The Basque Hotel: cuando los vascos emigraron a Estados Unidos

A finales del siglo XIX y principios del XX, muchas personas emigraron del País Vasco. El documental The Basque Hotel (que puedes ver online aquí) recoge el testimonio de quienes lo hicieron rumbo a Estados Unidos, y nos muestra que los mecanismos de supervivencia de aquellos hombres y mujeres fueron similares a los que hoy conocemos en los migrantes senegaleses o chinos en suelo español. También nos enseña que la condición de migrante suele ir acompañada de querer conservar y compartir los aspectos más folclóricos de una cultura (ya sea uno vasco en Idaho o boliviano en Getxo).

Por Ana Galdós

A finales del siglo XIX, miles de hombres y mujeres vascos pusieron rumbo hacia el oeste de los Estados Unidos. Todos buscaban prosperidad económica, y muchos la encontraron. Más tarde, en la Primera Guerra Mundial, quienes se habían asentado en esa parte del mundo fueron un reclamo para que otros muchos hicieran lo mismo. El documental The Basque Hotel, dirigido por Josu Venero, nos da a conocer ese fenómeno migratorio y el proceso de enraizado que conllevó la formación de una comunidad vasca en ciudades como Boise, Carson City, Emmett, Reno, San Francisco, Los Ángeles o Portland.

El documental se inicia con el testimonio de Luciana Garatea, una mujer que migró de Lekeitio a Boise, la capital de Idaho, con apenas 16 años. A través de su experiencia conocemos las generalidades de muchos otros migrantes vascos que, como ella, se asentaron en California, Idaho y Nevada. Luciana, a sus 105 años y en su lengua materna, el euskera, revive cómo se embarcó en Bilbao a principios del siglo XX para viajar hasta Nueva York y desde allí cruzar el país americano.

Su caso es uno de tantos: muchos jóvenes, procedentes principalmente de Bizkaia y del sudoeste de Francia, emprendieron el mismo viaje que ella. La mayoría eran jóvenes sin apenas formación y con escasas expectativas laborales, venían de familias numerosas y de un mundo rural en continua decadencia, y su salida más inmediata era la de migrar. Además, Europa se encontraba a las puertas de la Primera Guerra Mundial y los migrantes vascos, como tantos otros de aquella época, se fijaron en los Estados Unidos como el lugar ideal donde prosperar.

Hoteles de vascos para vascos

Aquellos euskaldunes, tras cruzar el Atlántico, se convertían en extraños en un país de lengua y cultura ajenas. A pesar de ello, contaban con dos importantes apoyos que les garantizaba un mínimo de orientación y de seguridad. Un primer respaldo lo tenían ya en el propio viaje de partida: solían viajar acompañados de algún familiar. Ese fue el caso de la centenaria Luciana, quien realizó la larga travesía junto con su tía. También el de Dominique Laxalt, que partió rumbo a Nueva York con dos de sus hermanos mayores.

El segundo punto de apoyo lo encontraban cuando llegaban a tierra: los hoteles para vascos. Estos hoteles eran edificios fundados y regentados por vascos que vieron la necesidad —y el negocio— de crear centros donde acoger a otros paisanos. De hecho, estos hoteles se convirtieron en un gran nexo de unión entre los recién llegados y el nuevo lugar (algo similar a lo que sucede hoy con las diversas asociaciones de extranjeros, cuyos miembros más antiguos ayudan y orientan a los que acaban de llegar).

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El documental rescata imágenes de la emigración vasca, como se aprecia en este fotograma.

Los hoteles se localizaban en las proximidades de las estaciones de tren. Los había en Nueva York, pero también en las poblaciones que recibían una mayor afluencia de vascos, como los núcleos del oeste estadounidense. En 1910, tan solo en Boise (Idaho) ya había registradas 6 casas de huéspedes. Nombres como Casa Vizcaína, Inchausti, Spanish Hotel o Emery se convirtieron en sitios de referencia, pues por 1 dólar diario se dormía y se comía.

Además de un primer hospedaje, estos hoteles actuaron como centros que dirigían a los migrantes hacia los lugares con oferta laboral. De hecho, les facilitaban los billetes de tren necesarios para trasladarse hasta California, Idaho y Nevada, donde existía una fuerte demanda de trabajo. Es fácil comprender, por tanto, su enorme importancia: fueron el sostén a partir del cual emprender una nueva vida.

Del pastoreo a los festivales

En el oeste estadounidense, los ranchos demandaban pastores. Se trataba de un oficio duro que requería buenas condiciones físicas y mentales, pues implicaba estancias de 3 meses en los montes con la única compañía del rebaño de ovejas y de un perro guía. La soledad, en circunstancias así, hacía aflorar un sentimiento de nostalgia que no siempre era fácil de sobrellevar. Rodeados de álamos, los pastores vascos solo tenían una forma de exteriorizar sus pensamientos: grabando sobre la corteza blanca de esos árboles palabras y expresiones que todavía hoy se pueden leer.

Con el paso de los años, algunos de esos pastores crearon sus propios ranchos. Otros fundaron nuevos hoteles, similares a los que les habían acogido a ellos. De una forma o de otra, aquella primera ola migrante vasca terminó por integrarse plenamente y echó raíces en los Estados Unidos. Los negocios que habían emprendido, la familia y el estallido de la Guerra Civil española fueron motivos para que muchos de ellos no quisieran regresar a su Lekeitio o su Zuberoa natal. Se convirtieron así, en particular sus hijos e hijas, en nuevos estadounidenses.

A pesar de ello, no se desvincularon nunca de la cultura vasca y la conservaron a través de la lengua y de las costumbres. Una cultura que han transmitido de generación en generación y que fomentan entre los más jóvenes a través de iniciativas, como la del programa de intercambio de estudiantes de la ciudad de Boise, o gracias al apoyo de las instituciones vascas.

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Fotograma del documental, que muestra la pervivencia del folclore euskaldún en EE.UU.

También gracias a los festivales, como el Jaialdi, donde se celebran los aspectos más folclóricos (de un modo similar a lo que hace, por ejemplo, la colectividad boliviana de Euskadi con sus danzas de carnaval). El Jaialdi se celebra en Boise y, durante 5 días, la música, la danza y el deporte vasco sirven de excusa para reunir a quienes migraron con sus descendientes. Ahora bien, quizá la mejor manera de medir la relevancia de la comunidad vasca en esta población sea The Basque Block, un barrio que, como su nombre indica, homenajea la identidad euskalduna.

En la actualidad hay alrededor de 60.000 vascos censados en Estados Unidos, de los cuales 21.000 se localizan en California y 6500, en Idaho. The Basque Hotel es un homenaje a todos ellos y, en particular, a la gente que, como Lucía Garatea o Dominique Laxalt, un buen día dejaron todo lo que conocían atrás y cruzaron el Atlántico. También es un reconocimiento al esfuerzo por trasmitir la cultura vasca de generación en generación por parte de un colectivo perfectamente integrado en la sociedad estadounidense.


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