NO, de Saïd El Kadaoui Moussaoui

El narrador y protagonista de esta novela es un profesor de literatura que vive a caballo entre la identidad marroquí, la catalana, la española y la europea. Nació en un pequeño pueblo de Marruecos; pero, desde los 7 años, vive en Barcelona junto con su familia, así que se ha criado, ha estudiado y trabaja aquí. Ahora tiene 40 años y vive en crisis con todo: la pareja, el sexo, la paternidad, las relaciones familiares… Admirador de escritores como Philip Roth o Hanif Kureishi, el narrador de No se inspira en ellos a la hora de reflexionar críticamente sobre la identidad de la comunidad magrebí en Europa.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

«El sexo, mi identidad marroquí, mi identidad europea, los amigos, la familia, la escritura, la literatura, la docencia, Mayte y, ahora, mi hijo». En esa frase que escribe hacia el final de la novela, el narrador de No (Catedral Books, 2017) resume cuál es el ambicioso propósito de lo que está escribiendo: construir un rompecabezas donde estén contenidas todas «las grandes piezas» de su persona, es decir, dar cuenta de ese poliedro irregular en que suele transformarse la identidad para las personas migradas. También mostrar lo difícil que resulta el ensamblaje de tantas aristas y elaborar, a partir de ellas, una historia. ¿Una historia? Sí, aquella que responda a la pregunta que pone a escribir al narrador: ¿qué significa ser un magrebí migrado que vive en Europa?

En el caso de No, narrador y autor, Saïd el Kadaoui, comparten algunas esferas: ambos son profesores de universidad, cuarentones y llegaron a Cataluña desde un pequeño pueblo marroquí cuando tenían 7 años, así que ambos se criaron aquí y hablan catalán. También tienen una hipoteca que pagar, son eminentemente urbanos y comparten gusto literario por Philip Roth o Hanif Kureishi. También escriben los dos. Hasta ahí, en principio, las coincidencias. La ficción parece comenzar en aquellos rasgos del personaje más acentuados: miedo a formar pareja estable o tener hijos, obsesión enfermiza por el sexo, gusto por el alcohol o cierta pedantería intelectual. En un tema tan flamígero como el identitario, digo, conviene separar lo biográfico de lo inventado.


Un estereotipo que margina lo intelectual

De entre las respuestas que da la novela a la pregunta identitaria, llama la atención una de ellas por su potencia y extensión: la intelectual. De manera insistente, No cuestiona el lugar que le asignamos a lo marroquí en el imaginario español; modales bárbaros, cultura incivilizada e integrismo religioso sería la tríada que lo resume. Es como si nadie fuera capaz de imaginar que también existe un Marruecos refinado, culto y laico (o al menos de una religiosidad moderada); un país donde hay universidades, polos culturales como Nador o Alhucemas, personas que viajan por el mundo o discursos críticos con su realidad. De algún modo, viene a decirnos Kadaoui, ponemos más empeño en fabricarnos un Marruecos a la medida de nuestro prejuicio que en conocerlo.

No-Said-PortadaComo nos recuerda la propia novela, Edward Said nos dejó en su día dos perlas al respecto. La primera es que «muy rara vez se leen artículos informativos sobre la cultura islámica». Para entender la profundidad y acierto de esa frase, basta con echar un vistazo a la lista de libros o discos más vendidos, o a la programación de los cines y de la televisión: la mayoría de los productos culturales proceden del mundo anglosajón. Una pregunta que plantea la lectura de No podría formularse así: ¿cuánto sabemos o pesan en nuestra visión de lo islámico figuras como Mohamed Arkoun, Malika Mokeddem, Fátima Mernissi o Abadalh Larou?

La segunda perla de Edward Said es que «la imagen del islam en Occidente se ha construido sobre premisas falsas, o en todo caso reduccionistas, que nos han transmitido especialistas improvisados». ¿Y quiénes son esos especialistas improvisados? En el caso de Marruecos, señala Kadaoui, muchas veces son personas sin estudios, de extracción social humilde y que ven la cultura como un elemento que separa a sus hijos del clan, de la tradición. «Si tu hijo estudia mucho, acabará abandonándote, como el mío», dice una madre en la novela; lo cual debe leerse, entre otras cosas, como una metáfora de lo asfixiante que resulta crecer en determinados hogares.

O dicho de otro modo: el discurso crítico marroquí no llega ni a los europeos ni a las familias marroquíes migradas ni a sus hijas e hijos nacidos o criados aquí. En concreto, Kadaoui alude a intelectuales como Mohammed al-Yabri, que defendía que el islam rompió con el pensamiento racional y se entregó al pensamiento mágico y a la religión ritualista. O como Mohamed Arkoun, que sostuvo ideas que animarían cualquier debate intercultural: «El reto no es encerrarnos en el islam, es salir de él, ver mundo», «La fe musulmana de hoy, dice, está vacía de contenido espiritualmente respetable» o «La modernidad ha fracasado en el islam».


La pelea contra la comunidad de origen

Quizá el gesto más valiente de No sea la ruptura que plantea con el estereotipo que ha erigido la propia comunidad marroquí migrada. Por un lado, la novela sostiene que las madres y los padres deben buscar «otros elementos de su cultura de origen para transmitir a los hijos que no sea la religión». Por otro, les pide que se abstengan de construir vínculos entre identidad y autenticidad, y que admitan que se puede ser marroquí de muchas maneras. Según Kadaoui, es mejor abrirse y bucear en las contradicciones personales que conlleva ser un híbrido cultural y construir ciudadanía que encerrarse y ahogarse en la reducida cosmovisión del clan o la tribu. El personaje de Kadaoui, desde luego, tiene clara su posición: «La identidad que nos han inculcado es un embuste ideológico».

Y es que está harto de que ser un auténtico marroquí consista en reproducir un imaginario hecho de carnicerías halal, barbas, pañuelos, chilabas, mezquitas, caftanes, gandullas, ramadán y frentes moradas de tanto dar con la cabeza en la esterilla cuando se reza. Y ya puestos, agrega, de una desvencijada furgoneta Mercedes con la que regresar en vacaciones al país. Al final, reflexiona mirando a su propia familia, esa identidad termina con «los versículos del Corán colgados de la pared del salón árabe y el reloj muecín» y la televisión de casa conectada a la señal saudí para ver la peregrinación a La Meca.

