¡DAHA!, Hakan Günday: el mundo según un traficante de personas

Ya desde el título, ¡Daha! Si mi padre no fuera un asesino, yo estaría muerto (Catedral Books, 2017), el autor turco Hakan Günday nos habla de esa suerte de darwinismo que impera en el mundo de las mafias que trafican con personas. En su novela, a través de Gazâ, un chico de 14 años que trabaja desde los 9 para la mafia de su padre, conocemos el punto de vista del traficante y nos acercamos a una violencia y brutalidad tales que nos hacen pensar en los refugiados como los esclavos del siglo XXI.

Por Miguel Ángel Ortiz

@MAOrtizOlivera

Con tan solo 14 años, el joven Gazâ se define a sí mismo como un ser humano sin escrúpulos. La razón es sencilla: desde los 9 ha trabajado de traficante de personas y Ahad, su padre, se ha encargado de enseñarle cómo funciona el negocio familiar. Así, entre asesinos y gente violenta, Gazâ ha aprendido cómo sobrevivir en un mundo regido por unas leyes darwinianas que su padre resume en esta máxima: «Si hoy estamos aquí es porque uno de nuestros ancestros dijo: es él o yo».

En su trabajo, Gazâ tiene muy claro cuál es su cometido: «Llevamos a esa gente del infierno al paraíso». Sin embargo, esa gente para él no es más que simple mercancía, ganado, carne, que transporta a lo largo de Turquía rumbo a la frontera con Europa. Son, como él los llama, los clandestinos; no uzbekos, afganos, turkmenos, malienses, kirguizos, indonesios, birmanos, pakistaníes, kurdos, asirios, kazajos o armenios. Todos son lo mismo a sus ojos: «… mitad hombres, mitad mierda». Y de ellos solo le interesa el dinero que deben pagarle a la mafia de su padre para llevarlos hasta ese supuesto paraíso que es Europa.

Ese es uno de los atractivos de ¡Daha!, la octava novela del turco Hakan Günday: la visión descarnada de un traficante de personas que, con el paso de las páginas, terminará repudiando el mundo inhumano en el que ha crecido. Eso sí, antes Gazâ deberá hacer catarsis; solo tras contar todas sus atrocidades —maltrato, asesinatos, violaciones—, conseguirá reconciliarse con el pasado. La novela tiene mucho de exorcismo: Gazâ confiesa sus crímenes para matar al monstruo en que lo convirtió su padre. También para hacer, en definitiva, un viaje desde la bestialidad hacia la humanidad.

El dualismo como perdición

¡Daha! muestra que la hemorragia de migrantes que se desparrama sobre Europa es el síntoma, no la enfermedad. Así lo reflexiona Gazâ: «Cuando el único deseo de un hombre es ir, cueste lo que cueste, de un punto a otro, todas las teorías psicológicas y sociales se derrumban». No en vano, si los migrantes huyen de los infiernos en que la guerra o la política han convertido sus países, ¿no es lícito que sueñen con tener un visado que los conduzca a ese paraíso que ven al otro lado de la pantalla de la televisión?

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El autor, Hakan Günday. Foto: Selen Ozer.

Turquía, en la novela, se convierte en el campo de batalla donde chocan Oriente y Occidente. En palabras de Gazâ, en su país se libra una «encarnizada guerra entre el bien y el mal, que supuestamente tiene que durar hasta el día del juicio final». Desde su deformada visión del mundo como traficante de personas, esa idea en realidad no es más que «el fraude más grande al que se ha librado a la humanidad». Al fin y al cabo, concluye, todo se resume en la historia de siempre: «… mantener el orden público y proteger el poder establecido».

