457 | Guillermo

Guillermo Hurtado tenía quince años cuando su madre emigró a Euskadi. «Vino aquí a trabajar. Yo aún estaba estudiando en Nicaragua», recuerda él, que no tenía previsto marcharse como ella pero acabó siguiéndole los pasos. «Habían pasado cuatro años, yo ya había dejado los estudios y formaba parte de un grupo profesional de danza folclórica. No tenía muy claro qué quería hacer con mi vida. Entonces mi madre me trajo. Sin contar las escalas que hizo el avión, vine directo a Bilbao desde Managua», cuenta con simpatía.

Desde aquel momento hasta hoy han pasado siete años y unas cuantas experiencias. «Al principio todo es maravilloso; luego te vas dando cuenta de la realidad», apunta. Quizás porque su madre lo estaba esperando aquí –y eso suponía, además, un reencuentro–, quizás porque también vino su hermano, o tal vez por la edad que tenía al llegar, los recuerdos de Guillermo sobre los primeros tiempos como extranjero son opuestos a los de otras personas, que se refieren a los inicios como el periodo más duro. «Siempre me sentí bien recibido y acompañado, muy a gusto con la gente y el lugar».

La cocina, antes que el baile, fue la actividad que más favoreció su inmersión en la cultura vasca. «Aprendí gastronomía en un curso de formación profesional y trabajé en hostelería como cocinero. No hay nada como la comida para integrarse en una cultura como esta», opina. Y, sin embargo, la apuesta de Guillermo es el baile. «Saber bailar es un puntazo. Disfrutas mientras aprendes, cuando ves a otras personas, cuando sales un fin de semana… Por eso hay tanta gente que se interesa en la danza y que se anima a aprender. Cada vez hay más público para esto».

Sabe bien de lo que habla: además de integrar un grupo de baile profesional, con el que ensaya periódicamente, enseña en tres academias de danza y en un pub. «Lo del pub es solo los sábados; enseño algunos pasos y animo la fiesta –detalla–. En las academias, sí, trabajo entre semana. Y estoy súper contento porque vivo de lo que me gusta. Trabajar en algo que te apasiona es muy importante; es lo mejor que te puede pasar», afirma con alegría este profesor de salsa y bachata.

«Enseño los dos estilos, pero lo mío es la salsa. Me formo y me enfoco en eso, que es lo que más me atrae», explica Guillermo, que participa con asiduidad en salones y congresos de baile –el más reciente, el viernes pasado, en Derio, en el IV encuentro de baile afrolatino–. «Pienso que en la vida te tienes que enfocar. No puedes hacer muchas cosas y esperar que todas te salgan perfectas –señala, refiriéndose a la danza–. No creo que puedas ser bueno en todo. Yo, al menos, prefiero elegir, centrarme y dedicar mi energía a una cosa para hacerla cada día mejor».

Los mitos

Para él, las cosas no vienen dadas, sino que se consiguen a base de esfuerzo y de talento personal. «Nicaragua no es una referencia mundial del baile, como pueden ser Cuba o Colombia, pero eso no significa que el baile y la música no ocupen un lugar muy importante en la sociedad. Bailar es parte de nuestra cultura», expone antes de agregar un matiz: «Sin embargo, que hayas nacido allí o que vivas allí no significa que vayas a ser buenísimo en la pista. Eso es un mito. Yo he tenido alumnos latinos que mmm… no eran muy buenos, y gente del País Vasco con muchísimo sentido del ritmo. ¡Hay personas de aquí que bailan muy bien!».

El entusiasmo con el que habla refleja lo mucho que disfruta de sus clases, a las que asisten alumnos muy distintos entre sí: «hombres, mujeres, jóvenes, mayores… Siempre hay más chicas; no sé por qué, a los chicos a veces hay que andar pescándolos», indica entre risas. «Pero lo bueno es que hay diversidad y eso es bonito de ver. Todo el mundo puede aprender; nunca es tarde», asegura Guillermo y recuerda que él se animó con los fogones vascos en su día.

