362 | Thomas

Decidió venir a Bilbao mientras estaba en una cafetería de Seattle. En ese entonces, hace ya cuatro años, vivía en Estados Unidos, el país que había elegido para estudiar en la universidad. Cuando ocurrió lo de la cafetería, Thomas Komair ya había terminado su carrera y trabajaba en el departamento de I+D de Digipen, un prestigioso instituto tecnológico. “Estaba allí, se me acercó el director y me preguntó: ‘¿Te gustaría trabajar en Bilbao?’ Le respondí enseguida que sí. Tenía ganas de estar más cerca de mi familia y mis amigos, que están repartidos entre Londres, París y Beirut. Además, con 22 años, no tenía ataduras y me apetecía un cambio”.

Thomas viajó a Euskadi para poner en marcha la sede europea del instituto -especializado en en desarrollo de videojuegos-, donde en la actualidad es profesor. “Al principio fue difícil por el idioma, si bien estudié castellano para poder comunicarme. Tenía muchísimo trabajo, recién empezábamos. Estábamos ubicados en la Cámara de Comercio de Bilbao y teníamos que hacer de todo, además de enseñar, así que durante el primer año casi no tuve vida social”, cuenta con humor. “Después fui haciendo amigos. Uno de ellos acabó siendo mi compañero de piso y ahí empecé a relacionarme más”.

Lo del idioma, para él, es un asunto fundamental. “En el trabajo no hay problema, porque las clases se imparten en inglés. Todos los cursos, el material didáctico y el lenguaje de programación están en inglés. Pero después está la vida en la calle, donde poder tener una conversación más o menos fluida es muy importante. A los vascos les gusta mucho hablar y, si no puedes seguirlos, si te quedas corto, pierden el interés”, señala Thomas, que a pesar de su juventud tiene bastante experiencia en adaptarse a diferentes entornos.

De madre francesa y padre libanés, Thomas nació en Francia, pero se fue a Beirut cuando tenía cinco años. “Mi padre es médico y se trasladó a trabajar allí, así que nos mudamos con él. Viví ahí hasta los dieciocho, cuando me marché a Estados Unidos a estudiar. Mi mentalidad profesional es estadounidense y técnicamente soy francés, aunque me siento más libanés que francés, ya que toda mi infancia transcurrió allí. Las calles que recuerdo, donde jugaba a la pelota, son esas”, describe. “En cuanto a Bilbao -añade- es una ciudad en la que me siento muy cómodo. Vivir aquí ha sido mi elección, y es algo que me planteé a largo plazo. Cuando cambias tanto de país, hay un punto en el que te cansas de rehacer tu vida”.

Thomas explica que se siente “adoptado” por la ciudad y su gente. El País Vasco le ha dado la oportunidad de estar más cerca de su afectos, pero también de estrechar nuevos lazos mientras se desarrolla en el plano profesional. “Disfruto mucho de mi trabajo porque el área que tocamos es muy creativa. Los videojuegos están en su mejor momento y esta es la carrera de moda; tiene futuro. Además, una vez que sabes desarrollar un videojuego, aprendes a desarrollar otras aplicaciones. La carrera combina la formación informática con la artística”, detalla.

Y añade un dato tan curioso como que, “durante dos dos primeros años, apenas tocas el ordenador. Aprendes a dibujar, estudias anatomía, diseñas personajes y te formas en animación y en crear las historias”. De hecho, uno de los principales retos para él, como profesor, es gestionar el entusiasmo inicial de sus alumnos. “Antes de correr hay que aprender a caminar. Hacer un videojuego es fácil… Pero hacer un buen videojuego no lo es. Se requiere mucha formación, horas, constancia y saber trabajar en equipo”, subraya. “Si el proyecto es serio, tienes que pensar en unas veinte o treinta personas trabajando durante dos años, más las campañas posteriores de marketing”.

Abuelas con smartphone

Thomas pone especial énfasis en esto último, ya que es una de las claves del éxito. “Existen videojuegos muy, muy simples, que ni siquiera son nuevos, porque están basados en otros más antiguos, y que sin embargo arrasan. Muchas veces surge la pregunta de cómo es posible que un juego tan pequeño y tan básico funcione así de bien. Y hay tres razones fundamentales. Una es el presupuesto invertido en marketing y publicidad. La otra, que son juegos gratuitos, al menos en su versión básica. Y la tercera es que están pensados para dispositivos móviles. La plataforma ya está en el bolsillo de todo el mundo. ¡Hasta mi abuela tiene un smartphone!”.

