449 | Liviana

De las 118 colectividades extranjeras que existen actualmente en Euskadi, la rumana es una de las más numerosas. Según los datos de Ikuspegi –el Observatorio Vasco de Inmigración–, nuestra comunidad cuenta con algo más de 15.300 vecinos de Rumanía. Tanto aquí, como en el conjunto del Estado –donde la cifra ronda las 785.000 personas–, es uno de los grupos más arraigados en la sociedad. La mayor parte de sus miembros reside en estas latitudes desde hace años; los suficientes como para echar raíces, hacer amigos, estabilizarse en el trabajo y formar familia.

La llamada ‘segunda generación’ es ya una realidad. En las escuelas y los institutos hay centenares de niños de origen rumano que han venido al País Vasco de pequeños o que, directamente, han nacido aquí. Son vascos. Hablan euskera y castellano pero, sorprendentemente, no siempre controlan el idioma de sus abuelos y sus padres. «A diferencia de otros colectivos, que mantienen la lengua materna en casa, los hogares rumanos tienen la peculiaridad de que no lo hacen. Ya sea porque hay parejas mixtas o porque resulta más sencillo para los niños, suelen hablar en español», dice Liviana Bucuresteanu.

Natural de Piatra Neamt y filóloga de profesión, Liviana es profesora de idiomas. Llegó a España en 2008, para hacer un máster en Cooperación Internacional, en Valencia, y hace tres años se trasladó al País Vasco, donde no solo enseña su idioma, sino que forma parte de un interesante programa cultural promovido por el Ministerio de Educación de Rumanía y el Instituto de Lengua Rumana de Bucarest, «algo así como nuestra versión del Instituto Cervantes», compara. El programa en el que trabaja busca mantener vivo el vínculo del país con sus ciudadanos emigrados, inició en 2007 y está en marcha en varios países de Europa.

«Hay toda una generación de rumanos que emigraron abriendo camino. Son la generación del sacrificio, la que siempre está entre dos tierras. Pero hay una segunda generación, conformada por sus hijos, que desconocen el idioma y la cultura de sus antepasados. Son niños y jóvenes que, cuando van de vacaciones a Rumanía, no pueden hablar con sus abuelos», describe Liviana, a modo de ejemplo, para ilustrar el alcance íntimo de este problema cultural. «Se dice que tenemos facilidad para los idiomas y que somos políglotas, pero la realidad es que muchos de nuestros jóvenes no saben hablar en su propia lengua», observa.

«Por eso se ha creado este programa. Es una iniciativa innovadora y sin precedentes que busca preservar el idioma fuera de fronteras y tender ese puente entre generaciones pero, también, fomentar el conocimiento entre culturas», añade, poniendo énfasis en esto último. Porque «las clases de lengua y cultura rumana se imparten en colegios públicos y están abiertas a todos los niños y jóvenes que quieran asistir, sean de donde sean. De hecho, hay varios pequeños de aquí y de otras nacionalidades que se apuntan para aprender junto a sus amiguitos».

La iniciativa está impulsada y financiada por las instituciones de Rumanía. En Euskadi comenzó hace un par de años –concretamente, en Getxo–, y Liviana describe la experiencia como un éxito. «Es muy bonito porque también se organiza una semana temática y se hacen talleres que involucran a los padres. La acogida ha sido muy buena en el País Vasco, donde hay mucha sensibilidad ante la importancia y el significado de la lengua. El idioma es algo fundamental, forma parte de tus raíces y tu identidad cultural», indica esta filóloga, que coordina los cursos en la zona norte y disfruta perfeccionando sus conocimientos de castellano.

«Aprendí español en la universidad, en mi país, porque estudié Filología Hispánica. Pero el verdadero aprendizaje empezó hace ocho años, al emigrar. Cuando llegué a Valencia, hablaba un castellano muy formal, súper académico, pero poco a poco me empecé a soltar. Las prácticas del máster en cooperación las hice en Colombia y luego me vine para aquí, donde terminé de descubrir que en cada sitio se habla distinto. Cada lugar tiene sus particularidades y eso es maravilloso. El idioma te permite conocer el lugar y su gente».

