423 | Koudjo

–¿Cómo se escribe tu nombre?
–Koudjo Mawuli Klevo.
–¿Klevo es el apellido?
–Sí. En Togo solo usamos el apellido paterno. La revolución feminista no ha llegado todavía a mi país; es una pena. El apellido de mi madre es Balo. Sería bonito incluirlo porque le tengo muchísimo respeto.

La respuesta y el comentario de Koudjo esbozan muy bien su manera de pensar y permiten entrever cómo funcionan algunas cosas en el país del que se marchó hace ocho años, aunque para contar eso él es mucho más explícito y concreto. Los dos años que ejerció como periodista se notan.

“Togo vivió una dictadura de casi cuarenta años. Desde 1967 el país estuvo bajo el mando de Gnassingbé Eyadéma. Cuando murió, en 2005, una parte de la sociedad creyó que empezaba un periodo nuevo para el país. Los jóvenes, sobre todo, pensábamos que la gestión iba a cambiar, que iba a haber más democracia, pero nos equivocamos. Tras su muerte se suponía que debían celebrarse elecciones… Eso no sucedió. El ejército apoyó a Faure Gnassingbé, el hijo del dictador, que todavía sigue en el poder como presidente”.

“Es decir que seguíamos igual. Iba a ser más de lo mismo –prosigue–. Yo estaba ahí, tenía 23 años. Había estudiado Filología Inglesa y Literatura, trabajaba como periodista. Estaba ahí pero no quería estar ahí. Esa no es una situación cómoda para una persona inteligente, formada y con otra perspectiva de la vida. Es muy difícil vivir bajo una dictadura cuando crees que la política debería mejorar la vida de la gente –razona–. Tenía que buscar una salida”.

La encontró en 2008, gracias a la Expo de Zaragoza. “Unos años antes, había estado en Sierra Leona, en unos encuentros de jóvenes sobre la transformación de conflictos. Como la Expo trataba sobre el agua y el desarrollo sostenible, se acordaron de mí y me invitaron. Vine a España como periodista, en avión y con un visado Schengen en el pasaporte”, detalla. “Para mí era todo un privilegio porque hay mucha otra gente que no puede viajar. También fue la oportunidad de hacer un cambio grande en mi vida. Cuando llegué, decidí no volver”.

Durante su estancia en Zaragoza, Koudjo contactó con un primo suyo que vivía en Suiza. Quería quedarse en Europa y le daba igual la ciudad. Lo que buscaba era un sitio donde hubiera alguien conocido o, al menos, alguien de referencia. “Mi primo me puso en contacto con un amigo suyo, de Sevilla, que a su vez me pasó los datos de otro chico que estaba aquí en Bilbao. Así vine al País Vasco, en autobús desde Zaragoza y con un nombre y un número de teléfono apuntados en un papel. El caso es que llamaba al móvil y siempre estaba apagado. Jamás llegué a conocer a esa persona”.

Dos togoleses, una casualidad

En cambio, encontró de casualidad a dos togoleses como él, que lo alojaron en los primeros tiempos. “Los oí hablar y me acerqué a ellos. Hablaban mi idioma y me guiaron en la ciudad y con los trámites. Así empezó mi vida aquí”, recuerda Koudjo, aunque matiza que no fue fácil. Los ‘papeles’, la subsistencia y el idioma fueron los primeros obstáculos que surgieron en su camino y que él afrontó acercándose a distintas ONG para trabajar como voluntario y conocer a otras personas. “Fue duro, pero no me arrepiento. Seguí formándome, aprendí otras cosas, y además soy más útil para mi familia y mi país desde aquí”.

Tardó años en conseguir un contrato y regularizar su situación. A día de hoy, es el coordinador general en Investing in Youth, un foro europeo de jóvenes preocupados por el desarrollo social, los derechos humanos y las oportunidades para la juventud. También es el secretario de Novsi Elkartea, una asociación solidaria entre Euskadi y Togo. “Acabamos de recibir una donación de 8.000 libros y ahora estamos viendo cómo hacerlos llegar a mi país”, cuenta agradecido y con mucho entusiasmo. Y es que para Koudjo, la clave del desarrollo y la integración está en la participación social.

“Hay que involucrarse. Las instituciones deben ofrecer espacios de encuentro, pero con eso no basta. La integración no se consigue con una varita mágica, sino con el esfuerzo de todos. Los extranjeros debemos tener más iniciativa. Pagar impuestos, pagar el IVA está bien, pero hay que ir más allá. Una vez que has dejado a tu familia, tus amigos, tu país, que has viajado tan lejos y lo has pasado mal, no vas a quedarte de brazos cruzados. No puedes. La inmigración trae riqueza, no solo económica. Es tarea nuestra mostrarlo. La participación social es clave para construir una sociedad que se pueda llamar inclusiva”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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