Así y todo, él reconoce no ser un buen cliente potencial. “Juego muy poco porque tengo poco tiempo libre y me gusta disfrutar de la vida aquí, que se hace en la calle, no en casa. Salgo al monte con mis amigos y mi novia, hago deporte… Y no soy un buen compañero de videojuegos, ya que me pongo a analizar las cosas, me fijo en los detalles, en lo que está mal. ¡La gente se aburre jugando conmigo!”

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2015 Asia Ellos Europa

339 | Mohamad

Mohamad Ghaleb es palestino. Vive en Bilbao con su mujer y sus tres hijos desde hace cinco años, aunque ha pasado casi una década desde que se marchó de Ramala, su ciudad. Tras vivir en Andalucía y Madrid, finalmente se asentó en Euskadi, si bien prefiere pasar de prisa por ese capítulo de su historia, el que le transformó en un refugiado. “Me duele recordarla -explica-. Fue difícil y de mucho sufrimiento”. Hace una pausa, baja la voz. “Mi experiencia no es relevante en un momento como este. Yo tuve suerte, me pude ir”. En menos de dos minutos, consigue restarle importancia al trastorno que supone la migración forzosa, el asilo político, el exilio.

La conversación con Mohamad se desarrolla un jueves por la tarde. El mismo jueves en que fue bombardeado el colegio de primaria de Beit Hanún, un edificio que la ONU había habilitado como refugio para los ciudadanos desplazados por la operación militar israelí en Gaza. Entre los muertos y los heridos, hay mujeres y niños. El suceso condiciona la charla con él, que está visiblemente consternado. Hasta una simple pregunta de cortesía -¿cómo estás?- adquiere una connotación completamente distinta, más llena de significado. Profunda.

“Cómo voy a estar -responde, inquiriendo-. Estoy lleno de dolor. Hace apenas una hora que han bombardeado un refugio, que han matado a más personas, que han dejado claro a todo el mundo que ya no hay sitios seguros, ni mezquitas, ni hospitales, ni colegios. Están destruyéndolo todo, acorralando al pueblo, a la gente, como si fueran animales. Cortan carreteras y accesos. Cercan por tierra y por mar. No dejan pasar provisiones, ni ningún tipo de ayuda. Y matan. Matan a niños, mujeres y ancianos. Matan todo lo que se mueve sobre la tierra”.

Sus palabras y, sobre todo, el tono de su voz dejan claro que no hace falta estar en la línea de fuego para sufrir un impacto y quedar devastado. “Estoy a salvo de las bombas. Como cualquier persona de aquí, lo leo en los diarios, lo miro en la televisión. La diferencia es que yo tengo allí a mi familia. Mi madre y mis hermanos viven en Palestina. Están en Ramala, no en Gaza, pero la situación también es complicada. También están mal. Hay enfrentamientos, mucha tensión. Y está todo mezclado. Para desplazarte de un lado a otro, como si dijéramos de Barakaldo a Sestao, tardas tres o cuatro horas en coche por los controles, las colas y retenciones. Llegas más rápido a pie”, explica a modo de ejemplo.

Sin escenario para la normalidad

Y es que la vida cotidiana no es nada fácil en Palestina, una tierra árida, seca, que cada tanto es regada con bombas. “Esto que pasa ahora no es nuevo. Ya ocurrió en 2012, en 2008… Y no es solo el ataque o la violencia puntual. No. Es que cada vez se destruye un poco más el escenario para una vida normal. ¿Por qué crees que me marché de mi tierra y pedí asilo fuera? No lo hice por mí, que ya soy un adulto. Lo hice por mis hijos. Quería que tuvieran la oportunidad de estudiar y trabajar, que vivieran en un entorno estable y seguro. Que tuvieran una infancia normal”. Mientras lo dice, sus hijos están en el parque, disfrutando de las vacaciones de verano.

