Si te cuesta imaginar la diversidad cultural, échale un ojo a estos libros

Hace algún tiempo, estuvimos en una feria del libro de fotografía y descubrimos cuatro obras que hablaban sobre la cuestión migratoria y la diversidad cultural: Sin fronteras, de Imapla; Passport, de Alexanderk Chekmev; Ville de Calais, del fotógrafo Henk Wildschut; e Immorefugee, del estudio Defrost. Nos pareció importante detenernos en ellos y explorar la manera en que hablan sobre el tema. De algún modo, todos ellos tienen algo en común: a partir de lo visual, nos enseñan a imaginar un mundo más diverso.

Por Rubén A. Arribas
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01  | Sin fronteras (editorial Libros del Zorro Rojo), por Imapla

A un lado, 45 banderas; al otro, los 45 nombres de los países correspondientes. En el medio, de manera horizontal, un corte que divide en dos partes cada bandera y cada nombre, de manera que al combinar banderas y países se pueden obtener más de 2000 combinaciones distintas. Así, de México y Estados Unidos puede salir Mexiunidos; de Bolivia y Francia, Bolicia; y de Canadá y Japón, Capón. Además, se puede pintar —inventar— una bandera y fundar un país propio. En este libro-juego, las banderas aparecen como un símbolo de la diversidad, y no como un emblema de la diferencia. Sin fronteras es un artefacto sencillo y que, de una manera divertida e ingeniosa, nos ayuda a imaginar un futuro con identidades más abiertas a la mezcla.

02 | Passport (editorial Dewi Lewis, 2017), de Alexander Chekmev

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¿Qué cuenta un pasaporte sobre quiénes somos? Este libro de Alexander Chekmev demuestra que bien poco. Es más: la foto del pasaporte ofrece una visión recortada y descontextualizada sobre cuál es nuestra historia personal; solo muestra una parte ínfima. Chekmev participó como fotógrafo en la campaña que lanzó el Gobierno de Ucrania para dotar de un nuevo pasaporte a toda su población, que hasta 1991 había formado parte de la Unión Soviética. Eso le supuso viajar entre 1994 y 1995 a sitios lejanos y de difícil acceso. Así, conoció a muchas personas que padecían enfermedades graves, eran muy mayores o tan pobres que no podían pagarse siquiera un fotógrafo. Fue un trabajo, como él dice, puerta a puerta, donde los servicios sociales procuraban medicinas y alimentos, y él fotografiaba una realidad que le era desconocida. El montaje del libro muestra, por un lado, la fotografía que salió en el pasaporte; por otro, la foto tal y como fue tomada. Además de la historia de cada persona, impresiona ver cuántas veces olvidamos que la compleja realidad excede ese instrumento burocrático llamado pasaporte.

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03 | Ville de Calais, del fotógrafo Henk Wildschut

Ville de Calais (signed) by Henk WildschutEl fotógrafo holandés Henk Wildschut estuvo siguiendo la evolución del campo de refugiados de Calais (Francia) desde el inicio (2015). De hecho, vivió la transformación del asentamiento en casi una ciudad. En vez de hacer retratos o de capturar historias personales, Wildschut intentó documentar las huellas físicas de las personas que esperaban allí su oportunidad para cruzar a Dover (Reino Unido). En su página web, están disponibles algunas de las fotos del libro. Hay tanto material ya sobre Calais que resulta complicado decir qué aporta respecto a tantos otros libros o reportajes fotográficos que nos muestran las condiciones precarias en que vivían allí las personas. Por eso, quizá sean más relevantes sus vídeos; en particular, algunos que hay en su cuenta de Vimeo, como 4.57 min., donde vemos y escuchamos a un chico afgano llamando a su familia.


04 | Immorefugee, por el estudio Defrost

Si no te fijas bien, esta revista parece una más de las muchas que promocionan el alquiler o venta de viviendas de uso vacacional. En cambio, cuando la miras más de cerca, de repente, te ataca la corrección política y te hace preguntarte si es una frivolidad o una genialidad. Desde luego, no deja indiferente. Immorefugee fue una efímera guía de propiedades que anunciaba inmuebles en un área residencial llamada La Nueva Jungla; un espacio habitable que ocupaba unos 500.000 metros cuadros en las afueras de Calais (Francia), que estaba rodeado por una valla de 5 metros de alto y que contaba con agua corriente y electricidad. La nueva Jungla, decía la publicidad de Immorefugee, ofrece diferentes tipos de alojamiento, sea de antigua o de nueva construcción. La idea fue del dúo bruselense Defrost, que se reapropió de la técnica publicitaria para hacernos pensar de una manera diferente sobre lo inhumano del campo de Calais. Encontraron una arista creativa diferente. ¿Alguien imagina que pasaría aquí si se publicase una guía similar con las tiendas de campaña del monte Gugurú?

