Vivir me mata, de Paul Smaïl: el rechazo a las segundas generaciones

Ser de un país, nacer y criarte en él, y sin embargo, tropezarte a cada rato con alguien que se empeña en hacerte sentir que no lo eres. En las familias migradas, quienes integran la llamada segunda generación conocen bien ese drama donde las culturas, en vez de sumarse y formar una sinergia, entran en conflicto y ocasionan dolor, rabia, angustia, incomprensión o violencia. En la novela Vivir me mata (Editorial El Cobre, 2003), de Paul Smaïl, un chico nacido en Francia, en el seno de una familia argelina, nos cuenta lo complicado que resulta convivir con esa identidad fragmentada en tiempos de políticos racistas como Jean Marie Le Pen.   

Por Miguel Ángel Ortiz Olivera
@MAOrtizOlivera

libro-smailEl último Mundial de fútbol del siglo XX coronó a la «Francia multicolor», apelativo con el que Jacques Chirac —entonces presidente de la República— bautizó al plantel comandado por Zinedine Zidane, francés de segunda generación. Corría el año 1998, y el espejo del fútbol mostraba a todo el mundo la multirracial sociedad francesa. Sin embargo, otro reflejo más personal e íntimo, el de la literatura, había retratado ya un año antes esa misma sociedad en Vivir me mata (Editorial El Cobre, 2003).

La novela —publicada en Francia en 1997 y seis años más tarde en España—, la protagoniza Paul Smaïl, un joven francés de segunda generación menos afortunado que Zidane. Paul debe abrirse camino en un país atravesado por las ideas racistas de Jean Marie Le Pen, el líder de la extrema derecha francesa, a quien la selección multicolor le parecía la de «los representantes del papeleo». También debe sobrevivir a la precariedad económica y laboral a la que parecen destinadas muchas personas como él.

Smile, Smaïl!

Paul Smaïl cambia su apellido para acceder a una entrevista de trabajo. Lo americaniza a Smile y de este modo suena más alegre y, sobre todo, menos árabe. Vive a las afueras de París con su familia. A pesar de su licenciatura en Literatura Comparada, debe conformarse con trabajar como repartidor en una pizzería y de vigilante en un motel de mala muerte. Por el día, descarga su rabia conduciendo la moto del reparto a toda velocidad por el centro de París, mientras que, por las noches, lidia con peleas entre clientes, borracheras y hasta ayuda a sadomasoquistas a desencadenar a sus sumisos de la cama.

Las noches tranquilas, Paul se desfoga escribiendo su historia en un ordenador prestado: una historia de rabia, frustración y odio por no encajar en una sociedad que, desde que tiene recuerdo, lo ha rechazado. En el colegio, sus compañeros lo insultaban —moro, beur, moraco, paisa, moraca, moranco, mojamé, mustafá, guirufo, corajay— y le hacían sufrir todo tipo de vejaciones, robos y maltrato por ser diferente:

Los franchutes de pura cepa me zurraban porque me consideraban moro, los moros porque me consideraban demasiado franchute, los chalalas porque no era ni chalala ni realmente moro, ni del todo franchute; los negratas porque, a sus ojos, era white, y los amarillos, para complacer a los negratas, los moros y los franchutes.

Esa situación se agrava por su afición a los libros, y solo cambia cuando su padre decide apuntarlo al gimnasio de don Luis —hijo de un republicano español exiliado en 1939—, para que aprenda a defenderse con sus propios puños. Pero ya se sabe: con violencia no se gana el respeto; solo se engendra más violencia.

Una pieza sin rompecabezas

No encajar en el puzle, a Paul, le trae de cabeza. Su familia emigró a Francia, y él pertenece a la llamada segunda generación; una generación que, en algunos casos, no termina de acoplarse al organigrama social. Y Paul tiene muy claro el porqué: ellos no son «de pura cepa».

Por la calle, es habitual que la policía le pida la documentación por sus pintas de mustafá. También que abusen de su autoridad y lo insulten. Paul tampoco encaja en su grupo de amigos, ni mucho menos en los tristes trabajos que desempeña. Se siente preso de un sistema que, en vez de integrar, aliena. No traga al jefe de la pizzería, que conduce un Porsche, juega al golf —mientras le paga la mitad de su sueldo en negro— y vota a Chirac porque «hay que reducir la factura social». Tampoco aguanta a los clientes fachas que, antes de pagar la pizza, le preguntan si tiene «permiso de residencia en regla», si no será un ilegal, si es «realmente francés».

Ni siquiera logra conservar mucho tiempo su puesto en una librería, a pesar de su pasión por la literatura. Su dueña es una de las muchas progres con ínfulas paternalistas que cree que tener un francés con raíces magrebíes en plantilla expandirá las fronteras de su librería. «Son las personas como usted las que nos traen a Le Pen», le dice Paul cuando no aguanta más. «No tanto los malvados fascistillas de barrio, sino la gente como usted, que se proclama antirracista y todo eso». Por supuesto, automáticamente es despedido.

