Migrantes portugueses ahogados en el Bidasoa: 14 datos poco conocidos

Entre 1957 y 1974, cientos de portugueses murieron ahogados tratando de cruzar el río Bidasoa, frontera natural entre España y Francia. Estos migrantes huían del régimen dictatorial de Salazar y de la guerra de descolonización que Portugal acometía en África. Aquellos hombres y mujeres salieron de su país de forma clandestina y se jugaron la vida para convertirse en mano de obra barata y explotada en Francia. Entre medias, su dinero sirvió para que una red de pasadores que hubo en Irun y Hendaya se enriqueciera a su costa.

Por Ana Galdós

01 | Portugal, un país de emigración. Entre finales de los años 50 y principios de los 70, emigraron de Portugal alrededor de 1,5 millones de personas. Es decir: un 18 % de la población total del país y un 47 % de su población activa. Los conocidos como «ahogados del Bidasoa» formaron parte de un gran contingente de migrantes que partió rumbo a Francia. Estos llegaron a razón de unos 80.000 por año, así que en poco tiempo la portuguesa se convirtió en la comunidad extranjera más importante del país galo. Dado que este se encontraba en plena expansión económica, les abrió sus puertas por ser una mano de obra blanca y católica. Les dio trabajo y, con ello, papeles. A cambio, eso sí, los portugueses tuvieron que vivir en condiciones de miseria y hacinamiento.

02 | La dictadura y la guerra como fuerzas expulsoras. A principios de la década del 60, el régimen dictatorial de Salazar había entrado en guerra con sus provincias coloniales en África. Por tanto, todos los jóvenes en edad de hacer el servicio militar estaban obligados a combatir en Angola, Mozambique o Guinea Bisáu. Entre los ahogados en el Bidasoa, no solo hubo jóvenes que escapaban del servicio militar, sino africanos que huían también de la guerra con Portugal. Su situación recordaba a la de aquellos jóvenes españoles que emigraron a América a principios del siglo XX para evitar ser llamados a filas para la guerra del Rif.

03 | Datos inciertos sobre muertes… ciertas. No existen datos reales sobre el número total de muertos. Pero, según la prensa de la época, fueron cientos; de hecho, en 1973, el ABC publicó un breve artículo donde cifraba en 130 el número de personas ahogadas en el Bidasoa —80 portugueses y 50 africanos— el año anterior. Eran migrantes sin documentación que utilizaron los pasos clandestinos para cruzar la frontera. Conocían las dificultades y los riesgos, pero no tenían otra elección para escapar de la pobreza y de la guerra.

04 | Lo llamaban hacer el salto. Los migrantes portugueses podían salir de su país y atravesar España de forma legal, pero para ello necesitaban el pasaporte. Ahora bien, para obtenerlo, se les exigía mostrar el diploma de Educación Primaria y debían esperar más de 6 meses para que se lo entregasen. Estas dos condiciones abocaban a la mayoría a convertirse en clandestinos: muchos carecían de estudios —y, por tanto, de diploma— y casi todos iban a Francia porque allí tenían apalabrado un trabajo donde debían incorporarse inmediatamente, es decir, no podían esperar 6 meses. Al paso desde Portugal a España y de aquí a Francia lo llamaban «hacer el salto».

05 | Casi 800.000 portugueses en 10 años. Según el Ministerio de Interior francés, durante el periodo de mayor intensidad migratoria (1963-1973), cada año entraban en el país galo una media de 78.500 portugueses. Aunque es difícil estimar el número, se considera que el 55 % lo hizo de forma clandestina. Los migrantes viajaban escondidos en falsos fondos de camiones, en maleteros de coches o en trenes de mercancías. Descansaban en casas de particulares, que les acogían previo pago de una cantidad de dinero. Si las autoridades los interceptaban, no solo eran devueltos a su país, sino que podían ser encarcelados. En esos años, Portugal consideraba la migración clandestina como un crimen.


06 | Una historia tipo.
Adilia Moreira es una de esas migrantes que saltó a lo desconocido en busca de una vida mejor. Ella vivía en el norte de Portugal —la región más castigada por la pobreza— y, pese a estar embarazada de 6 meses y llevar consigo a su hija de 2 años, metió sus pertenencias en una maleta y se encaminó hacia la frontera con España. Allí, con la ayuda de unos pasadores, atravesó el país de forma irregular. Adilia recuerda el cansancio, el frío y, sobre todo, el miedo que les acompañó en aquel viaje de más de 600 kilómetros.

