357 | Ana María

Las pasiones se notan en la voz. Cuando alguien habla sobre sus aficiones, cuando describe lo que más le gusta, los adjetivos vibran de un modo especial y las palabras se llenan de significado; se mueven a la velocidad del entusiasmo. En el caso de Ana María, esto sucede cuando habla del monte, del senderismo, de la escalada o los vivacs. “Me encanta -dice-. Para mí, la montaña lo es todo. Solo necesito mi mochila y mis botas. Disfruto plenamente de los paisajes, la naturaleza, el silencio y la sensación de paz y libertad”.

La afición de Ana María no es nueva. Cuando era pequeña, practicaba con frecuencia deportes de invierno, como patinaje sobre hielo o esquí. “El entorno de mi pueblo invitaba a eso”, dice ella, que nació y vivió su infancia en la región de Maramures, al norte de Rumanía. “Es un lugar muy bonito, con mucha naturaleza. Limita con Ucrania. Allí tenemos una parte de los Montes Cárpatos, que no son tan altos ni tan descomunales como los Pirineos, pero son boscosos, húmedos y muy bellos. En invierno, solía ir a esquiar. Y en verano siempre iba de acampada con mi familia y mis amigos”, relata.

Disfrutaba mucho del lugar, la orografía y los pueblos -pequeños y pintorescos, donde pervive el folclore-, pero su vida y su entorno cambiaron hace algo más de diez años, cuando estaba a punto de cumplir los dieciséis. “Mis padres decidieron emigrar. Mi padre era ingeniero arquitecto de minas y se quedó sin trabajo. En ese momento, le surgió una oportunidad laboral en Tudela y se lanzó, como tantas otras personas, para mejorar nuestras condiciones de vida. Por supuesto, yo no quería venir. No quería saber nada con el cambio. En ese momento, con esa edad, lo único que quería era quedarme en mi tierra, con mis amigos y mis aficiones”, explica.

“Pero era menor de edad -añade, tras una breve pausa-. No tuve más opción que venir. Sin embargo, llegué a un acuerdo con mis padres. Ellos me prometieron que, cuando cumpliera los dieciocho años, podría hacer lo que quisiera”. Con ese punto de partida, la experiencia migratoria de Ana María no prometía emoción ni, mucho menos, alegría. “Fue muy duro para mí. El cambio fue brusco y me costó un montón. Además, me pilló en plena adolescencia, con las hormonas revueltas y con toda la rebeldía”.

“Recuerdo que estaba muy enojada con mis padres. Para peor, nos habíamos ido a vivir a un pueblo relativamente pequeño, donde el miedo a lo desconocido siempre tiende a ser mayor. Al principio me tocó vivir la parte amarga del rechazo. Hay una parte que se entiende. Cuando la inmigración crece mucho en poco tiempo, es normal que haya cierto recelo. Y los colectivos extranjeros se encierran en sí mismos, se aíslan, pues peor. Desde la perspectiva de los autóctonos, surge cierta desconfianza que se apoya, sobre todo, en el desconocimiento”, analiza.

Un inicio difícil

“En mi caso, eso se tradujo en recibir insultos o frases muy duras, del estilo ‘inmigrante de m…, vete a tu país’. Y hay que aprender a encajar eso, a que te duela lo mínimo posible. Es muy difícil a cualquier edad, pero en la adolescencia es muy complicado. Luego te conocen y entonces sí, te desmarcan del estereotipo y te incluyen como uno más. Pero hasta que eso sucede, hasta que encuentras tu ligar y te integras, lo pasas muy mal. Por desgracia, en el imaginario, ser rumano está asociado a ser delincuente o prostituta”.

Cuando cumplió los dieciocho años, Ana María decidió quedarse. “Me había enamorado de un chico -confiesa-. Aquello no duró mucho, pero sí lo suficiente como para enamorarme del lugar”. El sentimiento se consolidó dos años después, cuando se trasladó a Bilbao para estudiar en la universidad. “Vine a estudiar periodismo porque me gusta escribir, aunque no me dedico a ello. Trabajo en el sector de la hostelería, en un restaurante, y la verdad es que estoy muy feliz. No me siento mal ni me frustra no haber ejercido mi profesión porque mi verdadera pasión está en la montaña. Todo lo que hago es para eso”, asegura.

“Cada uno se gasta lo que tiene en aquellas cosas que le parecen importantes. Mi chico y yo lo invertimos en un mejor equipo de montaña porque, para nosotros, la felicidad es eso: salir a la naturaleza juntos, con nuestro perro Vânt”, dice Ana María. “Nuestro récord fue estar una semana entera por las crestas, en un viaje que hicimos a Rumanía. Nos mimetizamos con el ambiente; después de tantos días, te pareces más a una cabra que a una persona”, compara entre risas. “La verdad es que me siento muy bien y muy contenta de vivir aquí”.

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