403 | Lyudmila

Cada vez que se presenta, le toca deletrear su nombre. “Lyudmila. A ver: ele, ye… Sí, sí, las dos consonantes van juntas”, explica con mucha paciencia. “Es curioso -agrega-. Desde que vivo aquí, muchas personas de Europa del Este me han preguntado cómo es posible que tenga un nombre tan ruso, siendo yo de Nicaragua”. La respuesta, dice, es literaria. “A mi padre le gustaba mucho leer y escogía nuestros nombres inspirándose en personajes de distintas novelas. Una de mis hermanas, por ejemplo, se llama Haydée. Cuando nació, mi padre estaba leyendo ‘El conde de Montecristo’. Por eso tengo un nombre tan poco latinoamericano, aunque reconozco que me gusta mucho”.

El relato pertenece a Lyudmila Montoya, una ingeniera informática nicaragüense que llegó a Euskadi hace una década, motivada por el escenario académico vasco y la oportunidad de profundizar en su carrera. “Yo estudié Ingeniería en mi país. En ese momento, era una carrera nueva, incipiente, que impulsó un brillante profesor alemán, Cornelio Hoffman. Cuando terminé mis estudios, me quedé trabajando en la universidad, en un proyecto de educación online que también él implementó”.

Lyudmila explica que, en esa época, muchos estudiantes acababan la carrera pero no llegaban a presentar la tesis. “Había mucha demanda del mercado laboral y la mayoría se ponía a trabajar de inmediato. Iban relegando el trabajo final de carrera y se les quedaba ‘colgado’. Para remediar la situación, desarrollamos un sistema de educación a distancia, que les permitía a los estudiantes avanzar con sus tesis y seguir vinculados a la universidad sin perder sus empleos. Así fue que conocimos a un profesor de la UPV, que en ese momento dirigía el área de universidad online y nos allanó mucho el camino compartiendo con nosotros lo que sabía”.

Por ese entonces, ella estaba preparándose para viajar a Brasil. El trabajo en la universidad estaba bien. Impartir clases le gustaba, pero Lyudmila quería algo más. Quería hacer un posgrado. “Si trabajas en el ámbito académico, tienes que seguir estudiando. Eso lo tenía muy claro”, dice. Y surgió la pregunta que lo cambió todo: “’¿Por qué no haces el master en la UPV? Así tendrás la experiencia que tenemos nosotros’, me dijo el profesor que nos había estado ayudando con el sistema online. No me lo pensé mucho. Vine con una pasantía, pude estudiar, hice el master en Telecomunicaciones… y me quedé impresionada”, recuerda.

Un viaje, muchos cambios

Para Lyudmila, los últimos diez años han sido “una experiencia increíble”. Le resulta “difícil resumir tantos años en un ratito”, dice que “el cambio la ha transformado” y cuenta que cuando le preguntan por qué ha venido, ella responde con otra pregunta: “¿Y por qué no? Los cambios son necesarios, son importantes, y uno aprende mucho con ellos. En mi caso, no solo hice el posgrado que quería, también pude conocer mucho mejor una cultura diferente a la mía. Cuando llegué, me quedé en casa de una familia euskalduna, y eso fue maravilloso, una gran suerte. Estudiaba aquí, seguía trabajando a distancia con mi universidad y en mi tiempo libre cuidaba a unos niños. Eso es también una enseñanza”, apostilla con simpatía.

Pero, si algo destaca ella de las muchas novedades que encontró en Euskadi, eso es la fortaleza del voluntariado. “Me llamó mucho la atención. Había, y hay, una gran cantidad de iniciativas altruistas en marcha. Cuando se terminó el periodo de clases, me pregunté ‘¿qué voy a hacer este verano?’ Así me apunté para colaborar con una asociación contra el cáncer, con un proyecto de refuerzo escolar de niños inmigrantes, y así conocí a una asociación, Kosmópolis, donde doy clases de informática. Llegué a ellos a través de la página de Bolunta. En la asociación también me ayudaron a homologar mi título, conocí a más gente, fui tejiendo redes”.

En la actualidad, Lyudmila compagina su trabajo con distintas iniciativas sociales. “Hay cosas realmente interesantes y constructivas, desde las asociaciones de mujeres emprendedoras, como Emakume Ekin, que tienen un entusiasmo y una fuerza increíbles, hasta proyectos de integración social de alcance municipal, como Bizilagunak, en el que participé hace poco. Es una actividad que se hace en Getxo en la que familias de distintos orígenes quedan para comer juntas, en casa de unos o de otros. En nuestra mesa estábamos dos amigos míos, que son vascos, dos chicas filipinas y yo. Lo pasamos súper bien. Hablamos mucho sobre las similitudes y las diferencias, comparamos los idiomas, como el tagalo, el castellano y el euskera. Ese tipo de iniciativas son fantásticas porque permiten el acercamiento social en un ambiente distendido. Además, uno conoce a las personas, no a las nacionalidades, y se evita la generalización, que es muy peligrosa. Cuando generalizas, te quedas con la etiqueta y borras a las personas”.

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