mejor esta reflexión tan particular. “Mi país es una ex república soviética, se independizó en 1991, así que la cultura y el idioma están muy relacionados. Yo hablo ruso; estar en un sitio o en otro me da más o menos igual. Cuando fui a Rusia a estudiar no sentí que fuera una experiencia de grandes cambios”. Lo que sintió, y mucho, fue frío. “Me hace gracia cuando la gente se queja del clima de aquí. La temperatura de Euskadi es ideal. Frío es el de Siberia. Mi primer invierno allí estuve a 45 grados bajo cero. Eso sí que es pasarlo mal. Esto es maravilloso”, compara.

Assel sostiene que esas temperaturas extremas no son buenas para la salud. Está convencida de que el clima templado, junto con la buena alimentación y una mejor economía, es lo que explica la longevidad de ciertas poblaciones. “Esa fue otra gran sorpresa para mí: en el País Vasco la gente vive muchos años. Es normal llegar a los 70, 80 o 90 años. En mi país, la esperanza de vida es menor”, dice, aunque matiza que Kazajistán es un Estado más avanzado de lo que se cree, con ciudades modernas e importantes infraestructuras. “Se suele pensar que es un sitio pequeño y atrasado, pero es el noveno país más grande del mundo”, apunta a modo de ejemplo.

Así como ella tuvo que aprender cosas de Euskadi que desconocía, su marido, que es vasco, ha hecho un aprendizaje intensivo de kazajo desde que están juntos. De algún modo, para ambos, conocerse ha supuesto descubrir mundo. “Nos conocimos en Praga, en 2007 –recuerda–. Yo había ido a visitar a mi mejor amiga, que estaba estudiando allí, y mi marido había ido de vacaciones con un grupo de amigos. Fue muy divertido porque, la primera vez que nos vimos, él pensaba que yo era coreana o japonesa, y yo estaba convencida de que él era turco”.

Entre risas, Assel explica que veía “mucho pelo” en aquellos chicos, y que automáticamente creyó que venían de Turquía. En paralelo, como ella tiene rasgos asiáticos, la confundieron con una coreana. Su chico no imaginó que ella era kazaja, y ella no imaginó tampoco que él podía ser euskaldún. Tampoco imaginaron que acabarían casándose y formando una familia en Bilbao. Hoy viven aquí y son padres de Amaia Aru, una niña de ocho meses cuyo nombre sintetiza sus raíces.

Casi de película

“En Praga solo compartimos tres días; luego cada uno volvía a su país. Paseamos juntos, hablamos… había una energía especial; eso lo sientes o no”, relata ella. Al escuchar la historia, es difícil no pensar en la película ‘Antes del Amanecer‘, con unos jovencísimos Ethan Hawke y Julie Delpy enamorándose en las calles de Viena. “Estuvimos cinco años sin vernos”, avanza Assel, que durante ese tiempo vivió en Kazajistán y se dedicó a forjar su negocio. “Trabajo en Network Marketing, mi trabajo se basa en internet”, puntualiza.

Su trabajo tiene una ventaja inmensa: la posibilidad de ejercerlo desde cualquier parte del mundo. “Mi marido fue a Kazajistán y conoció a mi familia. Yo también vine de visita la primera vez. Finalmente decidimos vivir aquí porque yo lo tenía más fácil para trasladarme. Nos casamos en Bilbao porque le quedaba más cerca a la mayoría de los invitados, incluidos amigos míos que viven en Inglaterra, Rusia y Estados Unidos. La verdad, estoy encantada con la decisión. Es mi primera experiencia como extranjera y está resultado muy enriquecedor esto de conocer otra cultura y otra manera de pensar. Estoy contenta. El País Vasco es un sitio estupendo para vivir y para tener a tus hijos”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Asia Ellas

424 | Jue

Se lanzó a la aventura con veinte años de edad. En ese entonces, Jue Jin era estudiante de arquitectura en China, su país de nacimiento, pero ya vislumbraba que la carrera no era un camino de rosas. “Allí es una profesión machista, donde predominan los hombres, tanto en el ámbito del diseño como en las obras que supervisas. No es fácil para una chica desenvolverse en un entorno tan masculino, y menos cuando tienes inquietudes”, explica Jue, que tenía más interés en “ver mundo” que en luchar contra él.

