449 | Liviana

De las 118 colectividades extranjeras que existen actualmente en Euskadi, la rumana es una de las más numerosas. Según los datos de Ikuspegi –el Observatorio Vasco de Inmigración–, nuestra comunidad cuenta con algo más de 15.300 vecinos de Rumanía. Tanto aquí, como en el conjunto del Estado –donde la cifra ronda las 785.000 personas–, es uno de los grupos más arraigados en la sociedad. La mayor parte de sus miembros reside en estas latitudes desde hace años; los suficientes como para echar raíces, hacer amigos, estabilizarse en el trabajo y formar familia.

La llamada ‘segunda generación’ es ya una realidad. En las escuelas y los institutos hay centenares de niños de origen rumano que han venido al País Vasco de pequeños o que, directamente, han nacido aquí. Son vascos. Hablan euskera y castellano pero, sorprendentemente, no siempre controlan el idioma de sus abuelos y sus padres. «A diferencia de otros colectivos, que mantienen la lengua materna en casa, los hogares rumanos tienen la peculiaridad de que no lo hacen. Ya sea porque hay parejas mixtas o porque resulta más sencillo para los niños, suelen hablar en español», dice Liviana Bucuresteanu.

Natural de Piatra Neamt y filóloga de profesión, Liviana es profesora de idiomas. Llegó a España en 2008, para hacer un máster en Cooperación Internacional, en Valencia, y hace tres años se trasladó al País Vasco, donde no solo enseña su idioma, sino que forma parte de un interesante programa cultural promovido por el Ministerio de Educación de Rumanía y el Instituto de Lengua Rumana de Bucarest, «algo así como nuestra versión del Instituto Cervantes», compara. El programa en el que trabaja busca mantener vivo el vínculo del país con sus ciudadanos emigrados, inició en 2007 y está en marcha en varios países de Europa.

«Hay toda una generación de rumanos que emigraron abriendo camino. Son la generación del sacrificio, la que siempre está entre dos tierras. Pero hay una segunda generación, conformada por sus hijos, que desconocen el idioma y la cultura de sus antepasados. Son niños y jóvenes que, cuando van de vacaciones a Rumanía, no pueden hablar con sus abuelos», describe Liviana, a modo de ejemplo, para ilustrar el alcance íntimo de este problema cultural. «Se dice que tenemos facilidad para los idiomas y que somos políglotas, pero la realidad es que muchos de nuestros jóvenes no saben hablar en su propia lengua», observa.

«Por eso se ha creado este programa. Es una iniciativa innovadora y sin precedentes que busca preservar el idioma fuera de fronteras y tender ese puente entre generaciones pero, también, fomentar el conocimiento entre culturas», añade, poniendo énfasis en esto último. Porque «las clases de lengua y cultura rumana se imparten en colegios públicos y están abiertas a todos los niños y jóvenes que quieran asistir, sean de donde sean. De hecho, hay varios pequeños de aquí y de otras nacionalidades que se apuntan para aprender junto a sus amiguitos».

La iniciativa está impulsada y financiada por las instituciones de Rumanía. En Euskadi comenzó hace un par de años –concretamente, en Getxo–, y Liviana describe la experiencia como un éxito. «Es muy bonito porque también se organiza una semana temática y se hacen talleres que involucran a los padres. La acogida ha sido muy buena en el País Vasco, donde hay mucha sensibilidad ante la importancia y el significado de la lengua. El idioma es algo fundamental, forma parte de tus raíces y tu identidad cultural», indica esta filóloga, que coordina los cursos en la zona norte y disfruta perfeccionando sus conocimientos de castellano.

«Aprendí español en la universidad, en mi país, porque estudié Filología Hispánica. Pero el verdadero aprendizaje empezó hace ocho años, al emigrar. Cuando llegué a Valencia, hablaba un castellano muy formal, súper académico, pero poco a poco me empecé a soltar. Las prácticas del máster en cooperación las hice en Colombia y luego me vine para aquí, donde terminé de descubrir que en cada sitio se habla distinto. Cada lugar tiene sus particularidades y eso es maravilloso. El idioma te permite conocer el lugar y su gente».