«Cambiar de país o conocer personas de otros países es una oportunidad para aprender cosas nuevas e interesantes. Venir aquí me ha enseñado a valorar la vida de otra manera. Emigrar al País Vasco ha sido una escuela», subraya Guillermo, que aún no ha regresado a visitar su país. «Pensaba ir este año, pero tengo un ligamento roto y me tendrán que operar. Después deberé recuperarme para poder seguir trabajando. Claro que me gustaría ir a ver a mis amigos, incluso a conocer zonas de Nicaragua a las que nunca fui, pero primero lo primero. Aunque echo de menos ciertas cosas, siento que mi vida está aquí».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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433 | Iberka

Las experiencias personales condicionan muchas decisiones. Incluso pueden afinar una vocación presente desde la infancia hasta convertirla en un trabajo y un modo de ver la vida; en algo un poco distinto a lo que se soñaba en la niñez, pero no por ello menos gratificante. Esto fue lo que le pasó a Iberka Francés, una joven dominicana que llegó a Bilbao en 1991, cuando tenía cuatro años de edad, y que recuerda los primeros tiempos en Euskadi como una prueba de adaptación permanente.

“Yo era pequeña cuando vine, pero recuerdo muchas cosas”, dice con una voz muy dulce, casi aniñada, y un marcado acento local. Nadie diría, solo con oírla, que es una mujer independiente y emprendedora, o que nació en Puerto Plata, una provincia norteña de República Dominicana. “Estoy un poco nerviosa”, dice al comienzo de la entrevista, con un punto de timidez.

Hija de un matrimonio mixto –madre caribeña y padre vasco–, Iberka relata que la decisión de sus padres de trasladarse a Bilbao le cambió por completo la vida. “Todo era diferente, empezando por la escuela. Mis padres me apuntaron al Modelo D, con las asignaturas en euskera, así que al principio me costó. También fue difícil la adaptación con mis compañeros. Cuando yo vine, no había tantos extranjeros. No era habitual tener compañeros de otros países o con la piel de otro color, así que cada tanto surgía algún comentario, en plan ‘tú eres más negrita, ¿no?’ y cosas por el estilo”, recuerda.

“Uno puede pensar que, cuando acaba la novedad, las cosas se normalizan. Pero no siempre es así. En mi caso, pasaban los años y seguían sin venir otros niños de fuera, así que crecí siendo ‘la distinta’. En parte, es comprensible. Cuando ves algo que se sale de lo común, te llama la atención. Sin embargo, yo a veces pensaba ‘¿no se cansan, todavía con lo mismo, esto continúa?’. Digamos que me tocó hacer toda la etapa, todo el recorrido, hasta los doce años más o menos. En ese momento, comencé a notar que mis compañeros hablaban más conmigo, que me tenían confianza y compartían sus vivencias”.

Proyectos y realidades

El colegio, más que la ciudad, moldeó el carácter de Iberka. Todavía era una niña, pero descubrió que se le daba bien escuchar a los demás, que le interesaba ayudar a los otros. “Me dije que, cuando tuviera edad para ir a la universidad, iba a estudiar Psicología”. Pero ese sueño –que aún mantiene– no se concretó. “Sucedieron dos cosas determinantes. La primera, que mi aita falleció cuando yo tenía catorce años. Eso alteró todo. Mi madre se encontró de pronto sola, conmigo y con mi hermano pequeño, y tuvo que afrontar esa situación como pudo, sacando coraje y tratando de no venirse abajo”.

Lo otro que ocurrió, cinco años después, es que Iberka se quedó embarazada. “Era muy joven, tenía diecinueve años, pero decidí seguir adelante. Esa fue mi decisión y, por suerte, mi madre me apoyó muchísimo. No fui a la universidad, pero soy madre de un niño de siete años y seguí formándome con todo lo relacionado con el bienestar de las personas. Aprendí a hacer masajes deportivos y terapéuticos, técnicas de osteopatía, yoga, relajación… y me especialicé en escuchar a los demás. No importa de dónde seamos o qué edad tengamos, todos necesitamos que nos mimen un poco”, sostiene.