Una de las lecciones más valiosas que aprende Gazâ a lo largo de su periplo vital es que ese peligroso dualismo conduce a la perdición de la humanidad. Entiende que la realidad no trata del antagonismo tú o yo —o el nosotros contra ellos— inculcado por su padre, sino en construir el tú y yo, en forjar algo colectivo que incluya a todo el mundo. Su vida no tiene por qué consistir en elegir entre él y los demás —sean migrantes o no—; ahora bien, para ello, antes debe aprender a comprender el sufrimiento ajeno. También el propio, paso previo para cambiar su visión del mundo y de sí mismo.

La metáfora del depósito

Una de las metáforas más potentes de la novela es la del depósito de chapa. Allí Gazâ, a las órdenes de su padre, encierra a sus clientes hasta el momento en que deciden montarlos en una furgoneta y poner rumbo a la frontera. Daha-afficheEse depósito a orillas del mar Egeo, que funciona como una cárcel, se convierte en la primera jaula de las personas migrantes en su odisea hacia el paraíso. Están en tierra de nadie. En el primero de los infiernos que encontrarán en su camino.

Gazâ aprovecha ese aislamiento para poner en marcha un orwelliano Gran Hermano. Así, coloca cámaras por todas esquinas del depósito para espiar los movimientos de las personas al tiempo que apunta, en su ordenador, sus comportamientos. Aparte de mecanismo de control, las cámaras le sirven para practicar experimentos y ahondar en cómo afectan las situaciones límite en los comportamientos grupales. Así, pronto descubrirá que «la mejor manera de movilizar a la gente es decirles que un peligro les amenaza». Aprende que inocular el miedo es el paso previo a vender después el remedio contra ese miedo.

Sin embargo, la lección más importante que extraerá no será esa, sino esta otra, relacionada con la política:

«Lo que de verdad me interesaba de las imágenes era que la política les había arrebatado la calma en la que vivían media hora antes. La política era como una sustancia extraña, una especie de prótesis que se implanta en el cuerpo humano. Era, en la sociedad, el principal obstáculo al progreso derivado de la división del trabajo. La política estaba en desacuerdo con la naturaleza humana».

Al mismo tiempo, el depósito simboliza dos encierros más. Por un lado, el aislamiento de Turquía entre Oriente y Occidente. Y por otro, el encierro del propio Gazâ; de ahí su vuelta en la última parte de la novela como forma de enfrentarse al pasado. Es la vuelta al vientre materno para terminar de matar al padre, el carcelero de su infancia, y enfrentarse a sí mismo.

De bestias y bestializados

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El autor de la novela, Hakan Günday.  Foto: Selen Ozer.

El mismo día que comenzaba ¡Daha! Si mi padre no fuera un asesino, yo estaría muerto (Catedral, 2017), aparecía la noticia de que el hombre más longevo del mundo es un refugiado sirio. Yousef Abdalruhman, a sus 114 años, languidece en el desierto de Jordania, en el campo de refugiados de Zaatari. Su salud ha empeorado al no poder acudir al hospital con regularidad. Desde que nació, en 1903, han estallado en el mundo más conflictos que años ha cumplido. Quizás por eso no renuncia a sus tres cigarrillos diarios: no teme tanto al tabaco como a la guerra en Siria.

La noticia me hizo pensar en una frase de Gazâ: «El hecho de que haya un infierno no prueba que haya un paraíso». Y me convenció de que Günday estaba en lo cierto cuando declaró, en una entrevista en El Mundo, que ¡Daha! es una reflexión sobre lo que «queda del individuo cuando le arrancas la cultura y la sociedad». La novela nos muestra precisamente eso: un mundo donde hay personas que se comportan como bestias y tiranizan —tratan como si fueran a animales, deshumanizan— a otras. Es más: nos habla de que las personas migrantes son los esclavos modernos.

P.D.: aquí puedes leer el prólogo que Francesc Serés escribió para esta novela. Y aquí tienes dos entrevistas en vídeo: en español y en catalán. Si hablas francés, no te pierdas esta conferencia en el CCCB llamada «Vieja Europa, nuevas utopías. El precio del miedo».


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