Pero, además, el idioma y la cultura pueden ser una excusa estupenda para la diversión y el encuentro. Ayer mismo, sin ir más lejos, se celebró el primer concurso regional ‘Conoce Rumanía’, en la sede del consulado, en Bilbao. Allí se dieron cita siete equipos de niños, de entre 8 y 14 años, procedentes de Asturias, La Rioja, Cantabria, Navarra que compitieron para pasar a la fase nacional. «Del País Vasco todavía no tenemos ningún equipo, pero estoy segura de que el año que viene sí lo habrá».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2016 Ellas Europa

448 | Amadou

Decía Eduardo Galeano en uno de sus textos más conocidos que «los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada» son aquellos «que no hacen arte, sino artesanía, que no practican cultura, sino folklore». Se refería a los que nacieron humildes en países pobres y que, sencillamente por eso, casi todo lo que reciben son muestras de condescendencia, desconocimiento o desprecio. ¿Cuánto se sabe, en el mundo, de la cultura y el arte africanos? La globalización difunde la artesanía, pero no muestra interés por el ‘arte refinado’.

Cuesta pensar en referencias literarias o pictóricas del vecino continente. Por eso, cuando un africano se presenta aquí como pintor, la primera idea que surge no tiene forma de lienzo ni de óleo, sino de escalera portátil, cubo grande y brocha gorda. Es un error. Existen grandes artistas africanos e importantes escuelas de pintura que buscan, desde hace décadas, dar cabida a la sensibilidad local y proyectarla hacia Europa, «donde la gente aprecia más este tipo de trabajo. En África es complicado dedicarse a la pintura», reconoce Amadou Loum, que está decidido a intentarlo.

Amadou es senegalés, de Dakar. Llegó a Bilbao hace poco más de un año, aunque este no fue su primer destino en Europa. Antes de pisar Euskadi, vivió en Jaén, Alicante, Lleida y Zaragoza. «La ciudad en la que viví más tiempo fue Lleida; estuve allí casi tres años», precisa. También relata que el lugar le gustaba y que estaba «contento» con su vida, hasta que tuvo un accidente que le afectó seriamente una pierna. «Mientras me recuperaba no podía hacer nada, ni siquiera trabajar». Como la idea de estar inactivo no le atraía en absoluto, decidió ponerse a estudiar… otra vez.

«Yo ya había estudiado en Senegal –aclara–. Fui a la Escuela de Arte en Dakar y trabajé para pagarme la carrera porque mi familia se oponía. Mis padres opinaban que debía dedicarme a otra cosa. Decían que el arte no tenía futuro, que vender cuadros es difícil, que de esto no se puede vivir. Lo decían por mi bien, yo lo sé, pero la verdad es que no podía ni puedo pensar en una vida sin arte, sin pintura. No me importa trabajar de otra cosa para comer, pero la pintura es todo para mí, es lo que sé hacer. Me expreso mejor con los pinceles que hablando», dice en un castellano que a veces suena a francés.

Su decisión de venir a Bilbao está vinculada con esto. «Cuando me pasó lo de la pierna, pensé en aprovechar el tiempo y hacer algún curso, no de arte, sino de carpintería, castellano o soldadura, para cuando volviera a trabajar. Tenía un amigo aquí que me explicó que el País Vasco es un lugar donde hay muchas posibilidades para aprender oficios. Por eso vine. Mi idea era estar pocos meses y aprender algo nuevo mientras me recuperaba». Pero los planes de Amadou cambiaron sobre la marcha: «en Bilbao me empezó a ir bien».

Exposición en diciembre

En Bilbao conoció a los responsables de AmiArte, un taller de creación artística que reúne a personas de diversas procedencias y distintas situaciones, que pone en valor al arte como una herramienta de transformación personal y que apoya, sobre todo, a los ciudadanos más desfavorecidos, sean de donde sean. «Aprecian la creatividad de las personas y ayudan a hacerla crecer, pero también se ocupan de integrar a la gente. Hacen un trabajo estupendo», dice Amadou, que colabora con ellos.