Hace cuatro años, Iberka inauguró su propio spa en Bilbao. Es un centro donde, además de los tratamientos estéticos y las propuestas habituales de bienestar, brinda cursos de yoga para niños. El planteamiento sorprende, ya que a priori cuesta pensar en un grupo de pequeños relajados, obedientes y en silencio. “No lo puedes imaginar como una clase al uso de yoga para adultos porque el enfoque es distinto”, apunta ella con una sonrisa. “Así y todo, te puedes llegar a sorprender”, añade.

“Es fundamental jugar con los niños. Ellos quieren atención, jugar, que estés con ellos. A través del juego puedes enseñarles a relajarse y a explicar cómo se sienten. Muchos arrebatos, muchos berrinches infantiles, se producen porque no saben contar lo que les pasa. Cuando aprenden a expresar lo que les pasa, lo que les preocupa, lo que les entristece, se relajan un montón. Creo que eso es súper importante, para los niños y los adultos. A mí me hubiese gustado aprender antes, de pequeña, a explicar mis sentimientos. Me tocó aprenderlo de adulta. Me ha servido y lo comparto”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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432 | Yoel

Yoel García es un buen ejemplo de que las grandes disyuntivas se presentan de manera inesperada. También, de que no hay planes infalibles. Incluso los proyectos mejor trazados pueden desbaratarse y cambiar muchas veces hasta colocar a una persona donde nunca imaginó que estaría. Cuando era un chaval y se apuntó a la Escuela de Variedades para aprender danza y folclore de Cuba, no podía ni imaginar que, algunos años después, montaría en un avión con destino a Madrid. Menos aún que acabaría viviendo en Euskadi y preparando cócteles en un chiringuito vizcaíno.

“Todo empezó cuando conocí a una chica”, cuenta evocando algo que sucedió hace más de diez años. “Ella era azafata de una compañía aérea que viajaba a Cuba con regularidad. Empezamos a salir juntos y estuvimos tres años así. Yo vivía en La Habana y ella en Madrid, pero nos veíamos seguido porque volaba para allí cada quince días. Al principio, era estupendo”, dice Yoel, aunque agrega que “a medida que pasa el tiempo, una relación así te desgasta”.

Comparada con cualquier otra pareja a distancia, reconoce que la suya tenía suerte. Su situación era “mucho más llevadera y más fácil que la de muchas personas que pasan meses sin verse”. Sin embargo, él explica que “hay un momento en el que planteas si puedes o no seguir así. Aunque volar a Cuba era parte de su trabajo, estábamos un poco limitados. Siempre iba ella, también en sus vacaciones, y en cierto modo estaba harta. Empezó a buscar trabajo allí, pero era muy complicado encontrar algo relacionado con lo suyo, así que hicimos al revés. Yo emigré”.

Entre el momento de la decisión y el momento de la partida pasaron unas cuantas cosas y algo más de un año. “Para empezar, nos casamos. Luego empezamos a hacer un montón de trámites, desde el visado hasta el permiso de salida. Y, además, yo estaba estudiando canto y quería acabar el curso antes de marcharme”, explica Yoel, que desde muy joven compaginó sus estudios y su vocación artística con su trabajo tras bambalinas en distintas salas de fiesta. “Ahí fue, de hecho, donde aprendí a hacer gran parte de los cócteles que hago hoy. Tenía amigos profesionales de la coctelería que trabajaban en las mismas salas y me enseñaban lo que sabían”.

De su llegada a España, recuerda la fecha –11 de abril de 2007–, el color “entre amarillo y marrón del paisaje” y, sobre todo, que “estaba como en shock”. Para Yoel, “emigrar fue un cambio radical”. Los colores ocres que vio por la ventanilla del avión le hicieron pensar “en el ambiente árido y seco del desierto”, pero el aire frío que lo recibió al salir de Barajas lo descolocó por completo. “Por poco se me queda la cara tiesa”, recuerda entre risas. Un poco más serio añade que, durante un tiempo, se quedó “como en un limbo”.