La idea de realizar un viaje fue cobrando mayor fuerza y, finalmente, cuajó. Era 1998 cuando, a pesar de las reticencias familiares, Jue se montó en un avión que la llevó de Asia hasta Europa; de Wenzhou a Valladolid, donde llegó “sin conocer ni una palabra de español, ni siquiera ‘hola’”. En contrapartida, conocía gente. De ahí que eligiera a la capital vallisoletana como su destino inicial de residencia. “Siempre había sentido curiosidad por España y tenía familiares viviendo allí, por eso escogí esa ciudad en lugar de cualquier otra”, señala Jue.

La experiencia duró sólo seis meses. Transcurrido ese tiempo, se marchó a Alicante, donde vivía una de las mejores amigas de su madre. Allí estuvo casi tres años, trabajó en hostelería y restauración, aprendió lo fundamental del sector y, sobre todo, aprendió a hablar español. “Estudié en la Escuela de Idiomas y me saqué el título”, dice en un castellano casi perfecto. “Eso sí, aún me cuesta pronunciar la erre, como a casi todos los chinos. Es un fonema complicado para nosotros”, agrega entre risas.

Mientras Jue vivía en Alicante, su hermana y su cuñado fijaron residencia en Bilbao y abrieron un restaurante. “Me llamaron para que viniera y trabajara aquí con ellos”, resume ella que, en la actualidad, está encargada del negocio. “Llegué a Vizcaya hace siete años y de aquí no me muevo más -dice-. Me encanta el País Vasco, su gente, el modo de hacer las cosas, la cultura y hasta el clima. Aunque somos diferentes, compartimos algunas cosas, como el valor de la familia, la dedicación al trabajo o el gusto por la comida”, señala Jue, que ha visto a muchos vascos atreverse con los platos típicos de China. “En el restaurante celebramos bodas y servimos comida típica de nuestro país, como ensalada de medudas o patas de pollo -explica-, Al principio, sólo lo hacíamos para nosotros, pero cada vez hay más occidentales que se animan y los prueban”.

Intercambio cultural

La contraposición de oriente y occidente es todo un tema; por lo menos para Jue, que se considera de ambos sitios y, a la vez, de ninguno. “Desde que me fui de China, siento que vivo siempre en la frontera. Además de mis rasgos, todavía conservo muchas costumbres de mi país, de modo que nunca seré vasca del todo. Pero, por otro lado, he vivido aquí once años, la tercera parte de mi vida. He aprendido muchas cosas, mi concepción del mundo ha cambiado y eso provoca que no me sienta china al cien por cien”, explica Jue que, además de trabajar en el restaurante, tiene su propia tienda de complementos y ayuda a superar las barreras del idioma a los niños pequeños que son adoptados por parejas vascas en China.

“Me gusta el trabajo y siento la necesidad de estar activa. A veces, en los días bajos, me pregunto para qué hago tanto; de qué me sirve todo esto. Pero después, cuando viajo a mi país y hablo con mis antiguos amigos, vuelvo a enfocarme. Con treinta años, ya todos están casados y tienen hijos. Yo no he seguido ese camino, y entonces me perciben como un ‘bicho raro’. A su vez, yo les oigo hablar, escucho sus ideas, lo que dicen, y me siento lejos, muy lejos de su manera de entender el mundo”, describe Jue. Y añade: “Para algunos, me he occidentalizado demasiado, pero no puedo ni quiero evitarlo. Lo que más me gusta de mi trabajo es hablar con la gente, intercambiar puntos de vista. Cuando emigras, hay algo invisible y poderoso que te empuja a superarte, a crecer y mejorar”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2010 Asia Ellas

369 | Jouhaina

En general, la procedencia de una persona actúa como tarjeta de presentación, como resumen o etiqueta de quién es. Es un dato casi siempre relevante, porque nos ayuda a colocar a los demás en unos ejes de significado, en unas coordenadas culturales. No es lo mismo decir “colombiano” que “chino”, ni “australiano” que “camerunés”. Tras la etiqueta, esperamos un registro más o menos acotado, más o menos estereotipado, pero bastante concreto. Así funciona el prejuicio, como cajas rotuladas que no hace falta abrir porque su contenido ya se infiere de antemano.