Pero, además, el idioma y la cultura pueden ser una excusa estupenda para la diversión y el encuentro. Ayer mismo, sin ir más lejos, se celebró el primer concurso regional ‘Conoce Rumanía’, en la sede del consulado, en Bilbao. Allí se dieron cita siete equipos de niños, de entre 8 y 14 años, procedentes de Asturias, La Rioja, Cantabria, Navarra que compitieron para pasar a la fase nacional. «Del País Vasco todavía no tenemos ningún equipo, pero estoy segura de que el año que viene sí lo habrá».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

377 | Andreea

Tiene la frescura de la juventud y un punto de inocencia que enternece, pero ella se considera mayor. “Demasiado mayor”, si se refiere a su trabajo, cuyo principal competidor es el paso del tiempo. A sus 23 años, Andreea Zota se gana la vida como azafata en eventos, congresos y ferias, una actividad que le ha permitido independizarse económicamente muy joven, pero que tiene fecha de caducidad. “Es un trabajo interesante pero cansado. Siempre hay novedad, porque cambian los productos y los entornos, y al mismo tiempo, siempre hay exigencia”, señala.

Por esa razón -y porque se imagina a sí misma con una “vida tranquila” en el futuro-, Andreea le da mucha importancia a sus estudios. “A mi edad, la mayor parte de los chicos quieren ir de fiesta, pasárselo bien, salir por las noches… Y está muy bien, aunque a mí no me llama la atención. Para mí, lo importante es trabajar, alcanzar cierta estabilidad, formar una pareja… Si quiero eso, tengo que dar pasos que me lleven hasta ahí”, dice, antes de explicar que está cursando un grado superior en Gestión y Administración.

“Antes hice Veterinaria y Farmacia porque me interesan muchas cosas y prefiero los cursos cortos. Hay mucho por aprender. No me imagino a mí misma en una carrera de cuatro años. Me aburre mucho la rutina. En cambio, me gusta lo novedoso, la renovación; busco aprender cosas diferentes y variadas y, en cierto modo, eso se traslada a mi vida en general, no solo ocurre en los estudios. Cada año me pasa algo nuevo”, asegura.

En esa ‘colección de novedades’, quizá el año con más cambios fue 2005, cuando llegó aquí. Tras pasar dos años en Rumanía sin ver a sus padres -que habían emigrado a Euskadi-, y vivir junto a su abuela tantos meses, ese verano dejó Iași para venir a Gernika. “Llevaba tiempo sin ver a mis padres, porque estaban aquí trabajando. Yo vivía con mi abuela, y hubo muchas cosas que aprendí a hacer sola, como andar en patines o montar en bici. Era una niña, y el cambio fue brusco”.

Su principal recuerdo de entonces es la sensación de estar “perdida”. Tenía trece años y “era muy vergonzosa, muy tímida. La gente de aquí es muy suya… y yo era muy mía”, describe con un toque de humor, aunque lo cierto es que no lo pasó muy bien. Todo lo que encontró era distinto a lo que había dejado, desde la ciudad hasta el idioma, “así que estaba un poco en shock. Para peor -añade-, llegué solo dos semanas antes de empezar las clases. Pasé esos 15 días aprendiendo las palabras básicas, los meses, los días, tratando de enterarme un poco de cómo era el idioma”, relata.

Con ese punto de partida, es normal que sus recuerdos sean “así, de mucha confusión. Fue muy difícil al principio. Imagínate el primer día de clases… Mi madre me acompañó, porque en Rumanía se estila eso, que los padres estén allí con los hijos, y la profesora le explicó que se tenía que marchar. Y claro… me quedé ahí sola. Era ‘la nueva’, no conocía a nadie y sabía hablar muy poquito. Al mismo tiempo, despiertas curiosidad en tus compañeros. Añádele que yo era tímida, y ya tienes por qué volvía a casa llorando cada día. La verdad es que fue toda una experiencia. Lloré mucho en aquella época. Fue duro”.

