De Andalucía a Euskadi: tres siglos de esclavitud en 15 notas con historia

La esclavitud es una parte relevante de la historia española que solemos omitir. Los documentos muestran que en los siglos XVII y XVIII el 10 % de la población de Sevilla estaba esclavizada y que denunciar a quienes huían resultaba lucrativo. También que Irun, tras la abolición de la esclavitud en el siglo XIX, fue un destino preferente para los registradores de esclavos o el funcionariado aduanero de la Cuba colonial. Las historias de Pedro Urdanibia, Juan de Larreaundi o Eduardo Velentín confirman que les debemos un reconocimiento y una reparación a miles de personas como Eiza Abdala o María Pereda. Por sorprendente que nos parezca, los prejuicios raciales o el comercio actual de esclavos en Libia vienen de lejos, y tenemos algo que ver.

Por Ana Galdós

01 | La mayor migración intercontinental de la historia. Desde el siglo XVI hasta el XIX, millones de personas negras fueron obligadas a abandonar sus hogares y vendidas como esclavas. Las fuentes cifran entre 10 y 15 millones de personas las víctimas de este comercio; con todo, es difícil cuantificar el número exacto: aunque había un registro oficial de esclavos vendidos, también existía la venta clandestina. En cualquier caso, la trata de esclavos ha sido considerada —por su duración y escala— la mayor migración intercontinental de la historia. Una migración que no fue ni voluntaria ni derivada de un conflicto interno, sino impuesta.

02 | Cadenas de hierro para unos y cadenas de valor para otros. Durante más de tres siglos, miles de personas se beneficiaron económicamente del tráfico de mujeres y hombres negros. El asunto empezaba con los estamentos oficiales que otorgaban las licencias para transportar esclavos, pasaba por quienes se encargaban de hacinarlos en los barcos y llevarlos rumbo a América o Europa, continuaba con los propios tratantes y finalizaba con los compradores. En definitiva, existió toda una cadena de intereses que convirtió la trata de personas en un comercio oficial de gran rentabilidad económica y a gran escala.

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03 | Una mercancía multiusos. Los esclavos fueron una mercancía muy apreciada y demandada por los europeos. Aunque una gran parte estaba destinada a trabajar en las plantaciones agrícolas de América, muchos otros se quedaron en suelo europeo, donde trabajaban en el servicio doméstico o eran conducidos a las galeras para remar en las embarcaciones reales, protagonistas de las grandes batallas navales.

04 | Andalucía, centro del negocio esclavista español. Andalucía fue una de las regiones donde hubo una mayor presencia de esclavos. Los puertos de Sevilla y Cádiz hacían de estas dos localidades centros neurálgicos de compra y venta de personas. Se ha calculado que, durante los siglos XVII y XVIII, los esclavos llegaron a representar el 10 % de la población sevillana. La mayor parte procedía de la zona denominada por los europeos Berbería o costa berberisca, formada por Marruecos, Argelia, Túnez y Libia. De hecho, la presencia de africanos fue tan importante que, aunque se ha tratado de borrar de la memoria, ha dejado una clara herencia en la cultura andaluza.

05 | La aportación vasca. Los vascos también formaron parte del entramado comercial del sistema esclavista. Los documentos conservados en diferentes archivos históricos constatan su presencia como transportistas, vendedores o propietarios. De hecho, muchos estaban tan estrechamente vinculados con el comercio transatlántico que residían en Sevilla o en Cádiz. También los hubo que trajeron esclavos al País Vasco, así que no era raro entrar en una casa y comprobar que el personal doméstico era una pertenencia más (y adquirida como tal). En ocasiones, los propietarios debieron desprenderse de sus esclavos debido a las órdenes de expulsión que dictaban las autoridades, pues en el País Vasco existía un especial recelo por conservar limpia la sangre y alejarla de todo tipo de mezcla racial. A pesar de ello, muchos dueños los conservaron.