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Libros

La red solidaria que envuelve al Puerto de Bilbao

Alrededor de 70 personas viven acampadas en las inmediaciones del Puerto de Bilbao. Son, en su mayoría, muchachos jóvenes procedentes de Albania que han decidido emigrar a Reino Unido y que tienen muy pocas posibilidades de ingresar legalmente al país. Por eso lo intentan como polizones, en los ferris que conectan las ciudades portuarias del continente (como Bilbao, Santander y, antes, Calais) con la isla. Los chavales —casi todos menores de 25 años—, van en busca de un lugar donde haya trabajo y la perspectiva de un futuro mejor, pero en su camino encuentran no pocas barreras que torpedean constantemente ese proyecto.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

Desde 2017 a la fecha, el Puerto de Bilbao se ha blindado a estos migrantes que, pese al nuevo muro de 4 metros de altura que bordea el área, el incremento de la vigilancia y los sucesivos desmantelamientos del campamento donde residen, siguen intentando montarse en los barcos. Durante el año pasado, según las cifras de la Guardia Civil, hubo más de 3.800 intentos frustrados. Más de 50 por persona.

Sobre esta situación, mucho se ha dicho y escrito en la prensa. Casi siempre, desde la perspectiva de las compañías navieras, la Autoridad Portuaria o los transportistas (estos últimos se enfrentan a multas de 2.200 € si desembarcan en Reino Unido con un polizón). De momento, el foco no está puesto en las historias de estos jóvenes, cuyos relatos e ilusiones no son muy diferentes de los de cualquier chaval español, excepto porque sus pasaportes abren menos puertas. Tampoco se menciona la impresionante red de solidaridad ciudadana que se ha tejido en pocos meses para arropar a estos chicos y dignificar mínimamente su espera hasta que tenga lugar la partida.

El artículo que escribí para El Salto aborda estas dos cuestiones. Lo hace de la mano de Merce Puig Zuluaga y Heri Lago-Lekue, dos vecinos de Vizcaya que forman parte de esa red solidaria; y de Shefqet Lami, uno de esos chavales de Albania que llegó hace 6 meses y que, a día de hoy, vive en Barrika. Sus testimonios ayudan a entender mucho mejor lo que ocurre en este punto de la costa vasca. Puedes leer el reportaje completo aquí.

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Artículo

De Andalucía a Euskadi: tres siglos de esclavitud en 15 notas con historia

La esclavitud es una parte relevante de la historia española que solemos omitir. Los documentos muestran que en los siglos XVII y XVIII el 10 % de la población de Sevilla estaba esclavizada y que denunciar a quienes huían resultaba lucrativo. También que Irun, tras la abolición de la esclavitud en el siglo XIX, fue un destino preferente para los registradores de esclavos o el funcionariado aduanero de la Cuba colonial. Las historias de Pedro Urdanibia, Juan de Larreaundi o Eduardo Velentín confirman que les debemos un reconocimiento y una reparación a miles de personas como Eiza Abdala o María Pereda. Por sorprendente que nos parezca, los prejuicios raciales o el comercio actual de esclavos en Libia vienen de lejos, y tenemos algo que ver.

Por Ana Galdós

01 | La mayor migración intercontinental de la historia. Desde el siglo XVI hasta el XIX, millones de personas negras fueron obligadas a abandonar sus hogares y vendidas como esclavas. Las fuentes cifran entre 10 y 15 millones de personas las víctimas de este comercio; con todo, es difícil cuantificar el número exacto: aunque había un registro oficial de esclavos vendidos, también existía la venta clandestina. En cualquier caso, la trata de esclavos ha sido considerada —por su duración y escala— la mayor migración intercontinental de la historia. Una migración que no fue ni voluntaria ni derivada de un conflicto interno, sino impuesta.

02 | Cadenas de hierro para unos y cadenas de valor para otros. Durante más de tres siglos, miles de personas se beneficiaron económicamente del tráfico de mujeres y hombres negros. El asunto empezaba con los estamentos oficiales que otorgaban las licencias para transportar esclavos, pasaba por quienes se encargaban de hacinarlos en los barcos y llevarlos rumbo a América o Europa, continuaba con los propios tratantes y finalizaba con los compradores. En definitiva, existió toda una cadena de intereses que convirtió la trata de personas en un comercio oficial de gran rentabilidad económica y a gran escala.

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03 | Una mercancía multiusos. Los esclavos fueron una mercancía muy apreciada y demandada por los europeos. Aunque una gran parte estaba destinada a trabajar en las plantaciones agrícolas de América, muchos otros se quedaron en suelo europeo, donde trabajaban en el servicio doméstico o eran conducidos a las galeras para remar en las embarcaciones reales, protagonistas de las grandes batallas navales.

04 | Andalucía, centro del negocio esclavista español. Andalucía fue una de las regiones donde hubo una mayor presencia de esclavos. Los puertos de Sevilla y Cádiz hacían de estas dos localidades centros neurálgicos de compra y venta de personas. Se ha calculado que, durante los siglos XVII y XVIII, los esclavos llegaron a representar el 10 % de la población sevillana. La mayor parte procedía de la zona denominada por los europeos Berbería o costa berberisca, formada por Marruecos, Argelia, Túnez y Libia. De hecho, la presencia de africanos fue tan importante que, aunque se ha tratado de borrar de la memoria, ha dejado una clara herencia en la cultura andaluza.

