El día que cien cámaras buscaron raíces americanas en Madrid

En España hay más raíces americanas de las que imaginas. Muchas de ellas están a simple vista. Otras, hay que buscarlas. La yincana fotográfica que organiza anualmente Casa de América muestra, a través del juego, hasta qué punto son de ida y vuelta las influencias culturales, intelectuales, científicas y… botánicas.

El mes pasado se celebró la quinta edición de esta yincana, que contó con la colaboración de Instagramers Madrid. El desafío consistió en descifrar pistas para encontrar varios objetos —desde una estatua hasta un tipo de flor—, fotografiarlos y subirlos a Instagram con las etiquetas #AmericaNosUne#casamerica. Había tres horas para lograrlo.

En el certamen de este año (al que se apuntaron 104 participantes), la propuesta estuvo ligada, sobre todo, a la naturaleza: había que encontrar varias plantas de origen americano en las inmediaciones de Paseo del Prado y dentro del Jardín Botánico, el principal escenario del juego. Nuestro blog, Un Puerto, se apuntó a la competición en la categoría de equipos. Además de divertirnos mucho, resultamos ganadores y ayer nos entregaron el premio. A continuación os dejamos el recorrido fotográfico que hicimos.

Así fue nuestro itinerario

1 … Estás en la Casa de América, creada para acercar más América a Europa. Por ser la primera foto, te dejamos que fotografíes lo que más te guste de nosotros, por fuera.

Hoy participamos en la yincana #AmericaNosUne, de #casamerica. Nos une, sí, y nos entrelaza.
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2 … Nuestra sala de exposiciones Frida Kahlo se ha llenado de murales de arte efímero para mostrar la evolución del papel de la mujer en América, bajo la visión de nueve grandes artistas.

Mujeres de América Latina: en la #fortaleza siempre hay espacio para que anide la #ternura.

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3 … Tienes que tomar el jardín histórico urbano más antiguo de Madrid, que además ha sido declarado Bien de Interés Cultural y es uno de los bulevares más importantes y bonitos de la capital. En él, si miras hacia un lado y hacia arriba, verás un jardín de lo más curioso. ¿Habrá dentro de él alguna especie americana?

No estamos muy seguras de si es la yucca o la garrya, pero suponemos que algo de América habrá entre las 120 especies de este ‘jardín al cielo’.

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4 … Procede de Estados Unidos y se cultiva en Europa desde principios de 1700. Llegó a uno de nuestros países vecinos antes que a España, pero en Madrid es fácil de observar y disfrutar. Su nombre evoca grandeza y te los puedes encontrar de camino al Real Jardín Botánico.

Nos dicen que su nombre evoca grandeza… Creemos que su fruto es bastante magno, sí.

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5 … Ya hemos llegado al Jardín Botánico y ahora empieza la aventura más americana. El primer nombre de esta flor fue atlcocotlixochitl, y es originaria de México.

Nos resulta más fácil pronunciar su nuevo nombre. Eso sí, vemos que la relación viene de antaño… Y que es muy fecunda.

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6 … Durante años no ha habido ensalada en la que faltase y qué serían de los calurosos veranos del sur sin el plato que se puede comer, del que es ingrediente principal.

Y sí… Es un fruto estupendo y muy refrescante para los días de calor. Una maravilla de colores y texturas.

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7 … La comenzaron a cultivar los pueblos indígenas en el centro de México, y los indígenas taínos del Caribe le dieron un nombre que significa, literalmente, lo que sustenta la vida. A Europa llegó en el siglo XVII. Los celíacos sí lo pueden comer.

Así alumbra, #diverso, lo que sustenta la vida.

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8 … En Argentina, Uruguay y Paraguay, beber la infusión que se hace con sus hierbas es casi una religión.

¡Hemos visto la luz! Aquí está la yerba mate. Es curioso que, siendo uruguayas y habiéndola tomado miles de veces, hayamos descubierto cómo es la planta… en Madrid.

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9 … Científico, naturalista, botánico y zoólogo sueco, envió a sus discípulos por todo el mundo. A América fue Loefling. ¿Tomas una foto de su estatua?

He ahí un botánico sumido en sus pensamientos…

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10 … Esta foto la eliges tú, siempre que tenga que ver con América.

Dicen que la diversidad es un tema espinoso. Nosotras creemos que el interés por lo distinto siempre da buenos frutos.

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Artículo Arte urbano y Fotografía

Si te cuesta imaginar la diversidad cultural, échale un ojo a estos libros

Hace algún tiempo, estuvimos en una feria del libro de fotografía y descubrimos cuatro obras que hablaban sobre la cuestión migratoria y la diversidad cultural: Sin fronteras, de Imapla; Passport, de Alexanderk Chekmev; Ville de Calais, del fotógrafo Henk Wildschut; e Immorefugee, del estudio Defrost. Nos pareció importante detenernos en ellos y explorar la manera en que hablan sobre el tema. De algún modo, todos ellos tienen algo en común: a partir de lo visual, nos enseñan a imaginar un mundo más diverso.