No es un libro brillante y valiente que lleva el debate migratorio al terreno de la construcción de las identidades híbridas. Nos habla de algo que muchas personas —sean del país que sean, sean migrantes o formen parte de la sociedad de acogida— se resisten a aceptar: la identidad como algo dinámico o cambiante, esto es, como un proceso en el que se puede nacer marroquí y, con los años y las vivencias, transformarse en catalán, español o europeo, sin dejar de ser marroquí y, sobre todo, sin perder la posibilidad de seguir siendo todo aquello que cada persona quiera ser. En esencia, eso es lo que cuenta No. De ahí que sea un libro ideal para torpedear las fronteras mentales y reflexionar sobre la complejidad identitaria que somos.

*

P.D.: aquí se puede acceder a las columnas que Kadaoui ha publicado en El Periódico. En esta tertulia en TV3 se puede escuchar al autor hablando sobre la laicidad en el mundo musulmán y afirmando que «uno de los dramas, puede ser que el más importantes del islam, es el pensamiento único» (en el minuto 10:30).


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Vivir me mata, de Paul Smaïl: el rechazo a las segundas generaciones

Ser de un país, nacer y criarte en él, y sin embargo, tropezarte a cada rato con alguien que se empeña en hacerte sentir que no lo eres. En las familias migradas, quienes integran la llamada segunda generación conocen bien ese drama donde las culturas, en vez de sumarse y formar una sinergia, entran en conflicto y ocasionan dolor, rabia, angustia, incomprensión o violencia. En la novela Vivir me mata (Editorial El Cobre, 2003), de Paul Smaïl, un chico nacido en Francia, en el seno de una familia argelina, nos cuenta lo complicado que resulta convivir con esa identidad fragmentada en tiempos de políticos racistas como Jean Marie Le Pen.   

Por Miguel Ángel Ortiz Olivera
@MAOrtizOlivera

libro-smailEl último Mundial de fútbol del siglo XX coronó a la «Francia multicolor», apelativo con el que Jacques Chirac —entonces presidente de la República— bautizó al plantel comandado por Zinedine Zidane, francés de segunda generación. Corría el año 1998, y el espejo del fútbol mostraba a todo el mundo la multirracial sociedad francesa. Sin embargo, otro reflejo más personal e íntimo, el de la literatura, había retratado ya un año antes esa misma sociedad en Vivir me mata (Editorial El Cobre, 2003).

La novela —publicada en Francia en 1997 y seis años más tarde en España—, la protagoniza Paul Smaïl, un joven francés de segunda generación menos afortunado que Zidane. Paul debe abrirse camino en un país atravesado por las ideas racistas de Jean Marie Le Pen, el líder de la extrema derecha francesa, a quien la selección multicolor le parecía la de «los representantes del papeleo». También debe sobrevivir a la precariedad económica y laboral a la que parecen destinadas muchas personas como él.

Smile, Smaïl!

Paul Smaïl cambia su apellido para acceder a una entrevista de trabajo. Lo americaniza a Smile y de este modo suena más alegre y, sobre todo, menos árabe. Vive a las afueras de París con su familia. A pesar de su licenciatura en Literatura Comparada, debe conformarse con trabajar como repartidor en una pizzería y de vigilante en un motel de mala muerte. Por el día, descarga su rabia conduciendo la moto del reparto a toda velocidad por el centro de París, mientras que, por las noches, lidia con peleas entre clientes, borracheras y hasta ayuda a sadomasoquistas a desencadenar a sus sumisos de la cama.

Las noches tranquilas, Paul se desfoga escribiendo su historia en un ordenador prestado: una historia de rabia, frustración y odio por no encajar en una sociedad que, desde que tiene recuerdo, lo ha rechazado. En el colegio, sus compañeros lo insultaban —moro, beur, moraco, paisa, moraca, moranco, mojamé, mustafá, guirufo, corajay— y le hacían sufrir todo tipo de vejaciones, robos y maltrato por ser diferente:

Los franchutes de pura cepa me zurraban porque me consideraban moro, los moros porque me consideraban demasiado franchute, los chalalas porque no era ni chalala ni realmente moro, ni del todo franchute; los negratas porque, a sus ojos, era white, y los amarillos, para complacer a los negratas, los moros y los franchutes.

Esa situación se agrava por su afición a los libros, y solo cambia cuando su padre decide apuntarlo al gimnasio de don Luis —hijo de un republicano español exiliado en 1939—, para que aprenda a defenderse con sus propios puños. Pero ya se sabe: con violencia no se gana el respeto; solo se engendra más violencia.

Una pieza sin rompecabezas

No encajar en el puzle, a Paul, le trae de cabeza. Su familia emigró a Francia, y él pertenece a la llamada segunda generación; una generación que, en algunos casos, no termina de acoplarse al organigrama social. Y Paul tiene muy claro el porqué: ellos no son «de pura cepa».

Por la calle, es habitual que la policía le pida la documentación por sus pintas de mustafá. También que abusen de su autoridad y lo insulten. Paul tampoco encaja en su grupo de amigos, ni mucho menos en los tristes trabajos que desempeña. Se siente preso de un sistema que, en vez de integrar, aliena. No traga al jefe de la pizzería, que conduce un Porsche, juega al golf —mientras le paga la mitad de su sueldo en negro— y vota a Chirac porque «hay que reducir la factura social». Tampoco aguanta a los clientes fachas que, antes de pagar la pizza, le preguntan si tiene «permiso de residencia en regla», si no será un ilegal, si es «realmente francés».

Ni siquiera logra conservar mucho tiempo su puesto en una librería, a pesar de su pasión por la literatura. Su dueña es una de las muchas progres con ínfulas paternalistas que cree que tener un francés con raíces magrebíes en plantilla expandirá las fronteras de su librería. «Son las personas como usted las que nos traen a Le Pen», le dice Paul cuando no aguanta más. «No tanto los malvados fascistillas de barrio, sino la gente como usted, que se proclama antirracista y todo eso». Por supuesto, automáticamente es despedido.

A pesar de su rabia, se esfuerza por integrarse y cada día se reivindica como francés «nacido en Francia, de padre francés». Sin embargo, al mismo tiempo, carga con un pasado familiar dual: por un lado, su abuelo murió defendiendo a Francia en la Segunda Guerra Mundial; por el otro, su tío fue uno de los más de 200 argelinos asesinados en la Masacre de París el 17 de octubre de 1961 a manos de los gendarmes.