A pesar de su rabia, se esfuerza por integrarse y cada día se reivindica como francés «nacido en Francia, de padre francés». Sin embargo, al mismo tiempo, carga con un pasado familiar dual: por un lado, su abuelo murió defendiendo a Francia en la Segunda Guerra Mundial; por el otro, su tío fue uno de los más de 200 argelinos asesinados en la Masacre de París el 17 de octubre de 1961 a manos de los gendarmes.

Cuanto más avanza la narración, más caras se venden las sonrisas para Smile-Smaïl. En el mundo hostil donde se mueve, solo entreve un objetivo claro: hacerse respetar. Ni alegrías ni sueños para los de su clase social. Tampoco esperanza de que las cosas mejoren: con cada nueva experiencia, se agranda el abismo que separa a los «franceses de pura cepa» y a los de segunda generación:

Soy árabe. ¿No tiene un árabe ojos? ¿No tiene un árabe manos, órganos, proporciones, sentidos, emociones, pasiones? ¿No se alimenta de lo mismo, es herido por las mismas armas, sufre las mismas enfermedades, se cura con los mismos remedios, siente calor o frío con el mismo verano y el mismo invierno que un francés de pura cepa?   

La situación familiar no ayuda: su padre cae enfermo y su hermano pequeño opta por la vía del culto al cuerpo con anabolizantes y el dinero fácil del mundo del sexo. Solo el amor le dará una pequeña tregua con una fugaz relación con Myriam, una compañera de la librería. Eso sí, también con ella le asaltarán las dudas, como cuando le invita a conocer a su familia: «¡Soy su primer árabe! ¡Un árabe que les quita a su hija! […] ¡Un partidario de la Intifada! ¡Uno que pone bombas! ¡Un asesino!».

El salvavidas de la literatura

Los libros se convierten en la tabla de salvación para Paul. Las constantes referencias a Moby Dick y La isla del tesoro brillan entre tanta oscuridad. «La lectura fue lo único que me permitió aguantar aquel largo año», el de la muerte de su padre y de su hermano, dos sucesos que lo golpean con tanta violencia que ni el boxeo le sirve para sudar tanta rabia.

Aunque escribir le ayuda, se da cuenta de que, con las tres palabras del título, ya lo ha dicho todo: Vivir me mata. La escritura tampoco impide que el odio y la venganza se cuelen entre los renglones finales, como esos integristas que van apareciendo por el barrio:

Si nos hincháis a patadas y nos rompéis los dedos mientras estamos detenidos, si nos escupís a la cara (literalmente), si nos meáis encima (literalmente)… Y si nos negáis un trabajo que daréis a alguien menos cualificado que nosotros pero también menos moreno, ¿no acabaremos acaso por rebelarnos? […] Si somos como vosotros para todo lo demás, también nos parecemos a vosotros en esto, nos vengaremos.

Hamel, su profesor de literatura en la adolescencia, le enseñó que todas las historias viven en las páginas de los libros y que siempre podría encontrar consuelo en ellos. En Vivir me mata, puede que muchos jóvenes de aquella generación se vean reflejados en la rabia y frustración de Paul Smaïl. Por desgracia, y a la luz de las noticias que vemos a diario, también muchos jóvenes de las generaciones actuales. Y no solo en Francia, donde Marine Le Pen lidera la oposición racista que iniciara su abuelo, sino en Bélgica, Holanda, Reino Unido y, quién sabe, quizá muy pronto en España.

P.D. 1: Una última curiosidad: el nombre del escritor y el del protagonista coinciden; sin embargo, ninguno de los dos existe: detrás del seudónimo de Paul Smaïl se esconde el escritor Daniel Théron, también conocido como Jack-Alain Léger.

P.D. 2: Como Editorial El Cobre cerró la persiana, para los que querías haceros con el libro, tenéis la opción del mercado de segunda mano.

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Libros

Una historia que no cabe en una maleta

Casi todo el mundo sabe quién es Adou Ouattara, aunque no recuerde su nombre: es el niño marfileño que apareció en una maleta en 2015 en la frontera de Ceuta. Sin embargo, esa es solo una parte ínfima de su historia y la de su familia. El libro ¡Me llamo Adou!, de Nicolás Castellano, reconstruye la parte más desconocida de esa historia y explica las razones que llevaron a la familia a tener que soportar una situación tan humillante, metáfora perfecta de este mundo lleno de infiernos y paraísos, y fronteras inciertas entre ambos.

Por Miguel Ángel Ortiz Olivera
@MAOrtizOlivera

adou-libroEl paso fronterizo de El Tarajal, que separa la ciudad marroquí de Castillejos de la Ciudad Autónoma de Ceuta, trata de controlar el flujo de inmigrantes y el contrabando comercial. Cada día cientos de porteadores, la mayoría mujeres, lo atraviesan con fardos de mercancías cargados a la espalda, que alcanzan los 90 kilos. Son habituales, igualmente, los coches kamikaze y los coches patera. Dobles fondos, escondrijos inverosímiles en el motor, asfixiantes recovecos en la tapicería del salpicadero: todo vale para llegar a Europa. El 7 de mayo de 2015, sin embargo, los experimentados guardias fronterizos se llevaron una sorpresa al pasar una maleta rosa por el escáner y descubrir que, en su interior, viajaba un niño de tan solo 7 años.

