22 | Kamran

Kamran Imani está por cumplir treinta años… de residente en Euskadi. Llegó en julio del 79, cuando apenas era un chaval, y ha vivido más tiempo en Vitoria que en Tehrán, su ciudad de origen. Aquí logró tener su negocio, formar una familia, vivir con tranquilidad y profesar su religión sin miedo. Porque Kamran -o ‘Kami’, como le conoce todo el mundo- es bahai y decidió marcharse de Irán cuando estalló la revolución musulmana.

Concede la entrevista el 24 de diciembre: Nochebuena para los cristianos, buena noche para él, que cerrará su local más temprano. Allí mismo, en su tienda de alfombras, relata el modo en que llegó a Vitoria y buena parte de su vida, marcada por ese viaje. Entre tanto, atiende a sus clientes, saluda a sus amigos vascos y les desea, por anticipado, una muy feliz Navidad.

“No hay nada más bonito que un jardín con flores distintas. No hay una más bella que otra; todas tienen su encanto -opina-. Con la sociedad es igual. Existen muchas caras, ideas y principios diferentes. La variedad es muy importante; el desafío es convivir en paz”. Así reflexiona Kamran, quien ha optado por un diminutivo, Kami, ya que nadie pronuncia bien su nombre. “Antes de que me llamen karrán o cabrón, prefiero que me digan Kami”, dice entre risas.

La simpatía es, sin duda, una de sus mejores facetas. Incluso para narrar momentos duros de la vida, como aquel día en Irán, cuando amenazaron a la farmacia en la que trabajaba de mozo de recados por no tener a la vista ninguna imagen del Sha. “Dijeron que nos pondrían un petardo y la volarían por los aires, así que, al cabo de una hora, ya teníamos una foto enorme, de un metro por tres, que era más grande que la puerta”.

Entonces él tenía diecisiete años, había terminado el secundario y trabajaba como recadero para ganarse un dinerillo. Cuando la situación se recrudeció, tomó la decisión de irse, con cien dólares en el bolsillo. “Tuve suerte -recuerda ahora-. Salí de Irán en avión, con toda la normalidad del mundo. Tres años después, la que hoy es mi mujer tuvo que irse a pie, atravesando las montañas y viajando por carreteras de mala muerte”.

Su primer destino fue Holanda, donde vivían sus hermanos. Allí se apuntó en la Escuela de Idiomas, que “ofrecía un 2×1: si estudiabas holandés, te obsequiaban un curso de castellano”. ¿El resultado? No aprendió nada. “El locutor de las cintas que oíamos hablaba demasiado deprisa, pero, eso sí, conservé el libro. De hecho, viajé a Pamplona un año después con lo puesto, sin conocer el idioma y con el libro de castellano bajo el brazo”. En la capital navarra vivían sus primos, y fueron ellos quienes le enseñaron el idioma.

Vitoria bahai

Amsterdam, Pamplona… ¿por qué venir a Vitoria, donde no conocía a nadie? “Porque en Vitoria no había nadie que conociera mi religión. Quise asentarme en un sitio donde pudiera extender la filosofía bahai”, responde; una creencia relativamente novedosa -“nació en Irán, hace 168 años”- que defiende la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, y que también tiene sus dogmas en el cuidado del medio ambiente. “Es una visión distinta de la humanidad, más actualizada, más acorde a nuestro tiempo”, señala.

En la capital alavesa, Kami nunca se sintió rechazado. pero sí más extranjero que ahora. “Antes éramos muy pocos y me sentía algo solito. Sólo había un restaurante chino en la ciudad. Recuerdo que caminaba por la calle en busca de alguien que pareciera de fuera y no era tan fácil encontrarlo”.

Con lo que sí se encontraba, y a menudo, era con el desconocimiento y la curiosidad. “En cuanto yo hablaba de Irán, la gente me preguntaba cosas. Una vez, una señora me dijo que había estado, que quedaba al lado de Costa Rica”, cuenta divertido. Por supuesto, no se ofendió. “Antes de venir aquí, yo pensaba que España era un país comunista, así que la ignorancia era mutua”, confiesa. “Lo que me duele es que hoy en día se meta todo en el mismo saco; ya sea para hablar de islamismo y fundamentalismo como si fueran la misma cosa, como para hablar de los vascos y el terrorismo en Euskadi”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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