Cuanto más avanza la narración, más caras se venden las sonrisas para Smile-Smaïl. En el mundo hostil donde se mueve, solo entreve un objetivo claro: hacerse respetar. Ni alegrías ni sueños para los de su clase social. Tampoco esperanza de que las cosas mejoren: con cada nueva experiencia, se agranda el abismo que separa a los «franceses de pura cepa» y a los de segunda generación:

Soy árabe. ¿No tiene un árabe ojos? ¿No tiene un árabe manos, órganos, proporciones, sentidos, emociones, pasiones? ¿No se alimenta de lo mismo, es herido por las mismas armas, sufre las mismas enfermedades, se cura con los mismos remedios, siente calor o frío con el mismo verano y el mismo invierno que un francés de pura cepa?   

La situación familiar no ayuda: su padre cae enfermo y su hermano pequeño opta por la vía del culto al cuerpo con anabolizantes y el dinero fácil del mundo del sexo. Solo el amor le dará una pequeña tregua con una fugaz relación con Myriam, una compañera de la librería. Eso sí, también con ella le asaltarán las dudas, como cuando le invita a conocer a su familia: «¡Soy su primer árabe! ¡Un árabe que les quita a su hija! […] ¡Un partidario de la Intifada! ¡Uno que pone bombas! ¡Un asesino!».

El salvavidas de la literatura

Los libros se convierten en la tabla de salvación para Paul. Las constantes referencias a Moby Dick y La isla del tesoro brillan entre tanta oscuridad. «La lectura fue lo único que me permitió aguantar aquel largo año», el de la muerte de su padre y de su hermano, dos sucesos que lo golpean con tanta violencia que ni el boxeo le sirve para sudar tanta rabia.

Aunque escribir le ayuda, se da cuenta de que, con las tres palabras del título, ya lo ha dicho todo: Vivir me mata. La escritura tampoco impide que el odio y la venganza se cuelen entre los renglones finales, como esos integristas que van apareciendo por el barrio:

Si nos hincháis a patadas y nos rompéis los dedos mientras estamos detenidos, si nos escupís a la cara (literalmente), si nos meáis encima (literalmente)… Y si nos negáis un trabajo que daréis a alguien menos cualificado que nosotros pero también menos moreno, ¿no acabaremos acaso por rebelarnos? […] Si somos como vosotros para todo lo demás, también nos parecemos a vosotros en esto, nos vengaremos.

Hamel, su profesor de literatura en la adolescencia, le enseñó que todas las historias viven en las páginas de los libros y que siempre podría encontrar consuelo en ellos. En Vivir me mata, puede que muchos jóvenes de aquella generación se vean reflejados en la rabia y frustración de Paul Smaïl. Por desgracia, y a la luz de las noticias que vemos a diario, también muchos jóvenes de las generaciones actuales. Y no solo en Francia, donde Marine Le Pen lidera la oposición racista que iniciara su abuelo, sino en Bélgica, Holanda, Reino Unido y, quién sabe, quizá muy pronto en España.

P.D. 1: Una última curiosidad: el nombre del escritor y el del protagonista coinciden; sin embargo, ninguno de los dos existe: detrás del seudónimo de Paul Smaïl se esconde el escritor Daniel Théron, también conocido como Jack-Alain Léger.

P.D. 2: Como Editorial El Cobre cerró la persiana, para los que querías haceros con el libro, tenéis la opción del mercado de segunda mano.

Libros

Cómo hablar de inmigración en tiempos de la maraña xenófoba

¿Cuál es el límite de la libertad de expresión? ¿En qué momento ese derecho se transforma en un delito de odio? ¿Qué aspecto tiene el racismo en nuestro tiempo? ¿Podemos hacer algo para frenar las avalanchas de insultos, rechazo y desprecio? ¿Cuál es el papel de los comunicadores en la construcción de los discursos? Para responder a estas preguntas, CEAR-Euskadi ha publicado el libro Periodistas contra la xenofobia, una guía que puede descargarse de la web a cambio de una donación y que ofrece consejos prácticos para construir un pensamiento crítico ante los estereotipos y prejuicios que abundan sobre las personas migrantes. 

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

El discurso del odio está por todas partes. Vivimos a caballo entre la incertidumbre y la falta de repuestas serias a la precarización a la que los Gobiernos nos están sometiendo y, por desgracia, no faltan quienes están dispuestos a convertir ese material altamente inflamable en un incendio continuo, en algo que les genere algún beneficio personal. En tiempos de una sociedad orientada hacia el individualismo consumista, poco importa, parece ser, el bien común o la cohesión social.

Por eso, según Periodistas contra la xenofobiaguía publicada por CEAR-Euskadi en 2016, vivimos en la era del «racismo líquido». Es decir: debemos enfrentarnos a un racismo que «se cuela y cala cada parcela de la vida cotidiana»; un racismo en forma de prejuicios y estereotipos que enredan —y nos enredan— hasta convertir nuestras relaciones en el espacio público y privado en una maraña asfixiante de sentimientos explosivos, muchas veces al borde la violencia. «La ciudad humea el discurso del odio», dice el libro, y eso solo sirve para enrarecer la atmósfera y volver irrespirable la convivencia.

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Según CEAR-Euskadi, el racismo ha mutado y solemos encontrarlo, sobre todo, disfrazado tras la etiqueta de lo normal:

[Antes] eran consignas racistas y xenófobas voceadas desde grupúsculos de la extrema derecha o desde coristas del conservadurismo más rancio, ahora son comentarios ‘normalizados’ que se escuchan rutinariamente en las conversaciones del supermercado, de patio de colegio o de cafetería de media tarde.

La otra característica básica del racismo actual es que muchas personas lo favorecen o alientan, y ni siquiera han tenido relaciones laborales, comerciales, familiares, de amistad o de algún tipo con esas personas a quienes responsabilizan de todos sus males:

[…] nuestra imagen de las personas migrantes y refugiadas no es la que obtenemos de nuestra experiencia directa y contacto personal con ellas (el cual, en muchos casos, no existe).

O, como dice Brigitte Vasallo, la autora de Pornoburka, «todo el mundo tiene formada una opinión sobre el islam; todo el mundo opina sobre el islam, además con un juicio de valor… Pero, luego, tú preguntas: “¿Tú qué sabes del islam? [Y te dicen:] ‘No sé nada'”».


