Esa red de cosas compartidas

Se acerca el Mundial y mi padre y yo hablamos de fútbol. El tema nos gusta (a él más que a mí), de modo que aparece en nuestras charlas cada tanto. No es que seamos fanáticos del fútbol ni que hayamos hecho nuestra la frase de que «la vida es eso que pasa entre Mundial y Mundial», no. Lo que sucede es que ambos nacimos y crecimos en un país donde este deporte tiene muchísima importancia, donde la cancha recorre desde la historia y la épica hasta las discusiones de sobremesa o de bar. Mi padre y yo nacimos en Uruguay, el país donde se disputó el primer Mundial en 1930, el país que apela —no sin cierta nostalgia— a la gesta del Maracaná de 1950, y el país donde la radio, con sus relatores de fútbol, exige una escucha atenta y en AM los domingos por la tarde. Me atrevería a decir que, en el Estado más laico de América Latina, el fútbol es la única religión que tiene un amplio respaldo social.

Los dos nacimos en ese lugar donde, ojo al gol, hasta el lenguaje cotidiano está lleno de expresiones futboleras. Sin embargo, ninguno de los dos vive allí desde hace años. Mi padre emigró en 1998 a Argentina, y en 2003 yo me vine a España. Es decir: llevamos más o menos el mismo tiempo viviendo fuera del país y, a su vez, residimos en países distintos, lo que nos permite tener unas conversaciones de lo más interesantes acerca de lo que suponen los procesos migratorios.

El aporteñado y la galleguita

A mi padre le cambió el acento en Argentina. Me acuerdo de la primera vez que lo noté. Él llevaba un tiempo en Buenos Aires y yo todavía vivía en Montevideo. Estábamos hablando por teléfono y, de pronto, en una frase, apareció el acento porteño, ese cantito que tanto caracteriza a los argentinos de Buenos Aires y que, con toda probabilidad, solo los uruguayos somos capaces de diferenciar del nuestro. No recuerdo exactamente qué dijo mi padre, pero sí recuerdo mi reacción ante su tono. «¡Pah, viejo, te aporteñaste!», le dije casi increpándolo, como si aquello fuera algo malo. Sentí que su nuevo deje porteño —irritantemente porteño— ponía en entredicho su uruguayez y, con ello, su respeto por nuestras raíces. Casi nada.

Unos años después, cuando yo ya vivía en Bilbao, la escena se repitió. Esta vez, era yo la que tenía cantito al hablar. «¡Upa! ¿Qué hacés, galleguita?», me soltó mi padre en mitad de una conversación. Tampoco recuerdo en este caso qué le estaba contando antes de ese inciso, pero sí tengo presente su observación, que me cogió —me agarró— completamente por sorpresa. «Tenés acento», agregó, y aquello me dejó sin palabras. Llevaba un tiempo viviendo en Bilbao y ya me había acostumbrado a llamar la atención por mi acento (sha me había acostumbrado a shamar la atensión por mi asento), pero siempre entre los vascos, claro. Esta era la primera vez que me lo señalaban desde el otro lado del Atlántico. Y me molestó.

Aquel día sentí que me estaba diluyendo y que mi nuevo acento —¡qué cosas!— horadaba mi uruguayez. Sentí que con el cambio de país estaban cambiando otras cosas; cosas como mi nuevo modo de hablar del que, hasta entonces, ni siquiera me había dado cuenta. Esto, quizá, era lo más inquietante: me estaba pasando sin notarlo. Ese día sentí que estaba perdiendo mi identidad. Hoy lo entiendo en términos de ganancias: sé que las identidades pueden ser maleables y que mi parte uruguaya tan solo se estaba moldeando. Estaba acomodándose para hacerle hueco a otra cultura, otras palabras y otras maneras de entender el mundo que, con el tiempo, han acabado siendo también las mías.