«El taller me ha permitido dar a conocer mi trabajo», añade Amadou, que ha estado exponiendo su obra en varios centros municipales desde septiembre y que cerrará el año en el de Barrainkua, del 1 al 16 de diciembre. «Euskadi es un lugar increíble donde se apoya mucho la cultura. Vas por la calle, hablas con la gente y notas que aprecian el arte, que siempre hay actividades. Si comparo con mi país, hay muchas posibilidades. Eso es como un sueño para mí, que he luchado mucho por no abandonar mi vocación».

Sus obras, coloristas, hablan de anhelos y de tragedias. Hablan de migraciones, de «cosas buenas» y de problemas. «Me gusta conversar con la gente, observar a las personas y mostrar en mis cuadros lo que veo –explica–. No tengo un único tema, pero la parte social es muy importante y casi siempre está presente. Supongo que está en mi manera de mirar», evalúa Amadou, que termina la conversación con sus planes de futuro. «Quiero enseñar a los niños a pintar. Yo sufrí mucho desde pequeño porque no me dejaban hacerlo; solo mi hermano mayor me apoyaba. Él me enseñó a dibujar. Desde entonces, he trabajado mucho en esto. Me gustaría ser pintor el resto de mi vida».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos

446 | Mayté

Mayté Guzmán es periodista y llegó a Bilbao hace menos de un mes, aunque Euskadi no es para ella un lugar desconocido. Antes de venir al botxo, vivió un par de años en Donosti, donde hizo un máster en Economía Social y Solidaria. «Se trata de un modelo económico basado en la equidad y la igualdad que tiene a la persona como centro», explica en un esfuerzo de síntesis. «No obstante, el enfoque varía según los lugares. Mientras que en América Latina se lo vincula a un movimiento reivindicativo, que rompe con el capitalismo, en Europa es la cara bonita de las empresas».

Mayté es mexicana, si bien tiene raíces dispersas y ha pasado una tercera parte de su vida alejada de su tierra. «Mi madre es de Zamora, mi padre, de Puebla y yo nací en Guadalajara, donde viví hasta que me fui a estudiar a León», dice, y la frase obliga a recordar que no está hablando de Castilla sino de México, un país donde existen unas cuantas ciudades homónimas a las de aquí, desde Durango hasta Mérida. «El caso es que finalmente acabé radicada en Morelia, una ciudad que me permitía estar cerca de mis padres y, al mismo tiempo, estudiar periodismo».

El gran cambio llegó al terminar la carrera, en 2004. Ese año, Barcelona acogía el primer Fórum Universal de las Culturas y Mayté tuvo la oportunidad de venir junto con dos compañeros. «Una profesora de la universidad nos invitó a compartir nuestra experiencia como jóvenes periodistas», recuerda. La actividad, de gran calado internacional, se centraba en el desarrollo sostenible y la diversidad cultural, así que los chavales dijeron que sí. «Iba a ser un viaje de dos semanas, pero las dos semanas se convirtieron en tres meses; los tres meses, en un año, en dos, en tres…». Y así hasta nueve.

«Cuando cambias de país no puedes preverlo todo», opina. Reconoce que, antes de partir, sí había pensando en extender un poco la duración del viaje, pero también señala que nunca imaginó que se quedaría tanto tiempo. «Éramos estudiantes, veníamos de mochileros y teníamos presupuesto cero. No había un plan, sino que hicimos la típica cosa de jovencillos. Nos imaginábamos que sería fácil coger algún trabajo temporal para ahorrar un poco y viajar mucho», relata con una sonrisa auspiciada por la candidez de antaño. «Lo intentamos, claro, y lo que pasó fue que, en la necesidad de subsistir, nos fuimos quedando».

Trabajó en un hostal, un restaurante bangladeshí, uno mexicano y otro filipino. Y, de todos los viajes soñados, pudo hacer uno. «Conseguí ahorrar para ir al Vaticano durante las exequias del Papa. Estuve allí una semana, cubriendo lo que sucedía. Fue mi primera experiencia periodística de este lado del mundo», cuenta. El resto del aprendizaje vino del sector de la hostelería, «un ámbito del que no sabía nada y que me enseñó unas cuantas cosas». Pese a la distancia y la añoranza, su familia la apoyaba. «’Si yo tuviera tu edad, haría lo mismo’, me decía mi madre, aunque cada tanto me preguntaba cuándo iba a volver».