“Si yo no hubiera tenido familia, me habría quedado allí. Cuando estás solo en el mundo, no tienes nada que perder. Pero yo los tenía a ellos y quería darles una vida tranquila, sin miedos. Estoy aquí por mis hijos, esa es la verdad”. La voz de Mohamad se dulcifica al hablar de sus afectos y al comentar, agradecido, que “mucha gente de Esukadi se interesa por lo que ocurre en Palestina y muestra su apoyo y solidaridad”. Pero se vuelve cavernosa cuando sus pensamientos regresan a Gaza.

“Mira, todo el mundo sabe lo que está ocurriendo allí. Yo solo quiero aclarar que no es ‘una guerra’. Es una masacre. Los palestinos están acorralados, sin ningún tipo de ayuda. El ejército israelí es el mejor armado del mundo. Nuestra gente no puede defenderse. ¡Ni siquiera puede ir a pescar! El pueblo sufre los ataques. Los niños sufren. Hay dolor, imposición, rencor, persecución… y lo peor es que el mundo entero mira esto sin inmutarse. Esto es lo que me indigna, lo que me duele: que Estados Unidos y Europa no hagan nada, la violencia sostenida, la impunidad”.

Mohamad tiene claro que la solución “está en manos de Israel”, lo cual viene a significar que “es posible, pero difícil”. Hace otra pausa. Suspira y dice: “Mientras ellos no quieran que esto acabe, no acabará. Y no quieren, claramente, no quieren que termine. Siguen sembrando dolor. Prometen y no cumplen. Rompen su palabra. ¿Qué va a hacer un ciudadano palestino ante eso, decir ‘vale, vale, mata a mis hijos, rómpelo todo’? No, claro que no. La violencia genera más violencia. Es triste, pero es así”.

2014 Asia Ellos

335 | Joannès

Joannès Berque es ingeniero oceanógrafo. Su especialidad es la energía marina, desde la eólica offshore hasta la que se genera en las olas y en las corrientes del mar. Hace dos años llegó a Euskadi para trabajar en Tecnalia, en el parque tecnológico de Zamudio, e investigar en el desarrollo de las energías renovables. “De todas las cosas que me gustan de aquí, la más importante para mí está en el plano profesional, en tener la oportunidad de trabajar en el campo que más me interesa”, dice él, que también destaca la apuesta que se ha hecho por las renovables en el País Vasco.

Desde su punto de vista, aquí hay un gran interés empresarial “en los temas estratégicos de futuro y una coherencia política que se ha sostenido en el tiempo y ha permitido desarrollar industrias y empresas tecnológicas muy fuertes, capaces de competir con las mejores del mundo, y ganar”. Después de haber vivido y trabajado en distintas partes del planeta, es consciente de que esta apuesta es bastante excepcional. “No es el caso en otros lugares”, sostiene, al tiempo que apunta los diversos beneficios de la energía eólica.

“Soy ingeniero, no un experto en política o economía capaz de explicar por qué cuesta tanto hacer el cambio hacia las energías renovables -matiza-. Es un largo tema de debate. Lo que sí puedo decirte es que las renovables han recibido una financiación pública muy pequeña comparada con lo que se invirtió para desarrollar la nuclear hace unas décadas. Por otra parte, cuando pagamos por la electricidad, no es lo mismo que el dinero se use para importar combustibles fósiles a que se use para las renovables, que crean muchísimo más empleo y que pagan impuestos. Solo contabilizando esos beneficios, ya es más barato el viento que el gas. Y a eso hay que sumar que, si se avanza en la sostenibilidad y la seguridad energética, le dejaremos un problema menos a nuestros niños”, subraya.

Hace este apunte como profesional y como padre que, por cierto, valora mucho el trato que reciben los peques en Euskadi. “Me gusta que la sociedad vasca sea tan atenta con los niños pequeños. Hay detalles, como ir a un restaurante con un bebé, que en otros lugares es más complicado y menos agradable que aquí”, expone Joannès, que nació en Japón, creció en Francia y ha vivido en Mauritania y Estados Unidos. “Me resulta difícil imaginar cómo sería yo mismo si no tuviera esa experiencia de diversidad. Lo que sí sé es que un objetivo esencial de mi vida es conocer varias culturas, varios paisajes y diferentes maneras de ver el mundo”.