Libertad de expresión no es libertad de agresión

La guía ofrece 19 consejos para periodistas. Ahora bien, estos consejos son válidos también para cualquier persona que quiera construir un pensamiento crítico ante la avalancha de estereotipos y simplificaciones que suele acompañar a la información migratoria. También aporta una marco deontológico —ese que, en teoría, los medios se han comprometido a cumplir— y un marco jurídico nacional e internacional sobre los derechos humanos y la libertad de expresión

Entre los consejos, algunos son puro sentido común; por ejemplo, cuestionarse «los propios prejuicios» o evitar el «reduccionismo descriptivo […] y la simplificación excesiva de la realidad». Otros tienen que ver con el modo de ejercer la profesión en estos tiempos de polarización política, redes sociales y urgencia por el clic fácil. Entre ellos, destacan estos siete:

  1. Evitar las fotografías, la maquetación o el lenguaje que induzca a confusión.
  2. Honestidad a la hora de separar entre información y opinión.
  3. Prudencia en la defensa de una libertad de expresión ilimitada.
  4. Tolerancia cero con los discursos del odio.
  5. Negarse a reproducir expresiones que banalicen el apartheid, el nazismo u otros totalitarismos, y negarse a reproducir descalificaciones hacia colectivos en situación de minoría o vulnerabilidad.
  6. Erradicar los espacios de impunidad —blogs, foros, redes sociales, comentarios a noticias, etcétera— donde se promueve el odio gracias al anonimato.
  7. Aplicar siempre la lupa de los derechos humanos.

Una de las ideas centrales de la guía es que no pesan lo mismo las palabras dichas en un espacio privado que en un espacio público. Y tampoco es lo mismo que las diga una persona cualquiera a que las diga alguien que tiene un acceso privilegiado a los medios de comunicación, como es el caso de los políticos. Existen asimetrías y conviene conocerlas.

El libro también hace hincapié en que reflexionemos sobre qué entendemos por libertad de expresión. Al respecto, CEAR-Euskadi se remite a la definición que dieron SOS Racisme Catalunya y la Red de Nou Barris Acull en 2014 a raíz del juicio a Xavier García Albiol, alcalde de Badalona:

La libertad de expresión es un derecho fundamental que es necesario garantizar, pero que tiene un límite. Y este comienza en el momento en que se ataca el derecho a la dignidad y al honor de un colectivo, o cuando un discurso se convierte en discurso del odio, instigador de la discriminación y de la violencia.

Por tanto, la libertad de expresión no es libertad de agresión, y ningún político debería utilizar la radio, el periódico, la televisión o las redes sociales para llamar mierda, escoria, plaga o lacra a parte de sus vecinos y vecinas. Tampoco el periodismo debería prestarse a ese juego. Eso no es hablar claro; eso es un delito de odio. Eso es fomentar un clima de hostilidad, incitar a la violencia y legitimarla. Eso es despersonalizar y estigmatizar al otro. Eso es algo que ya hemos vivido antes en el siglo XX con los nazis. Eso es olvidar, como dice la guía, que «la violencia racista siempre viene precedida del discurso del odio».

A propósito, el libro relata el caso de Christiane Taubira, ministra francesa de Justicia durante el Gobierno de François Hollande, insultada por ser negra en los medios de extrema derecha y que terminó hostigada incluso por niñas y niños a su paso por Angers (la llamaron mona y la recibieron agitando pieles de plátano). El director de la publicación fue sancionado, pero el daño ya estaba hecho.


¿Y qué pasa con lo positivo de las migraciones?

Otro hilo conductor importante en el libro es explicar los mecanismos básicos con que se construye el discurso del odio. Este, en general, se caracteriza por cuatro elementos:

También conviene sospechar de los despliegues informativos desproporcionados que agrandan la dimensión de noticias negativas sobre inmigración. Asimismo, es justo reclamar mayor presencia de personas extranjeras como fuentes de información, sujetos discursivos o protagonistas de informaciones positivas, y no encasillarlas en «escenas y sucesos de crimen, de fraude en el cobro de prestaciones sociales, malos tratos, de mafias, de detenciones de inmigrantes, de control de fronteras, de delincuencia, de participación en grupos terroristas, de violencia sexista…». Todo eso, en palabras de CEAR-Euskadi,  «genera un sentimiento de rechazo a las personas extranjeras que no se generaría de enfocar otros fragmentos de la realidad positivos».

O dicho de otro modo: ¿por qué «en nuestro imaginario no poseemos, por lo general, imágenes de neurocirujanos y ginecólogos licenciados en Sudáfrica y ejerciendo en el País Vasco (que los hay) o de mujeres musulmanas diseñadoras de moda (que las hay), o de niños y niñas africanas pasándolo fenomenal en las barracas de la fiesta del barrio…, que es como se lo pasan»?

La pregunta queda ahí, y no solo para el País Vasco. Quizá una primera respuesta sea la de Francesc de Carreras en su artículo «¿De dónde soy?»: hoy cada quien es de donde le da gana y construye el puzle de su identidad como mejor le parece. Con libertad. Haya nacido donde haya nacido.

*

P. D.: por cierto, en vez de echarles la culpa a los migrantes de nuestros problemas, haríamos bien en buscar causas globales o estructurales. Quizá encontremos alguna pista en los miles de millones que mueven las armas y las drogas, en los 1000 millones de personas que se mueren de hambre o en las más de 20.000 bombas que lanzó Estados Unidos en la época de Barack Obama. O, ya puestos, acaso deberíamos pensar qué clase de lógica gobierna un país donde clubes como el Real Madrid y el Barcelona tienen un presupuesto más alto que una ciudad rica y cara como Bilbao (527,9 millones de euros) y 10 veces el de una más modesta, como Guadalajara (65 millones). A lo mejor entonces empezamos a entender algo.


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Libros

Una historia que no cabe en una maleta

Casi todo el mundo sabe quién es Adou Ouattara, aunque no recuerde su nombre: es el niño marfileño que apareció en una maleta en 2015 en la frontera de Ceuta. Sin embargo, esa es solo una parte ínfima de su historia y la de su familia. El libro ¡Me llamo Adou!, de Nicolás Castellano, reconstruye la parte más desconocida de esa historia y explica las razones que llevaron a la familia a tener que soportar una situación tan humillante, metáfora perfecta de este mundo lleno de infiernos y paraísos, y fronteras inciertas entre ambos.

Por Miguel Ángel Ortiz Olivera
@MAOrtizOlivera

adou-libroEl paso fronterizo de El Tarajal, que separa la ciudad marroquí de Castillejos de la Ciudad Autónoma de Ceuta, trata de controlar el flujo de inmigrantes y el contrabando comercial. Cada día cientos de porteadores, la mayoría mujeres, lo atraviesan con fardos de mercancías cargados a la espalda, que alcanzan los 90 kilos. Son habituales, igualmente, los coches kamikaze y los coches patera. Dobles fondos, escondrijos inverosímiles en el motor, asfixiantes recovecos en la tapicería del salpicadero: todo vale para llegar a Europa. El 7 de mayo de 2015, sin embargo, los experimentados guardias fronterizos se llevaron una sorpresa al pasar una maleta rosa por el escáner y descubrir que, en su interior, viajaba un niño de tan solo 7 años.