Sin embargo, nacer en un lugar no significa pertenecer a él. Ni siquiera, sentirse identificado. En este sentido, la historia de Jouhaina Maya Hassan diluye la importancia de lo que indican los pasaportes y muestra que hay sorpresas en las cajas. “Yo nací en Senegal, crecí en Costa de Marfil e hice mi carrera en París, pero soy de origen libanés e iraní. Mis raíces están en el Líbano; mi familia, en África y mi cabeza, en Europa”, dice al comenzar la entrevista, desordenando la estantería.

“El Líbano es un país muy pequeño con múltiples influencias culturales y con una historia bastante notable de emigración. De sus orígenes destaca la influencia fenicia, que ha forjado el carácter comerciante y viajero de su gente. En la historia reciente, a mediados del siglo XIX, muchos libaneses se marcharon a Sudamérica. Por eso no es raro encontrar importantes colectivos del Líbano en distintos países de América del Sur. En 1920, esa corriente se repitió. La diferencia es que los barcos hicieron escala en África; principalmente, en Senegal, y muchos libaneses decidieron quedarse allí. Esa es la historia de mis abuelos”, resume en un castellano impecable.

Jouhaina nació en Senegal, pero cuando tenía cinco años, su familia se trasladó a Costa de Marfil. “Emigramos por el trabajo de mi padre, que es comerciante. En la costa occidental africana hay mucha presencia libanesa -señala-. Como muchos otros niños, yo crecí allí. Viví allí hasta los 17 años y, cuando terminé el bachillerato, me fui a París a estudiar. Es preciso entender que las opciones educativas en África eran limitadas -agrega-. En cierto modo, los jóvenes libaneses volvimos a emigrar, como nuestros abuelos, solo que con una finalidad académica”, señala.

La finalidad de Jouhaina -o, más bien, la de su familia- era que estudiara Economía. “Realmente no me atraía la carrera, pero la hice, y también hice el máster en Gestión de Empresas. En ese momento, era muy obediente y muy seria”, dice con una sonrisa. “Eso sí, una vez que terminé los estudios, cuando hice ‘lo que debía hacer’, decidí lanzarme a explorar otras cosas que me gustaban más, como los idiomas, los viajes y las culturas. Había pasado cinco años en París y quería conocer otros lugares”, explica.

De París a Barcelona

El deseo se materializó en un viaje de tres meses a Barcelona. “Bueno… Tres meses era lo previsto, porque viajé para estudiar castellano, pero terminé quedándome un año”, aclara. “Encontré trabajo en una inmobiliaria y pude prolongar mi estancia allí. La verdad es que estaba encantada. Yo venía del agobio de París, una ciudad donde se vive con mucho estrés y mucho individualismo, y me encontré con una ciudad diferente, con otro ritmo y otras costumbres. Claro que no se puede generalizar; tengo amigos parisinos que son unos soles, pero el estrés de la ciudad hace mella en la gente”, describe.

Al año en Barcelona le siguió otro en Senegal. “Me hicieron una oferta de trabajo muy buena y acepté, pero no conseguí adaptarme al país. Mi mentalidad es europea, aquí me siento realmente bien, y eso que toda mi familia está en África -reconoce-. De hecho, de mis hermanos soy la única que no ha regresado. El concepto, no solo de mi familia sino también el cultural libanés, es que los jóvenes se marchen, estudien y vuelvan para continuar y mejorar el negocio familiar. Yo me he desmarcado de esa tendencia”, dice.

En cambio, se ha radicado en Bilbao, una ciudad a la que siente su hogar y donde ha decidido emprender. A mediados de abril, Jouhaina abrirá una tienda de complementos y moda de jóvenes diseñadores. “He hecho muchas cosas y he trabajado en distintas áreas porque creo que uno no debe ceñirse a una única cualidad o afición. Ahora, que ya no soy una cría, me atraía mucho la idea de afincarme y empezar algo propio. A mi familia la visito una vez al año, casi siempre en Navidad, y ellos también vienen a verme un par de veces al año. Saben que estoy feliz, que he encontrado mi lugar “Me cautivó de forma inesperada”, asegura.

2015 Asia África Ellas