La sensación de extrañeza que sintió Andreea es la habitual de cualquier inmigrante aunque, a diferencia de quienes migran ya adultos, se mezcla con otras emociones porque cambiar de país no fue decisión. Los jóvenes, como ella, que llegaron aquí siendo niños, suelen recordar los primeros tiempos así, con una tristeza e incertidumbre que no escogieron vivir. No obstante, consiguen transformar esas sensaciones en otra cosa, por lo general, habilidades.

“Empecé a trabajar joven porque eso es lo que he visto en mi casa y porque me gusta hacer las cosas por mí misma. Llevo dos años sin pedirle nada a mis padres, y eso que soy su única hija”, apunta con gracia. También aprendí castellano y euskera. Aprendí las costumbres y me adapté muy bien a Gernika”, dice ella, con un acento tan local que no denota su procedencia. “No me avergüenza ser rumana, en absoluto, pero con tantos cambios y adaptaciones, prefiero ser uno más de aquí, que mi origen no vaya por delante de mi persona. Además… hace ocho años que no voy a Iași porque ya no tengo a nadie allí. Mi familia son mis padres y ellos están en Euskadi. Yo creo que el hogar de uno está con los afectos. Al menos mi casa está donde está mi corazón”.

2015 Ellas Europa

357 | Ana María

Las pasiones se notan en la voz. Cuando alguien habla sobre sus aficiones, cuando describe lo que más le gusta, los adjetivos vibran de un modo especial y las palabras se llenan de significado; se mueven a la velocidad del entusiasmo. En el caso de Ana María, esto sucede cuando habla del monte, del senderismo, de la escalada o los vivacs. “Me encanta -dice-. Para mí, la montaña lo es todo. Solo necesito mi mochila y mis botas. Disfruto plenamente de los paisajes, la naturaleza, el silencio y la sensación de paz y libertad”.

La afición de Ana María no es nueva. Cuando era pequeña, practicaba con frecuencia deportes de invierno, como patinaje sobre hielo o esquí. “El entorno de mi pueblo invitaba a eso”, dice ella, que nació y vivió su infancia en la región de Maramures, al norte de Rumanía. “Es un lugar muy bonito, con mucha naturaleza. Limita con Ucrania. Allí tenemos una parte de los Montes Cárpatos, que no son tan altos ni tan descomunales como los Pirineos, pero son boscosos, húmedos y muy bellos. En invierno, solía ir a esquiar. Y en verano siempre iba de acampada con mi familia y mis amigos”, relata.

Disfrutaba mucho del lugar, la orografía y los pueblos -pequeños y pintorescos, donde pervive el folclore-, pero su vida y su entorno cambiaron hace algo más de diez años, cuando estaba a punto de cumplir los dieciséis. “Mis padres decidieron emigrar. Mi padre era ingeniero arquitecto de minas y se quedó sin trabajo. En ese momento, le surgió una oportunidad laboral en Tudela y se lanzó, como tantas otras personas, para mejorar nuestras condiciones de vida. Por supuesto, yo no quería venir. No quería saber nada con el cambio. En ese momento, con esa edad, lo único que quería era quedarme en mi tierra, con mis amigos y mis aficiones”, explica.

“Pero era menor de edad -añade, tras una breve pausa-. No tuve más opción que venir. Sin embargo, llegué a un acuerdo con mis padres. Ellos me prometieron que, cuando cumpliera los dieciocho años, podría hacer lo que quisiera”. Con ese punto de partida, la experiencia migratoria de Ana María no prometía emoción ni, mucho menos, alegría. “Fue muy duro para mí. El cambio fue brusco y me costó un montón. Además, me pilló en plena adolescencia, con las hormonas revueltas y con toda la rebeldía”.

“Recuerdo que estaba muy enojada con mis padres. Para peor, nos habíamos ido a vivir a un pueblo relativamente pequeño, donde el miedo a lo desconocido siempre tiende a ser mayor. Al principio me tocó vivir la parte amarga del rechazo. Hay una parte que se entiende. Cuando la inmigración crece mucho en poco tiempo, es normal que haya cierto recelo. Y los colectivos extranjeros se encierran en sí mismos, se aíslan, pues peor. Desde la perspectiva de los autóctonos, surge cierta desconfianza que se apoya, sobre todo, en el desconocimiento”, analiza.