Tokio, un comienzo

Sabe bien de lo que habla, y no solo porque ahora sea inmigrante, sino porque él mismo es fruto de la mezcla cultural. “Mi padre es francés y fue a Japón a investigar el uso del espacio en ese país. Ahí conoció a mi madre, que es japonesa y había ido a Tokio a estudiar”, resume. “Muchas veces me preguntan si me considero más japonés que francés, o viceversa, y creo que me siento ambas cosas. En Japón me siento más francés, en Francia me siento más japonés… y en terreno neutro, como cuando trabajé en África, me siento realmente los dos, aunque la identidad allí está marcada principalmente por la diferencia enorme que supone proceder de países más ricos desde el punto de vista material”, reflexiona.

Así, cuando le preguntan por la interculturalidad, él ofrece una respuesta ambivalente, que tanto podría aplicarse a las renovables como a la convivencia social. “La diversidad cultural tiene un potencial fantástico de enriquecer a las personas, las familias o las sociedades. Pero no es algo automático. La integración es difícil y puedo decir que he visto a personas o familias que no han podido disfrutar de este potencial y, al fin, han sufrido mucho por ello. Hoy esta es una de las cuestiones más acuciantes que surgen en los países, como consecuencia de la globalización, que ha permitido vincular y mezclar culturas que eran completamente ajenas hace veinte años. Supongo que el éxito o el fracaso dependerán de nuestras decisiones y de las culturas con las que interactuamos”, apunta.

También añade que él es “optimista” en este tema. “Una razón es que ya hubo antes otros retos de este tipo y, en la mayoría de los casos, se resolvieron bien. Por ejemplo, aquí en Euskadi, hubo una gran afluencia de personas de otras partes de España, que venían del campo a la industria, y de su pueblo a las ciudades vascas. Eso es un reto cultural muy serio que tuvieron que encarar tanto esas personas como la sociedad vasca que les acogió. Al final, dio buenos resultados, pero no debemos subestimar la dureza de la vida de los inmigrantes de esa generación, ni la transformación enorme que tuvo que asumir la sociedad local para manejar el reto con éxito -matiza-. Ahora, con culturas aún más diferentes y que llegan desde más lejos, quizá el reto sea mayor, pero en muchos sentidos se parece al que le precedió”.

2014 Asia Ellos Europa

331 | Andrés

Abuela donostiarra. Padre barcelonés. ¿Y él? Ruso, moscovita, aunque sea imposible deducirlo por su nombre. “Me llamo Andrés Campos y soy de Moscú. Mi abuela emigró a Rusia cuando mi padre tenía pocos meses, para escapar de la Guerra Civil. Se marcharon en 1939. No eran buenos tiempos para militar en el Partido Comunista”, dice mientras se presenta. “Mi padre nació en Barcelona en enero del 39. Ese verano, la familia se trasladó a París y, poco después, a Moscú. Él fue un ‘niño de la guerra’ y, como la mayoría de estos niños, ellos o sus familias procedían de aquí, del norte”, agrega.

El padre de Andrés creció en Moscú. Allí conoció a su mujer y formó a su familia. “Mi madre era rusa, mi segundo apellido es Fatiew -puntualiza-. Yo fui su único hijo y, al igual que ellos, crecí y me eduqué en la Unión Soviética”, explica él, que tenía 23 años cuando la URSS se disolvió. A partir de aquel momento, su vida encadenó una sucesión de cambios. Entre ellos, el retorno de su familia a Euskadi. “Primero regresó mi abuela. Vino en grupo, con otros vascos de Bilbao, Portugalete y Barakaldo. Tiempo después, vino mi padre, cuando mi madre murió. Por un lado, él lo estaba pasando muy mal por haberse quedado viudo. Por otro, mi abuela estaba ya muy viejita, así que él decidió viajar, quedarse con ella y cuidarla”, resume.

