401 | Nawal

La vida de Nawal Abaou ha dado un giro notable. Muchas cosas han cambiado para ella desde 2010 hasta hoy. El camino no ha sido fácil, ni siempre ha tenido el viento a favor, pero ha sido ha sido beneficioso y, sobre todo, necesario. “Ha sido intenso”, agrega ahora, al observar los cinco últimos años y analizarlos en retrospectiva. “Emigrar es un proceso exigente que te empuja a asimilar un gran caudal de información en muy poco tiempo. Eso se nota al principio especialmente, cuando no conoces a nadie ni sabes cómo funcionan las cosas, cuando tus recursos son limitados y debes resolver muchas urgencias”.

Nawal recuerda bien esa ‘vorágine de los principios’. “Encuentras todo tipo de personas. Hay gente buena, gente mala, gente que te usa y gente que te ayuda. La vida es así. Pero cuando estás en un lugar nuevo, solo y sin referencias, estás mucho más expuesto. No sabes a dónde ir, qué hacer o cómo usar tus competencias. Alquilas un piso, pagas una fianza, cambias de ciudad, vas aquí, vas allá, el dinero que traes se acaba y no tienes ingresos. Y todo eso ocurre en un entorno que no conoces ni controlas, donde las costumbres son otras. Te haces fuerte, sí. Necesitas hacerte fuerte porque eres mucho más vulnerable”.

La fortaleza a la que se refiere tiene mucho que ver con la constancia y la determinación. Y, más que eso, con una convicción poderosa: que la meta es mejor que el punto de partida, a tal punto que justifica la dureza del camino. “El éxito es insistir. No puedes derrumbarte, ni bajar los brazos, y menos cuando tienes un niño pequeño que depende de ti, como sucedió en mi caso”, indica Nawal, y recuerda que, cuando se marchó de Marruecos, su hijo aún no había cumplido cuatro años.

“El divorcio está mal visto en mi país”, dice. Es una frase que transmite mucho más que ocho palabras. “La sociedad te juzga y, de algún modo, te castiga. Pierdes la libertad de salir, de arreglarte… No es que no puedas hacerlo, sino que las críticas aparecen enseguida”. La suspicacia, el ambiente enrarecido se sintetiza en “frases como ‘ah, eso es lo que quería, mira, para eso se divorció, para salir’… Y aunque hagas de cuenta que no oyes, que no te afecta, sí lo hace”, reconoce.

“Por eso me fui. Yo no quería esa vida para mí ni para mi hijo. En Marruecos tenía estabilidad, mi casa, mi coche y mi trabajo; tenía a mis padres, que siempre fueron un apoyo incondicional; tenía mucho más de lo que tengo aquí, pero me faltaba lo principal. No era feliz. Desde luego, no es fácil trabajar de ‘cualquier cosa’ cuando antes te dedicabas a la docencia, cuando tienes formación, cuando tienes dos carreras -Nawal es bióloga y enfermera-, pero lo haces. Te dices a ti misma que da igual, que es importante avanzar y empiezas desde cero”.

Dar a conocer tus competencias

Pero Nawal no se resignó al destino habitual de muchos inmigrantes. Tocó puertas, buscó apoyos. “En estos años, he abierto muchas conversaciones. Entiendo que cuando uno cambia de país debe adaptarse al nuevo lugar e integrarse con los demás. Para eso hay que abrirse y dedicar tiempo a hablar con las personas que vas conociendo, con quienes te dan trabajo, con tu comunidad de vecinos. Si eres diferente y te encierras en ti mismo, los demás tendrán miedo de ti”, expone. Su discurso es claramente aperturista y es, en sí, lo que le ha permitido tender valiosos puentes aquí.

“Las asociaciones desempeñan un papel fundamental en esto. Yo me acerqué a Kosmópolis, cuya finalidad principal es poner en valor la profesionalidad de los extranjeros y ayudarnos con el durísimo proceso de homologación de títulos. Gracias a ellos pude convalidar mis dos títulos y después hacer un master en Recursos Humanos. En la actualidad trabajo como enfermera y sigo formándome, también en otras áreas”, explica en un perfecto castellano, un idioma que ya dominaba cuando vivía en su país. “Es que vivíamos junto a Melilla e íbamos con frecuencia. Si no hablas castellano, no haces la compra”, dice entre risas.