«¡Me llamo Adou!» fueron sus primeras palabras, en francés, cuando los guardias abrieron la maleta rosa y le vieron acurrucado en posición fetal, como en el vientre de una embarazada. Pasaban 14 minutos de las 12 del mediodía. Los guardias estaban tan asombrados que uno le pidió al pequeño Adou que no se moviera mientras le fotografiaba con el móvil para documentar el caso. Esas fotos, en pocas horas, dieron la vuelta al mundo.

Como afirma el poeta Luis García Montero en el prólogo de ¡Me llamo Adou! La verdadera historia del niño de la maleta que conmovió al mundo (Planeta, 2017), de Nicolás Castellano, aquellas imágenes ilustraban a la perfección la realidad de las migraciones desde África: «Una maleta que viaja entre esas fronteras inciertas entre los contrabandistas de paraísos y las leyes de ese paraíso».

La gran aventura del padre

Aunque parece el principio, la imagen de Adou en la maleta es solo el final de una larga odisea protagonizada por su padre, Alí Ouattara, que se había embarcado 10 años antes en la gran aventura de migrar desde Abuyán (Costa Marfil) a España. Licenciado en Filosofía y Letras, Alí Ouattara tenía un trabajo estable como profesor; sin embargo, en 2005, la creciente tensión política en el país hizo que tomase la decisión de irse. Dejó atrás dos hijos, Michael de 12 años y Mariam de 2, y una mujer embarazada de un tercero, Adou.

Durante un año deambuló por el norte de África. Las mafias lo estafaron, pero sobrevivió dando clases particulares y gracias a la ayuda de otros marfileños que encontró en su viaje. Entre tanto, nació Adou en 2006. Sin dinero para continuar, Alí Ouattara dudó varias veces si volver a su tierra; sin embargo, el apoyo incondicional de su mujer lo animó a continuar con el proyecto migratorio y llegar a Canarias por la ruta de los cayucos. A falta de dinero, el padre de Adou participó en la construcción del cayuco que debería transportarlo. La travesía fue complicada: el motor se averió a mitad de camino… Por suerte, uno de los 29 pasajeros era mecánico y lo arregló, y la embarcación llegó hasta Fuerteventura.

Gracias a la Cruz Roja y a una ONG, Alí Outtara consiguió un trabajo fijo en una lavandería. Eso sí, a cambio de esa estabilidad laboral, y para regularizar su situación, debió permanecer los 3 años siguientes en España. Tuvo que conformarse entonces con llamar por teléfono a su familia y ahorrar dinero para ir a visitarla algún día. Regularizada su situación, en 2010, pudo viajar a Costa de Marfil y conocer al fin a su hijo Adou. A su regreso a Fuerteventura, comenzó a ahorrar para emprender el proceso burocrático de reagrupación familiar. La primera en llegar fue Lucie, su esposa, en mayo de 2012. Los tres hijos quedaron a cargo de la abuela materna en Abuyán, adonde Lucie viajaba cada 6 meses para visitarlos.

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Ali Ouattara abraza a su hijo en la playa.

A Lucie y Alí Ouattara les hubiera encantado reagrupar a sus tres hijos; sin embargo, debieron hacerse a la idea de que eso iba a ser muy complicado. De hecho, el propio Alí había descartado hace tiempo la idea de traer a Michael, el primogénito, porque era mayor edad, algo que convertía esa posibilidad en una tarea burocrática casi inviable. Así, Lucie y Alí empezaron por reagrupar a Mariam, la hija mediana, que llegó el 26 de abril de 2015 a España. Tan solo 11 días después, su hermano Adou aparecería en en una maleta en Ceuta.

Violencia legislativa

Si Adou llegó a Ceuta en una maleta es porque la Administración española aplicó (mal) la Ley de Extranjería al menos tres veces. Su padre solicitó el derecho a reagrupar a su hijo en 3 delegaciones, y en todas le denegaron el permiso porque los ingresos del grupo familiar eran insuficientes. O, para ser más exactos, «por los dichosos 56 euros que le faltaban en la nómina para llegar al mínimo estipulado para reagrupar a los dos menores».

Cuando la abuela de Adou murió, lo que era una situación dolorosa para la familia Ouattara se convirtió de un día para otro en una situación desesperada. De ahí que Lucie y Alí debieran recurrir a una solución de urgencia: pagaron 5000 euros a unos contrabandistas a cambio de que Adou cruzase la frontera a bordo de un lujoso coche conducido por un hombre con contactos en la frontera y la policía. «El dinero», les dijeron, «serviría para costear todos los gastos del viaje y para sobornar a quien fuera necesario y que el niño obtuviera un visado».

