327 | Mariana

Bucarest tiene el edificio administrativo más grande de Europa, el Palacio del Parlamento. Tiene avenidas anchas y arboladas, al estilo de París. Tiene parques y jardines maravillosos, como el Cismigiu o el Herastrau. Hace treinta años -cuando todavía estaba Nicolae Ceausescu en el poder- la capital de Rumanía tenía, además, doce orfanatos. Mariana Dumitru se crió en el número seis. Era de chicas. Ingresó cuando tenía cinco años y se marchó al cumplir los dieciocho.

“Mis padres eran alcohólicos -dice sin que se inmute el tono de su voz-. Mi padre falleció, así que mis hermanos y yo nos quedamos solo con mi madre. Obviamente, por sus problemas con la bebida, ella no podía cuidar bien de nosotros, así que el Estado intervino y le quitó la custodia de los cinco. Mi abuela se hizo cargo de mi hermana mayor. Uno de mis hermanos fue adoptado por una familia, y los otros tres -dos chicas y un chico- crecimos en orfanatos, pero separados. Nos llevó algunos años reencontrarnos”.

Los orígenes de Mariana se enmarcan en un contexto tan duro como su breve -y directo- relato. Según algunos cálculos, en 1989 existían alrededor de 700 orfanatos estatales repartidos por todo el país que albergaban a más de 150.000 niños. En algunos casos, como el suyo, los pequeños procedían de entornos familiares complejos. En otros, venían de familias muy numerosas que no los podían alimentar. La ‘epidemia de orfandad’ de aquellos años, así como las condiciones en las que crecieron muchos de esos niños, constituye una de las etapas más tristes y aciagas de la historia reciente de Rumanía.

No obstante, los recuerdos de Mariana son dulces. Mejor dicho, agradecidos. “El orfanato donde yo crecí estaba bien. Comíamos un poco como en la mili, pero nos alimentaban a todas. Había té con pan, mantequilla y mermelada en el desayuno, sopa al mediodía y luego estaba la cena. Íbamos a la escuela pública, donde estudiábamos con otros niños, y cuando volvíamos al orfanato hacíamos los deberes con las profesoras. En verano, durante las vacaciones, nos llevaban de excursión y de campamento. En esos casos, siempre coincidíamos dos orfanatos. El dos y el ocho, el uno y el diez…”. Cuando coincidieron el seis y el tres, Mariana se reencontró con su hermano.

“A mis hermanos los encontré así. Nos veíamos allí, o algún domingo, en el circo. Siempre había un día gratis para los niños de todos los orfanatos”, explica Mariana, que dejó el suyo cuando cumplió los dieciocho. Así empezó su vida adulta, una etapa independiente. Localizó a todos sus hermanos y recuperó el contacto con ellos. Y, en 2004, emigró. “La situación en mi país era muy mala. Los sueldos son bajos y el coste de vida es muy caro. Yo creo que somos más fríos por eso, por la pobreza. Las necesidades endurecen a las personas”, analiza.

Los lazos en Euskadi

Llegó al País Vasco gracias a una amiga suya, con la que se crió en el orfanato. “Ella vino primero y, al cabo de dos años, me hizo venir a mí. Yo siempre trabajé en casas y, cuando llegué, tuve la suerte de conocer a una familia estupenda. Trabajé con ellos durante ocho años, hasta que me quedé embarazada y tuve a mi hijo”, dice, y en las últimas palabras se le dulcifica la voz. “De aquí me gustan muchas cosas. El entorno, por supuesto, las playas de Gorliz y Plentzia, que son increíbles, pero sobre todo la gente. Ahí es donde está la diferencia, porque Bucarest también tiene cosas bonitas. Lo que le falta es la calidez”.

En este juego de comparaciones, Mariana entiende que “haber venido es un acierto”. No solo por ella misma, o por tener la ocasión de darle a su hijo una infancia diferente de la suya, sino porque con el paso de los años ha conseguido reunir aquí a buena parte de su familia y sus principales afectos. “Excepto uno de mis hermanos, que se quedó en Rumanía, los demás estamos aquí. Cada uno ha formado su familia, todos hemos tenido hijos. Mi sobrina más pequeña nació hace pocos días; es hija de mi hermano y su pareja, que es de aquí”, detalla.

“Además de mis amigos, aquí tengo a muchos amigos, todos del orfanato -desvela-. En total, somos quince, y conformamos una gran familia. Cuando hay un cumpleaños, o una celebración, nos reunimos todos y es maravilloso. También hemos podido encontrar a otros, gracias a las redes sociales como Facebook, donde tenemos creado un grupo con los distintos orfelinatos de Budapest. Muchos de aquellos niños, que ahora son adultos como yo, han emigrado a Inglaterra, Francia o Italia. Pero aún así estamos en contacto. Nos unen lazos muy fuertes”, concluye.

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