Y, a propósito de sonrisas, reivindica su valor. “No puedes perderla jamás, ni siquiera en los momentos más duros. A los inmigrantes nos cuesta un montón progresar, afianzarnos, demostrar lo que sabemos. Las empresas locales no suelen fiarse de los títulos extranjeros, aunque estén homologados aquí”, lamenta. Por eso, Nawal ha seguido colaborando con la asociación Kosmópolis y forma parte de un proyecto en el que varios profesionales de fuera se reúnen con empresarios locales para derribar estereotipos. “Todavía existe la creencia de que estamos poco cualificados y cierto recelo a buscar los perfiles profesionales que se necesitan entre la gente que no ha nacido aquí. Por eso es importante darse a conocer, fomentar el acercamiento. Aprovechar las cualidades de la gente, sea de donde sea, es beneficioso para todos”.

2015 África Ellas

400 | Andrea

La aventura migratoria de Andrea Salvini empezó como la de muchos: en una pequeña habitación de un piso compartido en Bilbao. “Cuando llegué, no conocía a nadie. La prioridad era buscar trabajo y encontrar un lugar barato donde vivir. No hablaba bien castellano, así que empecé buscando a la gente de mi país”, dice, y su historia podría ser la de cualquiera. “Empecé en hostelería, en un restaurante italiano, aunque me llevó un tiempo conseguir eso. Los comienzos no son fáciles para casi nadie. No es como lo imaginas. Lo del empleo no es inmediato”, reconoce.

Andrea, que es italiano, tenía a su favor su procedencia. Ser ciudadano europeo le permitió desde un inicio residir y trabajar aquí de manera legal, sin tener que lidiar con las barreras administrativas y sociales que suelen levantarse ante el colectivo extranjero. Tener ‘papeles’ era una gran ventaja pero, como él mismo reconoce, no es garantía de nada. “Crisis es crisis, ya sea en Italia, en Euskadi o en cualquier parte. El restaurante donde empecé a trabajar cerró, tuve que buscarme la vida, pasé por empleos temporales, conocí la falta de estabilidad… Y no solo aquí, también me pasó en Italia”.

De hecho, fue la situación económica lo que lo impulsó en 2012 a emigrar. “Yo soy de un pueblo costero de la Toscana, que es muy bonito, pero ha sufrido mucho la crisis y la implantación del euro -explica-. Incluso antes, cuando yo era niño, tampoco lo teníamos muy fácil. Nuestra familia siempre fue humilde. Mi padre murió cuando yo tenía nueve años y mi madre tuvo que sacarnos adelante. Crió sola a cuatro hijos. Hizo muchos sacrificios”, recuerda. Por esa razón, en cuanto tuvo edad suficiente, Andrea se apuntó en el ejército.

“Hice la mili, que daba estabilidad y un futuro seguro, aunque unos años después lo dejé por amor. Fue una mala decisión y me siento un poco tonto por haberla tomado, pero bueno… En su día, fue el camino que elegí creyendo que era lo mejor. En ese tiempo, volví a la Toscana, trabajé en un restaurante, fui barman, maître y, más adelante abrí junto con mi hermano una oficina administrativa, una gestoría. No voy a ahondar en eso; solo diré que en un momento determinado, el dinero se esfumó y mi hermano también”. Andrea hace una pausa y agrega que, en ese momento, se planteó emigrar.

“En mi tierra, como te decía, la crisis había pegado muy duro. Es una zona que vive mucho del turismo, pero el perfil de los visitantes ha cambiado; ya no recibe gente que deje dinero. Yo nunca había oído de Bilbao, hasta que me hablaron de la ciudad. Me explicaron que, en esta zona, la crisis económica no había sido tan fuerte como en el resto del país. Vine por eso -reconoce-, y comprobé que era cierto: el País Vasco no está tan afectado por la economía. Pero, desde luego, no quiere decir que sea fácil ganarse la vida, ni que haya sido simple para mí. Estos años han sido de mucho esfuerzo y tenacidad. Ahora estoy bien, pero me lo he ganado a pulso”.

