425 | Silvana

A principios de mes, en Donosti, se presentó la Red Vasca Antirrumores ZAS! (siglas de Zurrumurruen Aurkako Sarea). La red está integrada por numerosas personas, instituciones públicas y organizaciones sociales, y tiene un objetivo común: desmontar los múltiples rumores asociados a la población inmigrante en Euskadi. Ayuntamientos, diputaciones, asociaciones de extranjeros, fundaciones y organizaciones que trabajan por la igualdad y la inclusión social se dieron cita en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de San Sebastián para dar a conocer este proyecto que combina las políticas públicas con la acción de los movimientos ciudadanos.

Entre los integrantes de la iniciativa se encuentra Silvana Luciani que, además de trabajar en MUGAK, el centro de documentación y observatorio de medios de SOS Racismo, dinamiza propuestas como ‘La familia de al lado‘ –un espacio de encuentro entre familias vascas y extranjeras– e imparte talleres de formación para combatir los rumores negativos que azotan a los inmigrantes. “’Nos quitan el trabajo’, ‘aumentan la delincuencia’, ‘viven de las ayudas oficiales’ o ‘no se quieren integrar’ son algunos de esos prejuicios tan extendidos como falsos”, enumera esta licenciada en Historia que vive en Donosti desde 2003.

Hija de italiano, nieta de vasco y nacida en Argentina, Silvana emigró tras el estallido de la crisis económica en su país. Trabajaba en un banco –aunque confiesa que no le gustaba porque “no creía en lo que vendía”–, cuando le ofrecieron el retiro voluntario, junto a varios compañeros. “La indemnización era buena y acepté, sin saber que poco después se desmoronaría todo el sistema”, recuerda. También dice que tuvo suerte, ya que pudo salvar sus ahorros del famoso ‘corralito’ financiero.

“Decidí emigrar en ese momento, antes de que la devaluación se comiera lo que había ahorrado. Tenía la ciudadanía italiana por mi padre y me esperaba un amigo de la familia aquí, en Andoain. Por eso elegí el País Vasco. Siempre es bueno llegar a un lugar donde tengas a alguien conocido, una mínima red de apoyo, porque los inicios nunca son fáciles -aconseja-. La verdad es que antes de emigrar nunca imaginas lo que te espera. No puedes prever la complejidad de los trámites, el aprendizaje de cómo funcionan las cosas, incluso el rechazo de algunas personas. Yo pensaba que con tener papeles era suficiente, pero no es así”.

Silvana es consciente de que llegó a Euskadi en unas condiciones mucho más favorables que la mayoría de los extranjeros y señala que, así y todo, también tuvo que afrontar rechazos o aguantar los estereotipos. “Me han llamado ‘sudaca’ alguna vez, me costó alquilar un piso por el simple hecho de ser extranjera, han puesto en duda mi formación… Si a mí me pasaron esas cosas, ya te puedes imaginar lo que viven otras personas. Hay extranjeros que van en el bus y notan que otros pasajeros evitan sentarse junto a ellos, o personas que entran a un bar y ven cómo la gente guarda los móviles porque creen que les van a robar”. Por eso, hace hincapié en las barreras que suponen los prejuicios.

Prejuicios vs datos

“Los rumores afectan a las relaciones de convivencia. Dificultan mucho la cohesión social. Tanto las generalizaciones como las miradas parciales de la realidad cobran fuerza si no se las cuestiona, especialmente en un contexto de crisis como el que tenemos ahora. Si tú oyes una afirmación despectiva y la dejas pasar, el rumor se va a sentando y las voces discriminatorias crecen”, expone. “Pero, claro, para cuestionar algo como ‘los inmigrantes reciben más pisos de protección oficial que los vascos’ tienes que tener los datos”.

Para saber que los extranjeros representan el 22% de la demanda y solo el 7% de las adjudicaciones de las viviendas protegidas es preciso acceder a las cifras, algo que no todo el mundo hace porque implica tiempo y trabajo. Conscientes de que los prejuicios solo se pueden rebatir con información contrastada y buenos argumentos, la estrategia ZAS! ha creado una página web que recoge los principales rumores y los datos que los refutan. “En el portal hay mucha información, recursos y materiales”, dice Silvana, que anima a visitarla.

