424 | Jue

Se lanzó a la aventura con veinte años de edad. En ese entonces, Jue Jin era estudiante de arquitectura en China, su país de nacimiento, pero ya vislumbraba que la carrera no era un camino de rosas. “Allí es una profesión machista, donde predominan los hombres, tanto en el ámbito del diseño como en las obras que supervisas. No es fácil para una chica desenvolverse en un entorno tan masculino, y menos cuando tienes inquietudes”, explica Jue, que tenía más interés en “ver mundo” que en luchar contra él.

La idea de realizar un viaje fue cobrando mayor fuerza y, finalmente, cuajó. Era 1998 cuando, a pesar de las reticencias familiares, Jue se montó en un avión que la llevó de Asia hasta Europa; de Wenzhou a Valladolid, donde llegó “sin conocer ni una palabra de español, ni siquiera ‘hola’”. En contrapartida, conocía gente. De ahí que eligiera a la capital vallisoletana como su destino inicial de residencia. “Siempre había sentido curiosidad por España y tenía familiares viviendo allí, por eso escogí esa ciudad en lugar de cualquier otra”, señala Jue.

La experiencia duró sólo seis meses. Transcurrido ese tiempo, se marchó a Alicante, donde vivía una de las mejores amigas de su madre. Allí estuvo casi tres años, trabajó en hostelería y restauración, aprendió lo fundamental del sector y, sobre todo, aprendió a hablar español. “Estudié en la Escuela de Idiomas y me saqué el título”, dice en un castellano casi perfecto. “Eso sí, aún me cuesta pronunciar la erre, como a casi todos los chinos. Es un fonema complicado para nosotros”, agrega entre risas.

Mientras Jue vivía en Alicante, su hermana y su cuñado fijaron residencia en Bilbao y abrieron un restaurante. “Me llamaron para que viniera y trabajara aquí con ellos”, resume ella que, en la actualidad, está encargada del negocio. “Llegué a Vizcaya hace siete años y de aquí no me muevo más -dice-. Me encanta el País Vasco, su gente, el modo de hacer las cosas, la cultura y hasta el clima. Aunque somos diferentes, compartimos algunas cosas, como el valor de la familia, la dedicación al trabajo o el gusto por la comida”, señala Jue, que ha visto a muchos vascos atreverse con los platos típicos de China. “En el restaurante celebramos bodas y servimos comida típica de nuestro país, como ensalada de medudas o patas de pollo -explica-, Al principio, sólo lo hacíamos para nosotros, pero cada vez hay más occidentales que se animan y los prueban”.

Intercambio cultural

La contraposición de oriente y occidente es todo un tema; por lo menos para Jue, que se considera de ambos sitios y, a la vez, de ninguno. “Desde que me fui de China, siento que vivo siempre en la frontera. Además de mis rasgos, todavía conservo muchas costumbres de mi país, de modo que nunca seré vasca del todo. Pero, por otro lado, he vivido aquí once años, la tercera parte de mi vida. He aprendido muchas cosas, mi concepción del mundo ha cambiado y eso provoca que no me sienta china al cien por cien”, explica Jue que, además de trabajar en el restaurante, tiene su propia tienda de complementos y ayuda a superar las barreras del idioma a los niños pequeños que son adoptados por parejas vascas en China.

“Me gusta el trabajo y siento la necesidad de estar activa. A veces, en los días bajos, me pregunto para qué hago tanto; de qué me sirve todo esto. Pero después, cuando viajo a mi país y hablo con mis antiguos amigos, vuelvo a enfocarme. Con treinta años, ya todos están casados y tienen hijos. Yo no he seguido ese camino, y entonces me perciben como un ‘bicho raro’. A su vez, yo les oigo hablar, escucho sus ideas, lo que dicen, y me siento lejos, muy lejos de su manera de entender el mundo”, describe Jue. Y añade: “Para algunos, me he occidentalizado demasiado, pero no puedo ni quiero evitarlo. Lo que más me gusta de mi trabajo es hablar con la gente, intercambiar puntos de vista. Cuando emigras, hay algo invisible y poderoso que te empuja a superarte, a crecer y mejorar”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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