Un inicio difícil

“En mi caso, eso se tradujo en recibir insultos o frases muy duras, del estilo ‘inmigrante de m…, vete a tu país’. Y hay que aprender a encajar eso, a que te duela lo mínimo posible. Es muy difícil a cualquier edad, pero en la adolescencia es muy complicado. Luego te conocen y entonces sí, te desmarcan del estereotipo y te incluyen como uno más. Pero hasta que eso sucede, hasta que encuentras tu ligar y te integras, lo pasas muy mal. Por desgracia, en el imaginario, ser rumano está asociado a ser delincuente o prostituta”.

Cuando cumplió los dieciocho años, Ana María decidió quedarse. “Me había enamorado de un chico -confiesa-. Aquello no duró mucho, pero sí lo suficiente como para enamorarme del lugar”. El sentimiento se consolidó dos años después, cuando se trasladó a Bilbao para estudiar en la universidad. “Vine a estudiar periodismo porque me gusta escribir, aunque no me dedico a ello. Trabajo en el sector de la hostelería, en un restaurante, y la verdad es que estoy muy feliz. No me siento mal ni me frustra no haber ejercido mi profesión porque mi verdadera pasión está en la montaña. Todo lo que hago es para eso”, asegura.

“Cada uno se gasta lo que tiene en aquellas cosas que le parecen importantes. Mi chico y yo lo invertimos en un mejor equipo de montaña porque, para nosotros, la felicidad es eso: salir a la naturaleza juntos, con nuestro perro Vânt”, dice Ana María. “Nuestro récord fue estar una semana entera por las crestas, en un viaje que hicimos a Rumanía. Nos mimetizamos con el ambiente; después de tantos días, te pareces más a una cabra que a una persona”, compara entre risas. “La verdad es que me siento muy bien y muy contenta de vivir aquí”.

2014 Ellas Europa

342 | Virgil

Se llama Virgil Lagara y su vida está marcada por el agua. En concreto, por un deporte de agua que practica desde la infancia: el remo. Fue esta actividad la que le sacó de su casa cuando tenía quince años para entrenar con la delegación de su país. Fue este deporte el que le llevó hasta una competición internacional en Bélgica, de la que volvió convertido en campeón del mundo. Y fue el remo lo que le hizo viajar de Rumanía a Vigo para unirse al equipo del Meira. “Llegué con veinte años y viví allí los siguientes trece, entre Vigo y Pontevedra”, cuenta con un marcado acento gallego. Ahora, desde hace un año, reside en San Sebastián.

“El remo me ha dado muchas cosas positivas -subraya-. Además de viajar y de las satisfacciones deportivas, me ha inculcado mucha disciplina. La cultura del esfuerzo y la constancia me ha servido para todo en la vida”, dice, consciente de que su perfil no responde a los estereotipos. “Existen muchos prejuicios sobre los inmigrantes rumanos, pero es importante destacar que las generalizaciones son malas y hacen daño. Mis amigos de Rumanía y yo mismo nos hemos integrado muy bien. Trabajamos aquí, tenemos parejas de aquí, incluso hemos tenido hijos aquí”, indica Virgil, que tiene dos pequeños en Galicia, de siete y ocho años.

“Mis hijos viven con su madre, pues ya no estamos juntos, pero voy a menudo a verlos y la relación es muy buena”, detalla para ilustrar “lo normal”. Cada viaje le insume más de seis horas en la carretera, aunque él considera que no es mucho. “’Mucho’ es ir a Rumanía conduciendo, como cuando fui con mi hermano en moto. Tardas tres días. Galicia, en comparación, está cerca”, dice con optimismo. Su buen humor es otro rasgo que le ha ayudado a salir adelante en la vida.