05 | La aportación vasca. Los vascos también formaron parte del entramado comercial del sistema esclavista. Los documentos conservados en diferentes archivos históricos constatan su presencia como transportistas, vendedores o propietarios. De hecho, muchos estaban tan estrechamente vinculados con el comercio transatlántico que residían en Sevilla o en Cádiz. También los hubo que trajeron esclavos al País Vasco, así que no era raro entrar en una casa y comprobar que el personal doméstico era una pertenencia más (y adquirida como tal). En ocasiones, los propietarios debieron desprenderse de sus esclavos debido a las órdenes de expulsión que dictaban las autoridades, pues en el País Vasco existía un especial recelo por conservar limpia la sangre y alejarla de todo tipo de mezcla racial. A pesar de ello, muchos dueños los conservaron.

06 | El río Bidasoa, frontera entre la esclavitud y la libertad. Es fácil encontrar documentos que constatan que en el siglo XVI ya había esclavos en el País Vasco. Es más: en Gipuzkoa no solo se los veía acompañando a sus dueños, sino que también se los vio huyendo de ellos. Durante siglos, la ciudad fronteriza de Irun fue el destino de muchos esclavos africanos que huían desde cualquier punto de la península ibérica para intentar cruzar el río Bidasoa y luego, ya en suelo francés, embarcar desde algún puerto rumbo a la libertad. Otra cosa que nos enseñan los documentos históricos es que si el esclavo tenía ya una consideración social nula, el que huía de su dueño incurría en un delito tipificado. Por eso, quienes veían a un esclavo que huía solían denunciarlo para que fuese apresado y juzgado. Eso sí, más que una cuestión de justicia era de economía: si tenía dueño, este te compensaba económicamente; y si no lo tenía, te lo quedabas o lo podías revender.

07 | El prejuicio del color. El 23 de abril de 1532, Pedro de Urdanibia, un vecino de Irun que gozaba de gran prestigio por su poder económico y social, se presentó ante la justicia con un joven negro de 20 años. Cuando se topó con él, Urdanibia le preguntó si era esclavo huido y el joven le dijo no serlo; sin embargo, lo apresó igualmente porque, por su aspecto, «parecía que era esclavo y que venía huido de su dueño». Es decir: el color negro de su piel fue la prueba concluyente. De nada le sirvió al joven confesar ante la justicia que era originario de la Berbería, que había hecho un largo camino desde Portugal y que quería cruzar a Francia.

08 | La denuncia como gran negocio. Cuando alguien capturaba a un esclavo huido, recibía una recompensa por parte del propietario. Además, en aquellos casos en los que no apareciera el dueño, la persona que lo había apresado tenía derecho a quedárselo o a venderlo. En mayo de 1535, Juan de Larreaundi, un vecino de Irun, denunció la huida de un joven mulato. Resultó que el joven era esclavo de un comerciante bilbaíno, quien no dudó en acudir a la localidad fronteriza para recuperarlo ofreciendo a cambio una generosa cantidad de dinero. Con esta historia en mente, quizá sea más fácil entender los motivos que llevaron a Pedro de Urdanibia a detener a aquel joven negro de la Berbería.

09 | María Pereda, una mulata a bordo de una gabarra. El Bidasoa se podía cruzar, sobre todo, de dos maneras: a nado o en una gabarra que cruzaba el río a diario. La mulata María Pereda lo intentó de la segunda manera el 1 de septiembre de 1581. Embarcó y todo iba bien hasta que alguien avisó de su fuga y la gabarra fue inmovilizada antes de que llegara a su destino. Por supuesto, María fue detenida y devuelta a su dueña. Ahora bien, tan relevante como eso es que la persona que pilotaba la embarcación fue detenida y sancionada con 4 años de suspensión de empleo.

10 | Siempre rumbo a Francia. Cuando se detenía a personas negras —fueran esclavas o no—, se las retenía en la cárcel hasta que se aclaraba qué se debía hacer con ellas. Además, para evitar que se escaparan, se las sujetaba con grilletes y cepos. Esto ha sido algo que ha sucedido en todas partes y hasta que se abolió la esclavitud. En el caso concreto de la prisión de Hondarribia, hay documentación que habla de dos esclavos que huyeron en pleno invierno de 1617, llegaron al río Bidasoa y se lanzaron al agua. Al parecer, tuvieron la suerte de ser ayudados por varios franceses que se encontraban en la otra orilla del río. Nada se sabe de su suerte después, pero su historia confirma una constante histórica: cruzar el Bidasoa ha sido sinónimo de libertad para muchas personas.