La estabilidad, los proyectos

Tras su paso por el restaurante italiano, Andrea comenzó a trabajar en una franquicia de comida japonesa. Allí aprendió los secretos de la gastronomía nipona y conoció a un chico -también empleado- que decidió iniciar algo por su cuenta y le ofreció irse con él. El resultado en un conocido sushi bar en Algorta, donde Andrea es el sushiman. “Tengo que decir que estoy muy agradecido a mi amigo y su familia. Contaron conmigo, confiaron en mí y me dieron una oportunidad para prosperar. Con esto me refiero a la calidez, el buen trato y la estabilidad, que es súper importante para vivir feliz y poder hacer planes”, opina.

Y pone un ejemplo concreto: “Tener una nómina, un marco de seguridad, me ha permitido comprar un billete de avión para traer a mi madre. Aunque hablamos por teléfono a diario, hace mucho que no nos vemos. Y no es lo mismo. El teléfono no puede sustituir a los abrazos… Mi madre llega esta semana y se quedará en casa varios días. Es mi oportunidad de pasar tiempo junto a ella y de agradecerle lo mucho que ha hecho por nuestra familia y por mí”, dice Andrea, visiblemente emocionado.

“Hasta ahora, solo he podido homenajearla dedicándole el cóctel estrella del bar. Le puse su nombre, María G. Ahora tengo la ocasión de compartir con ella otras cosas. Su vida ha sido de mucho sacrificio, y quiero que conozca a las buenas personas que he encontrado aquí, en el lugar donde vivo. En el País Vasco hay muy buena gente. Tengo un cliente que, cada vez que viene, me enseña una palabra nueva en euskera y luego me pasa examen. Todavía las personas te saludan en la calle… Algorta se parece a mi pueblo”.

2015 Ellos Europa

399 | Olga

Ímpetu. Ese es el rasgo más sobresaliente de Olga Paredes, una joven paraguaya que llegó al País Vasco hace diez años “por curiosidad”, que encontró aquí un lugar para realizar sus sueños y que nunca más se quiso marchar. “He tenido mucha suerte y me siento muy feliz”, dice con una enorme sonrisa en los labios. Optimista y luchadora, casi todas sus palabras tienen forma de sonrisa. Hasta las expresiones más serias, las que refieren a momentos complicados, acaban guarnecidas con expresiones de alegría. “Vine sola aquí, sin mi familia, pero estoy super contenta. Tengo amigos que adoro y que me adoran. Ellos son la familia que elegí”.

Con las ideas claras, un marcado gusto por la independencia y un punto de terquedad -“soy bastante cabezota”, reconoce-, tomó la decisión de emigrar. Dice que el mundo tiene mucho para ver y que el proyecto de viajar tenía mucho que ofrecerle. “Cuando vivía en Paraguay, conocí a un grupo de vascos que estaban de vacaciones. Los acompañé a varios sitios turísticos, incluso hicimos una excursión a las cataratas del Iguazú montando a caballo. Compartimos unos días estupendos y, desde entonces, no paraban de invitarme aquí. ‘Tienes que venir, tienes que venir’, me decían. Y yo, que tenía ganas de viajar, les hice caso. Mi país no tiene salida al mar y me hacía mucha ilusión conocerlo”, explica.

La primera costa de Olga fue la de Bermeo, y confiesa que el lugar la cautivó. “No me he movido de allí hasta ahora que, además de trabajar, he empezado a estudiar en Bilbao. Por eso me he mudado aquí, porque me resulta más cómodo”. Si bien trabaja en hostelería prácticamente desde que llegó, ahora está haciendo un curso de masaje deportivo porque lo suyo, dice, es el mundo del deporte. “Me encanta la actividad física, entrenar hasta agotarme. Eso me llena de vida; me recarga las pilas. Hay gente que no le gusta el ejercicio, o gente que prefiere hacer aeróbic o danza. A mí eso no me va. Lo mío es el boxeo y el kick boxing”, suelta, aprovechando el factor sorpresa.

Boxeo… “Sí -confirma-, boxeo. En realidad, cuando vivía en Paraguay practicaba taekwondo. Empecé desde niña con las artes marciales. Lo del boxeo surgió aquí, porque era lo que había en un gimnasio que quedaba cerca de casa. Como te digo, lo de bailar salsa o hacer elíptica no es para mí”, agrega divertida. También explica que la elección de un deporte de contacto tuvo que ver con el entorno en el que creció. “Cuando era niña, yo veía que las chicas no podían salir solas porque era peligroso. Y a mí siempre me gustó ser libre, independiente, salir, entrar… Por eso decidí aprender artes marciales, para saber cómo defenderme si alguien se metía conmigo. Y luego resultó que me encantó”.