Euskadi, México, Euskadi

En 2013, después mucho tiempo en Cataluña, Mayté se mudó a Donosti. «Estuve en Guipúzcoa dos años y, cuando terminé el máster, sentí que era el momento de regresar a México». No solo lo sintió; se fue. Apretó «once años en cuatro maletas» y regresó a su país con la intención de dedicarse al periodismo. Esta vez no era un impulso de juventud. Estaba convencida. Y, pese a ello, su decisión tuvo un punto idealista como el que la trajo inicialmente aquí. «Al volver comprendí que muchas cosas habían cambiado».

«Por un lado, las principales ofertas laborales estaban en el DF, una ciudad superpoblada a la que ya no debería llegar más gente. Es una locura vivir ahí. Por otro lado, los medios de provincia está muy viciados. Allí casi no existe el periodismo de investigación; mandan los intereses y los gobiernos regionales. Y a eso hay que añadir que mi Estado, Michoacán, es uno de los más violentos del país». Famoso, hasta no hace mucho, por su Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca, el lugar es ahora conocido por las tasas de criminalidad. Solo en julio de este año hubo casi 190 homicidios, alrededor del 10% de los que se registraron en todo México durante ese mes.

«Cuando llegué, encontré que mi red de periodistas conocidos estaba disuelta. Casi todos mis colegas, excepto dos o tres, se dedican a otras cosas por la inseguridad, porque tienen familia, porque tienen miedo. Incluso mi madre empezó a preguntarme hasta cuándo me iba a quedar…». En ese contexto, Mayté tomó la decisión de volver aquí. Esta vez, a Bilbao, para hacer un doctorado y una tesis que vincula la economía solidaria con la inmigración. «Siendo migrante y periodista, tengo mucho para contar». Como sostiene en su blog, «las historias cotidianas, los personajes cotidianos, son motores esenciales del periodismo».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Norte Ellas

443 | Kateryna

Kateryna Kaminska tiene 29 años y llegó a Bilbao hace dos. Se marchó de Ucrania consciente de que la decisión marcaba un antes y un después en su vida, pero convencida de que hacía lo correcto. La situación de su país, explica, fue la principal razón para emigrar: «Había mucha inestabilidad y las perspectivas de futuro eran inciertas». Kateryna es filóloga y economista, pero ni su experiencia laboral ni las dos carreras universitarias que hizo en paralelo le bastaron para trazar un horizonte de prosperidad en su tierra.

«Tenía dos caminos: o seguía con el negocio familiar sin garantías de futuro o salía del país para emprender algo propio en una nueva cultura», resume para definir su «gran paso», un salto de 3.500 kilómetros que la transportó de Jersón, a orillas del Mar Negro, a Bilbao, a orillas del Mar Cantábrico. «Euskadi no se conoce en mi país. Yo misma vine sin saber casi nada del País Vasco. Lo único que conocía, porque lo estudié en la universidad, era el llamado ‘efecto Bilbao‘. Venir era una oportunidad de ver en directo el modelo de transformación que había estudiado en los libros».

Dos años después, Kateryna siente que acertó. «No hace tanto que me fui de Ucrania, así que todavía aprecio los contrastes y puedo comparar. La cultura vasca es muy diferente a la de mi país. Es singular y fascinante. Además de la gente, que es súper amable, Euskadi es un lugar lleno de oportunidades para crecer. Esta ciudad tiene todo lo que podía soñar. Si realmente quieres hacer cosas, si tienes ganas y deseos de desarrollarte, puedes hacerlo. Mi percepción es que puedes conseguir todo lo que te propongas».

Plantea unos cuantos ejemplos de ello, empezando por los idiomas. «Aprender idiomas en Ucrania es muy caro. Estudiar, en general, no es algo que pueda hacer todo el mundo. Aquí, en cambio, lo puedes hacer. Yo empecé estudiando castellano y ahora estoy aprendiendo euskera. El idioma es el corazón de un país, me parece básico intentar comprenderlo», opina. «Otra cosa que he podido hacer aquí es practicar deportes. En Ucrania, la gente es muy trabajadora pero casi no se toma tiempo para el bienestar. En Euskadi sí hay costumbre de cuidarse. Ves gente haciendo ejercicio, se organizan carreras populares. Yo he participado en algunas», apunta.