07 | Un viaje caro e inseguro. El pasador y el migrante acordaban un precio que, por lo general, equivalía a 6 meses o 1 año de su sueldo en Francia. En general, los migrantes no disponían de esa cantidad, así que se veían obligados a vender su patrimonio, a pedir préstamos a particulares o a hipotecar parte del sueldo que iban a cobrar en Francia. El primer pago se efectuaba en Portugal, en el momento de la salida. Después pagaban a los pasadores que les habían conducido hasta Gipuzkoa o Navarra para cruzar la frontera. Cuando llegaban a Francia, pagaban el resto. Sin embargo, hubo pasadores que no cumplieron su acuerdo y abandonaron a los migrantes en mitad del camino, como a los ahogados en el río Bidasoa.

08 | Irun y Hendaya: los puntos calientes. El río Bidasoa es la frontera natural que separa por el oeste Francia de España. Eso hace que la frontera oficial entre ambos países estuviese en los puentes que lo cruzaban. Ante la imposibilidad de cruzar los puentes y el desconocimiento del terreno, los migrantes se veían obligados a depender de los pasadores y a utilizar pasos clandestinos. De ahí que en Irun —la orilla vasca— y en Hendaya —la orilla francesa— existiese una red de personas que cobraban por esconder y pasar a los migrantes. Esa red incluía puntos de acogida, taxis y gabarras.

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El río Bidasoa, desde la costa de Hondarribia. Al fondo: Hendaya. Foto: L.Caorsi.

09 | El modus operandi. Cuando los migrantes llegaban a Irun, el pasador les llevaba a un lugar seguro que, por lo general, era una casa en el monte (baserri) o un hostal cerca de la estación de tren. Allí aguardaban hasta que el pasador consideraba que era seguro cruzar la frontera. Las posibilidades solían ser dos: cruzar el río a nado o en una pequeña embarcación denominada gabarra. Una tercera alternativa era que un taxista se apostara con el coche cerca de la frontera y, utilizando un código de luces con los faros del coche, señalase si la vía estaba libre o no para cruzar por el puente.

10 | La última etapa: después de la frontera. Al otro lado del río, ya en Francia, a los migrantes solían esperarlos taxis o camionetas que los llevaban hasta la estación de tren de Hendaya y de Bayona, donde un comité de compatriotas les recibía y les entregaba un billete de tren. Por lo general, se dirigían a una ciudad donde ya tenían a un familiar o alguna amistad. Sin embargo, cuando llegaban a su destino, se veían obligados a vivir en barracas y muchos no encontraron el trabajo prometido. La decepción y el desamparo eran enormes. Esta situación quedó bien reflejada en una película francesa de 1967 titulada O salto: le voyage du silence.

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Fotograma de la película O Salto: le voyage du silence, de Christian de Chanlonge.

11 | La versión vasca de lo sucedido. Rosa Arburua ha publicado un estudio que recoge la experiencia de algunos pasadores del Bidasoa. A través de testimonios orales, esta historiadora vasca muestra la forma de proceder de los pasadores y da cuenta de la —buena— imagen que ellos tenían de sí mismos. Entre otras historias, Arburua explica la de Otilia Taboada, quien hizo del contrabando su forma de vida. Esta mujer empezó con productos comestibles e industriales y amplió su negocio al paso de portugueses. Ella los recogía, los escondía y les ayudaba a cruzar la frontera atravesando el río o caminando por los montes que separan Navarra de Francia. El estudio de Arburua menciona también la participación de los taxistas en la red, así como la existencia del Hostal Tranche, un lugar de referencia adonde acudían los portugueses porque su dueño hacía también de pasador.

12 | Lazos de hermandad francolusa. Fruto de aquella década de migraciones, hoy, solo en la región de Aquitania, residen unos 40.000 portugueses. En la actualidad son muchos los municipios que tienen lazos con poblaciones lusitanas a través de hermanamientos. Hendaya es una de ellas, hermanada desde 1994 con Viana do Castello, localidad del norte de Portugal con la que desarrolla proyectos culturales y actividades deportivas conjuntas.

13 | Cine, literatura y algo de fútbol para recordar el salto. Conscientes y orgullosos del esfuerzo que hicieron sus madres y sus padres, algunos descendientes de aquellos migrantes quieren que la memoria colectiva siga recordando las situaciones infames y de peligro que estos soportaron. El escritor y traductor Carlos Batista es uno de ellos; en su novela Le Poulailler, narra la historia de su padre, quien con 19 años escapó de Portugal y cruzó de forma clandestina la frontera con Francia. El cineasta José Vieria, también hijo de migrantes, a través de su documental Gens du salto, describe la experiencia de estas personas que lucharon por tener un futuro mejor. El conocido futbolista Robert Pires tampoco olvida sus orígenes: en más de una ocasión, ha contado que su padre huyó con 17 años de Portugal para evitar participar en la guerra con Angola; él, nacido en Reims, fue campeón del mundo en 1998 con la selección francesa.