Por Rubén A. Arribas
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01  | Sin fronteras (editorial Libros del Zorro Rojo), por Imapla

A un lado, 45 banderas; al otro, los 45 nombres de los países correspondientes. En el medio, de manera horizontal, un corte que divide en dos partes cada bandera y cada nombre, de manera que al combinar banderas y países se pueden obtener más de 2000 combinaciones distintas. Así, de México y Estados Unidos puede salir Mexiunidos; de Bolivia y Francia, Bolicia; y de Canadá y Japón, Capón. Además, se puede pintar —inventar— una bandera y fundar un país propio. En este libro-juego, las banderas aparecen como un símbolo de la diversidad, y no como un emblema de la diferencia. Sin fronteras es un artefacto sencillo y que, de una manera divertida e ingeniosa, nos ayuda a imaginar un futuro con identidades más abiertas a la mezcla.

02 | Passport (editorial Dewi Lewis, 2017), de Alexander Chekmev

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¿Qué cuenta un pasaporte sobre quiénes somos? Este libro de Alexander Chekmev demuestra que bien poco. Es más: la foto del pasaporte ofrece una visión recortada y descontextualizada sobre cuál es nuestra historia personal; solo muestra una parte ínfima. Chekmev participó como fotógrafo en la campaña que lanzó el Gobierno de Ucrania para dotar de un nuevo pasaporte a toda su población, que hasta 1991 había formado parte de la Unión Soviética. Eso le supuso viajar entre 1994 y 1995 a sitios lejanos y de difícil acceso. Así, conoció a muchas personas que padecían enfermedades graves, eran muy mayores o tan pobres que no podían pagarse siquiera un fotógrafo. Fue un trabajo, como él dice, puerta a puerta, donde los servicios sociales procuraban medicinas y alimentos, y él fotografiaba una realidad que le era desconocida. El montaje del libro muestra, por un lado, la fotografía que salió en el pasaporte; por otro, la foto tal y como fue tomada. Además de la historia de cada persona, impresiona ver cuántas veces olvidamos que la compleja realidad excede ese instrumento burocrático llamado pasaporte.

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03 | Ville de Calais, del fotógrafo Henk Wildschut

Ville de Calais (signed) by Henk WildschutEl fotógrafo holandés Henk Wildschut estuvo siguiendo la evolución del campo de refugiados de Calais (Francia) desde el inicio (2015). De hecho, vivió la transformación del asentamiento en casi una ciudad. En vez de hacer retratos o de capturar historias personales, Wildschut intentó documentar las huellas físicas de las personas que esperaban allí su oportunidad para cruzar a Dover (Reino Unido). En su página web, están disponibles algunas de las fotos del libro. Hay tanto material ya sobre Calais que resulta complicado decir qué aporta respecto a tantos otros libros o reportajes fotográficos que nos muestran las condiciones precarias en que vivían allí las personas. Por eso, quizá sean más relevantes sus vídeos; en particular, algunos que hay en su cuenta de Vimeo, como 4.57 min., donde vemos y escuchamos a un chico afgano llamando a su familia.


04 | Immorefugee, por el estudio Defrost

Si no te fijas bien, esta revista parece una más de las muchas que promocionan el alquiler o venta de viviendas de uso vacacional. En cambio, cuando la miras más de cerca, de repente, te ataca la corrección política y te hace preguntarte si es una frivolidad o una genialidad. Desde luego, no deja indiferente. Immorefugee fue una efímera guía de propiedades que anunciaba inmuebles en un área residencial llamada La Nueva Jungla; un espacio habitable que ocupaba unos 500.000 metros cuadros en las afueras de Calais (Francia), que estaba rodeado por una valla de 5 metros de alto y que contaba con agua corriente y electricidad. La nueva Jungla, decía la publicidad de Immorefugee, ofrece diferentes tipos de alojamiento, sea de antigua o de nueva construcción. La idea fue del dúo bruselense Defrost, que se reapropió de la técnica publicitaria para hacernos pensar de una manera diferente sobre lo inhumano del campo de Calais. Encontraron una arista creativa diferente. ¿Alguien imagina que pasaría aquí si se publicase una guía similar con las tiendas de campaña del monte Gugurú?

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Libros

Sara Cordón: «Cuando migras eres muy consciente de tu orfandad; cambia tu concepto de familia»

La novelista madrileña Sara Cordón migró a Nueva York en 2012 huyendo de la precariedad laboral española. Quería ser escritora y ganarse la vida en algo relacionado con el mundo literario; sin embargo, su día a día aquí era una sucesión de trabajos que estaban poco o nada relacionados con la literatura. Y cuando lo estaban, estaban mal remunerados. Fue telepizzera, vendedora de palomitas en el cine, correctora, recepcionista en una escuela de escritura creativa, vendedora de libros en Fnac, profesora de niños con altas capacidades, chica para todo en un McDonald’s, promotora de productos en supermercados, vendedora de helados y algunos oficios más que no detalla por no abrumar.