Buenos amigos, nuevos horizontes

El paso de los meses, la vida cotidiana y algunos amigos de la infancia que habían emigrado como él le ayudaron a salir de ese limbo inicial y a disfrutar de su nueva vida… hasta que la relación de pareja se acabó, cinco años después de haber venido. Sin embargo, en lugar de plantearse volver a Cuba, Yoel decidió cambiar de ciudad. “Mi país está muy bien para ir de vacaciones. O, quizás, para volver a vivir allí más adelante, cuando las condiciones sean otras. Ahora mismo, tal como está, no me lo planteo. Siempre tienes que estar inventando cosas para sobrevivir. Incluso cuando tienes empleo, tienes que estar inventando. Aquí la cosa no está muy boyante, cierto, pero con un trabajo normalito, vives. Yo valoro mucho eso”.

En sus opciones, habían tres lugares para elegir: Cataluña, País Vasco y Asturias. “En los tres sitios tenía buenos amigos que estaban dispuestos a recibirme para que volviera a empezar por mi cuenta. Al final, elegí Bilbao y, nada más llegar, supe que había acertado. Me encantó. Otra vez veía el mar, el verde de las montañas… ¡era una maravilla!”, describe Yoel, que acabó convirtiendo la coctelería que aprendió en La Habana en su medio de vida en Euskadi. Este verano prepara bebidas en un chiringuito de playa.

“Me gusta mucho mi trabajo. Lo disfruto. Hay que ponerle mucho corazón y hacer cada cóctel con mimo, al menos yo lo veo así. También me gusta mucho vivir aquí. Me parece fascinante el carácter de los vascos, tan diferente al de los cubanos. Siempre se dice de ellos que son cerrados y, en parte, es verdad. Pero solo en parte. Lo real es que son gente maravillosa, y no lo digo por hacer la pelota. He viajado mucho por toda la península y no he encontrado un modo de ser igual. Son fiables, honestos y muy sinceros. Tan sinceros que a veces se pasan y te vienen a pedir disculpas”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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420 | Welling

El sábado 23 de abril tendrá lugar un casting de voces en Bilbao. La iniciativa, que se desarrollará a partir de las 20 horas en el café teatro Millenium, está organizada por la escuela de comunicación que dirige el colombiano Carlos Alfonso Roa, un locutor profesional afincado en Euskadi desde hace casi diez años. El casting ha suscitado mucho interés entre los jóvenes que quieren dedicarse a la música o que ya están dando sus primeros pasos en el terreno musical. Entre los inscritos hay aspirantes de distintas nacionalidades y, según explican desde la organización, se han apuntado personas de cuatro continentes.

Entre las personas que participan en la difusión y puesta a punto del certamen se encuentra el dominicano Welling Olivero, un cantante de salsa y merengue que vive en Bilbao desde hace dos años y que participará como artista invitado para dar a conocer sus trabajos más recientes. “Yo no voy a competir, sino a compartir mi música, a disfrutar como alguien más del público y, sobre todo, a escuchar a los demás -aclara-. Aunque no sea parte del jurado, sí me interesa conocer nuevas voces. Siempre tengo proyectos entre manos y creo que a la gente joven hay que darle una oportunidad cuando tiene talento, empuje y ganas”.

“La idea del casting me enganchó desde el primer momento -prosigue-. El concurso está planteado de un modo muy interesante porque la inscripción es totalmente gratuita; es decir, le da la misma oportunidad a todo el que quiera cantar, solo hace falta animarse”, explica. En su opinión, este tipo de propuestas son “muy positivas”, ya que facilitan el encuentro entre personas distintas y complementarias que pueden hacer cosas juntas en el ámbito de la creatividad. “Te pongo un ejemplo concreto: ahora mismo, necesito una voz para un trabajo discográfico que estoy desarrollando. Pienso que es posible encontrarla y que no tiene porqué ser la del ganador”.

Welling conoce bien los entresijos del mundo artístico, al menos, en lo que respecta a la música centroamericana. “Hace muchos años que me dedico a esto”, sostiene este vocalista, que alcanzó reconocimiento en Santo Domingo por sus temas de salsa, aunque empezó como corista en un grupo de merengue. “Muchas veces se piensa que el País Vasco es pequeño, que no hay vida musical, ni artistas, ni espacio para la salsa, la bachata o el rap, pero no es cierto. Aquí hay mucha juventud, mucha presencia latina. Estos ritmos gustan entre los caribeños, pero también tienen muy buena acogida entre los vascos”, observa.