14 | El recuerdo de José Saramago. El escritor portugués remarcaba en un texto llamado «Historias de la emigración» la importancia de recordar las dificultades y el camino recorrido por sus compatriotas. «Que tire la primera piedra quien nunca haya tenido manchas de emigración ensuciándole el árbol genealógico…», empezaba diciendo ese texto. Y es que todos hemos tenido en nuestro árbol genealógico algún familiar que salió de su país de origen en busca del pan que su tierra le negaba. Aquellos cientos de portugueses —y africanos— que murieron ahogados en el Bidasoa escapaban de la miseria y de la guerra igual que hoy lo hacen esas miles de personas que, como ya señalaba Saramago entonces, se ahogan «en ese otro Bidasoa más ancho y más hondo que es el Mediterráneo».

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The Basque Hotel: cuando los vascos emigraron a Estados Unidos

A finales del siglo XIX y principios del XX, muchas personas emigraron del País Vasco. El documental The Basque Hotel (que puedes ver online aquí) recoge el testimonio de quienes lo hicieron rumbo a Estados Unidos, y nos muestra que los mecanismos de supervivencia de aquellos hombres y mujeres fueron similares a los que hoy conocemos en los migrantes senegaleses o chinos en suelo español. También nos enseña que la condición de migrante suele ir acompañada de querer conservar y compartir los aspectos más folclóricos de una cultura (ya sea uno vasco en Idaho o boliviano en Getxo).

Por Ana Galdós

A finales del siglo XIX, miles de hombres y mujeres vascos pusieron rumbo hacia el oeste de los Estados Unidos. Todos buscaban prosperidad económica, y muchos la encontraron. Más tarde, en la Primera Guerra Mundial, quienes se habían asentado en esa parte del mundo fueron un reclamo para que otros muchos hicieran lo mismo. El documental The Basque Hotel, dirigido por Josu Venero, nos da a conocer ese fenómeno migratorio y el proceso de enraizado que conllevó la formación de una comunidad vasca en ciudades como Boise, Carson City, Emmett, Reno, San Francisco, Los Ángeles o Portland.

El documental se inicia con el testimonio de Luciana Garatea, una mujer que migró de Lekeitio a Boise, la capital de Idaho, con apenas 16 años. A través de su experiencia conocemos las generalidades de muchos otros migrantes vascos que, como ella, se asentaron en California, Idaho y Nevada. Luciana, a sus 105 años y en su lengua materna, el euskera, revive cómo se embarcó en Bilbao a principios del siglo XX para viajar hasta Nueva York y desde allí cruzar el país americano.

Su caso es uno de tantos: muchos jóvenes, procedentes principalmente de Bizkaia y del sudoeste de Francia, emprendieron el mismo viaje que ella. La mayoría eran jóvenes sin apenas formación y con escasas expectativas laborales, venían de familias numerosas y de un mundo rural en continua decadencia, y su salida más inmediata era la de migrar. Además, Europa se encontraba a las puertas de la Primera Guerra Mundial y los migrantes vascos, como tantos otros de aquella época, se fijaron en los Estados Unidos como el lugar ideal donde prosperar.

Hoteles de vascos para vascos

Aquellos euskaldunes, tras cruzar el Atlántico, se convertían en extraños en un país de lengua y cultura ajenas. A pesar de ello, contaban con dos importantes apoyos que les garantizaba un mínimo de orientación y de seguridad. Un primer respaldo lo tenían ya en el propio viaje de partida: solían viajar acompañados de algún familiar. Ese fue el caso de la centenaria Luciana, quien realizó la larga travesía junto con su tía. También el de Dominique Laxalt, que partió rumbo a Nueva York con dos de sus hermanos mayores.

El segundo punto de apoyo lo encontraban cuando llegaban a tierra: los hoteles para vascos. Estos hoteles eran edificios fundados y regentados por vascos que vieron la necesidad —y el negocio— de crear centros donde acoger a otros paisanos. De hecho, estos hoteles se convirtieron en un gran nexo de unión entre los recién llegados y el nuevo lugar (algo similar a lo que sucede hoy con las diversas asociaciones de extranjeros, cuyos miembros más antiguos ayudan y orientan a los que acaban de llegar).