“Yo vine a un club de remo, como te decía antes. Pero luego me quedé y formé una familia. Cuando eres inmigrante no tienes a mamá y papá que te ayuden. Nadie te regala nada y nadie te paga el alquiler, así que debes hacerlo tú todo. Por supuesto que es difícil, pero si te lo propones, lo consigues”, indica Virgil que, pese a ser un atleta de élite, no tuvo reparos en trabajar “de lo que hubiera”. Desde vigilante en una empresa de seguridad y soldador, hasta montador de andamios y pintor naval en el astillero de Moaña: se embarcó en todas las ofertas. Y, también, en una aventura: cumplir el sueño de ser bombero.

“Cuando competía y mis hijos eran muy pequeños, esas eran mis prioridades. Trabajaba once horas en el astillero, entrenaba todos los días y estaba con los peques. No tenía tiempo para nada más. Ahora tengo más tiempo que antes. No compito ni trabajo tantísimas horas, así que puedo permitirme hacer el intento. Preparo las oposiciones y entreno, pero con calma”, dice Virgil, que tiene muy presente su edad.

Los mismos callos

“Tengo 34 años y me encuentro muy bien porque nunca he dejado de hacer deporte. Pero, como me dijeron una vez, ‘antes de los cuarenta años tienes que hacer algo con tu vida; si no, es muy difícil que lo hagas después’. Me parece un buen consejo e intento ponerlo en práctica. Mucha gente me dice las pruebas para ser bombero son muy duras, que las oposiciones son exigentes, que es muy difícil… Y yo estoy de acuerdo: son pruebas duras, sí, pero no imposibles. Nada es imposible cuando te esfuerzas para conseguirlo. Solo tienes que estar dispuesto a hacer los sacrificios”, opina.

Y prosigue con un recuerdo lejano. “Me decían cosas parecidas cuando empecé a competir con el remo. Obviamente, era duro. Obviamente, costaba. Había que renunciar a otras cosas. Mientras mis amigos salían de fiesta, yo entrenaba. Pero lo hice y conseguí cosas muy buenas. Acabé campeón del mundo junior en 1997. Es decir que no era una meta inalcanzable. Se podía lograr. Y eso, además, me abrió las puertas de otros lugares. Me dio nuevas oportunidades”. También le ayudó a despertar simpatías, puesto que el remo es un deporte bien anclado en la cultura vasca.

“Las modalidades son diferentes -precisa-. El remo, en Rumanía, es más técnico y más veloz. La modalidad es de banco móvil, las embarcaciones son más estrechas y cuesta más mantener el equilibrio. Aquí, la modalidad es de banco fijo. Es un deporte más recio, más físico, y también inciden las olas del mar. El remo es mucho más tradicional. Son técnicas distintas, si bien nos podemos adaptar. Al final, unos y otros tenemos los mismos callos en las manos”.

2014 Ellos Europa

327 | Mariana

Bucarest tiene el edificio administrativo más grande de Europa, el Palacio del Parlamento. Tiene avenidas anchas y arboladas, al estilo de París. Tiene parques y jardines maravillosos, como el Cismigiu o el Herastrau. Hace treinta años -cuando todavía estaba Nicolae Ceausescu en el poder- la capital de Rumanía tenía, además, doce orfanatos. Mariana Dumitru se crió en el número seis. Era de chicas. Ingresó cuando tenía cinco años y se marchó al cumplir los dieciocho.

“Mis padres eran alcohólicos -dice sin que se inmute el tono de su voz-. Mi padre falleció, así que mis hermanos y yo nos quedamos solo con mi madre. Obviamente, por sus problemas con la bebida, ella no podía cuidar bien de nosotros, así que el Estado intervino y le quitó la custodia de los cinco. Mi abuela se hizo cargo de mi hermana mayor. Uno de mis hermanos fue adoptado por una familia, y los otros tres -dos chicas y un chico- crecimos en orfanatos, pero separados. Nos llevó algunos años reencontrarnos”.

Los orígenes de Mariana se enmarcan en un contexto tan duro como su breve -y directo- relato. Según algunos cálculos, en 1989 existían alrededor de 700 orfanatos estatales repartidos por todo el país que albergaban a más de 150.000 niños. En algunos casos, como el suyo, los pequeños procedían de entornos familiares complejos. En otros, venían de familias muy numerosas que no los podían alimentar. La ‘epidemia de orfandad’ de aquellos años, así como las condiciones en las que crecieron muchos de esos niños, constituye una de las etapas más tristes y aciagas de la historia reciente de Rumanía.