Un dominicano en Bilbao

Así y todo, la pregunta es inevitable. ¿Qué hace un músico dominicano en Bilbao? Su respuesta es inmediata: “Darle prioridad a mi familia. Tengo a mi mujer y a mi hijo en Euskadi”, desvela. “Mi esposa es dominicana, como yo, pero emigró hace dieciocho años de la isla. Casi te diría que es vasca -bromea-. Desde que se vino a vivir aquí, cada año viajaba a Santo Domingo. Así empezó la relación que, al principio, era a distancia. Yo no tenía planes de marcharme y ella no iba a volver. Si regresaba, no podría haber mantenido el mismo nivel de vida ni todo lo que consiguió en Bilbao trabajando”, expone.

La dinámica funcionaba para ambos, hasta que supieron que tendrían un niño. “Yo sentí que mi hijo me necesitaba, que mi mujer me necesitaba, y entonces decidí venir. Mi emigración fue una apuesta por la familia, pero también una oportunidad para formarme y crecer en el terreno profesional. Aquí he podido concentrarme más en mi trabajo, sacar adelante ‘Solo Welling’, que es mi proyecto musical en solitario y darle un buen impulso a Kalle G2, un trabajo colectivo con el pianista Andy Santana y con Caros Torres, que ahora mismo está en Boston”, detalla.

“Estoy componiendo canciones, he actuado en otros países del entorno, como Holanda y, cada tanto, me presento en Madrid. Pero Bilbao es mi base, mi guarida, el lugar donde estoy tranquilo y donde me siento bien. Estupendamente bien. En mi país no estaba quieto nunca, no paraba, me encontraba muy expuesto. Aquí puedo hacer las cosas con más calma, elijo mejor. Además, he encontrado una comunidad latina grande y muy abierta con ganas de hacer cosas. Lo del casting de voces es un ejemplo. A propósito… las inscripciones están abiertas todavía. Hay plazo hasta el día 20”, recuerda Welling, entusiasmado.

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419 | Juan Carlos

“Hay que decirle sí a la vida, a sentirse bien, a desconectar, a disfrutar del cuerpo, a la alegría. Es importante compartir experiencias con los demás, conocer a otras personas, reír mucho. ¿Qué sentido tiene estar vivos, si no?” La reflexión pertenece al cubano Juan Carlos Cano, un bailarín profesional y director artístico de espectáculos musicales que llegó al País Vasco en 1999 y que desde entonces se gana la vida dando clases de baile. Su academia, Getxo Salsa, “es la primera academia de danza cubana de todo Euskadi”, cuenta orgulloso, aunque para él es mucho más que eso. “Casi te diría que es una especie de club social, una gran familia”.

“Realmente, lo siento así -continúa-. Cuando atraviesas esta puerta, es como si entraras a Cuba. Y aquí pasan cosas muy bonitas. Hay personas de todas las edades, jóvenes y mayores, y de distintas clases sociales, pero eso no es un problema, al contrario. La gente se mezcla y las diferencias se esfuman. A lo largo de estos dieciséis años, unos alumnos siguen y otros dejan, unos llegan y otros se van, pero todos vuelven. Eso es muy gratificante. El otro día me enteré de que soy el extranjero con más tiempo de permanencia ininterrumpida con un negocio abierto en Getxo. Puede parecer una tontería, pero para mí es algo muy importante”. Y lo es; sobre todo, si se consideran los inicios.

La llegada de Juan Carlos a Euskadi fue impulsiva y atípica. Llevaba tiempo fuera de Cuba y estaba viviendo en Madrid cuando conoció a un matrimonio mixto, una pareja vascocubana, que residía en Vizcaya. “Entablamos amistad y un día me invitaron a pasar un fin de semana con ellos en su casa”, recuerda. Lo siguiente fue un flechazo, al mejor estilo de Cupido. “Cuando entré al País Vasco y vi en verdor, la vegetación, las montañas y el mar, me enamoré. Yo soy isleño, siempre había vivido cerca del mar, y Madrid me resultaba demasiado seco, demasiado árido. El aire de Euskadi era limpio y fresco. Me encantó”.