“Hay mucho por hacer todavía en este campo. La red ZAS! procura aunar los recursos institucionales con los de la sociedad civil para fomentar la integración y el respeto, para crear espacios de encuentro y evitar la división social. Esto es muy importante, porque actualmente convivimos pero nos relacionamos poco, y eso nos impide ver la gran cantidad de cosas que tenemos en común. La diversidad es una realidad ineludible, el tema es cómo gestionarla”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2016 América del Sur Ellas

338 | Ernesto

Habla tan deprisa -y dice tanto- que, por momentos, cuesta tomar notas y escribir las palabras enteras. Condensa mucha información en poco tiempo y, sin embargo, es muy fácil seguirle. A sus 52 años, Ernesto Sánchez puede presumir de poseer talento narrativo. “Me dedico a ello”, dice este argentino que combina dos oficios donde la palabra es clave: el periodismo y la lectura del tarot. “Pero, ojo -advierte-, no soy brujo ni soy adivino. Tampoco tengo poderes ni vuelo en escoba”, asegura con una sonrisa, burlándose de la caricatura esotérica.

“Es importante aclarar esto -prosigue, más serio-, porque hay mucho timo y mucha tontería. Mi trabajo consiste en la lectura y la interpretación de las cartas del tarot. Tengo una baraja de cartas sevillanas de 1929, muy bella, y estoy atento a lo que me enseña. Pero no soy un brujo, solo interpreto lo que veo, y eso es lo primero que le digo a cualquier persona que acude a mi consulta. Con este tipo de cosas, hay que ser muy cuidadoso, responsable y tener sentido ético. De otro modo, puedes hacer muchísimo daño a una persona vulnerable”, señala.

Y la vulnerabilidad, en tiempos de crisis, campa a sus anchas. “Cada vez recibo a más gente joven con problemas de salud, psicosomáticos sobre todo. Son chicos y chicas de veintipocos años, con estudios, muy preparados, que no encuentran trabajo. Eso es tremendo, me da muchísima pena”, explica Ernesto, y refrenda que los temas principales de consulta siguen siendo los clásicos: salud, dinero y amor. “Ahora bien, si hay que distinguir por sexos, los intereses y las preguntas varían”, observa con ojos de periodista. “Las mujeres preguntan por sentimientos, por afectos, por los hijos. Los hombres, por el dinero y su profesión”.

Más allá de este desglose, Ernesto señala que “los vascos, en general, tienen mucho interés por el esoterismo. No lo dicen en público, pero lo tienen y, en cierto modo, es natural. Casi todas las culturas tienen o han tenido sus propios métodos: las caracolas, las estrellas, el café y, por supuesto, las cartas. El tarot es una palabra de origen francés y significa adivinación. La tradición es muy antigua. De hecho, yo aprendí a leer las cartas en Argentina, cuando era un niño, y me enseñó una señora vasca, de apellido Aramburu”, señala.

“Hay muchos lazos entre Euskadi y Argentina. Tal vez el más evidente es que fue un vasco, Juan de Garay, el que fundó Buenos Aires. Hay un libro muy interesante sobre eso, que recomiendo a quien tenga interés en el tema. Se llama ‘El cóndor de Orduña’ y lo escribió Isidoro Calzada Macho”, indica. “Pero hay muchas otras similitudes”, añade Ernesto, cuyo padre es de León y su abuela era de Orozco. “Los vascos tienen mucho sentido del humor, saben reírse de sí mismos, como los argentinos. Eso no pasa en todas las culturas. Hay gente que se toma demasiado en serio a sí misma”.

Nobleza y lealtad

“Pero el vasco, además, es muy noble, muy sano y muy leal. También es terco, sí, pero hasta eso me parece una cualidad entrañable. Yo soy un enamorado de esta cultura. Fui muy bien recibido en una época en la que casi no había gente de fuera, cuando ser extranjero era una rareza. Y, sobre todo, fui muy bien recibido cuando los argentinos nos íbamos de un país azotado por la dictadura”, apunta Ernesto, que se marchó gracias a una beca de estudios, si bien el régimen militar le arrebató familia y amigos.

