405 | José Manuel

“Yo he venido a sumar”, dice José Manuel Torres, un venezolano de 37 años que vive en Euskadi desde 2003. “He venido a sumar talento, a crear trabajo, a pagar impuestos y a volcar mi energía y mis conocimientos en la tierra que elegí para vivir”, amplía este emprendedor que inició su camino en la facultad de Medicina de su país, que se pasó a la Ingeniería en Estados Unidos y que cambió la Universidad de Penn State, en Pensilvania, por la Universidad de Navarra. En Tecnun -la Escuela Superior de Ingenieros- se doctoró en Seguridad Informática y ejerció como docente hasta que decidió lanzarse por su cuenta en el mundo de la empresa.

Dejar la seguridad universitaria por una apuesta empresarial no fue fácil ni cómodo, pero asegura que no se arrepiente de haber tomado esa decisión. “En las aventuras es donde más se aprende”, sostiene él, cuyo rostro resulta familiar para los espectadores del programa ‘El gran salto‘, que emite los sábados ETB2. Allí desempeña su papel como coach de estrategia, algo similar a lo que hace en su día a día, fuera de pantalla, donde trabaja con empresarios y emprendedores que le buscan para perfilar sus proyectos profesionales y mejorar sus resultados. Además de “salir en la tele”, José Manuel es el director ejecutivo de una empresa que se dedica a forjar el éxito de otras.

“Es una asesoría en la que trabajamos once personas. Nos centramos en la planificación del éxito, la gestión del tiempo, la organización y la coherencia -describe-. Algunas personas tienen método, pero están desangeladas. Otras tienen mucha fuerza, pero tienen problemas para organizarse. Nuestro trabajo consiste en poner bajo control esas debilidades”, sintetiza, mientras comenta que su público objetivo son las grandes empresas. “Desatascar a un emprendedor que recién empieza y a una empresa ya establecida cuesta lo mismo; la diferencia es que el camino con la empresa tiene mayor recorrido”.

Y es que ser emprendedor y ser empresario no es lo mismo: “Debería existir una palabra específica para definir el espacio que se encuentra entre lo uno y lo otro -observa él, que se sitúa en ese nicho intermedio-. Tendría que haber un término para nombrar ese momento en el que ya has arriesgado, tienes experiencia y eres solvente, pero todavía no eres un empresario consolidado al frente de una multinacional”. Así y todo, a falta de “una expresión que pueda describir ese punto”, él intenta retratarlo… y retratarse.

El valor de equivocarse

“Soy un híbrido -dispara-. Me veo a mí mismo como un extranjero que ha hecho su experiencia en distintas partes del mundo y que combina el ‘escritorio’ -la metodología universitaria- con la ‘calle’ -la experiencia real con empresas-. Pero no siempre fue así. Para llegar hasta aquí, estudié, me preparé, emprendí y me pegué una torta brutal”, confiesa, antes de relatar que el gran proyecto por el que dejó la universidad funcionó muy bien, hasta que se fue a pique. “Me asocié con un irlandés y montamos juntos una empresa de organización de carreras de triatlón. Fue genial… hasta que llegó la crisis, se hundieron los bancos irlandeses y mi socio necesitó descapitalizar la empresa para capear el temporal”.

Tras el varapalo, José Manuel lo pasó mal. “El cierre fue de mutuo acuerdo, pero da igual. Cuando pierdes tu trabajo, pierdes también parte de tu autoestima. Te quedas colapsado, en mitad de un bajón anímico, y te da la sensación de que no sabes hacer nada, de que nunca más volverás a trabajar. También te recriminas a ti mismo ciertas decisiones que has tomado, como dejar un trabajo seguro por experimentar. Pero… insisto, lo que he crecido emprendiendo no lo hubiera conseguido acomodándome. Es importante hacer la experiencia y es muy valioso equivocarse. Las mayores empresas del mundo fueron levantadas por emprendedores que fracasaron antes, y muchas veces”, subraya.

Sus distintas iniciativas, finalmente, dieron fruto, aquí y en Croacia, donde ha dado el primer paso en la internacionalización de su negocio. “De aquellas tormentas, esta piña colada”, dice con un simpático giro caribeño; uno de los pocos rasgos de origen que mantiene intactos. “Es que me adapto rápido a los cambios. Supongo que es mi manera de ser. Cuando estuve en Pensilvania, casi todos mis amigos eran de allí, muy ‘yanquis’, de los que piensan que Venezuela y México son lo mismo -recuerda entre risas-. Aquí, en Euskadi, me pasa igual. He sabido integrarme muy bien porque la gente también te lo hace fácil. Las personas son honestas, transparentes, y la palabra todavía vale. Este es un país maravilloso. Tiene muchas cosas interesantes, como el acceso al monte o a la playa para practicar deporte, pero también tiene mucho potencial para emprender. Y sí, es cierto que hay crisis, pero tampoco hay que exagerar. Al menos, así lo veo yo aunque, al final, un empresario es un trabajador que tiene un poco más de tolerancia al riesgo”.

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