Tanto le encantó que, más adelante, cuando su padre le preguntó qué quería estudiar y se ofreció a pagarle la carrera, sus primeras dos respuestas lo dejaron KO. “Le dije que quería ser bombero o dedicarme de manera profesional al boxeo. Imagínate… Él no lo podía entender. ‘Yo no quiero que nadie le pegue a mi hija’, decía. ‘¿Cómo te puede gustar?’, me preguntaba. Porque, obviamente, yo volvía de los entrenos con moratones y magulladuras por todo el cuerpo. Y si no estaba entrenando, estaba buscando otras cosas, como las tirolinas o la equitación. Mi padre soñaba con que yo siguiera una carrera normal, pero a mí me gusta el deporte de acción. Sueño con tirarme en paracaídas, hacer puenting y cosas así, ¿qué le vamos a hacer?”

Vergüenza es robar

“Mi madre también ha tenido que resignarse -prosigue-. Somos seis hermanos y yo soy la única que he volado. No hace mucho, me decía angustiada: ‘Eres la única hija que no se va a casar nunca’. Y yo le pregunté que por qué lloraba, le dije que debía alegrarse por mí. Es que si pienso en la vida que se supone que debo tener… puf, ¡qué aburrimiento! Yo no soy así, no sueño con una boda ni con un cuento de hadas. Respeto las elecciones de los demás, pero a mí lo que me gusta es llevar las riendas de mi vida, no dar explicaciones innecesarias, disfrutar de la naturaleza y de las cosas sencillas”.

En ese sentido, Olga valora especialmente su vida en Euskadi, donde el modelo femenino no está tan encorsetado. “Aquí es completamente distinto. Hay más posibilidades para estudiar, para hacer otras cosas. No te consideran ‘vieja’ con 32 años ni te insisten con el tema boda y niños”, compara. “Mi trabajo me permite ser independiente, regresar a casa de visita, ayudar a la gente más necesitada de allí y disfrutar de las cosas que hago. Soy simple; cabezota, pero simple. Cuando salgo con mis amigos, me preparo en dos minutos, unos vaqueros, una coleta y ya está. A veces me preguntan que por qué no me maquillo, que si no me da vergüenza salir así. Y a mí me hace gracia. ¿Vergüenza de ir sin pintarme? Vergüenza es robar”.

2015 América del Sur Ellas

398 | Belkis

Belkis Rodríguez no está sola en el momento de la entrevista. La acompañan ocho mujeres. Algunas son colombianas, como ella, y otras son de Ecuador. Todas emigraron hace años hacia Euskadi en busca de trabajo y oportunidades. Todas menos ella, que llegó a Bilbao en enero de este año y que no vino a buscar un empleo, sino a desarrollar una misión. Con un marcado perfil religioso, Belkis forma parte del Centro Internacional de Teoterapia Integral (CENTI), una organización espiritual que se fundó hace 52 años en Colombia y que en la década de los ochenta comenzó a esparcirse por el mundo.

“Soy misionera”, resume, y explica que comenzó su andadura hace ocho años, en su país. “Nací en San Cayetano, un pueblo al sur de Cartagena de Indias, aunque cuando era pequeña mi familia se trasladó a la ciudad. Allí crecí y fui a la universidad. Mientras estudiaba, conocí el proyecto del CENTI. Poco a poco comencé un proceso de transformación de mi vida personal que, por supuesto, compartí con mi familia. Cuando terminé mi carrera [es licenciada en Derecho], decidí entregarme plenamente a esta causa. Era lo que quería hacer”.

Asegura que su familia se lo tomó bien. “Tanto mis padres como mi abuelo, que fue quien me pagó los estudios, me vieron muy involucrada. Obviamente, cuando tomé la decisión de dejar mi casa, mi familia y mi origen, sentí un poco de susto. Siempre da vértigo dejarlo todo, pero estaba convencida, así que mis padres y mi abuelo me apoyaron. ‘Si es lo que a ti te hace feliz, te damos todo el respaldo’, me dijeron. Y así empecé con mi misión, hace ocho años. Me marché de Cartagena y me fui a San Pablo, en Brasil, para trabajar con los jóvenes universitarios. Estuve allí siete años, hasta que mi director me indicó que debía venir aquí”.