«¡Me llamo Adou!» fueron sus primeras palabras, en francés, cuando los guardias abrieron la maleta rosa y le vieron acurrucado en posición fetal, como en el vientre de una embarazada. Pasaban 14 minutos de las 12 del mediodía. Los guardias estaban tan asombrados que uno le pidió al pequeño Adou que no se moviera mientras le fotografiaba con el móvil para documentar el caso. Esas fotos, en pocas horas, dieron la vuelta al mundo.

Como afirma el poeta Luis García Montero en el prólogo de ¡Me llamo Adou! La verdadera historia del niño de la maleta que conmovió al mundo (Planeta, 2017), de Nicolás Castellano, aquellas imágenes ilustraban a la perfección la realidad de las migraciones desde África: «Una maleta que viaja entre esas fronteras inciertas entre los contrabandistas de paraísos y las leyes de ese paraíso».

La gran aventura del padre

Aunque parece el principio, la imagen de Adou en la maleta es solo el final de una larga odisea protagonizada por su padre, Alí Ouattara, que se había embarcado 10 años antes en la gran aventura de migrar desde Abuyán (Costa Marfil) a España. Licenciado en Filosofía y Letras, Alí Ouattara tenía un trabajo estable como profesor; sin embargo, en 2005, la creciente tensión política en el país hizo que tomase la decisión de irse. Dejó atrás dos hijos, Michael de 12 años y Mariam de 2, y una mujer embarazada de un tercero, Adou.

Durante un año deambuló por el norte de África. Las mafias lo estafaron, pero sobrevivió dando clases particulares y gracias a la ayuda de otros marfileños que encontró en su viaje. Entre tanto, nació Adou en 2006. Sin dinero para continuar, Alí Ouattara dudó varias veces si volver a su tierra; sin embargo, el apoyo incondicional de su mujer lo animó a continuar con el proyecto migratorio y llegar a Canarias por la ruta de los cayucos. A falta de dinero, el padre de Adou participó en la construcción del cayuco que debería transportarlo. La travesía fue complicada: el motor se averió a mitad de camino… Por suerte, uno de los 29 pasajeros era mecánico y lo arregló, y la embarcación llegó hasta Fuerteventura.

Gracias a la Cruz Roja y a una ONG, Alí Outtara consiguió un trabajo fijo en una lavandería. Eso sí, a cambio de esa estabilidad laboral, y para regularizar su situación, debió permanecer los 3 años siguientes en España. Tuvo que conformarse entonces con llamar por teléfono a su familia y ahorrar dinero para ir a visitarla algún día. Regularizada su situación, en 2010, pudo viajar a Costa de Marfil y conocer al fin a su hijo Adou. A su regreso a Fuerteventura, comenzó a ahorrar para emprender el proceso burocrático de reagrupación familiar. La primera en llegar fue Lucie, su esposa, en mayo de 2012. Los tres hijos quedaron a cargo de la abuela materna en Abuyán, adonde Lucie viajaba cada 6 meses para visitarlos.

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Ali Ouattara abraza a su hijo en la playa.

A Lucie y Alí Ouattara les hubiera encantado reagrupar a sus tres hijos; sin embargo, debieron hacerse a la idea de que eso iba a ser muy complicado. De hecho, el propio Alí había descartado hace tiempo la idea de traer a Michael, el primogénito, porque era mayor edad, algo que convertía esa posibilidad en una tarea burocrática casi inviable. Así, Lucie y Alí empezaron por reagrupar a Mariam, la hija mediana, que llegó el 26 de abril de 2015 a España. Tan solo 11 días después, su hermano Adou aparecería en en una maleta en Ceuta.

Violencia legislativa

Si Adou llegó a Ceuta en una maleta es porque la Administración española aplicó (mal) la Ley de Extranjería al menos tres veces. Su padre solicitó el derecho a reagrupar a su hijo en 3 delegaciones, y en todas le denegaron el permiso porque los ingresos del grupo familiar eran insuficientes. O, para ser más exactos, «por los dichosos 56 euros que le faltaban en la nómina para llegar al mínimo estipulado para reagrupar a los dos menores».

Cuando la abuela de Adou murió, lo que era una situación dolorosa para la familia Ouattara se convirtió de un día para otro en una situación desesperada. De ahí que Lucie y Alí debieran recurrir a una solución de urgencia: pagaron 5000 euros a unos contrabandistas a cambio de que Adou cruzase la frontera a bordo de un lujoso coche conducido por un hombre con contactos en la frontera y la policía. «El dinero», les dijeron, «serviría para costear todos los gastos del viaje y para sobornar a quien fuera necesario y que el niño obtuviera un visado».

Cuando llegó la fecha de cruzar, Alí viajó a Marruecos para reunirse con su hijo y los contrabandistas. Mientras esperaban el día indicado, padre e hijo pasearon por la playa del Tarajal. Adou, al vislumbrar la otra orilla, preguntó por qué no cruzaban en una colchoneta, sin saber que, 3 meses antes, 15 jóvenes habían muerto ahogados a escasos metros de la costa por la desmesurada intervención policial. En la única reunión con el traficante marroquí que tuvo Alí Ouattara, este le dijo algo que no entendió del todo; le aseguró que no habría problemas para pasar al niño a España… «porque no es muy alto». Nunca imaginó que eso significaba que su hijo acabaría en una maleta.

De hecho, la madre de Adou se enteró de lo sucedido porque una prima vio la noticia en la televisión. «Si los políticos europeos o los africanos —afirma Lucie— pudieran encontrar el camino para que los pobres pudiéramos tener trabajo y una vida digna, la gente no vendría aquí en barcas, ni dejarían a sus familias allí». A lo que Antonia Palomo, jefa de Área de Menores de Ceuta, añade: «La gran reflexión que hay que hacer es qué ocurre en la legislación española con la reagrupación familiar para que se tenga que acudir a estas vías desesperadas».

Por suerte, la foto de la maleta logró con Adou lo que sus padres no habían conseguido ante la Administración: obtuvo el permiso de residencia en 14 días. El revuelo mediático ocasionado sirvió para que «Adou pasara a la historia como el menor extranjero que, después de haber entrado irregularmente en España, obtuvo más rápidamente los papeles para instalarse legalmente en el país». Además, la familia Ouattara recibió el respaldo de la Oficina del Defensor del Pueblo: «la Delegación del Gobierno en Canarias no aplicó correctamente la ley, porque los padres del niño marfileño sí cumplían realmente con todos los requisitos».