De hecho, publicó unas biografías sobre personajes célebres, como Cleopatra y Marco Polo, para la editorial infantil El Rompecabezas. A día de hoy, ni ella ni otros autores han cobrado el dinero pactado y, como ella misma ha denunciado en Twitter, la editorial sigue lucrando con su trabajo y el de otras personas, que también fueron estafadas. En fin, un día se hartó de que todo resultara tan complicado aquí y pidió una modesta beca en una prestigiosa universidad de Nueva York para cursar un máster de dos años en escritura creativa en español. Se la concedieron y se fue. Estados Unidos le dio la oportunidad de hacer un fresh start, como dicen en las series, y ella lo aprovechó.

Seis años después, Sara Cordón sigue viviendo al otro lado del Atlántico. En este tiempo terminó su máster, abrió la editorial Chatos Inhumanos junto con unos amigos y empezó un doctorado. También se echó un novio mexicano, publicó su primera novela y encontró su lugar en el mundo como parte de la comunidad hispana y latina de Nueva York. Es decir: no le faltan ni razones ni raíces para pensar que migrar fue un acierto. Eso sí, como ella misma aclara en la novela, su caso es especial y suertudo: pudo disfrutar de la ayuda de una beca.

espanol-pulse-2El pasado mes de junio, Cordón estuvo en Madrid para presentar su primera novela, Para español, pulse 2, publicada por la editorial Caballo de Troya. Antes de que regresase a Nueva York, la entrevisté para la revista CTXT y charlamos sobre su libro, el reto de profesionalizarse como escritora, la novela como producto de mercado, el panhispanismo que caracteriza a la comunidad intelectual latina neoyorquina o la comodidad que acompaña a la subalternidad con suerte. Para Un puerto que cambia, además, conversamos sobre su experiencia migratoria.

Nueva York, ciudad en transformación

Algo que deslumbró a Cordón fue el tamaño y el alcance de la comunidad hispana y latina en Estados Unidos. Eso es algo que puede apreciarse con nitidez en su novela. «As you know en Estados Unidos los hispanos y latinos somos casi un veinte por ciento de la población. O sea, más de cincuenta millones», dice el personaje de Poncho mientras charla con unos editores españoles que sopesan si invertir o no en el mercado estadounidense. Y, en otro momento, leemos que la población hispana y latina de Nueva York asciende a 3,5 millones de personas, por lo que es la segunda en tamaño (por delante de la asiática o de la afroamericana).

Ahora bien, el asunto de la diversidad no es meramente estadístico, sino que está relacionado con transformaciones reales en la ciudad. Por alguna razón suele decirse que no hace falta saber inglés para vivir en Nueva York, ¿no? En Para español, pulse 2 leemos este fragmento muy significativo al respecto:

El español es en Nueva York el idioma de la subalternidad, pero, al mismo tiempo, el del poder más pedestre: el que se habla en las tiendas de barrio y en los restaurantes. El de la música reguetonera que se ha puesto de moda, con una estética caribeña sensual. Lo hablan los muchachos que se encargan del reparto a domicilio y las chinas de las manicuras a seis dólares que, por percibir sueldos tan bajos, han dejado de ser chinas para ser latinas.

De hecho, los personajes que más hablan en la novela —en su mayoría compañeros del máster de Sara— dan cuenta de la gran variedad de registros del español —chileno, dominicano, mexicano, colombiano, venezolano, rioplatense, etcétera— que se escuchan a diario en la llamada capital del mundo. Y no solo que se escuchan, sino que se mezclan entre sí —también con el inglés, claro— y alumbran una nueva manera de hablar nuestro idioma. Un idioma donde palabras como vaina, chévere, perrona, cheto o chupamedias forman parte del acervo común, y no son ya localismos de ningún país. Un idioma que, de algún modo, es un español más universal.

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Sara Cordón | Fotografía de Sheila Melhem.

Por eso mismo, leída en clave migratoria, la novela ofrece una lectura muy sugerente: si Nueva York se está transformando desde hace décadas con tanta intensidad y profundidad —al menos una de cada cinco personas es migrante—, ¿no parece lógico que nuestras ciudades estén cambiando de una manera similar, solo que con unos años de retraso?

La lectura de Para español, pulse 2 nos deja una certeza: somos mezcla y diversidad, y hacia eso tendemos cada vez más rápido; por tanto, en vez de replegarnos sobre nuestra identidad cultural, lo suyo es abrirnos y volvernos permeables a las identidades que nos rodean. Eso es lo que hizo al menos Sara Cordón no solo en su novela, sino en la vida cotidiana; ella se fue siendo una madrileña de toda la vida y, ahora, enriquecida por seis años de experiencia migratoria, es, como suele decirse, simplemente una ciudadana más del mundo.

—Fue todo un descubrimiento llegar a Nueva York y encontrar tantas variantes del español, ¿no?
—Sí, fue todo un descubrimiento. Cuando llegábamos a Nueva York, muchos de mis compañeros de máster y yo nunca habíamos tenido que tratar con personas que hablasen en un español diferente al nuestro. Todo el tiempo nos preguntábamos cómo se decía tal o cual palabra; así, resaca, de repente, era guayabo o cruda, o un montón de palabras diferentes. Lo que hacíamos era que la palabra que escuchábamos más veces todos la empezábamos a decir. Empezamos todos a hablar todos un poco raro.