“Yo estudiaba en la Escuela Superior de Periodismo y me encantaba la carrera. Siempre me gustó. Siempre fue mi pasión, aunque nunca haya conseguido que fuera mi principal fuente de ingresos -dice con un toque de humor-. Sin embargo, estaba harto de la situación de mi país, cansado, podrido de perder gente que quería. Cuando me ofrecieron una beca para venir a estudiar Política Internacional en Navarra, no lo dudé. Vine sin pensármelo dos veces -relata-. Lógicamente, el primer momento fue muy duro. Me costó encajar ahí porque era un ambiente muy religioso y conservador”.

Aun así, salió airoso del aterrizaje cultural. “Viajé mucho, viví en distintas ciudades, experimenté la parte más dura de emigrar, como que se muera tu madre y no llegues a tiempo. Con los años me fui curtiendo y me fui buscando la vida, siempre con optimismo, con tesón y con arrojo, que es la única manera de progresar. Y, después de muchas vueltas, me instalé aquí, en Bilbao. Amo el País Vasco, es mi lugar en el mundo. Esta tierra me lo ha dado todo; hasta me ha convertido en un forofo incondicional del Athletic… Imagínate, de Racing en Argentina y del Athletic aquí. Casi siempre pierdo, pero no importa”.

2014 América del Sur Ellos

329 | Patricia

“Dieciocho… diecinueve…”. Patricia Ponce cuenta en voz baja, mientras calcula cuánto tiempo hace que llegó a San Sebastián. “Sí, me marché de Argentina hace diecinueve años”, precisa finalmente, tras hacer el recuento de “media vida” y no pocas decisiones importantes. “Hay opciones que implican tantos cambios, que son tan grandes, que, o bien las piensas mucho, o bien casi no las piensas y te lanzas a la aventura. Cuando vas a cambiar de país, el miedo es un condicionante importante. Temes empezar desde cero, pesa mucho la incertidumbre de cómo te vas a sentir y de cómo te van a recibir”.

Su primera experiencia, en ese sentido, no fue buena: la recibieron devolviéndola a Argentina. “Cuando llegué al aeropuerto, me dijeron que no traía suficiente dinero para ingresar al país. Estuve en una habitación junto con otras personas a quienes también les habían denegado el acceso, esperando allí para que nos regresaran. Aquello fue muy feo, denigrante. Para mí, fue un primer gran impacto que me hizo comprender que no somos nadie, que la libertad de circulación de las personas es mentira. Lo cierto es que no migra quien quiere, sino quien puede, y que a mí me costó mucho volver”.

No lo dice solo por lo económico -que también-, sino por “la sensación de que en un lugar te han cerrado la puerta”. Sin embargo, sus motivos para venir eran más fuertes que las razones para no hacerlo. “A mí me trajo una de las tantas cosas que mueven el mundo -dice-: el amor. Había conocido de casualidad a un chico, nos escribimos cartas durante un buen tiempo, nos hicimos amigos, más que amigos… y lo dejé todo para venir aquí con él. Por eso te decía que hay ciertas decisiones tan grandes que, si las piensas demasiado, te acobardas. Yo me animé y me fue bien. Con él he formado aquí a mi familia”, dice.

Pero ha hecho más cosas en estos años. Algunas de ellas, con impacto internacional. Trabajadora social y con estudios en psicología, Patricia Ponce dirige la Fundación Haurralde, una ONG que ella misma fundó junto con un grupo de profesionales que conoció en la UPV, y de la que también es responsable del Área de Género. “Soy una persona comprometida con la infancia y con las mujeres. Me parece fundamental defender sus derechos, empoderarlas, y hacer también una labor de formación e información: las personas no pueden exigir sus derechos si, en primer lugar, no saben que los tienen”, razona.