La presión mediática

La historia, eso sí, no iba a tener final feliz (o no de momento). Casi a la par que Adou obtenía su permiso de residencia, su padre era acusado de ser un traficante de personas. Es más: estuvo 32 días encarcelado en Los Rosales (Ceuta) mientras la Justicia le efectuaba la prueba de paternidad y verificaba que no pertenecía a mafia alguna. Después vinieron la libertad bajo fianza y la retirada del pasaporte, a la espera de que se celebre el juicio. La pena de cárcel para Alí Ouattara puede llegar a ser de 3 años.

Lucie, Mariam y Adou, a finales de 2015, se mudaron a la ciudad de Aubervillier, a las afueras de París. El revuelo mediático por la foto provocó que la familia Ouattara no pudiese salir a la calle en Fuerteventura sin que la atosigasen con fotos y preguntas. De hecho, Adou estaba harto de que lo llamasen «El niño de la maleta». Además, su madre, que solo hablaba francés, necesitaba trabajar para sufragar los gastos judiciales y familiares.

Dado que él no podía salir del país, Alí Ouattara se trasladó a Bilbao, donde reside un buen amigo suyo que podía echarle una mano. Allí, a casi 1000 km de su familia, espera sus visitas periódicas. La migración y el trabajo duro le han dejado secuelas en la espalda, así que ahora confía en que los estudios y los varios idiomas que habla le abran la puerta a trabajar como recepcionista en algún hotel. Entre tanto sigue su pelea con la Administración: si bien en 2016 «había cumplido los diez años de residencia que le exige la ley para aspirar a la nacionalidad española», no ha podido tramitarla aún… El juicio pendiente se lo impide.

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El deporte ocupa un lugar importante en la vida de Adou.

Por su parte, Adou sueña con ser futbolista, y no médico, como le gustaría a su padre. Juega en los benjamines del FCM Aubervillier y «admira a Didier Drogba, pero su verdadero ídolo es otro delantero, la estrella del FC Barcelona y de Argentina, Lionel Messi». Algún día le gustaría defender los colores del Barça o del París Saint-Germain, además de los de Costa de Marfil. Según Nicolás Castellano, sería deseable que este libro sirviese al menos para que esa —la de si vale para futbolista profesional— sea la única barrera que encuentre Adou, y que no tenga que enfrentarse a «más fronteras europeas, convertidas en verdaderos muros contra los que se estrellan miles de vidas».

¡Me llamo Adou! nos habla de que las personas somos algo más que una noticia de actualidad; somos, sobre todo, la historia personal que cargamos en nuestra maleta vital. El libro también es una llamada de atención sobre la desmesurada «violencia legislativa» que ejerce nuestra Administración sobre las personas migrantes establecidas legalmente en España. «El deseo de una familia de reunirse con sus seres queridos —escribe Castellano— no debería tener un baremo económico, y lo que es más importante, no puede prevalecer el dinero sobre el interés superior del derecho del menor a estar con su padre».

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El autor, Nicolás Castellano, y Ali Ouattara enseñan el libro.

Por eso, llegados a este punto, quizá lo más sensato sea escuchar lo que opina el propio Adou de su situación:

Le diría al Gobierno español y a todos los de Europa que son idiotas […] Hay que dejar venir a los niños que huyen de la guerra o de la miseria o para estar con su familia. Es algo que tiene que permitirse a los niños.

P.D.: para conocer más a fondo a los protagonistas de esta historia, puedes ver la entrevista de Espejo Público o escuchar al autor del libro en Cadena Ser.


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Libros

Los niños perdidos, de Valeria Luisselli

Entre octubre de 2013 y el final del verano de 2015, llegaron más de 200.000 menores no acompañados a la frontera sur de Estados Unidos. La mayoría venían de Honduras, Guatemala, El Salvador y México, y huían de la situación de violencia generalizada que vivían en sus países. Si lograban no ser deportados en la misma frontera, esos niños y niñas indocumentados debían presentarse ante la corte migratoria de Nueva York. Su defensa estuvo a cargo de varias ONG. La escritora mexicana Valeria Luiselli colaboró como traductora del español al inglés y escribió Los niños perdidos, un ensayo que recoge sus conclusiones de aquella experiencia.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

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01 | Contra la normalización del horror y de la violencia. Empecemos por el final. Poco antes de terminar su ensayo Los niños perdidos (Sexto Piso, 2016), Valeria Luiselli dice que, «mientras la historia no termine, lo único que puede hacerse es contarla y volverla a contar, a medida que se sigue desarrollando y bifurcando». Ella se refiere a la tragedia migratoria que asola Centroamérica y México debido al intento de miles de personas por alcanzar la frontera sur de Estados Unidos. Esta es una historia donde han desaparecido más de 120.000 personas desde 2006, donde el 80 % de las mujeres y niñas son violadas mientras atraviesan México o donde están documentados 11.333 secuestros solo entre abril y septiembre de 2010. Quizá por eso Luiselli sostiene que «las historias difíciles necesitan ser narradas muchas veces, por muchas mentes, siempre con palabras diferentes y desde ángulos distintos». En caso contrario, explica esta escritora mexicana, corremos el riesgo de «permitir que se siga normalizando el horror y la violencia».

02 | La magnitud de la tragedia. Entre octubre de 2013 y junio de 2014, Estados Unidos detuvo a unos 80.000 menores no acompañados en la frontera con México. Hacia el final del verano de 2015, habían llegado a esa misma frontera otros 102.000 niños y niñas. La mayoría venían de países donde la violencia y el terror campan a sus anchas: Guatemala, El Salvador, Honduras y México. En general, estos menores huían de las maras, de los narcos, de la pobreza o, simplemente, de la indefensión derivada de que sus padres habían emigrado años antes. Es decir: huían porque sus vidas corrían peligro. También porque algún familiar suyo radicado en Estados Unidos había pagado de 3000 a 4000 dólares a un coyote —pasador, traficante de personas— para que lo llevara hasta la frontera. Allí, el menor solo debía entregarse a la Border Patrol. En Estados Unidos cundió el pánico y casi nadie habló de «crisis de refugiados», sino de «crisis migratoria».

03 | ¿De qué va el libro? Si quieres una sinopsis, lee la contratapa del libro. También puedes ver el vídeo que publicó Once Noticias (y que está al final de este bloque). Si quieres hacerte una idea del contenido, puedes leer un fragmento del libro en la revista Gatopardo. También en el blog El Boomerang.