El Carnaval de naciones

El proceso migratorio de mi padre coincidió en el tiempo con el mío. En unos aspectos han sido muy parecidos —como en esto de los acentos cambiantes—, y en otros no. Por ejemplo, él tenía 46 años cuando emigró, mientras que yo lo hice con la mitad de su edad. Además, Argentina está muchísimo más cerca de Uruguay que España, él visita Montevideo con más frecuencia que yo y la cultura de aquella zona —sobre todo, en las capitales— es muy similar. Tan similar que hasta se disputan los iconos culturales o gastronómicos, como Carlos Gardel o el dulce de leche. El mate y el asado son elementos sobre los que un uruguayo y un argentino pueden debatir durante horas, comparando los métodos y disputándose su autenticidad.

pelota-futbolEl fútbol se incardina en esa red de cosas compartidas. A un lado y al otro del Río de la Plata, se vive con la misma intensidad. Una intensidad efervescente, de absolutos, donde predomina el sentir y donde no hay lugar para demasiados matices, tibiezas o dudas. El equipo del que somos forofos —el cuadro por el que hinchamos— forma parte de esa selecta lista de cosas que uno nunca se cuestiona. Se es de tal o de cual —habitualmente, desde la cuna— y punto. No hay nada más de que hablar. Podemos, sí, tener algunas simpatías externas (yo soy de Peñarol y me gusta el Barça; mi padre es de Peñarol y simpatiza con Boca Juniors), pero es difícil que el Barça o Boca lleguen a movilizarnos tanto como nuestro amor primigenio.

Con las selecciones, en el Mundial, la lógica es la misma. Caben las simpatías, desde luego, y más aún las antipatías, pero no cabe preguntarse a cuál equipo se va a alentar. Si el país de uno está clasificado para el Mundial, uno hincha por su país, y se emociona y sufre, y se pinta la cara, y hasta desempolva las pelucas de colores, los símbolos patrios, el himno, las matracas y la bandera. El Mundial es un periodo en el que podemos permitirnos ese tipo de excesos nacionalistas porque se circunscriben en un contexto de juego. Y es ese contexto lúdico, con sus reglas, como el Carnaval, el que nos da permiso para disfrazarnos de hipérboles culturales; el que nos habilita a no dudar sobre nuestra pertenencia o nuestra identidad.

Hasta que uno emigra y empieza a pasar el tiempo.

Cuando uno emigra y empieza a pasar el tiempo; y, sobre todo, cuando empieza a pasar el tiempo y uno se siente bien en el país al que ha emigrado, los excesos y los absolutos dejan de estar tan claros. Hay más espacio para el matiz y la duda. O, si se quiere, para las pasiones compartidas. «Me encantaría que Uruguay llegue a la final y también me encantaría que llegue Argentina. Quiero que lleguen las dos selecciones, pero no quiero que lleguen juntas. Sería un partido horroroso; no sabría por quién hinchar», me dijo mi padre hace poco.

Qué bonita paradoja.

Sonrío y lo entiendo porque me enfrento al mismo dilema, con España. Me encantaría que España y Uruguay ganaran el Mundial, pero no que tuvieran que enfrentarse en la cancha. Sería un partido tortuoso, de sentimientos encontrados, en el que no me conformaría ningún resultado. Me sentiría bien y mal al mismo tiempo, como si un tal Schrödinger patrocinara el encuentro.

«Si me preguntabas hace unos años, no dudaba: todo bien con Argentina, pero yo hinchaba por Uruguay —me siguió explicando mi padre—. Ahora ya no es así. No sé cuándo cambió, pero siento que soy de los dos. Estoy cómodo y no me siento obligado a elegir». Yo tampoco sé cuándo cambió mi sentir, en qué momento pasé a vivir esta doble pertenencia. Pero aquí está, y vino para quedarse. En este momento, no soy de Uruguay ni de España. Es justo al revés: Uruguay y España son parte de mí. No puedo explicarme a mí misma sin ellos, pero ninguno de ellos puede por explicarme por sí solo. Uruguay y España —o, más concretamente, Montevideo, Bilbao y Madrid— conforman un entramado que no se puede desmenuzar, como las vetas del mármol.