—¿Le ha cambiado el acento?
—Hay gente que dice que sí. El otro día me preguntaron si era gallega y, hace poco, una chica me dijo que si era colombiana… No creo que me haya cambiado tanto; de lo que sí me he dado cuenta es que, a veces, como a mi alrededor tengo un montón de personas de diferentes países de Latinoamérica, uso sin darme cuenta expresiones que no utilizaría en España. Aquí intento no hacerlo, pero cada tanto se me escapa alguna; y a unas personas les parece que me hago la guay y a otras, que hablo así por culpa del inglés… De hecho, Mercedes Cebrián [la editora de Caballo de Troya], me ha tenido que corregir cosas en la novela que no se dicen así en España. Me refiero a la voz del narrador, la de Sara, que habla un español de España que pretende ser neutro, aunque ya sabes que eso de la neutralidad es un invento.

—En la novela leemos esta reflexión sobre las migraciones: «Cuando se emigra resulta indispensable adoptar una noción más amplia del concepto de familia». Hábleme de esto.
—Sara es un personaje huérfano. Siempre hay dudas con respecto a qué personajes de su familia han muerto y cuáles no, pero eso da igual. Está huérfana en su propio país, pero fuera de él es más huérfana todavía. Por eso fuera tiene estos recuerdos de sus familiares muertos. De hecho, aunque sus compañeros le piden que escriba sobre la crisis económica, su relación con España se establece a través de su orfandad, de su familia perdida. La familia es lo que tiende a anclarte; es la raíz. De repente, te das cuenta de que puedes echar raíces de otra forma.

—¿Y cómo son esas raíces?
—En mi caso, muy agradables, la verdad; muy reconfortantes. Me siento ahora como un árbol grande, de esos que crecen en el agua, como un manglar con una raíz intrincada que va de España a Estados Unidos. Eso sí, esa raíz americana no se estableció tanto en el país como en la comunidad que descubrí, que se convirtió en mi familia.

—Ahora son más que amigos, ¿no?
—Sí, porque cuando nos pasa cualquier cosa —cosas que aquí te resuelve tu familia, como cuando te pones enfermo—, allí estamos todos huérfanos; entonces nos los resolvemos. Somos una comunidad: nos destruimos y nos reparamos entre nosotros. Si un amigo está en el hospital, vamos todos porque somos su familia. Somos muy conscientes de la orfandad y de que hay que hacer un apoyo extra al que haríamos en el país de cada uno.

—¿Qué es lo que más le ha costado de emigrar?
—Como he sido una emigrante suertuda, todo me ha resultado fácil gracias a la beca que tuve. Eso sí, Nueva York es una ciudad jodida y que requiere de mucha energía.

—¿Qué le ha aportado tu experiencia migratoria?
—Uf, muchas cosas. Me ha hecho más versátil: al trato con diferentes personas, a intentar comprender circunstancias, también he aprendido a ampliar mi visión de Estados Unidos… Todo el mundo me decía: «Vas a volver a España con tu novio americano, alto, rubio, etcétera». Y resulta que mi novio es mexicano-americano, más bien bajito, gordote y moreno. El estereotipo del estadounidense no coincide con la diversidad real. He aprendido que Estados Unidos es un país muy complejo. Lo sabía a través de las películas, pero la realidad, al menos en Nueva York, tan multicultural y variopinta, es la de un país muy rico, que ofrece muchas cosas muy diferentes. Sigue habiendo una segregación y una injusticia social muy grande, por un lado; pero, por otro, todos esos seres segregados confluyen en el metro, en las calles y en determinadas zonas comunes. Por eso es difícil obviar que todos esos problemas existen.

—La novela muestra que las migraciones favorecen un cruce de clases sociales que, en el país de origen, muchas veces no se daría, o no de igual a igual. ¿Ha vivido eso en Nueva York?
—Sí, tanto por arriba como por abajo. Quizá lo que más me ha sorprendido es cruzarme en el máster con gente con tanto dinero; nunca había tenido amigos tan ricos. El dinero genera seres muy particulares. Tengo amigos que desde pequeños hicieron piano y baile, o que han viajado mucho y siempre han estado relacionados con la cultura; eso es algo que entre mis amigos españoles era muy raro. Pero también he experimentado el contraste, lo opuesto. Como trabajo en una universidad pública en el Bronx, tengo los casos de alumnos que, sin apenas recursos deben pagar unas matrículas bestiales —aunque sea una universidad pública—; por tanto, hacen su jornada completa de trabajo y luego vienen a clase. Son personas que viven situaciones muy duras. Aprender a amoldarme a las dos cosas me ha enriquecido mucho.

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—Usted es de Cuatro Caminos, donde está lo que se ha dado en llamar el «pequeño Caribe». ¿Cómo es su relación con su barrio de siempre?
—Ahora es totalmente diferente para mí; me resulta más cercano. Antes había zonas del pequeño Caribe a las que no me atrevía a acceder por la noche. A veces, lo desconocido da miedo. Ahora he conocido a mucha gente caribeña, y entiendo mejor qué pasa en el barrio. Antes tenía un prejuicio xenófobo; sin embargo, entender me ha ayudado a perder el miedo y a disfrutar del enriquecimiento de mi barrio.