No obstante, los recuerdos de Mariana son dulces. Mejor dicho, agradecidos. “El orfanato donde yo crecí estaba bien. Comíamos un poco como en la mili, pero nos alimentaban a todas. Había té con pan, mantequilla y mermelada en el desayuno, sopa al mediodía y luego estaba la cena. Íbamos a la escuela pública, donde estudiábamos con otros niños, y cuando volvíamos al orfanato hacíamos los deberes con las profesoras. En verano, durante las vacaciones, nos llevaban de excursión y de campamento. En esos casos, siempre coincidíamos dos orfanatos. El dos y el ocho, el uno y el diez…”. Cuando coincidieron el seis y el tres, Mariana se reencontró con su hermano.

“A mis hermanos los encontré así. Nos veíamos allí, o algún domingo, en el circo. Siempre había un día gratis para los niños de todos los orfanatos”, explica Mariana, que dejó el suyo cuando cumplió los dieciocho. Así empezó su vida adulta, una etapa independiente. Localizó a todos sus hermanos y recuperó el contacto con ellos. Y, en 2004, emigró. “La situación en mi país era muy mala. Los sueldos son bajos y el coste de vida es muy caro. Yo creo que somos más fríos por eso, por la pobreza. Las necesidades endurecen a las personas”, analiza.

Los lazos en Euskadi

Llegó al País Vasco gracias a una amiga suya, con la que se crió en el orfanato. “Ella vino primero y, al cabo de dos años, me hizo venir a mí. Yo siempre trabajé en casas y, cuando llegué, tuve la suerte de conocer a una familia estupenda. Trabajé con ellos durante ocho años, hasta que me quedé embarazada y tuve a mi hijo”, dice, y en las últimas palabras se le dulcifica la voz. “De aquí me gustan muchas cosas. El entorno, por supuesto, las playas de Gorliz y Plentzia, que son increíbles, pero sobre todo la gente. Ahí es donde está la diferencia, porque Bucarest también tiene cosas bonitas. Lo que le falta es la calidez”.

En este juego de comparaciones, Mariana entiende que “haber venido es un acierto”. No solo por ella misma, o por tener la ocasión de darle a su hijo una infancia diferente de la suya, sino porque con el paso de los años ha conseguido reunir aquí a buena parte de su familia y sus principales afectos. “Excepto uno de mis hermanos, que se quedó en Rumanía, los demás estamos aquí. Cada uno ha formado su familia, todos hemos tenido hijos. Mi sobrina más pequeña nació hace pocos días; es hija de mi hermano y su pareja, que es de aquí”, detalla.

“Además de mis amigos, aquí tengo a muchos amigos, todos del orfanato -desvela-. En total, somos quince, y conformamos una gran familia. Cuando hay un cumpleaños, o una celebración, nos reunimos todos y es maravilloso. También hemos podido encontrar a otros, gracias a las redes sociales como Facebook, donde tenemos creado un grupo con los distintos orfelinatos de Budapest. Muchos de aquellos niños, que ahora son adultos como yo, han emigrado a Inglaterra, Francia o Italia. Pero aún así estamos en contacto. Nos unen lazos muy fuertes”, concluye.

2014 Ellas Europa

325 | Isabela

Lo primero que hizo cuando llegó a Euskadi fue localizar la parroquia ortodoxa más próxima y acercarse con su marido a la iglesia. “La palabra de Dios tiene vida. El día que vas a misa, recargas energía. Después afrontas los problemas cotidianos de otra manera”, afirma Isabela Munteanu, una joven rumana, de Tulcea, que emigró de su país hace siete años, cuando tenía 22. “Mi esposo y yo viajamos juntos -relata-. Teníamos un amigo que siempre nos decía: ‘no importa a dónde vayáis, es importante que estéis los dos, así os será más fácil afrontar los cambios’. Llevaba razón. Cuando emigras en pareja no te sientes tan solo, tienes un apoyo, pasas por las dificultades de otra manera”.