Cuando llegó la fecha de cruzar, Alí viajó a Marruecos para reunirse con su hijo y los contrabandistas. Mientras esperaban el día indicado, padre e hijo pasearon por la playa del Tarajal. Adou, al vislumbrar la otra orilla, preguntó por qué no cruzaban en una colchoneta, sin saber que, 3 meses antes, 15 jóvenes habían muerto ahogados a escasos metros de la costa por la desmesurada intervención policial. En la única reunión con el traficante marroquí que tuvo Alí Ouattara, este le dijo algo que no entendió del todo; le aseguró que no habría problemas para pasar al niño a España… «porque no es muy alto». Nunca imaginó que eso significaba que su hijo acabaría en una maleta.

De hecho, la madre de Adou se enteró de lo sucedido porque una prima vio la noticia en la televisión. «Si los políticos europeos o los africanos —afirma Lucie— pudieran encontrar el camino para que los pobres pudiéramos tener trabajo y una vida digna, la gente no vendría aquí en barcas, ni dejarían a sus familias allí». A lo que Antonia Palomo, jefa de Área de Menores de Ceuta, añade: «La gran reflexión que hay que hacer es qué ocurre en la legislación española con la reagrupación familiar para que se tenga que acudir a estas vías desesperadas».

Por suerte, la foto de la maleta logró con Adou lo que sus padres no habían conseguido ante la Administración: obtuvo el permiso de residencia en 14 días. El revuelo mediático ocasionado sirvió para que «Adou pasara a la historia como el menor extranjero que, después de haber entrado irregularmente en España, obtuvo más rápidamente los papeles para instalarse legalmente en el país». Además, la familia Ouattara recibió el respaldo de la Oficina del Defensor del Pueblo: «la Delegación del Gobierno en Canarias no aplicó correctamente la ley, porque los padres del niño marfileño sí cumplían realmente con todos los requisitos».

La presión mediática

La historia, eso sí, no iba a tener final feliz (o no de momento). Casi a la par que Adou obtenía su permiso de residencia, su padre era acusado de ser un traficante de personas. Es más: estuvo 32 días encarcelado en Los Rosales (Ceuta) mientras la Justicia le efectuaba la prueba de paternidad y verificaba que no pertenecía a mafia alguna. Después vinieron la libertad bajo fianza y la retirada del pasaporte, a la espera de que se celebre el juicio. La pena de cárcel para Alí Ouattara puede llegar a ser de 3 años.

Lucie, Mariam y Adou, a finales de 2015, se mudaron a la ciudad de Aubervillier, a las afueras de París. El revuelo mediático por la foto provocó que la familia Ouattara no pudiese salir a la calle en Fuerteventura sin que la atosigasen con fotos y preguntas. De hecho, Adou estaba harto de que lo llamasen «El niño de la maleta». Además, su madre, que solo hablaba francés, necesitaba trabajar para sufragar los gastos judiciales y familiares.

Dado que él no podía salir del país, Alí Ouattara se trasladó a Bilbao, donde reside un buen amigo suyo que podía echarle una mano. Allí, a casi 1000 km de su familia, espera sus visitas periódicas. La migración y el trabajo duro le han dejado secuelas en la espalda, así que ahora confía en que los estudios y los varios idiomas que habla le abran la puerta a trabajar como recepcionista en algún hotel. Entre tanto sigue su pelea con la Administración: si bien en 2016 «había cumplido los diez años de residencia que le exige la ley para aspirar a la nacionalidad española», no ha podido tramitarla aún… El juicio pendiente se lo impide.

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El deporte ocupa un lugar importante en la vida de Adou.

Por su parte, Adou sueña con ser futbolista, y no médico, como le gustaría a su padre. Juega en los benjamines del FCM Aubervillier y «admira a Didier Drogba, pero su verdadero ídolo es otro delantero, la estrella del FC Barcelona y de Argentina, Lionel Messi». Algún día le gustaría defender los colores del Barça o del París Saint-Germain, además de los de Costa de Marfil. Según Nicolás Castellano, sería deseable que este libro sirviese al menos para que esa —la de si vale para futbolista profesional— sea la única barrera que encuentre Adou, y que no tenga que enfrentarse a «más fronteras europeas, convertidas en verdaderos muros contra los que se estrellan miles de vidas».

¡Me llamo Adou! nos habla de que las personas somos algo más que una noticia de actualidad; somos, sobre todo, la historia personal que cargamos en nuestra maleta vital. El libro también es una llamada de atención sobre la desmesurada «violencia legislativa» que ejerce nuestra Administración sobre las personas migrantes establecidas legalmente en España. «El deseo de una familia de reunirse con sus seres queridos —escribe Castellano— no debería tener un baremo económico, y lo que es más importante, no puede prevalecer el dinero sobre el interés superior del derecho del menor a estar con su padre».

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El autor, Nicolás Castellano, y Ali Ouattara enseñan el libro.

Por eso, llegados a este punto, quizá lo más sensato sea escuchar lo que opina el propio Adou de su situación:

Le diría al Gobierno español y a todos los de Europa que son idiotas […] Hay que dejar venir a los niños que huyen de la guerra o de la miseria o para estar con su familia. Es algo que tiene que permitirse a los niños.

P.D.: para conocer más a fondo a los protagonistas de esta historia, puedes ver la entrevista de Espejo Público o escuchar al autor del libro en Cadena Ser.