—¿Ve algún tipo de paralelismo entre Nueva York y la transformación que está viviendo Madrid?
—Ojalá que sí. Recuerdo un cuento de Juan Sebastián Cárdenas, publicado en la antología Madrid con perdón, que hizo Mercedes Cebrián, donde hablaba de cómo unas chicas de familia española que iban en el metro querían parecerse a las chicas latinas. Y, en mi antiguo colegio, ahora ves mucha juventud latina. También veo que, por fin, se empiezan a reivindicar movimientos afroespañoles… Eso es enriquecimiento, y eso me alegra mucho; en España todavía hay una mirada superconservadora. El verano pasado vine con mi novio y le gritaron: «¡Quita, gorila!». Es decir: estas cosas pasan.

*

P.D.:  Sara Cordón ganó el XII Premio Cosecha Eñe de Relato. En la revista eñe, puedes leer su texto «Media beca», que forma parte de la novela Para español, pulse 2. Y si quieres saber más sobre la editorial Chatos Inhumanos, el artículo «Cuando editar es resistir», del diario argentino Página 12, cuenta muy bien sus inicios, la orientación del catálogo o su vocación mestiza respecto al lenguaje.

Entrevista Libros

Prohibido votar

Uruguay es uno de los pocos Estados de América Latina que no permite el voto desde el exterior, pese a que el 16 % de su población vive fuera del país. Esta semana, el Senado aprobó un proyecto para habilitar el voto de quienes han emigrado, una medida que los partidos de la oposición calificaron de «inconstitucional» y que una parte de la ciudadanía percibe como electoralista. La situación es tensa en el plano político y comienza a ser hostil en el plano social. Se habla ya de xenofobia entre compatriotas, algo que suena absurdo, pero es real y que empieza a sentirse desde afuera. Esa sensación es el disparador de este artículo, que parte de un escenario concreto pero abarca un problema global.

Por Laura Caorsi

¿Qué lugar ocupamos las personas que emigramos en el imaginario de nuestros países de origen? Somos bienvenidas cuando vamos. Agasajadas con comida rica, largas charlas y cosas que extrañamos. Quienes nos reciben se alegran de vernos. Nos abrazan. También nos despiden con tristeza. Nos mandan fotos de los cumpleaños y las vacaciones. Nos dicen con frecuencia «ojalá estuvieras acá». Ponen «me gusta» a nuestras fotos lindas del Facebook. Y cuando salen del país, nos visitan; vienen a nuestras casas, a veces duermen en nuestro sofá. Los lazos son fuertes y los sentimientos, genuinos. Sin embargo, en ocasiones, nada de eso alcanza para que nos perciban como ciudadanos completos, con capacidad para decidir en términos de igualdad. Cuando se trata de votar, nos convertimos en otra cosa. Estorbamos.

En estas últimas semanas he leído bastante acerca del derecho al voto de los uruguayos que residimos en el exterior. Y, antes de seguir, quiero aclarar algo: no me gusta el manoseo político de los derechos civiles ni me parece correcto hacer reformas a las bravas, sean del partido que sean. También, que si bien este texto nace de una situación personal y un Estado concreto, intenta reflexionar sobre un problema común a muchas personas migradas: descubrirse extranjeras en sus países de origen.

Como decía, he leído muchas cosas, desde artículos y comentarios, hasta discusiones y mensajes con foto de los que se cuelgan en las redes sociales o se mandan por WhatsApp. Algunos de esos mensajes son muy hostiles con quienes no estamos físicamente en el país y se refieren a nosotros como si fuésemos extraños. Y, por lo mismo, son hirientes. A mí, por lo menos, me generan pena y decepción porque quienes los envían o refrendan son personas que me conocen, con las que he compartido alguna etapa de mi vida o incluso una buena amistad. Son personas que, si nos encontráramos en una calle de Montevideo, se alegrarían de verme.

A partir de la perplejidad que todo esto me genera, planteo ocho reflexiones que —insisto— pueden leerse en clave local o global:

1. Emigrar no equivale a desvincularse del país

Emigrar no se traduce en «si te he visto no me acuerdo». Para nada. Tampoco es fácil ni sale gratis. Es más: tiene un costo emocional altísimo para quienes se van y para quienes se quedan. Quienes estamos fuera tenemos familia y amistades allí; por tanto, nos preocupa la inseguridad ciudadana, que se disparen los precios o que un tornado destroce casas y escuelas, como pasó en Trinidad. «No es justo que voten los de afuera; después no están acá para aguantar lo que eligieron», nos dicen algunos. ¿De verdad creen que nos da igual lo que pase donde viven las personas que queremos? ¿En serio nos imaginan votando irresponsablemente, como quien hace a distancia un experimento social?

2. «Cómo van a votar si no tienen idea de lo que pasa acá»

Estamos en otros países, no en la luna. Y hablamos por teléfono, accedemos a las redes sociales y usamos WhatsApp. Muchos participamos en grupos familiares, de exalumnos o de amigos. Y, así como compartimos chistes de todo tipo, nos enteramos también de las malas gestiones del Gobierno, de los robos a mano armada o del aumento del precio del combustible. Sin embargo, nos dicen: «No tienen ni idea de lo que pasa en Uruguay». Es curioso que las mismas personas que nos niegan el derecho al voto con este argumento sean, en general, las que nos informan de todo lo que ocurre, especialmente de lo malo. «¡Quienes viven afuera tienen una imagen distorsionada del país!», escriben en sus muros de Facebook o en los grupos de WhatsApp. Al respecto, una precisión: tenemos la imagen del país que nos dan.