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El documental rescata imágenes de la emigración vasca, como se aprecia en este fotograma.

Los hoteles se localizaban en las proximidades de las estaciones de tren. Los había en Nueva York, pero también en las poblaciones que recibían una mayor afluencia de vascos, como los núcleos del oeste estadounidense. En 1910, tan solo en Boise (Idaho) ya había registradas 6 casas de huéspedes. Nombres como Casa Vizcaína, Inchausti, Spanish Hotel o Emery se convirtieron en sitios de referencia, pues por 1 dólar diario se dormía y se comía.

Además de un primer hospedaje, estos hoteles actuaron como centros que dirigían a los migrantes hacia los lugares con oferta laboral. De hecho, les facilitaban los billetes de tren necesarios para trasladarse hasta California, Idaho y Nevada, donde existía una fuerte demanda de trabajo. Es fácil comprender, por tanto, su enorme importancia: fueron el sostén a partir del cual emprender una nueva vida.

Del pastoreo a los festivales

En el oeste estadounidense, los ranchos demandaban pastores. Se trataba de un oficio duro que requería buenas condiciones físicas y mentales, pues implicaba estancias de 3 meses en los montes con la única compañía del rebaño de ovejas y de un perro guía. La soledad, en circunstancias así, hacía aflorar un sentimiento de nostalgia que no siempre era fácil de sobrellevar. Rodeados de álamos, los pastores vascos solo tenían una forma de exteriorizar sus pensamientos: grabando sobre la corteza blanca de esos árboles palabras y expresiones que todavía hoy se pueden leer.

Con el paso de los años, algunos de esos pastores crearon sus propios ranchos. Otros fundaron nuevos hoteles, similares a los que les habían acogido a ellos. De una forma o de otra, aquella primera ola migrante vasca terminó por integrarse plenamente y echó raíces en los Estados Unidos. Los negocios que habían emprendido, la familia y el estallido de la Guerra Civil española fueron motivos para que muchos de ellos no quisieran regresar a su Lekeitio o su Zuberoa natal. Se convirtieron así, en particular sus hijos e hijas, en nuevos estadounidenses.

A pesar de ello, no se desvincularon nunca de la cultura vasca y la conservaron a través de la lengua y de las costumbres. Una cultura que han transmitido de generación en generación y que fomentan entre los más jóvenes a través de iniciativas, como la del programa de intercambio de estudiantes de la ciudad de Boise, o gracias al apoyo de las instituciones vascas.

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Fotograma del documental, que muestra la pervivencia del folclore euskaldún en EE.UU.

También gracias a los festivales, como el Jaialdi, donde se celebran los aspectos más folclóricos (de un modo similar a lo que hace, por ejemplo, la colectividad boliviana de Euskadi con sus danzas de carnaval). El Jaialdi se celebra en Boise y, durante 5 días, la música, la danza y el deporte vasco sirven de excusa para reunir a quienes migraron con sus descendientes. Ahora bien, quizá la mejor manera de medir la relevancia de la comunidad vasca en esta población sea The Basque Block, un barrio que, como su nombre indica, homenajea la identidad euskalduna.

En la actualidad hay alrededor de 60.000 vascos censados en Estados Unidos, de los cuales 21.000 se localizan en California y 6500, en Idaho. The Basque Hotel es un homenaje a todos ellos y, en particular, a la gente que, como Lucía Garatea o Dominique Laxalt, un buen día dejaron todo lo que conocían atrás y cruzaron el Atlántico. También es un reconocimiento al esfuerzo por trasmitir la cultura vasca de generación en generación por parte de un colectivo perfectamente integrado en la sociedad estadounidense.


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459 | William

Los emprendimientos sociales tienen una cualidad compartida: detectar el talento individual de las personas y hacerlo crecer para beneficiar a la comunidad. En el barrio de San Francisco, en Bilbao, existe un ejemplo muy claro: el vivero de microempresas sociales creadas por personas de origen subsahariano. Desde que nació esta cooperativa, a finales de 2015, el alcance del proyecto ha crecido de manera sostenida. Koop SF 34 no solo ha dinamizado la vida del barrio, también se ha convertido en un lugar de referencia para quienes, hasta no hace tanto, estaban invisibilizados por buena parte de la sociedad. Como William Shu.