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Libros

El nuevo color de la Roja

El fútbol siempre ha actuado como espejo de la sociedad. En el Mundial de 1998, la selección francesa reflejaba en su configuración la diversidad social: de los 22 jugadores, solo 8 tenían padre y madre franceses. Los demás, a excepción de Marcel Desailly —ghanés nacionalizado—, tenían las procedencias personales o familiares más diversas: Argentina (Trezeguet), Armenia (Djorkaeff), Portugal (Pires) isla de Guadalupe (Thuram), Nueva Caledonia (Karembeu), Martinica (Henry y Anelka)… La estrella de aquel equipo era Zinedine Zidane, un segunda generación magrebí, que lideró a su selección hacia la consecución del campeonato.

Por Miguel Ángel Ortiz y Rubén A. Arribas
@MAOrtizOlivera | @estoy_que_trino

A Jean-Marie Le Pen, líder de la extrema derecha y padre de Marine Le Pen, aquella selección le parecía poco francesa, llena de extranjeros. De hecho, llegó a decir que aquellos jugadores solo eran «representantes del papeleo». Su acoso empezó en 1996 y duró hasta más allá de las elecciones generales de 2002. Además de por su fútbol, Zidane se hizo entonces conocido por su posición política en favor un país más culturalmente más plural: «Estoy orgulloso de ser francés y estoy orgulloso de que mi padre sea argelino», declaró en una ocasión. Él no fue el único; otros compañeros de selección, como Desailly, Deschamps o Lizarazu, pidieron votar contra Le Pen y su partido racista. En el otro extremo, estaba Jacques Chirac, el presidente de la República, quien tras el triunfo de la selección en el Mundial se hizo famoso por haber presumido de ella como la «Francia multicolor».

El fenómeno vivido en la selección francesa no es excepcional. Desde hace años, la selección alemana está experimentando un cambio similar; en su caso, jugadores como Mezut Özil, Sami Khedira o Jérôme Boateng —cuyas familias son turca, tunecina y ghanesa respectivamente— son los responsables de que algunos medios llamen ahora a la selección el Internationalmannschaft. Además, en el caso de Boateng, la selección alemana ha sido precursora en algo que veremos en el futuro: hermanos que juegan con distintos países. En este caso, Jérôme juega con Alemania y Kevin, con Ghana.

La selección española, en transformación

En España, por tanto, vamos con una o dos décadas de retraso con respecto de otros países a la hora de ver el reflejo de las migraciones en nuestro equipo nacional. De hecho, el primer futbolista de segunda generación en debutar con la Roja fue Vicente Engonga en 1998, de familia ecuatoguineana e hijo del primer futbolista negro que hubo en España. Todos los anteriores —Kubala, Di Stefano, Donato, Senna, Pizzi o Diego Costa— fueron nacionalizados.

Eso sí, si atendemos a lo que viene sucediendo en las categorías inferiores de la selección nacional, en breve, cambiarán el color y el tipo de apellidos que estamos acostumbrados a ver en nuestra selección absoluta. Como mostramos más abajo, ya es factible construir un once que podría mezclar algunos pioneros —Bojan Krkic y Jonás Ramalho—, con jugadores que empiezan a ser fijos en la selección absoluta —Iñaki Williams y Thiago Alcántara— y con jóvenes promesas procedentes de las selecciones sub-17, sub-19 y sub-21.

Además, en los próximos años, viviremos un fenómeno singular: los países van a disputarse los jugadores con doble nacionalidad. En 2009, la FIFA eliminó el límite de edad —21 años— para decidir por qué selección absoluta jugar; por tanto, hasta que un jugador no debuta en partido oficial con la absoluta, tiene la posibilidad de jugar con cualquiera de las dos selecciones. Ese fue el caso, por ejemplo, de Jeffren Suárez: tras ser campeón de Europa sub-19 y sub-21 con España, en 2015 debutó con la absoluta venezolana. A partir de ahora, Suárez solo podrá ser convocado por Venezuela.

En esa misma situación se encuentran muchos jugadores. El mallorquín Emilio Nsué, los madrileños Javier Balboa y Rubén Belima, y el cántabro Igor Engonga —sobrino de Vicente Engonga— nacieron españoles, pero juegan en la selección nacional de Guinea Ecuatorial. Un caso inverso es el de Bojan o Munir, a quienes se los hizo debutar en la absoluta española muy jóvenes para evitar que Serbia o Marruecos los tentaran. Y un ejemplo que probablemente dará que hablar es el del catalán Adama Traoré, internacional en las categorías inferiores de España y pretendido por Malí. Eso, por no hablar de que Thiago Alcántara juega con nosotros y su hermano, Rafinha, con Brasil.

En fin, lo dicho al principio: el fútbol es un espejo donde mirarnos y comprender mejor las transformaciones sociales que vivimos. Las selecciones de Francia, Alemania y, ahora, la de España son un ejemplo de ello.