Para Belkis fue un gran cambio. Antes de llegar a Bilbao estuvo cinco meses en Madrid, y lo que recuerda de su viaje hacia Euskadi es que “el paisaje se iba haciendo cada vez más verde. Siempre me ha gustado la naturaleza -prosigue-, así que me resultó muy fácil adaptarme. El País Vasco es tan frondoso, tan bonito…”. El entorno la deslumbró, pero el principal cambio que debió asimilar fue el humano. “El perfil de las personas con las que trabajo aquí es muy distinto al que conocí en San Pablo. Allí eran jóvenes estudiantes. Aquí son mujeres con familia que han emigrado y han sufrido mucho”.

Intimidad y confianza

“Hay situaciones muy fuertes. Es la primera vez que yo trabajo con este perfil y la verdad es que no dejo de sorprenderme. Hay mujeres muy luchadoras, con mucha fuerza. Son unas guerreras; merecen todo el respeto y me generan muchísima admiración. Al trabajar en grupo y ser todas mujeres podemos compartir muchos temas de interés común. Se genera un ambiente de intimidad y confianza. Partimos de la base de que la respuesta integral está en Dios. Y, sobre esa base, abordamos distintos aspectos que son muy importantes, como la autoestima, la confianza en una misma o el papel de la familia”, detalla.

“Algo que he aprendido en estos meses es que, con las migraciones, lo que más sufre es la estructura familiar. El proceso de emigrar es muy duro y exigente, hace mella en las parejas y en el corazón de los hijos, que no siempre entienden que sus madres están trabajando por su bien; muchos se sienten abandonados”, explica Belkis, en un intento por sintetizar una problemática compleja que ha afectado o afecta a las mujeres que la acompañan.

Una de ellas, Elsi, asiente y comenta que la congregación le ha enseñado a enfocar la vida de otra manera. “Yo solo vivía para el trabajo, pero no era feliz. Tuve una época en la que me refugiaba en el alcohol. Siempre me quejaba. Pero aprendí a creer en mí misma, en mi fuerza, en mi capacidad. Comprendí que estaba descuidando a mi familia y que tenía que aprender a ser más agradecida, empezando por la gente de aquí. Dirán lo que dirán, pero lo cierto es que te abren las puertas de su casa para que tú salgas adelante. ¿Cómo no vas a dar las gracias?”, se pregunta.

Otra de las mujeres, Ana Isabel, está de acuerdo. Cuenta que aquí adquirió la confianza para estudiar, formarse y trabajar en lo que le gusta. “He crecido mucho en el plano espiritual. Me siento feliz. Y cuando uno es feliz, puede hacer felices a los demás”, dice. Y Belkis, que está organizando junto con ellas un encuentro familiar para el próximo 28 de noviembre, apostilla que “eso es lo importante. No hay que perder de vista la importancia de la familia, de los abrazos, de quererse a uno mismo y querer a los demás”.

2015 América del Sur Ellas

397 | Andrés

La promesa de un escenario más favorable para desarrollarse como persona, vivir feliz y gozar de cierta tranquilidad es un motor poderoso, tan poderoso que impulsa el desplazamiento millones de personas en el mundo. En la actualidad hay más de 230 millones de migrantes, según los datos oficiales de la Organización de Naciones Unidas. La mayoría migra en busca de un futuro. Cambia de país con la mirada puesta en el mañana, la convicción de que el porvenir se puede modificar y la esperanza de que será mejor, o, al menos, distinto a lo que cabría esperar de haberse quedado en su país de origen.

Pero, entre las personas que migran, existe un perfil minoritario que no se lanza al mundo en busca del futuro sino del pasado. Son hijos, nietos, descendientes de emigrantes, que recorren el camino de sus antepasados en sentido inverso. Su motivación pasa por dar con las raíces de sus árboles genealógicos, más que por recoger los frutos dulces del trabajo en otra tierra. Ese motor, el del origen y el pasado, es también muy poderoso. Fue el que impulsó hace años a Andrés Marín Arnaiz a marcharse de Colombia y plantarse frente al número 27 de la calle Zabala, en Bilbao, para conocer de primera mano la casa donde nació su abuelo.