11 | Eiza Abdala, un marroquí revendido. Eiza Abdala había nacido en Salé (Marruecos) y se había embarcado como marinero en un bergatín corsario. Ocurrió que el barco fue capturado por los flamencos y Eiza terminó convertido en esclavo. Como siervo, viajó hasta Andalucía, donde un tiempo después su dueño le concedió la libertad. Eiza quiso regresar a Marruecos; pero, por miedo a que le esclavizaran de nuevo, en lugar de partir desde Sevilla o Cádiz, cruzó toda la península para llegar a Francia, y desde allí alcanzar un puerto donde embarcarse rumbo a su país. En Irun lo apresaron y lo llevaron ante la justicia. Como no pudo demostrar que era una persona libre y tampoco apareció un supuesto propietario, en el verano de 1648, fue de nuevo vendido en la plaza pública de Hondarribia. Eiza tenía 25 años.

12 | De Cuba a Irun, por amor al tráfico aduanero. A lo largo del siglo XIX, los países europeos condenaron y abolieron la esclavitud, incluso en sus colonias de ultramar. Cuba fue la última colonia española en hacerlo, en 1880. El cese del comercio de esclavos, así como la situación de inestabilidad política que vivía la isla, hizo que muchos funcionarios regresaran a España. Unos cuantos registradores de esclavos, que hasta entonces habían anotado cada entrada y salida en la aduana de Cuba, se instalaron en la comarca del Bidasoa por cuestiones laborales: la frontera con Francia estaba en Irun. Algunos registradores incluso conservaron su plaza de funcionario; otros, en cambio, a partir del capital que trajeron, crearon sus propios negocios (por ejemplo, agencias de aduana). Unos y otros desempeñaron un papel relevante en la comunidad irunesa.

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13 | De registradores de esclavos a empresarios o banqueros. A modo de ejemplo, recojo escuetamente un par de historias sobre esa curiosa inmigración de alto nivel económico que llegó desde Cuba a Irun tras la abolición de la esclavitud en el siglo XIX. Una es la de Eduardo Velentín, un registrador de esclavos que fundó una agencia de aduanas y que, además, ejerció de banquero. Otra es la del matrimonio formado por Andrés Fernández —funcionario de aduanas— y Josefina Urtizberea, quienes se instalaron en 1888 en Irun y, como Velentín, invirtieron su capital en fundar una agencia de aduanas (tan importante que, con el tiempo, se denominará «Viuda de A. Fernández e hijo»). Además de abrir negocios, el impacto económico de este exfuncionariado colonial fue medible en la compra de solares que se produjo. Por cierto, está documentado que el matrimonio Urtizberea-Fernández tuvo esclavos en su servicio doméstico en Cuba.

14 | Una historia no contada… o mal contada. El comercio de esclavos forma parte de nuestra historia. Otra cosa es que lo silenciemos o lo narremos de una forma sesgada: fueron otros países, fueron otros tiempos, etcétera. Sin embargo, las evidencias están ahí. Para muestra, una pequeña historia familiar: mi tatarabuela Josefina regresó de Cienfuegos (Cuba) poco después de la abolición de la esclavitud y, entre sus pertenencias, trajo consigo un fotografía de un joven negro… Sus grandes manos lo delatan como un incesante trabajador. ¿Se trataba de un esclavo o era acaso un hombre libre? Nadie de mi familia conoce su identidad. La mayoría ni siquiera sabía de la existencia de esa foto hasta que, de forma casual, la encontramos. Lo que sí sabemos es que mi tatarabuela se apellidaba Urtizberea, se casó con Andrés Fernández y tuvo una agencia de aduanas. También que ella nunca habló de esa fotografía.

15 | La esclavitud sigue vigente. Por desgracia, la venta de seres humanos sigue existiendo; así lo ha manifestado la Organización Internacional de Migraciones. Hoy miles de subsaharianos, en su intento por alcanzar algún país europeo, son capturados en Libia y vendidos como esclavos. Muchos logran escapar y llegar a ciudades portuarias donde se encuentran con impedimentos para llegar a otras localidades europeas. Muchos son denunciados y retenidos en las fronteras. Otros cuentan con la solidaridad de personas que evitan que sean devueltos a los lugares de los que huyen, como el caso que se narra en la conmovedora El Havre, de Akira Kaurismäki. En cualquier caso, lo que sucede hoy en Libia nos recuerda que la historia viene de lejos y que nos toca más de cerca de lo que creemos.

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Puerto de Bilbao: las armas embarcan; los migrantes, no

El puerto de Bilbao encierra una sangrante paradoja. Dentro del perímetro vallado, se envían varios contenedores cargados con material militar a Arabia Saudí, pese a las advertencias del Parlamento Europeo. Al otro lado de la valla, se deshilacha un campamento de migrantes llegados tras la destrucción de los asentamientos en Calais. Las armas viajan hasta la lejana Jeddah. Los migrantes hasta el cercano Portsmouth. Las primeras llegan sin problema; los segundos, no. Las plataformas sociales denuncian graves irregularidades en los buques que cargan armamento y la Autoridad Portuaria declina hacer declaraciones sobre el tema.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

Para escribir este artículo, que puedes leer completo en El Salto, he conversado con varias personas. Entre ellas, Ignacio Robles, el bombero que se negó a formar parte de un retén de seguridad al enterarse de que la carga era material militar con destino a Jeddah, y que se enfrenta a un expediente disciplinario por ello. También he hablado con el activista Luis Arbide, que me enseñó unas cuantas cosas sobre navegación, barcos y aplicaciones gratuitas que te puedes descargar para seguirlos desde tu móvil.