3. «Hay que votar donde se pagan impuestos»

Aunque sea una obviedad, es pertinente recordarlo: no todos los ciudadanos de un país pagan impuestos. Hay gente que no tiene trabajo o que cobra en B. Hay gente que arma empresas offshore en paraísos fiscales o que no factura para ahorrarse el IVA. Y todas esas personas votan, incluidas las que defraudan a sus compatriotas en pequeña o en gran escala (a menos que estén en la cárcel). Pero, además, resulta que pagar impuestos en un país no es determinante para poder votar en él. En general, los Estados exigen a sus inmigrantes un montón de requisitos hasta considerarlos ciudadanos de pleno derecho (quienes vivimos en España, por ejemplo, lo sabemos bien).

4. El peso económico de la población invisible

Las migraciones no solo generan riqueza en los países de destino; también aportan muchísimo dinero a los países de origen a través de las remesas que hacen las personas de a pie. El año pasado, según datos del Banco Mundial, el envío global de remesas alcanzó los 613.000 millones de dólares. Uruguay, en particular, recibió 125 millones (el 0,21 % del PIB) por parte de su población residente en el exterior. La cifra se repite, de manera aproximada, desde hace años. Para situarnos: lo que enviaron los emigrados en los últimos dos años es más de lo que se necesitó para construir el nuevo Aeropuerto de Carrasco, ampliar el muelle C del Puerto de Montevideo y hacer la reforma del auditorio del SODRE. Nuestra fuerza de trabajo está deslocalizada, pero somos una potente inyección de capital.

5. La fantasía del voto como fruto del reposo

Hace mucho, cuando estudiaba en la facultad, un profesor de periodismo nos dijo lo siguiente: «Si escriben pensando en un lector sentado en un sillón de cuero, junto a la estufa y con una copa de brandy, están fritos. Eso no es lo habitual. La gente lee el diario como puede, en los pocos ratos libres que tiene, en lugares con ruido, en el bondi [autobús]». Con el voto pasa algo parecido. Es un error pensar que, simplemente por estar en el país, la elección de un candidato será fruto del reposo y, por tanto, más pertinente o valiosa que la de quienes estamos fuera. Desde luego, hay personas que reflexionan mucho antes de tomar una decisión electoral, pero, como bien saben las agencias de publicidad, es bastante más frecuente lo otro: el voto emocional. Incluso están bien vistos el voto de castigo y el voto con bronca. ¿Por qué si a ningún ciudadano se le exige aprobar un examen de conocimientos o de sensatez para votar sí se nos exige esos atributos a quienes hemos emigrado?

6. Paradojas migratorias: cuando hay más gente fuera que en varias provincias del país de origen

Según el último informe de la Organización Internacional de las Migraciones, en el mundo hay 244 millones de migrantes internacionales. Representan el 3,3 % de la población del planeta. Más de medio millón (529 630) son uruguayos. Solo en Argentina viven más uruguayos que en departamentos —provincias— como Colonia, Salto, Maldonado o Paysandú. En España, nuestro segundo destino migratorio, vivimos 75.663, lo que significa que somos más uruguayos aquí que en departamentos como Artigas, Durazno, Flores, Florida, Lavalleja, Río Negro, Rocha o Treinta y Tres. Estamos hablando de mucha gente que no puede ejercer sus derechos con plenitud, de unas leyes que no están a la altura de esta realidad social y de unas reglas que no son iguales para todos.

7. Vota el que está más cerca o tiene más dinero

Ahora mismo, la situación no es equitativa para todos los uruguayos que vivimos en el exterior. Quienes viven afuera pero relativamente cerca (por ejemplo, en Argentina) tienen más facilidades para «avecinarse» al país y ejercer su derecho al sufragio que quienes estamos en España, Estados Unidos o Australia. A su vez, entre quienes están más lejos, solo algunos pueden permitirse viajar dos veces para votar (por el ballotage), o viajar y quedarse todo un mes, hasta la segunda ronda. Para eso se necesita disponibilidad de tiempo y dinero, dos cosas que, juntas, no tiene casi nadie; ni siquiera los jugadores de fútbol mejor pagados. Ni Luis Suárez ni Edinson Cavani pueden votar, pese a ser dos símbolos indiscutidos del país. Ellos están en la misma zona gris que los otros 529.628 uruguayos, una zona en la que hay votos ligados a la proximidad geográfica y la capacidad económica. Y eso no se corresponde con un país que se jacta de tener el voto universal (y, además, obligatorio).