Así como cambian los acentos, el vocabulario o las cajas de resonancia culturales —despacio, muy despacio, casi sin que uno lo note—, cambian las identidades y los sentimientos de pertenencia. Uno puede intuir el cambio; en el mejor de los casos, entreverlo, pero cuando realmente lo descubre es cuando ya se ha producido. Por ejemplo y sin ir más lejos, una tarde cualquiera de 2018 hablando con su padre de fútbol.

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Artículo Opinión

Diversidad de andar por casa: luna 3

Llegamos a la tercera parada de nuestro proyecto Diversidad de andar por casa. Bélgica, Senegal, Bangladés, Rumanía, Paraguay o Filipinas son algunos de los países que nos han enseñado cosas nuevas en los últimos 30 días. A lo largo de este mes lunar, hemos ido registrando en nuestro Instagram varios descubrimientos gastronómicos, literarios y hasta históricos. Entre ellos, uno bastante curioso: cómo el famoso pimentón de la Vera tiene origen americano y debe su nombre a una confusión.

Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas
@lauracaorsi | @estoy_que_trino

Las migraciones, además de personas y capitales, también ponen en movimiento objetos y mercancías. Esta es una de las cosas que hemos descubierto en este tercer tramo del camino: existen varias empresas que se dedican a la logística y que transportan las cosas que los migrantes envían a sus países de origen, ya sea para sus familiares o porque retornan. En los últimos días hemos probado nuevos ingredientes y maneras de preparar la comida —como la oreja a la filipina, que se ve en la foto de portada—,  hemos asistido a una charla con el escritor nicaragüense Sergio Rodríguez y hasta nos hemos sorprendido (mucho) al descubrir otras maneras de tomar mate que no conocíamos.

Si quieres acompañarnos en nuestro aprendizaje día a día, síguenos en Instagram. Para ver los hallazgos de este mes, echa un vistazo a las fotos:

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La red solidaria que envuelve al Puerto de Bilbao

Alrededor de 70 personas viven acampadas en las inmediaciones del Puerto de Bilbao. Son, en su mayoría, muchachos jóvenes procedentes de Albania que han decidido emigrar a Reino Unido y que tienen muy pocas posibilidades de ingresar legalmente al país. Por eso lo intentan como polizones, en los ferris que conectan las ciudades portuarias del continente (como Bilbao, Santander y, antes, Calais) con la isla. Los chavales —casi todos menores de 25 años—, van en busca de un lugar donde haya trabajo y la perspectiva de un futuro mejor, pero en su camino encuentran no pocas barreras que torpedean constantemente ese proyecto.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

Desde 2017 a la fecha, el Puerto de Bilbao se ha blindado a estos migrantes que, pese al nuevo muro de 4 metros de altura que bordea el área, el incremento de la vigilancia y los sucesivos desmantelamientos del campamento donde residen, siguen intentando montarse en los barcos. Durante el año pasado, según las cifras de la Guardia Civil, hubo más de 3.800 intentos frustrados. Más de 50 por persona.

Sobre esta situación, mucho se ha dicho y escrito en la prensa. Casi siempre, desde la perspectiva de las compañías navieras, la Autoridad Portuaria o los transportistas (estos últimos se enfrentan a multas de 2.200 € si desembarcan en Reino Unido con un polizón). De momento, el foco no está puesto en las historias de estos jóvenes, cuyos relatos e ilusiones no son muy diferentes de los de cualquier chaval español, excepto porque sus pasaportes abren menos puertas. Tampoco se menciona la impresionante red de solidaridad ciudadana que se ha tejido en pocos meses para arropar a estos chicos y dignificar mínimamente su espera hasta que tenga lugar la partida.

El artículo que escribí para El Salto aborda estas dos cuestiones. Lo hace de la mano de Merce Puig Zuluaga y Heri Lago-Lekue, dos vecinos de Vizcaya que forman parte de esa red solidaria; y de Shefqet Lami, uno de esos chavales de Albania que llegó hace 6 meses y que, a día de hoy, vive en Barrika. Sus testimonios ayudan a entender mucho mejor lo que ocurre en este punto de la costa vasca. Puedes leer el reportaje completo aquí.