Tal fue su sorpresa que, después de ese fin de semana, mientras volvía a Madrid, solo pensaba en mudarse. Y lo hizo tres días después. “Al miércoles siguiente contraté un camión de mudanzas, metí allí todas mis cosas, cogí mi coche y me vine conduciendo hasta aquí, con el camión detrás”. Confiesa que lo único que le importaba era encontrar un sitio que estuviera cerca del mar, donde pudiera disfrutar de la naturaleza. Así fue como llegó a Barrika. “Me dijeron que tenía costa y fui. Estacioné frente a una inmobiliaria y pregunté por un piso para alquilar. La chica se sorprendió al ver el camión con los muebles. Me preguntó si me habían echado de mi casa”, recuerda con humor.

Los primeros pasos

Juan Carlos no conocía nada de la zona, excepto lo que había visto el fin de semana anterior. Tampoco sabía cómo sería su vida a partir de ese momento. Lo único que tenía claro era que había tomado la decisión correcta. “Hay momentos en los que te preguntas qué estás haciendo con tu vida, qué cosas están mal, cómo te gustaría que fueran. A mí me sucedió ese año. Decidí empezar por compartir lo que sabía: bailar. Fui hasta un bar que estaba junto al Ayuntamiento de Sopelana, me presenté y le dije al dueño que quería dar clases de baile allí. El hombre se quedó un poco descolocado, pero aceptó. Hice unos cuantos cartelitos a mano, los escribí con un boli y los repartí. El primer día tenía veinte personas esperando”.

Comenzó dando clases en distintos lugares, hasta que creó la clientela suficiente como para abrir algo por su cuenta. De esa manera nació Getxo Salsa, un proyecto al que Juan Carlos le dedica todos los días de su vida. “Lo que empezó como un modo de supervivencia, acabó transformándose en mi proyecto vital. Trabajo todos los días, doy entre siete y nueve clases diarias, y también he incorporado la expresión corporal como una terapia de salud y bienestar. No soy médico, pero prestarle atención al cuerpo es súper importante para sentirse bien. Mente sana, cuerpo sano”, resume.

“La verdad, soy muy feliz en el País Vasco. Mis alumnos son como mi familia y lo que hago me da tanta vida que solo puedo estar agradecido. Aquí tengo libertad para crear y he conocido a mucha gente majísima. Además, los vascos son geniales cuando bailan, tienen tremenda soltura. Es estos años hemos hecho varias caravanas salseras a otras comunidades. Hemos ido a Salamanca, a Medina de Pomar, a Madrid… Ahí nos pusimos a bailar en la Puerta del Sol y la gente nos echaba monedas -cuenta divertido-. También viajamos en grupo a Cuba, cada dos años, para conocer el país, su cultura y su música. Un día fuimos al cabaret Parisien y hubo una competición de baile. ¡Había que ver a mis alumnos allí! Cuando llegaron los vascos al Parisien, el resto tuvo que recogerse”.

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403 | Lyudmila

Cada vez que se presenta, le toca deletrear su nombre. “Lyudmila. A ver: ele, ye… Sí, sí, las dos consonantes van juntas”, explica con mucha paciencia. “Es curioso -agrega-. Desde que vivo aquí, muchas personas de Europa del Este me han preguntado cómo es posible que tenga un nombre tan ruso, siendo yo de Nicaragua”. La respuesta, dice, es literaria. “A mi padre le gustaba mucho leer y escogía nuestros nombres inspirándose en personajes de distintas novelas. Una de mis hermanas, por ejemplo, se llama Haydée. Cuando nació, mi padre estaba leyendo ‘El conde de Montecristo’. Por eso tengo un nombre tan poco latinoamericano, aunque reconozco que me gusta mucho”.