Así y todo, la gastronomía fue uno de los aspectos locales que más la cautivó. «Hice un cursillo de cocina vasca y me encantó, no solo porque es una cocina rica y saludable, sino porque comer es un acto cultural; es algo que incluye a la familia, a los txokos con amigos…». Algo que engarza a la perfección con su trabajo porque Kateryna se dedica a hacer ramos con frutas y verduras. Donde otros ponen rosas o margaritas, ella coloca lombardas, manzanas o pimientos. «O fresas –apunta–. Todo depende de la ocasión. Hace poco preparé un ramo entero de fresas. Me lo encargó un chico que le iba a proponer matrimonio a su novia. Además de original, estaba lleno de vitaminas», dice entre risas.

El retrato frutal

Kateryna siempre tuvo facilidad e interés por las manualidades. Es una defensora de la creatividad y considera que cada persona lleva un artista dentro, que cada uno es bueno en algo. «Bailar, pintar, cocinar… siempre hay algo que te sale especialmente bien y que te da felicidad. En mi caso, es esto». Desde hace ya varios meses combina su trabajo en una imprenta y sus clases particulares de ruso con esta actividad, en la que trabaja por encargo.

«No hay dos arreglos iguales. Los colores, las frutas o las verduras que elijo siempre tienen que ver con la situación, con lo que me cuentan de la persona que va a recibir ese regalo. Podría decirse que lo que hago es como un retrato frutal». Kateryna no es Arcimboldo, pero algunas de sus obras están expuestas en una frutería donde, además, se asegura de conseguir «el mejor género». El producto «tiene que ser de calidad –enfatiza–. Ten en cuenta que un ramo de verduras es un ramo de alimentos. Hay que ser muy cuidadoso».

Lo subraya porque estos arreglos se pueden comer. De hecho, están pensados para que se coman. «La idea es que sea un regalo útil. Imagina que recibes un ramo de frutas y una receta para preparar con ellas un postre. En Ucrania hay mucha tradición de hacer regalos, de agasajar a los demás, sin un motivo concreto. No hace falta que sea un cumpleaños o navidad, solo que tengas ganas de decir ‘te quiero’ sin palabras. Me gustaría fomentar esa tradición en Euskadi con un proyecto como este, en el que combino mis habilidades y conocimientos con algo que es muy de aquí: productos frescos de la huerta».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

442 | Youkhowme

Youkhowme Sy es pescador. Lo ha sido toda su vida, desde que era un niño y faenaba con una pequeña embarcación familiar en las costas de Senegal, hasta hoy, que tiene 42 años y zarpa con regularidad desde el puerto de Bermeo a bordo de un pesquero vasco. Los últimos tres meses los ha pasado en el mar, recalando de tanto en tanto en distintos muelles del norte. La entrevista tiene lugar justo al terminar la campaña del bonito. “Ha habido años mejores”, dice, aunque matiza que no se puede quejar. Se dedica a lo que le gusta y vive de su trabajo.

“Empecé de pequeño, en mi país. Ganaba lo suficiente para vivir al día, pero no tanto como para ahorrar o ayudar a mi familia. Eso es duro porque los senegaleses tenemos la cultura de ayudar, incluso a las personas que no conocemos. Yo ni siquiera podía darle una mano a mi madre. Además, tenía a mis hijos. Y cuando los hijos van creciendo, aumentan las necesidades –explica–. Un día, mi madre comentó que los jóvenes se estaban marchando del país hacia Europa y me preguntó si yo no me quería ir”. La pregunta fue tan sugerente como el contexto. Youkhowme decidió emigrar.

Viajó de Senegal a Canarias a bordo de su cayuco, en 2006. La travesía duró más de una semana, pero asegura que no sintió miedo. A Youkhowme le preocupaba más el horizonte que el mar. “Yo crecí entre embarcaciones. Mi casa estaba a veinte metros de la costa. Mi preocupación no era el agua, sino qué pasaría cuando llegara a destino, no saber cómo sería esto ni con qué me iba a encontrar”, señala. Cuando llegó a Tenerife no tenía idea de cuál sería su paradero final.