06 | El río Bidasoa, frontera entre la esclavitud y la libertad. Es fácil encontrar documentos que constatan que en el siglo XVI ya había esclavos en el País Vasco. Es más: en Gipuzkoa no solo se los veía acompañando a sus dueños, sino que también se los vio huyendo de ellos. Durante siglos, la ciudad fronteriza de Irun fue el destino de muchos esclavos africanos que huían desde cualquier punto de la península ibérica para intentar cruzar el río Bidasoa y luego, ya en suelo francés, embarcar desde algún puerto rumbo a la libertad. Otra cosa que nos enseñan los documentos históricos es que si el esclavo tenía ya una consideración social nula, el que huía de su dueño incurría en un delito tipificado. Por eso, quienes veían a un esclavo que huía solían denunciarlo para que fuese apresado y juzgado. Eso sí, más que una cuestión de justicia era de economía: si tenía dueño, este te compensaba económicamente; y si no lo tenía, te lo quedabas o lo podías revender.

07 | El prejuicio del color. El 23 de abril de 1532, Pedro de Urdanibia, un vecino de Irun que gozaba de gran prestigio por su poder económico y social, se presentó ante la justicia con un joven negro de 20 años. Cuando se topó con él, Urdanibia le preguntó si era esclavo huido y el joven le dijo no serlo; sin embargo, lo apresó igualmente porque, por su aspecto, «parecía que era esclavo y que venía huido de su dueño». Es decir: el color negro de su piel fue la prueba concluyente. De nada le sirvió al joven confesar ante la justicia que era originario de la Berbería, que había hecho un largo camino desde Portugal y que quería cruzar a Francia.

08 | La denuncia como gran negocio. Cuando alguien capturaba a un esclavo huido, recibía una recompensa por parte del propietario. Además, en aquellos casos en los que no apareciera el dueño, la persona que lo había apresado tenía derecho a quedárselo o a venderlo. En mayo de 1535, Juan de Larreaundi, un vecino de Irun, denunció la huida de un joven mulato. Resultó que el joven era esclavo de un comerciante bilbaíno, quien no dudó en acudir a la localidad fronteriza para recuperarlo ofreciendo a cambio una generosa cantidad de dinero. Con esta historia en mente, quizá sea más fácil entender los motivos que llevaron a Pedro de Urdanibia a detener a aquel joven negro de la Berbería.

09 | María Pereda, una mulata a bordo de una gabarra. El Bidasoa se podía cruzar, sobre todo, de dos maneras: a nado o en una gabarra que cruzaba el río a diario. La mulata María Pereda lo intentó de la segunda manera el 1 de septiembre de 1581. Embarcó y todo iba bien hasta que alguien avisó de su fuga y la gabarra fue inmovilizada antes de que llegara a su destino. Por supuesto, María fue detenida y devuelta a su dueña. Ahora bien, tan relevante como eso es que la persona que pilotaba la embarcación fue detenida y sancionada con 4 años de suspensión de empleo.

10 | Siempre rumbo a Francia. Cuando se detenía a personas negras —fueran esclavas o no—, se las retenía en la cárcel hasta que se aclaraba qué se debía hacer con ellas. Además, para evitar que se escaparan, se las sujetaba con grilletes y cepos. Esto ha sido algo que ha sucedido en todas partes y hasta que se abolió la esclavitud. En el caso concreto de la prisión de Hondarribia, hay documentación que habla de dos esclavos que huyeron en pleno invierno de 1617, llegaron al río Bidasoa y se lanzaron al agua. Al parecer, tuvieron la suerte de ser ayudados por varios franceses que se encontraban en la otra orilla del río. Nada se sabe de su suerte después, pero su historia confirma una constante histórica: cruzar el Bidasoa ha sido sinónimo de libertad para muchas personas.