El relato pertenece a Lyudmila Montoya, una ingeniera informática nicaragüense que llegó a Euskadi hace una década, motivada por el escenario académico vasco y la oportunidad de profundizar en su carrera. “Yo estudié Ingeniería en mi país. En ese momento, era una carrera nueva, incipiente, que impulsó un brillante profesor alemán, Cornelio Hoffman. Cuando terminé mis estudios, me quedé trabajando en la universidad, en un proyecto de educación online que también él implementó”.

Lyudmila explica que, en esa época, muchos estudiantes acababan la carrera pero no llegaban a presentar la tesis. “Había mucha demanda del mercado laboral y la mayoría se ponía a trabajar de inmediato. Iban relegando el trabajo final de carrera y se les quedaba ‘colgado’. Para remediar la situación, desarrollamos un sistema de educación a distancia, que les permitía a los estudiantes avanzar con sus tesis y seguir vinculados a la universidad sin perder sus empleos. Así fue que conocimos a un profesor de la UPV, que en ese momento dirigía el área de universidad online y nos allanó mucho el camino compartiendo con nosotros lo que sabía”.

Por ese entonces, ella estaba preparándose para viajar a Brasil. El trabajo en la universidad estaba bien. Impartir clases le gustaba, pero Lyudmila quería algo más. Quería hacer un posgrado. “Si trabajas en el ámbito académico, tienes que seguir estudiando. Eso lo tenía muy claro”, dice. Y surgió la pregunta que lo cambió todo: “’¿Por qué no haces el master en la UPV? Así tendrás la experiencia que tenemos nosotros’, me dijo el profesor que nos había estado ayudando con el sistema online. No me lo pensé mucho. Vine con una pasantía, pude estudiar, hice el master en Telecomunicaciones… y me quedé impresionada”, recuerda.

Un viaje, muchos cambios

Para Lyudmila, los últimos diez años han sido “una experiencia increíble”. Le resulta “difícil resumir tantos años en un ratito”, dice que “el cambio la ha transformado” y cuenta que cuando le preguntan por qué ha venido, ella responde con otra pregunta: “¿Y por qué no? Los cambios son necesarios, son importantes, y uno aprende mucho con ellos. En mi caso, no solo hice el posgrado que quería, también pude conocer mucho mejor una cultura diferente a la mía. Cuando llegué, me quedé en casa de una familia euskalduna, y eso fue maravilloso, una gran suerte. Estudiaba aquí, seguía trabajando a distancia con mi universidad y en mi tiempo libre cuidaba a unos niños. Eso es también una enseñanza”, apostilla con simpatía.

Pero, si algo destaca ella de las muchas novedades que encontró en Euskadi, eso es la fortaleza del voluntariado. “Me llamó mucho la atención. Había, y hay, una gran cantidad de iniciativas altruistas en marcha. Cuando se terminó el periodo de clases, me pregunté ‘¿qué voy a hacer este verano?’ Así me apunté para colaborar con una asociación contra el cáncer, con un proyecto de refuerzo escolar de niños inmigrantes, y así conocí a una asociación, Kosmópolis, donde doy clases de informática. Llegué a ellos a través de la página de Bolunta. En la asociación también me ayudaron a homologar mi título, conocí a más gente, fui tejiendo redes”.

En la actualidad, Lyudmila compagina su trabajo con distintas iniciativas sociales. “Hay cosas realmente interesantes y constructivas, desde las asociaciones de mujeres emprendedoras, como Emakume Ekin, que tienen un entusiasmo y una fuerza increíbles, hasta proyectos de integración social de alcance municipal, como Bizilagunak, en el que participé hace poco. Es una actividad que se hace en Getxo en la que familias de distintos orígenes quedan para comer juntas, en casa de unos o de otros. En nuestra mesa estábamos dos amigos míos, que son vascos, dos chicas filipinas y yo. Lo pasamos súper bien. Hablamos mucho sobre las similitudes y las diferencias, comparamos los idiomas, como el tagalo, el castellano y el euskera. Ese tipo de iniciativas son fantásticas porque permiten el acercamiento social en un ambiente distendido. Además, uno conoce a las personas, no a las nacionalidades, y se evita la generalización, que es muy peligrosa. Cuando generalizas, te quedas con la etiqueta y borras a las personas”.

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