“En mi casa, en Medellín, Bilbao era una palabra familiar. Aparecía con frecuencia en muchas conversaciones. ‘Bilbao esto’, ‘Bilbao lo otro’… Incluso había unas cuantas postales de la ciudad, porque los hermanos de mi abuelo le escribían cada tanto”, recuerda Andrés. “Todo lo relativo al País Vasco estaba muy presente en mi familia. Si bien yo no llegué a conocer personalmente a mi abuelo, sí conocía su historia. Mi madre me hacía los cuentos. Se llamaba Valentín, había nacido aquí en 1921, y emigró en la década de los 40 hacia América Latina”, detalla.

“Yo siempre lo he imaginado en el barco rumbo a Venezuela, que fue su destino inicial. Pienso en un chaval de veinte años, yendo solo hacia un lugar muy distinto del suyo, cruzando el Océano Atlántico. Lo que sigue después me lo ha contado muchas veces mi madre. Él llegó a Venezuela y allí conoció a mi abuela, que también vivía allí, aunque era colombiana. Con el tiempo, se trasladaron a Colombia e hicieron allí su vida”, resume Andrés, que también menciona un aspecto doloroso -aunque habitual- de las migraciones: al marcharse de Bilbao, y a pesar de su juventud, su abuelo dejó aquí a la que era su mujer y, al menos, algún hijo.

“De esa arista de su vida no sé más que eso, pero es probable que mi madre tenga algún hermano aquí”, calcula Andrés. “De todas maneras -prosigue-, yo crecí con las historias de Bilbao y siempre tuve mucha curiosidad por conocer esta tierra. Vine por esa razón, aunque no fue un camino directo”. En efecto, el primer lugar al que viajó fue Israel, no Euskadi. “Tenía unos amigos viviendo en Tel Aviv, así que fui una temporada a estudiar y trabajar. Me motivaba conocer algo distinto, pero sobre todo tenía la necesidad de salir de Medellín, que es una ciudad complicada, muy conflictiva en lo social, lo cultural y lo histórico”.

En busca de la felicidad

“Quería pasar una temporada tranquilo y lejos de la violencia… ¡Cómo estaría de harto que Oriente Medio me pareció buena idea!”, reflexiona ahora, con la perspectiva que le dan los años. “La cuestión es que, mientras estaba en Israel, pensaba mucho en esto de las migraciones, en los cambios de país, en la historia de mi abuelo… Y decidí venir a conocer el lugar de donde él había partido. Todos me animaron un montón. Vine con mis ahorros directo a Bilbao, y con mis apuntes al Registro Civil. Me ayudaron con la búsqueda, hasta dar con el acta de nacimiento”.

Andrés hace una pausa mientras recuerda el hallazgo. “Cuando tuve el documento en mis manos, sentí que se me escapaba la felicidad por el cuerpo. Fue muy, muy, especial. Y más aún cuando me dirigí hasta el portal de ese edificio donde él había nacido. La ciudad, el barrio, la calle, todo me resultó muy familiar. Las preguntas y las inquietudes se me agolpaban en la cabeza, claro, pero al mismo tiempo estaba muy tranquilo. Me enganché inmediatamente a este lugar y decidí quedarme a vivir en Bilbao”, confiesa Andrés, que en la actualidad regenta un pub en Deusto.

“Me gusta la hostelería porque refleja muy bien cómo el mundo está cambiando. Hay mucha fusión, influencias de distintos lugares, tanto en la música como en la comida. Me parece muy interesante que en un local pequeñito puedan confluir personas de varios sitios y que se pueda disfrutar de estilos tan variados como el blues, el jazz, el hip hop y la bachata. Da gusto ver que la integración es posible porque la Historia es dinámica y exige cierta flexibilidad para adaptarse a las novedades. Así como mi abuelo se fue y yo he venido, las personas nos movemos; cambiamos mientras modificamos nuestro entorno”.

2015 América del Sur Ellos

396 | Mustapha

Mustapha Ali se despidió de su familia. Era la primera vez que viajaba tan lejos, que se separaba de los suyos. Nunca se había montado en un barco ni había pasado quince días en el mar. Hasta aquel día de 1985, Mustapha era un niño saharaui que había vivido en un campamento de refugiados; con suelo árido bajo los pies y un desierto en el horizonte. La perspectiva de un mar azul y un barco inmenso era, por contraste, una promesa de aventura; una promesa que cumplió sus expectativas infantiles y que amplió su proyección como adulto.