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Diversidad de andar por casa: luna 2

Avanzamos en nuestro proyecto Diversidad de andar por casa, un experimento fotográfico con el que intentamos estar más atentos a la variedad cultural que nos rodea y, sobre todo, averiguar hasta qué punto somos permeables a ella. Desde que lo iniciamos, el 16 de febrero, hemos aprendido unas cuantas cosas sobre música, gastronomía, rutas migratorias, literatura u oficios. Y, día a día, mientras registramos nuestros pasos en Instagram, comprobamos que hay mucho para descubrir y sorprenderse sin alejarse demasiado de casa.

Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas
@lauracaorsi | @estoy_que_trino

En esta segunda etapa de nuestro camino —que viene marcado por las fases lunares del calendario tradicional chino, como explicamos aquí—, hemos disfrutado de buena música y hemos bebido cosas ricas y distintas, como el bissap y el licuado de baobab. También leímos un par de libros interesantes, cocinamos nuestra primera yuca, practicamos un poco de kazajo y cenamos una tortilla de crisantemos.

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Diversidad de andar por casa: luna 1

España es un país cada vez más diverso y eso se palpa en casi cualquier ámbito de la vida cotidiana. En la actualidad, el 13 % de la población es de origen extranjero; eso, combinado con que llevamos años con cifras similares, ha modificado poco a poco las fotografías familiares, la oferta cultural o la vida en las calles; también qué clase de alimentos, bebidas y productos encontramos en las tiendas, mercados y supermercados. Incluso las propuestas de ocio, la moda o las agendas sociales están cambiando a diario. Nuestro proyecto Diversidad de andar por casa intenta reflejar, aunque sea de manera humilde, parte de esa transformación intercultural que estamos viviendo.

Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas
@lauracaorsi|@estoy_que_trino

Una tarde mientras paseábamos por el barrio de Usera se nos ocurrió que estaría bien documentar qué clase de relación tenemos con la diversidad. No en el plano teórico, sino en nuestra vida cotidiana. Es decir: queríamos saber cómo de permeables somos a las culturas que nos rodean y reflexionar sobre si nos influyen mucho o poco a la hora de configurar nuestra idea del mundo. Si bien nos consideramos personas abiertas, enseguida nos dimos cuenta de que teníamos bastante que mejorar. De ahí que nos propusiéramos un reto: aprender al menos una cosa por día de otras culturas. Durante un año.

Diversidad de andar por casa nació así, de manera natural, como una respuesta adaptativa a esta sociedad en transformación que somos. De paso, nos dio la excusa perfecta para recorrer los barrios y fijarnos mejor en lo que está pasando. También para observar, preguntar, escuchar y asumir el riesgo de probar otros sabores, otras músicas, otras literaturas; en definitiva, otras maneras de ver y entender el mundo. Con suerte, a final de año, esperamos haber incorporado muchas de ellas a la nuestra.

El proyecto lo comenzamos el 16 de febrero, coincidiendo con el inicio del Año Nuevo chino. El objetivo es registrar nuestros hallazgos y aprendizajes diarios mediante una combinación de texto y fotografía, que colgamos en Instagram, con la etiqueta #DiversidadDeAndarPorCasa. Aquí, en la revista, compartimos las fotos en grupo, una vez al mes, siguiendo el calendario lunar chino. Hoy, que ha terminado el primer mes lunar de los 12 que tiene este calendario, recopilamos en Un Puerto las 30 cosas que hemos aprendido en este tramo.

Si pinchas en las fotos, podrás verlas ampliadas y con su leyenda correspondiente. También puedes seguir la evolución del proyecto día a día en nuestro Instagram. Y, por supuesto, puedes dejar comentarios y sugerencias, tanto allí como en esta página.