El 11 de la diversidad

Había mucho donde elegir, así que hemos fijado como criterio que los jugadores elegidos hayan sido o sean internacionales en alguna de las categorías inferiores de la selección española. Es decir: el esquema táctico no ha sido lo prioritario. Tampoco hemos intentado hacer el mejor once posible ni nada por el estilo. De hecho, ojalá que otras personas se animen y construyan su propio 11 con aquellos nombres que hemos dejado fuera. Todos esos equipos servirán para darnos cuenta de algo: las múltiples posibilidades que nos ofrece la diversidad existente en nuestra sociedad.

La-Roja-MohaMohamed Airam Ramos WadeEl actual portero del juvenil B del Real Madrid, más conocido como Moha, tiene sangre senegalesa por parte de madre. Comparado con el arquero italiano Gianluigi Donnarumma, en Valdebebas le han apodado ya como «La Pantera Negra». Y hasta Zidane lo ha utilizado en un entrenamiento con el equipo profesional. En mayo, Moha debutó como internacional con la selección española sub-17, campeona de la Eurocopa.

Ver vídeo (cuando todavía jugaba en el Tenerife).

La-Roja-RamalhoJonás RamalhoHijo de padre angoleño y madre vasca, este joven central del Girona es un veterano de las categorías inferiores. Debutó en 2008 con el Athletic en Primera División y se convirtió en el jugador más joven en hacerlo con la camiseta de los leones. Además, él fue el primer jugador negro del Athletic. Su palmarés con las categorías inferiores de la selección española es notable: consiguió un tercer puesto en la Copa del Mundo (2009) y fue campeón de Europa (2010) con la sub-17 y se proclamó dos veces campeón de Europa (2010 y 2011) con la sub-19.

Ver vídeo (hablando con la selección).

La-Roja-Moha2Moha Aiman Moukhliss. El capitán del juvenil B del Real Madrid es un madrileño del barrio de San Blas. Su familia es de origen marroquí, así que Marruecos le ha propuesto formar parte de su selección; sin embargo, él ha declarado que quiere vestir la Roja. Con la sub-16 logró el Torneo de Desarrollo de la UEFA y ahora es uno de los capitanes de selección española sub-17.

Ver vídeo (con las categorías inferiores del Madrid).

La-Roja-PapePape Cheikh Diop Gueye. Con 14 años, este senegalés se fue a vivir con su tío a Palencia. Allí, según explicó en El Faro de Vigo, además de español, aprendió a jugar de una manera más profesional. También pudo tramitar la nacionalidad, pues su padre es español. Luego, lo fichó el Celta para sus categorías inferiores y en 2015 debutó con el primer equipo. Ese mismo año se estrenó como internacional con la selección sub-19, a la postre campeona de Europa. «Para mí era un sueño jugar con España, con la selección, que siempre fue mi favorita», declaró. Entre tanto, ha debutado ya con la selección gallega.

 Ver vídeo (selección).

La-Roja-MadgerMadger Antonio Gomes. Este todoterreno capaz de adaptarse a cualquier posición nació en Alicante, pero sus padres procedían de Caio (Guinea-Bisáu). Ya defendió la Rojita en el Campeonato Europeo sub-17 de 2014. Ha sido convocado para la sub-18 y la sub-19, y con el Villareal llegó a debutar en Segunda B. La pasada campaña emigró al Liverpool, y a su currículum hay que añadir varios partidos con la selección valenciana.

Ver vídeo (con el Villareal).

La-Roja-ThiagoThiago Alcántara. De origen brasileño, su padre, Mazinho, llevaba muchos años asentado en España, y solo la itinerancia de su trabajo —también jugador de fútbol— hizo que su hijo naciera en suelo italiano. Tras pasar por las categorías inferiores, Thiago debutó con la selección absoluta en 2011. Y lo hizo a pesar de la oferta de la selección de Brasil y de las presiones familiares; de hecho, su hermano Rafinha —nacido en Sao Paulo y jugador del Barcelona— tomó el camino contrario y es internacional con la canarinha.

Ver vídeo (mejores jugadas).

La-Roja-JordiJordi Mboula. «Mi padre es del Congo y mi madre, catalana», contaba Mboula, quien se formó como futbolista en La Masía, la cantera del Fútbol Club Barcelona. La banda es su hábitat y le llaman Titi, entre otras razones, porque su fútbol y su físico recuerdan al gran Thierry Henry. En el último europeo sub-17, anotó el primer tanto contra Holanda en el debut de España. Este año cumplió la mayoría de edad en el Juvenil A del Barça, donde continua madurando. Son muchos los clubes europeos interesados en él.

Ver vídeo (remix de goles y jugadas).

La-Roja-BojanBojan KrkicDe padre serbio y madre catalana, en su día promovió el concurso Eres joven, ¡triunfarás!, campaña que premiaba proyectos de integración en los institutos. En 2007, Bojan se convirtió en el jugador más joven de la historia en debutar con la sub-21. Sin embargo, cuando Luis Aragonés lo llamó para debutar en la selección y jugar la Eurocopa de 2008, sintió que era demasiado joven —17 años— para una experiencia así y no acudió a la convocatoria. Desde entonces su trayectoria parece algo estancada. De hecho, casi diez años después, solo ha jugado un partido con la selección absoluta. Eso sí, aún le quedan 4 o 5 años de fútbol para volver a ser aquel jugador tan prometedor que fue.