Andrés no se planteaba emigrar. Mecánico de oficio, trabajaba en una empresa que fabricaba cigarrillos y, antes de eso, había trabajado en una imprenta estatal, montando revistas y libros. Formó su propia familia. La vida era como se suponía que debía ser. O no, porque la añoranza pesaba en el pecho y la economía hacía mella en el bolsillo. “Hace quince años, la situación de mi país era mucho peor que ahora. Era difícil mantenerse. Y, como ahora, Moscú era una ciudad muy cara. Por eso decidí marcharme con mi mujer y mi hija. No tenía un plan, pero elegimos Bilbao porque aquí estaba mi familia”, cuenta él, que llegó a Vizcaya con el comienzo del siglo.

“Fue un cambio muy grande -relata-, pero no por el entorno o por el idioma. Lo más complicado fue empezar desde cero con la edad que tenía entonces, 36 años. No era tan jovencito”, explica. “Cuando llegamos, lo primero que hice fue estudiar y aprender castellano. Era lo mínimo para comenzar a buscar trabajo”, añade Andrés que, poco a poco, se fue abriendo paso en el mundo laboral, aunque con matices. “Estuve trabajando en una fábrica de Loiu durante siete años, pero contratado a través de una ETT. La empresa cerró y me quedé sin empleo”. Lo cuenta con resignación, consciente de la situación general y la personal. “He echado cientos de currículums y he perdido la esperanza. Soy realista. Además de la crisis, tengo casi 50 años y un lugar de nacimiento sospechoso”.

Mejor no significa bien

La edad es un condicionante implacable. Y es, entre otras cosas, lo que más le frena para volver a Moscú. “¿Empezar otra vez, con 50 años, desde cero?”, se pregunta con un tono que contiene la respuesta. “No. No es viable. Además, una cosa es que mi país esté mejor que antes y otra cosa es que esté bien. Lo sé porque he ido y porque tengo amigos allí, con los que hablo a menudo. La ciudad es muy cara y el problema no es que no haya trabajo; el problema es que pagan muy poco y no te alcanza para subsistir. Y las mejoras… son más aparentes que reales”, describe.

Euskadi le ofrece, en cambio, cierta seguridad, lazos afectivos y un entorno que él valora y aprecia. “Incluso el clima me gusta. El invierno de Moscú es muy duro. Los termómetros van de 11 a 20 grados bajo cero. Estar aquí a 10 grados con lluvia no es nada”, compara entre risas. “Pero el verano… allí sí que es duro, con los edificios, el tráfico y el asfalto. Aquí, con 28 grados, estás estupendamente; hay una brisa atlántica muy agradable. En mi ciudad no. Lo pasas mal”, asegura.

También es de suponer que lo esté pasando mal ahora, cuando mira las noticias internacionales sobre la situación de Crimea, no solo porque él sea ruso, sino porque sus suegros viven allí. Concretamente, en Sebastopol. Sin embargo, Andrés le quita hierro al asunto. “Históricamente, esto era una cuestión de tiempo. Tarde o temprano iba a suceder. Las maneras son cuestionables, por supuesto, pero también hay que decir que se exagera mucho. Yo tengo la ventaja de poder leer en los dos idiomas, puedo cotejar la información, y lo cierto es que se está exagerando. Mis suegros, por ejemplo, están bien. Hablamos por Skype y nos cuentan que la ciudad está tranquila, que hay más productos y alimentos en las tiendas… Cuando me preguntan aquí, lo digo, aunque la verdad es que no me preguntan mucho. Me parece que no hay interés. Preocupan más los problemas cercanos, como el paro y la corrupción”.

2014 Asia Ellos Europa

298 | June

Si algo tienen en común los vascos y los japoneses, además de su longevidad, es su gusto por la cocina y su exquisita gastronomía. «Existen varias similitudes, aunque quizá la principal sea el respeto por la materia prima, por el sabor original. A diferencia de la cocina mexicana o hindú, donde los condimentos se llevan el protagonismo, la cocina japonesa sólo utiliza tres aderezos. Su complejidad no está allí, sino en los cortes, la elaboración y las técnicas de cocción», explica June Yamaguchi, que conoce tan bien los fogones de su país como los de Euskadi.