“Existen unos derechos internacionales de obligado cumplimiento que muchos ciudadanos desconocen. Por eso, este año nos hemos volcado de lleno en una campaña informativa. En mi opinión, el papel de las ONG debe evolucionar hacia la incidencia política, influenciar en los procesos de toma de decisiones que afectan a lo público y lo social. El conocimiento es imprescindible”, dice, y recuerda que esto es una de las enseñanzas más valiosas que le legaron sus padres.

Un juguete, al menos

“Yo vengo de un entorno muy humilde. En toda mi infancia no tuve ni una muñeca. La primera que tuve fue a los 16 años y me la compré yo, porque trabajaba. Obviamente, ya no jugaba, pero siempre había querido tener una. Esa experiencia, que es muy difícil de explicar a otras personas, fue uno de los motores que me ha impulsado a dedicarme al trabajo social. Los niños deben jugar; deben tener al menos un juguete en su infancia”, señala. “Sin embargo, fíjate que, a pesar de la pobreza, mis padres se dieron cuenta de lo importante que era tener unos estudios. Y no por una cuestión laboral, sino porque el estudio, la información, el conocimiento estructuran tu pensamiento, son fundamentales para interpretar la realidad”.

Así, la fundación que Patricia dirige se embarca en causas geográficamente lejanas, como “el apoyo a las mujeres peruanas que han sido sometidas a la esterilización forzosa”, y en causas locales, como la participación en las jornadas ‘Tengo derecho a mi cuerpo’, puestas en marcha por la Red de Asociaciones para la Incidencia Política en Derechos Sexuales y Reproductivos de Euskadi, que se celebrarán el lunes 19 en Donosti. “Siempre he creído que cada uno tiene un papel en la vida, y que el mío es hacer algo por los demás. Creo que mis padres se sienten orgullosos de mí, aunque nada compensa el hecho de tener a un hijo lejos… También para el que migra eso está ahí. Te duelen las navidades, los cumpleaños, la vejez de tus padres, la muerte de un ser querido y no llegar a tiempo, que haya nacido un sobrino y tú no hayas estado ahí… El tiempo pasa y no desdibuja nos afectos; al contrario, te pesan más. De alguna manera, vives un duelo reiterado en el que eres migrante para toda la vida”.

2014 América del Sur Ellas

322 | María Inés

La próxima semana comenzará a impartirse en Barakaldo un taller gratuito de radio. La primera clase será el martes 1 de abril y el curso se extenderá, semana a semana, hasta mediados de junio. La iniciativa busca trabajar con la voz como herramienta de comunicación, experimentar con las habilidades radiofónicas y constituir un punto de encuentro y acercamiento entre sus participantes. Está organizada por el ayuntamiento y cuenta con el apoyo de Candela Radio, cuyos profesionales se encargarán de compartir sus conocimientos con quienes se apunten.

María Inés Postiglioni -Maine, para los amigos- forma parte del equipo docente. Licenciada en Comunicación y locutora profesional, esta argentina se confiesa enamorada de la radio desde que era adolescente. “Lo tenía clarísimo -dice-: yo quería estudiar Locución. Aquí no existe como carrera, ni hay tanta tradición; se la asocia más al doblaje. Allí, en cambio, tiene muchísimo peso. La formación dura tres años y para entrar en el ISER, que es el Instituto Superior de Estudios Radiofónicos, es necesario pasar por un examen de ingreso muy exigente”, detalla.

Consciente de que “las posibilidades de entrar eran muy pocas”, Maine se apuntó en la universidad para estudiar periodismo. “La carrera de locución tiene mucho de expresión corporal, de actitud, de bagaje. Yo era pequeña todavía. Tenía 18 años. Pensé que al estar tan ‘verde’ no iba a superar la prueba de admisión, así que me inscribí en la facultad de comunicación para hacer algo relacionado con mi vocación y aprovechar el tiempo”, cuenta. Grande fue su sorpresa cuando supo que la habían aceptado.

“Empecé a las dos carreras a la vez, y seguí con ambas, en paralelo, hasta que conseguí trabajo. En ese momento, dejé un poco aparcada la carrera de comunicación”. Fue una pausa, más que una renuncia. “Trabajaba en radio, en presentaciones de actos políticos, de ministerios… Eso me insumía mucho tiempo y, además, me gustaba. Sin embargo, me parecía importante terminar con la licenciatura. Tardé diez años, pero lo hice, si bien todo mi trabajo, toda mi carrera ha estado vinculada a la palabra y la voz, más que al periodismo escrito”, explica.