He hablado con fuentes de la Autoridad Portuaria, que se mantienen al margen del asunto porque, dicen, el puerto es una infraestructura que da un servicio y tanto los migrantes como las armas son ajenos a sus competencias. He leído unas cuantas memorias del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad para comprobar que, en España, la exportación de armas se ha cuadruplicado en menos de 10 años y que, en efecto, Arabia Saudí es uno de sus principales clientes.

Creo que el mejor resumen de lo que ha estado sucediendo en este puerto es una reflexión de Ana Elena Altuna, de la plataforma Ongi Etorri Errefuxiatuak Bizkaia, con quien conversé sobre los campamentos de personas migrantes que se levantaron en Zierbena, a modo de nuevo Calais: «Para la gente que migra solo hay riesgos y trabas; para las mercancías y las armas todo son seguridades y apoyos».

Enlaces de interés

 

 

Artículo

Cómo hablar de inmigración en tiempos de la maraña xenófoba

¿Cuál es el límite de la libertad de expresión? ¿En qué momento ese derecho se transforma en un delito de odio? ¿Qué aspecto tiene el racismo en nuestro tiempo? ¿Podemos hacer algo para frenar las avalanchas de insultos, rechazo y desprecio? ¿Cuál es el papel de los comunicadores en la construcción de los discursos? Para responder a estas preguntas, CEAR-Euskadi ha publicado el libro Periodistas contra la xenofobia, una guía que puede descargarse de la web a cambio de una donación y que ofrece consejos prácticos para construir un pensamiento crítico ante los estereotipos y prejuicios que abundan sobre las personas migrantes. 

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

El discurso del odio está por todas partes. Vivimos a caballo entre la incertidumbre y la falta de repuestas serias a la precarización a la que los Gobiernos nos están sometiendo y, por desgracia, no faltan quienes están dispuestos a convertir ese material altamente inflamable en un incendio continuo, en algo que les genere algún beneficio personal. En tiempos de una sociedad orientada hacia el individualismo consumista, poco importa, parece ser, el bien común o la cohesión social.

Por eso, según Periodistas contra la xenofobiaguía publicada por CEAR-Euskadi en 2016, vivimos en la era del «racismo líquido». Es decir: debemos enfrentarnos a un racismo que «se cuela y cala cada parcela de la vida cotidiana»; un racismo en forma de prejuicios y estereotipos que enredan —y nos enredan— hasta convertir nuestras relaciones en el espacio público y privado en una maraña asfixiante de sentimientos explosivos, muchas veces al borde la violencia. «La ciudad humea el discurso del odio», dice el libro, y eso solo sirve para enrarecer la atmósfera y volver irrespirable la convivencia.

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Según CEAR-Euskadi, el racismo ha mutado y solemos encontrarlo, sobre todo, disfrazado tras la etiqueta de lo normal:

[Antes] eran consignas racistas y xenófobas voceadas desde grupúsculos de la extrema derecha o desde coristas del conservadurismo más rancio, ahora son comentarios ‘normalizados’ que se escuchan rutinariamente en las conversaciones del supermercado, de patio de colegio o de cafetería de media tarde.

La otra característica básica del racismo actual es que muchas personas lo favorecen o alientan, y ni siquiera han tenido relaciones laborales, comerciales, familiares, de amistad o de algún tipo con esas personas a quienes responsabilizan de todos sus males:

[…] nuestra imagen de las personas migrantes y refugiadas no es la que obtenemos de nuestra experiencia directa y contacto personal con ellas (el cual, en muchos casos, no existe).

O, como dice Brigitte Vasallo, la autora de Pornoburka, «todo el mundo tiene formada una opinión sobre el islam; todo el mundo opina sobre el islam, además con un juicio de valor… Pero, luego, tú preguntas: “¿Tú qué sabes del islam? [Y te dicen:] ‘No sé nada'”».


Libertad de expresión no es libertad de agresión

La guía ofrece 19 consejos para periodistas. Ahora bien, estos consejos son válidos también para cualquier persona que quiera construir un pensamiento crítico ante la avalancha de estereotipos y simplificaciones que suele acompañar a la información migratoria. También aporta una marco deontológico —ese que, en teoría, los medios se han comprometido a cumplir— y un marco jurídico nacional e internacional sobre los derechos humanos y la libertad de expresión

Entre los consejos, algunos son puro sentido común; por ejemplo, cuestionarse «los propios prejuicios» o evitar el «reduccionismo descriptivo […] y la simplificación excesiva de la realidad». Otros tienen que ver con el modo de ejercer la profesión en estos tiempos de polarización política, redes sociales y urgencia por el clic fácil. Entre ellos, destacan estos siete:

  1. Evitar las fotografías, la maquetación o el lenguaje que induzca a confusión.
  2. Honestidad a la hora de separar entre información y opinión.
  3. Prudencia en la defensa de una libertad de expresión ilimitada.
  4. Tolerancia cero con los discursos del odio.
  5. Negarse a reproducir expresiones que banalicen el apartheid, el nazismo u otros totalitarismos, y negarse a reproducir descalificaciones hacia colectivos en situación de minoría o vulnerabilidad.
  6. Erradicar los espacios de impunidad —blogs, foros, redes sociales, comentarios a noticias, etcétera— donde se promueve el odio gracias al anonimato.
  7. Aplicar siempre la lupa de los derechos humanos.