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La-Roja-InakiIñaki Williams. Este bilbaíno debutó con el Athletic en 2014 y, desde entonces, es fundamental en el ataque del club rojiblanco. Debido a la guerra en Liberia, sus padres huyeron a Ghana y se conocieron en un campo de refugiados. Desde allí viajaron a Malága, Bilbao y Pamplona. Williams siempre tiene presente la historia familiar cuando le preguntan por ella: «Yo he nacido aquí, llevo veinte años aquí, pero los orígenes y las raíces no se olvidan. Mis padres nacieron en Liberia y sientes que toda tu familia está allí. Una parte de mí también es africana». Eso no impide que haya sido el goleador de la selección sub-21 y que, cuando debutó con la absoluta, declarase: «Ojalá el día de mañana pueda ser el delantero de España».

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La-Roja-MunirMunir El HaddadiSu padre llegó a España en patera y trabajó de todo hasta que consiguió colocarse como jefe de cocina con un chef vasco en un conocido restaurante de Pozuelo de Alarcón. Munir nació en San Lorenzo del Escorial; pero, ante la falta de oportunidades en Madrid, terminó yéndose a jugar a las categorías inferiores del Barcelona. Debutó con el primer equipo cuando tenía 18 años. Aunque la federación marroquí intentó convencerlo, al final, Munir terminó siendo internacional con la selección española sub-19, sub-21 y, finalmente, la absoluta. Vicente del Bosque lo hizo debutar contra Macedonia en un partido clasificatorio para la Eurocopa 2016. Tenía entonces 19 años, y ese fue su dorsal. «Jugar con España es una decisión mía», afirmó, «y estoy muy contento por ello».

Ver vídeo (con la selección española).

La-Roja-AdamaAdama TraoréSi bien nació en L’Hospitalet, sus raíces familiares se remontan hasta Malí: sus padres emigraron a Barcelona por trabajo en los años 80. Con 8 años ingresó en La Masía y allí asimiló su condición de catalán-maliense con naturalidad: «Yo soy de aquí y me gusta jugar con este equipo. Nunca se sabe qué pasará en el futuro, pero mi intención es jugar con España». En 2013 debutó con el FC Barcelona en Primera Divsión y en la Liga de Campeones; sin embargo, en 2015, decidió buscar minutos en el Aston Villa inglés. Actualmente, milita en el Middlesbrough. Con la selección, ha jugado en todas las categorías inferiores, pero no con la absoluta.

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Artículo

¡DAHA!, Hakan Günday: el mundo según un traficante de personas

Ya desde el título, ¡Daha! Si mi padre no fuera un asesino, yo estaría muerto (Catedral Books, 2017), el autor turco Hakan Günday nos habla de esa suerte de darwinismo que impera en el mundo de las mafias que trafican con personas. En su novela, a través de Gazâ, un chico de 14 años que trabaja desde los 9 para la mafia de su padre, conocemos el punto de vista del traficante y nos acercamos a una violencia y brutalidad tales que nos hacen pensar en los refugiados como los esclavos del siglo XXI.

Por Miguel Ángel Ortiz

@MAOrtizOlivera

Con tan solo 14 años, el joven Gazâ se define a sí mismo como un ser humano sin escrúpulos. La razón es sencilla: desde los 9 ha trabajado de traficante de personas y Ahad, su padre, se ha encargado de enseñarle cómo funciona el negocio familiar. Así, entre asesinos y gente violenta, Gazâ ha aprendido cómo sobrevivir en un mundo regido por unas leyes darwinianas que su padre resume en esta máxima: «Si hoy estamos aquí es porque uno de nuestros ancestros dijo: es él o yo».

En su trabajo, Gazâ tiene muy claro cuál es su cometido: «Llevamos a esa gente del infierno al paraíso». Sin embargo, esa gente para él no es más que simple mercancía, ganado, carne, que transporta a lo largo de Turquía rumbo a la frontera con Europa. Son, como él los llama, los clandestinos; no uzbekos, afganos, turkmenos, malienses, kirguizos, indonesios, birmanos, pakistaníes, kurdos, asirios, kazajos o armenios. Todos son lo mismo a sus ojos: «… mitad hombres, mitad mierda». Y de ellos solo le interesa el dinero que deben pagarle a la mafia de su padre para llevarlos hasta ese supuesto paraíso que es Europa.

Ese es uno de los atractivos de ¡Daha!, la octava novela del turco Hakan Günday: la visión descarnada de un traficante de personas que, con el paso de las páginas, terminará repudiando el mundo inhumano en el que ha crecido. Eso sí, antes Gazâ deberá hacer catarsis; solo tras contar todas sus atrocidades —maltrato, asesinatos, violaciones—, conseguirá reconciliarse con el pasado. La novela tiene mucho de exorcismo: Gazâ confiesa sus crímenes para matar al monstruo en que lo convirtió su padre. También para hacer, en definitiva, un viaje desde la bestialidad hacia la humanidad.