8. Cuando las leyes van más despacio que la realidad

Yo vivo en España desde hace 15 años, así que llevo 15 años sin votar en Uruguay. Las leyes (y los plebiscitos) me han asignado el lugar de una simple espectadora. Y me molesta. Sin embargo, también hay uruguayos emigrados que tienen una opinión diferente a la mía. No todo el mundo quiere votar o siente que sea apropiado hacerlo a distancia. En todo caso, es evidente que nuestro sistema electoral no se ajusta a la realidad actual, que tiene parches aquí y allá, que necesita una reforma y que deberíamos decidir entre todos cómo queremos que sea. Y cuando digo «entre todos» hablo también de los que estamos en el exterior. Quizá deberíamos plantearnos si el voto debe dejar de ser obligatorio, ¿por qué no? De esa forma, iríamos a votar quienes realmente tengamos el interés y la convicción de hacerlo, más allá del lugar donde tengamos el sofá.

Artículo Opinión

Diversidad de andar por casa: luna 4

Llegamos a la cuarta parada de nuestro proyecto #DiversidadDeAndarPorCasa y, como todos los meses, aquí traemos el resumen gráfico de las cosas que hemos aprendido en este tramo del camino. ¿Sabíais que en Paraguay se prepara un plato italianísimo como los ñoquis (gnocchi) y se sirve acompañado por yuca? Nosotros, no. Lo descubrimos en Madrid, en una de nuestras aventurillas gastronómicas urbanas. 

Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas
@lauracaorsi | @estoy_que_trino

Ñoquis paraguayos, brochetas filipinas, embutidos italianos o sopa de marisco ecuatoriana son algunos de los platos que hemos degustado este mes. Pero no todo ha sido salir y sentarse a mesa puesta, no. Además de comer fuera de casa, nos hemos animado a cocinar con nuevos ingredientes, como la pasta de achiote, el tamarindo y las calabazas boneteras en conserva. También hemos visitado la Feria del Libro y hemos descubierto periódicos que se publican aquí… en otros idiomas. Ah, y estamos haciendo importantes progresos en nuestros conocimientos sobre variedades de maíz.

Si quieres acompañarnos en nuestro aprendizaje día a día, síguenos en Instagram. Para ver los hallazgos de este mes, echa un vistazo a las fotos:

Artículo

Esa red de cosas compartidas

Se acerca el Mundial y mi padre y yo hablamos de fútbol. El tema nos gusta (a él más que a mí), de modo que aparece en nuestras charlas cada tanto. No es que seamos fanáticos del fútbol ni que hayamos hecho nuestra la frase de que «la vida es eso que pasa entre Mundial y Mundial», no. Lo que sucede es que ambos nacimos y crecimos en un país donde este deporte tiene muchísima importancia, donde la cancha recorre desde la historia y la épica hasta las discusiones de sobremesa o de bar. Mi padre y yo nacimos en Uruguay, el país donde se disputó el primer Mundial en 1930, el país que apela —no sin cierta nostalgia— a la gesta del Maracaná de 1950, y el país donde la radio, con sus relatores de fútbol, exige una escucha atenta y en AM los domingos por la tarde. Me atrevería a decir que, en el Estado más laico de América Latina, el fútbol es la única religión que tiene un amplio respaldo social.

Los dos nacimos en ese lugar donde, ojo al gol, hasta el lenguaje cotidiano está lleno de expresiones futboleras. Sin embargo, ninguno de los dos vive allí desde hace años. Mi padre emigró en 1998 a Argentina, y en 2003 yo me vine a España. Es decir: llevamos más o menos el mismo tiempo viviendo fuera del país y, a su vez, residimos en países distintos, lo que nos permite tener unas conversaciones de lo más interesantes acerca de lo que suponen los procesos migratorios.

El aporteñado y la galleguita

A mi padre le cambió el acento en Argentina. Me acuerdo de la primera vez que lo noté. Él llevaba un tiempo en Buenos Aires y yo todavía vivía en Montevideo. Estábamos hablando por teléfono y, de pronto, en una frase, apareció el acento porteño, ese cantito que tanto caracteriza a los argentinos de Buenos Aires y que, con toda probabilidad, solo los uruguayos somos capaces de diferenciar del nuestro. No recuerdo exactamente qué dijo mi padre, pero sí recuerdo mi reacción ante su tono. «¡Pah, viejo, te aporteñaste!», le dije casi increpándolo, como si aquello fuera algo malo. Sentí que su nuevo deje porteño —irritantemente porteño— ponía en entredicho su uruguayez y, con ello, su respeto por nuestras raíces. Casi nada.

Unos años después, cuando yo ya vivía en Bilbao, la escena se repitió. Esta vez, era yo la que tenía cantito al hablar. «¡Upa! ¿Qué hacés, galleguita?», me soltó mi padre en mitad de una conversación. Tampoco recuerdo en este caso qué le estaba contando antes de ese inciso, pero sí tengo presente su observación, que me cogió —me agarró— completamente por sorpresa. «Tenés acento», agregó, y aquello me dejó sin palabras. Llevaba un tiempo viviendo en Bilbao y ya me había acostumbrado a llamar la atención por mi acento (sha me había acostumbrado a shamar la atensión por mi asento), pero siempre entre los vascos, claro. Esta era la primera vez que me lo señalaban desde el otro lado del Atlántico. Y me molestó.