Una de las ideas centrales de la guía es que no pesan lo mismo las palabras dichas en un espacio privado que en un espacio público. Y tampoco es lo mismo que las diga una persona cualquiera a que las diga alguien que tiene un acceso privilegiado a los medios de comunicación, como es el caso de los políticos. Existen asimetrías y conviene conocerlas.

El libro también hace hincapié en que reflexionemos sobre qué entendemos por libertad de expresión. Al respecto, CEAR-Euskadi se remite a la definición que dieron SOS Racisme Catalunya y la Red de Nou Barris Acull en 2014 a raíz del juicio a Xavier García Albiol, alcalde de Badalona:

La libertad de expresión es un derecho fundamental que es necesario garantizar, pero que tiene un límite. Y este comienza en el momento en que se ataca el derecho a la dignidad y al honor de un colectivo, o cuando un discurso se convierte en discurso del odio, instigador de la discriminación y de la violencia.

Por tanto, la libertad de expresión no es libertad de agresión, y ningún político debería utilizar la radio, el periódico, la televisión o las redes sociales para llamar mierda, escoria, plaga o lacra a parte de sus vecinos y vecinas. Tampoco el periodismo debería prestarse a ese juego. Eso no es hablar claro; eso es un delito de odio. Eso es fomentar un clima de hostilidad, incitar a la violencia y legitimarla. Eso es despersonalizar y estigmatizar al otro. Eso es algo que ya hemos vivido antes en el siglo XX con los nazis. Eso es olvidar, como dice la guía, que «la violencia racista siempre viene precedida del discurso del odio».

A propósito, el libro relata el caso de Christiane Taubira, ministra francesa de Justicia durante el Gobierno de François Hollande, insultada por ser negra en los medios de extrema derecha y que terminó hostigada incluso por niñas y niños a su paso por Angers (la llamaron mona y la recibieron agitando pieles de plátano). El director de la publicación fue sancionado, pero el daño ya estaba hecho.


¿Y qué pasa con lo positivo de las migraciones?

Otro hilo conductor importante en el libro es explicar los mecanismos básicos con que se construye el discurso del odio. Este, en general, se caracteriza por cuatro elementos:

También conviene sospechar de los despliegues informativos desproporcionados que agrandan la dimensión de noticias negativas sobre inmigración. Asimismo, es justo reclamar mayor presencia de personas extranjeras como fuentes de información, sujetos discursivos o protagonistas de informaciones positivas, y no encasillarlas en «escenas y sucesos de crimen, de fraude en el cobro de prestaciones sociales, malos tratos, de mafias, de detenciones de inmigrantes, de control de fronteras, de delincuencia, de participación en grupos terroristas, de violencia sexista…». Todo eso, en palabras de CEAR-Euskadi,  «genera un sentimiento de rechazo a las personas extranjeras que no se generaría de enfocar otros fragmentos de la realidad positivos».

O dicho de otro modo: ¿por qué «en nuestro imaginario no poseemos, por lo general, imágenes de neurocirujanos y ginecólogos licenciados en Sudáfrica y ejerciendo en el País Vasco (que los hay) o de mujeres musulmanas diseñadoras de moda (que las hay), o de niños y niñas africanas pasándolo fenomenal en las barracas de la fiesta del barrio…, que es como se lo pasan»?

La pregunta queda ahí, y no solo para el País Vasco. Quizá una primera respuesta sea la de Francesc de Carreras en su artículo «¿De dónde soy?»: hoy cada quien es de donde le da gana y construye el puzle de su identidad como mejor le parece. Con libertad. Haya nacido donde haya nacido.

*

P. D.: por cierto, en vez de echarles la culpa a los migrantes de nuestros problemas, haríamos bien en buscar causas globales o estructurales. Quizá encontremos alguna pista en los miles de millones que mueven las armas y las drogas, en los 1000 millones de personas que se mueren de hambre o en las más de 20.000 bombas que lanzó Estados Unidos en la época de Barack Obama. O, ya puestos, acaso deberíamos pensar qué clase de lógica gobierna un país donde clubes como el Real Madrid y el Barcelona tienen un presupuesto más alto que una ciudad rica y cara como Bilbao (527,9 millones de euros) y 10 veces el de una más modesta, como Guadalajara (65 millones). A lo mejor entonces empezamos a entender algo.