“El barco pertenecía a la ex Unión Soviética y era enorme -describe-. Me impresionó mucho por su tamaño y porque cabían muchas personas en él. En ese momento yo tenía doce años y aquello me parecía increíble. Me entusiasmaba el viaje y no me sentía triste porque, si bien no viajaba con mi familia, tampoco estaba solo. Embarqué junto con otros niños saharauis de mi edad y éramos un grupo numeroso, alrededor de 800”, calcula. Esos niños, como muchos otros, se beneficiaron del convenio de cooperación internacional entre el Frente Polisario y Cuba.

“Los quince días que pasamos en el mar fueron una maravilla para mí. ¡Imagínate! Ser un niño saharaui y pasar dos semanas en medio del océano. Recuerdo ver delfines nadando a nuestro lado, acompañando al barco, recuerdo los colores, el azul… Fue una experiencia tremenda, única, imposible de olvidar”. El viaje cautivó a Mustapha, pero fue el destino lo que le cambió la vida: la Isla de la Juventud, en Cuba, se transformó en su hogar y su escuela durante los siguientes catorce años.

“En esa isla había, sobre todo, estudiantes, universidades y escuelas. Yo crecí en un lugar donde había jóvenes de diversas procedencias. Éramos unos treinta mil estudiantes extranjeros, de África y de América Latina. Compartí con ellos el instituto y la universidad. Cuando llegué, me ayudaron mucho otros estudiantes saharauis que habían llegado antes”, explica Mustapha, aunque puntualiza que esa ayuda fue más de integración cultural que idiomática, ya que él, en la escuela, había estudiado español.

A los tres años de vivir allí, pudo volver de vacaciones con los suyos. “Me premiaron por ser buen estudiante. Volví a casa durante un mes”. Después, sí, continuó con sus estudios en la isla caribeña, que lo recibió siendo un chaval y lo devolvió licenciado en Derecho. “Terminé la carrera en 1999 y volví a los campamentos, donde ejercí mi profesión durante tres años, hasta que regresé a Cuba para trabajar como profesor de estudiantes saharauis. Cuando el cambio de entorno es tan notable, resulta fundamental que se ayude en la inserción, facilitar la adaptación, explicar ese otro mundo”, señala.

Lazos con Euskadi

La capacidad didáctica de Mustapha lo devolvió al Sahara en 2010, esta vez, como profesor de español para niños que, más adelante, viajarán a Cuba. Sin embargo, es su expediente académico y su capacidad como estudiante lo que le ha traído hasta aquí. “Existe un convenio entre Euskadi, la Universidad del País Vasco y el Ministerio de Cooperación de la República Árabe Saharaui Democrática. El Gobierno Vasco otorga unas becas para formar estudiantes saharauis e impulsar la cooperación humanitaria y el desarrollo de nuestro pueblo en el ámbito educativo”, detalla él, que llegó hace menos de dos años para hacer un master en Cooperación Internacional.

Mustapha tiene 42 años ahora y vive en Bilbao desde principios de 2014, aunque aclara que la suya es una estancia temporal. Regresará al Sahara, donde más le necesitan. “He terminado mis estudios y he presentado mi trabajo final, en el que analizo los principales cambios de Cuba desde 1990 hasta la actualidad. Mi idea siempre fue enfocarlo desde la experiencia de vida de un extranjero que ha vivido allí y que ha tenido el privilegio de presenciar los mejores y peores momentos. Cuba es un país al que le tengo muchísima admiración y respeto”, reconoce el joven abogado, que el viernes pasado, coincidiendo con el aniversario de la muerte de Ernesto ‘Che’ Guevara, participó junto a la asociación Euskadi-Cuba en un coloquio sobre el conocido médico argentino.

“También le tengo un gran respeto al País Vasco -añade-. Yo nunca había imaginado que vendría a Europa, y la verdad es que agradezco que haya sido aquí, un lugar donde la gente es muy solidaria y la sociedad se vuelca mucho en ayudar a los demás. Lo echaré de menos, sin duda, pero no me quedaré aquí. Tengo previsto regresar a los campamentos en breve, para ayudar en lo que haga falta, y continuar difundiendo la causa saharaui”.

2015 África Ellos