Nacido en Buea, en Camerún, William tiene treinta años y es el mayor de sus hermanos. Sus padres son una pareja de jubilados. «Mi padre era funcionario, trabajaba para el gobierno, y mi madre era profesora. Yo aprendí el oficio de soldador y me dedicaba a eso», detalla. Todo iba razonablemente bien hasta que se quedó sin trabajo. «Estuve un año sin hacer nada y no quería seguir así. Sentí que debía hacer algo para ayudar a mis padres y, también, por mí mismo. Entonces comencé a pensar en marcharme, en buscar otro sitio para mejorar un poco mi vida». Era 2013 cuando tomó la decisión. La meta estaba puesta en Europa.

Sus padres lo entendieron, pero no se mostraron entusiastas. Las características del viaje en ciernes lo convertían en una despedida casi permanente… y eso en el mejor de los casos, porque el proyecto migratorio de William era peligroso y precario. «Mi padre me decía que no estaba bien, que qué iba a hacer tan lejos donde no conocía a nadie, que cómo pensaba lograrlo. Mi madre comprendía que me tenía que buscar la vida y al final me dijo que solo dios podía cuidarme», recuerda él, que también recuerda el –larguísimo– itinerario que siguió.

«Emigré solo de Camerún, pero fui haciendo amigos en el camino. Pasé por Nigeria, Níger, Mali, Argelia, Marruecos… Fui recorriendo todos estos países hasta llegar a Tánger, donde viví casi un año. Emigrar es así: cuando no tienes dinero, te cuesta mucho tiempo avanzar. Y es difícil. Vas poco a poco, en autobús o en lo que puedas. Llegas y trabajas en lo que sea para reunir algo de dinero y poder continuar», describe William, que empleaba parte de los que ganaba en llamar cada semana a sus padres. «Después estuvo el viaje en cayuco; recuerdo que éramos diez. Y Tarifa, y el CIE y Córdoba, un mes después».

«Allí, en Córdoba, conocí a una chica vasca con la que pude conversar porque sabía inglés –dice William y recuerda que el inglés es una de las lenguas oficiales de Camerún–. Ella me habló de Bilbao y hasta me compró el billete de autobús porque yo no tenía dinero. Tampoco fue fácil cuando llegué aquí: viví varios meses en la calle y al principio me encontré muy solo». Instituciones como la Cruz Roja le ayudaron a dar los primeros pasos, a aprender algo de castellano y encontrar un sitio donde vivir. Pero fue un taller de creación artística, AmiArte, lo que marcó un punto de inflexión en su azarosa experiencia.

El arte de ayudar

«Los conocí por casualidad y me interesó mucho lo que hacían», relata. El taller, que lleva años funcionando en Bilbao, apoya desde sus orígenes a los ciudadanos más desfavorecidos y lo hace a través del arte, reuniendo a creadores profesionales con personas que se encuentran en situaciones difíciles. Su labor se ha mantenido constante a lo largo del tiempo, aunque también ha incorporado novedades. Desde hace unos meses, aúna esfuerzos con la cooperativa subsahariana de San Francisco, donde se imparten cursos de pintura creativa para personas de todas las edades.

«Yo me acerqué a AmiArte porque me gusta el trabajo manual y pensé que si soy bueno para soldar también valgo para pintar. Con ellos aprendí pintura y mejoré mi castellano. Y ahora participo en los talleres infantiles. Me siento muy bien, me gusta lo que hago y estoy contento en Bilbao, sobre todo por la gente y porque fue difícil llegar hasta aquí. Esta ciudad se parece un poco a la mía, que también tiene mar y lluvia y montaña, aunque no echo de menos mi país. Se pueden hacer amigos en cualquier sitio», destaca William.

Su historia –y otras tantas muy similares– dan sentido a los proyectos sociales como el vivero de microempresas que va creciendo en Koop SF 34. Tanto es así que uno de sus impulsores, también de origen camerunés, ha sido invitado a dar una charla TEDx en Vitoria para explicar los alcances económicos y sociales de la iniciativa. «Para mí es una alegría formar parte de esto –dice William–. Me gusta escuchar a quien me puede enseñar, y compartir con los demás lo que sé», agrega, consciente de que su experiencia migratoria podría haber sido mucho más dura de lo que fue.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 África Ellos

458 | Rocío

Apreciar el país de nacimiento es también una razón para marcharse. Quizá pueda resultar extraño cuando se dice de esta manera, pero, en ciertas ocasiones, emigrar es la manera más eficiente de mejorar la tierra que se ha dejado atrás. Esta lógica de la eficiencia se aplica a miles de migrantes que atraviesan el mundo para cambiar la realidad de sus familias, aunque esa decisión implique no volver a verlas jamás. Si bien la opción es personal, tiene alcances superiores: impacta en el PIB, en el comercio y la ciudades, al tiempo que modifica las relaciones, la cultura y la sociedad.