Aquel día sentí que me estaba diluyendo y que mi nuevo acento —¡qué cosas!— horadaba mi uruguayez. Sentí que con el cambio de país estaban cambiando otras cosas; cosas como mi nuevo modo de hablar del que, hasta entonces, ni siquiera me había dado cuenta. Esto, quizá, era lo más inquietante: me estaba pasando sin notarlo. Ese día sentí que estaba perdiendo mi identidad. Hoy lo entiendo en términos de ganancias: sé que las identidades pueden ser maleables y que mi parte uruguaya tan solo se estaba moldeando. Estaba acomodándose para hacerle hueco a otra cultura, otras palabras y otras maneras de entender el mundo que, con el tiempo, han acabado siendo también las mías.

El Carnaval de naciones

El proceso migratorio de mi padre coincidió en el tiempo con el mío. En unos aspectos han sido muy parecidos —como en esto de los acentos cambiantes—, y en otros no. Por ejemplo, él tenía 46 años cuando emigró, mientras que yo lo hice con la mitad de su edad. Además, Argentina está muchísimo más cerca de Uruguay que España, él visita Montevideo con más frecuencia que yo y la cultura de aquella zona —sobre todo, en las capitales— es muy similar. Tan similar que hasta se disputan los iconos culturales o gastronómicos, como Carlos Gardel o el dulce de leche. El mate y el asado son elementos sobre los que un uruguayo y un argentino pueden debatir durante horas, comparando los métodos y disputándose su autenticidad.

pelota-futbolEl fútbol se incardina en esa red de cosas compartidas. A un lado y al otro del Río de la Plata, se vive con la misma intensidad. Una intensidad efervescente, de absolutos, donde predomina el sentir y donde no hay lugar para demasiados matices, tibiezas o dudas. El equipo del que somos forofos —el cuadro por el que hinchamos— forma parte de esa selecta lista de cosas que uno nunca se cuestiona. Se es de tal o de cual —habitualmente, desde la cuna— y punto. No hay nada más de que hablar. Podemos, sí, tener algunas simpatías externas (yo soy de Peñarol y me gusta el Barça; mi padre es de Peñarol y simpatiza con Boca Juniors), pero es difícil que el Barça o Boca lleguen a movilizarnos tanto como nuestro amor primigenio.

Con las selecciones, en el Mundial, la lógica es la misma. Caben las simpatías, desde luego, y más aún las antipatías, pero no cabe preguntarse a cuál equipo se va a alentar. Si el país de uno está clasificado para el Mundial, uno hincha por su país, y se emociona y sufre, y se pinta la cara, y hasta desempolva las pelucas de colores, los símbolos patrios, el himno, las matracas y la bandera. El Mundial es un periodo en el que podemos permitirnos ese tipo de excesos nacionalistas porque se circunscriben en un contexto de juego. Y es ese contexto lúdico, con sus reglas, como el Carnaval, el que nos da permiso para disfrazarnos de hipérboles culturales; el que nos habilita a no dudar sobre nuestra pertenencia o nuestra identidad.

Hasta que uno emigra y empieza a pasar el tiempo.

Cuando uno emigra y empieza a pasar el tiempo; y, sobre todo, cuando empieza a pasar el tiempo y uno se siente bien en el país al que ha emigrado, los excesos y los absolutos dejan de estar tan claros. Hay más espacio para el matiz y la duda. O, si se quiere, para las pasiones compartidas. «Me encantaría que Uruguay llegue a la final y también me encantaría que llegue Argentina. Quiero que lleguen las dos selecciones, pero no quiero que lleguen juntas. Sería un partido horroroso; no sabría por quién hinchar», me dijo mi padre hace poco.

Qué bonita paradoja.

Sonrío y lo entiendo porque me enfrento al mismo dilema, con España. Me encantaría que España y Uruguay ganaran el Mundial, pero no que tuvieran que enfrentarse en la cancha. Sería un partido tortuoso, de sentimientos encontrados, en el que no me conformaría ningún resultado. Me sentiría bien y mal al mismo tiempo, como si un tal Schrödinger patrocinara el encuentro.

«Si me preguntabas hace unos años, no dudaba: todo bien con Argentina, pero yo hinchaba por Uruguay —me siguió explicando mi padre—. Ahora ya no es así. No sé cuándo cambió, pero siento que soy de los dos. Estoy cómodo y no me siento obligado a elegir». Yo tampoco sé cuándo cambió mi sentir, en qué momento pasé a vivir esta doble pertenencia. Pero aquí está, y vino para quedarse. En este momento, no soy de Uruguay ni de España. Es justo al revés: Uruguay y España son parte de mí. No puedo explicarme a mí misma sin ellos, pero ninguno de ellos puede por explicarme por sí solo. Uruguay y España —o, más concretamente, Montevideo, Bilbao y Madrid— conforman un entramado que no se puede desmenuzar, como las vetas del mármol.

Así como cambian los acentos, el vocabulario o las cajas de resonancia culturales —despacio, muy despacio, casi sin que uno lo note—, cambian las identidades y los sentimientos de pertenencia. Uno puede intuir el cambio; en el mejor de los casos, entreverlo, pero cuando realmente lo descubre es cuando ya se ha producido. Por ejemplo y sin ir más lejos, una tarde cualquiera de 2018 hablando con su padre de fútbol.

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