Así fue en Argentina y lo sigue siendo en el País Vasco, donde llegó, como dice, “por amor”. Su primera incursión fue en 2008 y duró tres meses; un periodo prudencial para conocer el entorno y evaluar también las perspectivas laborales. “En aquel año se hablaba de ‘desaceleración económica’, no de crisis, así que las sensaciones no eran tan malas”, recuerda con un toque de ironía. Convencida de dar el paso, volvió a Argentina a hacer todos los trámites necesarios para radicarse en Euskadi, en condiciones de trabajar. “Cuando regresé, el panorama había cambiado por completo. No había trabajo en los medios”, explica.

Combatir el aburrimiento

En ese momento conoció a Miguel Ángel Puente, el director de Candela Radio, con quien empezó a colaborar. “Él tenía idea de montar los talleres de radio y yo tenía experiencia como profesora, ya que en mi país había dado clases de locución en la Escuela de Arte Municipal. La idea me entusiasmó mucho, y la pusimos en práctica junto con María Paz Giambastiani, otra persiodista argentina, que fue quien nos presentó”. Así nació el taller que se desarrollará ahora en Barakaldo, y que ya antes funcionó en otros municipios de Vizcaya.

“La voz es una estupenda herramienta de comunicación. Se puede trabajar, mejorar, conseguir que sea más plástica y expresiva”, señala Maine que, además de estos talleres, se dedica a impartir clases de educación vocal. Su trabajo consiste en mejorar la expresividad y la oratoria de quienes se apuntan a sus cursos. “Hay muchas personas que necesitan usar la voz para su trabajo y sus actividades cotidianas. Profesores, vendedores, ponentes… Y la mayoría no le saca todo el provecho que podría. Es lógico -añade-. En la escuela nos enseñan a leer, a escribir, pero nadie nos enseña a hablar. No hay clases generales de fonética, de respiración ni de cómo estructurar un discurso”.

El resultado, además de que no pocas personas lleguen a la adultez con problemas foniátricos, respiratorios o tendencia a matratar las cuerdas vocales, es que “no conseguimos expresar nuestros mensajes de un modo atractivo, natural, interesante. Quienes escuchan muchas veces se aburren porque quien habla no es suficientemente claro o no explota del todo los matices de su voz. En las clases, promuevo la naturalidad porque creo que solo así uno puede ser convincente al hablar. Mi trabajo es ese y me encanta. Me sigue gustando, como el primer día”.

2014 América del Sur Ellas

316 | Flor

Las palabras de Flor Tregnaghi están cargadas de vitalidad. A sus 21 años, tiene el empuje de la juventud, una vocación creativa y unos cuantos proyectos entre manos. “Disfruto con lo que hago y me siento muy afortunada. No siempre es posible dedicarte a lo que te gusta, trabajar con tu talento; sé que es una gran suerte y lo valoro muchísimo”, dice con una sonrisa. Es difícil conversar con ella sin contagiarse de su entusiasmo, de la noción de que todo está por hacerse y que lo mejor aún está por venir.

Flor es argentina, de la ciudad de Santa Fe, y llegó a Bilbao hace tres años, cuando acabó el bachillerato. “Primero vino mi padre, dos años antes que yo. Eligió Euskadi porque tenía un amigo aquí. Mientras él abría el camino, yo terminé mis estudios allí, por eso no viajamos todos juntos”, explica. Ese periodo fue largo, pero ella lo aprovechó para perfilar mejor sus proyectos. “Lo mío es la moda, siempre lo fue. Cuando era niña -relata-, mi madre cosía en casa y mi padre se dedicaba a la venta de telas. Aquel era mi mundo, y desde pequeña supe que quería dedicarme a eso”.