La lógica de la eficiencia también se aplica a quienes migran para estudiar y adquirir nuevas herramientas que puedan mejorar la vida de otras personas y comunidades en el país de origen. La abogada colombiana Rocío Mora es un ejemplo de este tipo de migración. Llegó a Bilbao en noviembre del año pasado con una meta muy clara: ampliar su formación para poder hacer un trabajo más complejo y adecuado al nuevo escenario que presenta su país.

«Yo tengo formación en Derecho, soy abogada, y antes de venir a Euskadi trabajaba como administrativa en la Unidad de Restitución de Tierras», detalla. La URT, de carácter gubernamental, se creó en 2011 para «asistir a las víctimas del conflicto» y ayudarlas a recuperar sus tierras y territorios de manera legítima. El objetivo de la institución es que, en 2021, todas estas personas, cuyos derechos han sido vulnerados, hayan sido resarcidas por las situaciones de despojo y abandono que sufrieron.

«Esto se enmarca en el proceso de posconflicto que estamos viviendo en el país. Todos los colombianos queremos la paz, pero queremos una buena paz. Los intentos de diálogo no son nuevos, vienen de muy atrás. La diferencia es que antes, cuando se proponía un encuentro, siempre había alguna silla vacía. Y esta vez no. Esta vez, todas las partes están de acuerdo en que la paz es necesaria. El desafío está en cómo construirla para que sea buena para todos», plantea.

Y es que no todos han padecido el conflicto de la misma manera, algo que queda muy claro cuando se analiza el resultado del plebiscito. «Una cosa es la opinión que se puede tener en Bogotá, por ejemplo, y otra muy diferente es la que tiene la gente que está en el campo, que ha sufrido de manera directa el conflicto. La mayor parte de estas personas votaron por el no. En mi trabajo pude conocer a gente de ámbitos muy distintos, con situaciones muy distintas también. Amenazados, desplazados… y, como decía antes, el reto está en construir algo satisfactorio».

Trabajar desde aquí y desde ahora

Una de las cosas que le sucedieron a Rocío mientras trabajaba en la URT fue darse cuenta de que su tarea podía abarcar más planos si ampliaba sus conocimientos. «No solo hablamos de devolver unos derechos, sino de que estos derechos están vinculados a la tierra. Por eso decidí venir a Euskadi a hacer un master en Medio Ambiente y Sostenibilidad –expone, subrayando que es el complemento perfecto–. Además, estoy haciendo las prácticas en ASOCOLVAS, la asociación de colombianos en el País Vasco, que impulsa varios proyectos de cooperación al desarrollo. Eso me permite aprender y, al mismo tiempo, empezar a hacer cosas desde aquí y ahora».

Su idea es «aprovechar al máximo» este tiempo de aprendizaje antes de volver a Colombia. «Lo principal es acabar el master, pero quizás me quede un poco más para hacer un doctorado, aún no lo sé. A ver qué depara el futuro… De momento, estoy muy satisfecha con la experiencia y siento que se ajusta a mis expectativas –señala–. En mi país estudié en una universidad pequeña; la de aquí es mucho más grande, tiene más recursos y los profesores son realmente buenos. Si me quedo un poco más, seguramente me apuntaré a aprender idiomas, inglés o francés, porque veo que en Europa hay mucho nivel».

Esta observación sobre los idiomas ya la había hecho hace tiempo, cuando cruzó el Atlántico por primera vez. «Esta es la segunda vez que vengo a Europa. La anterior fue hace cinco años, cuando vine a un congreso del Partido Liberal. En esa oportunidad estuve en Hungría y Alemania», precisa. Sin embargo, la principal observación de Rocío es otra: «En estos cinco años ha cambiado la percepción sobre mi país. Antes, cuando decía que era de Colombia, solo me hablaban de Pablo Escobar o de Shakira. Ahora, me preguntan por el plebiscito y por el proceso de paz. En mi opinión, es un cambio notable».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 América del Sur Ellas

457 | Guillermo

Guillermo Hurtado tenía quince años cuando su madre emigró a Euskadi. «Vino aquí a trabajar. Yo aún estaba estudiando en Nicaragua», recuerda él, que no tenía previsto marcharse como ella pero acabó siguiéndole los pasos. «Habían pasado cuatro años, yo ya había dejado los estudios y formaba parte de un grupo profesional de danza folclórica. No tenía muy claro qué quería hacer con mi vida. Entonces mi madre me trajo. Sin contar las escalas que hizo el avión, vine directo a Bilbao desde Managua», cuenta con simpatía.