 

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#8M: Sembrar en tierra extraña

Durante los diez años que estuve al frente de la página de «Nuevos Vascos», en el diario El Correo, tuve la oportunidad de conocer y entrevistar a 200 mujeres migrantes. Jóvenes y no tanto, trabajadoras o en paro, ejecutivas y camareras de hotel, procedían de lugares tan distintos como Chile, Rumanía, Senegal, México o Japón. Unas habían tenido la oportunidad de estudiar, otras no. Unas eran madres, otras no. Unas habían vivido unas odiseas migratorias dolorosísimas e increíbles, otras habían llegado a Europa en avión. Hablar con ellas y conocer sus historias no solo me permitió comprender la enorme diversidad que hay bajo los rótulos mujer o migrante; también me mostró cuánta riqueza (y oportunidades) hay en las diferencias.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

No es lo mismo migrar cuando eres mujer que cuando eres hombre. La Organización Mundial de las Migraciones (OIM) nos recuerda que el género afecta a los motivos por los cuales se migra, quién lo hace, las redes sociales a las que se recurre para hacerlo, las experiencias de integración y las oportunidades laborales en el lugar de destino. «Las expectativas, las relaciones y la dinámica de poder asociadas con el hecho de ser hombre, mujer, niña o niño, y de identificarse ya sea como lesbiana, homosexual, bisexual, transexual o intersexual, pueden incidir considerablemente en todos los aspectos de este proceso», señala la institución.

Las mujeres somos la mitad de la población mundial. También representamos la mitad de personas que migran en el mundo. Según el informe que se presentó en 2016 ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, entre 2000 y 2015, el número de migrantes internacionales aumentó en un 41 % y alcanzó los 244 millones. Casi la mitad son mujeres. La misma proporción se aplica a las personas refugiadas: el 50 % de los refugiados del mundo son mujeres y niñas, como recoge ACNUR. No obstante, solo el 4 % de los proyectos de llamados interinstitucionales de las Naciones Unidas se destinaron a mujeres y niñas en 2014, y solo el 0,4 % de todos los fondos para estados frágiles se destinaron a grupos o ministerios de mujeres de 2012 a 2013. Las cifras son de la propia ONU.

Los números dibujan el continente, pero las historias lo dotan de contenido y sentido. Si bien migrar es una experiencia difícil para casi todas las personas —y más en estos tiempos de deshumanización brutal y absoluta—, las mujeres solemos llevarnos la peor parte. En los proyectos migratorios, hay muchas violencias que marcan el antes, el durante y el después. Así que hoy, en el Día Internacional de la Mujer, desde Un Puerto, queremos rendir un homenaje al valor de todas y cada una de ellas (sin olvidar, claro está, a las mujeres que se quedan o regresan a sus países de origen).

A la vista de las entrevistas y artículos que hemos publicado, podemos asegurar que el mundo sería un lugar más inhóspito de lo que ya es sin mujeres que trabajen en el ámbito de la discapacidad, como Paz o como Gloria; sin mujeres que reivindiquen la diversidad sexual, como Solange; sin mujeres que hablen de feminismo, como Nadia; sin mujeres que transformen el dolor en capacidad de ayuda a los demás, como Clementine; sin mujeres que combatan por los derechos de otras mujeres, como Silvia; sin mujeres que sobrevivan a sus odiseas migratorias, como Natalie o Jolie, y nos las cuenten para que al menos entreveamos la complejidad que hay tras las etiquetas; sin mujeres que ayuden a curarse a otras personas, como Ana María; o sin mujeres que hayan podido superar el machismo y la presión social, como Afaf o Nawal, para rehacerse. Y sería más hostil el mundo sin Mayté, Ana o Sagrario, quienes han aportado su saber y su tiempo para que Un Puerto sea un sitio desde donde otear un horizonte más amplio.

Pese a la variedad de procedencias, de herramientas, de talentos y de lastres, todas las mujeres que hemos conocido en estos años tenían (y tienen) algo en común: la capacidad de reinventarse y de sembrar en tierra extraña. También que no siempre son ellas quienes recogen la cosecha.

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