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Migrantes portugueses ahogados en el Bidasoa: 14 datos poco conocidos

Entre 1957 y 1974, cientos de portugueses murieron ahogados tratando de cruzar el río Bidasoa, frontera natural entre España y Francia. Estos migrantes huían del régimen dictatorial de Salazar y de la guerra de descolonización que Portugal acometía en África. Aquellos hombres y mujeres salieron de su país de forma clandestina y se jugaron la vida para convertirse en mano de obra barata y explotada en Francia. Entre medias, su dinero sirvió para que una red de pasadores que hubo en Irun y Hendaya se enriqueciera a su costa.

Por Ana Galdós

01 | Portugal, un país de emigración. Entre finales de los años 50 y principios de los 70, emigraron de Portugal alrededor de 1,5 millones de personas. Es decir: un 18 % de la población total del país y un 47 % de su población activa. Los conocidos como «ahogados del Bidasoa» formaron parte de un gran contingente de migrantes que partió rumbo a Francia. Estos llegaron a razón de unos 80.000 por año, así que en poco tiempo la portuguesa se convirtió en la comunidad extranjera más importante del país galo. Dado que este se encontraba en plena expansión económica, les abrió sus puertas por ser una mano de obra blanca y católica. Les dio trabajo y, con ello, papeles. A cambio, eso sí, los portugueses tuvieron que vivir en condiciones de miseria y hacinamiento.

02 | La dictadura y la guerra como fuerzas expulsoras. A principios de la década del 60, el régimen dictatorial de Salazar había entrado en guerra con sus provincias coloniales en África. Por tanto, todos los jóvenes en edad de hacer el servicio militar estaban obligados a combatir en Angola, Mozambique o Guinea Bisáu. Entre los ahogados en el Bidasoa, no solo hubo jóvenes que escapaban del servicio militar, sino africanos que huían también de la guerra con Portugal. Su situación recordaba a la de aquellos jóvenes españoles que emigraron a América a principios del siglo XX para evitar ser llamados a filas para la guerra del Rif.

03 | Datos inciertos sobre muertes… ciertas. No existen datos reales sobre el número total de muertos. Pero, según la prensa de la época, fueron cientos; de hecho, en 1973, el ABC publicó un breve artículo donde cifraba en 130 el número de personas ahogadas en el Bidasoa —80 portugueses y 50 africanos— el año anterior. Eran migrantes sin documentación que utilizaron los pasos clandestinos para cruzar la frontera. Conocían las dificultades y los riesgos, pero no tenían otra elección para escapar de la pobreza y de la guerra.

04 | Lo llamaban hacer el salto. Los migrantes portugueses podían salir de su país y atravesar España de forma legal, pero para ello necesitaban el pasaporte. Ahora bien, para obtenerlo, se les exigía mostrar el diploma de Educación Primaria y debían esperar más de 6 meses para que se lo entregasen. Estas dos condiciones abocaban a la mayoría a convertirse en clandestinos: muchos carecían de estudios —y, por tanto, de diploma— y casi todos iban a Francia porque allí tenían apalabrado un trabajo donde debían incorporarse inmediatamente, es decir, no podían esperar 6 meses. Al paso desde Portugal a España y de aquí a Francia lo llamaban «hacer el salto».

05 | Casi 800.000 portugueses en 10 años. Según el Ministerio de Interior francés, durante el periodo de mayor intensidad migratoria (1963-1973), cada año entraban en el país galo una media de 78.500 portugueses. Aunque es difícil estimar el número, se considera que el 55 % lo hizo de forma clandestina. Los migrantes viajaban escondidos en falsos fondos de camiones, en maleteros de coches o en trenes de mercancías. Descansaban en casas de particulares, que les acogían previo pago de una cantidad de dinero. Si las autoridades los interceptaban, no solo eran devueltos a su país, sino que podían ser encarcelados. En esos años, Portugal consideraba la migración clandestina como un crimen.


06 | Una historia tipo.
Adilia Moreira es una de esas migrantes que saltó a lo desconocido en busca de una vida mejor. Ella vivía en el norte de Portugal —la región más castigada por la pobreza— y, pese a estar embarazada de 6 meses y llevar consigo a su hija de 2 años, metió sus pertenencias en una maleta y se encaminó hacia la frontera con España. Allí, con la ayuda de unos pasadores, atravesó el país de forma irregular. Adilia recuerda el cansancio, el frío y, sobre todo, el miedo que les acompañó en aquel viaje de más de 600 kilómetros.

07 | Un viaje caro e inseguro. El pasador y el migrante acordaban un precio que, por lo general, equivalía a 6 meses o 1 año de su sueldo en Francia. En general, los migrantes no disponían de esa cantidad, así que se veían obligados a vender su patrimonio, a pedir préstamos a particulares o a hipotecar parte del sueldo que iban a cobrar en Francia. El primer pago se efectuaba en Portugal, en el momento de la salida. Después pagaban a los pasadores que les habían conducido hasta Gipuzkoa o Navarra para cruzar la frontera. Cuando llegaban a Francia, pagaban el resto. Sin embargo, hubo pasadores que no cumplieron su acuerdo y abandonaron a los migrantes en mitad del camino, como a los ahogados en el río Bidasoa.