Desde aquel momento hasta hoy han pasado siete años y unas cuantas experiencias. «Al principio todo es maravilloso; luego te vas dando cuenta de la realidad», apunta. Quizás porque su madre lo estaba esperando aquí –y eso suponía, además, un reencuentro–, quizás porque también vino su hermano, o tal vez por la edad que tenía al llegar, los recuerdos de Guillermo sobre los primeros tiempos como extranjero son opuestos a los de otras personas, que se refieren a los inicios como el periodo más duro. «Siempre me sentí bien recibido y acompañado, muy a gusto con la gente y el lugar».

La cocina, antes que el baile, fue la actividad que más favoreció su inmersión en la cultura vasca. «Aprendí gastronomía en un curso de formación profesional y trabajé en hostelería como cocinero. No hay nada como la comida para integrarse en una cultura como esta», opina. Y, sin embargo, la apuesta de Guillermo es el baile. «Saber bailar es un puntazo. Disfrutas mientras aprendes, cuando ves a otras personas, cuando sales un fin de semana… Por eso hay tanta gente que se interesa en la danza y que se anima a aprender. Cada vez hay más público para esto».

Sabe bien de lo que habla: además de integrar un grupo de baile profesional, con el que ensaya periódicamente, enseña en tres academias de danza y en un pub. «Lo del pub es solo los sábados; enseño algunos pasos y animo la fiesta –detalla–. En las academias, sí, trabajo entre semana. Y estoy súper contento porque vivo de lo que me gusta. Trabajar en algo que te apasiona es muy importante; es lo mejor que te puede pasar», afirma con alegría este profesor de salsa y bachata.

«Enseño los dos estilos, pero lo mío es la salsa. Me formo y me enfoco en eso, que es lo que más me atrae», explica Guillermo, que participa con asiduidad en salones y congresos de baile –el más reciente, el viernes pasado, en Derio, en el IV encuentro de baile afrolatino–. «Pienso que en la vida te tienes que enfocar. No puedes hacer muchas cosas y esperar que todas te salgan perfectas –señala, refiriéndose a la danza–. No creo que puedas ser bueno en todo. Yo, al menos, prefiero elegir, centrarme y dedicar mi energía a una cosa para hacerla cada día mejor».

Los mitos

Para él, las cosas no vienen dadas, sino que se consiguen a base de esfuerzo y de talento personal. «Nicaragua no es una referencia mundial del baile, como pueden ser Cuba o Colombia, pero eso no significa que el baile y la música no ocupen un lugar muy importante en la sociedad. Bailar es parte de nuestra cultura», expone antes de agregar un matiz: «Sin embargo, que hayas nacido allí o que vivas allí no significa que vayas a ser buenísimo en la pista. Eso es un mito. Yo he tenido alumnos latinos que mmm… no eran muy buenos, y gente del País Vasco con muchísimo sentido del ritmo. ¡Hay personas de aquí que bailan muy bien!».

El entusiasmo con el que habla refleja lo mucho que disfruta de sus clases, a las que asisten alumnos muy distintos entre sí: «hombres, mujeres, jóvenes, mayores… Siempre hay más chicas; no sé por qué, a los chicos a veces hay que andar pescándolos», indica entre risas. «Pero lo bueno es que hay diversidad y eso es bonito de ver. Todo el mundo puede aprender; nunca es tarde», asegura Guillermo y recuerda que él se animó con los fogones vascos en su día.

«Cambiar de país o conocer personas de otros países es una oportunidad para aprender cosas nuevas e interesantes. Venir aquí me ha enseñado a valorar la vida de otra manera. Emigrar al País Vasco ha sido una escuela», subraya Guillermo, que aún no ha regresado a visitar su país. «Pensaba ir este año, pero tengo un ligamento roto y me tendrán que operar. Después deberé recuperarme para poder seguir trabajando. Claro que me gustaría ir a ver a mis amigos, incluso a conocer zonas de Nicaragua a las que nunca fui, pero primero lo primero. Aunque echo de menos ciertas cosas, siento que mi vida está aquí».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 América Central Ellos

456 | Marco

«Adaptarme a un lugar nuevo no es lo más trascendental de mi vida. Ya lo había hecho antes. De joven, emigré a Brasil y estuve un tiempo allí antes de volver a mi casa en Bolivia», recuerda Marco Vega Aguirre, un ingeniero forestal que llegó a Bilbao hace diez años. El enfoque tiene mérito, ya que el cambio al que se enfrentó fue notable. Oruro, su ciudad de nacimiento, es una de las más altas del mundo: se asienta a más de 3.700 metros sobre el nivel de un mar que no ve. La mayoría de sus habitantes son indígenas.