04 | Una puerta trasera para deportar más rápido. 
La Administración del Gobierno de Obama no recibió bien aquel repentino flujo migratorio de menores no acompañados. De hecho, tomó dos medidas bastante discutibles al respecto. La primera fue crear el «priority juvenile docket, una instancia legal para acelerar los procedimientos de deportación de los miles de niños y adolescentes indocumentados», es decir, para dificultar que estos encontraran un abogado o abogada que pudiera defenderlos apropiadamente. Si no tienes defensa, es más fácil deportarte. Eso, en palabras de Luiselli, creaba «una puerta trasera —legal, pero trasera— para no cumplir con una ley firmada por el mismo gobierno». Por cierto, y solo por abundar en lo obvio: ¿cuántos niños y niñas pueden pagarse un abogado?

05 | México, el guardaespaldas de Estados Unidos. La segunda medida del Gobierno fue presionar a México para que se desempeñase el mismo papel que Marruecos, Turquía y otros estados desempeñan respecto de la Europa-fortaleza. Así, el Gobierno de Peña Nieto asignó 102 millones de pesos al llamado «Programa Frontera Sur», cuyo objetivo, según la escritora mexicana, fue «deportar masivamente a migrantes que en muchos casos, por ley migratoria, tendrían derecho a asilo político tanto en México como en Estados Unidos». ¿Qué quiere decir masivamente? Por ejemplo, que en 2015 deportó a 150.000 personas. Por decirlo con otras palabras: México se encarga de hacerle el trabajo sucio a Estados Unidos.

06 | No somos números; somos historias. Hay quienes se esfuerzan por olvidar y hacer olvidar que detrás de los números hay personas. Es decir: nombres y apellidos, historias de vida, sentimientos. En todas partes hay tecnócratas, periodistas, asesores, políticos o vecinos a los que, por increíble que parezca, debemos explicarles que las personas no somos un balance que hay cuadrar, un porcentaje del que alardear o un puñado de huesos destinados a aparecer en fosas comunes como las de Tamaulipas. Por eso, debemos contar una y otra vez la historia de las hermanitas guatemaltecas de 5 y 7 años que viajaron con el teléfono de la madre bordado en el vestido o la del chico hondureño al que la mara le mató a su mejor amigo y a él lo iba a buscar a la salida del colegio. También la de todas esas madres que pagan a un coyote miles de dólares por una sencilla razón:  el viaje con el coyote les parece menos peligroso que dejar a sus hijos en su país.

07 | Tamulipas, el símbolo de las nuevas matanzas. En la fosa de San Fernando (Tamaulipas) aparecieron los cadáveres de 72 personas migrantes asesinadas por el cártel de Los Zetas en el marco de su lucha contra el cártel del Golfo por el control de una zona estratégica para el tráfico de drogas, dinero y armas. El hallazgo fue un punto y aparte para la sociedad civil mexicana; demostraba la connivencia entre el Estado, la policía y los narcos para eliminar a decenas de personas de manera sistemática, sin dejar rastro y sin investigar qué pasó. De hecho, la periodista Alma Guillermoprieto coordinó un libro donde convocó a otros colegas —Juan Villoro, Elena Poniatowska,  Joge Volpi o la propia Valeria Luiselli— a recuperar la historia de esas 72 personas. Desde entonces se han descubierto decenas de fosas comunes similares en San Fernando y en otras localidades mexicanas cerca de la frontera. También aparecieron iniciativas como Más de 72, coordinada por Marcela Turati, que testimonian lo espeluznante de lo sucedido.


08 | La noción de comunidad, ¿en peligro de extinción? 
Los niños perdidos plantea al menos cinco preguntas relevantes:

  1. ¿Está desapareciendo la noción de comunidad entre otras razones, porque los flujos migratorios están desestructurando las familias?
  2. ¿Cómo se educan y crecen —qué clase de protección y de contención reciben— todos esos niños y niñas cuyos padres y madres migran a Estados Unidos en busca de una vida mejor?
  3. ¿Es la guerra del narco una guerra hemisférica que abarca «el territorio que empieza en los Grandes Lagos del norte de Estados Unidos y termina en las sierras de Celaque, en el sur de Honduras?
  4. ¿Son para muchos las pandillas, maras o gangas el último rescoldo de comunidad?
  5. Si quienes llegan a la frontera de Estados Unidos pertenecieran a «mejores nacionalidades y genealogías más puras», ¿los tratarían mejor, es decir, como las niñas y niños que son?

09 | El lado luminoso del Imperio. Por suerte, Estados Unidos es mucho más que Donald Trump, el Tea Party o el amor de muchos por tener un rifle en casa. También «es un lugar lleno de individuos» con «un sentido profundo de compromiso social con una comunidad» y que, si les explicas lo que está sucediendo, se implican y aportan soluciones. Además del trabajo de las ONG con las que colabora —The Door o Safe Passage—, Luiselli cuenta lo que le sucedió como profesora en su asignatura de español en la Universidad de Hofstra. A fuerza de debatir en clase la cuestión migratoria, su alumnado terminó formando una asociación —la Teenage Inmigrant Integration Association— que da clases de inglés y de preparación para la universidad, fomenta el deporte como herramienta de inclusión, tiene un programa de radio o un grupo de debate sobre derechos y responsabilidades civiles. Quizá esa sea la conclusión más alentadora del ensayo: «Solo se necesitan diez estudiantes motivados para empezar a hacer una mínima diferencia».

*

P.D.: Valeria Luiselli hablando en español en Democracy Now!

Libros

¡DAHA!, Hakan Günday: el mundo según un traficante de personas

Ya desde el título, ¡Daha! Si mi padre no fuera un asesino, yo estaría muerto (Catedral Books, 2017), el autor turco Hakan Günday nos habla de esa suerte de darwinismo que impera en el mundo de las mafias que trafican con personas. En su novela, a través de Gazâ, un chico de 14 años que trabaja desde los 9 para la mafia de su padre, conocemos el punto de vista del traficante y nos acercamos a una violencia y brutalidad tales que nos hacen pensar en los refugiados como los esclavos del siglo XXI.

Por Miguel Ángel Ortiz

@MAOrtizOlivera

Con tan solo 14 años, el joven Gazâ se define a sí mismo como un ser humano sin escrúpulos. La razón es sencilla: desde los 9 ha trabajado de traficante de personas y Ahad, su padre, se ha encargado de enseñarle cómo funciona el negocio familiar. Así, entre asesinos y gente violenta, Gazâ ha aprendido cómo sobrevivir en un mundo regido por unas leyes darwinianas que su padre resume en esta máxima: «Si hoy estamos aquí es porque uno de nuestros ancestros dijo: es él o yo».