«Otra semejanza importante -prosigue- es el gusto por el pescado: Japón es el primer consumidor del mundo. España, el segundo. La presencia del mar en nuestras mesas es indiscutible», afirma, aunque haya curiosas diferencias. «Para nosotros, un besugo o un rodaballo a la parrilla es un manjar. Nos deleitamos aquí solo con verlo. En Japón, el pescado más consumido es el atún, y otro que despierta gran afición es el pez globo. Y es interesante, porque tiene veneno y hay que saber cocinarlo para no intoxicar a los comensales. De hecho, es obligatorio sacarse el carné de manipulación de pez globo».

June podría pasarse horas hablando de gastronomía, de los rasgos principales y de las desconocidas sutilezas. Podría hacerlo y lo hace, porque en eso consiste una parte trabajo. «Soy guía gastronómica en el País Vasco. Recibo a turistas japoneses en San Sebastián, y les acompaño a descubrir las bondades de la ciudad y su cocina», explica. En sus itinerarios no faltan los restaurantes con estrellas Michelin ni los bares de pintxos, donde «se utilizan las técnicas de los grandes chefs de manera cotidiana. Toda una sorpresa para quien viene de fuera», argumenta.

Entre rutas y degustaciones, June explica a sus clientes que «Donosti es la capital de la cocina vanguardista», les habla de las sociedades gastronómicas, del poteo y de iniciativas como el Basque Culinary Center. Y, así como les guía por los sabores de Euskadi, impide que cometan los errores típicos de turista. «Nunca falta quien me pide para comer una paella. Y no les dejo. Este no es el lugar donde comer ese plato. En cambio, les ofrezco algo genuino, como un arroz con txipirones o con almejas», indica.

«El japonés es un tipo de turista que siempre incluye el aspecto cultural en sus viajes. Por eso elige con frecuencia España, porque reúne más de sesenta propuestas que son Patrimonio de la Humanidad. En Euskadi, particularmente, no hay muchos, salvo las cuevas rupestres y el Puente de Vizcaya, de modo que pongo todo el énfasis en la riqueza gastronómica y en la riqueza cultural que envuelve a la gastronomía», detalla June, aunque esta sólo es una rama de su trabajo.

El idioma de los fogones

Residente en Donosti desde hace años, donde su primer trabajo fue como profesora de japonés, June también colabora con los principales cocineros vascos. «En ocasiones, oficio como traductora e intérprete, tanto a nivel particular como en los principales congresos; aunque la mayor parte del tiempo me dedico a coordinar entrevistas y artículos con la prensa de Japón. Si un periodista de mi país quiere venir a conocer a un chef vasco, un restaurante o varios, yo me encargo de hacer de puente o de nexo; le facilito las cosas a ambas partes».

Asimismo, June coordina el Congreso gastronómico de Hakodate, que se celebra cada año y medio en Japón. «Acabo de volver -comenta-. Llegué hace un par de semanas. Mi trabajo consiste en llevar a los mejores cocineros vascos para difundir allí sus técnicas y su visión de la gastronomía». En esta ocasión, el ‘elegido’ fue Josean Alija, del restaurante Nerua Guggenheim Bilbao. «El tema central de este año era el bacalao, y él es un especialista», señala esta japonesa, que se reconoce «afortunada».

«Yo me fui de mi país hace quince años. Allí había estudiado español y quería perfeccionarlo. Viví un tiempo en Madrid y también en Barcelona, pero Donosti me conquistó y decidí quedarme. Al principio, daba clases de japonés. En aquel momento, la economía de mi país estaba en auge y había mucho interés por la cultura, en especial, por el manga. Me acerqué al mundo de la cocina como intérprete y traductora, de la mano de Luis Irizar y de Pedro Subijana. Y nunca más lo dejé: me apasiona. La verdad es que tuve suerte; fui muy bien recibida en Euskadi. Creo que conmigo ocurrió el ‘efecto panda’. Aunque es un oso chino, vale el símil: en su país es muy común; fuera, despierta interés».

2013 Asia Ellas

276 | Norma

Norma Brotonel es una mujer simpática y entrañable que, a sus 65 años, organiza su historia en dos partes: la que tuvo lugar en Filipinas, donde vivió hasta los 33, y la de Bilbao, donde reside desde entonces. «Llegué en 1981. He pasado la mitad de mi vida en cada sitio», calcula, aunque le asigna a cada tramo unos valores diferentes. «Las experiencias más intensas las he vivido aquí».