08 | Irun y Hendaya: los puntos calientes. El río Bidasoa es la frontera natural que separa por el oeste Francia de España. Eso hace que la frontera oficial entre ambos países estuviese en los puentes que lo cruzaban. Ante la imposibilidad de cruzar los puentes y el desconocimiento del terreno, los migrantes se veían obligados a depender de los pasadores y a utilizar pasos clandestinos. De ahí que en Irun —la orilla vasca— y en Hendaya —la orilla francesa— existiese una red de personas que cobraban por esconder y pasar a los migrantes. Esa red incluía puntos de acogida, taxis y gabarras.

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El río Bidasoa, desde la costa de Hondarribia. Al fondo: Hendaya. Foto: L.Caorsi.

09 | El modus operandi. Cuando los migrantes llegaban a Irun, el pasador les llevaba a un lugar seguro que, por lo general, era una casa en el monte (baserri) o un hostal cerca de la estación de tren. Allí aguardaban hasta que el pasador consideraba que era seguro cruzar la frontera. Las posibilidades solían ser dos: cruzar el río a nado o en una pequeña embarcación denominada gabarra. Una tercera alternativa era que un taxista se apostara con el coche cerca de la frontera y, utilizando un código de luces con los faros del coche, señalase si la vía estaba libre o no para cruzar por el puente.

10 | La última etapa: después de la frontera. Al otro lado del río, ya en Francia, a los migrantes solían esperarlos taxis o camionetas que los llevaban hasta la estación de tren de Hendaya y de Bayona, donde un comité de compatriotas les recibía y les entregaba un billete de tren. Por lo general, se dirigían a una ciudad donde ya tenían a un familiar o alguna amistad. Sin embargo, cuando llegaban a su destino, se veían obligados a vivir en barracas y muchos no encontraron el trabajo prometido. La decepción y el desamparo eran enormes. Esta situación quedó bien reflejada en una película francesa de 1967 titulada O salto: le voyage du silence.

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Fotograma de la película O Salto: le voyage du silence, de Christian de Chanlonge.

11 | La versión vasca de lo sucedido. Rosa Arburua ha publicado un estudio que recoge la experiencia de algunos pasadores del Bidasoa. A través de testimonios orales, esta historiadora vasca muestra la forma de proceder de los pasadores y da cuenta de la —buena— imagen que ellos tenían de sí mismos. Entre otras historias, Arburua explica la de Otilia Taboada, quien hizo del contrabando su forma de vida. Esta mujer empezó con productos comestibles e industriales y amplió su negocio al paso de portugueses. Ella los recogía, los escondía y les ayudaba a cruzar la frontera atravesando el río o caminando por los montes que separan Navarra de Francia. El estudio de Arburua menciona también la participación de los taxistas en la red, así como la existencia del Hostal Tranche, un lugar de referencia adonde acudían los portugueses porque su dueño hacía también de pasador.

12 | Lazos de hermandad francolusa. Fruto de aquella década de migraciones, hoy, solo en la región de Aquitania, residen unos 40.000 portugueses. En la actualidad son muchos los municipios que tienen lazos con poblaciones lusitanas a través de hermanamientos. Hendaya es una de ellas, hermanada desde 1994 con Viana do Castello, localidad del norte de Portugal con la que desarrolla proyectos culturales y actividades deportivas conjuntas.

13 | Cine, literatura y algo de fútbol para recordar el salto. Conscientes y orgullosos del esfuerzo que hicieron sus madres y sus padres, algunos descendientes de aquellos migrantes quieren que la memoria colectiva siga recordando las situaciones infames y de peligro que estos soportaron. El escritor y traductor Carlos Batista es uno de ellos; en su novela Le Poulailler, narra la historia de su padre, quien con 19 años escapó de Portugal y cruzó de forma clandestina la frontera con Francia. El cineasta José Vieria, también hijo de migrantes, a través de su documental Gens du salto, describe la experiencia de estas personas que lucharon por tener un futuro mejor. El conocido futbolista Robert Pires tampoco olvida sus orígenes: en más de una ocasión, ha contado que su padre huyó con 17 años de Portugal para evitar participar en la guerra con Angola; él, nacido en Reims, fue campeón del mundo en 1998 con la selección francesa.

14 | El recuerdo de José Saramago. El escritor portugués remarcaba en un texto llamado «Historias de la emigración» la importancia de recordar las dificultades y el camino recorrido por sus compatriotas. «Que tire la primera piedra quien nunca haya tenido manchas de emigración ensuciándole el árbol genealógico…», empezaba diciendo ese texto. Y es que todos hemos tenido en nuestro árbol genealógico algún familiar que salió de su país de origen en busca del pan que su tierra le negaba. Aquellos cientos de portugueses —y africanos— que murieron ahogados en el Bidasoa escapaban de la miseria y de la guerra igual que hoy lo hacen esas miles de personas que, como ya señalaba Saramago entonces, se ahogan «en ese otro Bidasoa más ancho y más hondo que es el Mediterráneo».

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