Al llegar, Youkhowme tuvo la oportunidad de elegir una ciudad y escogió Bilbao. “Aquí vivía un tío mío, Omar, que me recibió en su casa y me ayudó mucho en los primeros tiempos. Si no hubiera estado él, me habría ido a Francia, donde vive una de mis hermanas –señala–. Gracias a mi tío, tuve cobijo y comida mientras aprendía el idioma. Comunicarme, poder hablar, era fundamental para buscar trabajo y defenderme solo”. A medida que pasaban los meses y mejoraban sus habilidades, empezó a pensar cómo podía ganarse la vida. No quería ser una carga para nadie.

“Lo primero que te ofrecen es salir a vender discos o ropa de imitación por la calle, pero eso es ilegal. Yo necesitaba ganar dinero, pero tenía muy presentes las palabras de mi padre, que me dio un único consejo antes de partir: ‘Cuando llegues a cualquier país, evita hacer cosas prohibidas’. Le hice caso. Me informé y encontré una solución: comprar mercadería en los bazares chinos y revenderla en la calle. Mi tío me dejó algo de dinero para empezar y con eso fui avanzando poco a poco”, relata.

Cambio de rumbo

Youkhowme empezó como vendedor ambulante en Muskiz, aunque pronto se dio cuenta de que “así no iba a llegar a ninguna parte”. Quería dedicarse a la pesca. En la academia donde aprendió castellano, le ayudaron a navegar por internet para conocer qué requisitos se pedían aquí para lograrlo. “Lo primero era un curso. Tuve que ir a San Sebastián. Allí no conocía a nadie, así que los veinte días que duró aquello los pasé fatal. Tuve frío, hambre… de todo”, dice sin abundar en detalles, aunque menciona que subsistió gracias a la generosidad de una iglesia donde le daban galletas y agua.

Tras acabar el curso, siguió como vendedor ambulante en Vizcaya. Pero ahora, cada vez que ganaba algo extra de dinero, “cargaba la tarjeta de transporte Creditrans, me montaba en el autobús y me iba a los pueblos con puerto. Iba a Santurtzi, Getaria, Orio, Bermeo… a cualquier puerto, recorría los muelles y preguntaba si no necesitaban a un pescador. Al puerto de Bermeo fui unas cincuenta veces antes de que el patrón me viera y me diera trabajo. Para que veas que no hay que tirar nunca la toalla. Uno tiene que insistir y resistir hasta salir adelante y realizar sus sueños”.

Una pregunta de tres palabras –“¿Qué hay, moreno?”– cambió la vida de Youkhowme. “Así me saludó el patrón del barco donde trabajo hasta hoy. Hablamos, le conté que era pescador. Me dio una oportunidad y me hizo un contrato. Tanto él como otras personas de aquí han sido muy buenas conmigo. Siempre está la persona que aprieta el bolso cuando te acercas porque cree que le vas a robar, pero por suerte son excepciones. En Zorrotza, donde vivo, tengo vecinos vascos que se interesan por mí. Son currelas como yo y siempre me han tratado de maravilla. Y en Bermeo, en el mar, la acogida ha sido muy buena. Estoy encantado. Los vascos y los senegaleses tenemos fuertes vínculos y una relación que viene de largo. Hay muchos pescadores de aquí buscándose la vida en las costas de mi país. No todos lo saben, pero los marineros sí”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos

439 | Hamad

Hamad Ali Rudwan llegó a Euskadi en 2015 y, desde hace apenas tres meses, regenta una tienda de zumos naturales en Bilbao. Combina kiwis con naranjas, plátanos con fresas… Pasa buena parte del día en un ambiente saludable y de colores donde se respira el perfume de las frutas. Nadie diría, al verle sonreír allí, que pasó años enteros en un ambiente opresivo donde el color predominante era el gris. Menos aún que los diez metros cuadrados de su tienda son mucho más amplios que los cientos de kilómetros de muro que separan Israel de Palestina. Desde su casa, en Azzoun, se divisaba ese horizonte de cemento.