Pero contar con un apoyo no erradica la nostalgia ni garantiza que todo será más fácil. “Al principio, especialmente, sientes mucho la añoranza. Dejas atrás a tu familia, tus amigos, tu ciudad… y les echas de menos, claro. Ese cambio cuesta mucho. Además, si no manejas el idioma te resulta difícil hablar con los demás y entender lo que te dicen. Si te falta algo tan básico, no puedes pensar en trabajar”, reflexiona. Por esa razón, su siguiente paso en Euskadi fue apuntarse a la Escuela de Idiomas. “Debería hablar mejor de lo que hablo -dice a modo de autocrítica-. El otro día fuimos al cine a ver ‘Ocho apellidos vascos’, y había frases que no entendía”, reconoce entre risas.

Isabela es dura consigo misma, pero lo cierto es que se expresa muy bien. “Muchas cosas las he aprendido en el trabajo -dice-. Soy dependienta en una carnicería y desde el principio, mi jefe me ha tenido muchísima paciencia. En Rumanía, yo trabajaba en un supermercado, pero no sabía nada de hamburguesas, morcillas, salchichas o cortes de carne. Cuando empecé aquí, me agobiaba mucho porque quería hacer las cosas bien. Me gusta mi trabajo. Me gustó desde el principio y quería conservarlo. La verdad es que he tenido mucha suerte”.

Dice esto por su empleo, que le ha permitido establecerse y salir adelante, pero también por las personas que ha conocido aquí, en el seno de la Iglesia Ortodoxa. “Antes te hablaba de la añoranza de los primeros tiempos… Una de las cosas que ha logrado mitigarla es la gente que hemos conocido en la parroquia. Los domingos, después de misa, nos reunimos, comemos juntos, conversamos. Somos como una gran familia. Hemos creado lazos muy fuertes. Tanto es así que ahora me pasa al revés: cuando viajo a mi país, echo de menos Euskadi”.

Para Isabela, la fe ocupa un lugar central. Participa de manera activa en la Iglesia Ortodoxa de Derio, donde integra el comité parroquial, e intenta acercar la religión a los jóvenes. “La adolescencia es una etapa complicada y muy sensible. Por eso creamos diversas actividades para chavales de entre 14 y 18 años. Vemos películas, hacemos juegos, conversamos mucho sobre las cosas que les preocupan… Nuestra labor es cultural, educativa, social y recreativa. Intentamos ofrecer un modelo sano de vida y de amistad”, detalla.

Juventud ortodoxa en Vizcaya

Con estos fundamentos, el mes que viene tendrá lugar un gran encuentro de jóvenes aquí en Vizcaya. Este congreso, de carácter anual, se celebrará en Derio, entre el 2 y el 4 de mayo. Los jóvenes participantes -unos 200, procedentes de toda la península- se hospedarán en el Hotel Seminario, que acogerá buena parte de las actividades. El encuentro está organizado por el Obispado Ortodoxo rumano de España y Portugal, y el lema de esta ocasión es una pregunta: ‘¿Podemos amarnos de una manera hermosa?’

“Se trata de un acontecimiento muy importante para nosotros, la diáspora ortodoxa. Es el congreso nacional de la Hermandad Nepsis”, indica Isabela. “La palabra ‘nepsis’ deriva del griego y significa despertar, atención plena. Pero también es el nombre genérico que designa a las diversas asociaciones o grupos de jóvenes ortodoxos rumanos que se encuentran en Europa Occidental y Meridional”, añade. “La fraternidad se formó en 1999, en París, y desde entonces se celebra un encuentro anual, a escala europea”.

Isabela, que viajó a París en 2009 para celebrar los diez años de la fundación, remarca la importancia de este tipo de iniciativas. “Es importante para los jóvenes y, también, para la comunidad, porque se fomenta la participación, las conferencias, el debate en talleres de discusión, las actividades sociales y el descubrimiento de la ciudad sede y su entorno. Después de este congreso nacional, tendrá lugar el internacional, en Lisboa -anuncia entusiasmada-. Trabajar por los jóvenes y compartir espacios con ellos es fundamental. Son el futuro”.

2014 Ellas Europa