18 | Miguel Ángel

Llegó a Bilbao con 27 años y de aquel viaje ya han pasado ocho. Vino a hacer un doctorado con una beca internacional. Desde un principio tenía claro que se quedaría en Vizcaya porque le llamaba la atención la cultura del País Vasco. Cumplió. Miguel Ángel es escultor colombiano y completó su formación en Bellas Artes aquí, aunque desde hace un par de años dirige una emisora de radio.

Parafraseando a su compatriota más leído, lo suyo fue una ‘crónica de la inmigración anunciada’. Lo supo de antemano, cuando decidió que iba a venir. “Yo tenía un acuerdo con mi padre -relata-: él me iba a ayudar hasta que terminara la carrera, pero después tendría que ganarme el pan”. Y, como era previsible, “el primer año fue duro”. Mientras participaba en bienales de arte, exponía su obra y creaba, dedicó muchas horas diarias a conducir un autobús.

Todavía en Bogotá, consiguió un trabajo distinto. Le contrataron en la biblioteca del Banco de la República -que recibe 25.000 visitas diarias- para encargarse de las exposiciones en el Departamento de Arte. “La tarea estaba muy bien y me gustaba mucho -recuerda-, pero eran contratos puntuales que no me daban estabilidad”, así que, en un momento, tomó la decisión. Se presentó a una beca internacional para cursar un doctorado en España. Apenas había tres plazas. Una era suya: la ganó.

“Vendí todo lo que tenía, hasta mi colección de jazz, para completar el dinero que me habían dado”, dice ahora con cierta nostalgia, aunque sin arrepentirse. “Cuando los objetos pesan demasiado, se transforman en un lastre para decidir con libertad”. Y Miguel Ángel viajó a Bilbao completamente decidido. Le atraía la historia vasca, el euskera y la sociedad, pero también la UPV y su oferta académica en Bellas Artes, “mucho menos conservadora que la de Madrid”.

Las 700.000 pesetas de la beca “estaban muy bien”, sin duda, pero sólo alcanzaron para cubrir los gastos del primer año, de modo que a partir del siguiente tuvo que volver a buscarse la vida. “Empecé cuidando a una pareja de ancianos por las noches”, explica. La actividad suponía restar horas de sueño, pero le permitía vivir y, sobre todo, continuar con sus estudios de posgrado… hasta que uno de los viejitos falleció, la señora ingresó en una residencia y él se quedó en el paro.

Por ese entonces, la discoteca ‘Chic’ -en San Inazio- estaba abierta y necesitaba un DJ. Miguel Ángel aceptó el trabajo sin saber que ese contacto profesional con la música en el Euskadi sería el primero, pero no el último. “Fue un proceso de transición bien interesante -reflexiona-. Por un lado, vivía la realidad de un inmigrante cualquiera y, por otro, me movía en el ámbito académico. La Universidad es un burbuja en la que estás libre de toda realidad”. Especialmente de aquella, de los fines de semana.

“La gente iba y venía, llenaba la discoteca, bailaba. Las canciones conocidas, fueran bachatas o cumbias, se escuchaban como si fueran un himno. Todas esas personas revalorizaban su cultura de origen estando lejos de casa. La experiencia era muy intensa, pero se quedaba allí”. Después, se diluía. Así, mientras pinchaba discos en esa sala de fiestas, Miguel Ángel pensaba esas cosas. “Me di cuenta de que cuando uno emigra pierde toda su red social”. Tal fue la gesta de su emisora de radio.

El viaje y la conciencia

“Siete horas de viaje no es tiempo para tomar conciencia de la distancia, de que has cambiado de país, de lo que has hecho”. Se refiere al trayecto en avión. “Cuando la gente emigraba en barco, los tres meses que pasaba en altamar le ayudaban a darse cuenta de la naturaleza del viaje. Hoy ganamos en inmediatez, pero perdemos en reflexión”. El resultado es que “llegamos a otro país sin que el cuerpo de verdad lo sienta, sin conocer a nadie. Tardamos un año, como mínimo, en adaptarnos y si no vienes con algo seguro, es difícil”.

En su caso, el doctorado hizo las veces de ‘soporte’. No sólo por mantenerle activo, sino por la validación social que supone. “Con tus compañeros de posgrado, el interés cietífico rompe todas las barreras, y de cara a la sociedad, también. Te tratan de otra manera cuando les dices que estás estudiando”.

Sin embargo, este doctor en Bellas Artes acabó esculpiendo otra obra: la ‘red social’ que faltaba. Junto a un socio inició un proyecto de radio -al principio, alquilando el equipo- hasta que pudieron fundar su emisora. “Pasamos pop latino e hispano, de a poco hemos ido creciendo. En la actualidad, somos varios profesionales latinoamericanos los que trabajamos como un equipo”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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