En su trabajo, Gazâ tiene muy claro cuál es su cometido: «Llevamos a esa gente del infierno al paraíso». Sin embargo, esa gente para él no es más que simple mercancía, ganado, carne, que transporta a lo largo de Turquía rumbo a la frontera con Europa. Son, como él los llama, los clandestinos; no uzbekos, afganos, turkmenos, malienses, kirguizos, indonesios, birmanos, pakistaníes, kurdos, asirios, kazajos o armenios. Todos son lo mismo a sus ojos: «… mitad hombres, mitad mierda». Y de ellos solo le interesa el dinero que deben pagarle a la mafia de su padre para llevarlos hasta ese supuesto paraíso que es Europa.

Ese es uno de los atractivos de ¡Daha!, la octava novela del turco Hakan Günday: la visión descarnada de un traficante de personas que, con el paso de las páginas, terminará repudiando el mundo inhumano en el que ha crecido. Eso sí, antes Gazâ deberá hacer catarsis; solo tras contar todas sus atrocidades —maltrato, asesinatos, violaciones—, conseguirá reconciliarse con el pasado. La novela tiene mucho de exorcismo: Gazâ confiesa sus crímenes para matar al monstruo en que lo convirtió su padre. También para hacer, en definitiva, un viaje desde la bestialidad hacia la humanidad.

El dualismo como perdición

¡Daha! muestra que la hemorragia de migrantes que se desparrama sobre Europa es el síntoma, no la enfermedad. Así lo reflexiona Gazâ: «Cuando el único deseo de un hombre es ir, cueste lo que cueste, de un punto a otro, todas las teorías psicológicas y sociales se derrumban». No en vano, si los migrantes huyen de los infiernos en que la guerra o la política han convertido sus países, ¿no es lícito que sueñen con tener un visado que los conduzca a ese paraíso que ven al otro lado de la pantalla de la televisión?

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El autor, Hakan Günday. Foto: Selen Ozer.

Turquía, en la novela, se convierte en el campo de batalla donde chocan Oriente y Occidente. En palabras de Gazâ, en su país se libra una «encarnizada guerra entre el bien y el mal, que supuestamente tiene que durar hasta el día del juicio final». Desde su deformada visión del mundo como traficante de personas, esa idea en realidad no es más que «el fraude más grande al que se ha librado a la humanidad». Al fin y al cabo, concluye, todo se resume en la historia de siempre: «… mantener el orden público y proteger el poder establecido».

Una de las lecciones más valiosas que aprende Gazâ a lo largo de su periplo vital es que ese peligroso dualismo conduce a la perdición de la humanidad. Entiende que la realidad no trata del antagonismo tú o yo —o el nosotros contra ellos— inculcado por su padre, sino en construir el tú y yo, en forjar algo colectivo que incluya a todo el mundo. Su vida no tiene por qué consistir en elegir entre él y los demás —sean migrantes o no—; ahora bien, para ello, antes debe aprender a comprender el sufrimiento ajeno. También el propio, paso previo para cambiar su visión del mundo y de sí mismo.

La metáfora del depósito

Una de las metáforas más potentes de la novela es la del depósito de chapa. Allí Gazâ, a las órdenes de su padre, encierra a sus clientes hasta el momento en que deciden montarlos en una furgoneta y poner rumbo a la frontera. Daha-afficheEse depósito a orillas del mar Egeo, que funciona como una cárcel, se convierte en la primera jaula de las personas migrantes en su odisea hacia el paraíso. Están en tierra de nadie. En el primero de los infiernos que encontrarán en su camino.

Gazâ aprovecha ese aislamiento para poner en marcha un orwelliano Gran Hermano. Así, coloca cámaras por todas esquinas del depósito para espiar los movimientos de las personas al tiempo que apunta, en su ordenador, sus comportamientos. Aparte de mecanismo de control, las cámaras le sirven para practicar experimentos y ahondar en cómo afectan las situaciones límite en los comportamientos grupales. Así, pronto descubrirá que «la mejor manera de movilizar a la gente es decirles que un peligro les amenaza». Aprende que inocular el miedo es el paso previo a vender después el remedio contra ese miedo.

Sin embargo, la lección más importante que extraerá no será esa, sino esta otra, relacionada con la política:

«Lo que de verdad me interesaba de las imágenes era que la política les había arrebatado la calma en la que vivían media hora antes. La política era como una sustancia extraña, una especie de prótesis que se implanta en el cuerpo humano. Era, en la sociedad, el principal obstáculo al progreso derivado de la división del trabajo. La política estaba en desacuerdo con la naturaleza humana».

Al mismo tiempo, el depósito simboliza dos encierros más. Por un lado, el aislamiento de Turquía entre Oriente y Occidente. Y por otro, el encierro del propio Gazâ; de ahí su vuelta en la última parte de la novela como forma de enfrentarse al pasado. Es la vuelta al vientre materno para terminar de matar al padre, el carcelero de su infancia, y enfrentarse a sí mismo.

De bestias y bestializados

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El autor de la novela, Hakan Günday.  Foto: Selen Ozer.

El mismo día que comenzaba ¡Daha! Si mi padre no fuera un asesino, yo estaría muerto (Catedral, 2017), aparecía la noticia de que el hombre más longevo del mundo es un refugiado sirio. Yousef Abdalruhman, a sus 114 años, languidece en el desierto de Jordania, en el campo de refugiados de Zaatari. Su salud ha empeorado al no poder acudir al hospital con regularidad. Desde que nació, en 1903, han estallado en el mundo más conflictos que años ha cumplido. Quizás por eso no renuncia a sus tres cigarrillos diarios: no teme tanto al tabaco como a la guerra en Siria.

La noticia me hizo pensar en una frase de Gazâ: «El hecho de que haya un infierno no prueba que haya un paraíso». Y me convenció de que Günday estaba en lo cierto cuando declaró, en una entrevista en El Mundo, que ¡Daha! es una reflexión sobre lo que «queda del individuo cuando le arrancas la cultura y la sociedad». La novela nos muestra precisamente eso: un mundo donde hay personas que se comportan como bestias y tiranizan —tratan como si fueran a animales, deshumanizan— a otras. Es más: nos habla de que las personas migrantes son los esclavos modernos.

P.D.: aquí puedes leer el prólogo que Francesc Serés escribió para esta novela. Y aquí tienes dos entrevistas en vídeo: en español y en catalán. Si hablas francés, no te pierdas esta conferencia en el CCCB llamada «Vieja Europa, nuevas utopías. El precio del miedo».


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