Aprendió a coser con su madre, aprovechando los retales o las telas de su padre. Pero aquello no le bastaba, así que se apuntó a un curso de corte y confección. “Quería hacer patrones, saber más… Hice el curso tan feliz, mientras estudiaba en el instituto. Así empecé a diseñar mi propia ropa y a hacerla con lo que tenía. Algunas veces usaba prendas antiguas, como algún vestido inmenso de mi abuela, para hacerme blusas o camisetas”, recuerda. “Coser me salía más barato que comprar la ropa hecha y me permitía renovar mi armario con mucha frecuencia pero, además, lo disfrutaba”.

Por esa razón, cuando dejó Argentina para venir a Bilbao, lo hizo con las ideas muy claras. “Quería aprender más, formarme, dedicarme a esto -explica-. Antes de venir, averigüé por internet dónde podía estudiar aquí, qué opciones tenía, todo… Elegí estudiar Estilismo y Diseño de Moda. Y, la verdad, lo más difícil de todo ese proceso fueron los meses que tuve que esperar para que empezaran las cases. Lo demás fue muy fácil. Creo que cuando haces algo que te gusta, que te llena de verdad, los sacrificios no importan; te da igual quedarte levantada hasta las cinco de la mañana para terminar un trabajo”.

El ejemplo que pone es real, y le sonará familiar a cualquiera que haya compaginado los estudios con la vida laboral. “Una de las cosas que más miedo me daba al empezar la carrera era estudiar y nada más. Es decir, no encontrar ningún lugar donde poner en práctica las cosas que fuera aprendiendo mientras las aprendía. Muchas veces ocurre que terminas la carrera y tienes el título, pero no has experimentado nada, no has dado ningún paso en el mundo real”.

Desde esa perspectiva, Flor define como “un lujo” la oportunidad de trabajar junto al fotógrafo Lucho Rengifo, muy conocido en Bilbao por ser el responsable creativo del famoso calendario de bomberos. “Lucho está trabajando ahora en un proyecto precioso, personal, que se llama ‘Fashion Poses’ y que explora las distintas técnicas para mejorar el posado fotográfico en el ámbito de la moda. Para mí es estupendo poder colaborar con él y aportar lo que sé, sobre todo, como estilista”, indica.

Imagen personal

“Pero, eso sí, me gustaría aclarar que un estilista no es un maquillador o un peluquero, porque muchas veces se confunden unas cosas con las otras. El trabajo de un estilista tiene que ver con la imagen personal y con la moda; es un profesional que sabe qué cosas se usan, pero también cuáles te quedan bien según tu tono de piel o tu complexión física. La idea es sacarle el mayor partido posible a tu imagen de acuerdo a las tendencias de la pasarela. Quizá el rol más conocido sea ahora el del personal shopper, una persona que sabe de tendencias y que va contigo de tiendas, ayudándote a elegir aquello que te queda mejor”, compara.

“Otro momento en el que se recurre a un estilista es cuando se acerca una fiesta, una boda por ejemplo. Sin embargo, como decía antes, también hay un ámbito artístico en el que puedes desarrollarte y aprender de la experiencia, tanto tuya como de otros grandes profesionales que llevan trabajando más tiempo que tú. Mi trabajo con Lucho es un ejemplo de eso. La verdad es que estoy encantada, con él, con la ciudad y con la gente de aquí. Me gusta mucho el País Vasco, siento que me ha aportado grandes cosas desde que llegué. Es un lugar magnífico para crecer y para emprender, incluso en tiempos de crisis”.

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297 | Karla

La historia de Karla Rando Peressutti tiene mucho que ver con el amor, pero también con las casualidades: cuando vivía en Argentina, no imaginaba «ni en sueños» que acabaría viviendo en Plentzia. En aquel momento, 2001, el pequeño municipio vizcaíno estaba demasiado lejos de su día a día, de su mapa y de sus planes. «Yo trabajaba en un ‘call center’ y compartía piso con dos amigas en Buenos Aires. En abril de ese año vencía nuestro contrato de alquiler, y una de mis compañeras decidió que quería viajar a Irlanda para estudiar inglés. Al mismo tiempo, mi otra amiga tenía una prima en Milán y yo tenía a mi hermano en Tarragona», explica.