El dualismo como perdición

¡Daha! muestra que la hemorragia de migrantes que se desparrama sobre Europa es el síntoma, no la enfermedad. Así lo reflexiona Gazâ: «Cuando el único deseo de un hombre es ir, cueste lo que cueste, de un punto a otro, todas las teorías psicológicas y sociales se derrumban». No en vano, si los migrantes huyen de los infiernos en que la guerra o la política han convertido sus países, ¿no es lícito que sueñen con tener un visado que los conduzca a ese paraíso que ven al otro lado de la pantalla de la televisión?

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El autor, Hakan Günday. Foto: Selen Ozer.

Turquía, en la novela, se convierte en el campo de batalla donde chocan Oriente y Occidente. En palabras de Gazâ, en su país se libra una «encarnizada guerra entre el bien y el mal, que supuestamente tiene que durar hasta el día del juicio final». Desde su deformada visión del mundo como traficante de personas, esa idea en realidad no es más que «el fraude más grande al que se ha librado a la humanidad». Al fin y al cabo, concluye, todo se resume en la historia de siempre: «… mantener el orden público y proteger el poder establecido».

Una de las lecciones más valiosas que aprende Gazâ a lo largo de su periplo vital es que ese peligroso dualismo conduce a la perdición de la humanidad. Entiende que la realidad no trata del antagonismo tú o yo —o el nosotros contra ellos— inculcado por su padre, sino en construir el tú y yo, en forjar algo colectivo que incluya a todo el mundo. Su vida no tiene por qué consistir en elegir entre él y los demás —sean migrantes o no—; ahora bien, para ello, antes debe aprender a comprender el sufrimiento ajeno. También el propio, paso previo para cambiar su visión del mundo y de sí mismo.

La metáfora del depósito

Una de las metáforas más potentes de la novela es la del depósito de chapa. Allí Gazâ, a las órdenes de su padre, encierra a sus clientes hasta el momento en que deciden montarlos en una furgoneta y poner rumbo a la frontera. Daha-afficheEse depósito a orillas del mar Egeo, que funciona como una cárcel, se convierte en la primera jaula de las personas migrantes en su odisea hacia el paraíso. Están en tierra de nadie. En el primero de los infiernos que encontrarán en su camino.

Gazâ aprovecha ese aislamiento para poner en marcha un orwelliano Gran Hermano. Así, coloca cámaras por todas esquinas del depósito para espiar los movimientos de las personas al tiempo que apunta, en su ordenador, sus comportamientos. Aparte de mecanismo de control, las cámaras le sirven para practicar experimentos y ahondar en cómo afectan las situaciones límite en los comportamientos grupales. Así, pronto descubrirá que «la mejor manera de movilizar a la gente es decirles que un peligro les amenaza». Aprende que inocular el miedo es el paso previo a vender después el remedio contra ese miedo.

Sin embargo, la lección más importante que extraerá no será esa, sino esta otra, relacionada con la política:

«Lo que de verdad me interesaba de las imágenes era que la política les había arrebatado la calma en la que vivían media hora antes. La política era como una sustancia extraña, una especie de prótesis que se implanta en el cuerpo humano. Era, en la sociedad, el principal obstáculo al progreso derivado de la división del trabajo. La política estaba en desacuerdo con la naturaleza humana».

Al mismo tiempo, el depósito simboliza dos encierros más. Por un lado, el aislamiento de Turquía entre Oriente y Occidente. Y por otro, el encierro del propio Gazâ; de ahí su vuelta en la última parte de la novela como forma de enfrentarse al pasado. Es la vuelta al vientre materno para terminar de matar al padre, el carcelero de su infancia, y enfrentarse a sí mismo.

De bestias y bestializados

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El autor de la novela, Hakan Günday.  Foto: Selen Ozer.

El mismo día que comenzaba ¡Daha! Si mi padre no fuera un asesino, yo estaría muerto (Catedral, 2017), aparecía la noticia de que el hombre más longevo del mundo es un refugiado sirio. Yousef Abdalruhman, a sus 114 años, languidece en el desierto de Jordania, en el campo de refugiados de Zaatari. Su salud ha empeorado al no poder acudir al hospital con regularidad. Desde que nació, en 1903, han estallado en el mundo más conflictos que años ha cumplido. Quizás por eso no renuncia a sus tres cigarrillos diarios: no teme tanto al tabaco como a la guerra en Siria.

La noticia me hizo pensar en una frase de Gazâ: «El hecho de que haya un infierno no prueba que haya un paraíso». Y me convenció de que Günday estaba en lo cierto cuando declaró, en una entrevista en El Mundo, que ¡Daha! es una reflexión sobre lo que «queda del individuo cuando le arrancas la cultura y la sociedad». La novela nos muestra precisamente eso: un mundo donde hay personas que se comportan como bestias y tiranizan —tratan como si fueran a animales, deshumanizan— a otras. Es más: nos habla de que las personas migrantes son los esclavos modernos.

P.D.: aquí puedes leer el prólogo que Francesc Serés escribió para esta novela. Y aquí tienes dos entrevistas en vídeo: en español y en catalán. Si hablas francés, no te pierdas esta conferencia en el CCCB llamada «Vieja Europa, nuevas utopías. El precio del miedo».


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