«Somos indios en un país que siempre ha renegado de los indios; un país que, hasta hace poco, nos hacía sentir vergüenza de nuestros orígenes, de nuestra lengua, del color de nuestra piel. Por suerte, yo crecí en una familia que valora lo que es, que jamás ha intentado ocultarlo. Nací indio y moriré indio. Tengo claro que la grandeza de las personas está en su raíz», dice con convicción, pese a que su apellido materno es vasco.

Apreciar la cultura de origen no era algo nuevo para él. Lo que le resultó novedoso fue ver que, en otras partes del mundo, una sociedad entera es capaz de cuidar sus tradiciones y costumbres. «Eso lo aprendí en Euskadi. Me parece fantástico que se mantenga la lengua, la música, la cultura del lugar. Esa reivindicación, esa defensa de las raíces, es muy valiosa», opina Marco, que observa con «alegría» los cambios políticos y sociales de su país.

«Lo que está pasando en Bolivia es algo muy grande. Aquí en Europa no se dice mucho sobre el crecimiento social y económico que se está produciendo; tampoco se conoce la importancia de la reforma educativa que se ha hecho. En realidad, no se habla mucho de Bolivia en los medios y, cuando se hace, es para contar las cosas malas. Jamás he visto una noticia buena de mi país aquí», lamenta Marco, que no olvida los lazos históricos –y económicos– que unen ambos territorios.

«Se dice que con toda la plata que se extrajo del Potosí podría haberse construido un puente hasta España. Quizás sea exagerado, pero no mucho. Solo hay que leer un poco de historia. Hace tiempo fui a visitar el Museo del Prado y, mientras lo recorría, me di cuenta de la cantidad de cosas que fueron posibles aquí gracias a aquello. Los bolivianos deberíamos entrar gratis en todos los museos de Europa».

«Soy una mezcla»

Aunque tiene muy presente a su país y sus afectos, Marco no ha vuelto a Oruro desde que se fue. «Tenía previsto estar aquí un par de años; es evidente que no cumplí mi previsión. Recuerdo que al principio pensaba con frecuencia en volver a vivir allí, pero a medida que fueron pasando los años, el sentimiento cambió. Empecé a decir ‘bueno… como mínimo querría volver a morir’. Ahora ya lo percibo de otro modo. Creo que, cuando uno pasa tanto tiempo fuera, acaba siendo de ningún sitio y de todos a la vez. Soy una mezcla; aquí he aprendido a ser las dos cosas, boliviano y vasco».

También ha aprendido a encarrilar su vida y empezar desde cero. «Yo era un ludópata, un adicto al juego. Derrochaba, bebía… Un desastre. En ese momento, estaba en pareja y tenía tres hijos; la familia estaba totalmente desestructurada por mi culpa», describe con sinceridad, sin intentar embellecer el relato. «La ludopatía es algo muy serio; engancha más que las drogas y te hace perderlo todo. Eso me pasó a mí. Más que bienes materiales, empecé a perder el rumbo. Comprendí que, si no hacía algo drástico, aquello iba a terminar mal. Por eso me fui. Yo no emigré por trabajo. Emigré para rehacerme como persona, para ser alguien mejor».

«Realmente –prosigue–, el destino me daba igual. Lo importante era salir de ese entorno. Pensé primero en ir a Estados Unidos, porque allí vivían mi padre y mi hermano, pero terminé eligiendo Bilbao. Lo único que conocía de aquí era a través del fútbol: Xavier Azkargorta fue entrenador de la selección de mi país. No sabía nada más ni conocía a nadie pero, como decía antes, eso no era un problema para mí. El día que vi un anuncio en una agencia de viajes, me lancé».

Diez años después de aquella decisión, Marco siente que hizo lo correcto. «Me he prometido a mí mismo no arrepentirme. Aunque fue duro, sobre todo para mis hijos, también era necesario. Aquí pude empezar de nuevo, superar el problema con el juego, cambiar mis hábitos. Le debo mucho a Bilbao. Esta tierra y su gente me han ayudado a ser otra persona. Quizá desde fuera no se entienda, pero yo sé que si no me marchaba, mis hijos hoy no tendrían padre».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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