Lejos de vivir aquella situación como un problema, las tres lo entendieron como una oportunidad. «En mi caso particular, yo tenía muchas ganas de viajar, de conocer otros lugares y de visitar a mi hermano, que llevaba años viviendo en Cataluña. Mi trabajo en Argentina no era algo que me retuviera y, aunque salía con un chico, aquello no avanzaba. Necesitaba un cambio», resume Karla, que se planteó aprovechar las circunstancias para pasar unos meses fuera del país. «Sólo un tiempo -subraya-, porque no tenía intención de marcharme definitivamente. Me gustaba mucho mi ciudad».

Viajó primero a Irlanda con su amiga, donde conocieron a un chico vasco que les habló de Euskadi, y quedaron en contacto con él. Siguiendo el plan, Karla se marchó a Tarragona, para reencontrarse con su hermano y, también, con sus sobrinos. «Eso fue lo mejor del viaje, que estuvieran ellos allí, porque la ciudad no me gustó», confiesa. Cuando llegó el verano, el chico que habían conocido en Irlanda les comentó que había dos bares en Plentzia que necesitaban personal para el mes de agosto. «Me pareció una manera genial de poder conocer otro sitio», cuenta Karla, que aceptó.

De su llegada al pueblo, el primer recuerdo que conserva es el viaje en metro. «Miraba el paisaje por la ventana y estaba maravillada. Cuando pasé por Urduliz, con tanto verde y tanta naturaleza, me quedé anonadada -comenta-. Ya el pueblo, Plentzia, me fascinó». De hecho, todavía hoy le fascina. «Es verdad que cuando uno lleva mucho tiempo en un lugar no aprecia tanto sus bondades, pero yo sigo encantada, con el sitio y con su gente, con la belleza y la seguridad, y con el trato honesto y respetuoso. Siempre digo que hace doce años que vivo en una burbuja».

Una razón para quedarse

Pero… ¿qué pasó para que Karla decidiera quedarse? «Pasó Asier», responde ella, dispuesta a contar esa historia. «Tal como estaba previsto, vine en verano para conocer la zona y, al mismo tiempo, trabajar en un bar. Era un local tradicional de pintxos al que iba todo el mundo, incluido él. Por otra parte, en ese momento no había tantos extranjeros como ahora, así que yo era una especie de novedad», relata.

«Al principio sólo nos mirábamos, no hablábamos ni nada más. Después, me saludaba en las fiestas del pueblo. Y, cosas de la vida, yo tenía la impresión que él era extranjero. Por sus facciones y su tono de piel, me parecía argentino, no vasco. Un día salí de fiesta, me lo encontré y me habló. Lo primero que me preguntó, sin decir antes ni ‘hola’, fue’¿Eres colombiana?’ y luego ¿Quieres una cerveza?’. Me encandiló con sus palabras», cuenta Karla, en medio de una carcajada.

Ironías aparte, reconoce que sí le gustó aquel modo tan sencillo y directo de iniciar una conversación. «Acostumbrada al cortejo de los argentinos, con mil halagos y mucho ‘bla bla bla’, me pareció maravilloso que un chico pudiera enfocar las cosas de esa manera tan natural. Además, después de todos estos años encuentro que los vascos son súper respetuosos en general, y con las mujeres en particular. Y son muy, muy compañeros. Por supuesto, hay excepciones, pero si tuviera que elegir un denominador común, sería ese: el del compañerismo y el respeto».

Dos años después de conocerse, Karla y Asier se casaron. Y hace solo cinco meses que tuvieron una niña. «Lo intentamos durante mucho tiempo, nos costó. Incluso habíamos iniciado trámites de adopción», cuenta ella que, durante esos años, regentó una tienda de ropa infantil. «Mira cómo son las cosas que, cuando cerré la tienda, me quedé embarazada… Mi marido y yo habíamos decidido empezar algo nuevo y estábamos ultimando los detalles del negocio que tenemos ahora, una heladería artesanal, cuando supimos lo del embarazo. Hay cosas imprevisibles… En última instancia, las sorpresas son lo que te mantienen vivo».

2013 América del Sur Ellas