11 | Eiza Abdala, un marroquí revendido. Eiza Abdala había nacido en Salé (Marruecos) y se había embarcado como marinero en un bergatín corsario. Ocurrió que el barco fue capturado por los flamencos y Eiza terminó convertido en esclavo. Como siervo, viajó hasta Andalucía, donde un tiempo después su dueño le concedió la libertad. Eiza quiso regresar a Marruecos; pero, por miedo a que le esclavizaran de nuevo, en lugar de partir desde Sevilla o Cádiz, cruzó toda la península para llegar a Francia, y desde allí alcanzar un puerto donde embarcarse rumbo a su país. En Irun lo apresaron y lo llevaron ante la justicia. Como no pudo demostrar que era una persona libre y tampoco apareció un supuesto propietario, en el verano de 1648, fue de nuevo vendido en la plaza pública de Hondarribia. Eiza tenía 25 años.

12 | De Cuba a Irun, por amor al tráfico aduanero. A lo largo del siglo XIX, los países europeos condenaron y abolieron la esclavitud, incluso en sus colonias de ultramar. Cuba fue la última colonia española en hacerlo, en 1880. El cese del comercio de esclavos, así como la situación de inestabilidad política que vivía la isla, hizo que muchos funcionarios regresaran a España. Unos cuantos registradores de esclavos, que hasta entonces habían anotado cada entrada y salida en la aduana de Cuba, se instalaron en la comarca del Bidasoa por cuestiones laborales: la frontera con Francia estaba en Irun. Algunos registradores incluso conservaron su plaza de funcionario; otros, en cambio, a partir del capital que trajeron, crearon sus propios negocios (por ejemplo, agencias de aduana). Unos y otros desempeñaron un papel relevante en la comunidad irunesa.

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13 | De registradores de esclavos a empresarios o banqueros. A modo de ejemplo, recojo escuetamente un par de historias sobre esa curiosa inmigración de alto nivel económico que llegó desde Cuba a Irun tras la abolición de la esclavitud en el siglo XIX. Una es la de Eduardo Velentín, un registrador de esclavos que fundó una agencia de aduanas y que, además, ejerció de banquero. Otra es la del matrimonio formado por Andrés Fernández —funcionario de aduanas— y Josefina Urtizberea, quienes se instalaron en 1888 en Irun y, como Velentín, invirtieron su capital en fundar una agencia de aduanas (tan importante que, con el tiempo, se denominará «Viuda de A. Fernández e hijo»). Además de abrir negocios, el impacto económico de este exfuncionariado colonial fue medible en la compra de solares que se produjo. Por cierto, está documentado que el matrimonio Urtizberea-Fernández tuvo esclavos en su servicio doméstico en Cuba.

14 | Una historia no contada… o mal contada. El comercio de esclavos forma parte de nuestra historia. Otra cosa es que lo silenciemos o lo narremos de una forma sesgada: fueron otros países, fueron otros tiempos, etcétera. Sin embargo, las evidencias están ahí. Para muestra, una pequeña historia familiar: mi tatarabuela Josefina regresó de Cienfuegos (Cuba) poco después de la abolición de la esclavitud y, entre sus pertenencias, trajo consigo un fotografía de un joven negro… Sus grandes manos lo delatan como un incesante trabajador. ¿Se trataba de un esclavo o era acaso un hombre libre? Nadie de mi familia conoce su identidad. La mayoría ni siquiera sabía de la existencia de esa foto hasta que, de forma casual, la encontramos. Lo que sí sabemos es que mi tatarabuela se apellidaba Urtizberea, se casó con Andrés Fernández y tuvo una agencia de aduanas. También que ella nunca habló de esa fotografía.

15 | La esclavitud sigue vigente. Por desgracia, la venta de seres humanos sigue existiendo; así lo ha manifestado la Organización Internacional de Migraciones. Hoy miles de subsaharianos, en su intento por alcanzar algún país europeo, son capturados en Libia y vendidos como esclavos. Muchos logran escapar y llegar a ciudades portuarias donde se encuentran con impedimentos para llegar a otras localidades europeas. Muchos son denunciados y retenidos en las fronteras. Otros cuentan con la solidaridad de personas que evitan que sean devueltos a los lugares de los que huyen, como el caso que se narra en la conmovedora El Havre, de Akira Kaurismäki. En cualquier caso, lo que sucede hoy en Libia nos recuerda que la historia viene de lejos y que nos toca más de cerca de lo que creemos.

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