26 | Silvia

Silvia Carrizo es argentina y periodista. Se marchó de su país en enero de 2002 y desde entonces vive en Euskadi. Como casi todo el mundo, tenía en mente un futuro distinto y la ilusión de mantener su profesión. «Trabajar en lo mío», dice esta comunicadora reconvertida en comerciante y presidenta de la asociación Malen Etxea. El martes pasado presentó un estudio sobre la realidad laboral de las mujeres extranjeras. El resultado da que pensar.

La mitad de los inmigrantes tiene nombre de mujer, rostro de mujer, perspectiva femenina. En el País Vasco, la tasa de extranjeras empadronadas supera la media española, lo que en números –54.615, según el INE– significa que son más que los hombres. Pero eso no impide que sean unas desconocidas, a menudo invisibles a los ojos de la sociedad.

Como mujer e inmigrante que es, Silvia Carrizo se ha propuesto, junto a la asociación que preside, abordar esta cuestión y dedicarle una mirada franca. La visión es muy poco halagüeña, pero da pie a la reflexión y el debate, algo que se hizo este martes en la jornada ‘Manos que mueven el mundo’, celebrada en San Sebastián.

¿Cómo es la realidad laboral de las mujeres extranjeras? La pregunta tiene más de una respuesta, pero aquí va la primera: por regla general, «todas trabajan por debajo de su cualificación profesional», casi siempre como empleadas domésticas. «Hay un aspecto que no se suele tener en cuenta: no migra el que quiere, sino el que puede –dice Silvia–. Para elaborar un proyecto migratorio se requiere un nivel de preparación y perspectiva; unos conocimientos que permitan tomar esa decisión». Y sostenerla.

Porque el viaje, que implica atravesar medio mundo, dejar todo lo conocido y privarse de la familia, es sólo el primer paso. Luego viene el resto: soportar la añoranza, aprender nuevos códigos, entender otro idioma y, sobre todo, desenvolverse. «Nadie les pregunta qué hacían en su país. Se da por hecho que son ignorantes, que no tienen medios», lamenta Carrizo. Para ilustrar la situación, recuerda una anécdota: «La empleadora llevó a la chica al mercado, y ella pensó que lo hacía para decirle dónde prefería comprar las cosas, pero no. Cuando llegaron al puesto de verduras, la señora presentó a su empleada: ‘Ésta es de Nicaragua, pero va a aprender a comprar, ¿eh?’ Así pasa con casi todo, desde explicarles cómo colgar la ropa hasta enseñarles a lavar una lechuga».

Otro hallazgo interesante del estudio tiene que ver con la estratificación del mercado laboral. «En la actualidad, se debate la igualdad de los sexos y se apuesta por la conciliación del trabajo y la vida privada, pero no se cuestiona el sistema patriarcal», expone Silvia, y con ello introduce un tema de lo más sugerente: el «trasvase de la maternidad».

Si bien cada vez son más mujeres las que trabajan fuera de casa, se gradúan en las universidades y ganan presencia en el mundo profesional, «no es menos cierto que, cuando tienen hijos, son otras mujeres quienes cuidan de ellos. El modelo sigue siendo el mismo», razona esta periodista. «Todavía son las mujeres quienes se encargan de las tareas domésticas; lo único que ha cambiado es que, ahora, ya no son vascas, sino pobres, inmigrantes y negras».

La soledad y el poder

En un contexto como éste, la integración tampoco es sencilla. «La relación entre las trabajadoras inmigrantes y la sociedad de acogida siempre se da en términos de desigualdad: jefe y empleada, médico y paciente, dueño del piso e inquilina… Los vínculos de amistad, las relaciones que se dan en términos igualitarios, no se producen en general con las personas de aquí, sino con otros extranjeros».

La soledad está más presente que nunca. Aunque de partida el plan sea venir por un par de años, trabajar, ayudar a sus familias o reunir cierto dinero para afrontar las deudas en el país de origen, «el proceso se va alargando». Entre tanto, «dejan a sus hijos con sus madres o sus suegras, mantienen a sus maridos, que viven de las remesas o que empiezan otras relaciones mientras ellas siguen acá». Las condiciones de trabajo no ayudan. En resumen: «Salario mínimo, jornadas de diez o doce horas, apenas medio día libre a la semana y la sensación de que sus empleadores le están haciendo un favor».

La parte positiva que destaca Silvia Carrizo es, en cambio, «el empoderamiento progresivo» de estas mujeres. «Por lo menos en las asociaciones, comparten sus experiencias y cada vez están menos dispuestas a trabajar sin los derechos mínimos, como las pagas extra o las vacaciones. Al final, toman conciencia de algo fundamental: si fueron capaces de dejarlo todo atrás y abrirse paso en el mundo, pueden hacer lo que quieran».

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