El muro lo cambió todo –resume–. Las cosas que estaban a un paso de nosotros quedaron muy lejos de un día para otro. Escuelas, hospitales, familiares… Antes del muro, yo tardaba diez minutos en llegar desde mi casa al trabajo. Después del muro, demoraba casi dos horas. Tenía que ir hasta las zonas de paso habilitadas y, como muchos otros palestinos, vivía a diario la tensión y las esperas de los puntos de control. La situación es muy dura para quienes vivimos allí. Es muy injusta”.

Hamad tiene 29 años y es enfermero de profesión. Su trabajo, precisamente, estaba en un hospital. Consistía en salvar vidas, no en quitarlas. Pero, así y todo, cuenta que los militares israelíes lo detuvieron cuatro veces y allanaron su casa más de una. Al preguntarle por qué, su respuesta es tan concisa que abruma: “Porque soy palestino”, contesta con la naturalidad de quien tiene asumido que ha nacido en uno de los países más castigados del mundo sin derecho a réplica.

“Como otros jóvenes, yo me manifestaba en contra del muro de separación, en contra de ese régimen que tanto daño nos hace. Pero manifestarse está prohibido. Tengo amigos en la cárcel. Los arrestaron por protestar. Están presos sin haber tenido juicio, sin garantías de nada. Los militares entraron varias veces a mi casa. Buscaban cualquier cosa con la que poder incriminarme. Cada vez que entraban, lo destrozaban todo. Intentan generar mucho miedo y angustia. Yo sabía que iban a por mí. Era solo cuestión de tiempo”.

El riesgo fue aumentando y la situación se volvió insostenible. No solo para él, sino también para su familia, que sufría esas violentas irrupciones. “Decidí marcharme. Era lo mejor”, dice Hamad, que tuvo que huir durante semanas para pedir refugio en Europa. “Fue un viaje difícil y largo, pero más difícil era vivir así, perseguido en un mundo cada vez más radicalizado. Yo no quería eso para mí. Yo estaba decidido a buscar mi futuro”.

Tierra de nadie

Ese futuro comenzó en Gijón, de la mano de una ONG que, finalmente, lo trasladó a Bilbao. “Aquí era donde había una plaza. La ONG decide a dónde vas, te ayuda con los primeros pasos y te da apoyo social durante el primer año. Ese apoyo no es indefinido. Te dan lo justo para vivir durante unos meses, mientras te haces con el nuevo lugar, aprendes el idioma y encuentras el modo de valerte por ti mismo. A partir de ahí, es cosa tuya salir adelante”, explica.

El problema es que, a veces, la Administración va más despacio que la vida. Según los datos de la Oficina Europea de Estadística (EUROSTAT), en España existen más de 16.000 solicitudes de asilo por resolver. Una de ellas es la de Hamad, que lleva meses esperando que se le conceda el estatus de refugiado. De momento, cuenta con un documento de identidad que le autoriza a trabajar, pero no a viajar, y que es de carácter transitorio: se renueva cada seis meses.

“No sé qué tengo que contar que no haya contado ya. No sé qué más puedo hacer yo para dejar de estar así, esperando y esperando. Hay palabras y discursos muy bonitos, pero la realidad es esta tarjeta de cartón con una foto grapada. Es muy difícil alquilar un piso, abrir una cuenta bancaria o que alguien te contrate para trabajar cuando te presentas con esto. La gente no se fía, no quiere líos, y es comprensible”, dice Hamad. Él pudo abrir la tienda de zumos gracias al apoyo de su socio, un hostelero del Casco Viejo que es sirio, tiene nacionalidad alemana y lleva muchos años aquí. “Si no, hubiera sido imposible”, reconoce.

En paralelo, solo tiene buenas palabras para Bilbao y su gente. “Las personas me han acogido muy bien. Todos son amables conmigo y me siento protegido. Aquí hay estabilidad, hay leyes que se respetan y hay democracia. Los vascos son muy solidarios con los palestinos, están al tanto de lo que nos pasa. Estoy contento y agradecido. La seguridad es un privilegio. Me siento a salvo en el País Vasco”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Asia Ellos