En su país, era profesora. Trabajaba en un instituto chino de Manila, «pero las clases -aclara- se impartían en inglés». Si bien era un buen trabajo, el dinero no alcanzaba. «No era suficiente para ayudar a mis padres y mis hermanos, así que empecé a pensar en la posibilidad de marcharme del país». La idea le resultaba atractiva, no solo por el aspecto económico o laboral, sino porque «nunca había salido de Filipinas» y tenía interés en conocer otras culturas, lugares y personas.

La oportunidad le llegó de la mano de una amiga que vino a Euskadi tres años antes que ella, y que un día la llamó para decirle que, si quería trabajo, aquí podía encontrarlo. Entre las ventajas, primaba la oportunidad de viajar al extranjero; algo que, en aquel entonces, para una persona de clase media «era prácticamente imposible». También influía el hecho de que en Bilbao ganaría el doble que en Filipinas y casi no tendría gastos, ya que el empleo que le ofrecían era en una casa de familia, como interna. En contrapartida, el trabajo sería muy duro, y su amiga se lo advirtió: «Me dijo que era difícil y muy distinto a lo que yo hacía en mi país».

Decidió venir de todos modos, sin saber que el umbral del «trabajo arduo» estaba varios pasos más allá de donde llegaba su imaginación. «Sí que era diferente -recuerda-. Yo creía que ciertas cosas solo pasaban en el cine, hasta que llegué a Bilbao». En su trabajo, Norma tenía varios uniformes: «para la mañana, para la tarde, para cocinar, para cuando venían los invitados… Debía usar guantes de tela, una cofia y un delantal, y hacía un poco de todo. Era la doncella, aunque también había cocinera, planchadora y costurera», relata.

El horario de trabajo era extenso. «Todos los días me levantaba muy temprano, a eso de las seis, y no me acostaba hasta las doce de la noche o la una de la mañana, después de servir la cena a los señores. Tenía que esperar a que llegaran a la casa y, mientras no lo hicieran, no me podía ir a dormir, a menos que me avisaran. Durante el día, limpiaba. Hacía las camas, que eran siete y eran antiguas, así que pesaban mucho. Me costaba mover los muebles para pasar la aspiradora y nadie me ayudaba. Las demás empleadas no eran internas; hacían los suyo, cumplían su horario y se iban, pero yo no. Terminaba tan cansada que, al día siguiente, me costaba mucho levantarme».

Aprender el idioma

Al margen de las condiciones laborales y el cansancio, aquel primer empleo tenía un problema añadido: la falta de tiempo para estudiar. «Cuando llegué aquí, una de las primeras cosas que comprendí fue que necesitaba aprender el idioma. De niña, en la escuela, había tenido una asignatura de español, pero nunca le había prestado atención porque no imaginaba que algún día lo podría necesitar. Lo cierto es que, al llegar, yo solo hablaba tagalo e inglés. Tenía enormes dificultades para comunicarme…». Sus horarios de trabajo no dejaban tiempo libre para asistir a la Escuela de Idiomas, algo que le «habría encantado», así que decidió que la mejor opción -la única- era aprender por su cuenta.

«Miraba la televisión y leía muchas revistas en el sótano de la casa. Poco a poco, empecé a entender y a manejar más palabras; pero los verbos, por ejemplo, todavía me cuestan», reconoce Norma, que se quedó en aquella casa durante dos años, hasta que cambió de empleo. En sus más de treinta años de trabajo, tuvo mejores y peores experiencias, aunque ninguna fue tan nefasta como para regresar a su país. «Lo pensé, ¿eh? Sobre todo, al principio, que fue tan difícil. Pero luego las cosas fueron mejorando. Trabajé mucho tiempo cuidando a unas niñas y aquello me gratificaba mucho. Realmente lo disfruté», dice.

A lo largo de estos años, se casó y se jubiló. «Hoy tengo mi pensión y me dedico a hacer otras cosas». Entre ellas, presidir la asociación de filipinos Pagkakaisa, organizar campeonatos de voleibol, participar en la Plataforma de Inmigrantes de Getxo y colaborar con otras ONG. «En esta etapa de la vida, es muy bonito propiciar el encuentro», concluye.

2013 Asia Ellas